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“El Japón moderno (1600-2000)” – Marius Jansen

“The making of modern Japan”

Recientemente, Japón ha entrado con fuerza en mi vida.

 

Concretamente, así.

 

Así que, tarde o temprano, tenía que caer un libro sobre Japón. En este caso, escrito por un señor que iba para historiador del Renacimiento, pero al que en 1943 le tocó la guerra en el Pacífico, y se enamoró de Japón y de su cultura (y de una lengua que en sus propias palabras “es como aprender a pensar por segunda vez”). Fruto de 50 años de estudio, publicó en el año 2000 este libro sobre el Japón moderno.

Jansen empieza la historia del Japón moderno en 1600, con la batalla de Sekigahara [1]. Resumimos un poco lo anterior: hace como unos 2600 años, la diosa solar Amaterasu [2] bendijo a Japón convirtiéndose en la bisabuela del primer emperador, iniciando una familia [3] tan preparada y campechana que llega hasta nuestros días. Ríanse de los linajes tolkienianos [4]. Sin embargo, hacia el siglo XII los nobles deciden que ellos también quieren pintar algo, y reducen al Primero de los Japoneses, el Tennō, a una figura decorativa, rodeada de un ritual tan rígido que muchos emperadores prefieren abdicar jóvenes y hacerse monjes, ¡porque así al menos pueden influir algo! El bacalao lo corta el shōgun, que vendría a ser una especie de primer ministro. Los clanes nobles luchan por ocupar el puesto de shōgun, hasta que en 1600, con la mentada batalla, Tokugawa Ieyasu barre a sus rivales e instaura el Shogunato Tokugawa, que durará hasta 1867.

 

El Shogunato Tokugawa

La victoria Tokugawa es la consecuencia de la introducción en Japón de las armas de fuego modernas, y crea un monopolio de la violencia que garantiza una cierta paz y orden, al menos en comparación con el perpetuo Juego de Tronos [5] anterior. Los Tokugawa también empiezan a uniformar y burocratizar el país (aunque aún no se unifica realmente), y a cerrarlo de perniciosas influencias extranjeras. Eso exige atar en corto a los budistas, y exterminar a la incipiente comunidad cristiana [6], de aproximadamente un 2% de la población (¡Japón era más cristiano en 1600 que hoy!).

 

El cristianismo había llegado de la mano de un español, San Francisco de Javier, alias “Savieru”, en 1549 a bordo de un barco pirata. Si hay alguna moraleja en esto, se la dejamos a ustedes.

 

Tokugawa Ieyasu también se construye una capital nueva, Edo, y un castillo molón [7] en el centro, por lo que el shogunato Tokugawa también se conoce como “el periodo de Edo”, y a Ieyasu como el “Gran Unificador”. Sic transit: al cuarto shōgun, los Tokugawa ya se han esclerotizado y viven sin salir de su palacio, mientras el chambelán empieza a tomar un papel cada vez más importante. De los 15 Tokugawas, los únicos que llegan a ser gobernantes competentes son los tres primeros, y tres hijos de concubinas plebeyas que ascienden al shogunato por extinción de las ramas principales y al menos han vivido algún tiempo en el mundo real. La sangre se considera mucho más importante que la capacidad:

 

La Paz y el Orden de la nación se deben a la dignidad y virtud de la gran familia shogunal, no a la inteligencia relativa de un shogun individual. Esa es la costumbre de nuestro imperio, diferente a la de otros países [como China].

 

La corte imperial, mientras, vive en Kioto, la capital histórica, donde molesta lo menos posible. Los pocos europeos presentes suelen usar la palabra “emperador” para el propio shōgun, mientras que ven al Tennō como una especie de Sumo Pontífice. El periodo se ha descrito como un “feudalismo centralizado” o como una “parcelización de la soberanía”, aunque –Lección Importante Número Uno- aplicar términos europeos a la historia de Japón es bastante problemático. Entre otras cosas, porque falta el principal condicionante que afectó a Europa durante este periodo, las infinitas guerras [8]. La Pax Tokugawa convirtió a los guerreros samuráis en una especie de secundarios de lujo de los nobles, que no podían luchar y quizás por eso se obsesionaron con códigos de honor. Otra salida para su ímpetu fue obligarles a alfabetizarse y disputar concursos literarios; para el siglo XIX, Japón tenía una tasa de alfabetización comparable a las más avanzadas de Europa.

Pese a todo, poco a poco los Tokugawa empezaban a “fer país”, aplicando sus leyes sobre todo el archipiélago. Aceleran la urbanización centralizando la administración en unas 300 “ciudades-castillo [9]”. También construyen una red de carreteras [10], medidas desde el puente de Nihon [11] en Edo (situado a la misma distancia del Palacio Imperial que la Puerta del Sol [12] del Palacio de Oriente), y obligan a los nobles a pasar la mitad de su tiempo en Edo, cuyos guardias tienen una simple máxima: ningún arma puede entrar (para que no pueda haber rebeliones), ninguna mujer puede salir (porque las mujeres solían quedarse de rehenes cuando los nobles se volvían al terruño).

Este es también el periodo de “aislamiento del mundo”. De nuevo, las gafas occidentales: aislamientos similares los decretaron casi todos los países asiáticos, en Japón simplemente duró más (y, gracias a ser una isla, se aplicó mucho mejor), y se dirigió mayormente contra los europeos, no contra “el mundo”. La relación entre las clases también se volvió más rígida, y la movilidad social se redujo. Clases sociales había cuatro: arriba, los samuráis, que eran un 5-6% de la sociedad. Luego, artesanos y agricultores (llamados mizunomi, “los que beben agua”, eran explotados inmisericordemente y no podían abandonar sus provincias natales). Con el tiempo, los agricultores se volvieron más levantiscos, y los daimio [13] (“grandes hombres”, los nobles) empezaron a usar a los samurái para mantenerlos a raya. Los daimio a su vez estaban clasificados en categorías dependiendo de la cantidad de koku que comandaran (un koku era la cantidad de arroz necesaria para comer un año [14], con 10.000 ya eras daimio). Finalmente, los comerciantes, que podían llegar a ser muy ricos, pero en la ideología oficial curiosamente eran la clase más “baja”, ya que se consideraba que no aportaban nada y solo movían lo que otros producían. La ideología oficial era una importación china (como casi todo lo demás; Lección Importante Número Dos: los japoneses nunca han tenido problemas en copiar e importar desde fuera –y durante siglos eso significaba desde China-, pero dándole a todo un giro o adaptación inequívocamente japonés), un sincretismo entre budismo y neo-confucionismo que insistía mucho en la debida obediencia. Los Tokugawa controlaban el bakufu (“gobierno”), que a su vez controlaba a los daimio, que controlaban a los samuráis, que controlaban al resto. Para mantener ocupados a los ambiciosos y a los trepas, los Tokugawa crearon infinitas jerarquías chorras, los samuráis tenían como 100 escalafones diferentes.

 

Las prostitutas, en cambio, solo cuatro.

 

Demonios blancos, barcos negros

¿Cuál es la imagen de África que tienen los españoles de hoy? Pues no lo sabemos muy bien, pero seguramente sea calcada de lo que venden los medios de comunicación patrios: hambre, violencia y atraso. Más o menos lo que pensaban los japoneses del siglo XIX de ese mundo exterior del que se habían aislado. Ahora, imagínense que de repente aparece sobre Madrid un platillo volante de 500 metros de diámetro, propulsado con proyectores antigravitatorios, alimentado por fusión fría… y con matrícula de Zambia. El platillo se sitúa sobre la Puerta del Sol y envía por rayo teleportador a una delegación de zambianos al despacho de Isabel Díaz Ayuso [15], que se plantan ante la presidenta creyendo que es la jefa de España, y le dicen: “¡Hola! Venimos a firmar el tratado.” “¿Qué tratado?” “El que tengo aquí colgado. No, es broma: el tratado de apertura de puertos comerciales sin reciprocidad.” Ya pueden hacerse una idea del impacto que sufrió Japón en 1853.

En ese año, el edén conservador de los Tokugawa se viene abajo con la llegada de los “barcos negros”, cuatro navíos acorazados de la US Navy [16]. Su comandante, Matthew Perry, aparcó en la Bahía de Edo con sus cañones a la vista de todos, envió una misiva muy impertinente al shogun (acompañada de una bandera blanca, “por si la necesitáis en caso de negaros”), y logró que este firmara un tratado por el que se abrían cinco puertos al comercio con Occidente. También debían aceptarse embajadores extranjeros, y cumplir las leyes del mar. En los años subsiguientes, algún puerto patriota (es decir, pirata) va a sufrir una intervención humanitaria occidental [17].

¿Y ahora qué hacemos? era la pregunta que se hacía todo Japón, y les llevó 17 años resolverlo, incluyendo una de las décadas más violentas de la historia del país. Violenta y confusa, porque todo el mundo tiene ideas propias, todo el mundo afirma luchar por el emperador y por la patria, y encima todo se cubre con una capa de formalismos japoneses que francamente nos superan. La cosa es que el shogun ha cedido cobardemente, cual ZP en 2010 [18], a las presiones extranjeras. Frente a él, una oposición “nacional y patriótica”, cual PP en 2010, se escandaliza de esta vergonzosa e indigna concesión que arrastra por el fango a la patria e intenta montar un movimiento de oposición cristalizado alrededor de la corte de Kioto… a pesar de que cualquier persona con dos dedos de frente sabe perfectamente que la oposición habría hecho exactamente lo mismo de estar en el poder, y que va a seguir exactamente el mismo rumbo una vez tenga el poder, que de lo que se trata es de colar su programa político aprovechando el revuelo. Vaya, también igual que en 2010.

 

En España, la instrumentalización del Hijo del Cielo para la causa también tiene tradición.

 

El Emperador Contraataca: la Era Meiji

El caso es que el Tennō se deja querer por la oposición, y empieza a mandar edictos a Edo preguntando que qué pasa con los demonios extranjeros que aún no están expulsados, mientras a lo largo y ancho del país todos los reformistas, los idealistas, o simplemente los agraviados empiezan a movilizarse contra el bakufu. Cuentan para ello con el apoyo de dos importantes territorios, Satsuma [19] y Chōshū [20] (que tras el reparto del botín van a poner a los líderes civiles y militares de Japón durante una generación). El bakufu, a su vez, insiste en que están en ello, pero que hay que prepararlo bien y sin desmontar estas instituciones feudales que nos hemos dado entre todos. El 3 de marzo de 1860, el número dos del régimen, Ii Naosuke [21], es atacado y decapitado a las puertas del palacio de Edo (el decapitador expone la cabeza, proclama que lo hace todo por la nación simbolizada en el emperador … y acto seguido comete seppuku, ¡que para algo ha matado a un miembro del gobierno de su majestad!). Este incidente [22] inicia una década de extrema violencia, que culmina diez años más tarde con una mini-guerra civil [23] que barre a los últimos leales del Shogunato Tokugawa (el final de la década de violencia fue, irónicamente, también el final de 700 años de gobierno samurái, aunque las nuevas fuerzas armadas van a estar empapadas de su ethos). Entremedias, en 1866 muere el emperador, y sube al trono su hijo de 15 años, Mutsuhito. Mutsuhito va a reinar 44 años, y tras su muerte recibe el nombre póstumo de Meiji, por lo que esta era es conocida como la Era Meiji (y yo probablemente ya nunca pueda viajar a Japón por haber cometido el sacrilegio de usar el nombre común del Primero de los Japoneses). Alternativamente, “Restauración Meiji”, porque –Lección Importante Número Tres- cualquier cambio o reforma importante en la historia de Japón se ha vendido siempre como un retorno a un pasado más glorioso. En este caso, ¡alegrémonos todos que hemos restaurado al Tennō al lugar que le corresponde, usurpado por esos advenedizos Tokugawa, para que nos lidere a un futuro mejor!

Meiji es quien recibe la rendición del último shogun, y preside sobre la inmediata modernización de Japón. Una modernización brutal y rapidísima, que incluye unas cortes legislativas, relaciones diplomáticas con el resto del mundo, y una acelerada industrialización. Los daimio pierden sus 300 dominios, que se convierten en 50 prefecturas (con los daimio como gobernadores y reteniendo un 10% de los impuestos para “gastos personales”, pero ya sin derechos hereditarios), se crea una base fiscal común, y se unifica la moneda con la creación del Yen para integrarla en el mercado mundial. La corte se muda de Kioto a Edo, que es rebautizada Tokio (“capital oriental”), y el emperador se queda con el castillo del shogun, ahora Palacio Imperial [24]. Se publica una “Carta de juramento [25]” con un programa político de mínimos. Los campesinos reciben tierras en propiedad (para lo cual son requeridos por primera vez en la historia a tomar un apellido), y los padres de familia son hechos responsables legales de quienes vivan bajo su techo. Y finalmente, como parte del proceso de unificación nacional, se crea una religión nacional de estado, el Shinto. El Shinto es una religión tradicional nativa basada en la adoración de los kami (espíritus, tanto ancestros como dioses), que en siglos anteriores se había fusionado con el budismo, con los kami como otros bodhisattvas [26] más. Ahora, una serie de decretos separan estrictamente ambas religiones, con los budistas llevándose todos los palos en el divorcio, y convierten los santuarios shinto en parte de la administración del estado, cumpliendo funciones de registro civil y predicando la buena nueva de la Era Meiji, como la adoración del emperador, el amor a la patria, y la obligación de pagar fielmente tus impuestos.

Cientos de jóvenes japoneses empiezan a viajar por el mundo para empaparse de conocimiento, y lo traen de vuelta a casa para aplicarlo: educación estadounidense, industrialización británica, jurisprudencia francesa, instituciones políticas alemanas. Siempre, claro, con ese inequívoco giro japonés. Incluso, medio gobierno japonés va a invertir casi dos años en dar la vuelta al mundo [27] para conocerlo mejor, y a la vuelta re-asumir sus puestos. Esto les permite también ver lo atrasado que está Japón (pero también que la ventaja occidental es muy reciente, de unos 50 años, y que se puede recuperar), y que la imagen del mundo que se habían hecho con el limitado comercio con los holandeses era más inútil que una katana de cartón. Es decir, que los nuevos gobernantes, tras un Rajoy’2010 de libro, hacen también un Rajoy’2011 de libro, sí, dijimos que íbamos a exterminar a los demonios extranjeros, pero primero hay que aprender de ellos, conocer sus tecnologías, quizás imitarlos, y bueno, subir el IVA para pagarlo todo, ¡pero al menos ahora se va a ocupar gente seria y de buena familia, no el ZPokugawa ese! De aquel populismo barato vienen muchos de los lodos en que chapoteamos hoy, y del violento lanzamiento de la Era Meiji también vendrán unos cuantos. Muy pronto, de hecho: unas semanas antes de la coronación de Mutsuhito, un grupo de samuráis en Sakai decide pasar a la acción directa y mata a once marineros franceses [28]. Para esto estamos haciendo la guerra, ¿no? La respuesta del régimen fue muy significativa de lo que iba a venir: primero, ordenó a los samuráis suicidarse delante de una delegación francesa. Y posteriormente, acogió sus restos en el Santuario Yasukuni [29], recién inaugurado para los muertos de la mini-guerra civil que estaba devolviendo al Hijo del Cielo a su sitio, que luego se ha convertido en un “Arlington japonés [30]”, y donde a día de hoy aún se rinde homenaje como “mártires” a los criminales de guerra de la Segunda Guerra Mundial [31], incluido Hideki Tojo.

 

Como nuestro Yasukuni patrio, pero enterrando ahí también a Hernán Cortés, Francisco Pizarro, el Duque de Alba, todos nuestros generales africanistas, y algún espadón exaltado. Adorándolos, con asistencia de miembros del gobierno, como dioses en un culto donde el Borbón de turno sea supremo sacerdote. Y luego extrañarnos que el resto del mundo nos mire raro.

 

Prioridades

La era Meiji siempre ha despertado curiosidad y admiración por ser en cierto modo un paradigma de “modernización exitosa”: un ejemplo de libro de un país atrasado que toma la decisión consciente de modernizarse a tope, aprende concienzudamente las herramientas ajenas viajando por todo el mundo, las juzga, compara y adapta a sus situaciones locales, y finalmente las implementa con gran éxito. Vamos: que los Meiji son los ídolos letizios. Y todo esto, ¿para qué? Pues para acabar montando un estado imperialista de la peor especie a mayor gloria del Hijo del Cielo (a esto los letizios no han llegado todavía).

Lo más importante es ponerse al día militarmente para poder plantarles cara a los extranjeros. Ayuda que los Estados Unidos [32] (y España [33]) estén perdidos en desórdenes internos durante esos años, y que Rusia aún se esté lamiendo las heridas de la Guerra de Crimea. Esto deja a Francia y Gran Bretaña como los únicos capaces de proyectar fuerza en Oriente, pero por ahora solo están interesados en comercio. Se crea un ejército moderno por conscripción de cuatro años (los samuráis, con su obsesión por el honor, hacen buenos guerreros pero malos soldados, un tercio de los primeros presupuestos generales se gasta en pensiones para tenerlos tranquilos). Todavía bajo los Tokugawa, se firma un tratado con el Segundo Imperio Francés para fabricar armas y montar academias militares, aunque la corte prefería una alianza con Gran Bretaña, a quienes veían más tradicionalistas que a los republicanos franceses. La derrota de Francia a manos de Bismarck en 1871 por su parte provocará un giro de alianzas muy propio de Japón, siempre dispuesto a aprender del triunfador: tanto el ejército como el sistema educativo superior japoneses se van a moldear a imagen y semejanza de Prusia [34]. Del Kaiserreich [35] también se toma inspiración para diseñar, con la Constitución de 1889 [36] (cuyo primer borrador estaba en alemán), un sistema político aparentemente muy moderno, con elecciones y libertades básicas, pero lleno de trampitas que le garantizan el poder a los de siempre. En este caso, una generación de principalmente samuráis jóvenes que se metieron hasta la cocina del gobierno y la administración, los genrō [37], el último de los cuales aguantó a pie de cañón hasta 1940 [38].

Los pocos recursos disponibles se invierten en el desarrollo industrial, guiado por una planificación estatal centralizada. Los tratados desiguales dificultan el desarrollo de industrias por las importaciones baratas, pero los japoneses no se dejan engañar por los apologistas del libre comercio y siempre encuentran formas de regular ventajas para sus nacientes industrias. Por las vías que sea: nacionalizando, privatizando, o creando enormes conglomerados industriales, los zaibatsu [39]. Se crea una red de escuelas públicas para que todos los niños aprendan a leer y escribir (con textos alabando al emperador y a la patria), con clases de educación física impartidas por instructores militares. Los gobernantes demuestran también la importancia de estudiar a los “perdedores”. En particular, el caso de Egipto (que quiso modernizarse con potentes inversiones e infraestructuras, para las que pidió enormes préstamos a bancos británicos y franceses… y cuando no pudo devolver dichos préstamos se encontró con una intervención humanitaria [40] británica para garantizar el pago y “neutralizar” la principal infraestructura, el Canal de Suez) les convence de prohibir casi cualquier inversión extranjera excepto cuatro casos muy controlados en ferrocarriles y transporte. Saben que debajo de toda la cháchara occidental de civilización y libre comercio se encuentra una voluntad imperialista dispuesta a tragarse naciones enteras sin pestañear.

 

Mein Gott, Victoria, ¡el japonés nos ha calado!” “Tranquilos, si solo soy uno más, no haré nada que no hagáis vosotros.” “Good Lord, ¡si eso es lo que nos asusta!”

 

Preguntados por los japoneses, probablemente la mayoría de occidentales dirán que son gente trabajadora, callada, obediente y muy conservadora, poco dada a las protestas y las reivindicaciones. Esa imagen es falsa [41]: Japón tiene –y ha tenido- su buena dosis de conflictos sociales, dirimidos a leches. Nada más arrancar la Era Meiji, ya hay un movimiento de base, el Movimiento por la Libertad y los Derechos del Pueblo [42], con fuertes demandas democráticas que resuenan en una población con altos niveles de alfabetismo y sorprendentemente informada de lo que pasa en el mundo. Es en parte en respuesta a demandas como estas que los oligarcas deciden sacar la constitución de 1889; si no, habrían seguido con “por la gracia del Dios-emperador” hasta el fin de los tiempos. La fecha de la proclamación, 11 de febrero, es también la de la fundación mítica de Japón [43] (recuerden la Lección Importante Número Tres: todo lo nuevo hay que venderlo como una vuelta a las glorias del pasado).

La constitución, en realidad, es una carta otorgada, ya que la soberanía reside en el emperador. Esto se considera necesario, incluso por parte de los elementos más “progresistas” de la oligarquía, para mantener unido al país, ya que la diversidad étnica y religiosa no ofrece otro “eje nacional”. La constitución instaura un parlamento, la Dieta. Se reconocen varios derechos, pero siempre “dentro de los límites de la ley” (con una excepción: la propiedad privada, que es un derecho incondicional). También proclama por primera vez en la historia el derecho de primogenitura masculina al heredar el trono. Esto tiene una razón propagandista (además de ser copiado literalmente de constituciones europeas): tradicionalmente, el emperador estaba asociado a las artes y la religión, pero ahora se pasea preferentemente con uniforme militar, como parte del proyecto de convertir el ejército en una segunda escuela para educar a los japoneses en las virtudes nacionales y el respeto a la autoridad debida. De hecho, el primer cuerpo de policía nacional, el Kenpeitai [44], empieza como policía militar.

 

Meiji Tennō, el primer soldado y guardia civil de Japón.

 

Las primeras elecciones -1890- vienen con voto censitario: solo 450.000 personas, elegidas por la cantidad de impuestos que pagan, pueden votar a la cámara baja. Para la Cámara de los Lores, es peor aún: los 15 mayores pagadores de impuestos de cada provincia eligen a uno de ellos, y ya, aunque el parlamento tiene competencias fiscales sorprendentemente amplias y debe aprobar los presupuestos. El emperador nombra al primer ministro y oficialmente no interviene en política, pero siempre hay maneras: en 1893, el parlamento le niega al gobierno un aumento de presupuesto para la marina. Ipso facto sale un edicto imperial bajándoles el sueldo un 10% a los oficiales, y anunciando una contribución de 100.000 yenes de la casa imperial al ejército. Avergonzado, el parlamento recula.

 

Las primeras guerras

Todo el desarrollo temprano de la era Meiji llega a su culminación en 1894, con la primera guerra del nuevo estado, la Primera Guerra Sino-japonesa [45]. ¿Es la “culminación lógica”? Probablemente no, pero resulta tan decisiva que en retrospectiva lo parece. Todos los recursos invertidos en el ejército dan sus frutos con una cómoda victoria sobre la China de los Quing, anquilosada todavía en el pasado. La guerra se libra mayormente en Corea (que es “rescatada” del dominio chino y recupera su independencia bajo “protección” japonesa), y como resultado Japón le impone a China el tratado más desigual del siglo XIX, y se embolsa Taiwán y las islas Pescadores. La sociedad japonesa, hasta ese momento ocupada con sus politiqueos y disputas, se pone como un solo hombre al servicio del emperador, que se muda temporalmente a Hiroshima para estar pegado a los acontecimientos. La victoria valida el curso de modernización trazado por los oligarcas Meiji, y une al país en una explosión de nacionalismo. China, durante siglos el ejemplo celestial de donde Japón ha copiado la mitad de su cultura, empezando por el emperador, pasa a ser visto como un despreciable pozo de atraso. La indemnización china sirve para poner las bases de una industria metalúrgica pesada [46] (que precisa de carbón y minerales, lo que desvía la mirada japonesa hacia Manchuria).

En realidad, recuerda Jansen, la población no mostró tanto entusiasmo, hubo bastantes deserciones (y el comienzo de un movimiento pacifista), Taiwán requirió de una campaña de “pacificación” que costó más muertos y recursos que la propia guerra, y Corea no pareció muy agradecida porque en seguida corrió a ponerse bajo el paraguas de Rusia, el tercero en discordia en el Mar de Japón. Pero fue un éxito en el “Japón oficial”, cuya propaganda borró todo lo demás. La lección para los oligarcas fue que los fracasos y bloqueos interiores se podían resolver con una victoria militar.

En principio Japón también se embolsa la península de Liaodong [47], con su excelente puerto en Port Arthur, pero una nota de Alemania, Rusia y Francia, preocupados “por la paz en Asia”, les conmina a abandonarla. Acto seguido, la ocupa Rusia. Japón traga, pero el cabreo con los occidentales empieza a ser muy grande (de hecho, hay gente que prefiere que continúen en vigor los tratados desiguales, ¡porque así al menos los occidentales se quedan encerrados en sus puertos!). Pero cuando se cierra una puerta, se abre una ventana: Gran Bretaña firma con ellos un tratado [48] dirigido ostentosamente contra Rusia.

 

¡Ya somos uno más!

 

Japón lo usa para presionar a Rusia y obtener más acceso a Corea. Está dispuesta a ceder Manchuria a Rusia, pero la corte de Nicolás II [49] desprecia a “los monos esos”, e insulta y escala el conflicto hasta la guerra ruso-japonesa [50] de 1904, donde se llevan una paliza. Esta segunda victoria (la primera de un país asiático sobre una potencia europea) convierte a Japón en un miembro de las grandes potencias, y ayuda a eliminar completamente los tratados desiguales. Internamente, nacen ahora dos escuelas. Una, llamémosla “asiática”, que cree que la misión histórica de Japón es ponerse al frente de los pueblos de Asia y liberarlos del yugo occidental; y otra, digamos “imperial”, que dice que Japón es lo más mejor y que solo debe tener en cuenta sus propios intereses. La segunda es la que logra imponerse (aunque la “asiática” tendrá su rol en la propaganda japonesa para justificar nuevas agresiones, ¡lo hacemos para liberaros!), y la consecuencia es que Corea se convierte en un protectorado, y en 1910 es anexionada. Su papel es integrarse en el mecanismo imperial japonés, que comienza a ponerse en marcha: Japón necesita territorios para extraerles materias primas (y alimentos: durante la Era Meiji la población crece un 50%, y desde 1900 el archipiélago ya tiene que importar comida), y tenerlos como mercados cautivos de su creciente industria. Algunos “visionarios” ven aquí una salida al crecimiento de la población, enviando los excedentes como colonos para “niponizar” los nuevos territorios, aunque la emigración japonesa por alguna razón prefiere irse a las Américas [51].

 

Probando democracia: Era Shōwa, parte I

En 1912 muere Meiji. Su reinado ha visto a Japón en un ascenso continuo, de país cerrado y medieval a gran potencia con colonias, capaz de derrotar a los europeos. Y con toda la propaganda oficial atribuyéndole el mérito al emperador. Incluso, los occidentales quieren aprender de Japón; especialmente los británicos, tras el ridículo de la Segunda Guerra Boer. Con Meiji se va también la vieja guardia, depositaria de unos valores que sus sucesores ya no parecen comprender. Por ejemplo, el suicidio ritual de Nogi Naresuke [52] y su esposa, siguiendo la costumbre del suicidio siguiendo al señor [53], y porque estaba avergonzado de haber perdido una bandera regimental 35 años atrás (en una concesión a la modernidad, donó su cuerpo a la ciencia).

Llega entonces Hirohito (sí, ese Hirohito), y con él empieza la Era Shōwa (en realidad, entre Meiji y su nieto Hirohito/Shōwa hay un intermezzo de 1912 a 1926, la Era Taishō [54], pero nos la saltamos porque el pobre Taishō se recluye víctima de una enfermedad mental, y desde 1922 ya tenemos de regente a Hirohito, que seguirá en el machito hasta 1989). Al principio, hasta 1931, la era se caracteriza por una mayor democratización: se amplía el derecho al voto (aunque los menores de 25 y las mujeres tendrán que esperar hasta 1945), y hay una mayor parlamentarización de la política, e incluso gabinetes controlados por –gasp- partidos políticos, aunque los cambiantes partidos no tienen principios muy fuertes y se guían por personalismos y cuestiones concretas. Paradójicamente, esta democratización va de la mano de más autoritarismo y menos derechos civiles. Tras 50 años imitando a los occidentales hasta extremos surreales, surge un nativismo bastante potente. Hemos ganado las guerras, ¡no tenemos que aprender nada de ellos! Por ejemplo, ya no está bien visto que haya conversiones al cristianismo (en parte porque los conversos forman una parte desproporcionada en el movimiento pacifista que se opone al imperialismo, ¡se tomaban a Jesucristo en serio!). La censura y el dirigismo estatal en las ciencias y humanidades, que antes había funcionado solo con presión social, ahora se vuelven explícitos. Frente a los nacientes partidos socialistas (también dominados por cristianos, ¡esta gente también se tomaba en serio la Doctrina Social de la Iglesia!) y las cada vez más frecuentes revueltas [55], el estado impone mano dura: prohibiciones de partidos [56] y sindicatos obreros, y ejecución de sus líderes [57]. La política en general no es para los blandos: en las primeras décadas dos primeros ministros mueren de muerte natural, y otros tres (Hara Takashi [58], Osachi Hamaguchi [59], Inukai Tsuyoshi [60]) mueren asesinados. Los tres asesinatos son cometidos por autores de extrema derecha, el de Inukai por oficiales navales, descontentos con cualquier política que implique llegar a acuerdos con el resto del mundo, renunciar a la guerra [61], y no perseguir el destino divino de Japón. Las condenas a los asesinos son muy leves.

 

“¿Cómo llaman los fantasmas blancos a nuestra política?” “Ni idea.” “Gobierno por asesinato, ¡jajaja!”

 

La economía, por su parte, no sigue la ruta de Reino Unido o USA (modernizar a tope), sino que se mantuvo una extraña “economía dual”: industria moderna en las ciudades, agricultura muy tradicional en los pueblos. Algo doblemente curioso porque en las ciudades la población se multiplicó, surgiendo allí una verdadera cultura de masas muy variada (aunque los grandes periódicos siempre siguieron líneas editoriales muy moderadas) y con las mujeres rechazando sus roles tradicionales, pero el sistema electoral primaba los distritos rurales. La explicación es que los turbo-letizios al mando sabían que el país necesitaba industria para no depender económica- o militarmente del extranjero, y a la vez eran conscientes de que necesitaban algún tipo de justificación democrática y la industria iba a producir proletarios a chorro, así que se montaron una industria fetén, con control estatal sobre ferrocarriles, arsenales y otras industrias vitales… y un sistema político que desarmara a los obreros industriales frente al campo, más tradicional. La industria, durante la Gran Depresión [62], se organizó verticalmente en inmensos zaibatsus, gestionados por algún gran banco, y que usaban su monopolio para sangrar a la población (lo que llevó a una presión para trasladar la explotación al extranjero mediante conquistas). La economía empezó a planificarse, y se limitó la capacidad de los trabajadores de cambiar de empresa en búsqueda de mejores salarios; una regulación que irónicamente sería la base del afamado “empleo para toda la vida [63]” del Japón de posguerra.

Empezaron a surgir organizaciones marxistas clandestinas, a la vez que movimientos de extrema derecha. Sí, hemos llegado a “los fachas japoneses”, que como en todas partes eran un grupo bastante heterogéneo (algunas facciones realizaron asesinatos de millonarios –y políticos liberales- durante los años 30), pero que tenían todos en común su creencia en la divinidad del emperador y en su poder absoluto para llevar a Japón a su destino. Hirohito (para su persona renunciamos a usar el nombre póstumo, Shōwa, que significa “paz ilustrada”), sorpresa, se dejó querer.

 

De aquellos polvos, estos lodos.

 

En este punto se dividen las evaluaciones de Japón, entre quienes ven la “democracia Taishō” como un espejismo limitado a las grandes ciudades, un intermezzo en un estado profundamente autoritario que volvió a sus esencias con el militarismo de los años 30, y por otro lado quienes ven a Japón en camino hacia una democracia liberal “normal”, frente a la que hubo una reacción antidemocrática. Ni uno ni otro, juzga Jansen, sino una mezcla (que se dio, de una u otra forma, en el resto del mundo industrializado). El sistema de la Era Meiji y sus instituciones tenían una serie de fallas incorporadas que sus dirigentes habían sorteado gracias a dos factores: ser un grupo muy pequeño y cerrado que hacía piña y se coordinaba para todo (si bien en oscuros contubernios), y la dolorosa consciencia de que Japón era tremendamente vulnerable frente a Occidente debido a su atraso. Dos factores que desaparecieron en la generación que subió al poder en la Era Shōwa: los nuevos dirigentes han surgido de un sistema más o menos meritocrático, al menos en sus escalones más bajos, y tras las guerras de Meiji se creen superiores al resto del mundo. De ahí nace una aversión a cualquier influjo extranjero (que los Meiji habían abrazado entusiastamente “porque tenemos que ponernos al día”), y una reacción nativista.

Va siendo también hora de meternos en una cuestión espinosa: ¿era Japón una democracia? Y si lo era, ¿en qué preciso momento dejó de serlo y por qué mecanismo? Porque aquí los occidentales solemos verlo con el prisma de la Segunda Guerra Mundial [31] y argumentar que, a ver, nosotros somos los buenos, la democracia es buena, luego como los buenos ganamos la guerra para la democracia, está claro que los japoneses eran los malos sin democracia. Ergo, Japón no era una democracia. Pero si empezamos a ponernos exquisitos, ninguno de los Aliados occidentales pasaría hoy por una democracia: en Francia las mujeres no pudieron votar hasta 1945, el Reino Unido no dejaba votar en sus colonias [64], y en la mayoría de los Estados Unidos las relaciones y matrimonios interraciales estaban penados legalmente, amén de leyes diseñadas para neutralizar o directamente quitar el voto a la población negra [65]. Japón era distinto, pero tampoco tan distinto, y en la Primera Guerra Mundial [66], esa guerra “to make the world safe for democracy”, los Aliados no tuvieron problema en fichar a Japón, cuya democracia formalmente era homologable a las demás (y estaba basada en el diseño alemán). Quizás la cuestión espinosa, en fin, es definir la democracia. ¿Qué ocurrió?

 

Vamos que nos vamos: Era Shōwa, parte II

Mientras en casa se pendulea entre democracia y autoritarismo, se vienen cositas fuera: los EEUU aprueban leyes antiinmigración fuertemente racistas que causan un cabreo considerable en Japón y refuerzan a quienes anticipan que EEUU y Japón se van a disputar tarde o temprano la hegemonía en el Pacífico. Y luego está China, donde una revolución ha terminado con el dominio manchú, pero ha dejado el país sumido en el caos. Japón se debate entre “queremos una China fuerte y aliada”, y “Manchuria, qué hermosa eres (y qué desaprovechada estás)”. Manchuria, con una fuerte penetración económica japonesa, no está habitada por “chinos” (es decir, de la etnia Han [67]), sino por manchúes. Y los Han acaban de quitarse de encima tres siglos de odioso gobierno manchú [68] porque los manchúes no son chinos, pero eso no significa que Manchuria no sea “de China”. Nominalmente Japón apoya a Chiang Kai-Shek, pero en la práctica aplica un divide y vencerás pactando con los múltiples señores de la guerra que se están repartiendo el país.

Todo el pasteleo iniciado con Taishō, como decíamos, dura hasta el 18 de septiembre de 1931. Ese día (bueno, esa noche) el ferrocarril del sur de Manchuria, propiedad de una empresa japonesa, sufre un ataque terrorista a sus vías. No hay heridos, de hecho el tren ni siquiera sufre retrasos, pero el ejército japonés muestra algunos muertos con uniformes chinos, acusa a los chinos del ataque, e inmediatamente avanza desde Corea y Liaodong hacia Manchuria, ocupando el territorio, que seis meses más tarde será incorporado al imperio japonés como el estado nominalmente independiente de “Manchukuo [69]”, para cuyo gobierno ficharon nada menos que a Pu Yi [70], el último emperador de China. Las protestas internacionales fueron respondidas con una salida con portazo de la Liga de las Naciones (donde habían sido miembros permanentes del Consejo desde el inicio), acompañada de un discurso surrealista diciendo que “Japón está siendo crucificado, pero el veredicto cambiará igual que cambió sobre Jesús de Nazaret.” Este “incidente de Manchuria”, que inaugura la fase militarista-imperial de la Era Shōwa, fue un ataque de falsa bandera del propio ejército japonés, que a partir de ahora va a hacer su propia política, con los gobiernos civiles incapaces de pararle los pies.

 

Sus generales manchurianos, nuestros generales africanistas.

 

De hecho, a las pocas semanas una trama militar intentó dar un golpe de estado [71] contra el gobierno civil, planeando un bombardeo aéreo del consejo de ministros. La trama fracasó, pero por cosillas del sistema japonés (“¡solo eran unos chavales con exceso de celo patriótico!”) lo más que se pudo castigar a los culpables fueron algunas semanas de arresto domiciliario.

La gestión de Manchukuo cayó en manos del ejército, y este no se anduvo con chiquilladas, dejando con un palmo de narices a los industriales japoneses, que esperaban aduanas bajas para poder exportar a gusto, y se encontraron unos aranceles de aúpa porque los militares necesitaban fondos para desarrollar las industrias química y pesada, que juzgaban esenciales para futuras guerras. El establishment japonés no sabe muy bien qué hacer, pero destruidas las organizaciones obreras no hay contrapeso posible, y se pliega más y más a los militares. Aquí hay que precisar que los más radicales eran jóvenes oficiales organizados en clubes políticos, que solían realizar acciones gallardas que luego sus superiores legitimaban. Como por ejemplo la más gorda, el Incidente del 26 de febrero [72] de 1936: un grupo de oficiales asesina al ministro de finanzas, al Guardián del Sello Imperial, y al Inspector General de Educación Militar. El primer ministro Okada [73] solo sobrevive porque se esconde en un armario, y el ex primero ministro Kantarō Suzuki [74] porque su mujer ruega a los asaltantes el honor de matarle ella. El propósito de los golpistas es remover y reorganizar el país en una “Restauración Shōwa [75]”, análoga a la Restauración Meiji de 60 años antes, de modo que intentan hacerse con la figura del emperador (y por si no se dejaba convencer a la primera, ya había un voluntario en el grupo para cometer seppukku y sacarse las entrañas delante de su Augusta Persona). No lo logran, Hirohito se pilla un cierto rebote y autoriza el uso de la fuerza, y el levantamiento es aplastado. Y esta vez sí hay sentencias de muerte, pero a la larga los golpistas triunfaron: los políticos civiles viven acojonados, ídem los medios de comunicación, la Dieta aprueba subidas del presupuesto militar, y los generales han aumentado su influencia sobre el gobierno. Los ministros del Guerra y de la Marina siempre habían sido militares, pero ahora además tienen que ser miembros activos. En la práctica, esto otorgaba a las fuerzas armadas la capacidad de tumbar gobiernos a voluntad.

 

Nuevo Orden Asiático: Era Shōwa, parte III

A todo esto, se está cociendo la Segunda Guerra Mundial [31], y aunque su transcurso en Europa se puede narrar sin tener en cuenta a Asia, al revés no es así. De hecho, el camino de Japón es una curiosa mezcla de mala planificación, casualidades, y mal timing: prácticamente desde 1917, el ejército japonés se está preparando para una guerra contra la URSS, que se juzga inevitable por ser opuestos ideológicos, y para la cual se suprimen las organizaciones marxistas en casa. En 1936, firman con Alemania e Italia (países que, igual que Japón, son anticomunistas y tienen reivindicaciones territoriales; ahí hay sinergias) el Pacto Antikomintern [76]. En China, se apoya a Chiang Kai-Shek, que es anticomunista y permite los abusos japoneses en Manchuria. Pero en diciembre de 1936, los propios subordinados de Chiang le fuerzan a un cambio de rumbo [77] que implica pactar con los comunistas contra los japoneses. En este ambiente tenso, el 7 de julio de 1937 desaparece un soldado japonés cerca del Puente de Marco Polo [78] en Peking; su comandante exige poder mandar patrullas a buscarle; su contraparte china dice que no (aunque ofrece patrullas conjuntas); la cosa escala y en nada hay gritos, bofetadas y disparos, el gobierno civil japonés intenta rebajar la tensión pero los militares no hacen ni caso y ponen cuatro divisiones en marcha. El soldado desaparecido, por cierto, solo se había alejado para poder cagar tranquilo.

Se suceden rápidamente fases de negociación –que fracasan- y fases de lucha –donde los japoneses barren a los chinos y avanzan hacia el sur. En realidad, el gobierno japonés sigue con la vista puesta en la URSS y no quiere esta guerra, a la que insiste en llamar “Incidente de China”, pero está metidos en una lógica de “una muestra de fuerza más, y el gobierno chino cederá a nuestras exigencias”. Las exigencias son romper el pacto con los comunistas chinos y reconocer formalmente Manchukuo, los civiles se hubiesen contentado con eso (otra cosa los africanistas, perdón, los militares). Finalmente, en noviembre, las tropas japonesas llegan a la capital, Nankín, y llevan la lógica de “una muestra de fuerza más” a sus últimas consecuencias con su mayor infamia: la masacre de Nankín [79], un asalto salvaje sobre una población desarmada que en pocas semanas causó entre 100.000 y 300.000 muertos (por comparar: las muertes militares de toda la Guerra Civil Española suman unas 280.000), y que Japón ha negado hasta el día de hoy [80], a pesar de que no ha podido negar competiciones entre oficiales [81] por ver quien mataba más gente.

La masacre hace imposible cualquier acuerdo, el gobierno chino de Chiang Kai-Shek se muda lo más lejos posible de la costa, a Chongquing [82], y aunque los japoneses ocupan las principales ciudades y los ferrocarriles, no tienen fuerza para avanzar y se enfrentan a guerrillas varias en su retaguardia. El mundo civilizado está en shock, pero Hitler acude en ayuda de Japón y retira la ayuda militar que estaba prestando a China, con la evidente esperanza de tener a todo el mundo ocupado con Japón mientras él se expande por Europa Central. Pero cuando firma un pacto de no agresión con Stalin, los japoneses no ven otra salida que imitarle (antes libran una guerra no reconocida [83] que les muestra que aún no están preparados [84]) para concentrarse totalmente en China y Estados Unidos, pensando que en diez o quince años ya podrán librar al fin su guerra contra la URSS.

En el frente interno, el primer ministro Fumimaro Konoe [85] intenta acabar de una vez con todo ese faccionalismo y esos restos de democracia debilitante, fundando la Asociación de Apoyo al Régimen Imperial [86]. La idea es que sirva para vertebrar verticalmente a la sociedad japonesa, siguiendo el modelo de los partidos fascistas europeos. La práctica es que todo el mundo se integra y sigue como antes, pero con un titulillo diferente y algo menos de margen. En 1942 todavía habrá elecciones semi-abiertas [87], con candidatos independientes logrando un quinto de la Dieta, si bien esta ha perdido bastante poder. La propaganda insiste que se está librando una guerra para liberar a Asia de los europeos, y que si China insiste en no rendirse incondicionalmente es porque está recibiendo ayuda de los angloamericanos. Japón empieza a prepararse para una guerra contra estos, mientras aún compra la mayoría de su combustible en Estados Unidos.

Cuando Roosevelt [88] les impone un embargo de petróleo, toman una decisión final en una reunión con Hirohito presente (que se limitó a recitar compungido un poema de Meiji): los diplomáticos reciben unos meses para lograr un acuerdo imposible (que USA reanudase las ventas de petróleo, reconociese Manchukuo y el sudeste asiático como “zona de influencia japonesa”, y aceptase 1955 como fecha de retirada del ejército japonés de China, a cambio básicamente de una promesa de no atacar Filipinas). Si fracasan, es la guerra. La idea del alto mando es: destruimos su flota en Pearl Harbor, usamos los meses siguientes para conquistar Indochina y sus pozos de petróleo, y convertimos hasta el último islote perdido entre Hawái y Tokio en un bunker lleno de fanáticos suicidas guerreros samuráis dispuestos al sacrificio total por la raza Yamato; ellos tendrán más medios, pero conquistar uno a uno esos islotes les costará tanto que, como débil democracia que son, la gente se negará; además, Hitler en seguida conquistará Moscú y los americanos tendrán que centrarse en Europa. La idea no era del todo mala (pero vamos, bastante mala sí era, y los militares lo tenían totalmente asumido), pero falló: la Wehrmacht se atascó, los americanos compensaron el fanatismo con material y logística, y en vez de cada islote perdido solo conquistaron los estrictamente necesarios para llegar a distancia de bombardeo de Japón, desde donde empezaron a incinerar una a una las ciudades japonesas. Tras cada derrota, los militares hablaban de retroceder a un círculo de defensa más compacto y forzar una “batalla decisiva”, mientras vendían una propaganda acorde, “100 millones de almas dispuestas a morir con honor por el Emperador”. La cosa culmina en los bombardeos nucleares de Hiroshima y Nagasaki, y la rendición formal de Japón, anunciada por Hirohito en un discurso radiofónico [89] que fue todo un shock para una población que le tenía por poco menos que un Dios y nunca había oído su voz.

 

“La trayectoria de la guerra no ha evolucionado necesariamente en beneficio de Japón.”

 

Abrazando la derrota: Era Shōwa, parte IV

Con la derrota, viene la enésima reinvención total de Japón, dando como resultado ese simpático país de otakus que conocemos hoy, que reservan lo de ser un poco intensitos para la fabricación de artículos de consumo de altísima calidad. Durante seis años, fueron plastilina en manos de Douglas MacArthur. El Gaijin [90] Shōgun desmanteló por completo sus fuerzas armadas y su militarismo, les impuso el sufragio femenino, les quitó todas sus posesiones coloniales, separó el Shinto del estado, sembró el país de bases y tropas americanas que ahí siguen (pagadas en parte por Japón, que por cierto se reserva el derecho a solicitar la ayuda de dichas tropas para acabar con revueltas comunistas desórdenes internos), reformó la educación siguiendo modelos americanos, cambió todo el Código Civil (se eliminó la preeminencia de los cabezas de familia, y los matrimonios tenían que ser consensuados)… vamos, que les cascó una reforma de arriba abajo del sistema político y social heredado de la Era Meiji, incluyendo una constitución pacifista [91] (cuyo primer borrador estaba en inglés) que mantenía al emperador como jefe de estado, pero lo degradaba a mero símbolo. En línea con la Lección Importante Número Tres, la constitución se vendió como una enmienda a la anterior de Meiji. Un grupo de new dealers [62] se encargó de rehacer la economía, incluyendo romper varios zaibatsus y una amplia reforma agraria [92]. Los japoneses lo aceptaron todo con la fe del converso, “por el bien de toda la Humanidad”, hasta el punto que se han convencido de que salió todo de ellos y olvidando el papel de MacArthur.

 

El bueno de Douglas también obligó a la prensa japonesa a publicar esta foto suya con Hirohito, para dejar claro quien mandaba más. Quelle fauxpas!

 

Al principio los americanos asumen que su gran aliado en Asia va a ser China, de modo que triunfan ideas como el desarme, o el traslado de industrias japonesas como compensación de guerra a otros países asiáticos. La victoria maoísta [93] y la guerra de Corea obligan a Estados Unidos a echar mano de las industrias japonesa y germana, y así ambos vuelven a ser miembros respetables del Mundo Libre. Políticamente, la destrucción del ejército y de los antiguos oligarcas crea un vacío en el que los viejos liberales se convierten en los nuevos conservadores, apoyados en una sólida clase terrateniente conservadora, surgida de la reforma agraria. La oposición de izquierdas queda limitada a las ciudades y penalizada por el sistema electoral. Y por supuesto, se importan elementos culturales americanos a tutiplén.

 

El antiguo Dios-Emperador de Japón le cede el testigo a su sucesor.

 

Impulsada por la Guerra de Corea, la economía japonesa logró volver a arrancar, pasando por dos periodos generales: hasta los años 90, crecimientos espectaculares [94] y admiración del mundo, que los quiere imitar a toda costa. El crecimiento se basa en proteccionismo indirecto (“en Japón el mercado está abierto, pero la sociedad está cerrada”), salarios bajos, yen devaluado, gastar poquísimo en Defensa que para eso están los yankees, y condescendencia occidental, que les ceden patentes de electrónica que como mucho sirven para hacer juguetes, jajaja. Los inmensos superávits comerciales crean una burbuja inmobiliaria en cuyo pico Tokio vale lo que los Estados Unidos, y los terrenos del Palacio Imperial más que toda California [95]. Si son ustedes viejunos, recordarán como la cultura popular americana de los 80 pintaba un futuro donde los japoneses poco menos que se comen el mundo. Más o menos cuando muere Hirohito, en 1989, la cosa pincha, el Nikkei pierde dos tercios de su valor, y Japón inicia su década perdida, que a esas alturas dura ya treinta años y ha resultado en la mayor deuda pública del planeta [96] (aunque es casi toda interna y se paga sin problemas). Ya nadie los quiere imitar, ¡y eso que las fórmulas de ambas épocas son muy parecidas!

Japón, hoy en día, es uno de los países más desarrollados del mundo. También, uno de los más envejecidos [97], a pesar de las insistentes campañas gubernamentales de “un chaval y una princesa” animando a las mujeres a tener al menos dos, pero nada, que no quieren, cualquiera diría que no nos las tomamos en serio. Pese a ello, es un país con una cultura muy distintiva y vibrante, que ha logrado exportar al mundo entero. ¿Qué le depara el futuro? Jansen escribe en 2000, unos años de mucho optimismo. Ahora, como que el futuro da asco. Sí, allí también.

 

Valoración

Pues muy interesante, y una estupenda introducción a la historia del Japón moderno. Y luego, pues al igual que con el Kaiserreich [35], encontramos paralelismos a tutiplén con España: un régimen ultra-autoritario se reforma desde dentro para darse una pátina de modernidad, pero en el fondo siguen siendo los mismos rancios de siglos y siglos, emperrados en seguir en el machito a costa de lo que sea.

Estilísticamente, sí que aburre un poco el que Jansen construya el libro en torno a personajes históricos, y cada vez que quiere explicar un punto lo hace contándonos la biografía completa de un par de implicados. Se empiezan a acumular más y más personajes que no conocíamos y que, al cabo de un par de páginas, ya hemos olvidado. Las guerras se las cepilla en cuatro páginas (diciendo que ya se han comentado de sobra en otros libros, en lo que tiene toda la razón – ¡pero me obliga a comprar más libros!) y se concentra mucho más en lo que él cree que el estadounidense medio debería conocer de Japón, y en combatir tópicos heredados de la guerra. El principal, que Japón es una especie de colonia de termitas guerreras sin personalidad, perdida en el enjambre, cuando en realidad es un país como cualquier otro, pero que les da salida a sus problemillas de andar por casa de una forma ciertamente peculiar, como productos de una historia y un aislamiento secular condicionados por la geografía.

 

¡Ay, si España fuese isla en lugar de península!