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“Weimar 1918-1933” – Heinrich August Winkler

“La historia de la primera democracia alemana”

¡Ah, Weimar! Crisol y fetiche de obsesiones LPD [1]. El ejemplo paradigmático de la “democracia fracasando”, al que todos acuden para sacar lecciones. Y realmente pueden acudir todos, porque en la turbulenta, contradictoria y confusa historia de la República de Weimar hay de todo. Dicho nombre, por cierto, le fue otorgado a toro pasado tras la Segunda Guerra Mundial [2] (aunque ya había sido usado despectivamente por sus detractores en los años 30), el nombre oficial del estado alemán era “Deutsches Reich”, informalmente se usaba también Deutsche Republik (el primer artículo de la constitución decía un poco confusamente “el Reich alemán es una república”). La Historia, también la de Weimar, se escribe con un Punto de Fuga, que en Alemania solía ser 1945 (alternativamente: 1933), cosa que ha condicionado toda evaluación histórica del engendro. Recientemente se ha añadido uno nuevo: 1990. La presente obra (de 1993) hay que entenderla pues como un nuevo recorrido de la historia de Weimar usando este nuevo punto de fuga, ofreciendo nuevos enfoques para las generaciones que vivirán en la Alemania unificada, ahora que esta ha logrado al fin ser un estado-nación “normal”. Una situación a la que Alemania ha llegado por caminos, por así decirlo, tortuosos, lo que ha llevado a la teoría del Sonderweg [3], del “camino particular” de Alemania para ser una democracia occidental normal. Bueno, pasados 30 años el nacionalismo alemán solo se manifiesta en su imperio euromonetario y ganando Mundiales de fútbol, así que quienes somos para contradecirle.

 

Winkler tiene ideas propias sobre dicho Sonderweg.

 

Heinrich August Winkler es un intelectual orgánico, es decir, aquí sería un señor que desde una supuesta independencia nos explica vía columna en El País/ABC que vivimos en el mejor de los mundos, y que vivan Campechano, su hijo, y el espíritu de la Santa Constitución, origen y misterio uno y trino de nuestra democracia. Winkler, bendecido por el establishment alemán (en 2015 dio el discurso principal en el Bundestag con motivo del 70 aniversario del final de la Segunda Guerra Mundial [2]), sin embargo, viene avalado por largos años dedicados al estudio y por una evolución cuanto menos interesante: nacido en el Königsberg [4] prusiano en 1938, huérfano de padre al año siguiente, y refugiado cuando el Ejército Rojo expulsa a los alemanes de Prusia. Como buen Vertriebener [5], militaba en la CDU desde la más tierna infancia, pero en 1961/62 –en plena hegemonía conservadora, y muchos años antes de que los socialistas tocaran poder- se da de baja e ingresa en el SPD, al que está asociado desde entonces. Y bueno, al margen de esto, que el hombre escribe y analiza de forma relativamente crítica incluso en unos tiempos actuales que son seguramente los mejores que ha vivido Alemania en toda su historia.

 

“Orden y moderación”

De los comienzos de Weimar y la revolución que trajo la república [6], ya hemos hablado por aquí. Winkler en general sigue la línea de Niess, resumida en “el SPD hizo más o menos lo que debía”. Es cierto que cuando leemos este periodo, parece que el SPD, ante cada disyuntiva, se pregunta “¿Qué dirían los editorialistas de El Mundo y el ABC?”, y actúa en consecuencia (nota bene: como esto puede parecer excesivamente ofensivo para el SPD, aclaramos que hablamos de los editorialistas de 2020; lo que hubiesen pedido dichos editorialistas en 1920 preferimos no pensarlo). Es decir, se preocupan muchísimo por mantener la paz, el orden y la unidad nacional, dejan en pie todo el andamiaje administrativo y económico del Reich Guillermino, y recurren a organizaciones paramilitares de derechas, los Freikorps [7], para aplastar levantamientos de la extrema izquierda, de la que se distancian desde el principio. Todo ello, hay que decirlo también, con el apoyo abrumador de la clase trabajadora, que los considera “su” partido, y que hasta la Gran Depresión les va a dar el doble de votos que al KPD, el partido comunista. Tampoco tienen cuadros medios capaces de dirigir la administración, y la moderación les permite pactar con partidos burgueses una constitución con amplio apoyo social (es común la distinción entre “partidos de derechas” y “partidos burgueses” en la politología alemana, que retóricamente ayuda a no caer en la trampa “todas las derechas son iguales y fachas”, y la verdad es que podríamos introducirla también aquí). Las revueltas de extrema izquierda, nacidas en imitación de lo que ocurría en Rusia, nunca tuvieron el apoyo suficiente para triunfar – y de haberlo hecho, recuerda Winkler, podemos estar seguros que americanos, británicos y franceses hubiesen invadido inmediatamente Alemania (como ya estaban interviniendo en la Guerra Civil Rusa). Con el apoyo de las derechas, natürlich, besser tot als rot. El resultado hubiese sido una guerra civil en Alemania y un país ocupado y destrozado, y evitar esto era el principal objetivo del SPD. Es decir, que tampoco tenían mucho margen para “hacer cosas”, aunque Winkler concede que ni siquiera aprovecharon del todo ese pequeño margen (lo más obvio, nacionalizar la industria del carbón y montar milicias populares [8]). Como lo expresó Max Cohen [9]: “no podremos aplicar más socialismo del que quiera la mayoría del pueblo”.

 

 

[Flash forward: pese a su empeño en situarse en posiciones que hoy llamaríamos “centro moderado” (que en aquel momento eran bolivarianismo puro para la caverna), la cosa acabó como acabó: Friedrich Ebert nunca dejó de ser despreciado por la derecha como “ese talabartero que llegó a jefe de estado”. Otto Wels [10], Hilferding [11] y Kautsky [12] murieron en el exilio. 40 diputados [13], a manos de los nazis. A Gustav Noske [14], en cambio, que tan entusiastamente (“uno de nosotros tiene que ser el perro de presa, a mi no me asusta la responsabilidad”) había usado los Freikorps para aplastar con violencia desproporcionada cualquier levantamiento, los nazis al principio le dejaron tranquilo… para luego jubilarle usando la Ley Para la Restauración de la Función Pública [15] (una ley nazi vendida como “¡solo queremos profesionalizar la administración, quitar carguitos a dedo y despolitizarla!”, y que luego sirvió principalmente para quitar a rojos y judíos de en medio), y meterle en 1944 en un campo de concentración.]

 

Reforma social y constitución

La vía reformista, al menos, logró su objetivo: estabilizar el país. Y trajo avances, el principal el sufragio universal. Incluyendo a las mujeres, una medida duramente criticada desde la derecha y el catolicismo político porque “¡esos frágiles e ingenuos seres se creerán todas las mentiras buenistas de la izquierda y votarán a los radicales!” (una crítica muy común en todos los países al introducir dicho voto, el perrenque en todo caso solo duró hasta que vieron que las mujeres votaban mayormente a la derecha y al catolicismo político; eran los hombres, radicalizados por cuatro años de comer mierda en trincheras infectas para nada, los que votaban radikal). Especialmente “masculino” era el voto al NSDAP y al KPD (el cual, ironías de la vida, fue el único partido de Weimar donde algunas mujeres –Fischer [16], Zetkin [17], Luxemburgo [18]– llegaron a pintar algo). El voto fue en cierta medida una “compensación” a las mujeres, que fueron despedidas masivamente de sus puestos de trabajo para hacer sitio a los soldados repatriados, y así asegurar una transición suave desde la economía de guerra. Se obligó a las empresas a readmitir a todo trabajador que hubiesen tenido a día 1 de agosto de 1914, y se introdujeron comités de empresa y la jornada de ocho horas. Y ya. Como buenos marxistas en la línea de Engels y Bernstein, los dirigentes del SPD eran reformistas pata negra y no creían que se pudiese forzar una transición al comunismo si la sociedad no estaba preparada, y con el sufragio universal creían haber sentado la base para que dicha transición se realizase de forma pacífica a treinta años vista. Al menos empezaron a crear un sistema impositivo más avanzado y centralizado [19].

Pero todo esto eran menudencias, comparado con la gran patata caliente que se tuvo que comer el primer gobierno de Weimar: la ratificación de Versalles en mayo de 1919, incluyendo el artículo 231 [20], donde se constataba la sola culpa de Alemania en desatar la guerra. La noticia cayó como una bomba… por culpa, otra vez, del exceso de cautela: tras tomar el poder, el gobierno mandó al chico listo del USPD [21], Karl Kautsky [12] (quizás lo conozcan por su beef con Lenin [22]), a los archivos imperiales para hacerse una idea de los tejemanejes ocurridos en 1914 [23]. Kautsky hizo un informe bastante honesto (“Alemania jugó con fuego al empujar a Austria-Hungría a declarar la guerra a Serbia”), pero el gabinete se dividió entre quienes querían sacarlo todo afuera y echarle la culpa al Káiser como habían hecho los bolcheviques nada más llegar [24], y quienes pensaban que “la gente no está preparada”, que prevalecieron. Al ocultar las cagadas en cierto modo las hicieron suyas, aceptando las tesis de que había sido “una legítima guerra preventiva en defensa de la patria”. Con lo que las exigencias de Versalles pillaron a los ciudadanos, que esperaban una paz honrosa basada en los puntos de Wilson [25], totalmente por sorpresa: pérdida de territorios por la “autodeterminación de los pueblos”, prohibición de reunificación con Austria y los Sudetes pese a la “autodeterminación de los pueblos”, emasculación militar, y reparaciones justificadas con la “sola culpa” alemana. Las voces sensatas, que apuntaban que, una vez desatada la guerra, Alemania había mantenido la lucha para imponer resultados similares a su favor (imponiéndolos, de hecho, en Brest-Litovsk [26]), fueron silenciadas. Ante una comisión parlamentaria, Hindenburg puso en boca de un –desconocido- general inglés que el ejército alemán había sido apuñalado por la espalda. Que Friedrich Ebert [27], primer presidente del Reich, hubiese saludado a tropas repatriadas con la frase “ningún enemigo os venció”, no ayudó (y que Paul Hirsch [28] dijese “antes muertos que eslavos” aún menos). Aun así, se logró una mayoría para su ratificación, dada la incapacidad para parar un nuevo ataque militar. Con la “vergüenza de Versalles” y la “puñalada por la espalda”, la derecha ya tenía su plataforma montada.

 

“Husmear en los archivos, dicen.”

 

Al margen de todo esto, además, en agosto de 1919 se aprobó la nueva constitución. Su padre ni siquiera fue un socialista sino un miembro del DDP [29] (para completar la ética de la responsabilidad [30], tenía a Max Weber como asesor). La bandera pasó a ser la negra-roja-dorada, reminiscente de las revoluciones de 1848 (como la derecha no quiso tragar con ella, el SPD consideró aliarse tácticamente con el USPD para pedir la bandera roja de la revolución), aunque se retuvo la negra-blanca-roja como enseña naval [31]. Winkler desgrana ampliamente la constitución, señalando sus puntos más flojos: se quiso reforzar al parlamento a costa del gobierno, que quedó como una veleta (hubo 21 gabinetes en 14 años [32]); peor aún, esto se intentó compensar otorgando enormes poderes al presidente elegido por sufragio universal directo en doble ronda, y con un larguísimo mandato –siete años- que dificultaba su control democrático. Los partidos políticos (y al no haber un umbral en la ley electoral, eran normales parlamentos con diez o más grupos) siempre podían ganar puntos entre sus votantes con posiciones maximalistas, con la seguridad que el presidente ya intervendría para que la cosa no se saliese de madre. Presidente que quedaba así convertido en esa gran autoridad “por encima de los partidos y del feo juego político”: la alfombra roja para un autoritarismo basado en datos, con un artículo 48 [33] de propina que deja a nuestro 155 en pañales (una ley orgánica debía detallar dicho artículo, pero nunca llegó a redactarse, dejando borrosa la frontera entre “normalidad” y “estado de excepción”), y con la capacidad presidencial de emitir decretos de emergencia (la base para los posteriores Führerbefehle [34]). Un compromiso cuyas costuras no se verían hasta 11 años después; hasta entonces unos cuantos artículos sobre iniciativas populares y referéndums permitirían al SPD sacar pecho con “la democracia más democrática del mundo”.

 

En las mentes de los padres de la constitución aún pervivía la idea de que el jefe de gobierno debía representar a todo el pueblo y pensar en los intereses generales. Por su incomprensión de las tareas representativas de un parlamento, crearon una constitución autoritaria-plebiscitaria. Un pueblo que no le fía a su parlamento la capacidad de representarle sufre un complejo de inferioridad democrático. La constitución supuestamente más democrática del mundo era el resultado de planteamientos autoritarios.

 

Los extremos

Las derechas de Weimar (que, insistimos, hay que diferenciar de los partidos “burgueses”) empezaron muy chiquitas, y al no tener responsabilidad trolearon a gusto: votaron contra Versalles, contra la constitución, contra la bandera negra-roja-dorada, y en general contra la Judenrepublik, a la que creían perfundida de “judaísmo”, un término vago para englobar todo lo que no les gustaba. No sé, piensen en “populista” o “socialcomunista”. Especial atención le daban al nuevo ejército, la Reichswehr, que a estas alturas se constituía básicamente de Freikorps, y de donde iba a salir el principal desafío de derechas de estos años: el golpe de Kapp [35]. Este golpe fracasó porque no tenía un gran movimiento de masas detrás: sus impulsores eran prebostes de la época del Káiser, y creían que bastaría con reafirmar LA AUTORIDAD para que todo volviese a ser como antes. Pero los tiempos habían cambiado, y una huelga general paralizó Alemania y paró el golpe. Posteriormente, el SPD ¡al fin! empezó a purgar la administración de funcionarios desleales, sobre todo en Prusia, creando la afamada Prusia [36] Roja, “baluarte de la democracia [37]” y sustento de la república, derrotada no en las urnas sino en los despachos [38], snif.

 

La ideología que la derecha oponía a la supuesta disolución pluralista del estado era un nacionalismo radical. En el lugar de la sociedad dividida debía ponerse la nación unida. Un nacionalismo integral era, por tanto, la respuesta a marxismo y liberalismo. El segundo se veía como condición para la aparición del primero, que era visto como el enemigo principal. Nadie asumió este uso del nacionalismo alemán de forma más clara que Adolf Hitler [que escribió en 1924]: “el internacionalismo marxista solo será quebrado por un nacionalismo fanático y extremista de la más alta ética social y moral. No se le puede quitar al pueblo el falso ídolo del marxismo sin darle otro Dios mejor a cambio… Reconocer y aplicar esto consecuentemente es el gran mérito de Benito Mussolini, que en el lugar del marxismo internacional a extinguir puso el fanático fascismo nacional […]”

 

En la izquierda, el USPD volvió en 1922 al seno del MSPD (“SPD mayoritario”, o SPD a secas), pero importantes bloques se irían al KPD, que ahora iba a intentar en las urnas lo que era evidente que no lograría en las barricadas. El golpe de Kapp había llevado a una importante reacción “roja” [39] en la zona industrial del Ruhr con su Ejército Rojo y todo [40], que el gobierno del SPD (una vez derrotado el golpe, del que Kapp [41] y Lüttwitz [42] salieron con una amnistía y sus pensiones garantizadas) acabó aplastando mediante Freikorps que causaron verdaderas matanzas, saltándose órdenes directas desde Berlín. Ahí se fue cualquier “unidad de la clase trabajadora” para el resto de Weimar. Fue también el fin de “la revolución [6]”, el último intento de cambiar las estructuras del estado mediante una insurrección masiva.

Las siguientes elecciones tras el golpe, en junio de 1920, trajeron una polarización en ambos lados. La “coalición de Weimar” (MSPD, Zentrum, DDP) perdió la mayoría para siempre, y para mantenerse tuvo que abrirse a los liberales de derechas del DVP [43], que se habían llevado la mitad de los votantes de los liberales de izquierdas del DDP. No obstante, pese a sus troleos anteriores, una vez pisaron moqueta el DVP y su líder Stresemann [44] se mostraron leales a la república.

 

Como dijo un diputado del DDP: “en 1919 la militancia en el DDP se percibía como seguro ante una temida Noche de San Bartolomé; en 1920 la militancia en el DVP se percibía como seguro contra confiscaciones”.

 

El consiguiente gobierno burgués, tolerado por el SPD, fue el que inició acercamientos ¡a la Rusia soviética!, metida en ese momento en una guerra con Polonia [45], bajo el razonamiento de que Alemania no volvería a ser “grande” si no se repartía Europa Oriental con Rusia, gobernase quien gobernase allí, y que más valía debilitar a Polonia, tradicional aliado francés. Rusia era otro apestado internacional con el que hacer frente a los Aliados occidentales, y hasta los anticomunistas más viscerales, la dirección de la Reichswehr, veían una oportunidad de esquivar las restricciones militares de Versalles montando fábricas, campos de prueba y aeródromos en Rusia [46]. Y por si fuera poco, fue bajo estos gobiernos con cancilleres de centro-derecha que se produjo ese episodio económico que por alguna razón siempre se asocia en exclusiva con la izquierda: la hiperinflación de 1921-1923 [47].

 

¡Inflación!

A ver: obviamente, la hiperinflación se hubiese producido igual gobernase quien gobernase. El mix entre deudas de guerra, reparaciones [48], ocupación militar [49], golpes a izquierda y derecha, asesinatos políticos [50], y como guinda el chalaneo con la Alta Silesia [51] (que votó mayoritariamente por quedarse con Alemania, pero Polonia y los Aliados decidieron ex post que la parte oriental [52], con sus importantes recursos industriales [53], sería polaca), no daba otra salida. Simplemente es curioso que se asocie por defecto con la izquierda, incluso una tan modosita como el SPD.

Lo que ya no es una inocente confusión sino una mentira pura y dura y con la cara no ya de hormigón armado sino de buckminsterfullereno, es que la inflación llevara a los nazis al poder. Un bulo que aparece incluso en la Wikipedia en castellano [54], pero no en la inglesa ni la alemana, donde hay más controles para que los fanboys de NNGG y FAES no editen las entradas problemáticas a su gusto. Aquí los hechos: el episodio de hiperinflación empieza a mediados de 1921, continuó durante 1922 y culminó el 15 de noviembre de 1923 –cuando un dólar costaba 4.210.500.000.000 marcos- con la reforma del Reichsmark [55]. Y aquí las elecciones: apenas seis meses después, mayo de 1924, hubo unas elecciones [56]. El NSDAP (aliado con una escisión del DNVP [57] bajo el bello nombre “Partido Nacional Socialista Liberal [58]”) sacó un 6.6%. Siete meses después hubo otras elecciones, por si alguien no había tenido tiempo de ver el extracto bancario: el NSDAP sacó un 3%. Y cuatro años después hubo otras, y el NSDAP apenas sacó un mísero 2.6%. A mi ese resultado no me suena a “ganar”. Pero prosigamos. En 1929 empieza una crisis económica brutal, caracterizada no por una inflación sino por lo contrario, deflación. Al año siguiente, 1930, los nazis ya logran un 18.3%, pero incluso siendo mejor que cualquier resultado del PP en unas elecciones catalanas nos resistimos a llamarlo “victoria”. Hacen falta dos años más, hasta julio de 1932, para que saquen un 37.4% de los votos y sean la fuerza más votada. Y con estos hechos, decidan ustedes cuál de las siguientes teorías es más verosímil, y a quien puede interesarle vendernos la moto con las otras:

 

  1. Los nazis ganaron las elecciones porque tras cuatro años de crisis económica los partidos políticos tradicionales se mostraron incapaces de resolver el drama de cinco millones de parados y miseria generalizada, que veían como menos importante que la estabilidad monetaria. De modo que si queremos evitar que los extremistas ganen elecciones, hay que adoptar políticas monetarias que primen la creación de empleo y el bienestar general, aunque sea a costa de una cierta inflación que se coma el capital.
  2. En 1932, un tercio largo de los alemanes, obviando su situación presente de crisis, desempleo y deflación, decidió usar las elecciones generales para hacer algo que no había hecho en las cuatro elecciones anteriores: castigar a los partidos tradicionales por un episodio de inflación desbocada ocurrido nueve años atrás (votando a un partido, que, ironías del destino, gracias a triquiñuelas legales [59] se iba a poner a imprimir papelitos de colores desde el minuto uno). De modo que si queremos evitar que los extremistas ganen elecciones, hay que adoptar políticas monetarias que primen el control de la inflación y el mantenimiento del valor del capital, aunque sea a costa de tener a millones de trabajadores en el paro durante años, porque seguro que estos entienden la necesidad de asegurar las inversiones por encima de dar de comer a sus hijos.
  3. Me da igual lo que digas, que eres un populista, la gente no tiene ni idea, hay que dejar las decisiones en manos de los técnicos apolíticos y de gente que sabe lo que se hace porque se lo ha currado en el sector privado, y así da igual que los extremistas ganen elecciones (se me olvidaba: media hiperinflación se la comió un gabinete [60] dirigido por un canciller empresario [61], conservador, y no afiliado a ningún partido).

 

Sobre sus efectos, Winkler es un poco cauteloso. Hay quien afirma que perjudicó a todo el mundo, pero también hay estudios [62] que dicen que Alemania era un país mucho más igualitario en 1928 que en 1913. Por abajo no se notó demasiado, y por arriba barrió todas las deudas e hipotecas. La industria pesada, en concreto, aprovechó para una profunda integración vertical que aumentó considerablemente su influencia (con funestas consecuencias a largo plazo, dado que esta industria dependía mucho del gasto público en armamento, al contrario que la química y electromecánica, más orientadas a exportar y por ello más “liberales”). Al final del episodio, ya estaba en disposición de cargarse la jornada de ocho horas. Fue en la mitad de la pirámide social donde más se notó, aunque posteriormente se legisló para compensar un poco.

 

Y por lo demás aquí les dejamos el tema a ustedes, a ver si hay hiperinflación de comentarios.

 

Los años buenos

Superadas estas crisis, en 1924 empiezan los mejores años de Weimar. Mejora a la que indirectamente contribuyen incluso Hitler y Stalin (el primero, porque su intento de ponerse al frente de un golpe de derechas en Baviera en noviembre de 1923 [63] precipita una intervención y desacredita futuras intentonas, y el segundo porque impone a los partidos comunistas una línea que favorezca los intereses nacionales de la URSS [64]), aunque principalmente la estabilización monetaria y un plan de reparaciones más sensato [65]. Pero las semillas de la destrucción ya se han plantado: gobierno y parlamento demasiadas veces se han mostrado desbordados, las sucesivas crisis solo se han superado mediante continuos Edictos de Emergencia del presidente del Reich. Organizaciones paramilitares de todos los colores [66] han militarizado la política. Cuando el primer presidente, el socialdemócrata Friedrich Ebert, muere en 1925, le sucede por la mínima [67] un candidato “sorpresa”. Uno que no participó en la primera vuelta, que para poder presentarse pidió permiso al Káiser exiliado, y que llega con la vitola de “apolítico y competente”: Paul von Hindenburg. Una parte importante de los alemanes no ha terminado de aceptar la república y ansía un retorno a glorias pasadas.

Pero Hindenburg promete portarse bien, la estabilidad económica debilita a los extremistas, y los Tratados de Locarno [68] devuelven a Alemania al grupo de países respetables. Berlín empieza a brillar como faro cultural de lo que se llamará “modernidad clásica [69]”, gracias a corrientes que ya estaban presentes antes de 1914, pero que en la república florecen (y llevan a los conservadores a denunciar “el Berlín de los judíos”; judíos que son casi todos liberales o socialistas ya que la derecha es rabiosamente antisemita; Stresemann, protestante, sufrirá un intenso fuego amigo simplemente por los ancestros judíos de su mujer [70]). En 1928, las izquierdas, SPD+KPD, suben ambas en voto. El SPD es el más votado [71], duplicando en votos al segundo, y vuelve a poner el canciller. ¡Todo va bien! Pero el buen rollito se acaba al año siguiente, con la llegada de la Gran Depresión [72]. El 27 de marzo de 1930 [1], la coalición se rompe sobre disputas de financiación.

Winkler, pese a su militancia en el SPD, intenta ser ecuánime: en su opinión, el SPD se equivocó al rechazar la propuesta de sus socios (que hubiese implicado una ligera subida de impuestos a los trabajadores, y ciertos recortes a los parados). Mantener un gobierno estable era más importante que defender unos principios; la mentalidad, heredera del sistema político anterior a 1914, de que el enfrentamiento era entre gobierno y parlamento en vez de entre gobierno y oposición, que tanto contribuyó a debilitar Weimar, jugó una última mala pasada. Claro que esto nosotros lo podemos decir a posteriori y sabiendo lo que vendrá, el 27 de marzo de 1930 nadie pensaba en el Holocausto. Y no menos cierto es que las disputas de financiación, que llevaban ya año y pico cociéndose a fuego lento mientras la economía se iba por el barranco, habían creado el caldo de cultivo para lo que estaba por venir. La derecha siempre había visto la democracia y el parlamentarismo como divisores y debilitantes (Stresemann y el DVP tuvieron su conversión camino de Damasco… y se acabaron hundiendo electoralmente), y ahora esa mentalidad empezó a permear al centro burgués. Usaron la financiación para tumbar el gobierno y si no hubiese sido esto habrían encontrado otra cosa. Empezaba el asalto final.

 

¡No se puede decir que la derecha no lo hubiese avisado!

 

Los años finales

Lo que estaba por venir se vio tres días después: la constitución otorgaba al presidente el poder de nombrar gobierno, sin necesidad de confirmarlo en el Reichstag, y el 30 de marzo Hindenburg nombró canciller a Heinrich Brüning. Eran frecuentes los gobiernos inoperantes sin mayoría parlamentaria, pero bajo la “necesidad de actuar” dictada por la Gran Depresión, Hindenburg le cubrió las espaldas a Brüning usando sin complejos el artículo 48 [33], por el que podía sacar Decretos de Emergencia con rango de Ley. En teoría, el Reichstag siempre podía vetar a posteriori estas leyes y gobiernos, pero ya saben: no es lo mismo votar en contra de un proyecto de ley, que en contra de algo que ya tiene rango de ley y está causando efectos jurídicos. ¿Por qué creen que todos los gobiernos españoles tiran con tanta alegría del Decreto Ley [73]? El de Brüning fue el primer Präsidialkabinett, el primer gabinete que para gobernar no dependía del parlamento, sino solo del presidente. Hindenburg llevaba mucho tiempo con la intención de sacar al SPD del gobierno, y se negó a usar el artículo 48 hasta lograrlo. Con 83 años y medio gagá, era la camarilla ultra reaccionaria a su alrededor la que movía los hilos.

 

Los poderes que […] se movían hacia un sistema presidencialista se imaginaban que la desparlamentarización sería más sencilla de lo que fue. La democracia parlamentaria había funcionado más mal que bien, pero había dado a los electores una cierta influencia sobre el gobierno. Reforzar el poder ejecutivo tenía que chocar con reivindicaciones que eran muy anteriores a Weimar. El sufragio universal había creado un derecho a participar que no se podía eliminar tal cual. Ignorar a las masas tenía que generar protestas masivas, tal y como estaban las cosas. Lo único por saber en esta primavera de 1930 era quién saldría vencedor de la articulación de dicha protesta.

 

Los partidos burgueses enseguida se pusieron detrás de Brüning, mientras que el SPD empezó tolerándolo (por “responsabilidad” … y por mantener el gobierno de Prusia, donde gobernaban con el apoyo del Zentrum de Brüning). Encima, Hindenburg esperó a hacer su jugada hasta que el SPD hubiese cargado con el sambenito de firmar el Plan Young [74]. Mientras, la derecha ya empezaba a reclamar la devolución del Corredor Polaco [75] “para poder pagar”, y organizaban una iniciativa popular [76] para parar el Plan. La iniciativa fracasó, pero se la menciono porque para promocionarla se formó un comité nacional al que se invitó, en plan “momento Colón”, a ese señor que en unos años iba a acabar con la república. El gamberro, el golpista de 1923, había sido rehabilitado por la “derecha respetable”.

 

Prohibiría partidos políticos y la tiene tomada con ciertas confesiones religiosas, ¡pero es buen chico!

 

40 años después, Brüning dirá que le asqueaban las maniobras de Hindenburg y que su objetivo era edificar una “monarquía constitucional” siguiendo el modelo británico, y claro, para eso no podías contar con los aguafiestas del SPD. Pero en 1930 eso no se le notó, bastante tenía con el día a día, gobernando a golpe de artículo 48. Y cuando el Reichstag vetó un Decreto, Hindenburg tiró del artículo 25 [77] y convocó elecciones para septiembre de 1930. Ni Hindenburg ni Brüning esperaban grandes cambios en la composición parlamentaria, esto era más bien una muestra de fuerza, “puedo disolveros en cualquier momento, no me toquéis los Decretos”. Pero la elección [78] trajo un terremoto político: los frikis [79] que dos años antes solo habían sido octavos con un 2.8%, dieron el salto al segundo puesto con el 18.3%. Es deprimente tener que recordar esto, pero por desgracia parece ser necesario [80]: estos votos no procedieron de las izquierdas (que en general se mantuvieron, con el KPD ganando la mitad de lo que perdía el SPD), sino principalmente de las derechas y de la abstención. Lo de llamarse “socialista” era simplemente un intento de resignificar el término para no dejárselo a la izquierda (¡y lo único que logró fue resignificar el término “nazi” [81] para no dejárselo a la derecha!).

La sociedad alemana forjada en tiempos del Káiser era un conjunto de milieus [82] (“esferas sociales de asociación y valores compartidos”) bastante estancos: nacías de padres obreros, vivías en un barrio obrero, obtenías la formación propia de un obrero (para lo que el sistema alemán tiene ramas expresas en educación secundaria, con resultados tremendamente clasistas), tenías un trabajo obrero, te casabas en el 90% de los casos con alguien de familia obrera, consumías medios culturales obreros. Y por supuesto votabas a tu partido obrero, que según tu grado de proletarización podía ser el SPD o el KPD. Y lo mismo si eras un autónomo/empresario/funcionario más o menos secularizado (DDP o DVP, liberales de izquierda y derecha), si eras de la pequeña burguesía católica (Zentrum), o si eras un conservador protestante rural (DNVP). La llegada de la República trajo una mayor porosidad entre los milieus, con las nuevas tecnologías (cine, radio, vinilos, transportes…) posibilitando por primera vez una auténtica cultura de masas transversal. Sin embargo, los partidos políticos seguían con su mentalidad de milieu, hablándole a “su” grupo social. El NSDAP en cambio fue el primero en ver las nuevas posibilidades e intentar ser un partido “de masas” y no de un milieu, con el nacionalismo como aglutinante (el antisemitismo se ocultó temporalmente). En ese sentido, fue un partido “moderno”, atractivo para gente que no solía votar.

 

Kurt Schumacher fue quien mejor lo diagnosticó: “toda la agitación nazi no es más que una apelación continua al hijo de perra agazapado en el interior de las personas, y lo único que se le puede reconocer a su partido es la primicia de haber logrado movilizar completamente a la estupidez humana.”

 

Con 107 diputados nazis en el Reichstag, el SPD se vio obligado a tragar cada vez más sapos (financiación de barcos de guerra, aranceles sobre productos agrícolas…) en pos de la “responsabilidad”, con los comunistas comiéndoles la tostada y el centro burgués escorándose cada vez más hacia la derecha y alabando el “programa de reformas” de Hindenburg. El paro seguía batiendo records, y en las calles la violencia estaba cada vez más presente. En junio de 1931, Brüning/Hindenburg sacaron nuevos Decretos con recortes bastante duros, mientras lloraban que todo era por culpa de las pérfidas reparaciones de Versalles (su plan era cumplir a rajatabla lo que ordenasen los aliados, y luego mostrar el caos resultante como prueba de que las reparaciones eran económicamente inviables, ¡hoygan, a Grecia le fue cojonudo [83]!). Pero el SPD se plantó ante los recortes, y el NSDAP retó a Brüning sacar la conclusión obvia: la renuncia unilateral a Versalles. Brüning no hizo ni lo uno ni lo otro: priorizó conscientemente el curso deflacionario a costa de aumentar la miseria social, porque lo veía como el único camino para devolver a Alemania a su estatus prebélico de gran potencia. Todo ello apoyado en sucios trucos parlamentarios (con el apoyo del SPD) que hundieron el prestigio del legislativo y abrían la puerta a más voto protesta.

Y las cosas siguieron empeorando. Una quiebra [84] inició un pánico bancario con rescates públicos millonarios (por Decreto, como no) que lograron lo que décadas de agitación marxista no habían logrado: una pérdida de confianza en el sistema capitalista. En septiembre de 1931, Gran Bretaña abandonó el patrón oro, y en un mes le siguieron otros 25 países. No Alemania, impedida por el Plan Young, y cuyas exportaciones se hundieron. Se llegó a cinco millones de parados (“víctimas de políticas socialdemócratas”, clamaba el Reichslandbund [85], ¡algunas cosas nunca cambian!). Ayuno de apoyos, con Hindenburg quejándose de que tal o cual ministro era demasiado progre o demasiado católico, Brüning mendigó un poco de ayuda al NSDAP, que le troleó con exigencias desmedidas. En marzo de 1932 llegó el primer pulso: la elección presidencial [86]. Brüning convenció a Hindenburg (84 años) de encabezar una nueva candidatura “de consenso”, y al SPD de apoyarla como mal menor. Dejando el campo libre a Hitler para presentarse como “la alternativa a todo”.

 

“Duelos a Garrotazos”, Grabados Medievales, y un Kalbo. Como para ilusionarse.

 

La votación fue un fracaso para Hitler, y un parón en el aparentemente irresistible ascenso del NSDAP, con solo un 37% del voto. Pero lo había logrado con medio establishment en su contra (el otro medio se había declarado neutral), y con la izquierda “institucional” rendida y sin proyecto propio, más allá de mantener lo que consideraba su “misión histórica” desde 1919: sostener la democracia sobre la base de la constitución en alianza con la burguesía democrática. Con lo que no contaban era que dicha burguesía iba a saltar del barco democrático ante la perspectiva de que la Depresión la iba a hundir al nivel de despreciables proletarios. Y la Depresión además le arrebató a la izquierda la posibilidad de ejercer presión: en 1920 había parado el golpe de Kapp con huelgas generales, pero entonces había pleno empleo. Con siete millones de parados, millones más en la miseria, y todos temiendo por su puesto, la clase obrera era incapaz de movilizarse más allá de sus preocupaciones inmediatas.

 

Weimar inoperante

Casi en seguida vino la caída de Brüning, cantada una vez que había osado tocar los intereses de los latifundistas: para atajar el paro urbano, había proyectado “colonizaciones” en terrenos expropiados [87], algo que Hindenburg calificó de “agrobolchevismo”. De Brüning y de su responsabilidad se puede decir mucho. Winkler le defiende diciendo que el parlamentarismo de Weimar ya había quebrado cuando llegó a la cancillería, y que al menos se moderó para contar con la tolerancia del SPD. A su repudio de Versalles se apuntaba incluso el KPD, y la política deflacionaria tenía amplios apoyos. Pero ya en 1932 Brüning podría haber cambiado el rumbo hacia una mayor creación de empleo y no lo hizo, cegado por su nacionalismo y por querer demostrar que los católicos podían ser tan patriotas como el que más. Y evidentemente Hindenburg no hubiese aceptado otra cosa. Ni la aceptó: cumplida su tarea, le echó como a un perro: a las 11:55 del 30 de mayo de 1932, se reunió con Brüning para comunicarle su despido. A las 12:00, ya tenía otra cita en la agenda.

Hindenburg nombró su segundo Präsidialkabinett, bastante más autoritario. Para reducir el feo hecho al Zentrum, el sucesor de Brüning vino del mismo partido, si bien era un diputado del montón y bastante más escorado a la derecha: Franz von Papen, recomendado por el hombre fuerte del ministerio de Defensa, Kurt von Schleicher. Papen renunció a su militancia partidista “para hacer un gobierno de auténtica concentración nacional, con los mejores y más listos [88]”, y a continuación se montó un gabinete de diez integrantes con un conde, cuatro Freiherren [89], y otros dos “von”. De los tres “burgueses”, uno, Hugo Schäffer [90], era directivo de Krupp [91]. Ocupó el ministerio de trabajo. Kurt von Schleicher fue ministro de defensa.

La popularidad de semejante “gabinete de barones” se vio dos meses más tarde, cuando hubo elecciones al Reichstag [92]: DVP y DNVP, los únicos partidos que apoyaban abiertamente al gobierno, sumaban un 7.1%. Los nazis repitieron el 37% de Hitler tres meses antes, y se convirtieron en la fuerza más votada. Sumado al 14% del KPD, esto daba mayoría absoluta a dos partidos contrarios a la república. El Reichstag era inoperante. Sobre el papel del KPD en todo esto, Winkler es bastante crítico: unos ilusos incapaces de ver que sus propuestas no tenían mayoría, y que sacrificaban cualquier posibilidad de influir a los intereses y directrices de Moscú. Cuando se constituyó el Reichstag, Clara Zetkin [17] dijo cándidamente como presidenta de edad que esperaba proclamar próximamente la República Soviética Alemana. Acto seguido, el Reichstag votó como presidente a Hermann Göring.

 

Duró “mil años” en el cargo.

 

Papen había intentado recabar el apoyo del NSDAP a su gobierno, y Hitler había ofrecido tolerancia a cambio de elecciones y el levantamiento de la prohibición de las SA. Tras salir de las elecciones como principal fuerza política, lanzó su órdago: lo quería todo. Cancillería del Reich, presidencia de Prusia, control del ejército y control de la policía. Hindenburg, Papen, y los círculos conservadores se negaron: su proyecto político era una reforma constitucional que rebajara bastante el papel del parlamento y lo fundiese con elementos corporativistas, centrase el poder en el presidente y el ejército (ya saben, “instituciones no partidistas”), volviese a unir los gobiernos nacional y prusiano para evitar derivas, y además modificase la ley electoral, subiendo en cinco años el derecho al voto y concediendo votos adicionales en función del estado civil, el número de hijos y a los veteranos de guerra. Querían a los nazis como socios menores de esta transformación, no como herederos políticos.

La respuesta la recibieron en seguida: lo primero que hizo el nuevo Reichstag fue votar una moción de censura al gobierno (destructiva, es decir, sin candidato alternativo). Papen venía preparado con un edicto de Hindenburg que le plantó a Göring en el estrado. Göring lo ignoró, no le dejó hablar, y un 90% del parlamento reprobó al gobierno, incluyendo al SPD, que ya había perdido Prusia [38], donde los comisarios de Papen estaban purgando a todos los funcionarios y oficiales socialdemócratas (y decretando una normativa de urgencia para prohibir bañarse desnudo en la playa y regulando los bañadores de las mujeres [93], esas frescas). Ni en los círculos de poder había acuerdo de cómo proceder: Papen seguía pidiendo mera tolerancia al NSDAP, Schleicher pensaba que se le podían dar cosas a Hitler siempre que el ejército quedase como garante, y Hindenburg no tenía más que desprecio aristocrático por “ese cabo bohemio”.

En algo Papen sí cambió el rumbo: se abandonó la política deflacionaria y se buscó la creación de empleo (mediante créditos a las empresas y relajación de los salarios, tampoco nos emocionemos). Confiando que una mejora económica desinflase al NSDAP, Hindenburg y Papen disolvieron otra vez el Reichstag y convocaron elecciones para el 6 de noviembre de 1932 – para muchos alemanes, la quinta votación en un año. El hastío empezó a hacer mella: los nazis bajaron del 37 al 33%, pero como los comunistas subieron al 17%, la mayoría anti-Weimar seguía ahí. El SPD bajó al 20%, pero al menos no había habido sorpasso comunista, y ambos partidos volvían a sumar más que el NSDAP (el Vorwärts [94] tituló “Marx gana a Hitler”). Y el gobierno sacó pecho con que sus apoyos crecieran del 7.1% al 10.8%.

 

Juego de Tronos

¿Y ahora? Todo el mundo esperaba que los nazis se dejaran de maximalismos y aceptaran parte del poder en un gobierno de coalición. Habían bajado de voto, prometido cosas muy contradictorias, y sus arcas estaban vacías. El ala izquierda del partido, con Gregor Strasser en cabeza, inició contactos con Kurt von Schleicher y algunos sindicatos, a ver si se podía configurar algo, pero Hitler no se bajó de la burra: lo quería todo. Interesante what if: ¿y si Strasser hubiese causado una escisión, llevándose 50 diputados, para unirse a una coalición pro-Schleicher? No lo sabremos: el NSDAP estaba montado sobre una rígida disciplina y un culto indiscutible al líder, y Strasser se rajó. Pero del todo: dimitió de todos sus cargos en señal de protesta y se fue de vacaciones. Papen estaba terminado y propuso que se nombrara canciller a Hitler (con el apoyo de muchos empresarios [95], defraudados que su “inversión” en DVP y DNVP no hubiese funcionando, y que temían que, si no se le daba el poder, el descontento votaría comunista), mientras Schleicher era más receloso y no quería dejar la cancillería en sus manos. Tras un Juego de Tronos con la camarilla, Kurt von Schleicher prevaleció: el 3 de diciembre de 1932, Hindenburg le puso al frente de su tercer y último Präsidialkabinett.

Y entonces pasó algo que tuve que leer dos veces: en apenas seis días, ese Reichstag cainita, antirrepublicano e incapaz de acordar un gobierno por mayoría simple, se puso de acuerdo en realizar una reforma constitucional con mayoría de tres cuartos. Resulta que la constitución indicaba que, en caso de muerte del presidente, su sucesor interino sería el canciller. Schleicher ya era canciller y ministro de defensa, y controlaba Prusia por medio de comisarios, de modo que había un miedo transversal a que se hiciese con todo el poder en caso de muerte de Hindenburg; y se nombró sucesor presidencial al presidente del Tribunal del Reich. Ahora sabemos por qué se hundió Weimar: por cometer el Pecado Nefando de las democracias, ¡las constituciones no se tocan [96]! (Nota: lo de modificar la constitución en Alemania tiene su tradición, y el Grundgesetz ha sido modificado 64 veces desde 1951 [97]; los raros somos nosotros, que en 42 años solo hemos hecho dos retoques y porque nos han obligado desde Europa.)

58 días tuvo Schleicher. Sus veleidades “rojeras” (básicamente: hablar con los sindicatos, hacerle guiños a Strasser, considerar restaurar el gobierno interino del SPD en Prusia, y en general sostener que una dictadura militar no era viable sin al menos un cierto apoyo popular) movilizaron contra él a los mismos grupos que habían tumbado a Brüning, con Papen de correveidile de Hindenburg. Su única salida a su falta de apoyos hubiese sido una disolución del parlamento con aplazamiento sine die de las elecciones, tal vez hasta otoño de 1933. Es decir, un golpe de estado temporal, apoyado en un estado de excepción. Con la mejora económica en marcha, igual hasta hubiese funcionando. Hindenburg (algo molesto porque Schleicher no le defendiera públicamente cuando se supo que el latifundio prusiano [98] que le habían regalado unos ricachones en 1927, siendo ya presidente, ni siquiera lo había inscrito a su nombre, sino al de su hijo Oskar [99], para ahorrarse el impuesto de sucesiones) dijo nones. Fue la tragedia final de Weimar: o Schleicher quebraba la letra de la constitución, o Hitler quebraría su espíritu. Y dicho espíritu nunca había convencido a ciertas élites. Aislado, el 28 de enero de 1933 Schleicher le ofreció su cargo a Hindenburg, que le contestó: “le agradezco todo lo que ha hecho por la patria, señor general. Y ahora vamos a ver con la ayuda de Dios por donde salta la liebre.”

 

Dos días después, la liebre saltó al poder.

 

Valoración

Winkler termina su relato de Weimar en ese 30 de enero de 1933 [100], centrado casi en exclusiva en su historia política, ignorando los dos meses de farsa subsiguiente hasta otras elecciones, la Ley Habilitante [101], y el año y pico de cohabitación con el presidente Hindenburg.

 

Si hubo una causa última para el fracaso de Weimar, está en las masivas reservas ante la democracia occidental que había en todos los grupos de la sociedad alemana, especialmente en la burguesía más formada. Estas reservas tenían sus raíces en el carácter autoritario de la cultura política alemana, en la distancia de gran parte de las élites frente a las ideas de derechos humanos inalienables, soberanía popular y “gobierno representativo” […] La enemistad a la democracia que tumbó a Weimar después de 1930 ya no es el problema del presente. Hoy la democracia occidental está amenazada por demócratas que tienen un concepto demasiado simple de democracia. Democracia, contra lo que opinan populistas de todos los colores, es mucho más que la expresión de la voluntad de la mayoría. […] De todas las lecciones que nos brinda la historia de Weimar, esta es la más importante.

 

Discutir sobre Weimar es toda una tradición en Alemania. Tras concentrarse los historiadores conservadores durante décadas en el “fracaso de la izquierda”, mayo del 68 trajo un porrón de reinterpretaciones en la línea “en 1918 había una tercera vía entre comunismo y socialdemocracia, basada en los Räte, que habría construido una verdadera república democrática y socialista”. Winkler es bastante escéptico: en 1918/19 los Räte no eran una base para la organización permanente de la vida política. Ni pretendían serlo: se veían a si mismos como la avanzadilla de una democracia parlamentaria plena.

El “fracaso” de Weimar hay que entenderlo mirando también al resto de Europa. La democracia parlamentaria fracasó de manera similar en muchos otros países en el periodo de entreguerras: Italia fue la primera [102], y detrás fueron Hungría, Polonia [103], Grecia [104], Rumanía, Portugal o España. En todos ellos, las resultantes dictaduras de derechas implantaron un nacionalismo radical y excluyente, con culto al líder, dictadura de partido y persecución de toda oposición, especialmente de las organizaciones obreras marxistas. Todos estos países tenían sociedades mayoritariamente agrarias (los países más industrializados del norte y oeste salvaron sus democracias, muchas veces por los pelos), con la notable excepción de Alemania, con lo que de nuevo volvemos al Sonderweg. Aquí Winkler ya entra en Lo Profundo del alma germana, y se remonta a 1848 y a la gran derrota del liberalismo, incapaz [105] de lograr la unificación de Alemania. El liberalismo alemán jamás se recuperó de ese fracaso, y desde entonces siempre ha vivido pegado a la sombra del poder, influyendo, pero sin poder marcar, y sin un verdadero milieu detrás. Por eso, en cuanto vinieron mal dadas, los partidos liberales de Weimar, DDP y DVP, se disolvieron cual azucarillos en la marea parda. Y sin el apoyo de una burguesía fuerte, el ala moderada del socialismo no pudo salvar la república. El poder político, en Alemania, lo ostentaba y siguió ostentando la clase aristocrática terrateniente del este [106], pese a su mediocridad económica, no la pujante industria. Era su espíritu aristocrático el que imperaba en toda la educación superior y en el aparato de justicia. Quebrar el poder de esa clase habría exigido una amplia reforma agraria en 1919 (Brüning y Schleicher, con sus muy suaves propuestas de reformilla, cayeron esencialmente por presiones de esos círculos), y eso habría significado una guerra civil. Y ni en 1919 ni en 1933 quiso el SPD cargar con esa culpa. Su legalismo fundamental permitió que Hitler triunfara con su legalismo táctico.

 

Al final, tuvieron que venir estos señores a hacer la dichosa reforma agraria para que los europeos podamos dormir tranquilos.

 

Gracias a las expropiaciones tras la guerra [107], la co-gestión de los sindicatos en la industria pesada, la construcción de un ejército republicano desde cero, y un poquito también el tener medio millón de tropas de ocupación, en el periodo 1945-1990 la RFA se convirtió en una “democracia posnacional”, construida “contra Weimar”, metiendo un montón de cosas en la constitución para evitar precisamente los mismos errores (mociones de censura constructivas, cláusula del 5% [108], presidente con papel simbólico). Tres cuartos de lo mismo pasó en la RDA. Desde 1990, paradójicamente, ya no parece hacer falta recordar Weimar… cuando ahora tenemos, precisamente, lo que Weimar ansiaba ser: el estado-nación democrático de los alemanes. Lo que nos lleva al nacionalismo: el nacionalismo, que en otros países había sido un elemento emancipatorio-liberal frente al feudalismo durante el XIX, no fue usado políticamente en Alemania hasta la década de 1890, y casi siempre por la derecha conservadora contra izquierdismos de todo color. Antidemocrático y antiliberal. Un giro no exclusivo de Alemania, pero que allí se dio mucho más fuerte, también por su nacimiento en las guerras napoleónicas y su consiguiente rechazo a los ideales republicanos franceses. El nacionalismo, en Alemania, es desde entonces anti-internacionalista, völkisch [109], de sangre y suelo, y profundamente autoritario. Una hipoteca de la que nunca se ha librado del todo.

Al final la gran pregunta de Weimar es: ¿todos los caminos llevaban a Hitler? Claro que no, algunos –muchos- llevaban a algún engendro primorriverista. Pero Hitler estaba en una posición única para aprovechar las contradicciones del proceso de modernización alemán: podía predicar a la vez un cambio radical de todo, y a la vez una preservación del statu quo. El resultado fue la “Catástrofe Alemana”, que ha condicionado la visión sobre Weimar desde entonces. Una visión generalmente injusta, pero para eso Weimar es el chivo expiatorio de la Historia alemana: cómodo de sacrificar, y nos volvemos a casa libres de pecado. Hasta la próxima vez.