La quimera de la redistribución fiscal

Publica hoy el Boletín Oficial del Estado la nueva ley del Impuesto sobre la Renta de las Personas Físicas, en compañía de la reforma parcial de otros impuestos, como el de sociedades o el de patrimonio. Se trata de una más de las reformas que, anunciadas a bombo y platillo, acostumbran los gobiernos a hacer con periodicidad cuatrienal (si las elecciones son cada cinco años, como las presidenciales en Francia, puede ser quinquenal) para rebajar un poco los impuestos a los trabajadores (lo mínimo para que contribuyan a deflactar el tipo medio) y, ya que nos ponemos, rebajar la presión impositiva para las rentas más altas. Está pasando así en España desde hace años, gobierne el Partido Popular (que fue el que, justo es reconocerlo, marcó la tendencia en este sentido que ahora se impone) o el Partido Socialista. Y lo mismo ocurre en el resto de Europa y en los Estados Unidos, lo que habitualmente se llama, como es sabido, resto del mundo civilizado. Por supuesto, de consuno, se rebajan las cargas fiscales y sociales que soportan las empresas (especialmente, por supuesto, las grandes empresas; y más especialmente, todavía más por supuesto, las dedicadas no a la producción de bienes o comercialización de servicios sino a la inversión).

De esta tendencia está excluido, claro está, todo el mundo no civilizado. Más que nada porque nunca han sido capaces de dotarse de un sistema fiscal moderno, avanzado, de esos que se basan en que cada cual ha de aportar según disponga e, incluso, de que quienes más tienen han de contribuir proporcionalmente con algo más. La proporcionalidad fiscal, a partir de las cuales se trata de favorecer la redistribución más equitativa de la renta, requiere para su funcionamiento de una infraestructura de mínimos de la que no siempre se dispone: de un Estado como Dios manda y de una sociedad crítica y formada como Dios, también, manda. A su vez, en mucho casos, no pocas de las consecuencias en forma de secular subdesarrollo de ciertos modelos sociales y económicos tienen en su base, junto a otras causas, la incapacidad de esas naciones para dotarse de un sistema fiscal moderno. Porque, como dolorosamente aprendió España a lo largo del siglo XIX, carecer de él es un lujo que muy pocos pueden permitirse. Eso sí, como los que pueden permitirse este lujo disponen también de otros muchos, no hemos de esperar que sean ellos los más entusiasmados con la modernización y racionalización que se deduce de una fiscalidad progresiva, que grave más a quienes más tienen, que trate por igual todas las manifestaciones de capacidad económica (provengan de donde provengan), de un modelo impositivo que sea, sencillamente, decente.

La reforma fiscal que hoy viene en el BOE es tanto más significtiva cuanto que viene de un gobierno sedicentemente izquierdoso. Pero no es novedad la claudicación de la izquierda posmoderna en este ámbito. Y no tanto porque se piense que el Estado no necesita de allegar más fondos: la socialdemocracia alemana, en su gobierno con los cristianodemócratas, ha demostrado tener claro que no. Pero lo que se hace es subir el IVA. A estas alturas, y dada la estructura del actual IRPF aquí y allá, está uno tentado a renunciar a lo que siempre le dijeron sobre la tributación indirecta y aplaudir la medida.

Será porque los principios afrancesados no están de moda, ni en forma de french fries ni en materia de cuellos de camisa. Entre las destacables aportaciones francesas a la cultura mundial (los croissants, el foie, el existencialismo, Bernard Henri-Lévy, una peculiar noción del decoro sexual que aúna todos y cada uno de los precedentes iconos…) destaca con méritos propios elexquisito enmerdement gabacho del que venimos hablando: la misma idea de redistribución de la renta a través del sistema impositivo aparece en todo su esplendor a lomos de la Ilustración y es a partir de la Revolución Francesa cuando empieza a tratar de aplicarse (al menos, como idea de principio). Como es natural dada la situación de en un país y época donde tan turbadoras ocurrencias podían aparecer, no tardaron en llegar sucesivas intervenciones saneadoras. Pero, mal que bien, el germen de la justicia fiscal y de la necesidad de contribuir a las cargas públicas de una forma que también contribuyera a la realización de objetivos de justicia social ahí quedó. Y constituyó desde entonces el leit motiv de la evolución de nuestros sistemas fiscales hasta finales del siglo XX.

Así pues, podemos decir que es gracias a los revolucionarios franceses y sus entusiastas seguidores (partidos obreristas de todo tipo y condición, así como ciertos intelectuales con asesores fiscales bien remunerados) que todos los pobres trabajadores de este país nos vemos obligados, allá por el mes de junio, a perder uno o dos fines de semana (si hay suerte) con esos maléficos sobres de la Agencia Tributaria o el Programa Padre. Porque hacer la renta en sí misma no es demasiado difícil, pero recopilar correctamente la información requerida para ello, gracias a la colaboración de entidades de crédito y pagadores varios, puede ser una odisea. Parece evidente que si a alguien entretiene el Derecho tributario se trata de un vicio privado en el que sin duda lleva la penitencia. Pero, ¿es justo extender esa tortura a una gran cantidad de inocentes e indefensos ciudadanos si luego la cosa no va a servir para demasiado?

La cuestión es que esta pesada carga sería sobrellevada con estoica resignación si, al menos, contribuyera de un modo eficaz, tal y como era el plan (y formalmente sigue siéndolo, lean, lean la Exposición de Motivos de la norma hoy aprobada) para redistribuir renta. Pero hace años que esto no es así. Si tenemos en cuenta que los rendimientos del capital no están gravados en muchas ocasiones y que cuando lo están es a unos tipos ridículos ya podemos aventurar por dónde van los tiros. La coyuntura internacional, al parecer, impide que un Estado, por su cuenta, se líe la manta a la cabeza y cometa la osadía de hacer pagar a los ricos. Como es lógico ese país quedaría ayuno del productivo esfuerzo inversor internacional, desalentado por las trabas que el rojerío impone a la creación de riqueza. El misántropo de turno, lógicamente optaría por invertir y beneficiar graciosamente a los nacionales de países con gobernantes menos exigentes (que son todos los restantes). Este impecable razonamiento no esconde la realidad de que, además, para que esas generosas y desinteresadas inversiones sean todavía más beneficiosas para un país cualquiera conviene que exista en el mismo una infraestructura mínima (una administración, carreteras, ferrocarriles, urinarios públicos) que, claro, alguien debe pagar. Dado que, como ya hemos visto, a los señores tan dadivosos arriba mencionados no se les puede ni mentar la bicha, las alternativas no son muchas. Habrá de pagar el resto. Así que nuestro sistema impositivo se basa en la práctica en la consecución de los fondos a partir de los cuales se operará el hipotético efecto redistribuidos por medio del impuesto sobre las rentas del trabajo. Este impuesto, además, es progresivo como demanda la noble y afrancesada idea en la que estamos instalados. De modo que a los que trabajan más, y ganan más por ello, se les detrae una mayor cantidad, lo que es de justicia. Tan hábil sistema provoca un indudable aliento a todos aquellos que trabajan, pues saben que cuanto más produzcan más contribuirán a mejorar la infraestructura de la que se aprovechan los patriotas que obtienen sus rentas gracias a inversiones diversas, pero sin mover más de los dedos precisos para usar el teléfono. Sin embargo, incluso algo tan fácil de asumir como esto ha entrado ya en crisis y nadie se siente demasiado contento aportando algo más. La progresividad está amenazadísima y los tramos del IRPF se reducen más y más, como el porcentaje de agua embalsada en España mes a mes, hasta que previsiblemente llegaremos al deseado por muchos tipo único (donde, de facto, está ya casi instalado el impuesto de sociedades, con un tipo, por cierto, sensiblemente inferior al de muchas rentas de personas físicas). Y es normal porque, entre otras cosas, es inevitable que se produzca la comparación con quienes ven menos gravados sus rentas: inversores, empresas, rentistas varios.. Quien recibe rentas del trabajo tiene muchos motivos para quejarse, por comparación. Pero más todavía los que obtienen más rentas de este tipo, que ven cómo formalizando su actividad de manera diferente podrían ahorrase una pasta. Y aún más enrevesado y maquiavélico es por qué a ciertos tipos que también trabajan la tortura se les hace más liviana (hoy te dejo declarar por módulos, mañana te elimino el IAE ..). La explicación es que, como esta gente tiene más fácil defraudar, tampoco vale la pena insistir mucho en que paguen. Así de sencillo. Como fácil es ver también la cara de tonto del resto de paganos.

Con estos moldes, institucionalizada la renuncia a imponer un IRPF que sea de verdad progresivo, que exista de verdad en tanto que elemento redistribuidor, inmerso en un marco impostivo global que puede calificarse, incluso, de regresivo, ¿acaso puede extrañar que prácticamente nadie alce la voz criticando las rebajillas que, cual migajas, van pervirtiendo cada día más el modelo? Pues no, por lamentable que sea. Pero habrá que empezar a denunciar con seriedad que la arquitectura del sistema expuesto, con todo, no es a día de hoy nada más que un tributo formal a esos locos de 1789. En realidad no sirve para mucho más que para obligar a los trabajadores asalariados (que son los que tienen pocas vías de escape) a pagar religiosamente. Y a lograr a que, entre ellos, ahí si, se opere una cierta redistribución. Pero no va mucho más allá. Fuera de esa esfera, las vías de escape son tan númerosas que no vale la pena ni ponerse a analizarlas. Al menos les queda a los trabajadores la ilusión de contribuir más que nadie a financiar el Estado. A pagar las infraestructuras que los convierten en lugares tan apetecibles para la inversión. A sufragar mayoritariamente muchos servicios que, luego, emplean mucho más las rentas más altas que ellos mismos.

Consecuencia adicional de todo esto es que, claro, el IRPF ya no es recaudatoriamene lo que era. Por haber tantas vías de escape y porque el Estado tiene que buscarse otras vías de obtener ingresos, dada la manifiesta inutilidad y pérdida de eficacia del impuesto redistributivo por excelencia. Lo que ocurre, claro, es que estas nuevas vías ya no son progresivas. Esto lo saben hoy hasta los políticos que han estudiado en colegio de pago (sorprendentemente alguien olvidó explicárselo en su día a Jordi Pujol, que montó una buena para obtener parte del IRPF y acabar dándose cuenta, demasiado tarde, de que lo bueno está en el IVA, impuestos especiales etc…-menos mal que ha llegado la reforma estatutaria del tripartito catalán para demostrar que incluso en el oasis catalán los políticos empiezan a saber dónde interesa poner el acento-).

La tributación directa estructurada como lo está hoy en día, y esto incluye también a la reforma recién aprobada, es una burla a los ciudadanos que hace incluso más justos a los procedimientos de imposición indirecta. Éstos, al menos, también gravan a los ricos. No son progresivos, claro, pero al menos no son regresivos. Por otro lado son éstos los que, cada vez más, parecen masivamente dispuestos a emplear los Gobiernos. Tampoco es que tengamos que estarles por ello muy agradecidos. Simplemente, conservada formalmente la fachada redistributiva, nuestro sistema fiscal ha optado por la injusta sencillez de la vía indirecta de recaudar. En ella, y defraudadores al margen, al menos son menos los que pueden escaparse.



11 comentarios en La quimera de la redistribución fiscal
  1. 1

    Fascinante. Y radicalmente cierto. Como asalariado atávico del Estado, no puedo estar más de acuerdo con tu evaluación del IRPF y el sistema impositivo en su conjunto. Una cuestión que siempre me ha llamado la atención es que los impuestos indirectos sean tan notoriamente bajos en España, al menos aquellos en los que tengo elementos de juicio para evaluar (tabaco, alcohol, gasolina, … imagino que, además, ocurrirá algo parecido con otras fuentes energéticas, por no hablar del escandalazo que durante décadas ha sido el bajísimo precio del agua). Supongo que es un rasgo de «involución civilizatoria» que tenderá a normalizarse con el tiempo (como ocurre, sin ir más lejos, en la actual reforma).

    Un cordial saludo

    Comentario escrito por Guillermo López — 29 de noviembre de 2006 a las 3:07 pm

  2. 2

    ¿Qué es el «Programa Padre»?

    Enhorabuena al lecto G. López por haber entendido el artículo de A. Boix.

    Comentario escrito por Pablo — 29 de noviembre de 2006 a las 11:42 pm

  3. 3

    ¡Eh! ¡Yo también he entendido el artículo! (Aplausos entusiastas)
    Pablo, el programa Padre es el el Softgüer que te puedes descargar de la web de Hacienda para hacer tu declaración por internet(y que yo orgullosamente he podido «disfrutar» por primera vez la primavera pasada).
    Chapó, Sr. Boix, me ha hecho usted descubrir que pienso cosas que ni siquiera pensé que pensaba, o pienso que quizás es usted el que las ha pensado primero por mí y me ha permitido pensarlas… En fin, que considero el análisis acertadísimo. Y lo triste es ver a los estados cual relaciones públicas d eprostíbulos intentando atraer a las empresas «Vente pacá, payo, que yo te vi a cobrar menos impuestos». Os lo dice alguien que trabaja en la atracción de inversión extranjera al Reino.
    Desde aquí quiero brindar un apoyo al tipo único que ya propuso tiempo ha ese gran adalid del pensamiento ultraizquierdista que es el alcaldible Miguel Sebastián… que si bien, si fuera acompañado de un renta básica (que está por discutirse en el Parlamento)como defienden los proponentes de esta medida realmente devolvería cierta progresividad a nuestro sistema de financiación pública.
    O lo mismo la solución va a ser ir a la progresividad por los impuestos indirectos (ya existían, o existen, IVAs especiales para artículos básicos, de lujo, etc.) y hacer de la necesidad, o perversión, virtud…

    Comentario escrito por Nacho Pepe — 30 de noviembre de 2006 a las 2:23 am

  4. 4

    Por no hablar de que la mayor parte del capital inversor no está dedicado a la producción de bienes y servicios sino a la mera especulación (en la inmobiliaria ya está el relator de la ONU estos días, de la financiera no hay más que leer lo que dice ATTAC).

    Hay un principio que dice que si se grava un activo, una de dos, o se abandona o se procede a explotarlo mejor: bueno pues ni con la vivienda (ni por extensión con la especulación financiera se atreven).

    Claro que a ver entonces cómo serían posibles orgías de talonario como la última de las eléctricas.

    Comentario escrito por alejo — 30 de noviembre de 2006 a las 7:09 am

  5. 5

    Está muy bien. Es lo que tiene la izquierda (????!!!???) de ahora. Liberal en los derechos individudales, y en todo lo demás, también. Aunque no sé de qué os quejais. Crecemos, dicen, al 3,7 por ciento. Aunque claro la primera persona del plural, «crecemos» , es un concentrado de la mentira que deglutimos todos los dias son chistar.

    A mi la situación fiscal me recuerda mucho al antiguo regimen, con los dueños del capital (financiero, especulativo ) en el papel de la nobleza y el clero, y los trabajadores en el de los pecheros. La excusa ideologica es distinta, pero los resultados se parecen: habría que volver a usar la guillotina.

    Comentario escrito por casio — 30 de noviembre de 2006 a las 9:27 am

  6. 6

    Y mi pregunta es. Con unos maravillosos sistemas informáticos que hacen «cienes y cienes de jartás» de operaciones por segundo. Y una agencia tributaria que funciona sorprendentemente bien (compárese con otras agencias gubernamentales). ¿No es posible establecer una progresividad continua en vez de por tramos? Lógicamente hasta un límite, que estaría marcado por el tipo máximo actual.
    Y para el señor boix. Gracias, llevo mucho tiempo criticando las bajadas de impuestos directos y las consiguientes subidas de indirectos. Y no solo por alcoholico y conductor (no simultáneamente). Lo que pasa es que soy de esa generación de jóvenes conformistas y paso de intentar cambiar nada.

    Me dedicaré a especular en cuanto pueda y a mirar con desprecio a la gente que pague impuestos y mantenga al país. ¡Fascistas! mantienen la maquinaria opresora de las nacionalidades históricas. Pero, llevo pensando algo bastante tiempo: ¿por qué no dedicar esas rebajas fiscales a financiar a los ayuntamientos para que puedan liberar más suelo y bajen las viviendas?

    Comentario escrito por Otto von Bismarck — 05 de diciembre de 2006 a las 11:49 am

  7. 7

    Bueno, en política fiscal de 5º estudiamos que los aumentos de la presión fiscal indirecta no eran tan inflacionistas como los aumentos de presión fiscal directa. Y luego pasábamos a analizar la política del PP (año 97), que se basaba en ello.

    Y como no me acuerdo de más, hasta aquí puedo leer la tarjetita…

    Comentario escrito por Onkyo — 05 de diciembre de 2006 a las 12:26 pm

  8. 8

    Y para los que habeis estudiado económicas ¿ Cual es el milagro que permite a cualquiera propiedades muy por encima de sus posibilidades sin que se deduzcan responsabilidades fiscales? Desde el hijo ESOero que se está pagando un piso ??? a la dueña de su casa con CLK, villa en la sierra y chalet en la costa. No digo que se les meta en la carcel, pero si de un año para otro, tu patrimonio crece, y tus ingresos no, o eres jesucristo redivivo ó deberias tener que apoquinar…. Explicarmelo, quiero creeeeeerrr…..

    Comentario escrito por galaico67 — 05 de diciembre de 2006 a las 9:18 pm

  9. 9

    ¿Por qué se cierran los comentarios a un artículo?
    He ido a escribir algo al de Universidades o centros de capacitación profesional y, horror, está cerrado.

    ¿No habría manera de que las reflexiones que tanto aquí como en LPD como en otros blogs se abren se mantengan abiertas? Apenas me da tiempo a leeros cuanto menos a reflexionar.
    Si sólo con cuestiones de actualidad los interrogantes que abrís se alimentan, más con las lecturas de cada uno. Pero para eso hace falta tiempo…

    Comentario escrito por Carmen — 11 de diciembre de 2006 a las 2:42 pm

  10. 10

    Disculpa por los cierres. Se debe a los problemas con el spam en los posts con comentarios asociados de LPD, donde es imposible tener controladas todas las entradas, dada su cantidad y lo expuestas que están al spam, por lo que hemos juzgado conveniente cerrarlas pasadas unas semanas.

    Voy a tratar de abrir los comentarios de mi blog, por defecto, siempre, mientras no haya problemas, caso de que sea posible hacerlo (es decir, caso de que se pueda establecer por defecto una solución para LPD y otra para el blog).

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 11 de diciembre de 2006 a las 6:47 pm

  11. 11

    Los comentarios en todos los posts están ya abiertos.

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 12 de diciembre de 2006 a las 1:33 pm

Comentarios cerrados para esta entrada.

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