Funcionario (I)

El Boletín Oficial del Estado publica hoy mi nombramiento como Profesor Titular de Universidad. En cuanto tome posesión (previsiblemente mañana) pasaré a ostentar la condición de funcionario, dentro del cuerpo de Profesores Titulares de Universidad, como Profesor de Derecho Administrativo.

El acontecimiento me lleva a reflexionar sobre, al menos, dos cuestiones (más allá, como es lógico, de estar muy contento y no poder evitar pensar que… ¡por fin!): en primer lugar en torno a la lógica que tiene (o no) que los profesores de Universidad hayamos de ser funcionarios; otro día, además, habrá que hablar sobre el procedimiento de selección de personal que legalmente impera en nuestro cuerpo y que es cualquier cosa menos óptimo.

Pero, por centrarnos en lo que el BOE de hoy publica, ¿acaso tiene sentido que los profesores de Universidad sean funcionarios?

El hecho de que los profesores universitarios sean funcionarios en España, así como la forma en que somos reclutados, dice mucho sobre el modelo teórico de enseñanza superior que queremos. En principio no parece algo demasiado necesario. Todo el mundo tiene claro que perfectamente podría organizarse el sistema de otra manera. Pero, también a primera vista, no parece que sea algo que obsesione demasiado a nadie. ¿Son (somos) funcionarios? Pues bien. También lo son los profesores de, por ejemplo, enseñanzas medias. ¿Qué más da? Subyace a esta falta de preocupación por la cuestión la informadísima convicción por parte de la ciudadanía de que ni por dejar de ser funcionarios trabajaríamos más de lo que trabajamos ni cobraríamos menos.

1. Enseñanza funcionarizada: primaria, secundaria, Universidad

Sin embargo, al menos históricamente, la funcionarización del profesorado universitario ha seguido una lógica algo diferente a la del de las enseñanzas primaria y secundaria. Porque, en este segundo caso, y más allá de los interinos (problema endémico y mal resuelto, que en gran parte se explica como consecuencia de las deficiencias y sinsentidos de la funcionarización del docente, con sus rigideces y la búsqueda de vías de escape), todos son funcionarios. Un profesor de instituto es funcionario sí o sí (o interino, bueno, pero en ese caso es, para todos los efectos, como si fuera un funcionario bis, en plan cutre, en vías de serlo, pero inmerso en esa lógica). Un profesor de Universidad, en cambio, no. De hecho, en nuestras Universidades, a día de hoy, probablemente en torno al 50% del profesorado no ostenta tal condición. La diferencia, además, puede rastrearse desde sus mismos postulados, dado que suele invocarse como razón de la necesidad de funcionarización el establecimiento de garantías eficaces para salvaguardar la libertad de cátedra, en lo que respecta a los profesores de Universidad; mientras que respecto del resto de profesores, a pesar de que su condición funcionarial es mucho más sólida y rígida, la libertad de cátedra juega un papel sensiblemente menor, estando mucho más sometidos a directrices sobre los contenidos y métodos docentes (algo que, por lo demás, y al menos en lo referido a los contenidos, parece mucho más sensato y permite una interpretación más jurídicamente ajustada de lo que es la libertad de cátedra, en contraposición a algunos excesos de universitarios que hacen bandera de la misma).

De forma que, siendo unos y otros profesores; y siendo unos y otros funcionarios (en principio), los profesores de enseñanzas medias y de enseñanza superior siguen siendo, todavía, distintos en lo que a su esencia funcionarial se refiere. Los profesores de primaria y secundaria son funcionarios en tanto que trabajadores del Estado que son reclutados por medio de unas pruebas al uso, abiertas, que son investidos de este estatuto como instrumento ordenador y disciplinidador de los recursos humanos que la Administración tiene para este fin. Respecto de los profesores de Universidad, al menos mientras subsistan (que quizás no es por mucho tiempo) ciertas diferencias en el reclutamiento y formación de los mismos, la cosa no está tan clara que sea sólo eso.

Porque, como decía, históricamente se ha entendido que jugaba en este ámbito un papel muy importante la preservación de la libertad de cátedra. Y porque, asimismo, el clásico prestigio de los profesores de enseñanzas medias en la actualidad más o menos diluido sigue mal que bien en alguna medida asociado a la función pública universitaria (si bien no conviene exagerar porque la cosa, inevitablemente, está cada día más rebajada, ya que la gente no puede creeerse eternamente que los ropajes del rey son de lujo cuando éste va desnudo). Y a ello contribuía de alguna manera la idea de cuerpo, más o menos reducido y selecto. La funcionarización del Profesor Universitario ha formado en este sentido parte del oropel del puesto y, especialmente, ha contribuido a la supervivencia de una cierta idea de excelencia cultivada en el seno del mismo.

2. El estatuto funcionarial como medio para preservar la libertad de cátedra

A día de hoy es evidente que ninguno de estos motivos conserva demasiado peso. Es dudoso que la condición de funcionario libere demasiado al profesor para desarrollar su trabajo. Los peajes que tiene cualquier profesor en la Universidad española, los que todos tenemos, son más o menos los mismos antes y después de acceder a la condición de servidor público. Porque, por mucho que desde un cierto punto de vista eso pueda liberar (y sea posible escribir un texto como este, si se quiere, diciendo verdaderas animaladas), también lo es que, como en cualquier entorno laboral, la promoción personal y prestigio entre compañeros depende de jugar determinadas bazas y no otras. La diferencia es que en nuestro mundo, en la Universidad, la opinión de nuestros colegas es absolutamente esencial porque su sincero juicio sobre nuestro trabajo es en realidad el único reconocimiento real en punto a la calidad del mismo (al menos, grosso modo, a día de hoy es así). Y tambén que, en consecuencia, las relaciones cuentan mucho. Pero es así tanto antes como después de ser funcionario. Devenirlo, más allá de la estabilidad personal que procura, ni libera ni garantiza. Uno sigue teniendo las mismas sinceras (y profundas) deudas de gratitud. Como también sigue sabiendo que en su gremio hay formas, modos o actividades que no están en sí mismos demasiado bien vistos. No cambiaría nada a estos efectos que la condición personal del profesor, funcionario en la actualidad, fuera la de un contratado laboral más.

3. Funcionarización, sentido de cuerpo, prestigio social…

Otro motivo que explica la pervivencia de la funcionarización es el resto de prestigio social que tiene el cuerpo. Claro que esto, en realidad, es algo más bien contingente a la naturaleza funcionarial del cuerpo. La irrefutable prueba de ello es que, en unos añitos es previsible que el grueso de la comunidad universitaria (que en nuestro imaginario colectivo y en los Estatutos de todas las Universidades, más allá de su número, lo componen los funcionarios docentes) seguirá estando compuesto por funcionarios mientras que, en cambio, cualquier rastro del viejo respeto por su función estará en trance de ser mero recuerdo del pasado.

Sin embargo, en la Universidad, a día de hoy, la condición de funcionario sigue siendo la certificación de que uno pertenece al colectivo. De alguna forma, de hecho, se ha convertido más importante en años recientes a medida que han menudeado otras figuras (asociados, ayudantes, colaboradores varios…) en las tareas docentes. El cuerpo de funcionarios representa una cierta estabilidad y herencia de la tradición, en cuanto a formación, valores y maestros. Agrupa también a los que han pasado por una serie de estadios, se supone, que de alguna forma acreditan su compromiso no coyuntural con la Universidad. Ocurre, no obstante, que esta función es cada día más difícil de lograr, por la propia amplitud y creciente heterogeneidad de los profesores funcionarios de cada área de conocimiento. Y, lo que es más importante, que para ello, en esencia, no tiene nada que ver que se sea o no funcionario.

4. Servidores del Estado

Ante todo, podría argüirse, volviendo a las fuentes, a las esencias, un profesor universitario es un funcionario en tanto que servidor público. Ocurre, no obstante, que esta lógica es en la actualidad retórica huera. Por la misma regla de tres el personal laboral de nuestras Administraciones públicas habría de serlo también. Por no mencionar al profesorado laboral de las Universidades.

Pero es que, respecto de los universitarios, la situación es si cabe más difícil de justificar atendiendo a este argumento. Porque ni siquiera un análisis detenido del marco jurídico y laboral en que se mueve cualquier funcionario académico permite compatibilizar el diseño teórico de la carrera institucional de un universitario en el mundo de la Academia con estrictas exigencia de servicio público. Paradójicamente, el diseño de la carrera profesional de un profesor que el propio Estado diseña para sus funcionarios lo convierte más (en el mejor de los casos) en un erudito o sabio financiado por todos que en un agente de difusión del conocimiento. Puede argumentarse que un profesor da clases y que de manera mediata la sociedad se beneficia de su enriquecimiento cultural y científico. Pero es una realidad que las clases son lo de menos en el diseño institucional que Universidades, Estado y Comunidades Autónomas hacen de la promoción de sus funcionarios y que además los frutos del cultivo personal de cada profesor son en principio exclusivamente privados. Es más, así está expresamente previsto. Fruto de lo cual, la verdad, es cuando menos paradójico que una función diseñada por nuestro propio ordenamiento para alentar la apropiación personal de los más importantes frutos de la misma, por mucho que la pague el Estado, sea entendida como prototípica de la función pública. Como intelectuales financiados por el Estado para competir internacionalmente en el mundo del conmocimiento con otras personas en lides más cooperativas y colaborativas que destructivas, sí, pero de las que esencialmente se benficia el que interviene en ellas, hemos de estar muy agardecidos a la sociedad. A lo mejor, incluso, aportamos algo, de forma más difusa que concreta. Pero de ahí a que tengamos que ser funcionarios va un trecho.

Hecha la suma de todo lo expuesto, la verdad, la funcionarización de los docentes no deja de ser un residuo del pasado. Se explica más por la historia que por su necesidad real o por la lógica de tal modo de organización del personal. Perfectamente podría prescindirse de tal herencia. Y, en realidad, tampoco pasaría nada. O no pasaría tanto.

En el fondo, ya sea como funcionario o de cualquier otra manera, mucho más importante es la forma en que se selecciona a quienes van a ser los encargados de desempeñar una función pública, en este caso la docente. ¿Qué se les exige a los profesores de Universidad para serlo? ¿Qué han de acreditar? ¿Cómo se controla que son los más aptos los llamados?

Es ésta una segunda cuestión que quiero aprovechar para comentar pero que, dada la extensión de lo que pretendía en un principio ser un mero aporte introductorio, creo que haré en otra entrada independiente: en concreto, en la próxima.



9 comentarios en Funcionario (I)
  1. 1

    Felicidades. Mamonazo.

    ¿Y por qué has esperado a ser funcionario para escribir todo esto, eh, eh? Queremos saber. No al diálogo con el decano.

    Comentario escrito por Danuto — 10 de enero de 2007 a las 12:21 am

  2. 2

    Mi más sincera enhorabuena, Andrés.

    Espero ansioso tu próximo post, pues llevo dándole vueltas al tema desde hace mucho tiempo. A la espera de conocer tus opiniones, ahí va un pequeño anticipo de lo que pienso: el concreto sistema de selección del profesorado, si se quiere que éste alcance el nivel deseable de calidad, es relativamente poco importante, un parche. Todos los que se han ensayado hasta la fecha han generado insatisfacción. Todos han engendrado decisiones arbitrarias. Yo creo que es muchísimo más relevante lo que pasa después del proceso selectivo. Lo deseable sería poder corregir, en determinadas circunstancias, los errores que cualquier sistema de selección puede producir. Y lo deseable sería, sobre todo, establecer un sistema de incentivos adecuado para lograr que los profesores funcionarios (y los no funcionarios) desempeñen sus labores docentes e investigadoras decentemente incluso después de haber accedido a un puesto de trabajo en la Universidad.

    Un sistema selectivo como el que pretende establecerse, en el que las Universidades gozan de una discrecionalidad prácticamente absoluta (es decir, no hay sistema) para seleccionar a sus profesores, tiene sentido en un mundo en el que las Universidades compiten ferozmente entre sí, por la calidad y la financiación (pública y privada) de sus actividades, por los estudiantes y, por lo tanto, por los mejores docentes e investigadores. Por la cuenta que les traería, ya se preocuparían las Universidades de tratar de seleccionar a los mejores profesores y, sobre todo, de mantenerlos en nómina sólo si siguen realizando su trabajo de manera razonablemente satisfactoria.

    Pero en el mundo universitario español actual, donde la competencia es prácticamente inexistente, el sistema que viene (y el que hay) constituye una fuente de arbitrariedad, de corrupción, de endogamia, de mediocridad y, en fin, de una apropiación privada de lo público realmente escancandalosa. Lo que, desde luego, no le sale gratis a la sociedad.

    Eso es lo que ahora mismo se me ocurre.

    Comentario escrito por Gabriel — 10 de enero de 2007 a las 12:34 am

  3. 3

    UN par de cuestiones Andrés.

    Reconozco que tu texto es un ladrillo que no me he leído entero pero me quedo con las frases en negrita del final.

    Veo en la resolución del BOE que la forma de acceso a tu puesto es la de concurso. ¿Quiere eso decir que no has aprobado una oposición como todos los funcionarios de carrera de la AGE, según los principios constitucionales de igualdad, mérito y capacidad (que bien conocerás en tu calidad de profesor de derecho administrativo)?

    En lo que yo conozco, que no es mucho y además no va por ti, respecto a la selección de profesores universitarios, he de decirte que han sido procesos de dudosa limpieza donde los “elegidos” no destacan precisamente por sus capacidades intelectuales o docentes. Además, al menos en las escuelas conocidad por mi, la plantilla de profesores era endogámica a más no poder y el porcentaje de parientes entre profesores era bastante llamativo. ¿Puedes aclarar algo de esto?

    En cualquier caso, enhorabuena y recuerda que conozco tu pasado oscuro como co-refritador de textos de derecho administrativo…Ley 30/92, LOFAGE, RDL 2/2000 de la ley de contratos de las AAPP…mmm…apasionante…te lo digo por experiencia teórica y práctica.

    Comentario escrito por intelestual — 10 de enero de 2007 a las 9:16 am

  4. 4

    Muy mal Andrés, muy mal. Ya sé que el balón es tuyo y lo pinchas si quieres, pero eso de censurar mensajes porque no te gusta el contenido a pesar de que el tono fuera muy correcto está muy feo para un futuro profesor universitario.

    Comentario escrito por intelestual — 10 de enero de 2007 a las 10:10 am

  5. 5

    Retiro lo anterior, no sé por qué no veía publicado mi primer texto y con las experiencias sufridas en otros lugares he pensado mal.

    Comentario escrito por intelestual — 10 de enero de 2007 a las 10:12 am

  6. 6

    La Universidad hace mucho que perdió su sentido. A quienes todavía pusimos nuestras energías en ello nos ha costado la vida. Y eso no tiene vuelta de hoja, ni corrección posible. Podría contestar por extenso a lo que decís, sobre todo a los dos últimos párrafos de Gabriel, pero no me siento con ganas, y además creo que no vale la pena. Sería entablar, muy probablemente, el típico diálogo de besugos hispano en que aquel a quien se tachará, a lo largo del mismo, de “pesimista”, “desesperanzado” y cosas por el estilo, ha sido robado y expoliado, mientras algunos de los que le miran aparentando comprender, que se permiten un discurso alegre, o no han hecho nunca un esfuerzo de las dimensiones del sufriente, o saben desde la cuna que al final papá vendrá en ayuda nuestra cuando haga falta, o ambas cosas. No merece la pena que me explaye por extenso. Supondría apelar al concepto de trayectoria vital en su hondo sentido, y no creo que haya en España en estos momentos más de media docena de personas de menos de 60 años capaces de entender nada al respecto. Por no hablar de la recapitulación biográfica, del carácter dador de sentido de ciertas situaciones únicas e irrepetibles y otras tantas cosas de las que nos reímos todos los días en los claustros universitarios.
    La utilización de la Universidad para intereses privados de lo más diverso (no hablo ya de privatización económica, hablo de, por caso, la formación de cuadros ideologizados para los partidos políticos regionales, con la pérdida del más elemental sentido de la realidad, en una nazificación que va en aumento y que acabará en otra purga violenta en un país con tan larga tradición de de San Benitos, marranos, sangre de los Godos, y guerras de hermanos; por no mencionar el uso enteramente caprichoso de los medios públicos que una persona con cierto rango en la Universidad – un director de un proyecto investigador, por caso, a la sazón profesor titular o catedrático – para saciar su curiosidad esencialmente privada; cuando hablo de curiosidad, no me refiero al noble afán por el saber, sino, por caso, a destinar horas y horas a que se graben cintas de video de sus sobrinos, por ejemplo).
    No cabe restitución, insisto. No cabe. Es muy posible que quien esto escribe se lleve en breve una beca Ramón y Cajal de investigación, por los supuestos méritos contraídos. Será motivo de alivio, nunca de satisfacción. Para eso ya es demasiado tarde. Pero para entender eso, deberiáis haber subido a la colina del parque Kaivopuisto en Helsinki en una maravillosa mañana de abril de 2003.

    Comentario escrito por Javier — 10 de enero de 2007 a las 11:09 am

  7. 7

    Se me ha olvidado completar la frase del segundo párrafo, pero tampoco es tan grave. Se entiende lo que se quiere decir.

    Comentario escrito por Javier — 10 de enero de 2007 a las 11:11 am

  8. 8

    Querido Gabriel, creo que sabes perfectamente que comparto prácticamente todo lo que comentas. A ver si me extiendo sobre el particular. Además obvio es que mis opiniones tienen el aval adicional de que, a mí, “el sistema”, me ha tratado, como es obvio, muy bien. No creo ser un completo ignorante de lo que se me supone, pero soy muy consciente de que eso es algo más o menos contingente. El modelo actual es completamente ineficaz para seleccionar a los más válidos y además comporta unos costes personales altísimos en tanta gente (en los que finalmente, antes o después, llegan, también; pero muy especialmente, sobre todo, claro, en los que no). Es, por ello, una vergüenza. Pero como quiero tratar de extenderme más ahora después (esta misma tarde, espero), aquí lo dejo. Espero que a Javier pueda interesarle también algo de lo que yo diga, porque es evidente que también estoy de acuerdo con él.

    Respecto de lo comentado por Intelestual:
    – Concedo que lo que escribí ayer es un ladrillo infumable. En mi descargo decir que lo sé y pido perdón. Y que ayer estaba algo enfermito. Y que dejé por eso para hoy, a ver si ando más espabilado y claro, lo más interesante.
    – Cuando escriba sobre el acceso y sus problemas aclararé más, pero sí, este último paso del vía crucis es un mero concurso entre habilitados o ya funcionarios. Nuestro equivalente a la oposición es, con el actual sistema, la habilitación nacional. Son tres ejercicios públicos eliminatorios con un número tasado de plazas. Yo concurrí en la que se celebró en mi área en 2005 y saqué una de las tres plazas. Luego, con posterioridad, los habilitados nos tenemos que buscar la vida optando a plazas vacantes, que ganamos por concurso. No es normalmente, esta última fase, nada más que un paripé porque las propias universidades se afanan (es un decir, porque la cosa es segura pero lenta) en sacar plazas, siempre que sea posible, a sus “habilitados” porque de momento son un bien hasta cierto punto escaso (y salimos mucho más baratos como funcionarios, todo sea dicho, que como profesores contratados doctores). Pero vamos, en cualquier caso, que sobre las palabras en negrita y los numerosos problemas que genera el actual sistema de acceso, de verdad, escribo esta tarde.
    – Desgraciadamente, como ocurre con el currículum de casi cualquiera, ciertas actividades ominosas estarán ahí para siempre. No sólo lo sabes tú, sino que es consciente de ello todo mi gremio. Sé que tarde o temprano alguien me lo reprochará, no lo dudes.

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 10 de enero de 2007 a las 1:05 pm

  9. 9

    Por cierto, respecto de que tus comentarios quedaran bloqueados por el filtro de WordPress, creo que es algo que ocurre con los casos en que la dirección de e-mail no es comprobada como correcta. Le pasa de vez en cuando a alguien más, de forma que sólo cuando me conecto y recibo el aviso de que algún comentario ha sido filtrado o está pendiente de moderación puedo, en su caso, aprobarlo.

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 10 de enero de 2007 a las 3:00 pm

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