La rigidez del marco constitucional español (y el derecho a decidir)

El texto que se publica a continuación se corresponde con la primera parte de mi capítulo “La rigidez del marco constitucional español respecto del reparto territorial del poder y el proceso catalán de ‘desconexión‘”, que se ha publicado en el fantástico libro de reciente aparición sobre El encaje constitucional del derecho a decidir. Un enfoque polémico, que han coordinado los profesores de la Université de Tours, Jorge Cagiao y Conde, y de la Università de Napoli, Genaro Ferraiuolo. El libro puede comprarse muy fácilmente tanto en la web de la editorial como en Amazon, por ejemplo y, pues eso, que os lo recomiendo vivamente. Se trata de un conjunto de trabajos que ya han sido objeto de diversos comentarios, como el que acaba de publicar Ramón Cotarelo en su blog, de un enorme interés. En él, se analizan diversos aspectos del proceso de “desconexión” catalana iniciado con el fallido proceso de reforma estatutaria de principios de siglo y las crecientes demandas de reconocimiento del “derecho a decidir” de los catalanes sobre su permanencia en el Reino de España o independencia, siempre desde una perspectiva jurídica. Mi aportación a esta obra colectiva es una reflexión, que espero ayude a enmarcar el contexto de las cuestiones analizadas por el resto de trabajos, sobre el modelo constitucional español de 1978 y su extraordinaria rigidez y tendencia a la composición vertical entre elites como mecanismo para la resolución de conflictos. En este estudio se trata de entender cómo este modo de funcionamiento ha afectado indudablemente a la forma en que las instituciones españolas han afrontado este proceso de extrañamiento protagonizado por las instituciones representativas y una muy importante parte de la ciudadanía catalana. A partir de ahí, se aspira, también, a explicar que como consecuencia de estas características de nuestro ordenamiento e instituciones (del marco y del sistema jurídicos españoles) la respuesta jurídica que han recibido las diversas pretensiones llegadas desde Cataluña ha sido siempre mucho más rígida e inflexible de lo que las posibilidades del propio texto constitucional habrían permitido con una visión más abierta, agravando con ello el problema y fomentando más el conflicto que una solución al mismo. Cuando las normas que han de servir de cauce para la expresión de voluntades legítimas pero no convergentes y tratar de lograr una composición entre las mismas no cumplen con esta tarea sino que, antes al contrario, ciegan posibles soluciones que habían sido posible en otros ámbitos (por ejemplo, en el mundo de la política) está claro que bien esas normas, bien la interpretación que damos a las mismas tienen un problema.

Transición a la democracia transaccionada y reparto territorial del poder en España desde 1978

La comprensión de las tensiones territoriales en la España constitucional, esencialmente en lo que se refiere a la relación de Cataluña y País Vasco con el conjunto de ese entramado político en la actualidad denominado Reino de España, requiere previamente, para su mejor entendimiento, de una cartografía mínima del contexto. Un contexto que ilustra tanto la historia de los desencuentros y sus parcheos, compromisos y soluciones durante las últimas décadas como la situación actual y que, por lo demás, se plasma en el acuerdo político jurídicamente articulado en la Constitución española de 1978. No es, sin embargo, éste un buen momento para hacer una valoración crítica del proceso en sí mismo[1], como tampoco lo es para reflexionar en términos políticos sobre las ventajas o desventajas de ciertos elementos de este acuerdo constituyente[2]. En la medida en que este trabajo aspira a ser jurídico y versa pues sobre Derecho, vamos a limitar las referencias o juicios a este contexto a lo que consideramos imprescindible para entender cómo funciona el marco jurídico español producto de ese momento y dinámicas históricos y, sobre todo, para poder aspirar a analizar con rigor cómo reacciona y qué margen efectivo de maniobra tiene cuando se relaciona con ciertas demandas políticas muy concretas que son las que pretendemos entender en su vertiente jurídica: las de reconocimiento de ciertas especificidades culturales o políticas derivadas de la diversidad territorial con la que se manifiestan algunas de éstas. Demandas que pueden tener más o menos virulencia, ser más o menos compartidas, llegar al extremo de convertirse en “independentismo” ante la constatación (o mera percepción) de que son imposibles de atender y en consecuencia sólo ésta sería la única vía posible, pero que, en el fondo, responden siempre a esa misma dinámica política y a cómo la canaliza nuestro Derecho.

Así pues, y a modo de introducción, vamos a tratar, únicamente, de poner de manifiesto muy sintéticamente algunos de los elementos jurídicos básicos en los que se han movido y moverán las decisiones de los actores implicados en estos procesos y, en concreto, en todo el proceso que conduce a una creciente expresión de deseos de independencia por parte de un importante número de ciudadanos (y partidos políticos con representación parlamentaria) de Cataluña. Para todo ello, conviene apuntar brevemente algunas notas básicas del sistema jurídico edificado en España tras la muerte del general Franco y ,en general, de toda la arquitectura jurídica que se ha consolidado a partir del mismo, para así poder entender mejor las coordenadas en que opera el marco jurídico-constitucional español frente a las peticiones de más o mejor autonomía, mayor reconocimiento de ámbitos de decisión o diferenciación territoriales o, sencillamente, la independencia de partes del territorio nacional. 

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Participación política y límites al modelo de democracia representativa español

En las dos últimas semanas he estado en dos actos de diferente naturaleza pero similar temática hablando de nuestro modelo constitucional en materia de participación política y de los límites que el modelo actual de democracia representativa, en el caso español, supone. El primero de ellos, organizado por la Coalició Compromís en el Centre Octubre de València, giró en torno a muchos temas de actualidad (las manifestaciones de los últimos meses y los diversos conflictos con la policía, la emergencia de las redes como vehículo de amplificación del espacio público….). Fue un debate muy entretenido y animado en el que, sobre todo, dijeron cosas con mucho sentido Joan Subirats (a quien siempre es un placer escuchar y que es una de las voces más lúcidas a la hora de desentrañar por dónde van los tiros en esto de las nuevas formas de participación) y Carmen Castro (activista con muchísima experiencia en redes que sabe de lo que habla). Lamentablemente, me pilló con exámenes (actividad más exigente para los profesores de lo que muchos creen) y como consecuencia de no tener apenas tiempo ni lo reseñé ni lo comenté. Un pequeño desastre porque mereció mucho la pena.

La semana pasada, en un contexto más académico (la Facultad de Derecho de la Universidad Complutense de Madrid) pero con un ambiente distendido, relajado y combativo, nos juntamos varios profesores para hablar de “Crisis, recorte de derechos y Estado democrático” por iniciativa de Julio González (Catedrático de Derecho Administrativo de la UCM) y de Argelia Queralt (Profesora de Derecho Constitucional de la UB). El encuentro fue de lo más intenso, con público llegado incluso desde Twitter (¡un saludo a @alfonstwr desde aquí!) y merece la pena hacer una pequeña referencia al mismo, ahora que tengo un ratito, para no cometer el mismo error del otro día. Porque como podéis comprobar simplemente echando un vistazo programa preparado, la calidad de los ponentes hizo que aprendiéramos todos mucho y que valga la pena reseñar, aunque sea por encima, algo de lo que se dijo allí.

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España 2011: ¿un año de cárcel por votar con una camiseta verde?

Pues la verdad es que hoy podría hablar de muchas cosas. Del excelente (como siempre) artículo de José Yoldi sobre uno de los muchos efectos disfuncionales de la salvaje ley contra la violencia de género , que demuestra que la paciencia de los operadores jurídicos empieza a estar más que colmada con algunas de las cositas de esta ley. O de la conferencia que hoy han dado en Valencia, invitados por la Academia de Jurisprudencia y Legislación valenciana (o como se llame esa cosa, que la verdad es que no lo sé muy bien), dos penalistas de primer nivel, Córdoba Roda (U. de Barcelona) y Rodríguez Morullo (U. Autónoma de Madrid) sobre el patético estado de las garantías en el proceso penal. Han hablado de detenciones para forzar a los sospechosos a confesar, de escuchas telefónicas a abogados, de registros inconstitucionales, de conformidades que sirven de mecanismo de presión y que se pretenden emplear para condenar a otros sospechosos… Y es que el proceso de degradación es imparable, como el Tribunal Constitucional se encarga de recordar cada dos por tres, con sentencias de esas que abochornan a cualquier juristas con un mínimo sentido de las garantías (véase el ejemplo más reciente, donde justifican que se te meta la policía en el ordenador sin pedir permiso del juez ni nada para ver qué tienes y todo porque el delito -posesión de pornografía infantil- es especialmente odioso y las chorradas al uso que parecen justificar cualquier cosa… ¡cómo si el resto de delitos, un asesinato, por ejemplo, no fueran también odiosos!).

Vamos, todo muy edificante, como es norma en este país en lo últimos y comentábamos hace nada en relación a indultos a banqueros (¡para que luego digan que no hay garantías en este país para los delincuentes!).  Pero una noticia se ha cruzado en mi intención de charlar sobre alguno de estos temas. La que informa de la última ocurrencia de la Junta Electoral Provincial de Madrid, que por lo visto está notificando a electores que fueron identificados por la Policía de Madrid por ir a votar con una camiseta verde para que hagan alegaciones respecto de un posible incumplimiento de la legislación electoral, lo que habría supuesto un delito del art. 144 LOREG, por realizar propaganda electoral acabada la campaña.

La cosa viene a ser así, por resumirla de manera fácil para que se entienda:

– En España en 2011 puedes tener que votar en lugares (centros escolares concertados) donde hay mesas electorales debajo de inmensos crucifijos, pósteres conmemorando visitas del Papa o mensajes antiabortistas. A pesar de que el Estado tiene una obligación de neutralidad mucho más fuerte que la de los ciudadanos (por motivos obvios que no vale la pena ni desarrollar), este tipo de mensajes se entienden por las distintas Juntas Electorales como perfectamente apolíticos y, por ello, no se aceptan las reclamaciones de los electores que las hacen (algo que me consta perfectamente porque he estado votando durante años en un asqueroso colegio concertado que llenaba el hall de proclamas contra el matrimonio gay y el aborto para el día de las elecciones -o a lo mejor para todos los días, y que así el Estado pague un concierto para que se adoctrine a los niños a gusto- sin que ninguna de las reclamaciones realizadas haya fructificado nunca).

– En cambio, esas mismas Juntas Electorales consideran que el hecho de que un ciudadano vaya a votar vestido con una camiseta verde con un mensaje a favor de la escuela pública es un acto de campaña, de propaganda, y que por esta razón supone un delito electoral del art. 144 LOREG.

– Mientras tanto, candidatos de diversos partidos políticos, algunos de manera tan notoria como el Presidente de Baleares, han osado pedir el voto en la tele el mismo día de las elecciones. Incluso mediando denuncia de los partidos rivales, la Junta Electoral de Mallorca no ha entendido que esa acción sea un acto de campaña y tampoco que constituya un delito electoral del 144 LOREG.

– Por último, como es sabido, el art. 145 LOREG prohíbe publicar encuestas a partir de cierto día de la campaña y castiga también con penas de cárcel a quien incumpla esta obligación. Una norma absurda, una de tantas, en los tiempos que corren. Lo que no quita para que llame la atención que ciertos diarios o directores de periódicos la incumplan de manera notoria, exhiban su falta de respeto por la norma y que tampoco pase nada.

Las reglas en 2011, al menos según nuestras Juntas Electorales, se resumen en lo siguiente: #anchopamí (es decir, para el Estado, para la Iglesia, para los banqueros importantes del país, para los políticos en activo, para los medios de comunicación potentes, para los directores de periódicos famosos) y #ojodeunaagujapati (es decir, para el ciudadano de a pie). Ya veremos cómo acaba esta historia, pero de momento, con el historial reciente de las Juntas Electorales españolas (por ejemplo, con las acampadas del 15-M) uno se puede esperar cualquier cosa de esta gente. Y no, precisamente, buena.



Una reflexión tonta sobre los Gobiernos en funciones

Está claro que conviene dejar un tiempo entre el momento en que se producen unas elecciones y la constitución de las Cámaras parlamentarias. Así se pueden recontar con calma los votos, meter el voto de no residentes, resolver recursos e impugnaciones… pero, sinceramente, ¿no da la sensación de que tenemos unas reglas un poco desfasadas en cuanto a tiempos? Con lo rápido que va todo hoy en día, las posibilidades tecnológicas, la eficacia en recuentos, lo profesionalizados que están los partidos políticos, ¿no sería conveniente acortar un poco los plazos? Aunque, bien visto, quizás esto no deja de ser una pequeña tontería. En Estados Unidos votan a principios de noviembre y el Presidente no toma posesión hasta finales de enero, por eso de dar tiempo a quienes iban en carro a poder reunirse en el Colegio Electoral una vez seleccionados por los electores y que la información llegara. Y tampoco les ha pasado nunca nada demasiado grave (claro, si no tenemos en cuenta lo de Bush vs Gore; en fin…).

PS: No es por nada, pero así, también, nos libraríamos de cosas como estas, que la verdad es que dan como un poquito de vergüenza. Es sencillamente bochornoso esto de que se saque la basura así, de esta manera, sin coste político alguno…



Normas de campaña, pluralismo y opciones minoritarias

Esta campaña electoral, poco emocionante políticamente, es interesante porque está aportando novedades muy significativas sobre el momento que vive nuestra democracia. Mientras cada vez más ciudadanos se manifiestan indignados al grito de “no nos representan”en medio de una crisis económica pavorosa, mientras la parálisis en la Unión Europea se hace cada día más patente frente a unas fuerzas económicas por lo visto imposibles de contener, mientras las líneas de fractura de los modelos democráticos saltan por los aires en Grecia (y también en España)… una batería de normas a cual más cuestionable acompañan esta nueva campaña electoral con el objetivo explícito de dificultar la presentación de candidaturas minoritarias y la visibilidad de las opciones diferentes a las mayoritarias y ya asentadas.

Dos de estas reformas son especialmente importantes y merecen un comentario más detallado: la que impone a aquellos partidos sin representación la recolección de avales para poder presentarse y la que obliga a las televisiones privadas a dar unos tiempos de cobertura informativa determinados y prefijados, durante la campaña electoral, a las diversas opciones políticas en liza.

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Reformas electorales post-indignados

Es curioso cómo la clase política asume e integra casi cualquier movimiento social o planteamiento reivindicativo que asome en los medios de comunicación, lo deglute y lo acaba logrando incorporar a un estado de cosas muy estable, legado de la transición, que hace que aquí casi todo pueda cambiar sin que, en el fondo, nada haya variado. Pero cuando se habla del sistema electoral es muy complicado tocar nada en serio sin que haya profundos equilibrios que se vean alterados. Por este motivo, y a salvo de que se trate de introducir meros retoques cosméticos, hay un punto de las reivindicaciones de los llamados “indignados” que es muy complejo que nuestra clase política asuma: cualquier cambio de una mínima profundidad respecto de cómo se traducen votos en poder real. Sería, más o menos, como que el Real Madrid y el Barça se avinieran de buenas a primeras a cambiar el modelo de reparto de derechos televisivos de nuestra Liga de Fútbol. Tanto en un caso como en otro, sólo veremos cambios de verdad si se produce una situación de crisis tal del modelo actual que no haya más remedio que cortar por  lo sano. Que sea tan evidente que el tinglado se desmorona que incluso el que ha disfrutado de una arquitectura que le ha situado, y apuntalado, bien alto sea consciente de que ya ni a él le conviene estar ahí arriba si todo se está viniendo abajo (o puede acabar así).

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La dignidad de un voto

Seguimiento de la campaña electoral valenciana (último día) para El País Comunitat Valenciana

Ya está. La campaña ha concluido, los valencianos hemos votado y los resultados nos ha deparado algunas sorpresas, como casi siempre. ¡Qué sería de la democracia sin este elemento teatral que hace que unas elecciones tengan siempre ese componente emocionante, esa esencia impredecible! Porque cuando vamos metiendo todos votos en las urnas, ¿quién sabe?, en el fondo todo queda abierto y en suspenso durante unas horas. Cualquier cosa, o casi cualquier cosa, puede pasar.

No obstante, los resultados, también como casi siempre, se han movido dentro de los márgenes previstos. Hay detalles sorprendentes, pero como en un cuadro impresionista la verdadera imagen política del país la obtenemos si nos alejamos. ¿Qué es lo que vemos?

Vemos un Partido Popular de la Comunidad Valenciana que sigue siendo absolutamente hegemónico. Tras 16 años en el poder apenas si ha sufrido desgaste. Es más, y aunque  en estas elecciones ha perdido votos en términos reales y  en porcentaje (en torno a un 4%, que es una cifra respetable), como consecuencia de la factura cobrada por los ciudadanos por la parálisis política y la debilidad del Gobierno valenciano derivada de los múltiples escándalos surgidos recientemente, parece incluso que todavía estamos en la fase ascendente de su ciclo. Convocatoria tras convocatoria, desde 1995, consolidan voto y ensanchan su base social, aumentan la ventaja con el PSPV y ganan más y más ayuntamientos tanto en ciudades medianas y grandes como en decenas de pequeños pueblos de Castellón, Valencia y Alicante.

Comprobamos que el PSPV, o els Socialiestes Valencians (o el PSOE, que es como se llama en las papeletas) sigue en un imparable descenso a los infiernos. Cuando en 2003 perdió el “suelo electoral” del 35% y Camps logró su primera mayoría absolutísima el comentario casi unánime de la gente que dirige el cotarro socialista y todos sus apoyos sociales, intelectuales y políticos fue el mismo. En medio del desánimo repetían como un mantra que “al menos, de ahí no se puede bajar”. Pues sí. Se puede. Alarte ha logrado perforar a la baja todos los registros históricos del partido, no ya cayendo por debajo del 30%, la barrera que se consideraba psicológica, sino llegando a un 27’5%. De nuevo, ayer, en medio del desánimo, se oía a quienes quieren aferrarse al poder interno en el partido decir eso de que “al menos, a peor no vamos a ir y a partir de ahora las cosas sólo pueden mejorar”. Estamos, como se ve, en las mismas.

Sinceramente, mucho tendrían que cambiar las cosas en el PSPV y, también, en los referentes sociales, intelectuales, periodísticos e incluso económicos que todavía dan apoyo a la marca para estar seguros de que, en efecto, estamos contemplando el suelo electoral del partido. Y la evolución reciente no aconseja ser optimista. Los socialistas valencianos tienen que dejar de pensar, en primer lugar, que los votos de quienes tenemos una sensibilidad, ideas, corazón (o como quieran llamarlo) progresista les pertenecen. Porque no es así. Nuestro voto es nuestro y se lo damos a quien mejor nos parece. En su bochornosa comparecencia de prensa de ayer, Jorge Alarte, tras haber logrado hundir al partido y a la izquierda valenciana hasta simas nunca conocidas, se dedicó a explicar que la responsabilidad de lo ocurrido era de los demás y que a él, por favor, que no le miremos. Entre líneas se leía que la culpa es de la crisis, del contexto europeo, de Canal 9, de Rodríguez Zapatero (los lamentables resultados de los dos socialistas regionales que más festejaron la muerte política de ZP, Barreda y Alarte, ahí quedan para la historia, para enmarcarlos)… ¡e incluso de quienes no hemos votado a su ilusionante proyecto!

En este blog, desde el primer día, he manifestado mi perplejidad ante la campaña del PSPV. Carente de proyecto alternativo, copiando contenidos al del PP (que por muy hegemónico que sea, hay que recordar que es una propuesta de modelo de sociedad muy conservadora, lo que quizá hace que a los votantes de izquierdas no nos guste demasiado) y anclado sólo sobre un leit-motiv recurrente de crítica a la derecha valenciana: el PP es corrupto e indigno. El mensaje no funciona por muchos motivos. Porque los votantes necesitamos algo más que crítica a la corrupción para sentirnos identificados con un proyecto y porque, sobre todo, la crítica a la corrupción no es, ni mucho menos, patrimonio del PSPV. De hecho, ni siquiera son Alarte y compañía los más indicados para hacer una campaña basada en “la dignidad de un voto”. Porque carecen de la credibilidad mínima que puede hacer que el votante que quiera dignidad cívica y, por ejemplo, un gobernante que cumpla sus compromisos se fije en ellos. Por acudir al último ejemplo, ¿alguien cree que un líder como Jorge Alarte, que prometió solemnemente que dimitiría si no lograba mejorar los resultados de 2007 y que ya vimos ayer por la noche que está dispuesto a aferrarse al poder orgánico en el PSPV con uñas y dientes, es visto por la ciudadanía como quien puede enarbolar la bandera de la dignidad?

Alarte y los suyos han jugado desde el primer momento en clave de poder (y, además, poder orgánico, lo que hace si cabe la cosa más triste). Les da igual el proyecto, les da igual para qué ganar las elecciones. Lo que quieren es ganarlas. Si para ello interpretan, como de hecho hacen, que la mejor estrategia es copiar los contenidos proogramáticos del PP, pues lo van a hacer. Y lo hacen. Como, además, por encima de todo, su  preocupación es asegurarse el poder interno en el PSPV, con la excusa de que “en 2011 no hay nada que hacer y lo que toca es preparar al partido para poder dar batalla en 2015”, pues no se cortan un pelo. Y un partido como el PSPV, mayoritario por no decir hegemónico en la oposición en pueblos, ciudades y Corts Valencianes hasta hace unas horas, con muchos medios materiales, apoyos mediáticos, magma social detrás e, incluso, el Gobierno central de España, con todo lo que eso supone, ha afrontado este ciclo electoral dándolo por perdido de antemano. ¡Ni siquiera han intentado emplear en su provecho la pavorosa crisis económica, de la que tanta culpa tiene también el modelo económico implantado por el Gobierno valenciano del PP! ¡Ni siquiera con la que está cayendo en términos de corrupción han logrado posicionar al partido como alternativa!

Un partido como el PSPV ha de afrontar cualquier elección con la convicción y el proyecto, con los cuadros y los candidatos, con las ideas y el programa… suficientes para, al menos, plantear batalla. Lo grave de estas elecciones ya no son siquiera los desastrosos resultados, sino esa patética renuncia a jugar de antemano el partido y empezar desde el minuto 0 a echar la culpa al árbitro y a los elementos. Alarte ha jugado sólo en clave interna, construyendo un búnker para protegerse ante la derrota, expulsando a los críticos del partido, cambiando incluso candidatos a última hora si los resultados de las primarias no le convenían (el fiasco de Sagunt ilustra muy bien las consecuencias de esta táctica por muy efectiva que sea para controlar el partido y la poltrona) y laminando cualquier expectativa de cambio progresista. Dicen sus apoyos, entusiasmados al notar el calor que dan los cargos que todavía conserva el partido y que ellos monopolizan, que esta táctica era necesaria para “controlar el partido” y ponerlo en marcha de cara a 2015″. Si no fuera para echarse a llorar la cosa sería de risa.

Estas dinámicas internas acaban generando una reducción del talento disponible enorme. El PSPV en estos años ha expulsado o ha logrado que se marcha gente muy válida, sustituida por palmeros de Alarte. El caso de la ciudad de Valencia es, por ejemplo, clamoroso. La campaña, además de desganada y carente de proyecto, ha hecho gala de una absoluta falta de la más mínima profesionalidad. Sólo basta recordar un ejemplo muy ilustrativo. No puede ser que un partido que aspira a gobernar en la Comunidad Valenciana se permita el lujo de que 2 de sus principales lemas de campaña, “Otro camino es posible” y “Juntos somos más” estén mal traducidos al valenciano en las vallas, con groseros errores gramaticales impropios de un equipo de trabajo profesional. A Alarte y compañía les puede parecer que diseñar unas vallas que decían “Altre camí és possible” (en lugar de “Un altre camí és possible””) o “Junts som més” (en vez de “Junts en som més”) no tiene demasiada importancia. Por eso ni siquiera se dignaron a cambiarlas una vez les fue indicado el error. Incluso en su web, donde el cambio costaba 5 minutos y 0 euros, apareció hasta el último segundo el slogan con la falta sintáctica. ¿Alguien se imagina que  si  el error se hubiera deslizado en la valla en su versión castellana no se hubiera corregido? Lo peor de estas cosas ya no es tanto el hecho en sí, sino lo que demuestran sobre quiénes y cómo han llevado esta campaña: gente poco profesional, poco cualificada, poco trabajadora y, lo que es peor, a la que los resultados y la propia campaña en sí misma, en realidad, les daba un poco igual. Total, si ellos van a seguir cuatro años más sí o sí tras la limpieza interna acometida…

Mientras tanto, eso sí, nos han dejado claro que sólo votarles a ellos era “digno”. Que nuestro voto, si era de izquierdas, les pertenece por no se sabe muy bien qué razón. Porque ellos son la dignidad.  Aunque incumplan promesas solemnes como la de Alarte de irse si pasaba algo como lo que ha pasado.

Por todos estos motivos las elecciones dejan un sabor agridulce. El dominio del PP parece erosionado, aunque la debacle socialista no lo haga visible todavía. El mascarón de proa de su proyecto, la ciudad de Valencia, presenta grietas enormes que sorprendentemente el PSPV no ha logrado identificar, obsesionado con copiar la estrategia al PP. Con la táctica de presentar candidatos absurdos que obedcen a lógicas internas el batacazo de los socialistas valencianos en las grandes ciudades como Valencia, Castellón, Elche, Alicante ha sido monumental, con los  peores resultados, con mucho de la historia, algo plenamente lógico si atendemos a quiénes eran los cabezas de lista y a las campañas miserables desplegadas. Y no vale acudir al contexto, pues en otros muchos lugares, con candidatos más dignos, al menos se han salvado los muebles.

Sí han visto las grietas, y se han metido por ellas, Compromís y Esquerra Unida. Son las alegrías de las elecciones, un tanto imprevistas, aunque no del todo, como ya dijimos por aquí. Con el sorpresón sobre todo, protagonzido por Joan Ribó en Valencia, que ha logrado el sorpasso respecto de Esquerra Unida (que por su parte logra volver al Ayuntamiento de Valencia) y que ha conseguido, en su estela, y en gran parte debido a estos excepcionales resultados en la ciudad de Valencia, que Compromís no sólo entre holgadamente en el parlamento autonómico sino que lo haga como el grupo mayoritario de ese tercer espacio que está, a día de hoy, en construcción. En este blog hablábamos hace unos días de la valía de Ribó y de su proyecto de ciudad, sencillo, coherente, moderno, europeo… y que sabía intuir que los ciudadanos, en el fondo, estamos bastante más hartos de lo que parece de Rita Barberá y esta ciudad low-cost de oropel huero, de ostentación pomposa pero vacía, que está diseñando. Es muy gratificante comprobar que la gran labor de Ribó y la gente de Compromís en esta campaña en la ciudad de Valencia, así como en muchísimos otros lugares, les ha proporcionado unos resultados excepcionales en las elecciones municipales y autonómicas. Su entrada significa no sólo aire fresco sino poder mirar al futuro con más esperanza. Porque se quiebra la dinámica bipartidista a la que cada vez más parecíamos abocados y porque obligará a ponerse las pilas a PSPV, a Esquerra Unida… e incluso al Partido Popular.

Aunque con resultados mucho menos exitosos de lo esperado, Esquerra Unida ha salvado los muebles, y logra seguir en las Corts Valencianes y entrar de nuevo en los ayuntamientos de Valencia y Alicante. La coalición sigue con déficits de poder municipal importantes y necesita urgentemente una puesta al día en caras, actitudes y capacidad de transmisión de su mensaje a la sociedad. Esperemos que la savia nueva que entra en el parlamento y en muchos ayuntamientos aporte imaginación, trabajo y tesón.

Porque el País Valenciano necesita una alternativa progresista moderna, trabajada e inteligente. Y parece que, a día de hoy, no es sensato confiar en que sean los socialistas valencianos los que la vayan aproporcionar. La aparición de dos espacios en la oposición, el de Esquerra Unida y el de Compromís, es por este motivo una excelente noticia que la sociedad valenciana necesitaba como el respirar. Ahora se tienen que  poner a trabajar pensando en Baden-Württenberg, por ejemplo, donde la derecha alemana, la CDU, había gobernado más de 40 años y la oposición socialdemócrata era incapaz de imponerse… hasta que apareció un partido de clases medias, de profesionales, de estudiantes… moderno, con ideas adaptadas a la nueva realidad social y de repente erosionó la hegemonía conservadora, se impuso a los socialdemócratas como partido mayoritario de la oposición, empezó a ganar ciudades importantes (la primera, Friburgo de Brisgovia) y ha acabado, hace unas semanas, logrando gobernar (en coalición con el SPD), en la región.

Compromís y Esquerra Unida han de ser ambiciosos. El PSOE valenciano tiene que salir urgentemente de su dinámica actual. No puede confiar eternamente en que los otros lo hagan tan mal que, casi por incomparecencia de los rivales, vaya a recoger todo el voto contrario al PP. Eso se acaba. Ayer mismo lo vimos. Basta repasar los éxitos municipales de la izquierda en el país para comprobar que tienen que ver, siempre, con la emergencia, con porcentajes de voto espectaculares (por ejemplo, en Alcoi), de esos terceros espacios alternativos al PSPV. Nadie puede saber qué va a pasar y si la cosa puede o no cuajar. Dependerá de muchas cosas y de la inteligencia política, de la gracia y del encanto con la que trabajen Compromís y Esquerra Unida. Pero si los socialistas valencianos confían en que simplemente porque los otros lo harán mal ellos se pueden sentar a recoger la hegemonía de la izquierda tranquilamente van directos al suicidio político. Porque a veces los otros, fíjate tú, lo hacen bien. La irrupción de Compromís y Esquerra Unida, sobre todo de los primeros, es fantástica en sí misma. Pero lo es también porque obligará al PSPV a salir de sus ensoñaciones de una vez. Y si no, pues tampoco pasa nada. Hay alternativas.

Por último, y en nota a pie de página, una reflexión final. El PP ha logrado que una imparable marea azul tiña prácticamente toda España. En 2012 es casi seguro que Mariano Rajoy pase a ser presidente del Gobierno. También es muy probable que sea un presidente del Gobierno que haya de seguir lidiando durante algunos años con una situación económica difícil. Es decir, que en 2015 la izquierda valenciana no tiene excusa. Incluido Alarte (que a buen seguro seguirá porque así es este país), aunque él sea especialista en echar la culpa al empedrado. A partir de hoy mismo la partida de 2015 se juega en lo que siempre es la clave en la política: organizar una alternativa que presente un proyecto de sociedad, de convivencia, de país, que logre convencer a cuanta más gente mejor porque, sencillamente, sea un modelo más válido, más moderno, más trabajado, más creíble… y sus virtudes sean obvias para los ciudadanos. Un proyecto que nos permita ilusionarnos y que haga que tengamos ganas de formar parte de él. El PP, nos guste o no, ha logrado durante estas décadas construir uno para la Comunidad Valenciana y ha convencido de sus bondades a mucha gente. La izquierda valenciana no lo tiene pero cuenta con la ventaja de que las grietas del conservador son cada vez más evidentes.

La conclusión no puede ser más evidente: ¡A trabajar!



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