Del Capitán Khan a la Operación Kitchen

Siempre me ha gustado mucho leer cómics. De pequeño, devoraba cualquier cómic que cayese en mis manos. Mi abuelo, con gran visión de futuro, me había comprado un montón de tebeos de Bruguera (Pulgarcito, DDT, Mortadelo, Zipi y Zape, y un larguísimo etc), los había encuadernado y me los regaló tan pronto como tuve uso de razón. Desde entonces, me pasé tardes leyendo cómics compulsivamente, hasta que mis padres me mandaban a dormir, e incluso después (con ayuda de una linterna o la luz del pasillo).

De todo lo que leí, mis favoritos siempre fueron, en cuanto a los tebeos españoles, Mortadelo y Filemón. No soy nada original, lo sé: la mayoría del selecto público de Bruguera (y, después, Ediciones B) se decantaba por estos dos agentes secretos insondablemente chapuceros que tan bien reflejaban las dinámicas, entonces y ahora, tan habituales en nuestro país, dado a la improvisación y a poner parches que se despegan y caen poco después de aplicarlos.

Pues bien: habrá que llegar a la conclusión de que Francisco Ibáñez, autor de los tebeos de Mortadelo (y de muchos otros personajes), a diferencia de lo que cabría esperar en un principio, basaba sus historias en hechos reales, como los telefilmes de sobremesa. Porque cada acercamiento que hacemos al mundo de los servicios secretos españoles, los fondos reservados, las fuerzas de seguridad en misiones especiales y, en definitiva, “Las Cloacas” del Estado, nos depara historias más inverosímilmente ridículas [acceso al artículo completo]


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