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Hernán (TV Azteca, 2019)

Españoles sin fronteras

Por estas fechas se cumplen unos 500 años de la llegada de los españoles a México. Como supongo que habrán leído el excelente artículo de LPD al respecto [1], no hace falta entrar en muchos detalles. Lo que nos interesa aquí, más bien, es como se mastica el aniversario en la cultura popular, en la que el mayor hito es sin duda esta serie, de factura mexicana, que repasa la conquista desde el punto de vista de ocho protagonistas.

La “Conquista” se justificó casi desde el primer momento con “bueno, igual nos pasamos un poco, pero a cambio les hemos llevado la religión única y verdadera, salvando sus almas inmortales”. Esta justificación aguantó de manera más o menos universal lo que la religión única y verdadera aguantó como única y exclusiva, y desde entonces tenemos dos versiones: la de los malos españoles consumidos por el auto-odio, que creen que esto fue un proceso de rapiña colonial brutal, y la de los buenos españoles, que creen que (por mucho que la salvación de las almas ya lo hubiese justificado de por si) los aztecas, perdón, la Triple Alianza mexica-texcoco-tlacopan, eran unos brutos salvajes y había que intervenir humanitariamente. Argumento que en su nivel más bajo se resume en “realizaban sacrificios humanos”. Pues sí, los realizaban. Pero el argumento tiene un pequeño defecto: que los europeos de la época también realizaban sacrificios humanos, pues ¿qué otra cosa es la quema de brujas y herejes? Un sacrificio humano es matar a alguien para apaciguar a una deidad y así apartar las desgracias de la comunidad, y por eso las barbacoas de herejes y ateos se multiplicaban en tiempos de crisis, y se justificaba matar a gente, no por haber causado un daño objetivo, sino por realizar, generalmente en la intimidad de su hogar y sin molestar a nadie, el culto “equivocado”.

Se contra-argumentará que brujas y herejes morían a la brasa porque “es lo que decía la ley”, lo que los diferenciaría de las ceremonias en honor de Huitzilopochtli. Esto simplemente refleja un prejuicio, nacido durante el colonialismo del siglo XIX, muy extendido y caro a la derecha española, de que la LEY es lo que nos separa de los salvajes. Los salvajes no tienen LEY, es todo jungla, los pueblos civilizados son aquellos que se han dotado de LEY. Por tanto, estaría justificada la intervención/conquista de aquellas naciones que no tienen LEYES (escritas) por parte de quienes sí las tienen, para que las segundas puedan llevarles a las primeras los beneficios de las mismas. Pero la LEY no es esa marca cuasi-divina que nos venden, sino solo una herramienta. Como herederos que somos de las tradiciones legales y formalistas de los romanos [2], la LEY es simplemente la forma que tenemos de hacer las cosas, ya sea traficar con seres humanos [3], segregar racialmente a la población [4], o realizar sacrificios humanos [5]. ¿Acaso cambiaría nuestra imagen de la Triple Alianza mexica-texcoco-tlacopan si hubiesen tenido un Boletín Oficial de Tenochtitlán donde publicar textos como “La Asamblea ha aprobado, y yo vengo en sancionar, que todo guerrero enemigo preso en batalla será ejecutado en lo alto del Templo Mayor por el procedimiento de arrancarle el corazón mediante un cuchillo de obsidiana (con incisión en el esternón y el seccionamiento debido de la vena pulmonar); esta disposición le será comunicada al reo mediante la aplicación de pinturas corporales por un sacerdote debidamente cualificado siguiendo alguno de los tres (3) modelos oficiales aprobados por la Oficina Dermopictórica; contra dicha sentencia podrán interponer recurso de amparo en los cinco minutos hábiles anteriores a la emasculación previa presentación del preceptivo eclipse solar [6]; ejecutada la sentencia se procederá al reciclaje orgánico de los restos biológicos según la normativa mesoamericana; Firmado Moctezuma Rey”? Por suerte, siempre está el argumento de que “aquí se quemaba mucho menos que fuera [7], a ver si nos enteramos”: no tenemos ningún problema en admitirlo. Ya solo necesitamos que nos aclaren en cuantos sacrificios humanos está el umbral de la civilización.

 

¿A cuál prefieres de vecino?

 

La serie repasa todos los momentos importantes del episodio histórico: el enfrentamiento con Pánfilo de Narváez, la lucha y posterior alianza con los tlaxcaltecas (igual de aficionados a los sacrificios humanos que los mexicas, aunque aquí ni Cortés ni sus modernos apologetas ven ninguna necesidad de hacer una intervención humanitaria, mejor que nos ayuden primero a acabar con Moctezuma), la muerte de Moctezuma, la Noche Triste, y años después el recuerdo de la victoria. La historia se nos cuenta saltando de personaje en personaje, castellanos y mexicas/tlaxcaltecas por igual, y así todo el mundo tiene la oportunidad de dar su punto de vista, aunque la última palabra la tiene Cortés.

El guion, de hecho, arranca en la víspera de la Noche Triste [8], la catastrófica huida de los españoles de Tenochtitlan, y termina ocho capítulos después… con la maldita Noche Triste, metiendo flashbacks y fast forwards para cubrir más o menos desde la llegada a la costa de Veracruz en 1519, hasta el nacimiento en 1523 de Martín Cortés [9], hijo de Hernán y la Malinche al que nos presentan como el primer mestizo, simbolizando el nacimiento de México como nación mestiza de nativos y españoles. Un happy ending… si pasamos por alto que Hernán nunca llegó a casarse con Malinche, con lo que su herencia fue todita toda para los hijos legítimos –y españoles- que tuvo casándose años más tarde con una española. De la Malinche no sabemos ni con certeza la fecha de su muerte, y Martín el mestizo se comió los mocos (además de destierros y torturas), en lo que, desde la ignorancia, parece una metáfora mucho más acertada del nacimiento de la nación mexicana.

 

No diga españoles, diga castellanos

Los productores mexicanos, suponemos que en un intento de no apuntar demasiado con el dedo a la madre patria, llaman a los conquistadores a todas horas “castellanos”. Suponemos, también, que este gentilicio a ellos les evoca los místicos orígenes de su nación, aunque a nosotros nos haga pensar más bien en Emiliano García-Page [10] en las fiestas de cabezudos de Calzada de Calatrava, criticando a los murcianos por dilapidar el agua del trasvase Tajo-Segura, y pidiendo dineros y respeto al gobierno central antes de tomarse unas buenas migas al vino. En un castellanismo digno de Delibes, además, todos los protagonistas españoles hablan como si fuesen de Valladolid, incluso actores nacidos en Cádiz o Argentina, cuando la tropa de Cortés estaba formada principalmente por andaluces y extremeños. Todos lo más gachupín –y rubios de ojos azules- posible, para distanciar al espectador azteca de estos sus ancestros. Por supuesto, no han evitado ofender a los ofendiditos de guardia [11]: la derecha española está en un punto donde incluso una serie tan descafeinada y con ganas de contentar a todos como esta es poco menos que una afrenta.

 

Aunque nos carguemos la magia, una conquista de América cuyos protas no se expresen con “¡Acho, no me seas lambuzo con el oro del indio, que te vas a añugar, burranco!” nos parece falsear la historia.

 

Y con esto llegamos al tema: la evaluación histórica. Por supuesto, todo esto ocurrió hace mucho tiempo y no podemos aplicar nuestros parámetros y bla bla bla. Pero una cosa es entender la historia, y otra homenajearla. Que de eso va toda la furia iconoclasta de las actuales revueltas, donde se han tumbado estatuas de negreros [12] y explotadores [13], y se resignifican las calles con sus nombres [14]. De los protagonistas de la serie, tenemos en nuestro callejero a Pánfilo de Narváez (que tiene su callecita en Arroyo de la Encomienda [15]), Hernán Cortés (que tiene la suya en Madrid [16]) o Gonzalo de Alvarado (tal vez el más bestia de todos [17], razón por la que es el único que tiene calle [18] y también estación de Metro [19] en la Villa y Corte).

 

En vez de una masacre, dentro solo te espera Isabel Díaz Ayuso para decirte que la covidia nos ha unido genéticamente con colombianos, chilenos y ecuatorianos.

 

Pero sin duda el cogollo principal, en España, son las estatuas dedicadas a Hernán Cortés y Francisco Pizarro [20] en sus villas natales de Medellín y Trujillo, y cualquier debate sobre su retirada recibe el consabido bombardeo de “no podemos cambiar la historia, eran otros tiempos y pensaban diferente, ¿por qué no derribamos entonces el Coliseo de Roma o las Pirámides de Giza, que se construyeron con mano de obra esclava?”. Y no se trata de eso. No podemos cambiar el Holocausto, pero eso no significa que debamos ponerle estatuas a Hitler. Y efectivamente, 1520 era otra época… pero esas estatuas no son de 1520. Son de mucho después: la de Cortés es de 1890, y la de Pizarro se instaló tan tarde como 1929. Significativamente, con la presencia de nuestro cirujano de hierro [21] (y partidario de seguir con la ocupación del Rif incluso al precio de cargarse el sistema parlamentario), el dictador Miguel Primo de Rivera. Y en 1929, lo de invadir “porque sí” un país extranjero a sangre y fuego para imponerle tu cultura y expoliar sus recursos ya era, como poco, un concepto discutible y discutido. Al menos para algunos; otros tenían clarísimo que el imperialismo era algo cojonudo (aunque incluso estos tenían que enmascararlo con “en realidad es por su bien; las colonias nos cuestan más de lo que nos dan; es nuestra misión civilizadora”), que Cuba y Filipinas -a pesar de las interminables insurrecciones- debían permanecer españolas a cualquier precio, y a saco a ocupar el Rif, Sidi Ifni o Guinea Ecuatorial. Y para que quedase claro, esas mismas personas fueron las que se cascaron esas estatuas: como una reivindicación explícita de su programa político, en forma de piedra y bronce en un lugar de honor del espacio público.

 

Aunque las Grandes Pirámides y el Coliseo (o el Campo de Concentración de Mauthausen, por poner algo más reciente) se edificaran con mano de obra esclava, la diferencia con la estatua de Cortés es que no fueron edificados como una reivindicación explícita de que la esclavitud mola.

 

Las estatuas, por resumir, no son Historia. Y desde luego no son para nada un acto inocente y aséptico. Son una proclamación de virtudes comunitarias, una afirmación de que lo que hizo esa persona está bien y debe ser objeto de admiración e imitación. VOX ya dejó claro, al pedir en el punto 8 de sus 100 medidas urgentes un “Plan integral para el conocimiento, difusión y protección de la identidad nacional y de la aportación de España a la civilización y a la historia universal, con especial atención a las gestas y hazañas de nuestros héroes nacionales”, que ellos están a tope con la conquista de América [22] y otras “gestas [23]”. Con los medios mainstream basculando entre reírles las gracias [24] y patéticos intentos en dar marcha atrás [25]: lo que los voxeros dicen abiertamente [26] no es más que lo que ellos llevan insinuando por lo bajini desde hace mucho tiempo. Por medir como está el ambiente, imagínense que Manuela Carmena, como “alcaldesa comunista y bolivariana” de Madrid”, hubiese decidido erigir una estatua a Simón Bolívar, y dedicarle una calle de propina. ¿Se imaginan la que se hubiese liado? ¿La de interpretaciones que hubiesen escrito quienes estarían dispuestos a convertir la defenestración de Cortés en un casus belli? ¿Las acusaciones de “querer imponer una visión sesgada de la Historia”? ¿Los gritos de VENEZUELA? La Historia, en ese caso, ya no hubiese sido simplemente “la que es, y no se puede cambiar”.

Lo gracioso es que Madrid ya tiene múltiples estatuas a los Libertadores: sin salirnos del Parque del Oeste [27], a tiro de piedra del Palacio de la Moncloa, están las estatuas de José de San Martín [28] (a los pies del Arco de la Victoria [29], otro monumento del que se podría hablar), un monumento ecuestre a Simón Bolívar [30], e incluso uno al padre Miguel Hidalgo [31] (fusilado en 1811 por rebelión). Colocadas respectivamente en 1960, 1970 y 1979, lo que da para jugosos análisis de los sucesivos regímenes españoles y su búsqueda desesperada de amiguitos: en 1960, agraciarse con el nuevo régimen Libertador argentino [32] (tras años de estar a partir un piñón con el general Perón, exiliado para más inri por aquel entonces en Madrid, que tenía su propia calle [33] desde 1948, y, tras volver en 1973 a la presidencia de Argentina, desde 1975 también estatua [34]). En 1970, agradecer a los demás gobiernos hispanoamericanos su ayuda en esos difíciles años en que, por alguna razón, España era un leproso político en Europa. Y en 1979, enterrar el hacha de guerra entre la recién restaurada monarquía y los Estados Unidos Mexicanos, uno de los pocos países que siempre había mantenido su reconocimiento a la Segunda República en el exilio [35].

En el callejero de Madrid también podemos encontrar ilustres ejemplos de lo que cabe llamar “desprecio por homenaje”: un homenaje “para que no se diga”, pero tan mierder que quede claro que quieres lo contrario. Así, el tardofranquismo le dedicó una calle al general Prim [36]: general exitoso y presidente del gobierno, sí, pero también liberal, isabelino, anticarlista y presunto masón [37]. Contradicción que cristaliza en una callejuelilla de 50 metros con culo de saco en ambos extremos. Callejuelilla que compite en brevedad, fealdad e irrelevancia con las dedicadas a Cayetano Redondo Aceña [38] y Rafael Henche de la Plata [39], alcaldes de Madrid durante la Guerra Civil, fusilado el primero por “auxilio a la rebelión” y condenado a muerte el segundo. Que se podrá hablar de lo que hicieron o dejaron de hacer en sus mandatos, pero a lo que voy es que a esas calles [40] les puso nombre un consistorio del PP. El mismo consistorio que también le puso a un bulevar de ocho carriles, sito dos manzanas más al norte, el nombre de Avenida Conde de Mayalde, por otro alcalde de Madrid [41], pronazi hasta las cachas, que además dirigió la Dirección General de Seguridad entre 1939 y 1941, fichando a todos los judíos españoles a petición de Heinrich Himmler [42], y que en sus ratos libres gustaba salir con un par de matones a dar palizas a rojos y maricas [43]. Como alcalde, además, quitó cuanto bulevar pudo para meter coches [44], así que lo de ponerle su nombre a un bulevar no deja de tener su aquel. Cuando los maoístas de Carmena le cambiaron el nombre [45] a Avenida del Ingeniero Emilio Herrera [46], la verdad es que ni siquiera los sospechosos habituales levantaron mucho la voz.

Bolívar tiene también una calle [47]… y una iniciativa para cambiarle el nombre, por antiespañol, a Blas de Lezo [48] (a pesar de que este ya tiene una [49]). Un ejemplo de libro de que el pasado no es más que otro campo de batalla para el presente. ¿Desde cuándo Simón Bolívar, un señor al que le edificaron estatuas en pleno franquismo y que se casó en Madrid [50] con una muchacha de aquí, de Madrí [51], es antiespañol? Pues desde que José María Aznar sacó a la derecha española de su tradicional panhispanismo (nacido en parte del hispanoamericanismo [52] del XIX, y en parte del franquismo mendigando reconocimiento internacional entre los espadones del Cono Sur, y si para eso hay que levantarle estatuas a Bolívar y arrinconar a Hernán Cortés, ¡pues se hace, coño, que con las cosas de comer no se juega!) y convirtió al PP en la franquicia local del Partido Republicano de EEUU, a cambio de que Bush le pasara cariñosamente la mano por el lomo [53]. Incorporando en el proceso todo el discurso histórico-colonialista explícitamente racista de la derecha estadounidense (sustituyendo el racismo más implícito de nuestra historiografía imperial).

 

Como I was in his ranch tengo credenciales impecables como demócrata y ya no necesito reconocimiento por parte de indianos para legitimarme; ¡Los indianos más bien deberían empezar a darnos las gracias por llevarles las ventajas de la civilización, la religión verdadera, y las inversiones de los monopolios públicos que he privatizado poniendo al frente a mis compañeros de pupitre!

 

Un discurso y una corriente que han adquirido vida propia en forma de VOX. Mariano Rajoy, bastante más sensato en este aspecto, apostó desde el PP por volver a las vías tradicionales [54], pero Casado tira más por lo nuevo [55] (en plan “mira, es lo que toca, Abascal nos come la tostada, yo solo soy un mandao”), antesala del “todo lo que venga de fuera es malo y judeo-masónico” que verán anunciado en televisión de aquí a tres años, no lo duden. Todo esto, encima, no lo han perpetrado ellos: no es más que un refrito rancio de lo que excretan los plumillas de Steve Bannon, directo desde Trumpland, donde el Partido Republicano ya ha sucumbido al supremacismo más abierto y descarado. El “que inventen ellos”, llevado al campo de la propaganda. Que Huitzilopochtli nos asista.

 

“Cortés did nothing wrong.”