Pactar es de débiles

Esta semana hemos visto, por fin, los límites del integrismo estratégico con el que juegan la mayoría de nuestros líderes políticos, y singularmente el presidente del Gobierno y el líder de la oposición. Ambos comparten dos características muy importantes: los dos rehúyen cualquier forma de pacto, por considerarlo un síntoma de debilidad, y los dos tienen querencia a mirar hacia su parte derecha. Todo ello se ha manifestado también en plena crisis de la pandemia provocada por el coronavirus. Terminaba la última prórroga solicitada por Pedro Sánchez para mantener el estado de alarma, y el Gobierno quería extenderlo por quince días más. El gobierno tiene 155 escaños, es decir: le faltan 21 para la mayoría absoluta (todos recordamos lo intrincadas que fueron las negociaciones para conseguir la investidura). Además, el gobierno lleva meses apelando a la unidad y a los pactos.

Por todo ello, cabría pensar que lo normal habría sido negociar con otras fuerzas políticas, singularmente con sus socios de investidura (los apoyos más probables) y con el PP (el apoyo más importante, por numeroso y por su valor simbólico). Pero, como es costumbre desde que comenzó esta crisis, y como es habitual en Pedro Sánchez, la estrategia ha sido la contraria: no hablar con nadie, afirmar que no había nada que negociar, y crear un falso dilema: o se prorroga el estado de alarma, o el caos. No hay plan B [acceso al artículo completo]


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