Libertad de expresión y cultura universitaria

En relación a lo que comentábamos en este espacio la semana pasada, a partir de la exigencia por parte de la prensa local de que la Universitat de València impida cierta charlas o coloquios atendiendo a las ideas que van a ser defendidas en los mismos, quizá sea interesante analizar hasta dónde pueden llegar los excesos de quienes, cargados de buenas intenciones, aspiran a convertirse, por el bien de todos, en policía del pensamiento y de la expresión de ideas. En lugares y sociedades donde la corrección política es cada vez más extrema, como son todas las sociedades occidentales, la cosa puede llegar a extremos kafkianos. ¿Es de veras necesario añadir a todos los costes que tiene ser un disidente, que supone estar radicalmente aislado en cuanto a creencias u opiniones, la reprobación pública de las autoridades o que te prohíban expresarte? ¿Hace de verdad falta?

Para valorar hasta dónde puede llegar el celo de las mayorías cuando se sienten asentadas sobre una base moral incuestionable basta analizar lo que le ha ocurrido a una joven estudiante de Harvard, muy probablemente arruinándole muchas de sus opciones profesionales futuras debido a la increíble repercusión mediática que ha tenido la situación.

El resumen de los hechos no es que sea sencillo, pero más o menos puede intentarse. Tras una cena y charla con amigos y conocidos escribe un e-mail a varios de ellos, en el que señala algo así como «Dado que no me gusta dejar las cosas a medias y que mi opinión no quede del todo clara, quiero aclarararos que no excluyo al 100% la posibilidad de que pueda haber alguna razón genética que pudiera conllevar una menor capacidad de los negros para el trabajo intelectual», en traducción libre. Literalmente, la frase de marras es:

«I just hate leaving things where I feel I misstated my position. I absolutely do not rule out the possibility that African Americans are, on average, genetically predisposed to be less intelligent.«

A partir de esta frase (en un e-mail que sigue, y que cualquiera que lo desee puede leer, dado que su difusión ha llegado a los medios de comunicación nacionales, demostrando hasta qué punto se exageran las cosas) se ha organizado una cacería. Alguno de los receptores del e-mail envió el mensaje a una asociación de estudiantes afroamericanos y éstos montaron en cólera, la decana de Harvard tomó cartas en el asunto con una larga, lacrimógena y lamentable carta que fomentaba la reacción exagerada, la estudiante se ha disculpado públicamente y ha iniciado una especie de camino del calvario con vía crucis incluído que ni siquiera Gordon Brown ha tenido que padecer… vamos, todo un poco exagerado. Y todo debido a que, al parecer, hay ciertas cosas que no se pueden ni siquiera mentar en público si uno no quiere aparecer como un racista. Y así, surrealistamente, un e-mail sacado de contexto, donde se responde a una conversación privada y que pretende seguir esa conversación en términos no públicos se convierte en asunto nacional.

Hay varias cosas obvias que merecen ser resaltadas:

– Que todos somos distintos en público que en privado y que pretender lo contrario es de una hipocresía notable. Ocurre aquí como con quien se escandaliza de lo que dicen los políticos en privado, ya sea en grabaciones de sus conversaciones telefónicas personales, ya sea cuando se descubre lo que dicen en el coche tras hablar con una votante. ¿De verdad alguien sensato y honrado intelectualmente pretende juzgar esas expresiones con el mismo rasero que las públicas? ¿Acaso no somos todos en la intimidad, en confianza, con nuestros amigos y familia, distintos? ¿Acaso no nos permitimos ciertas bromas, licencias, cofianzas, impensables en la esfera pública? Y, sobre todo, ¿no es obvio que, en el fondo, tenemos derecho a disfrutar de ello y a aspirar a que los demás, si acceden a esa esfera, la juzguen en esos términos? Decía Luhmann que, en el fondo, el derecho a la intimidad cumple la función social de evitar que todos sepamos de los demás demasiado, hasta el punto de hacernos absolutamente insoportables los unos a los otros. Conviene recordarlo cuando nos lanzamos a degüello contra alguien por una conversación privada.

– Adicionalmente, es de una doble moral tremenda juzgar a partir de conversaciones sacadas de contexto. Como ocurre con las grabaciones telefónicas, es peligrosísimo no analizar la conversación entera, cómo se produce, en qué tono y ambiente, para poder más o menos aproximarse a la realidad. Y, aun así, con riesgos. lanzarse a opinar a partir de una frase aislada es de una temeridad tremenda. Por ejemplo, y en el contexto que nos ocupa, a mí, personalmente, me da la sensación de que la estudiante que envía el e-mail debió de ser, precisamente, la que en la conversación durante la cena defendía que no había evidencias biológicas que explicaran las diferencias intelectivas entre negros y blancos. Ante la crítica generalizada trata de enviar un correo matizando su postura y aclarando que no está cerrada del todo a contemplar esa posibilidad, si hubiera evidencia científica suficiente, pero que en su opinión, de momento, no la hay. ¡Y va y resulta que es contra esta chica contra la que se organiza la campaña mediática! Para acabar de rematar la faena, estaría bien que se acabara descubriendo que quien filtra el mensaje privado haya sido quien en la cena, sin que quedara constancia escrita, defendía el origen biológico de la supuesta menos inteligencia de los negros. Como la experiencia dice que las cazas de brujas muchas veces son originadas por quienes más cadáveres tienen en el armario no me extrañaría nada.

– Además, el contenido del mensaje en sí mismo, en mi opinión, lejos de ser criticable es digno de ser considerado y bastante sensato. En una Universidad, ¿podemos de verdad decidir que nos da igual la evidencia fáctica, señale lo que señale, si moralmente no nos gustan los resultados? ¿Hemos de renunciar a investigar en los orígenes biológicos de la inteligencia simplemente porque preferimos que no haya un sesgo determinista asociado a razas o sexos? ¿De verdad? A mi juicio la moral y la verdad no tienen nada que ver, no se relacionan. Los hechos no son morales. Lo son los comportamientos de las personas, en un determinado contexto social y físico. Si los hombres somos más lerdos para la comprensión lectora que las mujeres por alguna diferencia fisiológica, al igual que también hacemos pipí de manera diferente por condicionamientos estrictamente biológicos, ello no es éticamente reprochable o laudable. Simplemente, es. Lo que tendrá connotaciones morales, en su caso, es cómo reaccionamos frente a tal hecho, individual y socialmente. Pero conviene, en todo caso, saber cuál es la verdad. Y como universitarios creo de verdad que no debiéramos nunca renunciar a tratar de descubrirla, a plantearnos preguntas, dudas, a tener curiosidad intelectual. Aunque ello pueda conducir a hacernos preguntas como la que trata de abordar la desafortunada alumna de Harvard.

– Por último, conviene recordar, aprovechando este asunto, hasta qué punto los discursos dominantes, cuando son masivamente apoyados, dejan poco espacio a la discrepancia y castigan de múltiples formas a quienes están en minoría. Así como el indudable efecto empobrecedor que esto acaba teniendo las más de las veces. Por ello, la verdad, no sé a cuento de qué la decana de Harvard ha actuado como ha actuado. Habría sido mucho más edificante, a mi juicio, que hubiera salido a proteger a la estudiante, tratando de dejar claro hasta dónde llegó, su derecho a expresar ese tipo de ideas e incluso la conveniencia de que se haga, en un entorno académico, ese tipo de reflexión. Por el contrario, y como es siempre más fácil, se unió a la lapidación pública (aunque, eso sí, con algo de clemente misericordia, en la típica posición de superioridad moral que se suele arrogar el portavoz de la mayoría social). Muy triste.

En cualquier caso, no sé si esta historia sirve, o no, para entender hasta qué punto consensos masivos y buenas intenciones permiten silenciar opiniones minoritarias, por respetables, razonadas y sensatas que puedan ser.

Para quienes estén interesados en opiniones y detalles sobre el incidente:

– Eugene Volokh escribe detalladamemte sobre el particular en varias partes defendiendo, a mi juicio acertadamente, a la alumna (I, II, III, IV) y da cuenta de un e-mail enviado por un alumno de Harvard donde éste aporta su opinión. A mi juicio, tiene toda la razón, qué quieren que les diga.

– Orin Kerr, de modo más matizado que Volokh, se posiciona en un sentido algo más crítico con la alumna si se trata de analizar el contenido del mensaje aunque tiene claro que el asunto es de una injusticia tremenda por carecer de elementos de juicio globales que permitan entender si el texto pretendía decir lo que muchos han interpretado como ofensivo.

– David Bernstein, que tiene tendencia a analizar casi todo en términos relacionados con su condición judía, se pregunta por los motivos por los que, en el mundo académico estadounidense, se puede decir casi todo de los judíos y en cambio nada de los negros. No está muy claro si lo que le parece mal es una cosa, la otra (ambas opciones serían más o menos coherentes) o ambas (que, paradójicamente, es lo que acaba dando a entender, generando una incoherencia diferente a la que denuncia, eso sí, pero perfectamente homologable).



3 comentarios en Libertad de expresión y cultura universitaria
  1. 1

    como difunda tu post irás a la hoguera, reaccionario, xenófobo y racista.
    Si la Universidad se convierte en refugio de disidentes, abajo la universidad¡

    Comentario escrito por zulik — 06 de mayo de 2010 a las 7:52 pm

  2. 2

    Debería haber una clase de «Derecho y Ciencia» en las facultades de Derecho?? Puede ser.

    Predispuestos genéticamente?? Sabrá la chica de Harvard qué es un gen? Otra cosa; la inteligencia en particular?? Pero si ese tema fue superado hace muchos años con el descubrimiento de las «inteligencia múltiples».
    A esta chica no deberían catalogarla de racista, sino mujer falta de conocimiento. El problema es que el desconocimiento de principios básicos en combinación con discriminación, mata gente, y mucha. Recordemos lo que sucedió en la segunda guerra mundial.
    Boix, tu dices que no debemos «renunciar a investigar en los orígenes biológicos….». Pero te parece que esta chica ha investigado algo, o al menos iniciado dicho proceso?? Una cosa es hablar por hablar (sin evidencia) y otra es mostrar la evidencia y generar «debate», como dices tú. Creo que lo suyo es propaganda no más. En fin.
    Respecto a los efectos jurídicos de la publicación del mensaje privado, cabría más bien un estudio sobre la intromisión al derecho a la intimidad, o algo por ahí.

    Para terminar, hace algo de dos años James Watson (uno de los descubridores de la estructura del ADN) apuntó algo así como que los afro-americanos eran menos inteligentes que los blancos. A unas cuantas semanas, el museo de Ciencias de Londres canceló su charla porque «había ido más allá de un punto aceptable de debate». Y creo que este señor sabe muy bien qué es un gen. A los pocos días tuvo que salir a decir que se había malinterpretado su idea. Cosas, cosas.

    Un datico: Compartimos el 95% del código genético con los ratones, y el 97 con los chimpances.
    Llama la atención cierto?

    Comentario escrito por Alejandro — 18 de mayo de 2010 a las 6:31 pm

  3. 3

    Bueno, Alejandro, a mí no me mires, que soy un tipejo anclado todavía en la creencia de que lo importante para estas cosas no es tanto lo innato como lo adquirido y que, respecto de lo innato, hay una gran variedad que impide funcionar con predeterminaciones. Vamos, que respecto de la potencia intelectual en bruto de los blancos intuyo que estará tan predeterminada genéticamente respecto de la de los negros como la estatura, la corpulencia, el tamaño del pene, la gracia para correr los 110 metros vallas y todas esas cosas. Muy levemente si analizamos poblaciones, más que individuos, de modo que no se puede emplear como guía para juzgar individuos, por un lado y, por otro, que es tan leve que aparecen muchas dudas respecto a que la clave no sean cuestiones sociales, culturales, de tradición, etc..

    Dicho lo cual, estoy totalmente abierto, y la analizaré con mucha curiosidad, cualquier evidencia que me explique que efectivamente existan diferencias apreciables y mensurables, ya sea en tamaño del pene, ya en inteligencia, ya en lo que sea, entre poblaciones (definidas a partir de criterios de raza o de cualquier otro), que me logre convencer de su efectiva existencia e importancia, que me analice cómo se puede haber llegado a ello y los mecanismos darwinistas que pueda haber detrás, que me analice el grado y magnitud de las diferencias… Curioso que es uno.

    Comentario escrito por Andrés Boix Palop — 18 de mayo de 2010 a las 7:32 pm

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