Funcionario (III). La selección del profesorado universitario.

En una entrada anterior, y al hilo de la feliz noticia de mi acceso al cuerpo de Profesores Titulares de Universidad, apuntaba algunos sinsentidos consecuencia del hecho de que para empezar una carrera universitaria en España uno haya necesariamente de tratar de acceder a un puesto que, hoy por hoy, sólo puede ocuparse en tanto que funcionario. Pero desde el mismo instante en que empecé a escribir se me hacía evidente que mucho más importante que el estatuto o cualidades del puesto de trabajo son la manera en que se accede al mismo -la forma en que se selecciona en España a los profesores universitarios- y las reglas (jurídicas y gremiales, expresas y tácitas) que condicionan el posterior desarrollo de la tarea de un profesor universitario. Las respuestas a ese primer texto, así como a uno posterior no hacen sino dejar claro que se trata de cuestiones absolutamente esenciales. Allá vamos con la primera de ellas, intentaré que salga una cosa más o menos ordenada, aunque no es fácil.

Yo me he convertido en Profesor Titular de Universidad a los 30 años después de que toda mi vida profesional (por llamarla así) haya estado orientada, desde el preciso instante en que acabé la carrera, a ello. A partir de este dato hay una serie de evidencias que saltan a la vista. No son necesariamente buenas (a lo mejor tampoco malas) ni me dejan en especial buen lugar (espero que tampoco en uno malo), simplemente son consecuencia de que el sistema es el que es:

– La primera realidad que uno ha de mencionar a la hora de valorar, desde un punto de vista personal, la cuestión es que he tenido mucha suerte (y mucha ayuda, como es evidente, de mucha gente). No porque llegar a ser profesor universitario a día de hoy en España sea una gran hazaña o algo inalcanzable. Con algo de suerte, trabajo e identificando bien dónde meter la cabeza se consigue tarde o temprano. Casi siempre. Pero sí he tenido suerte, dadas las circunstancias, si valoramos lo rápido que ha ido. En un área consolidada como la mía, y desde que el sistema de selección de profesorado fue modificado exigiendo una previa habilitación nacional competitiva con un numerus clausus de habilitados por prueba, la edad de ingreso en el cuerpo se ha retrasado notablemente. Si bien durante el período de vigencia de la LRU era relativamente sólito que una persona de 27 ó 28 años llegara a ser TU (o incluso con más rapidez en algunos casos) y con 35 estuviera en disposición de aspirar a una Cátedra (para esto, como es obvio, tenían que haber venido bien dadas), las actuales circunstancias han modificado notablemente el panorama. Hasta el punto de que, como digo, llegar a conseguir la estabilización profesional con 30 años, tras sólo 7 u 8 años de trabajo dedicados a ello, es una gran suerte.

De lo que se ha deduce con facilidad que, en contra de lo que a algunos pudiera parecer, el acceso a una titularidad o a una Cátedra, analizado al margen de circunstancias tan diversas como la legislación de la época, la situación de expansión o no de la Universidad, el área de conocimiento y el concreto centro y departamento de que estemos hablando, nada dice sobre las propias condiciones de un candidato. No tiene en sí mismo mayor o menor valor. Nadie puede creer por ello que tal persona o tal otra valga mucho o por el contrario no valga nada por haber conseguido a tal edad esto o lo otro o, por el contrario, por no haberlo logrado. Cualquier generalización al respecto es una temeridad. El mero empleo de estos datos como indicador de algo es ya de por sí muy peligroso. Lo sé muy bien porque, en lo que a mí respecta, soy muy consciente de que significa, como ya he dicho, esencialmente dos cosas pero ninguna más: que he tenido mucha suerte y que me han ayudado mucho y muchos.

– En segundo lugar, indica este hecho una evidencia quizá más reveladora sobre cómo funciona nuestro sistema: la Universidad no busca a quienes más saben de la materia (en mi caso, Derecho administrativo) pues de otra manera está fuera de toda duda que no habría sido yo quien hubiera dado el perfil (aunque sea sólo por una mera cuestión de edad y experiencia), sino a personal especializado en la función docente e investigadora que es propia de un académico. La Universidad española no quiere docentes que hayan acreditado una gran solvencia en su campo, no los busca y selecciona para que se dediquen a transmitir a los estudiantes su experiencia en pos de una mejor capacitación profesional y de un mejor conocimiento de lo que encontrarán ahí fuera, en el mundo, en la vida, en el mercado laboral. Ha optado por un sistema, por decirlo así, profesionalizado: quien quiera ser profesor ha de prepararse específicamente para eso. No se persigue que los mejores juristas (si del mundo del Derecho hablamos) sean reclutados como profesores, sino que se trata de que, de entre quienes quieran serlo y se preparen específicamente para ello, se escoja a los mejores, quedando fuera los demás.

A. Profesionales de la Universidad

Este modelo conlleva una especialización brutal con dos efectos colaterales a veces muy graves. Por una parte genera unas barreras de entrada espectaculares (de diverso tipo, empezando por el económico, dado que está pensado para desincentivar el trasvase de cualquier profesional exitoso) a quienes acreditan una gran capacidad en el desempeño de cualquier función caso de que aspiren a entrar en la Universidad a enseñarla. Quien crea que con ello debiera obtener un puesto está muy equivocado. Porque, sencillamente, por mucho que sepa de tal o cual cosa, no es eso lo que se le pide ni lo que busca el sistema. A lo mejor, incluso, con razón. Pero no se trata ahora de discutir esto sino de exponer cuál es la realidad.. Por otro lado, la especialización universitaria genera enormes dificultades de integración laboral en quienes se han dedicado unos años a cultivar aquello que se les exigirá para entrar en la Universidad (empezando por una tesis doctoral, tarea ímproba que sólo reporta réditos para un concreto objetivo excluido el enriquecimiento personal que pueda suponer: devenir profesor), caso de que decidan dedicarse a otra cosa, ya sea por voluntad propia, ya por necesidad. Es obvio que estas barreras no son absolutas y que siempre es posible el salto, pero cuando el cambio de vida y de mercado laboral (del universitario al mercado de trabajo o la inversa) se hace por imperativos exógenos (porque no hay más remedio ni expectativas reales de conseguir algo, normalmente) es complicadísima y supone, casi siempre, asumir que uno ha tirado por la borda años de esfuerzo y trabajo.

El sistema, como tal, puede ser muy criticable. Quizá la educación superior no debiera estar a cargo de burócratas de la enseñanza, especializados en esa función, sino que sería mejor que dependiera de algunos de los mejores, seleccionados cuando han alcanzado experiencia y madurez, de entre los que quisieran acabar su vida de forma más tranquila y pausada (quizá), menos lucrativa (seguro), pero muy gratificante (porque la docencia y el estudio lo son). El caso es que a día de hoy no tenemos ese sistema, que por otro lado no tengo tan claro que funcionara mejor (que no lo tenga claro no significa que tenga un juicio definido sobre esta cuestión, sino, como digo, todo lo contrario). Al menos por estos motivos:
a) Los profesores ahora somos producidos en serie como burocratillas de la enseñanza que desde niños casi nos dedicamos a esto, con todo lo que conlleva, pero eso permite también cierta rapidez y solvencia en el relevo generacional, de manera que las Universidades toman mejor el pulso a la vida y a la sociedad
b) Los burocratillas estamos altamente especializados en las cosas de la Academia y nada garantiza que seamos especialmente aptos para desenvolvernos en el mundo y que fuéramos solventes como profesionales, pero eso mismo en parte es lo que ha permitido la creación de un saber especializado (normalmente muy técnico y ajeno a las preocupaciones cotidianas de los prácticos de cualquier disciplina) que de otra manera nunca habría existido. Este cuerpo de conocimientos, con mayores o menores repercusiones e incidencia prácticas dependiendo de las disciplinas, es en general de gran solvencia y de enorme valor para la comprensión del mundo, de sus fenómenos y de las sociedades y las personas. Incluso en los ámbitos donde menos repercusión artefactual pueden tener los conocimientos. Quizá es un lujo mantener un entramado tan complejo para obtener estos réditos, que pueden juzgarse magros (así es, de hecho, para muchos), pero está claro que algo de utilidad tienen aunque sea de forma mediata: el retorno que más utilitaristamente se pide a la Universidad, de manera un tanto mezquina, por parte de la sociedad (enseñar a los jóvenes un oficio) se satisface de manera mucho mejor desde que las cosas se hacen así. Esto es algo comprobable y está a la vista de casi cualquiera, pero por si hace falta una comprobación que no parezca ni sesgada ni dejada al albur de las impresiones personales basta recurrir a la satisfacción del mercado con la labor que se hace ahora en las Universidades, en contraste con lo que ocurría hace apenas dos décadas. Por mucho que todavía pida más (otra cosa, claro está, es que haya que darlo).
c) El sistema así estructurado puede parecer contrario al cultivo de la excelencia y de un idílico panorama en el que los que más saben enseñan (porque para saber mucho, mucho, pero mucho de verdad, hacen falta años de trabajo y estudio, con lo que es obvio que no somos los jóvenes profesores recién escudillados la mejor elección desde este prisma), no obstante lo cual es el que domina en el resto del mundo y el que parece cada vez más sensato no abandonar, dada la transformación en sus mismas bases que está sufriendo la educación superior (donde cada vez se cultiva menos la excelencia y se aboga por prolongar de manera indolora la escolarización obligatoria, para lo cual pues hará falta un cuerpo de profesores moderadamente competente pero tampoco será imprescindible tener a grandes lumbreras -por mucho que, si llegan, tanto mejor-). Esto es, que si queremos una Universidad convertida a todos los efectos en la prolongación de las enseñanzas medias el profesorado que deberá encargarse habrá de estar, como en las enseñanzas medias, especializado y dedicado prácticamente en exclusiva a esta tarea. Hacia ahí es, de hecho, hacia donde vamos, y no precisamente en la otra dirección.

En este panorama, que es el que es, a partir del cual hay que jugar, todos los que nos dedicamos a esto somos en realidad, por así decirlo, unos currantes de la Academia. Aprendemos a hacer nuestros trabajillos, a escribir artículos, a escribir una tesis y demás trabajos de investigación, a montar congresos, a estudiar cosas, a preparar clases… sin que se nos exija, en verdad, nada inasumible, nada que sea intelectualmente del otro mundo. Se trata de un trabajo que cualquier persona medianamente dotada puede acometer, debiendo esforzarse más o menos, como es obvio, dependiendo de los recursos con los que cuente. Pero no se trata de un reto demasiado exigente. Lo cual no significa que no pueda serlo si uno es curioso e intelectualmente ambicioso, pero no es algo que sea un requisito. Porque la cuestión reside más en la especialización que en la excelencia. Y el sistema, así montado, produce centenares de jóvenes que, con la suerte de que vivimos en un Estado y en una sociedad que se puede permitir pagárselo, dedican años de su vida a formarse y a aprender estas pautas, dando como resultado que, con carácter general, tenemos a muy buenos profesionales de la Universidad. Ésa es, al menos, la sensación que yo tengo a partir de la experiencia en el mundillo y mis vivencias, especialmente respecto de mi generación (a la que ha llegado ya todo muy pulido y la profesionalización en el sector es altísima).

B. Reforma universitaria y selección del profesorado

La forma en que se accede a la condición de profesor funcionario en España cambió con la Ley de Reforma Universitaria en 1983, más o menos a la vez en que lo que se transformó para siempre fue la propia Universidad. No vale la pena extenderse sobre qué ocurría antes, dado que se trata de un ejemplo referido a un entorno ya desaparecido: una institución en general elitista, generadora más de una distinción social sellada con la carrera que proveedora de buena formación, con pocos centros, pocas carreras, pocos profesores y en general, en España, poca calidad.

El sistema de la LRU se mantuvo durante años y es el que ha sido responsable de dar forma a la Universidad actual, tal y como la tenemos. Tan endogámica como fue siempre en España, mejor en muchos otros aspectos. Hasta que fue modificado con la Ley Orgánica de Universidades de 2001. en una reforma que, como muchos dijimos en su momento, si bien identificaba bien los problemas erraba totalmente a la hora de tratar de darles respuesta. A la vista está, dado cómo ha resultado la aplicación de la nueva norma, que el localismo y la endogamia no se han eliminado. Todo lo más se han desplazado a endogamia más de escuelas que geográfica, por una parte, y por otra se ha recluido en las figuras contractuales laborales equivalentes a las de funcionario, que todas las Universidades han empleado para estabilizar a sus plantillas (o, más bien, a todos a los que no funcionarizaron a la carrera durante la tramitación de la LOU, en un espectáculo lamentable consentido por la Administración y por el legislador). El PSOE quiere ahora volver a modificar la norma, volviendo a la situación de 1983, parece, y pretendiendo hacer de la necesidad virtud: dado que no podemos luchar con la tendencia de las Universidades a conformar sus plantillas a su gusto, dejémoslo claro, que se preocupen ellas de montárselo como mejor les parezca y, con el tiempo, les irá o mejor o peor según lo bien o mal que lo hagan. Algo que más o menos podría entenderse como razonable si de hacer las cosas mejor o peor se derivaran efectivas consecuencias en un marco más o menos competitivo en materia, por ejemplo, de financiación. Pero, dentro de estos modelos, ¿cómo se seleccionaba al profesorado?

De forma muy sintética, con anterioridad a 1983 había un régimen de oposiciones de ámbito nacional que se celebraban en Madrid consistente en la realización de varios ejercicios públicos. La Universidad española era pequeña todavía, había pocas plazas, estaba apenas esbozada la profesionalización en los quehaceres universitarios a gran escala. La forma de las oposiciones y la composición de los tribunales (de miembros del gremio) dotaba de enorme importancia a los respaldos del candidato, más allá de sus méritos, a la hora de obtener la plaza.

Entre 1983 y 2001, época en que la Universidad española se «hace mayor», la norma convierte el acceso al cuerpo en una consecuencia del hecho de ganar una concreta plaza en una concreta Universidad. El tribunal sigue siendo de gente del gremio, y dos de los cinco miembros son elegidos por la propia Universidad convocante. La forma de las oposiciones y la composición de los tribunales dotaba de enorme importancia a los respaldos del candidato, más allá de sus méritos, a la hora de obtener la plaza. Pero con la diferencia de que los respaldos esenciales, en general, en este caso, eran los de la gente de la casa, los de la Universidad cuya plaza se había de cubrir, los propios miembros del departamento o área en cuestión. Con dos miembros cuyo voto era fácil asegurar, obtener el tercer voto no era difícil, máxime cuando en tiempos de bonanza el «hoy por ti, mañana por mí» (yo no te incordio dificultando que saque plaza tu candidato si en el futuro tú tampoco lo haces cuando salgas sorteado como miembro de un tribunal para una plaza de mi Universidad) funcionaba a la perfección. El resultado de este sistema es que, como es sabido, en la Universidad española hay grupos territorialmente muy cohesionados, derivación evolutiva de las escuelas (relativamente pequeñas) que manejaban el cotarro antes de 1983. Estos grupos han alcanzado en general un alto grado de profesionalización y han contribuido al desarrollo y afianzamiento de las Universidades españolas a costa de la escasa movilidad y, lamentablemente también, de que durante años haya valido prácticamente todo. Entiéndase por “todo” que así como entraba todo el mundo y en general se trataba de candidatos progresivamente mejor formados y de perfil más alto, también se colocaron de rondón muchos que no daban el nivel al amparo del criterio determinante, propio de épocas de vacas flacas, que era no dejar a nadie en la estacada.

Ha de tenerse en cuenta que, durante estos años, también, las Universidades españolas, que multiplican su tamaño por 20 ó 30 en términos globales, tenían una imperiosa necesidad de reclutar profesorado. Las cosas cambian cuando empiezan a saturarse centros, empiezan a faltar alumnos, empiezan a escasear plazas para las nuevas hornadas de profesores universitarios preparados y amamantados siguiendo los pasos de sus mayores, de aquellos que marcaron el camino en los felices años 80 y 90. Las urgencias son más evidentes en las Universidades y centros que antes vivieron su momento dorado en términos de dotación de personal (las técnicas y científicas, las de Madrid). Puede argumentarse que es en verdad, por mucho que la trompetería anunciara otras razones, este el motivo (la escasez, el hecho de que de repente se necesite una criba eficaz y externa cuando durante años algo así fue absolutamente superfluo), unido a la capacidad de presión de ciertas escuelas y centros que se quedaron sin recursos para ampliar plantillas y que veían la posibilidad de colocar «en provincias» excedentes si el sistema se recentralizaba, lo que explica que el PP apruebe en 2001 una norma que cambia el sistema y que está llamada a quebrar la endogamia (banderín de enganche de la reforma) y a garantizar el acceso a partir de criterios de mérito y capacidad.

Para lograrlo se pasa a poner el énfasis en una habilitación nacional con plazas limitadas juzgada por miembros del gremio, como siempre, que se celebrará del orden de una vez al año en la ciudad de la que sea el Presidente del Tribunal (tributo a la necesidad de que CiU apoyara la reforma y que obliga a un peregrinaje por España a miles de universitarios todos los años como se tenga la mala suerte de no tener un Presidente de Madrid) y en la que se nombrará a un número tasado de candidatos, número que proviene de los cálculos que se hacen desde la Administración sobre cuántos profesores son requeridos a partir de las vacantes que las Universidades comunican. De nuevo, como siempre, la forma de las oposiciones y la composición de los tribunales dota de enorme importancia a los respaldos del candidato, más allá de sus méritos, a la hora de obtener la plaza, aunque ha desaparecido el peso territorial de la Universidad convocante.

Todos los sistemas, incluyendo al vigente (según el cual obtuve yo la habilitación hace casi año y medio, en septiembre de 2005), obligan a que el candidato demuestre no sólo ser bueno sino a que se haya labrado previamente un historial que permita el apoyo por parte de un grupo suficientemente fuerte. Porque, de otra manera, se queda fuera. Entre 1983 y 2001 bastaba con que la fuerza del grupo fuera de tipo exclusivamente local. Ahora es necesario cierto peso global. Luego deciden el azar del sorteo de los miembros del tribunal, los equilibrios entre escuelas, la mala o buena suerte y el hacerlo algo mejor o peor.

C. ¿Qué es, en verdad, lo que marca la diferencia, lo que hay que tener, lo que hay que saber exhibir, lo que, en definitiva, pide el sistema para triunfar?

No es clave, ni mucho menos, todo el mundo es consciente de ello, ser mejor o peor. ¿De qué se trata entonces?

La selección, en ciertos niveles, es prácticamente imposible. Incluso desde la mejor de las voluntades y una exquisita objetividad, resulta cuando menos difícil entrar a valorar quién es mejor y más competente de entre una serie de candidatos que, inevitablemente, tiene un perfil semejante. En lo que yo conozco, que se ciñe esencialmente al mundo del Derecho administrativo y a la generación de jóvenes investigadores de la que formo parte, somos todos muy parecidos. Tuvimos buenos expedientes académicos, nos becaron, hicimos una tesis trabajada y meritoria por mucho que insoportablemente prolija, hablamos varios idiomas, hemos publicado artículos en revistas científicas, alguna monografía, nos hemos ido al extranjero a otros centros universitarios a investigar… Somos bastante parecidos, en lo esencial, casi todos. En general, de hecho, se trata de una generación de profesionales de la Universidad formada muy bien, con un excelente nivel. Lo que ocurre es que hay que seleccionar, de entre ellos, a los mejores. Y dado que las diferencias son de más o menos gracia personal, de mayor o menor afinidad científica respecto del juzgador, de si le hace gracia la ortodoxia o la heterodoxia, de si le luce hablar en público, de si sabe venderse… En un entorno competitivo justo, dado lo que se pide, lo que es el currículum común a nuestros tiempos, que todo el mundo se pasa una década preparándose, creo que no exagero si afirmo que, salvo con algunas contadísimas excepciones de gente de enorme brillantez, que sobresalen claramente pero que abundan poquísimo, y en lo que hace a cuatro impresentables que han confiado más en su cara bonita o en Dios sabe qué, establecer distinciones es complicadísimo. La mejor criba y más ajustada es la que la propia carrera de obstáculos y el tiempo va perfilando. Cualquier otra tiene una dosis de subjetivismo tremenda, salvo, como ya digo, en casos muy especiales.

Como es obvio, no estamos en un mundo ideal. De forma que la tarea, aun siendo de por sí difícil, ni siquiera suele tener como clave para ser analizada, en la Universidad española, la cuestión de las pautas para identificar a los mejores. Se da por supuesto que todo aquél que ha llegado a cierto estadio, con el aval de un grupo de personas, de una escuela, de algún catedrático aislado, de haber consolidado una plaza laboral en alguna Universidad, tiene un nivel mínimo y que, tarde o temprano, irán entrando todos. Y, si no, mala suerte. Pero, mientras tanto, la cuestión es ir ordenando la manera en que van entrando las nuevas hornadas, y eso depende pura y simplemente de la capacidad de colocación de sus padrinos. Porque, como se dice, todos presumen de sus discípulos unas capacidades mínimas y todos presumen de sus pares que no desperdiciarán ocasión de hacer lo propio (colocar a quien puedan) si efectivamente son capaces, de manera que no hay que dejar escapar la oportunidad, cuando es uno quien controla un tribunal, de situar a alguien.

Por este motivo es por el que el actual sistema lo que en realidad exige a una persona para devenir Profesor de Universidad es que desde el inicio de su carrera universitaria:
– Tenga claro que se trata de una carrera de obstáculos y con un objetivo a largo plazo, para el que hay que pasar por los escalones al uso, dada la propia dinámica escalafonada del sistema de acceso. En consecuencia, el sistema impone que se ssuma desde un primer momento que la cosa durará un tiempo, más o menos una década y que a lo largo de esta carrera de obstáculos le serán exigidas ciertas competencias y resultados, como mínimo, que requieren de cierto esfuerzo personal: realización de una tesis, conocimientos de idiomas, experiencia docente, publicaciones…
– Junto a ese mínimo imprescindible, que depende de uno mismo y que es un requisito sine qua non, las posibilidades de colocación dependen mucho (y el itinerario y rapidez en llegar se verá por ello afectado) de que haya posibilidades reales de colocación en esa materia, en esa área de conocimiento, en esa Universidad, en ese Departamento. No es lo mismo dedicarse a una carrera consolidada, con mucho profesorado, en decadencia en cuanto a la matrícula de alumnos, que hacerlo respecto a alguna disciplina recién implantada, en expansión, de moda. Con todo, casi más importante que la situación global en España es, a la hora de la verdad, que la situación de atasco no se de en el propio departamento o área, dado que, junto a estos dos requisitos que son necesarios pero no suficientes, concurre el hecho de que
– Además de tener puestos que cubrir, uno ha de tener a alguien que le apoye para acceder a éstos, a ser posible que tenga capacidad de decisión a la hora de determinar la orientación y perfil con el que se dotan las plazas.

El hecho de que las Universidades tengan reconocida una amplísima autonomía hace que sean sus propios trabajadores los que deciden esto. Como son también miembros del gremio los que juzgan, el sistema actual se basa en la construcción del mismo a partir de un orden más o menos feudal, que la LRU derivó hacia taifas más o menos potentes.

El actual sistema, al exigir una previa habilitación en Madrid, comporta algunas mejoras y hace más eficaz el sistema, en la medida en que permite establecer ciertos filtros a la posibilidad de que un verdadero zoquete, estando muy apoyado y bien relacionado, pueda hacerse con una plaza gracias a tener buenos padrinos. Porque se trata de un sistema que obliga a enseñar la patita, a aparecer en público y defender ante rivales (y más o menos, de forma indirecta, ante todo nuestro mundillo) qué ha hecho uno a lo largo de su vida académica. Adicionalmente, y aunque en condiciones realmente poco exigentes (el ejercicio del temario consiste en la exposición de un tema de los tres seleccionados por sorteo, tras una hora de preparación en la que se puede emplear cualquier material, y teniendo en cuenta que el programa lo diseña el propio candidato), al menos se comprueba ahora que el candidato se sabe el temario. Todo ello significa que es más flagrante y escandaloso cualquier abuso, lo que de alguna manera, si bien no impide que se produzcan, limita las posibilidades de que se den. Cualquier tribunal que permitiera la habilitación de alguien claramente inferior a unos mínimos (que supongo que variarán en cada área, pero que sí estoy seguro de que en mi área más o menos existen y son exigentes) quedaría públicamente desacreditado ante toda la disciplina.

Ocurre, sin embargo, que para conjurar este riesgo, única virtud del nuevo sistema, se ha puesto en marcha toda una estructura que conlleva unas trabas enormes, una pérdida de flexibilidad cierta y que supone en las vidas de muchas personas un trastorno e incertidumbre enormes que ni siquiera se compensan con cierta esperanza de que el hecho de trabajar y hacer las cosas bien vayan a servir de mucho. Porque depende, pura y simplemente, del azar y del tribunal. Y es que el hecho de que el sistema dificulte abusos y escándalos no significa que seleccione a los mejores. Selecciona a los que, de entre los que tienen hechos los deberes, tienen suerte porque el tribunal les es propicio, porque hay pocos rivales, porque éstos se caen, porque tienen un día muy lucido…en orden descendente de importancia.

Un panorama como el descrito es desolador y no acaba, además, con la endogamia. La potencia a otra escala y, para los que tengan vedado (por tener poco peso a escala nacional, por reiterada mala suerte en los sorteos de los tribunales) el acceso a la función pública, la reproduce con muchos menos controles por la vía paralela a la de la funcionarización que la propia LOU introdujo (consciente de que, si no, se le paralizaban las Universidades).

¿Tiene sentido tener paralizados a decenas de jóvenes, excelentes universitarios, en lo que hace a mi área, por una próxima habilitación, la mayor parte de ellos preparados sobradamente, de la que cuatro de cada cinco saldrán escaldados, habiendo perdido un años miserablemente? Al margen de la parálisis personal que pueda suponer, del costo de los esfuerzos baldíos, es que encima el tipo de ejercicios y pruebas que han de prepararse no son demasiado formativos, estimulantes o útiles. ¿De veras es esto lo mejor que se nos ocurre?

Eso por no mencionar las situaciones de verdadera miseria de ciertas personas que, convertidas en miembros de tribunales, se ven y sienten como Dioses, capaces de dar la vida o quitarla, que pasan a comportarse como verdaderos fenicios, mercadeando su apoyo para tratar de conseguir luego ellos beneficios. O que simplemente se preocupan de colocar a los suyos, llegando al extremo de dejar plazas vacías por entender que nadie da un nivel de mínimos más allá de sus allegados. ¡En un entorno donde abundan las gentes sobrecualificadas y escasean las plazas de habilitado!

No obstante, no hace falta recurrir a casos extremos para argumentar en torno al aquilatado absurdo del sistema. Basta con ver los efectos que provoca: miles de publicaciones para hacer currículum, luchas entre gentes que podrían colaborar, que quienes carecen de padrinos estén de antemano en condiciones malísimas por meritorios que sean sus carreras… y, sobre todo, una conservación de estructuras de patrimonialización de una función pública como es la universitaria, dado que para entrar en el cuerpo la única vía es integrarse en esa lógica.

Afortunadamente, no en todos los casos la privatización en manos de ciertas personas de la gestión y capacidad de decisión sobre los recursos y potestades públicas de que se encarga la Universidad comporta una desatención radical de las finalidades públicas ni lleva a un comportamiento feudal y tiránico sobre quienes han de hacer méritos. Pero la teología de nuestro modelo de Universidad no deja por ello de descansar en estos pilares. Así que el joven que quiere ser profesor, por mucho que aprecie la tradición, los méritos académicos y científicos de sus maestros y de la escuela en que se integra, por mucho que pueda tener esa suerte, sabe que más le vale que así haya sido porque, de otra forma, habría tenido que fingir como si lo fuera.

El actual sistema de selección del profesorado lo primero que produce es agentes muy preparadas y competentes, sí, pero sobre todo muy dóciles y muy institucionalmente implicadas en la conservación de unas estructuras de gestión y poder que pueden ser mejores o peores, según los casos, pero que en ningún caso pueden ser demasiado cuestionadas, so pena de quedarse fuera. De hecho, como todo el mundo en este ámbito sabe, la única forma de corregir el error inicial de no integrarse en una de ellas a tiempo es hacerlo a destiempo. Todos los cerebros en fuga retornan por esta vía. Todos los que claman contra el sistema, contra la endogamia, contra los contactos y los enchufes lo hacen porque por desinformación inicial, por mala suerte, por utopismo mal entendido, quedaron fuera de la rueda en un determinado momento y, aunque en muchos casos están deseando volver a integrarse en la misma, todavía no han podido hacerlo., Ha de tenerse en cuenta, además, que reengancharse puede requerir rebajar expectativas, nivel, empezar por puestos más bajos de los que uno desarrolla en otros lugares o cree merecer. Pero es inevitable que así sea: hay que domesticar también un poco a los que tuvieron la suerte de no ser los primeros seleccionados y hubieron de marchar.

D. Algunos apuntes sobre lo que podría ser un buen sistema de selección y su confrontación con la dura realidad

Contando con todo ello, y con el relevante dato de que las cosas a las que nos dedicamos son tan especiales que es difícil que una persona ajena a nuestro mundo pueda ser capaz de evaluar con un mínimo de acierto la bondad o calidad de nuestro trabajo, ¿qué tendría que lograr un buen sistema de selección del profesorado?

A mi entender, habría que tratar que sirviera para:
– Garantizar que nadie incompetente pase la criba
– Dar una perspectiva de futuro realista a quienes deciden invertir años en prepararse, en términos de posibilidades de colocación (existencia de plazas) y de resultados exigidos (para pasar la criba) desde el momento mismo en que comienzan a trabajar para ello
– Garantizar unas competencias mínimas en lo que es obligatorio que un Profesor Universitario controle, empezando por el objeto de estudio de su área de conocimiento y acabando con el objeto de estudio de su área de conocimiento
– Estructurar las plantillas a partir de las necesidades del servicio, y no el servicio a partir de las necesidades de plantilla
– Recompensar tendencialmente a los mejores y más preparados. Lo que significa eliminar sesgos que favorecen a los ya establecidos o a los mayores.

La solución que propone el Partido Sociliasta al reformar la LOU aparece, por ello, como un desastre. Elimina los obstáculos de la actual situación, pero lo hace a costa de cargarse cualquier garantía de las enunciadas, empezando por la primera de ellas (que es, como he tratado de argumentar, más o menos la única que el actual sistema ha aportado). No parece razonable. Por mucho que sea evidente que el sistema de la LOU ha conducido a la parálisis y a un descontrol y falta de perspectivas en mucha gente absolutamente sangrante e innecesario. El proyecto de reforma actualmente en trámite parlamentario lo fía todo a los resultados del buen gobierno de las propias Universidades y de los profesores que conformamos su cuerpo docente. Podría parecer una buena idea si no fuera porque hay dos elementos de cierta importancia que no pueden dejar de ser tenidos en cuenta:
1. Que, en este país, hasta la fecha las Universidades y su personal, cada vez que se les ha dejado autonomía, han hecho todo lo humanamente posible para demostrar no merecerla.
2. Que un modelo como el propuesto sólo funciona si de la libertad de actuación se extrae la primera y obvia consecuencia: toda libertad entraña responsabilidad, tener que responder de la bondad o maldad de las decisiones y actuaciones decididas de manera autónoma. Si el prestigio, el dinero, la relevancia, las posibilidades de crecimiento o de actuación en el mercado de la ciencia no derivan de las decisiones tomadas por las Universidades, sino que siguen intervenidas altamente por la Administración en aspectos esenciales (financiación, mapa de titulaciones, tasas, admisiones…), ¿cómo pretender que se pueda ejercer de manera madura la libertad? Un sistema de selección del profesorado como el que propone el PSOE sólo puede funcionar en un entorno donde las Universidades que toman malas decisiones contratando penen las consecuencias, las que acierten se vean beneficiadas y los profesores que se encargan de decidir a quién contratan o no vean cómo repercute también en su estatuto y condición el hecho de obrar de una manera u otra.

No seré yo quien critique este modelo porque, a día de hoy, es pura ciencia ficción. Y no vale la pena perder demasiado tiempo con entelequias. Sí creo en cambio que puede tener interés, a partir de mi experiencia, dar un par de apuntes sobre modificaciones menores sobre el actual sistema que habrían de permitir eliminar algunos de los efectos más tradicionalmente lesivos del sistema:

– No tiene sentido que haya que pasar un primer ejercicio para exponer el CV de cada candidato y una visión de la asignatura a partir del cual el Tribunal decide si se tiene o no un nivel mínimo. Esto mismo puede lograrse, con mucho menor quebranto, por medio de una acreditación con normas claras. Máxime cuando ya existen en la actualidad para poder acceder a otro tipo de puestos.
– La prueba del temario es básica, pero debería hacerse sobre un temario único, predeterminado para cada área de conocimiento, conocido por todos y que sirviera para eliminar a quienes, sencillamente, no conocen la materia. Es absurdo, por lo demás, que se sorteen varios temas y el candidato elija uno. Bastaría con seleccionar uno y enjuiciar si se da el nivel o no.
– Mientras el sistema pretenda otorgar a las Universidades capacidad de decisión y la habilitación no comporte el inmediato acceso al cuerpo, va contra la lógica que hay a un numerus clausus. Si lo que se pretende es evitar una típica situación española (véase el caso de las tesis doctorales y el tradicional cum laude), hay que confiar en otras vías (por ejemplo, dureza en la acreditación previa). Lo que no tiene sentido es montar algo como pura habilitación y, al limitar las plazas, convertirla de facto en una oposición que luego, dado que casi nadie se habilita, convierte los concursos en cada Universidad en mero trámite y costoso paripé.
– Si se pretende que las Universidades decidan algo hay que darles capacidad de decisión con fundamento material en una base no iterativa de lo juzgado en la habilitación. Es razonable que el tercer ejercicio quede desplazado al momento en que se pasa a juzgar a quién dar una concreta plaza. Así, según la lógica de los tiempos, en las propias Universidades. Si se pretendiera un sistema más coherente con el carácter nacional del cuerpo, en un proceso centralizado, que dejaría de ser habilitación para pasar a asignar plazas.

Son meros retoques que no pretenden modificar radicalmente el sistema pero que permitirían evitar algunos de los problemas actuales: imprevisibilidad (al menos en la primera fase, la de la acreditación), desequilibrios e injusticias a la hora de evaluar el conocimiento del temario, iteración innecesaria de pruebas y trámites, opacidad de lo que se exige y sobre qué se evalúa (que ampara ciertas cacicadas)…
A su vez, trata de conservar algunos rasgos del sistema que no son malos, como la exigencia de publicidad, la oralidad de la prueba, el que se incida sobre la necesidad de controlar el temario…
No arregla nada, no obstante, respecto a la base última de un sistema que, en tanto que basado en la evaluación entre miembros del gremio, siempre podrá ser deformado a gusto de éstos. Sólo queda, puestos a rediseñar con mayor amplitud el modelo, ser conscientes de este dato y no desconocerlo a la hora de cualquier reforma. Porque mientras la capacidad última de decisión y organización resida en los propios profesores y catedráticos no se puede aspirar a reformar contra ellos: o se les quita la potestad o se ha de tratar de buscar mecanismos que supongan incentivos para que las decisiones sean lo más justas y en beneficio del interés público. Lo que pasa es que habrá que ponerse a pensar en ellos. Si queda alguien a estas alturas que no me odie por el rollo soltado, con ideas y fuerzas para plantearlas, estaré encantado de discutir sobre lo que es, sin ninguna duda, el asunto.



23 comentarios en Funcionario (III). La selección del profesorado universitario.
  1. 1

    Weno. Pues de todo lo dicho creo que al menos está ud. contento. Así que le felicito por su nuevo puesto, con acceso a unas estupendas prestaciones sanitarias que ya irá descubriendo, a maravillosas vacaciones y a otras cosas menos tangibles (hay niñas muy guapas en las facultades de derecho, seré superficial pero creo que es un punto a favor).

    Sí que le quiero comentar algo. Lo primero que manda cojones que codirigiendo una página tan buena haya tenido tantos problemas con la informatica para terminar este asunto.

    Y por otra parte, creo que usted patalea un poco quejandose de lo que cree que está mal pero que acepta que no hay más remedio que el que los profesores sean funcis. Creo que tiene razón.

    Además me ha convencido con el hecho de que para ser profesor no hay más remedio que hacer la «carrera» que ud. ha hecho. Pero ha soslayado un punto que yo creo importante, será porque soy alumno. Y es que ustedes existen porque estamos nosotros. Por mucho que echen pestes de tener que perder tiempo de investigaciones en enseñarnos, como funcionarios les paga el estado, y no mantendría a tantos investigadores/profesores si no fuera para formar a sus jóvenes. Y a no ser que se contrate como profesores asociados a esos profesionales curtidos que destacan medianamente en su area para enseñarnos, seguiremos formando a la manada de inútiles que mayoritariamente salimos de la universidad. Que con suerte, y solo con suerte, sabemos algo de como ganarnos la vida. Y casi nada de cultura general.

    Comentario escrito por Otto von Bismarck — 11 de enero de 2007 a las 7:27 pm

  2. 2

    Y deje de escribir y vallase de juerga a celebrarlo, es funcionario, ya le sustituirá alguien.

    Comentario escrito por Otto von Bismarck — 11 de enero de 2007 a las 7:30 pm

  3. 3

    Perdón por no haber contestado antes (y perdón, ya de paso, por colgar un texto sin corregir, pero ya me encargaré de eso en cuanto tenga otro rato) a lo que preguntaste. No, como decía en el propio post (a lo mejor de manera críptica o enredada) no creo que tenga sentido que seamos funcionarios.

    Además:
    – No se trata de que a los profesores no les preocupe la vertiente docente de su trabajo. Es más suele encantarles (encantarnos) y es un motivo esencial por el que uno elige este trabajo (eso suele decirse, aunque en mi caso la verdad es que no es así porque sí que es verdad que me gusta más leer y aprender que escribir y enseñar). Lo que pasa es que los incentivos que se reciben por la docencia son nulos y la promoción profesional (y económica) en el gremio (por las obsesiones de los pares pero también porque así lo prevé la normativa) están más bien asociadas a la investigación. Te aseguro que en general la gente sería muy feliz si esto cambiara. Porque es menos exigente, costoso e ingrato, si no se tiene una fuerte vocación, enseñar que «investigar».

    – No me voy de juerga porque el actual sistema es absurdo y lesivísimo. Te sacas la oposición en 2005 (vamos, lo que de verdad equivale a la oposición, lo que te mete en el selecto club) y tomas posesión año y medio después. No estás para celebraciones, estás para ir sacando pasta de donde sea y empezar a pagar las deudas contraídas por año y medio de celebraciones mientras uno seguía con su contratillo anterior.

    Gracias por leer todo esto. Aun habiéndolo hecho en diagonal, como cualquier ser humano sensato.

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 11 de enero de 2007 a las 7:58 pm

  4. 4

    A mi todo eso de seguir unas pautas para convertirse en profesor siempre me ha parecido una mamelucada. No me refiero, claro, al estudio de esta o la otra disciplina que luego se deba impartir, sino a todo ese cúmulo de jueguecillos de camarilla, de intenciones que uno se declara a sí mismo a veces, de «gezieltes Verhalten», etc. Ya ni digamos eso de que se trata de una carrera de fondo, de obstáculos y demás. Si fueran obstáculos objetivos, vale. Pero no lo son. Son formalidades vacías, novatadas, puñetas de sargento chusquero a los reclutas, y cosas por el estilo. Quizás por eso no soy funcionario, aunque sí profesor. Quizás por estimar humillante (y, ojo, humillante quiere decir aquí «que deja secuelas indelebles e irredimibles en la propia vida, de las que acaso no se hagan dramáticas hasta 10 o 15 años después» – y me refiero a efectos incluso neurofisiológicos, como he podido atestiguar en algunos colegas – ,no que sea un mal trago que uno, mal que bien, pudiera avenirse a pasar) el recibir ayuda de ningún tipo, el necesitarla siquiera (¿a nadie le parece vergonzoso y humillante necesitar ayuda? ¿es que soy de una generación que dice cosas que ya nadie puede comprender?), quizás por preferir aceptar el destino que, en punto a lugar de residencia, la vida me deparase, sin más limitación que el restringirme, como mucho, a una veintena de países, más o menos, que hacer todo lo posible por quedarme en mi región, en mi universidad (Oviedo, en este caso), quizás por todo eso no soy funcionario, aunque imparta, mientras nadie me lo impida, clases universitarias. Estoy, además, profundamente convencido de que las trayectorias rectilíneas, como la que Andrés describe y representa, se ven abocadas a un derrumbe posterior tanto mayor cuanto haya sido la rectitud del camino. Y esto, es importante señalarlo, con absoluta independencia de la validez profesional que la persona en cuestión pueda acreditar, y que no seré yo quien ponga en duda. Aquí se está hablando de algo muy serio. Aquí se están dando por sentadas teorías de la vida, se quiera o no, sin entrar a discutirlas en su ámbito, que es el de la vida misma en ejercicio. Es decir, se tienen teorías de la vida que se trata de evitar a toda costa confrontar con la vida misma. No ha de confundirse una lícita búsqueda de ciertas coordenadas en la vida con el miedo aterrador a que las cosas vayan mal, a que lo que tantos años me ha costado realizar desde que por primera vez lo ambicionase se venga abajo. Porque, al cabo, las cosas van mal, y se derrumban las arquitecturas mentales aparentemente más sólidas. Se derrumban, primariamente, por haberse arrogado la potestad de hipostasiarse y decidir sobre sí mismas, desdobladas en instancia interna y externa. Ya entenderéis que si conozco esto no es por los libros, sino porque la vida, como en las novelas del gran Goncharov, se acaba imponiendo.

    Comentario escrito por Javier — 11 de enero de 2007 a las 8:11 pm

  5. 5

    De lo que digo hay ejemplos a raudales, y de gente de una entidad intelectual no despreciable, ante la cual uno debe considerarse (como todos aquellos que se hayan educado con televisión en vez de con el griego, las matemáticas superiores y el latín desde los 5 años) un enano. Hablo de derrumbes como los de Mendeleiev, Gödel, el propio Freud tuvo verdaderas dificultades para escapar a la locura ante su vida rectilínea en los años del «splendid isolation», como él lo llamaba.

    Comentario escrito por Javier — 11 de enero de 2007 a las 8:37 pm

  6. 6

    Entiendo perfectamente lo que dices respecto a la vergüenza que supone no ya pedir sino recibir ayuda. Pero eso no quita que a veces la ayuda se agradece y se necesita. A mí me han ayudado a entender muchas cosas y a hacer mejor algunas una serie de personas. Se lo agradezco, como no puede ser menos porque, además, ha sido una ayuda desinteresada. Y trataré de corresponder en la medida en que pueda. ¡Qué menos! Precisamente por la vergüenza que me da haber recibido esa ayuda. A la que no tenía ningún derecho y que se explica sólo por haber tenido suerte.

    Yo no me creo los lamentos y poses dignas que no surgen de un sincero conocimiento de cuáles son las normas del juego y de su aceptación o no con todas las consecuencias. El sistema actual me parece muy criticable, pero no basaré en que me vaya mejor o peor el reparto de cartas en él mis críticas al mismo. Lo haré con independencia de cuál sea la suerte en la mano que toque jugar. O eso pretenderé.

    Quiero decir con ello que este mundo es este mundo y que la estabilización profesional en el mismo requiere de contar con apoyos, más o menos, dependiendo de circunstancias muy variables (dependiendo de áreas, de Universidades, de Maestros…). Una de las cosas que pretendía decir (fatal, como es manifiesto, dada la misma longitud del mensaje eso ya se colige fácil) es que es una temeridad juzgar a los demás, al resto de participantes en este juego, a partir de la experiencia propia, de cómo le ha ido a uno la partida, de qué cartas tenía… Y exclamar «¡yo nunca habría hecho eso!», «mi dignidad no lo permitiría». Porque es sencillamente falso cuando a la vez se juegan todas las cartas que uno tiene pero que, simplemente, son diferentes. Y es algo que digo desde la suerte, la infinita suerte (pero que sé que es sólo eso) de que he podido permitirme muchos lujos en materia de dignidad. Lo que ocurre es que esa potra no puedo pretender que todos la tengan y juzgarles a partir de lo que ha sido mi trayectoria.

    Quiero decir, por ejemplo, que la percepción de «los de dentro» sobre «los de fuera» suele estar viciada porque son «los de dentro». Y viceversa. La cuestión es que hay un juego, que es el que es, que puede y debe ser criticado. Pero que todos sabemos cómo funciona y en el que tratamos de ganar las manos como podemos. Estoy todavía a la espera de encontrar a alguien que, teniendo varios ases en la mano, no los haya empleado y se haya quedado fuera por ese motivo. A esa persona le reconoceré todo el derecho a situarse en unplano moral superior cuando hable del tema. Pero, mientras la encuentre, por favor, creo que no es sensato ni razonable pretender a la vez quedarse con el hueso y la molla: es decir, poder moverse con toda libertad para sacarse las castañas del fuego y, a la vez, presuponer los más turbios manejos en los demás así como que todo lo que han alcanzado o alcancen está viciado porque a buen seguro lo fue a expensas de vete tú a saber qué.

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 11 de enero de 2007 a las 8:41 pm

  7. 7

    No entiendes lo que quiero decir. Yo estoy hablando de haber llegado a estar en disposición de convertirse en profesor, con un absoluto desconocimiento de las reglas del juego (si excluímos cosas mínimas como ir a los exámenes, o acabar escribiendo una tesis). Entre otras cosas, porque mi necesidad de leer o estudiar nunca he tenido mucho que ver con las instituciones. Por eso me parece falaz la lógica de la retribución (aunque entiendo la cautela ante casos de abuso como el de el trasvase de pilotos del ejército a las compañías aéreas; son, con todo, casos que a las llamadas Humanidades no afectan sino muy de refilón, no hay que engañarse), todo eso de «te hemos formado y ahora nos tienes que devolver». Yo, honestamente, a la Universidad no le debo casi nada. La mayoría de los estudios y los libros me los he financiado yo de mi bolsillo, y, como mucho, debo agradecer haber estado en un ambiente menos enbrutecedor (aunque no menos envilecido) que, qué sé yo, el de los camioneros. No he recibido ningún apoyo que se pueda denominar serio o vinculante (tampoco lo he pedido), y las oportunidades que he logrado por via universitaria (como becas) fueron, siempre tuve esa sensación, más que nada algo con lo que la Institución tenía que tragar por no tener modo de evitarlo (por no poder oponer algo a mis notas, y cosas así). Esto no lo digo como pose. Lo digo tras haber sido insultado personalmente en numerosas ocasiones tras haber hecho preguntas desde el máximo respeto, encabezadas por un «usted» (soy hijo y sobrino de maestra, de modo que no soy sospechoso no de apreciar los desvelos de la profesión, pero evito ahondar en esto), tras haber visto cómo, cumpliendo con todos los plazos de entrega de trabajos y tesis, y recibiendo Premio Extraordinario, se quedaban tíos que aún no eran doctores, que presentarían la tesis, si lo hacían, con más de año y medio de retraso, etc. Mientras a mí me tocaba el paro, en medio de una situación no precisamente fácil en mi familia y entorno. Así que, cuentos chinos formales, los justos. Porque uno fue, incluso dentro de la rebeldía, bastante buen chico y obediente, cumplidor, y, desde luego, mucho más penetrante y curioso que, no digo ya los demás alumnos, sino los profesores (recuerdo a uno de lingüística general, titular él, tacharme de loco por estudiar alemán y ruso). Que no me cuenten películas, que está todo el pescado vendido, y de antemano.

    Comentario escrito por Javier — 11 de enero de 2007 a las 9:14 pm

  8. 8

    Andres, tu artículo me ha parecido EXCELENTE.

    Apunto a tu comentario:

    «…la Universidad no busca a quienes más saben de la materia sino a personal especializado en la función docente e investigadora que es propia de un académico»

    ERROR PRINCIPAL DEL SISTEMA!!!

    He estudiado una carrera biomédica de 5 años. Con posterioridad saque la oposición que me permitía trabajar durante cuatro años en un Hospital del Estado con el fin de obtener una Especialidad Médica y conocer de primera mano «lo que se cocía en las trincheras de la profesiónb». Durante 5 años realicé investigación biomédica aplicada al Diagnóstico Clínico en una Universidad Española y logré leer mi tesis doctoral amen de publicar artículos en revistas del ramo. Como todos conocemos como esta la Sanidad y ante la ausencia de oportunidades para seguir desarrollando mi labor en el Campo Sanitario, actualmente trabajo en una empresa Biomédica de Distribución de Productos como Tecnico de Aplicaciones donde por fortuna mis conocimientos se valoran como oro en paño…y quizá pueda contratarme como Soldado de Fortuna!!.

    A lo que ibamos. Creo que he mamado todos los palos: he trabajado en la publica, en la privada, he hecho investigación, me he preparado una oposición, etc…

    El otro día asistí (por casualidad y con estupor) junto a mi hermana pequeña (curiosamente cursando los mismos estudios que un servidor, somos una familia masoca) a una clase impartida por una profesora que mira tu por donde también me dió clases a mi. Generación: 45 – 50 años.
    Asistí estupefacto a una clase indigna de pertenecer a una Universidad. Nunca un profesor mostró tan claro desconocimiento de la materia, tan desactualizados sus conocimientos, tan alejados de la practica laboral, todo ello sumado a una calidad docente mínima, considerando a sus alumnos, no como futuros colegas, sino como parvulitos. Estuve por levantarme y dejarla en ridiculo pero no me sentía con ganas.

    Triste, fue muy triste. Esta profesora era la misma que en mis años mozos se vannagloriaba de investigar mucho (a saber que puta mierda investigaba) y de preferir la investigación a la docencia (decía que le quitaba tiempo). Ni lo uno, ni lo otro, chata. Ni eres una buena docente ni eres una buena investigadora. Como profesora un churro y como investigadora churro y medio (tengo yo menos artículos publicados que ella pero en revistas cientificas con mayor indice de impacto).

    Y casos como los de esta fulana, en la que fue mi Universidad hay «chopecientos».

    Yo pondría unas evaluaciones anuales draconianas so pena de expulsoón a los profesores de Universidad que se iban a cagar..

    Un saludo.

    Comentario escrito por Garganta Profunda — 11 de enero de 2007 a las 9:29 pm

  9. 9

    Felices 90, como ser profesor en una Escuelta Tecnica Superior…en un lugar al norte del todo.

    Entras en la escuela. Si destacas en primero, pero destacar-destacar, puedes dar tu plaza por conseguida. En quinto ó sexto ya podias ser profesor asociado y dar clase a la morralla de primero. Con un poco de tiempo más y siempre que el Jefe de Departamento de la asignatura no tuviera «motivos personales» ( de cierto profe de química se comentaba que no sacaba la plaza por haberse tirado a la mujer del boss de la asignatura, y claro este, hombre español-español, le jodia todos los concursos de meritos que podia…) la plaza salía a concurso casi con tu nombre sobre la linea de puntos.
    Si no destacas pero sobrevives con una cierta dignidad hasta pasar tercero, si tus habilidades sociales te permitian unirte a un clan empezabas a hacer trabajillos, colaboraciones, practicas…no necesitabas ser una lumbrera, sino un poco de amor correspondido, Asi el Departamento de Materiales llego a ser un autentico gineceo, no si lo sigue siendo…..
    Bueno, historias de la puta universidad, el primer sitio donde los de la pequeña clase media media comprendimos que eso de la capacidad y merito es una chuminada para imberbes.
    Lo único – y quiza lo más importante- que sacamos de la Uni es la capacidad para sintetizar mamotretos y medio comprender cualquier tocho en un tiempo razonable, porque lo que es saberes prácticos, como no fuera en química orgánica…

    Un saludo y felicidades , Mr Boix, lo más importante es que se ha convertido usted en el niño mimado de cualquier entidad financiera, no habrá prestamo que se le resista…

    Comentario escrito por galaico67 — 11 de enero de 2007 a las 9:40 pm

  10. 10

    Por cierto, esa preferencia de la supuesta investigación a la docencia es un cáncer maligno. No trae más que problemas. Por no hablar de la arrogancia ínsita al presunto «investigador puro». Y esto lo dice alguien que se pasó en Madrid 3 años investigando en un despacho y en bibliotecas, y el primero en Hamburgo en tesitura parecida, y cuya inteligencia y chispa sólo se aviva (será exhibicionismo, vaya usted a saber) cuando tengo a los estudiantes delante. Sólo ese volcarme hacia fuera me permite seguir vivo intelectualmente, y quién sabe si vivo de modo general. Desconfío por principio de quienes celebran (conozco casos) el lograr un puesto que les permite quedar eximidos de la docencia. Si me dieran la Cajal, que parece que este año tiene visos de caer, lo primero que haría es buscarme alguna institución universitaria o civil en la que impartir clases.

    Comentario escrito por Javier — 11 de enero de 2007 a las 9:49 pm

  11. 11

    Saludos. No debería usted disculparse señor Boix, ni ante mí ni ante nadie. Al menos en su web, el entretenimiento gratis que nos provee debería proporcionarle autoridad moral para incluso insultarnos aleatoriamente. De todas formas gracias por aclararme del todo su postura.

    Solo unos apuntes, a ver si ocupo poco espacio. Uno es que creo que eso de que la docencia no valga nada está cambiando. Al menos aquí nos pasan cuestionarios para evaluar a los profesores y creo que eso se tiene en cuenta a la hora de conceder algún tipo de trienio-sexenio-oligofrenio o similar. Con todo las prácticas siguen consistiendo mayoritariamente en entregar algún tipo de trabajo bibliográfico con el que tanto los profesores como los alumnos se quitan el muerto de en medio de forma rápida y relativamente indolora.

    Y otro es que leyendo los comentarios, llenos de amargura todos, he llegado a una fatalista conclusión. Esto no va a cambiar nunca se haga lo que se haga. Porque al final esto es una institución humana, encima formada por gente brillante, o que se tiene por tal. Y las miserias inherentes a nuestra abyecta condición se ven en la universidad como en los demás ámbitos. Solo que parece que duele más al estar formada por la que se supone que es gente «mejor» y lo hace más sangrante.

    Siento que no se pueda correr una buena juerga. Pero como parece que ya las lleva en el cuerpo tampoco pasa nada.

    Comentario escrito por Otto von Bismarck — 11 de enero de 2007 a las 10:22 pm

  12. 12

    Al hilo de los comentarios vertidos…

    Suscribo al 110% las palabras de Javier «…esa preferencia de la supuesta investigación a la docencia es un cáncer maligno…»

    Puesto que la obtención de las plazas esta sujeta a la evaluación del curriculo academico, los profesores se han convertido en coleccionistas de «papers», «comunicaciones a congresos», «abstracts», etc…El sacrificio de la docencia por la investigación se ha convertido en algo inevitable y no son pocos los profesores (todos conoceremos casos) que detestan dar clases y/o preparlas.

    Y puesto que hasta hace bien poco, a los tribunales no les importaba una mierda el indice de impacto cientifico donde publicabas los articulos sino solo el numero de las mismos tenemos lo que tenemos: Profesores con autenticos pestiños de publicaciones en revistas de tres al cuarto y curriculos que limpios de polvo y paja no valen una mierda. Porque no es lo mismo publicar en Science, Nature, New England Journal, Clinical Chemistry que en la Valencian Magazine Science Chupiguay, Revista Manchega de Diagnostico Biologico y la Revista de los Patrones del Burda.

    Si a un curriculum cientifico mediocre, sumamos una NULA experiencia y/o conocimiento del ambito laboral (nunca han salido de la Universidad que les ha parido, como mucho han hecho unas estancias en el extranjero y poco mas) obtenemos un profesional universitario con graves carencias.

    Y si a eso sumamos una INEXISTENTE capacidad docente producto en cierta parte de un desprecio absoluto por esta labor, el resultado es un profesional realmente DEFICIENTE, cuya unica labor en la Universidad será producir fracasados.

    Comentario escrito por Garganta Profunda — 12 de enero de 2007 a las 9:29 am

  13. 13

    ¿De verdad alguien piensa que uno puede leerse esto entero? Joder, ni los del gremio, con que imagina los demás, aunque seamos universitarios.

    ¡Que esto es la Internet, leches, no un rollo profesoral! ¡Un poco de contención!

    Dicho lo cual, he de decir que estoy muy de acuerdo con quien señala lo de las miserias de la Universidad. Es cierto que se dan como en todas partes. Es también que el tipo de personajes que pululan en el medio (de un nivel intelectual medio-alto y de un nivel intelectial autosupuesto tendente a infinito) hacen que estas miserias, siendo en el fondo las mismas, adquieran rasgos particulares y sorprendentes.

    Me quedo, de entro todo lo que he podido leer, con Javier y su obsesión con el poderosísimo lobby feminista que controla las Universidades europeas.

    Comentario escrito por Marta Signes — 12 de enero de 2007 a las 7:20 pm

  14. 14

    ¿Quién ha hablado de loby feminista? A ver si aprendemos a leer. No acepto que se proyecten interpretaciones sobre mis palabras que ni de la más torcida de las acepciones o del más extraño contexto se pueden sonsacar. ¿Dónde he hablado yo de «lobby»? ¿Me lo puede indicar alguien? ¿Dónde he hablado de «feminista»¿ ¡Es que no he usado ninguna de las dos palabras! Muy a menudo el hablar o decir algo revela mucho más sobre quien lo dice que sobre aquello de lo que pretende hablar o sobre aquel a quien pretende dirigirse. Si quien habla de «lobby feminista» gusta de encontrar cualquier excusa o motivo para proyectar sus prejuicios y categorías sobre todo lo real, palabras ajenas incluídas, no es mi problema.
    Lo más remotamente cercano que he dicho a eso que ahora se me atribuye (y lejano quiere decir, vamos, a millones de años luz) es la mención a las Quotenfrauen alemanas. Lo cual dista mucho de ser ninguna obsesión mía, sino un simple hecho contemplado en la legislación universiaria alemana. Y un «factum» empírico. Podría poner aquí «Ausschreibungen» de diversos puestos, en las más diversas materias, en la Universidad de Hamburgo, que es la que me pilla más cercana (pero que en esto no es en nada distinta a cualquier otra), , para que vieráis qué aspecto tienen, y qué se dice, pero no me apetece tomarme la molestia. El que quiera entender, que entienda. Y el que no, que proyecte rayos catódicos para atribuirle lobbyfemineidad o lobbyfeministidad a las piedras, si es necesario.

    Comentario escrito por Javier — 12 de enero de 2007 a las 8:08 pm

  15. 15

    Reflexionaba este fin de semana sobre todas estas cosas.

    La cuestión de la selección del profesorado es clave si se pretende tener un cuerpo selecto. Por ejemplo, con el sistema propuesta por el PSOE para reformar la ley, ¿en qué se diferencia un profesor funcionario de uno de los contratados? Para eso, pues mejor unificar todo, ¿no?

    Ocurre que, funcionario o no, sería bueno que el proceso fuera exigente. Y para sólo queda una opción realista: un cuerpo con un acceso centralizado. Lo que ocurre es que, entonces, pasa lo que pasa. ¿Tiene remedio? No sé si un diseño como el propuesto lo es.

    Queda la posibilidad del PSOE, planteada como unificación por abajo, por la no-exigencia. Al menos, con la posibilidad de que así sea. Creo que Gabriel tenía razón cuando decía que, dada la situación, la inevitabilidad del planteamiento, habrá que actuar en consecuencia con lo que subyace a él. Y decir: pues vale, adelante, contratad como mejor gustéis. Pero que haya consecuencias. Que las Universidades que apuesten por ser máquinas de imprimir títulos, que no sean protegidas del lugar en que quedarán en mercado. Y al revés.

    O no, o quizá sería importante salvaguardar algo desde una perspectiva pública. Lo que pasa es que, dado el panorama, no tiene sentido aspirar a salvar todo. ¿Reductos meritocráticos, con centros con una inspiración claramente pública y acceso totalmente becado, para cultivar la excelencia?

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 15 de enero de 2007 a las 6:25 pm

  16. 16

    Creo que he dado con la clave. Es tan evidente que me autofustigaré como castigo por no haber caido antes. Espionaje industrial. Copiémonos. Copiémonos como estudiantes de la eso. Como programadores de televisión. Como humoristas. Como gentuza sin ideas propias.

    Ustedes que están tan viajados y han visto cosas (al menos más que yo), ¿conocen algún sistema universitario que cumpla con los requisitos que sostienen? No es cuestión de ponerse a experimentar, gastarse un par de miles de millones de euros, tirar varias generaciones de jóvenes a la basura y luego decir: -pos no, esfíjate tú que me había equivocado- Que por otra parte es lo que se ha venido haciendo y ya vemos que no funciona. Para cambiar algo y que siga mal. Mejor dejarlo mal y nos ahorramos pasta.

    Le veo un problema a la tesis de Andrés. ¿Usted se hubiera metido en la carrera de obstáculos si no hubiera tenido un premio suculento si tenía éxito? Me creo que como estudiante brillante hubiera probado suerte en la empresa privada. Si no hubiera plazas de funcionario en juego, sino solo contratillos de mierda el profesorado universitario sería la otra opción para los que se dedican a la política.

    El tema, creo yo, sería buscar una forma de presionar a esa gente para que se mantuviera en la excelencia. O no ser funcionarios y pagarles sueldazos de la hostia pudiendo ser despedidos. O ser funcionarios pero poder putearlos de alguna forma si no hacen nada. Auditorías externas para que te vallan subiendo el sueldo o que no te lo bajen.

    Es lo que se me ocurre.

    Comentario escrito por Otto von Bismarck — 16 de enero de 2007 a las 10:42 am

  17. 17

    El problema es que los sistemas a copiar pueden ser:

    – Modelo anglosajón «liberalizado». Significa que tiene muchísima importacia «de quién eres» porque las Universidades contratan libremente (bueno, esto es una simplificación, pero valga para trabajar). O sea, que el que tiene mando en plaza para contratar lo hace a partir de lo que mejor le parece. Imaginemos el modelo aplicado a España.

    – Modelo francés. Oposiciones estatales y un cuerpo muy burocratizado. Hay mucho subempleo y precariedad. La gente acaba sacando la oposición con muchos años. Depende mucho del cuerpo. Imaginemos el modelo aplicado a España.

    – Modelo alemán. Combate la endogamia con dos faes. Primero se hace la tesis y luego, en otra universidad, la habilitación para ser profesor. Funciona como una segunda tesis y reposa en la «fides» del colectivo en el criterio y la exigencia de los sucesivos maestros (los dos). Luego uno se postula a puestos en cada universidad, que contratan a partir de las necesidades de cada puesto. Imagines el modelo aplicado a España.

    Después de ponernos a temblar por tres veces, seguimos más o menos igual. Donde estábamos. No se sabe muy bien por dónde tirar ni qué es mejor.

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 16 de enero de 2007 a las 2:44 pm

  18. 18

    Vamos, lo de siempre. Después de hacernos pedazos (sobre todo ud. con sus artículos) estamos como al principio solo que más desahogados.

    En fin, puesto que mi idea de sustituir la universidad por peleas en barro femeninas probablemente no sea aceptada; y mi otra idea de poner gogós en las clases no creo que coincida con lo entienden por excelencia; «viaintentar» razonar una miajilla.

    Es evidente que cualquier intento de reforma que no consista en dar más privilegios o subirles el sueldo a los ya establecidos conlleva una huelga y oposición salvajes bajo la acusación de querer instaurar el IV Reich. Sea verdad o no. Además, estoy hasta los cojones de que me hablen de los grises entrando a caballo en las facultades para justificar la autonomía de las universidades. Autonomía que desaparece misteriosamente a la hora de poner la saca para cobrar del estado.

    La posibilidad de que en las universidades se contratara a la peña como si de una empresa se tratase sería buena si el que contrata tubiera algo que perder si no lo hace bien. Como en las empresas. Es lo que ustedes decían de no proteger a quien lo haga mal. Pero llevado a las personas físicas, no solo a las jurídicas.

    Podría ayudar que se quitaran las elecciones para elegir rector, que al menos en mi universidad (no conozco otras hasta ese punto) hacen que comparadas, las del madrid sean unas presidenciales escandinavas. Y nombrar a los rectores en los parlamentos autonómicos con una mayoría de dos tercios. Cosa que haría chorrear de gusto a los nacionalistas y obligaría que los elegidos fueran independientes.

    Por último sigo pensando que no se puede cerrar la universidad a los profesionales de la calle porque se pierde el verdadero objetivo de la misma, que he descubierto que no son las cervezadas sino formar a la gente para producir más riqueza y convertir a españa en el imperio que se merece, capaz de desafiar a marruecos o más.

    Y como ya habrá notado que voy escribiendo lo que se me ocurre sobre la marcha para no hacerle el feo de dejar sin contestar a su excelencia despues de dedicarme unos instantes; voy a acabar diciendo que si siendo tan listos no dan con la tecla. No se extrañen de que otros más tontos no lo hagan.

    Felicidades por su nuevo puesto

    Comentario escrito por Otto von Bismarck — 16 de enero de 2007 a las 4:28 pm

  19. 19

    Después de haber leído con atenciòn todos los post solo me queda algo que decir. Aunque reconozco la tremenda intelectualidad que te caracteriza, me pregunto: ¿podrías haber alcanzado este puesto sin la lacra que supone que tu padre forme ya parte del cuerpo docente de la Universidad de Valencia? Repito, no dudo de la valía y formación que tienes y has demostrado, pero sigo pensando que la Universidad y el acceso a la misma no es posible sino tienes a alguien que te apadrine. Existe, en ese caso, una desigualdad que, para que engañarnos, todos los que hemos pasado por ahí la conocemos de sobra. No te reprocho nada, y te doy la enhorabuena.

    Comentario escrito por Monty — 21 de enero de 2007 a las 4:38 am

  20. 20

    Hombre, creo que sí habría sido posible, como demuestra que hay gente que lo consigue. Pero es que no se puede saber, porque las cosas son como son. No puedo evitar que sea mi padre. Sí, creo, utilizarlo (en la medida en que eso sea posible, o caso de que se conceda que pueda sero; o al menos no aprovecharlo más de lo que es imposible no hacerlo).

    Siendo sincero (vamos, intentando serlo, como mínimo), porque es una cuestión sobre la que inevitablemente he tenido que pensar, creo que es obvio que es una ventaja importantísima. En primer lugar, te conocen. En segundo lugar, conoces el mundo. Sabes de qué va, sabes qué te piden, sabes qué te pedirán. Y lo sabes desde un primer momento, mientras que a otros quizás les lleva un tiempo descubrirlo. Desde para las cosas más importantes (la necesidad de buscarte un maestro que sepa, que quiera enseñarte, que sea honrado intelectualmente) a las más tontas (yo, por ejemplo, sabía desde un primer momento que era básico ser capaz de leer en portugués, italiano, alemán, inglés y francés como mínimo para poder «cumplir» con lo que se exige si uno quiere hacer las cosas bien y rápido con garantías). Estas ventajas, indudables, son obvias y por el hecho de «ser hijo de quien eres» las tienes.

    Además, hay ventajas de otro orden que generan una desigualdad de inicio: el entorno socio-cultural y económico y lo que comporta. Yo he tenido todas las facilidades y comprensión para poder dedicarme a estudiar.

    A la hora de «colocarse» la clave histórica en la universidad española ha sido en las últimas décadas tener «controlado» el departamento. Mi padre no se dedica al Derecho administrativo y tampoco está en mi departamento. De forma que su escaso poder orgánico actual (cuando se dedicó a la política universitaria fue hace veinte años) no me afecta. Su capacidad de «protección» es más indirecta. Por ser él quien es se supone que en mi departamento me pueden tener más en cuenta (o me tienen), me pueden hacer más caso (o me hacen), me pueden putear menos (o me putean menos). Las ventajas, si se dan, son de este orden. Y no son pequeñas. Esencialmente, eso te convierte, inevitablemente, en una persona mucho más libre, menos sometida a ciertos peajes. Yo creo, por ejemplo, que con mi director de tesis tengo la suerte de haber podido ser siempre muy franco por su carácter y porque es una persona que respeta y aprecia eso. Pero es evidente que el hecho de que yo esté más «protegido» de lo normal simplifica enormemente llegara ese tipo de relación.

    Asimismo, puede entenderse que mi filiación hace que en mi departamento o Universidad tengan más «interés» en promocionarme o sacarme plazas, más rápido que a otros. Ocurre, sin embargo, que la dinámica de laa endogamia española es muy «ordenada», que las cosas vasn, por así decirlo, «según el turno». Con padrinos o sin padrinos. Con padres o sin padres, en este caso, a todo el mundo le ha llegado su turno según lo previsto, al menos en lo que depende de mi Departamento y Universidad.

    Como mi padre no es de mi área ni de mi departamento su influencia directa es por eso muy poco importante. La clave es más bien, llegado el caso, la indirecta, lo que podríamos llamar su «soft power».

    La clave de todo mi proceso de funcionarización es un examen que se realiza en Madrid, la habilitación nacional, muy lejano a cualquier ámbito de influencia de mi padre. Ni es su Universidad, ni su área de conocimiento, ni su ciudad. La clave de las habilitaciones es el «consenso» de los miembros de la propia disciplina, de la propia área, expresada a través de lo que sea el concreto tribunal (con sus desviaciones inevitables). ¿Qué influencia puede tener lo de mi padre en el tribunal de habilitación?

    Pues probablemente la tiene. En mucha menor medida que otras muchísimas cosas (respecto de mí y de otros candidatos) que comportan una influencia o capacidad de «presionar» más directa, pero algo supongo que sí. Se trata, aquí, del prestigio y la importancia que, en el mundo del Derecho en general, más allá de su área, de su departamento, de su Universidad, de su ciudad, tenga mi padre y, como consecuencia de ello, de cómo eso puede actuar en mi beneficio como carta de presentación.

    Y la cosa sí puede tener su incidencia, porque mi padre además de tener más o menos «buen nombre» (creo), sí que, según me he dado cuenta, se ha labrado cierta estima porque, en general, si algo le ha caracterizado, ha sido tratar siempe muy bien a todo el mundo, ser generoso con ellos, ayudar en lo que ha podido. Y supongo que esas cosas se saben y valoran, generan un «fondo». Yo esto es algo que, en los años que empiezan en la adolescencia y acaban cuando uno se hace mayor (en eso estoy yo todavía, me temo), nunca valoré demasiado a mi padre, de quien he estado siempre algo alejado (teniendo una buena relación, sí, pero distante). Con el tiempo, con los años, se lo valoro cada vez más y es en lo que más me gustaría parecerme a él.

    Vamos, el caso es que es ese nombre y ese prestigio el que en todo caso pueden haber influido. Como mínimo, haciendo que se me viera con «buenos ojos». Porque inevitablemente el hecho de que mi padre se haya labrado esa buena fama tratando a todo el mundo bien habrá provocado ese efecto, más o menos fuerte (eso ya no lo sé).

    Luego, en mi concreta habilitación, lo que pasó y que fue clave, en Madrid, creo que fue más sencillo y afortunado. Añádase a ese motivo la siguiente concatenación de hechos:
    – Se presenta poca gente (3 personas por plaza) porque todo el «consenso» pensaba que las plazas estaban «dadas», que además había muy pocas, que todo el pescado estab vendido.
    – Aprovechando que yo llevaba un año preparando el temario, mi maestro me dice que tenemos que intentarlo porque nunca se sabe si alguno de los candidatos que el consenso da como favoritos puede «pinchar» y que, entonces, que hay que estar ahí. Que, en todo caso, es una experiencia y un aprendizaje.
    – Luego va y efectivamente dos candidatos la cagan en el segundo ejercicio. Y el tribunal demuestra que, como decía mi maestro, eran gente con personalidad y preocupados por la calidad, porque se cargan a los que radio macuto calificaba de «sus candidatos».
    – A partir de ahí, se abren expectativas para el»segundo escalón». Además, el equilibrio de poderes en tribunal cambia como consecuencia de que un miembro se rompe una pierna el última día y no acude a votar, obligando a que la decisión de otorgar las plazas sea por unanimidad.

    En todo este cúmulo de circunstancias es posible que influyera indirectamente esa imagen de mi padre. También lo es que, dada mi filiación, mi maestro se lo currara mucho más de lo que habría sido el caso en el juego de bambalinas (que no conozco ni intuyo porque no me ha dicho nunca nadie en qué consisitió o si existió, pero que no soy ingenuo y creo que claro, que sí, que debió de existir) inevitable. Aunque no es muy probable, porque dice la lógica que un maestro, en estas lides, se lo curra siempre por su discípulo y juega las cartas que tiene siempre por cualquiera de sus candidatos que tenga bazas. O eso creo.

    Aunque ya digo que tampoco aspiro a ser capaz, por muy sincero que trate de ser, de ser totalmente ecuánime. Creo que es imposible. Con lo que espero, simplemente, que la gente me juzgue por lo que hago y que eso esté a la altura de lo que me es exigible, como mínimo. Me temo que es lo mínimo que me corresponde hacer, aprovechar las ventajas que tengo para hacerlo lo mejor posible, y que luego los demás juzguen.

    Gracias por darme ocasión de tratar este tema.

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 21 de enero de 2007 a las 6:02 pm

  21. 21

    Excelente análisis, como todo lo que escribes, querido Andrés. Lo he leído en diagonal, evidentemente, porque yo estoy todavía en la carrera de obstáculos. Un abrazo al blogger y a sus lector@s, y un recuerdo especial a Nancy Pelosi, animándola en su nuevo puesto.

    Comentario escrito por Susana — 22 de enero de 2007 a las 2:42 pm

  22. 22

    Mucha suerte para el sprint final. Lamentablemente, en estos casos, es necesario de verdad (y no mero formalismo) desearla, dado que no todo depende únicamente de lo bien que haya hecho uno los deberes. ¿O acaso, a veces, sí?

    Muchas gracias por el saludo, que paso a transmitir también a Nancy Pelosi.

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 24 de enero de 2007 a las 3:52 pm

  23. 23

    en la universidad española no rige la igualdad, merito y capacidad sino simple y llanamente la mas pura endogamia.El saber llevar el maletin al catedratico de turno

    Comentario escrito por Macanaz — 26 de enero de 2007 a las 12:40 am

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