“Los Otomanos” – Marc David Baer

Ah, los otomanos. Los “malos” malísimos del Siglo de Oro, de Viena y Lepanto, el “Turco”, el providencial Hombre del Saco para tantas generaciones de españoles. Hora de darles un repaso en esta su página amiga. Marc David Baer prologa el libro con su tesis principal, a saber: que los otomanos eran tan europeos como el que más. Gobernaron casi una cuarta parte de Europa, se consideraban herederos de Roma, y durante su apogeo influenciaron profundamente el continente. Ciertamente, no vivían de espaldas al mismo: el mapa original de Cristóbal Colón sobre la costa de América del Sur solo sobrevivió a través de una copia otomana, junto con entrevistas a miembros de los primeros viajes. A lo largo de su historia, los otomanos pactaron con casi todos los estados europeos en algún momento u otro (incluso el Papado: Pablo IV llegó a proponer una conjunción franco-otomana contra los Habsburgo), y eran un elemento recurrente en la cultura del continente. Sí, el Extremo Centro Español seguramente se rebele de pensar que unos impíos musulmanes puedan ser considerados europeos, por eso no está de más recordar que la propia España a veces es “Europa” y a veces meramente “periferia europea”, según los criterios y listones que quieran aplicar los historiadores en Francia, Alemania o Gran Bretaña. Ya saben: según el momento histórico, Ucrania puede ser “baluarte de la democracia” o “criadero de escitas”, Escandinavia “tierra de salvajes” o “ejemplo de progresismo”, o Rusia… en fin, Rusia puede ser todo a la vez.

 

Un poco como el Barça, que si gana la Champions es un equipo “español”, y si la pierde (o peor aún: si elimina al Real Madrid) es un equipo “catalán”.

 

En este sentido, los otomanos son dignos herederos de los bizantinos, que tampoco han encajado nunca demasiado bien en las narrativas occidentales de lo que es “Europa” (un montón de estados-nación mahomenoh homogéneos en vez de imperios multi-kulti). Pero esto es algo moderno: en su momento, todo el mundo tenía clarísimo que formaban parte de ella, y que su derecho a considerarse herederos de Roma era al menos en parte legítimo. Aunque fuesen musulmanes: ¡los romanos habían sido paganos! Incluso el genocidio armenio sería prueba de su europeicidad: precisamente cuando el imperio multi-kulti deja de funcionar, intentan reinventarse como estado-nación turco.

Sobre el ascenso y los dos primeros siglos, los españoles partimos con ventaja porque ya conocemos la historia de la Reconquista. La historia oficial de los otomanos es idéntica: nosotros éramos unos tíos muy humildes, pero con la ayuda divina que nos fue otorgada por lo buena gente que éramos sometimos al infiel y nos montamos un imperio muy apañao. E igual que en la Reconquista, aquí hay mentiras a mansalva. ¡Y son básicamente las mismas! Que en realidad hubo muchísima suerte, que con igual ferocidad se le hacía guerra al fiel que al infiel, y que el trato a los infieles conquistados muchas veces se guiaba por consideraciones pecuniarias más que teológicas. En lo que se distinguen de los fachas españoles y su “imperio”, es que allí los fachas directamente piensan que un imperio es de pobres y alucinan con los “16 imperios turcos”. Porque “otomano” no es sinónimo de “turco”, más bien todo lo contrario: “otomano” describe a la clase dirigente del imperio, y aunque eran mayormente turco-musulmanes estaban muy abiertos a colaboraciones con otras creencias y otras etnias, hacían énfasis en ello, e incluso utilizaban la lengua y escritura árabe para organizarse. De hecho, gran parte de su narrativa, muy persuasiva, era que cualquiera podía llegar a lo más alto (excepto a sultán, claro – pero las madres de los sultanes a menudo eran esclavas conversas de pueblos no-turcos, y hubo sultanes con tres abuelos eslavos), sin nada más que el mérito (y una oportuna conversión, claro, pero sin necesidad de ser “musulmán viejo”).

 

Los comienzos

El comienzo del relato es un Covadonga en toda regla: en el siglo XIII, una confederación nómada de tribus turcomanas, cuya islamización era relativamente reciente (y en algunos casos ni siquiera se había producido aún), básicamente unos pringaos empujados de un lado a otro, se asientan en el único sitio donde los dejan en paz: la meseta de Anatolia, en la tierra de nadie entre los restos del Imperio Bizantino y el decadente sultanato selyúcida. El jefe de la confederación es un tal Osman u Otman, del que el imperio recibe el nombre, y el inicio de su reinado en 1288 cuenta como el origen del imperio, hasta su final en 1922.

Casi en seguida la suerte empieza a repartir jokers a puñados a los recién llegados. Apenas iniciado el siglo XIV, el sultanato selyúcida expira, y en la década de 1350 lo hace también el Ilkanato de los mongoles: desaparecen así los dos grandes imperios orientales que potencialmente podrían haber aplastado a los otomanos. El que sean unos nómadas dando tumbos por el altiplano anatolio también resulta una inesperada ventaja a partir de 1348, cuando la Peste Negra arrasa las ciudades costeras y las deja a merced del primer señor de la guerra que pase. En 1356 un terremoto derruye las murallas de Galípoli y les facilita el cruce a Europa, donde empiezan a expandirse ante el vacío dejado por los bizantinos. Y aunque en 1300 aún quedaban otra media docena de pequeños reinecillos turcómanos en Anatolia, para 1400 ya se los han tragado. Pura suerte… mezclada con una buena dosis de habilidad: Osman y sus sucesores Orhan y Murad son monarcas competentes cuyos largos reinados suman más de 100 años entre los tres, permitiéndoles aplicar políticas a largo plazo. Osman instaura la primogenitura: en vez de repartirlo todo según la costumbre mongola, el hereu se lo queda todo. Posteriormente, Orhan instaura el cuerpo de jenízaros: los súbditos cristianos tienen que entregar uno de cada cuarenta niños al imperio, los cuales son educados como musulmanes ferozmente fieles a los otomanos, la mayoría como infantería (yeni çeri, “nuevos soldados”), los más talentosos como funcionarios, las niñas al harem. Con Orhan y sus jenízaros los otomanos pasan de ser una fuerza móvil a caballo, a poner más y más énfasis en la infantería, y con ello en las nacientes armas de fuego, que les van a dar ventaja contra todos los rancios tradicionalistas, “yo soy noble y por eso lucho con arco y espada, cualquier plebeyo puede usar un arcabuz”.

 

Lo de tomar niños –una institución llamada “La Colección”- para reeducarlos mediante un lavado de cerebro es un genocidio en toda regla según la definición actual, e incluso entonces estaba mal visto, pues el Corán prohíbe la esclavización de cristianos o judíos; pero si algo nunca falta son teólogos y juristas al servicio del poder, y en este caso argumentaron que la prohibición solo valía para quienes fuesen cristianos en el momento de escribirse el Corán, así que con los conversos posteriores en los Balcanes –que ya habían tenido disponible la Verdad Verdadera del Profeta- vía libre.

 

Finalmente llega Murad, que cambia su título oficial de bey (“jefe”) a sultán (“rey” – lo usa porque para ser khan hay que ser descendiente de Chingis Khan, y para ser khalifa hay que ser descendiente del Profeta y controlar los Lugares Santos). Un nuevo título que también simbolizaba el paso desde el pasado nómada, a un futuro urbanita, asentándose en ciudades. Y como ciertas cosas es mejor no dejarlas al azar, Murad instaura una peculiar costumbre: cuando muere el monarca, el hijo más competente se hace con el trono por la expeditiva vía de matar a todos sus hermanos y parientes varones. La mayoría de los ulemas lo consideran justificado porque permite un gobierno fuerte y no cuestionado: “no puede haber dos leones en la misma jaula, ni dos espadas en la misma vaina”. Un sistema brutal… pero tampoco mucho más que lo que pasaba en Juego de Tron– perdón, en la Guerra de las Rosas. El propio Murad no vivirá para verlo puesto en práctica (¡obviamente!): en 1389 Los otomanos derrotan a los serbios en la batalla del campo de los mirlos. En esta batalla mueren los reyes serbios y se inician varios siglos de vasallaje de los serbios a los otomanos. Menos conocido es que el propio Murad también muere allí, e ipso facto sus guardaespaldas matan a su hijo Yakub para coronar a Bayezid I como sucesor.

La verdad es que la primera aplicación no resulta demasiado afortunada: Bayezid es tan pendenciero que se dice que la única forma de atraerle a una mezquita sería añadiéndole una taberna. Quizás esto no hubiese importado demasiado durante un periodo tranquilo, pero en 1402 llama a la puerta el último gran conquistador centroasiático: Timur Lan, Tamerlán, que barre al ejército otomano y captura a Bayezid, al que se lleva como juguete/esclavo, devolviendo la independencia a los vasallos turcomanos de los otomanos, aunque muere a los pocos años. Tras once años de interregno sin sultán, Mehmet I logra imponerse a sus hermanos y asumir de nuevo el título, y empieza la restauración.

 

La segunda vida de Constantinopla

Mehmet I pone a los vasallos en su sitio, incluyendo a los derviches. Los derviches son unos heterodoxos religiosos, algunos dirían fanáticos, que hacen interpretaciones creativas e inesperadas del islam. La clase de gente que prefieres mandar a tierra de nadie para que no den por culo, razón por la que habían acabado en la misma esquina de Anatolia que Osman, y en los comienzos se habían llevado muy bien, dando una cierta cobertura ideológico-religiosa al sultanato otomano. Pero ahora de repente los derviches empiezan a hablar de que la riqueza es inmoral, de la tierra para quien la trabaja, de repartirlo todo “salvo la mejilla del amado”, vamos, CO-MU-NIS-MO IS-LA-MIS-TA. Y el pobre Mehmet tiene que aplastarlos con ayuda de sus jenízaros y de esa clase terrateniente que a partir de ahora será un firme pilar otomano, incluidos los cristianos.

 

“Aquí todos unidos que con las cosas de comer no se juega.”

 

Aquí tenemos la afamada “tolerancia” religiosa otomana. Tolerancia que hay que entender en la segunda acepción de “tolerar”: “permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente”. Los otomanos, que quede claro, no piensan que el multiculturalismo sea chupiguay, y tienen clarísimo que el islam es top (el islam suní, ojo, el chií lo consideran más intolerable que el cristianismo), y luego ya vienen judíos y cristianos. A estos, sin embargo, les permiten vivir de acuerdo con sus costumbres, que ya es bastante más de lo que se estila en el resto de Europa. Incluso, serán los sultanes quienes nombren a obispos y patriarcas, que se encargan de recaudar impuestos entre la grey cristiana y pasárselos a los otomanos. La nobleza balcánica seguirá siendo cristiana hasta el siglo XVI.

Llega entonces Mehmet II, para dar el gran golpe: en 1453 conquista Constantinopla, y traslada allí la capital del imperio. Constantinopla ya llevaba años reducida a una ciudad-estado con pretensiones pagando servilmente su tributo, aunque su alcalde se haga llamar “emperador romano”. Pero los otomanos se han dado cuenta de que el control de los Estrechos es vital para mantener unidas sus posesiones asiáticas y las europeas, así que le dan con todo a la pobre Bizancio y la toman. Mehmet II, sin embargo, renuncia a islamizar a saco (aunque a ver: las principales iglesias por supuesto que sí, con disputas legales hasta hoy), y mantiene a una importante población griega, e incluso recluta de ella a sus asesores y funcionarios. Él quiere rellenar el hueco del imperio romano y declararse nuevo emperador, para lo que asume el título de César y se construye un palacio real, el Topkapi, en la acrópolis bizantina. Esta fijación por los romanos le permite participar del Renacimiento, del que los otomanos serían parte integral. Mehmet II de hecho visita el emplazamiento de Ilión y afirma haber vengado la derrota asiática en la Guerra de Troja.

Por lo demás, que formen parte de Europa tampoco significa que sean populares. Los griegos estaban un poco resentidos por la conquista de su imperio (lo que paradójicamente contribuyó a hacer más simpáticos a los ortodoxos en el occidente latino), y la principal fuente directa sobre lo que pasaba en Constantinopla, los embajadores venecianos, se volvió muy crítica a finales del XVI cuando los otomanos les ganaron la tercera guerra que libraron y se embolsaron Chipre y otros enclaves. Los únicos más o menos abiertos eran los franceses, que viéndose rodeados por los Habsburgo no le hicieron asco a una alianza con la Sublime Puerta (nombre de la puerta del palacio de Topkapi donde se anunciaban los edictos). Pero también generaban una cierta admiración: Enrique VIII de Inglaterra organizaba fiestas de temática “oriental”. La imagen que Europa occidental pintó de ellos… pues no les sorprenderá: que los cristianos eran “libres” pero los súbditos otomanos eran esclavos todos, ts ts.

 

Lo mismo que nos siguen contando hoy los herederos espirituales de Felipe II y Torquemada.

 

Luego, pues el plot twist que no esperaban: algunos pensadores europeos decían “qué bien se lo monta el sultán, su reino no es conquistable gracias a su forma de gobierno, igual deberíamos hacer algo similar aquí (estrictamente temporal y para defender nuestras libertades, claro)”. Parte del despotismo ilustrado del XVIII, dice Baer, hunde sus raíces en la imagen que tenían los occidentales del Imperio Otomano.

 

El apogeo

Pero antes llega el apogeo otomano, con Solimán el Magnífico, el gran rival de Carlos I de España y V de Alemania. El padre de Solimán, Selim I, tras deponer (y envenenar) a su padre, ha soltado yoyah por todo el oriente: contra los Safavidas iraníes y chiíes, y luego a sus aliados los mamelucos egipcios. Los mamelucos están tan decadentes que ni usan armas de fuego, y creen que bastará con llevar en el ejército a cuarenta descendientes del Profeta con el Corán sobre la cabeza. Criaturas. Selim conquista Egipto en 1517 y ya de paso se embolsa los Lugares Santos (aunque ningún sultán reinante hará nunca el peregrinaje a la Meca). Todo Oriente Próximo, básicamente, que será otomano hasta 1917. Por primera vez desde sus comienzos, el imperio otomano vuelve a tener una población mayoritariamente musulmana. Menos mal que Selim se murió en 1520, que a ese paso conquista el mundo entero. Su hijo Solimán llega entonces con la vitola del afortunado: es el décimo sultán, ascendido al trono al inicio del décimo siglo del calendario musulmán, y él ya no se corta y usa el título de khalifa, pues su padre Selim había capturado al último califa mameluco y se lo había llevado a Constantinopla, junto con reliquias como el manto, la espada, un diente y un pelo de la barba de Mahoma, y de propina el caldero de Abraham, el bastón de Moisés y la mano derecha del Baptista (se puede admirar todo esto en el Pabellón del Manto Sagrado del palacio Topkapi, junto a un señor recitando sin parar el Corán). Con el título indica su aspiración a dominar todo el mundo musulmán… y le añade el de César porque aspira a dominar el legado de Roma. Khalifa, Khan, César, Sultán, Emperador, Maestro de la Auspiciosa Conjunción y la Sombra de Dios sobre la Tierra, ahí es ná. Se hace un casco con cuatro coronas y una tiara papal, y se pasea con ella por sus dominios europeos. Carlos V, coronado emperador en 1527 tras saquear la Roma 1.0, tiene aquí un rival a su altura, que en 1526 ha barrido a los húngaros y va a sitiar Viena, aunque tomarla queda un poco más allá de sus fuerzas.

 

¡Nunca es suficiente!

 

La amenaza de Solimán tiene un efecto permanente sobre Centroeuropa, porque obliga a Carlos V a abrir la mano con la Reforma Protestante. Para cuando quiere volver a cerrarla, ya es tarde: el genio luterano no va a volver a la botella. En la Hungría conquistada, Solimán les sugiere hacerse calvinistas. “Mejor el turco pagano (Solimán) que el turco bautizado (Carlos)” dicen los amigos. Los rebeldes holandeses por su parte dicen “antes turcos que papistas”. Es la gente que ahora nos pide solidaridad con el gas.

Como Solimán marca el apogeo, Baer aprovecha para meternos aquí los obligatorios capítulos de “análisis social”, que no todo van a ser reyes y batallitas, también está el harem. El harem no era solo la institución encargada de asegurar la sucesión, también era uno de los pocos lugares donde se hacía política. La mayoría de sus habitantes, de hecho, nunca tenía sexo con el monarca, y se parecía más a un convento que a las fantasías pornográficas que tenían en Occidente. Las concubinas (legalmente esclavas, aunque se les daba la libertad a la muerte del sultán si le habían dado un hijo) venían de todas las partes del imperio, y estaban en un palacio propio, separado del Topkapi. Hasta finales del XVI, la práctica era que el sultán iba de vez en cuando a “eso”, y cada concubina se esforzaba al máximo en quedarse preñada. Eso sí: con el nacimiento del primer hijo varón, la concubina dejaba de tener sexo, y debía dedicarse exclusivamente a la educación de ese su hijo. Si algún sultán se encaprichaba de una y quería seguir yogando con ella, ella debía usar anticonceptivos o incluso abortar. Tras varios años de educación sin salir del harem, alrededor de los 18 el chaval solía ser enviado como gobernador a alguna ciudad o provincia del imperio, para que se fogara administrativamente. La madre lo acompañaba (junto a un discreto tutor imperial), y continuaba preparándole para el gobierno. Y el resto, pues ya saben: a esperar que llegue el telegrama del deceso, salir corriendo para Estambul para proclamarse sultán antes que cualquier otro aspirante, y masacrar a todos tus hermanastros. Las ciudades más cercanas eran las favoritas, y también se cultivaba asiduamente a jenízaros y otros funcionarios cercanos al poder para que te dieran un aviso amistoso y favorecieran tu causa. La madre del nuevo sultán, claro, ocupaba un poder inmenso en el nuevo régimen. No era un trabajo para iletrados juguetes sexuales.

Precisamente Solimán rompió con esta tradición casándose con su concubina favorita, Hürrem Sultan, conocida en occidente como Roxana o Roxelana, teniendo varios hijos con ella, y llevándosela al Topkapi, donde la buena mujer (una eslava pelirroja capturada en un raid en algún lugar de Polonia-Ucrania) maquinó a tope, logrando entre otras cosas que Solimán ejecutara al hijo de una concubina anterior y a su Gran Visir, Ishmail (que también empezó de niño como cautivo capturado en un raid en Grecia, para posteriormente ser el esclavo de Solimán, que lo trató como a un hermano hasta que la bella Roxana se metió por medio).

 

El declinar

Este es el momento top del imperio: llega desde (temporalmente) Marruecos hasta Irán, desde Budapest hasta Kuwait, y desde Ucrania hasta Yemen. Pueblos turcómanos en China dedican sus plegarias del viernes al lejano Sultán. Y los barcos otomanos surcan el Índico en competencia con los portugueses: cuando Vasco da Gama llega a la India, se encuentra a comerciantes turcos en cuyo entourage hay judíos sefardíes (casi 100.000 judíos expulsados por los Reyes Católicos acabarán en el Imperio otomano) que le preguntan en un impoluto portugués que qué narices hace allí. Cierto que nunca llegaron a América, pero es que América entonces era el culo del mundo, y ellos tenían a Asia al lado.

Pero nada bueno puede durar, y los sucesores de Solimán no están a la altura: al primero, Selim II, le gusta demasiado el vino. El segundo, Murad III, se muda a vivir en el harem, en vez de tenerlo separado. Y tras esto ya se pierden las buenas costumbres: vuelve la primogenitura de toda la vida, y cada vez se mata menos a los varones “sobrantes”. Los sultanes se encierran cada vez más en palacios y harenes mientras el poder lo ejercen los grandes visires (la mitad casados con hijas de los sultanes, lo que incrementa el poder del harem), que basan gran parte de su poder en el apoyo de élites locales, que se montan un lobby sociópata-liberal para pagar menos quedan cada vez con más competencias fiscales. Al mismo tiempo, la pequeña Edad de Hielo hunde la agricultura y con ella a los terratenientes cuya caballería era un sostén del imperio. A menos caballería, hacen falta más jenízaros, pero con cada vez menos competencias fiscales (y sin apenas expansión territorial que provea un botín ocasional para tapar agujeros), los jenízaros están cada vez más levantiscos. Primero contra los consejeros del sultán, especialmente cuando estos son judíos, cristianos o mujeres. Y finalmente, van a por el Number One: en 1622 ejecutan al sultán Osman II (amplios paralelismos con la ejecución de Carlos I Estuardo, para apoyar la tesis de “otomanos europeos”).

 

Eso sí, para sustituirle por un su tío Mustafá I: la lealtad a la dinastía sigue ahí, pero se entiende que un monarca concreto que no está a la altura puede ser eliminado.

 

Como siempre, los “declinares” hay que tomarlos con pinzas. Es un declinar que dura 350 años, la mitad de la existencia del imperio. Baer prefiere hablar de “transformación”: el imperio en permanente expansión deja de hacerlo y se reinventa para ser más estable. Pero dada la mística inventada por la propaganda otomana, es inevitable que ellos mismos lo vean decadente, y se escriben muchos tratados analizando el supuesto declinar y tal y eso, y lamentos de que ya no importan el valor y el mérito, sino que todo es dinero y comercio y tal. Como los fachas son tan universales como la sarna, no les extrañe que surjan hintelectuales diciendo que la culpa de todo la tiene este régimen de mujeres y eunucos, y que lo que hace falta es un cirujano de hierro, un sultán bien machote y viril que retome la espada del Profeta y se ponga a conquistar el mundo entero.

 

El Circuncidor de Hierro

El cirujano de hierro no se hace esperar: en 1648 llega Mehmet IV, que va a gobernar casi 40 años. Al principio está aún bajo la tutela de su madre y su abuela, pero se “escapa” montándose una corte paralela en Edirne, donde dedica mucho tiempo a cazar, actividad de machote con la que señalizar “mirad, se acabó la decadencia, ahora hay un sultán con la cara salpicada de sangre”. Posteriormente, se monta un par de guerras y lleva a los ejércitos a sus raids más al norte ever, casi hasta Kyiv, añadiendo vasallos al imperio. También conquista Creta, que había eludido el dominio de Constantinopla, y pone mucho énfasis y esfuerzo en convertir al islam a cuantos más súbditos mejor: el imperio pasa de la “tolerancia” a la “tolerancia, pero bien entendida”. En 1660, un incendio arrasa dos tercios de Estambul, y Mehmet IV aprovecha para reconstruir “en musulmán”: los no creyentes son expropiados y se les prohíbe reconstruir sus barrios e iglesias, tienen que irse más lejos del palacio y con ello del poder.

Sin embargo, a partir de 1683 su largo y relativamente exitoso reinado sufre un varapalo tras otro: ese año fracasa el segundo sitio de Viena (las campanas de la Iglesia de San Esteban en Viena están hechas con bolas de cañón otomanas), y en la retirada se pierde medio valle del Danubio. En 1686 hay una segunda batalla en Mohacs que devuelve Hungría al redil austriaco, e incluso se pierde temporalmente Belgrado. Los jenízaros se cabrean y deponen al bueno de Mehmet y le encierran… en el harem. El machote que vino a terminar con la afeminación del sultanato en el harem termina sus días en uno, y pese a que su reinado vio la máxima expansión territorial, en los museos militares turcos apenas se le menciona, y es recordado derogatoriamente como “El Cazador”, símbolo de extravagancia y despilfarro. Ya en su propio tiempo se le veía como algo anacrónico, un rey yéndose a la guerra santa y a cazar, en vez de encerrarse en el harem, ¿te lo puedes creer?

 

Pues la verdad es que sí, cuesta creer.

 

El declinar Reloaded

Vuelven por tanto los sultanes encerrados en palacio, sentados silenciosos en su trono con un turbante de un metro de altura durante las ceremonias. Ya son solo una figura ornamental y legitimadora. De los siguientes 14 sultanes, la mitad van a ser depuestos por los jenízaros o los visires. Entremedias, las mujeres del harem tienen una influencia cada vez mayor, se habla del “sultanato de las mujeres”. Incluso se separan los presupuestos de palacio y del estado. La Colección, el tomar niños cristianos para lavarles el cerebro y convertirlos en los fanáticos servidores de la dinastía, se irá aboliendo a lo largo del siglo XVIII: no hay carguitos para tanta gente. Tampoco parecen hacer falta: el tratado de Karlowitz de 1699 finiquita las interminables guerras con los Habsburgo, y en 1720 implosionan los Safavidas. Los otomanos ya pueden dedicarse a la cultura y esas cosas propias del declinar civilizatorio: desarrollan una intensa cultura del café (que exportan a Europa, donde las cafeterías se adornan con nombres, tapices y camareros turcos), del lujo (similar a la que desarrolla Luis XIV en Francia), y del ocio y disfrute de la vida, ejemplarizada en el cultivo de tulipanes (palabra etimológicamente relacionada con “turbante”, por la forma, y en que “es hermosa por fuera, pero inútil y vacía por dentro”). En el resto de Europa, empiezan a ser asociados con el lujo, el ocio, o la ostentación, antes que con la guerra santa. Mozart les dedica una ópera.

Todo este ocio hay que pagarlo, claro, y la existencia de las clases ociosas implica también una cada vez mayor pauperización de las clases bajas. La revolución social siempre anda latente, y los descontentos en las ciudades se manifiestan en revueltas, cultos milenarios, derviches mesiánicos y similares, aunque el imperio logra mantenerse. Sin embargo, el siglo XVIII verá el ascenso de un nuevo rival para los otomanos: el Imperio Ruso. Primero con Pedro el Grande, y luego con Catarina la ídem, los rusos empiezan a empujar hacia el sur, y ocupan Ucrania y finalmente Crimea. Crimea realmente es poco importante en el imperio, pero simbólicamente representa el pasado nómada-mongol de los otomanos, con nada menos que los descendientes de Chinggis Khan jurando lealtad –y dando así legitimidad- a Constantinopla. Cuando el último khan de Crimea rinde la península a los rusos y se exilia en Estambul, el sultán le ordena ejecutar por traidor nada más llegar.

En el frente interno, Estambul entra en una fase de declinar, y es superada por Esmirna como principal puerto comercial en el Egeo. ¿La razón? En Estambul el régimen pretende imponer precios, por ejemplo al algodón, pero los comerciantes angloholandeses pagan mucho mejor, y el algodón se redirige a Esmirna. El sultán ya no es capaz de controlar el comercio como antes. Los últimos dos siglos del imperio ya ven un declinar cada vez mayor, y una loca experimentación a la búsqueda de un remedio, combinada con una relación de amor/odio con Occidente, al que se copia y rechaza a partes iguales. A raíz de la Revolución Francesa, llega la invasión napoleónica y los otomanos juegan la partida como uno más, aunque en 1815 el Congreso de Viena no les invita. Pero el demonio ha escapado de la botella: el nacionalismo no se deja parar… y donde más aprieta es en el imperio otomano, donde además se cruza con diferencias religiosas. En 1821 estalla la primera de las rebeliones nacionalistas que van a disolver el imperio desde dentro: la revuelta griega. Al principio parece que los otomanos no van a tener problemas, ya que los griegos se pelean más entre ellos que con los opresores, pero una masacre en Mesolongi en 1826 les cuesta el apoyo británico, y en 1832 tienen que concederle la independencia a Grecia.

 

200 años después, las potencias occidentales volvieron para cobrarse la ayuda.

 

La reacción ante estas rebeliones es la esperable: el sultán quiere castigar colectivamente a los griegos, el visir y los eruditos le paran (no por humanidad, sino porque saben que la opinión pública británica es clave), el sultán acepta a regañadientes pero exige a todos sus súbditos griegos (y armenios) en Estambul que entreguen sus armas de fuego, y finalmente decreta que el Patriarca griego sea ahorcado el Domingo de Pascua de la puerta de su catedral. Para aumentar la humillación, ordena que sean unos judíos los que bajen el cuerpo y lo arrojen al mar. Pero las reformas son inevitables, y es el mismo Mahmud II quien en 1826 monta un nuevo ejército, y previendo una rebelión prepara un contragolpe que masacra a 6000 jenízaros en cuanto estos se levantan sin pensarlo mucho. La unidad de élite que ha atemorizado a toda Europa durante cinco siglos es exterminada en media hora. La sustituye el Ejército Victorioso de Mahoma, con conscripción, uniformes, entrenamiento y armas al estilo europeo, todo acompañado de un programa de obras públicas, centralización, recuperación de competencias fiscales, abolición del comercio de esclavos (aunque la esclavitud en si misma seguirá rondando durante un par de décadas de una u otra forma), educación básica y censos de población, como parte de un afán modernizador, simbólicamente reforzado con la obligación de que los hombres vistan chaqueta y pantalones occidentales acompañados de un fez.

Pero las contradicciones internas del imperio son las que son, y no se irán con un poquito de reformismo letizio intentando establecer un “patriotismo otomano”, donde todos son iguales independientemente de su origen étnico o religioso. A lo largo del siglo XIX, se repite una y otra vez el mismo guión: se rebela alguna minoría, sobre todo las cristianas, entonces llega alguna potencia extranjera a intervenir a su favor, las otras potencias se juntan a “buscar un acuerdo que preserve el equilibrio de poder”, y los otomanos terminan otorgando una autonomía indistinguible de la independencia. Primero fue Grecia, en 1830 es Serbia, en 1838 los egipcios también proclaman la independencia, en 1863 los armenios obtienen un fuero, y en 1853 las rivalidades llevan a la Guerra de Crimea. Es el zar Nicolás I quien en esta guerra empieza a hablar del “hombre enfermo de Europa”, e invade creyendo que será un paseo. Lo es… contra los otomanos, pero llegan franceses y británicos para “asegurar el equilibrio”, se lía parda (750.000 muertos, medio millón de ellos rusos, menos mal que esta gente no es rencorosa), y Rusia acaba sin flota y sin conquistas. Los otomanos logran reconocimiento como una gran potencia, pero tienen que ceder en lo de la libertad religiosa, mientras los británicos se arrogan la “protección” de las minorías protestantes y empiezan a mandar misioneros. Los musulmanes conservadores están que trinan.

Llega entonces Abdulmecid I con ganas de reforma: para mantener la unidad, la preponderancia musulmana es rebajada. Pero claro, de aquella manera: oficialmente todas las religiones son “casi” iguales desde 1839 (y totalmente iguales desde 1856), pero inoficialmente todos los altos oficiales te dirán que “a ver, tenemos que decir que son iguales para que los putos europeos no nos boicoteen el chiringuito, y bueno, que ya no somos unos salvajes como hace 300 años, pero ya en serio, nuestra religión y cultura son superiores y aquí nos vamos a asegurar que se promocionen como Dios manda, diga lo que diga la ley”. Vamos, el discurso interno de la derecha española desde 1943 hasta hoy. La última ejecución por apostasía ocurre en 1843 (aunque el sultán no se atreve a cambiar la ley, simplemente impide ejecuciones).

En 1875 una serie de revueltas en los Balcanes llevan a la Guerra Ruso-Otomana: los otomanos masacran a decenas de miles de búlgaros, los británicos se lavan las manos, y sin un padrino para proteger a Constantinopla, un ejército ruso avanzará hasta San Stefano, a doce kilómetros de la Hagia Sofía. Las conquistas cristianas se ven acompañadas de otras masacres y limpiezas étnicas (casi un millón de musulmanes y turcos emigrará a Anatolia desde los Balcanes en la siguiente generación), y amenazan el ya conocido equilibrio de poder. Momento en el que intervienen las potencias occidentales, y “sugieren” un apaño que lleva al Tratado de San Stefano: Rumanía, Serbia y Montenegro ganan la independencia, autonomía para Bosnia, Grecia aumenta territorios, y aparece una Bulgaria que es un satélite ruso. En agradecimiento por su gestión, los otomanos “ceden” Chipre al Reino Unido.

 

Tan cerca y sin embargo tan lejos.

 

Los Jóvenes

Dos asociaciones revolucionarias van a surgir para revitalizar el imperio. En la década de 1860 los Jóvenes Otomanos debaten intensamente como compaginar modernización y valores islámicos. Como a lo largo del siglo el imperio pierde más y más súbditos cristianos y se vuelve más musulmán, sus ideas van ganando peso con el tiempo, y en mitad de la desastrosa guerra de 1876 dan un golpe de estado, deponen al sultán, y promulgan una constitución basada en las de Bélgica y Prusia. En 1877 se celebran las primeras elecciones con sufragio universal masculino, y se reúne el primer parlamento. Pero casi inmediatamente Adulhamid II lo cierra y expulsa a los JO. Refugiados en Europa, los emigrantes se reinventan como los Jóvenes Turcos. Estos ya son más seculares, con una idea “nacional” menos centrada en la religión y más en la étnica turca. Pero en Estambul se mantiene Adulhamid, el primer sultán “fuerte” en siglos. Fuerte pero moderno: por eso combina sus proyectos de homogeneización religiosa con una importante ofensiva de relaciones públicas, pagando publirreportajes y haciendo viajes por Europa.

 

La fórmula no parece haber cambiado mucho.

 

Su ofensiva de relaciones públicas incluye camelarse a los judíos europeos (¡el otomano es el único imperio de donde no los han expulsado jamás!) con promesas de potenciar el proyecto sionista de reasentar a los judíos en su “hogar ancestral”. En un tiempo en que los pogromos eran el pan de cada día en Rusia, logró al menos la indiferencia de los gobiernos europeos. Gobernantes y oficialidad europeos, en general, aceptan sin matices una narrativa sobre el imperio que se ha descrito como “orientalista”: un imperio atrasado, incivilizado, atrapado en supersticiones religiosas, y al mismo tiempo erótico y sensual.

 

Otra cosa es la prensa independiente. Se ve que en ese tiempo aún existía.

 

Una imagen que hasta cierto punto fue asumida por los otomanos, que veían como los cristianos les estaban pasando por encima, y que se esforzaban por reformar y quitar los viejos vicios, como la poligamia, las relaciones homoeróticas entre hombres y muchachos, y similares. Al mismo tiempo, asumen un mensaje muy similar al colonialismo europeo, pero aplicado a aquellos de sus súbditos que perciben como más atrasados todavía: árabes, beduinos o kurdos. Como son musulmanes, los consideran “asimilables”, no como los armenios, que se rebelan en la década de 1890 y contra los que ya en 1895 organizan las primeras masacres de castigo (con ayuda de los kurdos, a quienes dejan quedarse sus tierras y casas para atarlos más fuerte al imperio). Todo es parte de un proyecto de ingeniería demográfica para lograr un imperio más uniforme y unido, reemplazando a los cristianos con los refugiados musulmanes expulsados por los rusos del Cáucaso y por los nuevos estados balcánicos.

 

El Hundimiento

La oposición a Abdulhamid es muy variopinta, pero está unida en su deseo que se restablezcan la constitución de 1876 y su parlamento. Abdulhamid gobierna contra la mayoría, y aunque estas situaciones se pueden estirar décadas (¡que nos lo cuenten a nosotros!), al final los cántaros sí acaban rompiéndose. En 1908, la Revolución de los Jóvenes Turcos logra el restablecimiento de las libertades públicas, y al año siguiente Abdulhamid es derrocado.

Casi inmediatamente, el imperio es desventrado por una agresión italiana para robarle Libia, y dos guerras balcánicas que -tras cinco siglos- le cuestan casi todos sus territorios europeos, excepto los que aún conserva la moderna Turquía (y estos solo porque la coalición atacante se pelea por el reparto del botín). Una nueva oleada de refugiados musulmanes llega a Anatolia, y en cuestión de meses estalla la Primera Guerra Mundial, con los rusos invadiendo por el Cáucaso. Este explosivo mix, junto con las ideas de darwinismo social, “mata o te matarán”, tan de moda entonces y ahora, es el que propicia el genocidio armenio (acompañado de otros menores a los asirios y los griegos): el CUP (Comité de Unidad y Progreso, el partido político de los jóvenes turcos, y sí, yo también pensaba lo mismo cada vez que lo leía) decide que la solución a sus problemas es una limpieza étnica, exterminando a los armenios para que no sirvan de quinta columna de los rusos, y asentando en sus tierras a los refugiados de los Balcanes.

La ceguera, encima, es pasmosa: los armenios no son particularmente quintacolumnistas (sus compatriotas al otro lado de la frontera están igual de oprimidos por los rusos, si no más), las élites incluso colaboracionistas porque quieren retener sus privilegios, y quienes están pactando a troche y moche para reventar al imperio desde dentro son los árabes, metidos en una revuelta de la mano de los ingleses. Pero el factor religioso, el desconfiar de los cristianos y confiar en los musulmanes, siempre y por principio, ha cegado totalmente al gobierno en Estambul. Por otra parte, no se puede negar que el plan les ha salido bien: la minoría armenia en Turquía ahora es de 50.000 personas entre 80 millones, cuando eran casi un millón entre 10 millones. A los kurdos, que participaron gustosos en el genocidio, les llegó el turno un par de años más tarde, siendo “diluidos” entre la población turca, todo ello acompañado de conversiones forzosas y una “turquificación” cultural y lingüística brutal (por ejemplo, al introducir el alfabeto latino, se dejaron fuera la X y la J – casualmente dos letras necesarias para casi cualquier nombre kurdo), todo para construir el moderno estado-nación turco. A los otomanos que no terminen de verlo claro o critiquen esto de los genocidios, les espera el exilio o alguna muerte cruel, como al bisabuelo de Boris Johnson. Y les ha funcionado, hoygan.

 

Nos han repetido hasta la náusea que “Socialismo malo porque Holodomor”, pero aquí hay un régimen fundado en aplicar y luego negar sistemáticamente un genocidio, y todo son palmaditas en la espalda y pelillos a la mar.

 

El imperio, claro, no se pudo salvar. Francia y Gran Bretaña engañan y se reparten a los árabes, y los otomanos se comen una ocupación militar de la mitad de su menguado territorio. Incluyendo Constantinopla, donde el general francés entra con un caballo blanco, a imitación de Mehmet II. Pero en esta triste hora llega el salvador: un señor rubio de ojos azules, nacido en Salónica (la moderna Tesalónica griega, entonces ciudad de mayoría turco-judía, epicentro de la industria textil otomana y hervidero de movimientos políticos en el XIX), que responde al nombre de Mustafa Kemal, posteriormente Atatürk (“padre de los turcos”), y que desde Ankara organiza a algunas unidades del ejército para luchar contra la ocupación extranjera. Tras unos cuantos años de guerra contra casi todo el mundo, los turcos prevalecen, y en un tratado internacional que consagra la limpieza étnica, acuerdan un “intercambio de población” con Grecia: tres milenios de colonización griega del Egeo terminan con la expulsión de millones de griegos de Jonia, acompañada de una expulsión igual de turcos desde Europa. En cuanto a su relación con los otomanos, Kemal es bastante ambiguo: separa los roles de califa y sultán como líderes espiritual y secular en dos hermanos de la dinastía, pero en 1923 se abolen ambos cargos: Turquía será una república pretendidamente secular (pero con todos los altos oficiales pensando lo que se imaginan) y étnicamente turca, con los kurdos reclasificados como “turcos montañeses”, necesitados de que los civilicen (léase “los conviertan en turcos” – y con todos los altos oficiales etc etc). Se impone un sistema de partido único hasta 1950, se pasa a usar el alfabeto latino, se crea un “turco batua” eliminando todo el vocabulario persa y árabe, los muecines llaman al rezo en turco y no en árabe, se importa el código civil suizo y se abole la Sharia, las mujeres obtienen igualdad total, se introducen una nueva moneda, una nueva constitución, y se mueve la capital a Ankara, en el corazón de Anatolia, turca de toda la vida, lejos de esa despendolada Estambul, tan cerca de Grecia y tan abierta al mar.

 

Y desde 1930, los Correos Turcos se niegan a entregar cartas destinadas a “Constantinopla”.

 

Valoración

Pues bastante buena. Baer es un enamorado de los otomanos/turcos, y defiende apasionadamente su europeísmo y modernidad, pero no se corta un pelo en contar con pelos y señales los diversos genocidios (que, en su opinión, ¡no hacen más que confirmar la europeidad de los otomanos!) y barbaridades del imperio. Y no es el único: hay una escuela de política exterior turca llamada neootomanismo, que aboga por una mayor colaboración e integración con las antiguas provincias del imperio… y ya de paso, fortalecer al presidente turco a expensas del parlamento, una “sultanización” de la política que Erdogan ha culminado. Y sinceramente: tampoco en esto se alejan demasiado de las corrientes prevalecientes en una Europa donde las tentaciones autoritarias cada vez están más a la orden del día.


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  1. Comentario de Ara (17/01/2023 11:17):

    El fin del Imperio Otomano y el auge de las series de televisión turcas (cerca de cien).

  2. Comentario de el guru (19/01/2023 18:43):

    “el declinar civilizatorio del lujo, similar al de Luis XIV en Francia”
    Joder, ya quisiera yo ese declinar.

    Magnífica reseña y me apunto el libro con ganas; junto con el de Julius Norwich del imperio bizantino (reseñado en esta página años ha) tenemos una descripción muy completita de esa parte del mundo.

    Solo falta un libro desde Ataturk al Tangentopolis tan raro que tuvieron en los 90 enfrentando a los Lobos Grises, el ejército y la OTAN, y ya tenemos toda la historia de la zona.

  3. Comentario de el guru (20/01/2023 11:46):

    off-topic: me ha dado por escuchar el podcast y vaya bajón ha pegado desde que no está Miralles, ¿no?

  4. Comentario de Llou (20/01/2023 12:04):

    A mi me sigue gustando, pero si buscas a Quico lo tienes en “Greuges pendents” que también mola mucho.

  5. Comentario de emigrante (20/01/2023 17:12):

    Magnífico como siempre. Aunque sigue cayendo en los mismos tópicos de siempre que yo no voy a dejar de criticar. Señal inequívoca de que ya nos estamos haciendo viejos y chocheamos y siempre estamos dando vueltas a la misma piedra.

    Por ejemplo eso de “el genocidio armenio sería prueba de su europeicidad”. Más allá de lo aburrido de tanta autoflagelación occidental, díganme qué nación extraeuropea no ha intentado nunca someter o exclavizar a los pueblos conquistados. Es mas, de qué continente era el primer estado que se planteó la legitimidad moral de una conquista y creó leyes y derechos para los conquistados? Se me ocurre otra teoría de cuñao: lo que promueve los genocidios no es la europeicidad sino el paso de monarquía a república. La monarquía imperial es por definición un estado que integra multitud de pueblos mientras que al pasar a reública trata de definirse como estado-nación y entonces las demás etnias estorban. El caso turco es un ejemplo de libro. Los reyes también suelen ser mestizos de varias naciones.

    “las relaciones homoeróticas entre hombres y muchachos, y similares” Expresión políticamente correcta (ya que hablamos de otra étnia) de lo que popularmente se conoce como pederastia y más técnicamente como efebofilia. Algo que a día de hoy todavía se practica e incluso está bien visto entre los talibanes. Yo considero que esto no es auténtica homosexualidad sino una especie de “homosexualidad inducida”. Me explico: esto se suele dar en ambientes donde el acceso al otro sexo está restringido como cárceles, seminarios, conventos y sociedades donde mantienen a las mujeres apartadas. Los que lo practican no se sienten atraídos por tíos hechos y derechos sino por individuos de aspecto afeminando. Lo más parecido que hay a una mujer es un mozuelo imberbe. Son gente que en condiciones normales sería heterosexual. Los que somos de pueblo sabemos que si en un corral falta el gallo a menudo una de la gallinas asume el rol y se muestra dominante y agresiva al contrario de las otras siempre asustadizas y cobardes como las gallinas que son. En los vertebrados inferiores el cambio no es solo de comportamiento sino fisiológico, hay especies de anfibios y peces que pueden cambiar de sexo si se ven sometidos a un entorno homogeneo. La sexualiddad a menudo tiene una tendencia innata bastante clara y a veces es modificable.

  6. Comentario de Asturchale (27/01/2023 11:52):

    >>…con igual ferocidad se le hacía guerra al fiel que al infiel, y que el trato a los infieles conquistados muchas veces se guiaba por consideraciones pecuniarias más que teológicas.

    Mira que lo he leído mil veces, en mil artículos de prensa, y mira que sigo sin entender este afan por “desmitificar” la Reconquista. Porque luego vas a leer las fuentes medievales y todo el mundo (moros y cristianos) tenía clarísimo que existía un conflicto religioso. Todos daban por sentado que las guerras entre correligionarios eran una cosa, y la lucha contra el infiel otra muy distinta. En fin, acabo de leerme la muy recomendable autobiografía de Abd Allah, el último zurí de Granada, y te cuenta de primera mano su conversación con un alto funcionario de Alfonso VI. Esta fue la lección de historia que le dio el leonés, a finales del siglo XI:
    “Al-Ándalus pertenecía a los cristianos hasta que fueron vencidos por los árabes, que los obligaron a refugiarse en Galicia, la región más desfavorecida por la naturaleza. Pero ahora, que es posible, desean recuperar lo que les fue tomado por la fuerza. Para que los resultados sean definitivos, es necesario desgastarlos con el transcurso del tiempo. Cuando no tengan dinero ni soldados, nos apoderaremos del país sin esfuerzo”
    .
    Desde la “Crónica Profética” del 883 hasta las cartas de los Reyes Católicos al sultán de Egipto, tras la toma de Granada, jamás se perdió de vista la justificación religiosa e histórica del conflicto. Es cierto que Alfonso VI trató, en un momento dado, de promover la idea de un “Emperador de las dos religiones”, pero en pleno siglo XI, rodeado de franceses cluniacenses, de propagandistas de la cruzada, y teniendo enfrente a la versión medieval de ISIS (los almoravides), su proyecto multiculti naufragó estrepitosamente.
    .
    Lo del supuesto “mito” de la Reconquista es una puñetera moda historiográfica, como las que recorren periódicamente los congresos y departamentos universitarios, y durará hasta que algún nuevo catedrático “redescubra” lo obvio: que la religión era el fundamento de la civilización medieval, y que los españoles medievales, de todos los reinos, tenían clarísimas las prioridades ideológicas.

  7. Comentario de emigrante (29/01/2023 18:21):

    No solo la reconquista, ahora también se ha puesto de moda pintarle la cara a los vikingos. No son pocos los artículos que mencionan un estudio genético de un cementerio escandinavo de la época donde han encontrado restos humanos de individuos que ni eran tan rubios ni tan de ojos azules como es costumbre imaginarlos. Lo que según ellos demuestra que la sociedad vikinga era tan multiculti y diversa como el reparto de una serie de Netflix.
    El último esta semana en El País que se hacía eco del “misterio” de por qué los actuales habitantes de Escandinavia son mucho más rubios que sus antepasados. En el mismo artículo decía que los vikingos acostumbraban a quemar sus muertos al contrario de los cristianos como si no tuviera que ver una cosa con la otra. Vamos que si lo que han encontrado en el cementerio son cristianos en aquella época sólo podían ser misioneros o esclavos traídos de sabe Dios dónde. En conclusión que los restos encontrados no son una muestra representativa de la aquella población pero eso no se menciona en ningún sitio y las diferencias con la población actual son un misterio.

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