Entuerto europeo: aproximación a las posibles salidas

El otro día explicaba (a mi manera, a partir de mis obsesiones) qué había supuesto de nuevo el proceso por el que se cimentó el Tratado por el que se quería instituir una Constitución para Europa. Claro, los efectos de tener tiempo un domingo y las extrañas ganas de ponerme a escribir, acabaron pariendo unas reflexiones muy poco «aptas» para los usos de la blogosfera. Un rollo, vamos. Pero me apetecía ir escribiendo mis sensaciones sobre cómo el proceso, además de muchas otras cosas, es un reflejo de una realidad que me interesa: la forma en que instituciones, administraciones públicas, la sociedad en general e incluso los más ardientes defensores de la democracia representativa clásica han abandonado paulatinamente este modelo o al menos sus versiones más puras y extremas. ¿Qué significa este cambio, en verdad? ¿Acaso ya no estamos ante verdaderas democracias? ¿Ya no hay en nuestros modelos una efectiva representatividad de los ciudadanos y por ello tampoco una verdadera legitimidad de las instituciones a la hora de tomar según qué decisiones? De cómo el proceso de constitucionalización plasma esas tendencias e ilustra sobre su inmadurez iba lo que escribí. Mis disculpas a todos porque, como me decían en los comentarios, era batir mi propio record de capacidad para aburrir e incordiar. Quede para la historia de los despropósitos blogueros.

Además, el texto no sólo era larguísimo, sino que encima ni mencionaba qué es previsible, bueno o a mi juicio conveniente que ocurra para salir del entuerto. También en los comentarios me ha sido reprochada de forma sutil esta carencia. Con toda la razón. Así que voy a tratar de subsanar mínimamente este error. Allá vamos…

Esta misma mañana, en la Facultad de Derecho de Valencia, hemos tenido la oportunidad de escuchar a alguien tan autorizado como Gregorio Garzón Clariana referirse al tema. Aporta, desde su experiencia de veinte años de euroburócrata (dicho sea, y no es una coña, en un sentido positivísimo y entusiasta, pero sin que eso quite la necesidad de llamar a las cosas por su nombre), una visión interesantísima, la de los que «están en el ajo». Ha sido durante mucho tiempo el Director General de los Servicios Jurídicos del Parlamento Europeo, por lo que es evidente que, de este tema, sabe mucho. Y, como decía, lo sabe desde la peculiar visión que aporta el hecho de haber trabajado tanto tiempo en ese peculiar caldo de cultivo que son los altos funcionarios comunitarios, que viven la Unión Europea como un poco (o mucho) su obra. Con cariño, con pasión, también con un exceso de patrimonialización y con una tendencia a guisarse y comerse ellos las cosas. Son suyas, a fin de cuentas. Y nadie mejor que ellos, que saben de verdad de qué va el asunto, para tal labor, suelen pensar. Una visión que, además, se les nota mucho de palabra y, sobre todo, de obra. El problema es que este modelo, cuando a la vez se pretende vender la cabra a los ciudadanos europeos de que vamos a legitimar el tinglado con una Constitución, pues no puede seguir funcionando como toda la vida de Dios. Que la gente puede estar más o menos informada y todo eso, pero tonta del todo no es. Y los euroburócratas pueden parecerles fantásticos y estar encantados con su labor. Y el rollo de «Europa es tuya, haz su Constitución tú mismo, entre todos» pues también. Pero las dos cosas a la vez a ver cómo se las vendes a un país mínimamente conflictivo y nacionalista, como Francia, a poco que se monte bulla interna con la cuestión. Y pasa lo que pasa. Lo que ha pasado.

Ahora, una vez montado todo, ¿cómo salir del entuerto? Pues una opción, y parece que Alemania se ha puesto manos a la obra, es retocar y añadir lo necesario para que la cosa sea digerible para los que han parado todo, esperar a ver qué hace el Reino Unido si llega el momento en que otros no le hacen el trabajo sucio de frenar la ratificación del Tratado y seguir como siempre, más o menos. Garzón Clariana estaba más o menos por esta opción, daba la impresión. Eso sí, aclarando que los retoques habían de ser mínimos, no afectar a la sustancia. A fin de cuentas, es comprensible. Con lo bonita que les había quedado la Constitución… Por no hablar de que, claro, ya hay países que han ratificado el texto, algunos con entusiastas refrendos populares de por medio (sí, nosotros), y no es cuestión de dejarlos demasiado colgados de la brocha. Pero, no se engañen, esto es un asunto menor. Lo importante es que, caray, ¡nos había quedado una Constitución de lo más apañada!

La cuestión es que, iniciada esta senda por Alemania, o eso parece, habrá que ver qué sustancia de la Constitución es la que ha de respetarse en todo caso. Garzón Clariana se ha referido a lo que se intuye como el consenso bruseliano al respecto: forma parte del núcleo de la Constitución la primera parte. También la Carta de Derechos. Y, por supuesto, también la codificación del todo el Derecho comunitario realizada en la tercera parte. Además, como ha dejado claro, el texto responde en su globalidad a complejos equilibrios que no se pueden tocar fácilmente. La conclusión es clara: si se trata de lo que opina Bruselas lo que habría que hacer es aprobar el «núcleo» de la Constitución, lo que más o menos coincide con toda la Constitución.

Y, si no puede ser, si no logramos en un plazo razonable vender la Constitución a todos (respetando su esencia), ¿qué hacemos? De manera muy atractiva por clara y sincera Garzón Clariana ha expuesto las cuatro grandes alternativas que existen en teoría (que se reducen a dos en la práctica):

1. No hacer nada.

2. Tirar el texto a la basura y empezar de cero la redacción de una nueva Constitución.

3. Hacer un nuevo «mini-tratado» que recoja el «mínimo común denominador» (espero que más bien «máximo común denominador», en realidad) que pueda unir a los Estados (solución Sarkozy).

4. Tirar por la vía de montar un núcleo duro, una Unión Europea nueva, que no contaría con los 27 miembros sino sólo con los que aprueben las nuevas relas del juego.

Básicamente éstas son las alternativas a la aprobación de la Constitución Europea, respetada su esencia, en un plazo próximo. Si no fuere posible, habría que optar por una de ellas. Pero teniendo en cuenta, y tenía más razón que un santo en esto nuestro sabio euroburócrata, que no hacer nada no es una solución. La parálisis actual de la UE lo demuestra, porque se ha hecho al fin realidad la vieja premonición de la imposibilidad de funcionar «a 27» con la regla de la unanimidad. Tampoco parece razonable tirar a la basura todo lo avanzado, al menos mientras Bruselas siga siendo Bruselas, con el actual texto, compendido de tantos equilibrios tan difícilmente trabados, por lo que es estúdido partir totalmente de cero. O, al menos, no es nada sencillo.

Quedan, por ello, en realidad, únicamente dos posibles alternativas a la Constitución. Ir a ese tratado de mínimos, que plantea numerosos problemas, precisamente porque casi cada acuerdo constitucional alcanzado es, como se decía, producto de numerosos y complejos equilibrios, lo que desacredita la operatividad de la solución. Al menos, para la maquinaria comunitaria, acostumbrada a pactos más complejos que sencillos, más por agregación y compensación de intereses que por reducción de los mismos a su esencia común. Pero, en cualquier caso, es una de las posibles soluciones que, a la vez, puede ser tenida como una solución posible,

O bien, constatada la imposibilidad de otra salida, habrá que optar por que los países que sí se pongan de acuerdo empiecen a tirar por su cuenta. Esto, como es obvio, es políticamente imposible mientras Francia siga en el campo de los que no se suben al carro. Pero, me da la sensación, la situación ha llegado a tal punto que ya ni siquiera con el Reino Unido en la banda, asistiendo cauto al desarrollo del partido, se tendrían demasiados miramientos. En cuanto se logre superar el escollo francés, la solución puede acabar siendo ésta: el que quiera apuntarse que lo haga, pero no vamos a esperar a los demás. Ya se apañarán holandeses, polacos, checos y demás, incluyendo, como digo, también a los ingleses, y se preocuparán de subirse en marcha, por la cuenta que les trae, en cuanto vean que los demás estamos decididos.



4 comentarios en Entuerto europeo: aproximación a las posibles salidas
  1. 1

    El «to’ pa’lante» probablemente sea la opción que elijan, ya que «fuerza» a los que se quedan mirando a moverse en algún sentido. Y como bien dices, casi seguro, que se suben en marcha.

    Lo malo es que se acabará «tirando pa’lante» con el texto actual. Ese contra el que voté, muchos se abstuvieron, los franceses dijeron no… porque es una puta castaña.

    PD: Mucho más digerible este texto.

    Comentario escrito por Camarada Bakunin — 29 de marzo de 2007 a las 11:10 am

  2. 2

    Pues sí, seguramente eligan el to palante, para así asegurarse más aún los carguitos de burócrata e incrementarlos.., lo que no estoy seguro es que todos se vayan a ir subiendo a ese carro desesperados…

    A los británicos no les va muy mal con la libra, o a los suecos… A los suizos y noruegos tampoco.. Además los países del este eligen bajar impuestos, algo mal visto por los euroburócratas…

    En fin, será divertido..

    Saludos

    Comentario escrito por asertus — 29 de marzo de 2007 a las 12:06 pm

  3. 3

    Tirar p’alante en cuanto se pueda, con lo que ya hay levemente retocado, nos guste más o menos, sí parece que ha sido lo que el «consenso» comunitario. O esa sensación da el hecho de que todo el mundo esté «esperando» a Francia y, en concreto, a saber quién gana allí y cómo se lo monta.

    Porque la opción de montar una UE a dos velocidades y que Francia no esté en la primera, a día de hoy, me da la sensación de que no se contempla.

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 29 de marzo de 2007 a las 1:35 pm

  4. 4

    – Presentar la reforma de los Tratados como si de la creación de un texto constitucional se tratara me pareció un desacierto político, un paso equivocado del proceso para crear una «comunidad política madura y acabada».
    Si se nos quiere implicar, ¿por qué nos presentan lo que hay como si fuera una novedad?. Si no lo es, ¿para qué darle tanto bombo?

    – Tras leer tus textos no me queda claro por qué se habla de cambio de paradigma legitimador si lo que se sigue buscando es la legitimación en una comunidad política consciente de sí
    En el proceso de construcción de la UE ni la comunidad política está surgiendo naturalmente ni se quiere imponer pero muchos de los esfuerzos del proceso se orientan a obtener legitimación directa en la comunidad política.

    ¿Cómo conectas lo del cambio de paradigma legitimador y el cambio de tendencia en la vinculación de la actuación de la Administración a la ley?

    – Otra opción para que la UE avance, que las jefaturas de Gobierno y/o Estado de los países miembros la ocupen mujeres y hombres con mirada amplia que asuman los riesgos de adoptar, llegado el caso, medidas impopulares para sus países con la finalidad de potenciar la idea común de Europa. Esta opción sólo depende del azar y no se puede contar con ella.

    -Andrés, podrías explicar qué diferencia hay entre los conceptos legitimidad y legitimación; también cómo piensas tú que la creación de la UE ha afectado al fin de conflictos bélicos en Europa.

    Comentario escrito por Poema — 10 de abril de 2007 a las 12:05 am

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