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“Grant” – Ron Chernow

¡Ah, nuestros queridos presidentes! Si encerrásemos a veinte guionistas de Hollywood en una sala con un barreño lleno de coca sin cortar, no serían capaces de inventarse personajes mejores. Aznar, el aguerrido guerrero por la sagrada unidad de la patria (excepto cuando tocaba pactar con los enemigos de dicha sagrada unidad para llegar a la Moncloa, o negociar con el “Movimiento Vasco de Liberación [1]”). Zapatero, todo candidez y buen rollo hasta que una crisis económica brutal se lo llevó por delante. Rajoy, con su legendaria pachorra y sus honestos colaboradores, salvo alguna cosa. Y la épica historia de Pedro Sánchez, nuestro presidente Vacío [2]: a finales de 2016 era un militante de base del PSOE, expulsado [3] de todos sus cargos del partido, dimitido de su escaño, superado por Susanyahu, Rajoy y los alevines de la nueva política. Dos años después, le vimos convertido en el Luis Napoleón Vacío [4] del letiziado patrio, mientras sus rivales de antaño están, o jubilados de la política, o le comen de la mano. Pero resulta que los norteamericanos tienen a un ONVRE que supera a los cuatro juntos. De él queremos hablarles en esta víspera de elecciones presidenciales.

 

De Ohio a México

Hiram Ulysses Grant es recordado como un buen general en la Guerra de Secesión Americana, posteriormente un político atroz, y así en general “un borracho” (con los atributos que la sabiduría popular le otorga a dicha condición: laxitud moral, autoindulgencia…). En las clasificaciones de presidentes [5] suele aparecer en los puestos de cola. Pero esto, dice Chernow, no le hace justicia. Fue el único presidente que completó dos mandatos seguidos entre Andrew Jackson y Woodrow Wilson, así que algo bueno tendría. Y además aquí en LPD tenemos debilidad por presidentes [6] que mataron a menos gente desde el Despacho Oval que fuera de él. Nacido en 1822 en una familia cuyo apellido venía, si no del Mayflower pues del que navegaba justo detrás [7], se crió en Point Pleasant, Ohio [8]. Su padre, Jesse Grant, era un bombástico fanfarrón (Hiram salió a la madre, que era todo lo contrario y cuyo apellido de soltera era “Simpson”) que se ganaba la vida curtiendo pieles (Hiram detestaba el oficio y la carne la pedía bien hecha, no soportaba comerla con sangre). Jesse también era abstemio, masón, whig y abolicionista, toda una proeza en un pueblo a diez minutos andando de la frontera con Kentucky. Grant era un chico reservado, honesto, metodista y poco aparente que prefería los caballos a la gente. Cuando la crisis económica de 1838 imposibilitó a Jesse pagarle una educación, decidió enviarlo a West Point, que era gratuito. Grant consintió sin muchas ganas. En el papeleo de las recomendaciones, alguien le confundió con su hermano Samuel Simpson Grant, y entró como Ulysses S. Grant, nombre que ya siempre llevaría.

 

La “S”, a veces dada como “Simpson”, no significa nada, pero Sherman le llamaba “Sam”. ¡Mejor que el “Useless Grant” que le había puesto la chavalada del pueblo!

 

Alumno del montón, y obligado por contrato a servir ocho años, acabó destinado en Jefferson Barracks [9], cerca de San Luis, donde empezó a cortejar a Julia Dent, la hermana de un compañero de West Point. Los Dent eran la típica familia sureña de clase media trabajadora (es decir, compraron terrenos baratos por llegar de los primeros a la zona y los cultivaban mediante varias decenas de esclavos negros, y a esa combinación de suerte, oportunismo y explotación lo llamaban “habérselo currado con esfuerzo”), y el padre un déspota reaccionario que cuando Grant pidió la mano de Julia le ofertó a cambio la hermana fea, Nelly. Julia (quien por cierto sufría un fuerte estrabismo) acabó prevaleciendo, y aunque mucho más amigable que su familia siempre idealizó la vida en la hacienda y el destino de los esclavos. En esos años, a Grant le tocó luchar en la Guerra Mexicano-Americana de 1846-48, una guerra “injusta e imperialista”, aunque tampoco lo dijo demasiado alto. Allí mostró su habilidad para la caballería, su valentía/temeridad personal, aprendió la importancia de la logística, y de su comandante Zachary Taylor [10] a ser magnánimo en la victoria.

 

Entreguerras

La guerra contra México fue el preludio de la Guerra de Secesión, pero mientras los políticos llenaban esos 12 años con disputas, Grant –que tendía hacia los abolicionistas- lo hacía con fracasos y alcohol. Empezó a beber al final de la guerra, tal vez para superar los traumas de los despedazamientos y las masacres (masacres que en la Guerra de Secesión no habrían merecido ni un parte militar). Logró finalmente casarse con Julia el 22 de agosto de 1848 en San Luis, pero la boda fue boicoteada por los Grant –que desaprobaban a los esclavistas Dent- y los Dent meramente la toleraron, despreciando a Grant y hablando de “la pobre Julia”. La división del país Grant la tenía metida en casa.

 

Los archivos secretos de Ohio: la Guerra Civil Española empezó en 1934 con lo que tu hermano el sindicalista masón dijo de mi tía la beata el día de nuestra boda en Oviedo.

 

Trasladado de aquí para allá, siguió bebiendo – y empezó a darse cuenta de que tenía un problema, que batalló con mayor o menos suerte durante toda su vida, aunque casi siempre logró que no afectara a sus responsabilidades. Destinado en California y Oregón, lejos de Julia y desesperado por volver, Grant se metió en varios negocios que fracasaron, y que Chernow excusa con la atmósfera general de la fiebre del oro de California, donde parecía que todo el mundo podía hacerse rico. Caído aún más en la bebida, en 1854 su jefe le dijo que o dimitía o le montaba una corte marcial. Grant hubiese ganado la corte –bebía, pero no había estado incapacitado-, pero prefirió renunciar. Volvió con su familia, intentó salir adelante con trabajos ocasionales, y tuvo que aceptar con comprensible cabreo la beneficencia de su suegro: 60 acres y tres esclavos, que además ni siquiera estaban a nombre de Julia porque por las leyes de Missouri habrían sido también propiedad de Grant que los habría liberado sin dudar (aunque también hay que decir que Grant sí tuvo al menos un esclavo [11] al que liberó muy pronto, pero Chernow pasa de puntillas sobre esto). Grant trabajó esas tierras como un poseso, levantó una casa [12] con sus propias manos, y por un tiempo pareció feliz, dejando la bebida (para compensar empezó a fumar como un carretero, y un cáncer de laringe le mataría con solo 63 años). Pero la granja no arrancaba. Vendió madera y ropa de segunda mano en las calles de la cercana San Luis, se arruinó con la gran crisis de 1857 [13], lo intentó como agente inmobiliario, y alguna noche lejos de casa tuvo que dormir al raso. Buscando un nuevo comienzo, los Grant fueron al norte, a Galena, Illinois [14]. Allí, con treinta y ocho años, cuatro hijos, un alcoholismo latente, y habiendo fracasado en todo cuanto había emprendido, más candidato a homeless que a presidente de los Estados Unidos, U.S. Grant empezó a trabajar como encargado de almacén en la tienda de cuero de su padre Jesse.

Y entonces empezó todo.

 

La guerra en el Mississippi

La guerra pilló a Grant sin votar a Lincoln. De hecho, solo votó una vez en toda su vida, ¡a Buchanan en 1856! (Estas fueron las primeras elecciones del Partido Republicano, que no se comió un colín y la prensa seria se despachó a gusto con “el souflé adanista del abolicionismo, rechazado por las buenas gentes de sentido común”.) Cosa que hasta le vino bien: abolicionista con tendencias demócratas pero aparentemente apolítico, era un candidato “de consenso” ideal para liderar la compañía de voluntarios que se formó en Galena. Pero él aspiraba a algo más, así que se fue a la capital estatal a ver si le salía un puesto de coronel. Su congresista, Elihu Washburne [15], estaba muy bien conectado (y posteriormente sacó petróleo con “a Grant lo descubrí yo”), pero el gobernador Yates le metió en labores administrativas. Como buen metodista, Grant apechugó, pero unas semanas más tarde Yates ya le confió el establecimiento de diez regimientos adicionales. Finalmente, en junio de 1861 le llegó el nombramiento como coronel del 21 regimiento de Illinois. Imponiendo disciplina y prohibiendo el alcohol, se hizo muy popular. Tras unas cuantas maniobras y escaramuzas menores (los comienzos eran tan festivos que Grant llevaba consigo a su hijo de 12 años), se enteró por la prensa de su ascenso a brigadier general, al mando de cuatro regimientos y 4000 hombres, sin haber librado una sola batalla. Elihu Washburne y el caucus de Illinois, hogar también de Lincoln, que estaban promocionando a gente de la tierruca. Desplazado al distrito sureste de Missouri, a orillas del Mississippi, y con un equipo hecho a su medida (a dedo, vamos), Grant estaba en primera línea de la estrategia norteña de usar los grandes ríos para separar los territorios confederados.

Y desde el primer momento se aplicó. Creyendo tener que compensar los rumores y habladurías sobre sus fracasos y su alcoholismo, solía ser muy ofensivo. En una guerra donde todos los generales buscaban cubrirse las espaldas y evitar atacar (las primeras batallas [16] habían sido masacres inútiles), eso le hizo destacar pronto. También porque ganaba, claro: un raid en Belmont [17] que empezó bien, pudo acabar fatal y terminó en victoria a los puntos. La captura de los fuertes Donelson [18] y Henry [19], vitales para controlar los ríos Ohio y Tennessee. Y Shiloh.

Shiloh fue la mayor batalla [20] hasta ese momento de la guerra, y de la historia del país, con más muertos en combate que las guerras de independencia, de 1812 y de México juntas. Cierto es que a Grant le pillaron por sorpresa (anticiparse al enemigo se le daba regular), pero ni estuvo borracho ni se escondió, y tras un primer día mejorable leyó bien la situación y al segundo le dio la vuelta. Políticos de Iowa, origen de la mayoría de los voluntarios muertos, y también la camarilla de amigotes de McClellan, jefe de los ejércitos del Norte, intentaron hacerle un traje. Grant lo tenía difícil sin amigos en la prensa, pero la conexión con Lincoln vía Washburne le salvó. Lincoln empezaba a desesperar de la parálisis bajo McClellan, y necesitaba alternativas.

Tras Shiloh los Confederados ya nunca tuvieron la iniciativa en el Mississippi, y se limitaron a convertir Vicksburg en un fortín inexpugnable con el que cortar la salida natural al mar del Medio Oeste unionista. Cascar esta nuez le llevó a Grant casi un año y varios disgustos, algunos militares y otros de intrigas. Se los zafó en un “inteligente manejo de la situación” (el “manejo inteligente” consistió en promocionar amigotes y hacer piña con otros graduados de West Point contra politicuchos entrometidos, pero Chernow le perdona porque el entrometido McClernand [21] –no confundir con McClellan- era un incompetente). Las intrigas se centraban en su alcoholismo, y tienen a favor una cosa: todas suenan muy similares, a pesar de que las contaban gentes muy diferentes, lo que las hace muy creíbles. Grant tenía episodios esporádicos, quizás cada tres o cuatro meses, de beber hasta entrar en coma (generalmente después de batallas, cuando no tenía que tomar decisiones importantes, eso lo controlaba; además, siempre lejos de Julia y de su gabinete de confidentes), y al beber no se volvía irascible o abusón sino infantil y tonto. Mucha gente cercana nunca le vio tocar una gota, y habla en su favor que enviados de Washington y oficiales de su estado mayor, en teoría encargados de vigilar su relación con la bebida, se “cambiaran de bando” y le encubrieran, conscientes de su importancia para la Unión.

 

En España los consejeros se habrían encargado de tener siempre una cañita bien fresquita cerca.

 

De esta poca duda pudo haber tras Vicksburg: Grant la tomó gracias a una combinación de inteligencia y audacia (que es como en círculos militares se dice “echarle cara y tener más suerte que un quebrado” – y ya de paso un pequeño bombardeo indiscriminado), y así decidió el escenario oeste de la guerra. Además, lo combinó con acciones políticas (formar regimientos de esclavos, respetar la población civil…) muy en línea con Lincoln, que ya le consideraba para el mando supremo, pero como Washburne inició una campaña de “Grant for President”, la cosa se gripó. Bueno, y también que Grant se cayó del caballo, posiblemente bebido, y estuvo un par de meses tumbado. Después, Chattanooga [22] (ganada gracias a una carga espontánea de sus soldados, que expulsaron sin esfuerzo a los confederados de unas posiciones tenidas por difíciles), y Lincoln al fin se decidió. La víspera de la entrega de sus nuevas credenciales fue la primera vez que se vieron en persona. Hacían una pareja extraña: el presidente curtido en mil lances políticos (1.97 m) y el general curtido en mil lances bélicos (1,72 m). Pero también tenían mucho en común: procedencia del medio oeste, padres dominantes, mujeres ambiciosas, les había tocado vivir tiempos chungos currando en lo que hubiera. Y opiniones similares sobre la guerra. Pero donde Lincoln se echó una piel dura para sobrevivir en el proceloso mundo de la política, Grant era en el fondo una persona incapaz de malicia. Le gustaba el ejército porque estaba claro quiénes eran los buenos y quienes los malos, y la gente en general iba de frente. Cuando fue presidente, no lo tuvo tan claro y le salieron cientos de “amigos” que se aprovecharon de él.

 

Virginia

Pero por ahora Lincoln le despejaba el frente político, y Grant se aplicó a derrotar a Robert E. Lee, el Napoleón de Norteamérica. La resultante campaña [23] fue la más sanguinaria de toda la guerra, y cimentó la versión del Sur de Lee como fino estratega y Grant como un zopenco que solo sabía ganar mediante campañas de desgaste y fuerza bruta. Hombre, algo de razón tienen, aunque aquí ya entran otras consideraciones (al margen de que antes de Grant otros seis comandantes lo habían intentado con la misma superioridad y habían fracasado): que Grant y Lincoln habían llegado a la conclusión de que la guerra debía conllevar el fin de la esclavitud como única justificación posible de los sacrificios y como garantía de que el Sur nunca volvería a rebelarse. Y como esto el Sur no lo iba a aceptar de buenas, había que hacerlo por las malas, es decir, mediante una guerra total hasta la destrucción completa del enemigo.

Guerra total que Lincoln y el partido republicano llevaron a la política: por ochenta años, la pequeña minoría de los esclavistas había usado las palancas legales del “rule of law” y de la Constitución (igualdad de todos los estados en el Senado para bloquear leyes que no les gustaran, compromiso de tres quintos [24], Colegio Electoral, colocar a sus afines en el Supremo [25] y en todos los tribunales…) para montarse en el machito y gobernar el país contra la mayoría, y evitar que esa molesta democracia que hubo que conceder en 1787 les jodiese el chiringuito. Y cuando esa democracia al fin había llegado a la Casa Blanca de la mano de Lincoln (con un programa realmente muy blandito), habían decidido pirarse. Así que, para hacer imposible el retorno a la situación anterior, los republicanos se quitaron los guantes de seda y empezaron a pegar duro: durante la guerra, admitieron a tres estados nuevos en la Unión (y ocho más en la siguiente generación, algunos sin cumplir siquiera el requisito mínimo de 60.000 habitantes) para aumentar el número de senadores republicanos y poder pasar la legislación anti-esclavista, y Lincoln añadió un nuevo juez al Supremo (Grant haría lo mismo de presidente). Tras la guerra, usaron su dominio del Congreso para rechazar las credenciales de congresistas sureños elegidos con fraude y violencia, y reconstruyeron el sistema político para que fuese mucho menos federal y mucho más democrático. Con evidente éxito: con breves interrupciones, el partido republicano dominó la política estadounidense [26] desde 1860 hasta 1933, cuando Roosevelt montó una coalición ganadora basada en el New Deal [27] que cambió las tornas 40 años.

La campaña final costó casi el doble de bajas a Grant que a Lee, que tenía menos hombres pero jugaba en casa, pero logró poner a Grant a tiro de piedra de Richmond, y enrocó al grueso del ejército sureño en trincheras para defender la capital mientras Sherman y Sheridan, otros dos convertidos a la causa, devastaban el hinterland confederado en una estrategia de tierra quemada.

 

William Tecumseh Sherman. Muy eficaz quemando tierra, pero a ver como lo veríamos si lo hubiesen hecho los “malos” (foto de @marinamaral2).

 

La conquista de Atlanta por Sherman en septiembre de 1864 fue el espaldarazo que necesitaba la campaña de Lincoln, reelegido en noviembre con apenas un 55% del voto popular, y eso que para maximizar apoyos los republicanos crearon un partido instrumental, el Partido de la Unión Nacional, junto con los Demócratas de la Guerra, uno de los cuales, Andrew Johnson, fue elegido vicepresidente. Nacido en una familia pobre, J0hnson era un sastre que jamás fue a un colegio y aprendió a leer de su mujer. Su discurso de investidura lo dio borracho, y con frecuencia comentaba que a los rebeldes había que ahorcarlos del primero al último. También era un racista de tomo y lomo, pero había sido el único senador de un estado del Sur que no se había unido a la rebelión, y había que proyectar unidad. Pero da igual, la vicepresidencia es un chiste, jajaja (spoiler: sale mal).

Militarmente, la guerra estaba decidida, y a Grant solo le preocupaba lograr una rendición completa de Lee, y que este y sus soldados no se desperdigasen por las montañas en forma de guerrilleros que incordiasen durante años. Así que retuvo a Lee todo lo que pudo alrededor de Richmond hasta que Sherman y Sheridan habían ahogado casi todos sus suministros, y cuando Lee salió le siguió de cerca. Visto que no podía escapar, Lee acabó rindiéndose el 9 de abril de 1864 en Appomattox [28], en lo que se considera la capitulación oficial de los Confederados (pese a ser únicamente una rendición militar, y solo del Ejército de Virginia), en términos bastante generosos: todos los hombres, Lee incluido, quedaron en libertad bajo promesa de no combatir más, y Grant peleó durante los años venideros para que esto se cumpliera. Los oficiales retuvieron sus armas y los soldados sus monturas para poder usarlas en sus granjas. Deseoso de lograr una verdadera reconciliación nacional, Grant ni siquiera entró en Richmond para no herir sensibilidades.

 

Con todo lo proamericana que ha devenido nuestra derecha local, es una pena que de esto no se les haya pegado nada.

 

Catorce de abril del sesenta (y cinco)

El catorce de abril de 1865, mientras en el Fuerte Sumter [29] se izaba la bandera que había sido arriada exactamente cuatro años antes en el incidente que inició las hostilidades, Grant fue invitado a un consejo de ministros para hablar de la reconstrucción. Al final del mismo, Lincoln invitó a Grant al teatro esa noche. Pero Grant y Julia se llevaban fatal con Mary Lincoln, así que se excusó con un viaje en tren. En una parada para estirar las piernas les alcanzó la noticia: Lincoln había sido tiroteado. Murió a la mañana siguiente.

Aquí entran Andrew Johnson y las lágrimas. Johnson simplemente no estaba a la altura de la tarea (nadie, de hecho, salvo tal vez un puñado de Lincolns, lo podría haber hecho bien). Resulta que su programa político era atacar a los blancos ricos… para favorecer a los blancos pobres. Algo así como si oyeses a Abascal rajar contra Mohamed bin Salmán, y te crees que ahí puede haber un aliado para defender a las mujeres y a los inmigrantes que viven en condiciones de semiesclavitud en Arabia Saudí… hasta que te das cuenta de que su principal objeción es que MBS es musulmán, quizás incluso la única, lo demás le da igual o solo le importa como munición. Johnson estaba obsesionado con la clase terrateniente del Sur, con un resentimiento que rallaba en lo personal y nacía del trato recibido durante sus años de pobreza. Pero cuando los republicanos radicales propusieron expropiar plantaciones para darles parcelas propias a los libertos [30], lo vetó (el lobby sureño, quejándose de que los negros no querían firmar contratos abusivos como peones porque esperaban esas expropiaciones). Usando, entre otras cosas, un cándido informe del propio Grant. Menos mal que un prusiano y ex-embajador de Estados Unidos en España [31] vino a poner orden con un informe opuesto y realista (Grant nunca se llevó bien con Carl Schurz, al que llamó “infiel, ateo, rebelde en su propio país [32], igualito que Jefferson Davis”).

Hay que decir que Grant se arrepintió en seguida, y muy pronto rompió con Johnson y sus planes. En parte para sustituirlos con los suyos, como por ejemplo intervenir en México para apoyar a los liberales de Benito Juárez y acabar con el Segundo Imperio Mexicano. El Departamento de Estado tuvo que pararle los pies. Pero en el conflicto entre un presidente demócrata y un Congreso tomado por los republicanos radicales, Grant (aunque afirmando “un militar debe ser apolítico”) estaba cada vez más cercano a los republicanos. También, porque Johnson se escoraba cada vez más a lo conservador, con vistas a ganar en 1868 uniendo al Sur con los blancos pobres del Norte, y de repente hablaba todo el rato de “derechos de los estados” (una fórmula usada antes de la guerra para justificar la esclavitud, después de la guerra para justificar discriminaciones legales, y hoy en día ni les cuento) y hacía la vista gorda ante ataques a comunidades negras. Aún no había una administración federal digna de tal nombre, así que el alcance del gobierno federal era básicamente el del ejército que ahora ocupaba el Sur. Es decir, Grant. Y Grant intervenía cada vez más activamente ante los desmanes de Johnson. En algún viaje que hicieron juntos por el Norte, las muchedumbres solían corear el nombre de Grant.

Legalmente, los estados del Sur habían perdido su estatus como tales para volver a ser territorios [33], y no lo podían recuperar hasta promulgar nuevas constituciones que los pusiesen en línea con la nueva legislación federal. A saber: derechos para los antiguos esclavos. Como además un quinto de los varones blancos del Sur habían muerto en la guerra y buena parte de los restantes estaban políticamente contaminados e inhabilitados, en algunos estados las convenciones estaban dominadas por ex esclavos negros, como en Carolina del Sur o Luisiana (donde un 20% de los delegados negros eran analfabetos, lo que la prensa supremacista vendía como “todos los que redactan nuestra nueva constitución son analfabetos”, amén de epítetos como “Convención del Congo”).

El caso es que con Andrew Johnson la Reconstrucción casi descarriló, y un Congreso republicano tuvo que pasar por encima de él en la tarea. El propio partido demócrata se negó a llevarle de candidato en 1868 (Johnson, que por cierto compró Alaska [34], aún logró ser senador en 1875, muriendo a los cuatro meses). Los republicanos, en cambio, no tenían dudas y nombraron unánimemente a Grant. Su victoria [35], enorme en electores, fue mucho más ajustada en votos (53-47). Y en buena medida la logró gracias al dominio temporal de los votantes negros: Grant (recordemos: el general que cinco años antes había mandado a Sherman a arrasar esos territorios) hasta logró ganar Arkansas, Alabama y las Carolinas. Texas, Mississippi y Virginia, en cambio, aún no pudieron votar.

 

Primer Mandato: Santo Domingo y el KKK

Desde el comienzo, Grant mostró lo que iban a ser las limitaciones y fallos de su presidencia. La primera, el secretismo: trató el nombramiento de su gabinete como si fuese un plan de batalla, no revelando nada hasta el último momento, y así salió: un secretario del tesoro que incumplía los requisitos legales (por una ley de 1796 no podía dedicarse al comercio; el Senado le ratificó igual), y Elihu Washburne ocupó la secretaría de estado durante solo cinco días (porque le hacía ilu haber sido miembro del gabinete; luego dimitió por motivos de salud para ser embajador en Francia). Y junto a gente comprometida con la Reconstrucción [36], muchos empresarios de éxito (algunos le habían hecho regalos en años anteriores, generalmente casas, que Grant aceptó sin problemas), y carguitos para familiares. Chernow no exculpa, pero intenta explicar: que sus fracasos habían predispuesto Grant muy favorablemente hacia gente que había logrado el éxito empresarial (en esto reflejaba el giro cada vez más conservador del partido republicano en lo económico), y que el haber dependido de familiares y amigos en sus años malos le hacía sentir en deuda con ellos, incluso con Confederados. Por otra parte, esto de los carguitos discrecionales venía de antiguo, y Lincoln ya lo había usado para forjar alianzas políticas, pero con él los historiadores suelen ser muy considerados, “qué listo y hábil montando una mayoría política para ganar la guerra”, mientras Grant no tiene el aura beatífica de los presidentes asesinados [37]. Sus ministros los escogió por “méritos” (es decir, éxito empresarial), y aunque a menudo eran competentes cada uno en su campo, no seguían una línea maestra y nunca formaron un buen equipo. Y la guinda costumbrista: su suegro, el Coronel Dent, ese confederado esclavista de los pies a la cabeza sin ningún arrepentimiento, se fue a vivir con ellos a la Casa Blanca, donde ponía su mecedora en el porche y acosaba con discursos políticos a quienes esperaban, asegurándoles que Grant en el fondo era del Partido Demócrata, “aunque él no lo sabe”.

 

“Mi ahijado es chavista, aunque él no lo sabe”

 

La situación de Grant empeoró muy pronto con la muerte del Secretario de Guerra, John Aaron Rawlins [38]. Este señor, que les he ocultado para acortar, fue jefe del estado mayor de Grant durante casi toda la guerra, y esencial en “hacer” a Grant. Rawlins era su contrapunto, su confidente, el que le decía cosas a la cara que nadie quería decirle, más implacable que Julia en combatir su alcoholismo, y un entregado seguidor de diente torcido que protegía a Grant de toda la malicia que este no veía. Sin él, la Administración Grant se convirtió en el coto de caza de los aprovechados.

Y de estos hubo unos cuantos. 1870 marca máhomeno el nacimiento de la Edad Dorada [39] (una expresión de Mark Twain, quien quería indicar que la presente edad no era de oro, sino que todos los problemas y miserias se tapaban y doraban con una fina capa de oro), una época en que el turbocapitalismo de los capitanes industriales se hizo definitivamente con el poder político en Estados Unidos. Gentes como Andrew Carnegie, E.H. Harriman, Cornelius Vanderbild, Andrew Mellon, J.P. Morgan o John D. Rockefeller estaban amasando fortunas que hacían a los monarcas de Europa parecer pordioseros, con William James [40] sentando las bases filosóficas (“solo es verdadero aquello que funciona”). Simpáticos y aguerridos emprendedores a los que el pueblo, en su infinita y comunista ignorancia acerca de cómo se crea la verdadera riqueza, puso el mote de “Barones Ladrones [41]“, y a los que Grant se enfrentó con la candidez de un cordero pidiendo diálogo frente a una manada de lobos.

En lo que no le tembló la mano fue en luchar por hacer real los nuevos derechos civiles en el Sur. Los supremacistas no aceptaron que sus antiguos esclavos ahora fuesen sus iguales, e iniciaron campañas con todos los medios legales e ilegales para devolverlos a su sitio. El Ku Klux Klan mató a miles de negros y republicanos blancos, pero los jueces y autoridades locales no movieron un dedo y muchos de esos crímenes no fueron perseguidos. Aquí Grant intervino con mano de hierro, mandando al ejército al Sur y ordenando a las autoridades federales que tomaran cartas en el asunto, por encima de las autoridades locales y los “derechos de los estados”. Actuaciones muy polémicas, y la insistente campaña mediática “igual el KKK se pasa un poco, pero Grant es un tirano que desautoriza estados y apoya a negros analfabetos como gobernantes y jueces” acabaría por permear en el norte. Sí, pásmense: los mismos que habían hecho una guerra con medio millón de muertos contra una rebelión se mosqueaban con que se sentaran precedentes de uso del artículo 155 solo por unos cuantos negros muertos.

La compasión de Grant por los negros, sin embargo, no se extendía a los nativos americanos, más allá de vagas proclamas de planes CCC -cristianismo, civilización, ciudadanía- mientras en la frontera las últimas tribus libres eran masacradas para tomar sus tierras (con el entusiasta apoyo de Sherman y Sheridan, que decían abiertamente que el único indio bueno era el indio muerto). Grant no veía contradicción entre pedirles a los indios que entendiesen que no se puede ir por la vida de salvajes, sin respetar las LEYES Y TRATADOS que nos dimos entre todos, y por otra parte anunciar que el tratado firmado con ellos que convertía los Black Hills [42] de Dakota en su territorio sagrado era papel mojado en cuanto allí se encontró oro [43], “es que me tenéis que entender, ¿cómo voy a parar a todos esos mineros que van allá, a tiros?” Normal que los indios se rebelasen y se cargasen a todo el séptimo de caballería [44]. Derrota causada por el descuido de Custer… e indirectamente por Grant, que primero le retiró el mando (por bocazas; el “general Custer” en realidad solo era coronel, pero había sido general de voluntarios durante la guerra de secesión y cuando podía se vestía con insignias de general) pero luego se lo devolvió.

En política exterior, Grant era un ingenuo expansionista que creía que Canadá o Santo Domingo [45] esperaban con los brazos abiertos la llegada de los Estados Unidos. El Senado, que con Andrew Johnson se había acostumbrado a gobernar por encima del presidente, le dio unos cuantos rapapolvos en este tema. Acostumbrado al ordeno y mando del ejército, Grant se lo tomó bastante mal y le hizo insistir tercamente con lo de Santo Domingo, convirtiendo una simple derrota parlamentaria en un espectáculo casi humillante.

 

“Que os digo que Santo Domingo es un paraíso, que nos están esperando para que les llevemos nuestra avanzada civilización, que votéis a favor de una vez.”

 

Para muchas cosas, Grant habría sido un presidente excelente de Ciudadanos: mano dura con las rebeliones y rendida admiración por “los emprendedores”, combinado con políticas cuqui para minorías siempre y cuando no cuesten dinero o impliquen redistribución de la riqueza: Grant nombró a los primeros embajadores negros del país, al primer gobernador judío de un territorio (este le salió corrupto [46], pero le ayudó a escaquearse), a los primeros nativos americanos en cargos importantes… Lo de aplicar reiteradas veces el 155 para evitar que se pierda lo ganado en la guerra civil no lo vamos a poner en su casilla naranja, pero tampoco faltarán fans españoles.

 

Segundo Mandato: La Gran Depresión

Pese a todo, en 1872 fue reelegido sin demasiados problemas: la memoria de la guerra aún estaba reciente, y pese a la corrupción Grant era percibido como un hombre honesto. Y había prosperidad; en agosto de 1873, su secretario del tesoro publicó un elocuente escrito describiendo como todo iba de puta madre. Bueno. Apenas un mes más tarde, los primeros ferrocarriles empezaban a quebrar. Y como la economía se había sustentado en una burbuja especulativa sobre el ferrocarril, esto arrastró a los bancos y a la bolsa. Pronto empezaron las quiebras bancarias, y en Nueva York un 25% estaba en paro.

Tradicionalmente, los presidentes no eran considerados “responsables” de la economía, Grant fue el primero. La gente esperaba de él que hiciera algo, pero Grant solo agravó la situación. Verán: Lincoln había abandonado el patrón oro durante la Secesión para poder financiar la guerra con moneda impresa, los “greenback”. Estos seguían siendo usados, aunque Grant como “sencillo hombre de campo con sentido común” era en general partidario del patrón oro. De modo que cuando el Congreso aprobó una ley (conocida popularmente como “ley inflación”) para aumentar en 44 millones la moneda en circulación y así estimular la economía, Grant la vetó y volvió de facto al patrón oro. Con el apoyo entusiasta de todos los grandes empresarios y banqueros, que le aclamaron como a un verdadero hombre de estado, y de los europeos, que mantuvieron sus inversiones, pero condenando al hombre común a 5 años de una crisis durísima que fue llamada la Gran Depresión (60 años después otra crisis aún mayor [27] le iba a robar el título), seguida de hasta 20 años de crecimiento anémico [47]. Normal que en 1874 los demócratas arrasaran en las midterms.

Y continuamente estallaban escándalos. El de Jay Gould [48] (“los hombres siempre han deseado el dinero, pero Gould les enseñó a arrodillarse y adorarlo”) y la especulación del oro [49]. Más chollitos y carguitos para familiares. El secretario personal de Grant, Orville Babcock, metido en la evasión de impuestos del whisky [50]. La expresión “grantismo [51]” entró en el vocabulario popular, aunque a Grant se le veía como un incapaz engañado por los que le rodeaban, a los que encima se negaba a dejar caer hasta que las evidencias eran abrumadoras.

Total, que estaba quemado, y tuvo la dignidad de que saliera de él el no presentarse en 1876 (para cabreo de Julia, que había disfrutado sobremanera siendo durante ocho años la reina de Norteamérica). El candidato republicano, Rutherford B. Hayes, le parecía demasiado tibio con la Reconstrucción, y no hizo campaña por él. Cosa que le vino muy bien al partido: cuando llegaron las elecciones [52], el demócrata Tilden logró un cuarto de millón de votos más y se aseguró 184 votos electorales. Hayes solo tenía 166… pero faltaban los 19 votos de Luisiana, Florida y Carolina del Sur, puestos en duda por los republicanos por la supuesta violencia ejercida sobre los votantes negros. Desde su atalaya “no-partidista-Hayes-no-es-mi-candidato”, Grant montó una comisión salomónica de cinco congresistas, cinco senadores y cinco jueces del Supremo. Los comisionados, ocho republicanos y siete demócratas, determinaron por ocho a siete que los 19 votos electorales eran para Hayes (alias “Rutherfraud Hayes” y “Su Fraudulencia”), quien logró así 185 votos y la presidencia (la violencia fue totalmente real, por otra parte, pero no se puede negar que las formas quedan feas). Para aplacar los ánimos, se comprometió a servir un solo mandato y a terminar con la Reconstrucción.

 

“La mitad de lo que Grant ganó en Appomattox, Hayes lo tiró para ser presidente.”

 

Los ocho últimos años

A Grant le quedaban ocho años de vida, pero con 55 no se sentía viejo aún, y decidió darse un capricho y realizar un gran viaje de dos años y medio alrededor del mundo [53]. Londres (donde cenaron con la Reina Victoria; Julia, que le dedicó a este viaje un tercio de sus memorias, le explicó a Victoria que ellas eran “iguales”), Paris, Egipto, Jerusalén, Constantinopla, Atenas, Berlín (donde se entrevistó con Bismark y al parecer hubo mucha química), San Petersburgo, Viena, Madrid (donde acompañó a los reyes a la ópera pero a los cinco minutos tuvo que irse porque le parecía insoportable, prefiriendo pasear de incognito por las calles de Malasaña)… Viendo que les gustaba recibir honores y con ganas de más, salieron hacia Oriente: la India (donde Julia afirmó que el Taj Mahal no estaba mal, pero que quien dijera que aquello era lo más hermoso del mundo era que no había visto el Capitolio en Washington), China y Japón (Grant hizo algo de intermediación entre ambos), y retorno a Estados Unidos vía el Pacífico. En todas partes y a la vuelta, enormes muchedumbres acudían a verle: era genuinamente popular, una superestrella política. Largas crónicas de su viaje le mantuvieron vivo en la prensa. Y llegó justo cuando había que ir pensando en quién sería el candidato republicano de 1880.

Y a Grant le salió el prurito. ¿Porqué? Chernow tampoco lo sabe con certeza, pero apunta a una combinación de me-he-entrevistado-con-los-líderes-mundiales-y-he-aprendido-mucho, Julia dándole la tabarra, la ausencia de una pensión (había tenido que renunciar a su pensión militar para poder entrar en política, y los presidentes no recibían nada), y que le prometieron que era pan comido. Así que no dijo que no, pero -al igual que en 1868- tampoco hizo nada activamente para conseguirla, pensando que le aclamarían porque-yo-lo-valgo. Y en la convención republicana, su nombre fue el más votado en la primera ronda… pero sin la mayoría. Empezó entonces uno de esos espectáculos políticos americanos que a veces te parecen la encarnación de la belleza de la democracia en acción, y otras te hacen desear un Stalin coletudo imponiendo orden, según tus preferencias. Sucesivas votaciones siguieron sin dar mayoría, y de repente apareció un nombre en el ambiente, James A. Garfield, creciendo vuelta a vuelta hasta que en la trigésimo sexta votación logró la mayoría. Grant perdió porque fue percibido por una mayoría como un simple moñeco en manos de los peces gordos del partido, aunque dichos prebostes lograron colar a un títere, Chester Arthur, como vicepresidente (Arthur era el jefe de las aduanas de Nueva York [54], considerado el mayor nido de corrupción federal). La pareja ganó por la mínima el voto popular [55], y como a Dios le gustan los juegos de azar, Garfield fue asesinado a los pocos meses y Arthur llegó a presidente, siendo tan inútil que en 1884 al fin ganó un demócrata.

Volviendo a Grant, estaba sin empleo y sin demasiado dinero. Aceptó cargos en consejos de administración, pero se quejaba que sus ingresos no le permitían vivir en una gran ciudad. Unos empresarios le regalaron 100.000 dólares (el salario anual del Presidente eran unos 50.000) – y Grant siguió teniendo problemas porque se lo gastó todo en un casoplón en Manhattan. Sí, inmobiliariamente Nueva York estaba más imposible en 1880 que en 1990 [56]. Grant nunca tuvo problemas en aceptar estos regalos, los consideraba un justo pago a sus sacrificios al servicio del país.

 

“Al negarse a facilitarle a un joven amigo un puesto público, hizo el revelador comentarios que “lo peor que se puede hacer por un hombre joven es conseguirle un puesto en la administración. Tales trabajos solo sustentan a un hombre mientras lo ejercen, y le inhabilitan para la batalla de la vida cuando los deja.” “

 

En este punto de su vida, Grant se soltó doblemente el pelo: empezó a dar discursos políticos a mansalva en apoyo de Garfield, y decidió que ya podía dedicarse a “los negocios” sin temer el qué dirán. Él, que nunca había autorizado que se usara su nombre para nada, abrió una empresa de inversiones con Ferdinand Ward [57], un socio de su hijo. Ward & Grant ofrecía intereses de ensueño, y Grant metió allí todo su dinero e incluso convenció a sus familiares de que le acompañaran. Todo ello sin meterse en detalles, sin comprobar las afirmaciones de Ward, sin ningún control. ¿Porqué? Pues por candidez y porque vivir entre todos esos Barones Ladrones emprendedores de éxito de la Edad Dorada le hizo pensar “si es muy fácil, todos lo logran, unas pocas inversiones rindiendo al 25% y eres rico, ¿porqué yo no?” Pero Ward, un sociópata narcisista, había montado un esquema Ponzi de libro, y cuando se le acabó la cuerda logró no solo que Grant le diese aún más dinero, sino que juntos fueron a ver a William Vanderbildt, que puso 150.000 dólares más solo porque Grant en persona se los pidió “para superar un mal momento puntual”. A los pocos días, todo se descubrió, y Grant estaba completamente arruinado (a Vanderbildt le ofreció su casoplón en compensación, que este aceptó siempre y cuando Grant y Julia continuasen viviendo allí mientras lo necesitasen). Y con él toda su familia y muchos amigos. Para completar la caída, Grant había engordado hasta los 100 kilos, se había roto la pierna en un resbalón sobre una acera helada, y en 1884 le encontraron un cáncer de lengua y laringe. Los médicos le dieron un año de vida, y le prescribieron inyecciones diarias de cocaína para aliviar el dolor. Inyecciones a las que Grant acudía… en transporte público, tan arruinado estaba. La caída definitiva [58].

Para recuperar algo, Grant accedió por primera vez a dar su propia versión de la guerra en unas memorias en las que trabajó febrilmente durante sus últimos meses de vida, acabándolas casi con su último aliento (publicadas por Marc Twain, le dieron a Julia el equivalente a 12 millones de hoy en royalties). Así, con solo 63 años, arruinado, usuario del transporte público, odiado por casi todo el Sur blanco y renegando de él medio partido republicano que quería hacer negocios y no andar todo el día con que si la esclavitud del abuelo y la guerra de nosequé, en una cabaña rural [59] donde veraneaba gracias a la caridad de un banquero neoyorquino, dejó Ulysses S Grant este valle de lágrimas.

 

Valoración

No murió olvidado: millones de personas acudieron a su funeral, sale en los billetes de 50$, y tiene el mausoleo más grande [60] de Norteamérica y un memorial [61] a los pies del Capitolio. Pero la memoria se centra en su condición de militar ganador, no en su presidencia. Y el paso del tiempo lo ha empeorado: la Reconstrucción fue un fracaso, y Grant un fracasado en los negocios que no pudo evitar la Gran Depresión de 1873. Dicho con psicología de barra de bar: desde la Edad Dorada, el evangelio cívico de los Estados Unidos es el éxito, individual o como nación, el optimismo, el ir siempre a más. El manual de autoayuda elevado a religión de reemplazo. Tres cuartos del éxito de Trump [62] radicaron en verlo. Ni la fracasada Reconstrucción ni el emprendedor fracasado de Grant encajan en ese relato, es más, les recuerdan que ahí hay un problema que nunca se resolvió y en cierto modo persiste hasta hoy. Y es una anomalía: no fue el presidente que nació más pobre (el “nací en una cabaña de troncos” era el “tengo master en Harvard” de los políticos estadounidenses de finales del siglo XIX), pese a sus fracasos siempre pudo recurrir a la familia (Andrew Jackson [63] las pasó igual de reputas, pero siendo huérfano con 13 años), pero es el que más pobre murió. Y ni siquiera fue por una monacal renuncia al vil metal, sino porque metiéndose a tope en el espíritu de hacerse rico rápidamente de la época salió escaldado y lo perdió todo. Pecado mortal en una nación que cada vez los elige más ricos [64], culminando actualmente en un presidente cuya fortuna supera a la de todos los anteriores juntos.

Su personalidad fue y es un misterio. Tras mil páginas lo sigue siendo para mi (confieso que el principal atractivo del libro, aparte de pillarlo de oferta, fue una crítica [65] de un cripto-confederado que le describía como izquierdoso tirano marxista), y ya lo era para sus coetáneos, incrédulos ante la extraña mezcla de fortalezas y debilidades del hombre. Desde Franklin Roosevelt, todos los presidentes tienen que sonreír y vender optimismo todo el rato, los anteriores son un poco más normales, pero incluso entre ellos Grant destaca por su actitud perennemente tristona y resignada, aplastado por las obligaciones.

 

Aguafiestas In Chief.

 

Su gran frustración fue que, pese a todos sus esfuerzos, no logró hacer efectiva la gran conquista de la guerra civil, la liberación de los esclavos. Pese a que durante un tiempo los libertos, en alianza con republicanos blancos, habían dictado la política del Sur, al cabo de unos años los supremacistas volvieron a estar en el machito, inventándose nuevas discriminaciones y formas de servidumbre legales. Con la cada vez mayor indiferencia del norte, e incluso con el abierto apoyo del partido demócrata, para desesperación de Grant. Los negros se convirtieron en minorías vigiladas y políticamente indefensas… pero como ahora ya contaban del todo [24] de cara a asignar escaños y votos electorales, eso incrementó vastamente el poder político [66] de los supremacistas blancos. Hizo falta casi un siglo hasta que el Movimiento de los Derechos Civiles empezara a corregir los peores excesos. Hillary Clinton no logró rascar ni un solo estado en el Sur, que fue la base de la victoria de Trump. Para bien o para mal, la imagen de Grant está asociada a la imagen de la Reconstrucción, y la Reconstrucción fracasó: los derechos de los negros solo podían hacerse efectivos con una ocupación militar permanente, que se había hecho políticamente imposible, y con una reforma agraria para hacer efectiva la libertad económica, pero Grant no se atrevió a llegar a tanto, para no arruinar el “espíritu de Appomattox” (que es el “espíritu de la Transición” de allí).

Pese a que los historiadores insisten en que no era tan malo, e incluso aceptablemente bueno para la época, esto no ha logrado calar en el gran público, y ahí ha quedado, condenado a los chistes de borracho mientras Robert E. Lee tiene su propio día [67], abundantes monumentos [68], una inmerecida reputación de Señor y Caballero, y alabanzas de Trump [69]. Súmenle las prácticas políticas del partido republicano para desarmar al Sur apoyadas por Grant, que vistas desde una perspectiva más civilizada quedan un poco feas, y hasta resulta comprensible un cierto “oh, no, eso no lo queremos aquí, eran otros tiempos, ahora somos civilizados”.

Lo cual es una pena, porque la evolución de los últimos 40 años nos ha dejado una situación muy similar a 1860: una minoría (no tan pequeña como los esclavistas pero claramente minoritaria) de Boomers e intereses rentistas y corporativos [70], organizada alrededor del partido republicano y vertebrada en torno a batallitas culturales, está gobernando el país a su gusto –y a menudo en contra de la mayoría- merced a distritos electorales amañados [71], exclusión de votantes [72], meter a jueces en el Supremo sin esperar siquiera a que se enfríe el cadáver del anterior, y buscar descaradamente la mayoría en el Colegio Electoral a despecho de los votantes. Desde 1988, solo han ganado el voto popular en las elecciones presidenciales de 2004 [73], y eso fue con Bush ya de presidente. Algunos ya dicen abiertamente que “Estados Unidos es una república, no una democracia [74]”. Y los demócratas, a verlas venir y venga bipartidismo y las formas, siempre las formas. Biden/Harris han errejoneado en esta campaña más que Lincoln en sus mejores tiempos, pero no van a sacar ninguna Proclamación de Emancipación, así que si hay algún fracasado borracho esperando su hora en Galena, Illinois, que por favor salte a la palestra.