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“La guerra de los treinta años: catástrofe europea, trauma alemán” – Herfried Münkler

Amor y Masacre

Este es otro libro sobre la mayor catástrofe humana [1] en la historia de Alemania. También es un libro de amor. El amor la verdad es que se limita a que vi este libro y me enamoré, pero a 29,99 para Kindle lo consideré prohibitivo… y entonces vinieron mis allegados y me lo regalaron en las últimas Saturnalias. Eso es amor: hacer un despilfarro para que tus seres queridos se empapen durante dos meses de mil páginas de historiografía alemana y politología de una guerra atroz y trauma nacional ocurridos hace cuatro siglos.

Pero, ¿realmente fue tan atroz? Pues por comparar un poco: nuestro particular trauma local, la Guerra de España [2], causó la muerte de aproximadamente un 2% de la población. La guerra más grande del siglo, la Segunda Guerra Mundial [3], acabó con las vidas de un 8-9% de los alemanes, de un 14% de ciudadanos de la URSS, y -con diferencia la nación más afectada- de un 17-20% de polacos. Y esto son guerras de exterminio con armamento moderno. Pues bien: las estimaciones más comunes dan entre un 25% y un 40% de reducción de población para el periodo 1618-1648 en Alemania. Algunas zonas, como el Kurfürstentum Brandenburg (para los amigos, “Prusia” [4]), perdieron la mitad de sus habitantes. Suabia puede que dos tercios. Las consecuencias políticas, sociales y culturales cambiaron Alemania y Europa para siempre. Por eso esta es una guerra a la que hay que volver una y otra vez.

El trauma se materializó en una mentalidad de víctimas, combinada esquizofrénicamente con una necesidad de mostrar fuerza a toda costa. Por eso, lo primero que hace la Alemania unificada de 1871 (tras despedir a Bismark, que lo veía con horror) es emitir ruidos de sable y exigir “un sitio al sol”. No como resultado de un cálculo racional de costes-riesgos-beneficios, sino “porque nos toca”, como “compensación por lo que sufrimos”. Esto lleva directamente a una nueva guerra de treinta años [5] (1914-1945), esta vez con Alemania contra todos los demás. Se supera el trauma de 1648… sustituyéndolo por el de 1945, pero los mecanismos subyacentes, dice Münkler, siguen funcionando igual. Nueva (re)unificación en 1990, y tras unos añitos donde el eje de la memoria histórica sobre la Segunda Guerra Mundial se ha desplazado lentamente desde el Holocausto a los bombardeos sufridos [6], ya están surgiendo en el mainstream alemán los victimismos de “los aliados van de angelitos pero bien que nos bombardearon” que llevan directos a “los griegos se han aprovechado de nuestro complejo de culpa para robarnos los dineros” o “tampoco hay que votar AfD para darse cuenta de que somos los tontos de Europa”. Ya hay voces que piden una política exterior más asertiva, “que no le debemos nada a nadie”. Glups.

 

Deutschland marschiert!

 

Junto al deseo de sacar a la luz estos traumas para evitar que 2018-2048 acabe convertido en una nueva catástrofe europea, Münkler, como buen politólogo, también desea cambiar el punto de vista tan cerrado y limitado de la clase política alemana sobre estos asuntos (desde aquí solo cabe desearle suerte y recordarle que la clase política alemana no está sola en esto):

 

[hay un] grave déficit de pensamiento estratégico en la opinión pública alemana. Simplificando mucho se puede decir que la reacción nacional a desafíos estratégico-políticos es invocar acríticamente regulaciones jurídicas, generalmente las del Derecho Internacional, cuya aplicabilidad se iguala con su validez, y que superar el desafío consiste simplemente en imponer la legalidad. El estudio de la Guerra de los Treinta Años es un excelente ejercicio de desilusión de tales expectativas. Al principio de la guerra, todas las partes están convencidas de que el Derecho les asiste, y por lo tanto ven su propio uso de la violencia como acto de defensa de la Ley. Los primeros años de la guerra ilustran de manera horrorosa la fórmula romana summun ius, summa iniuria […] Quien estudie la pre-historia y los primeros años de la guerra, se volverá escéptico frente a la fijación en el Derecho como solución a desafíos políticos y reflexionará sobre si compromisos estratégicos no son más sensatos que la insistencia dogmática en normativas legales.

 

Por último, Münkler analiza cómo el final de la Guerra Fría parece haber acabado con los conflictos armados clásicos. Pero la guerra sigue allí, ya no como guerras del sistema de Westfalia, con sus sujetos soberanos y sus declaraciones formales y todo lo demás, sino como operaciones encubiertas, financiación de grupos insurgentes, mercenarios y otras cosas que ahora vemos desde Libia hasta el Hindukush, que nos parecen abismales pero que hace 400 años las teníamos aquí en casa. Las guerras “grandes” se acabaron, pero las pequeñas siguen ahí, y son ellas las que –ahora y hace 400 años- causan el sufrimiento. Si las Torres Gemelas fueron nuestra defenestración de Praga y Osama Bin Laden el Ernesto de Mansfeld [7] de Afganistán, si Bashar al-Assad es el nuevo Jorge Guillermo [8], si Erdogan apunta maneras de Wallenstein [9], si los kurdos en sus montañas son los nuevos mercenarios suizos, si Putin [10] es el León del Norte, si el Emperador [11] ha cambiado Viena por Washington y si Richelieu ahora maquina desde Beijing, pues se dice y ya está, y entonces la Guerra de los Treinta Años nos puede enseñar mucho más de nuestro mundo que los manuales letizios.

 

“Der Dreissigjährige Krieg: euroäische Katastrophe, deutsches Trauma”

La previa de la guerra, mil veces contada ya, es un encadenamiento de injusticas respondidas con arbitrariedades injustas que provocan una reacción, y así hasta que no hay vuelta atrás. La gota que coma el vaso, en este caso, es la Defenestración de Praga de 1618 [12]. Pero podría haber sido cualquier otra cosa… si aceptamos que la guerra era inevitable. ¿Lo era? En el lado protestante parecían creer que sí, y se urdían estratagemas y alianzas para ese día por parte de lo que podemos llamar “el contubernio de Heidelberg”, un montón de intelectuales y cabezahuevos montando castillos de nubes. Para Münkler, los proyectos de Heidelberg eran analíticamente geniales, pero políticamente ingenuos: vieron lúcidamente quienes se acabarían enfrentando al Emperador, pero no que su unión era un imposible. El Palatinado, Bohemia, Dinamarca, Suecia, Francia y la Provincias Unidas juntos podrían haber decantado la guerra con facilidad, pero eran demasiado diferentes y acabaron actuando uno tras otro, sin coordinación alguna. La Unión Protestante, fundada para defender intereses confesionales, solo era una alianza defensiva, y quienes creyeron poder usarla para una acción más agresiva –Christian de Anhalt [13], “el Puigdemont de los protestantes”- se llevaron una fea sorpresa.

En el “lado católico” (y siempre teniendo en cuenta que esto era una pinza muy suelta y que el lado católico era tan “lado” como el protestante, donde luteranos y calvinistas convivían con la misma armonía que ERC y el PdCAT) también había una movilización cada vez más fuerte. Primero, con la fundación de la Liga Católica (descripción véase Unión Protestante, solo que su líder, el Duque Maximiliano de Baviera [14], era más realista que Christian de Anhalt), y segundo, con una renovada alianza [15] entre las dos ramas de la casa de Habsburgo: Felipe III de España renunciaba a sus derechos sobre Bohemia y Moravia y les pagaba a sus primos de Viena un millón de ducados, y a cambio recibía de estos Alsacia y Lorena, para reforzar el Camino Real [16] (o como lo llama Münkler, “die spanische Gasse” [el callejón español]) y prepararse así para la inminente continuación de la Guerra de Flandes.

Al margen de la inevitabilidad de esta guerra, la historiografía alemana también ha dedicado su buena tinta a analizar si necesariamente tenía que ser tan horrenda. Münkler pone los típicos reparos politológicos a todas estas preguntas, se mete a describir crisis anteriores [17] tan gordas o más que la de Bohemia y que sin embargo no llevaron a la guerra, y luego ya abre el foco al contexto internacional y la ya tópica Trampa de Tucídides [18]: la -¿inevitable?- guerra entre el hegemón –España en este caso- y el aspirante –Francia. Cuando en 1608 estalla el conflicto sucesorio de Juliers-Cléveris, Francia se dispone a intervenir para desafiar al hegemón en un momento de debilidad. Y entonces la Historia saca uno de esos ocasionales Jokers que lo cambian todo: el asesinato del rey francés Enrique IV [19] por el fanático católico François Ravaillac el 14 de mayo de 1610. Ravaillac es en cierto modo un anti-Gavrilo Princip [20]: un magnicida que en vez de precipitar una gran guerra la evitó. Y al evitarla la hizo más virulenta: si el gran conflicto europeo por la hegemonía entre los Habsburgo y la alianza franco-protestante hubiese estallado ya en 1610, hubiese englobado inmediatamente a todas las grandes potencias, y el ganador hubiese quedado claro tras unas cuantas batallas. Ahora, Francia quedó fuera de juego durante años, los bloques confesionales creían que podían presionar más “porque total, al final no pasará nada”, y la guerra, desde sus pequeños comienzos en Bohemia, fue quemando un país tras otro como un cohete balístico que quema etapas hasta la explosión final.

 

Un 155 bohemio

La Defenestración de Praga sentó en esta constelación como otra reverberación más, pero esta vez el sistema entró en resonancia. Ni siquiera ahora la guerra era inevitable: los consejeros del viejo, pocho y un poco rajoyano emperador Matías [21] estaban dispuestos a nombrar un relator e incluso dialogar con los rebeldes, y muy probablemente los estados austriacos no hubiesen aprobado el dinero necesario para una guerra contra los estados bohemios. Hubiese sentado un mal precedente. Aquí entra en juego la facción hard de los Habsburgo, apoyada desde Madrid (o al revés, según su nivel de constitucionalismo en sangre; Münkler en general favorece la idea de Madrid como emisora del 155), que teme que Bohemia se convierta en un segundo Flandes. En un golpe de palacio, los archiduques Fernando y Maximiliano deponen y exilian al cardenal Klesl [22], maricomplejines en jefe, y se lo presentan a Matías como hecho consumado. Matías es incapaz de reaccionar y muere en 1619, dejando el trono a Fernando. Este pasará de los estados austriacos y usará el dinero y las tropas de los españoles para lanzar una guerra privada contra Bohemia, y como resulta victorioso se la queda toda para él y sus compinches. Pero aún lo hace siguiendo los consejos de los maricomplejines de oficialmente limitarse a sofocar una rebelión (algo que ni siquiera los líderes protestantes pueden objetar, y que explica que los rebeldes no reciban ayuda de nadie salvo de las Provincias Unidas y de Federico del Palatinado, al que coronan rey para apenas un invierno), sin usar su nuevo poder de justa conquista para cerrar TV3, quitar la educación en catalán y purgar la administración de indeseables imponer a fuego la contrarreforma católica… al menos hasta 1629. Hasta entonces se sigue la estrategia de Klesl de declarar la guerra como conflicto constitucional y si acaso ejecutarla encubiertamente como guerra de confesiones.

Militarmente, la guerra no tuvo ni media leche: tras 50 años de guerra continua en los Países Bajos (la primera guerra “moderna” centrada en la logística y los asedios, entre ejércitos profesionales permanentes que exigen finanzas sólidas detrás), la máquina bélica de los Habsburgo está engrasada y a punto, y a cambio de concesiones territoriales se asegura el apoyo de Sajonia (protestante-pero-leal-al-emperador-y-a-la-constitución-del-Reich-que-nos-dimos-entre-todos-y-muy-especialmente-a-la-Disposición-Adicional-Primera, Sajonia con sus saltos de un lado a otro es el PNV de esta historia) y Baviera (líder de la Liga, pero siempre dispuesta a dejar de lado la defensa de la fe católica a cambio de concesiones contantes y sonantes para el Freistaat; a Maximiliano de Baviera hay que imagínenselo como un barón socialista pidiendo mano dura y 155 a un gobierno del PP). En el lado opuesto, los bohemios montan una defensa criminalmente floja, carecen de iniciativa, dan palos de ciego en la estrategia, se aíslan políticamente, y en vez de desgastar al enemigo con tierra quemada acaban ofreciendo una batalla [23] en la que los austriacos los hacen picadillo. Luego, encima, ¡los principales líderes ni siquiera huyen!, sino que se quedan creyendo que el emperador pensará como ellos: que esto ha sido un juego, que noble no come noble y que todo va a seguir como antes. En cambio, les espera la pérdida de sus bienes (media Bohemia es confiscada y entregada a una nueva aristocracia extranjera que dominará el país hasta 1918), el exilio (tras unos años de prudencia y guardar las apariencias, el emperador se pone a recatolizar a saco y 150.000 protestantes emigran), y 27 sentencias de muerte con previo arrancamiento de miembros y lenguas, y las cabezas expuestas en la torre del puente de Carlos en Praga [24]. Bienvenidos a las rebeliones modernas, mucho más sencillas que los pérfidos golpes posmodernos [25].

 

El mismo día de las ejecuciones, el emperador Fernando II hace una peregrinación a María Zell y le consagra a la virgen una corona dorada por valor de 10.000 florines. ¡Que no se diga que lo hizo solo por la pasta!

 

Federico del Palatinado, alias “Rey de Invierno”, sí que sale por piernas y se dedica a vagar por sus dominios requisados, acompañando a aventureros y señores de la guerra que solo buscan excusas para saquear pero sin posibilidad real de cambiar nada. Pero tampoco tiene nada que perder, debido a la intransigencia del emperador, así que prosigue la lucha. Con bastantes apoyos, porque el emperador, sin consultarlo al Reichstag ni a los príncipes electores, quiere quitarle la potestad electoral al Palatinado protestante para dárselo a la católica Baviera, alterando el equilibrio confesional, una cacicada denunciada por los protestantes como “tiranía española” (curiosamente, los españoles se oponían a esto último: querían una rápida amnistía a Federico con condiciones durillas -que integrasen el Palatinado en el Camino Español [16]– pero sin pasarse, y así parar la sangría económica, que no estaba la Hacienda Real para estos dispendios).

 

La guerra danesa

En estas que hemos llegado al año 1625. La guerra se ha difuminado en campañas de mesnadas protestantes que van de aquí para allá sin ser una amenaza existencial pero dando mucho por culo. Agobiado por el general de la Liga Johann Tsercales, conde de Tilly [26], el condottiero Ernesto de Mansfeld se deja contratar por las Provincias Unidas. El otro aventurero protestante, Cristian de Brunswik [27], conocido como “el duque salvaje” y “el loco de Halberstadt”, acaba evadiéndose hacia los territorios protestantes del norte del Reich. Tilly le persigue –órdenes de arriba- y esto acaba provocando la entrada en la guerra de Dinamarca, cuyo rey es uno de los nobles del Reich vía posesión del ducado de Holstein [28]. ¿Por qué se meten los daneses donde no les llaman? Pues porque se están disputando el predominio del Báltico con Suecia, piensan que una posición fuerte en Alemania les ayudará, y creen que la lograrán convirtiéndose en los campeones de la causa protestante. Se muestra de nuevo -no por última vez- la capacidad del conflicto alemán de atraer todos los marrones europeos a su campo de juego para que se disputen allí.

Para parar al danés, el emperador recibe una oferta de uno de los grandes beneficiados del reparto del botín bohemio: Albrecht Wenzel Eusebius von Wallenstein, duque de Friedland. Uno de los personajes más interesantes de esta guerra (y por eso esta su página amiga ya les ha reseñado una pedazo biografía suya de 1000 páginas de nada [9]), en el que se cruzan las fallas políticas y sociales de la época. Quizás no tan buen general como Tilly y Gustavo Adolfo, pero vastamente superior como organizador y como mente política, Wallenstein “lee” el partido y se ofrece a montar de su bolsillo un ejército, si Viena tiene a bien pagar posteriormente el mantenimiento. La creación del ejército de Wallenstein es un paso cualitativo importantísimo. El emperador, como tal, no había dispuesto nunca de tropas propias “imperiales”. Siempre que las necesitase tenía que pedirlas a los nobles o usar las propias de Austria. Lo que tenía era una estructura jerárquica fundada en el derecho. Ahora, la base del poder político dejaba de ser el derecho y pasaba a ser la fuerza bruta. La oferta de Wallenstein significaba aceptar esta realidad, con consecuencias imprevisibles.

Pero aparte de mostrarnos a un trepa deluxe, Wallenstein también le sirve a Münkler para un buen analeses poletologeco. Porque una de las razones por las que no hay un ejército imperial es porque no hay impuestos imperiales para pagarlo… y los nobles -ya sean católicos, protestantes, calvinistas, utraquistas o del Real Betis Balompié- tienen clarísimo que esto debe seguir así. Y es que esta es una época en que esto de poner impuestos se está cargando el consenso medieval: en Inglaterra y Países Bajos, lleva a revoluciones que desembocan en monarquías parlamentarias, con el parlamento conquistando la vital prerrogativa de aprobar presupuestos e impuestos. En Francia y España, en cambio, los reyes se imponen como únicos dueños de la soberanía nacional (guerras religiosas, comuneros…) y preparan ya el absolutismo. En Alemania, en este momento el emperador inicia un camino intermedio pero que podría acabar como en Francia: autoriza a Wallenstein a reclamar “contribuciones extraordinarias” de los territorios donde se encuentra. Es decir, autoriza un impuesto sin consultar con los nobles. Nobles que van a atacar a Wallenstein con toda la batería de difamaciones, fake news y sabotajes que pueden, como forma de defender sus chiringuitos fiscales sin atacar al propio emperador. Emperador que se beneficia de Wallenstein pero que puede dejarle caer en cualquier momento si deja de conseguir resultados o así le conviene políticamente, como ocurre dos veces. Auge y caída de Wallenstein son así parte del Sonderweg germano [29]: constituyen el intento de construir un poder central efectivo en el Reich, y su fracaso lo impide hasta mucho más tarde; que esto se deba a una conspiración noble y no a una revolución desde abajo mantiene al Reich atado a sus estructuras aristocráticas hasta 1918.

Sobre si el sistema de contribuciones era benigno o maligno para el germano de a pie, lo cierto es que –aunque los territorios afectados se quejaban de sufrir las siete plagas- las tropas de Wallenstein eran pagadas correctamente y saqueaban mucho menos que las demás, y al hombre no se le caían los anillos para ejecutar a oficiales si no podían controlar a sus hombres. Es a raíz de su destitución que la guerra se desmadra en mil conflictos y bandas incontrolables que van a llevar el horror a otro nivel. Tilly, tantas veces mostrado por la historiografía católica como contraejemplo virtuoso de Wallenstein, no tuvo reparos en permitir las matanzas indiscriminadas de Münden [30] y Magdeburgo [31] (a esta última le debe la lengua alemana el verbo “magdeburguizar” para lo que se imaginan, por cierto que por esta matanza Tilly recibió una carta de felicitación del Papa Urbano VIII diciendo “el justo se alegra cuando ve el castigo, y baña sus pies en la sangre de los sacrílegos”). Guiado, suponemos, por la idea de que mostrando la disposición para la brutalidad desde el principio esto animaría a sucesivas ciudades a rendirse antes. Cosa que no pasó, pues los protestantes simplemente empezaron a ejecutar con idéntica brutalidad a comandantes que se rindiesen a las primeras de cambio.

 

¡A por ellos!

 

Pero por el momento, Tilly y Wallenstein al alimón lograron vapulear a los ejércitos daneses y arrinconarlos en las islas, donde sin embargo eran invencibles debido a que el emperador carecía de flota. Impasse, y buen momento para hacer una paz, pero Clío es una zorra a la que a veces le gusta doblar la apuesta, y en 1628 vuelve a sacar otro joker: el almirante neerlandés Piet Heyn asalta y captura [32] la Flota del Tesoro española. Once millones de florines caen en manos de las Provincias, que los usan para relanzar la guerra en su frontera sur. Razón de más para cerrar otros escenarios, pero Habsburgos gonna habsburguear: seguimos con todos los frentes abiertos y añadimos el de Mantúa [33]. Wallenstein, más cercano a Olivares o Richelieu en tanto no era solo una herramienta sino un actor político, intentaba mantenerse todas las opciones abiertas (y por eso participó nominalmente en la enésima chorrada imperial: la construcción de una alianza hispano-hanseática que rompiese el dominio comercial de los anglo-neerlandeses en el Báltico), y al final logró encarrilar una paz generosa con Dinamarca.

 

La guerra religiosa

1629 marca un salto cualitativo en el transcurso de la guerra. Hasta ahora, la religión había sido solo un factor más, y ni siquiera el más importante, pero con el Edicto de Restitución [34] de ese mismo año las cosas cambian: de cumplirse, se alterará para siempre el equilibrio de poder entre católicos y protestantes a favor de los primeros. Desequilibrio que además se va a usar en recatolizar a todo quisqui. La fuerza detrás del Edicto son los “católicos militantes”, liderados por los padres Contzen [35] y Lamormaini [36] –jesuitas, y a la sazón padres confesores de Maximiliano de Baviera y del emperador respectivamente-, y la jugada política es dividir a los nobles prometiéndoles que cuando el dueño del bien a restituir no esté claro, ellos se quedarán los bienes, con la esperanza de que suficientes católicos moderados lo apoyen, pese a que no se aprueba en un Reichstag sino por Decreto Ley Imperial (y luego Lamormaini ya se encarga de que la Societas Iesu se lleve un pellizquito). Münkler se mete en la correspondencia de Lamormaini, y lo que asoma es un fanático convencido de que ha llegado la hora de exterminar la herejía, que presiona al emperador amenazándole con negarle la absolución, y que no ha sido capaz de aprender lo que los protestantes llevan experimentando desde hace diez años: que a la hora de la verdad, los intereses crean alianzas más fuertes que la religión. Así, Lamormaini sueña con una mega-alianza católica de la Casa de Austria con Francia donde todos se agrandarían a costa de los protestantes… pero claro, Francia sería el segundón, y Richelieu como buen francés no está por la labor, por muy cardenal católico que sea. De modo que cuando el Edicto empieza a aplicarse y a empujar a los protestantes a la desesperación, los suecos de Gustavo Adolfo desembarcan en el norte y son recibidos como héroes (bueno, a partir de que empiezan a ganar batallas, en realidad).

¿Porqué se meten los suecos? Pues porque quieren repetir la jugada de Dinamarca de dominar el Báltico metiendo cuchara en el Reich. Dinamarca tiene la flota más fuerte, así que la estrategia sueca es asegurarse los puertos y las desembocaduras de los ríos. También, porque cuenta con el discreto pero firme apoyo de Francia, siempre deseosa de sangrar a los Habsburgo. Y finalmente: porque Gustavo “perro loco” Adolfo tiene delirios de grandeza y ganas de ser aclamado como el nuevo Moisés de los protestantes. Münkler al final le constata un equilibrio entre ambos, la seguridad de Suecia y el idealismo protestante.

Como los nobles han presionado al emperador para quitar de en medio a Wallenstein, el ejército imperial está hecho unos zorros, y Tilly acude con las tropas de la Liga al encuentro del sueco. En Breitenfeld [37], la batalla más grande y sangrienta de toda la guerra, Adolfo destroza a las tropas liguistas. Tras diez años de victoria en victoria, la derrota noquea a los católicos, y los suecos avanzan por el valle del Meno [38] (un pasillo de obispados y territorios eclesiásticos llamados coloquialmente Pfaffengasse o “el callejón de los curillas”) hasta Frankfurt. Frankfurt era la ciudad donde se elegía y coronaba al emperador del Sacro Imperio, y que se rindiera sin lucha fue una yoyah de aúpa a Fernando II.

 

¡El enemigo en Frankfurt, la Fe Verdadera cuestionada, el emperador humillado!

 

La llegada de los suecos al Rin volvió a meter en el embrollo a los españoles, que ocupaban algunas fortalezas para asegurar el Camino Español. Sin embargo, tras algunas escaramuzas, tanto Madrid como Estocolmo optaron por no declararse mutuamente la guerra. Madrid, porque bastante tenían ya con lo de Flandes; Estocolmo, porque ese paso habría convertido la guerra definitivamente en confesional, y eso les habría hecho perder el apoyo francés. En lugar de eso, Gustavo Adolfo se fue a por Baviera, capturando Augsburgo (lugar donde se negoció la paz homónima [39] que según la propaganda protestante el emperador estaba rompiendo y que Gustavo quería restaurar) y asediando Núremberg (donde se encontraba la tesorería imperial). Algunos ya empezaban a hablar de Gustavo Adolfo como favorito de Dios y candidato a emperador del Sacro Imperio.

Pero Wallenstein –llamado de vuelta por el emperador- caló correctamente la situación: el sueco estaba atascado en Baviera, no podía avanzar mientras Wallenstein acechara en Bohemia y los bávaros resistiesen en sus ciudades amuralladas, y no podía retirarse sin perder su aura de campeón invicto. Así que se dedicó a esperar. Gustavo Adolfo no vio otra salida que empezar a devastar sistemáticamente Baviera, pero Wallenstein siguió sin ofrecer batalla, lo que le ganó el odio eterno de Maximiliano, instrumental en su caída. Los suecos se retiraron, pero finalmente lograron forzar una batalla [40] en Sajonia ya entrado noviembre. La cosa acaba en empate: los suecos pierden más hombres pero Wallenstein cede el campo de batalla. Sin embargo, Gustavo Adolfo ha muerto. Lo que queda del mito de la invencibilidad de los suecos lo liquidan los españoles en Nördlingen [41]. Entre Lützen y Nördlingen el emperador además se ha echado en brazos de los nobles despachando definitivamente a Wallenstein, que andaba negociando por su cuenta una paz sensata. El catolicismo político vuelve a estar en la cima, pero por una vez ofrece una paz relativamente generosa a los protestantes. El problema es que la guerra ya no es entre el emperador y sus súbditos rebeldes: esta ya es una guerra internacional, y sin implicar a Suecia y Francia en las negociaciones no es posible terminarla. En cierto modo, los fracasos de Gustavo Adolfo y Wallenstein son los fracasos de ambas vías: de la paz por la victoria en el caso del primero, de la paz negociada en el caso del segundo. Cerradas ambas, la guerra continúa “por si misma”, como si nadie tuviese una idea mejor.

Münkler aquí se toma una pausa artística para hablarnos de la recepción en el arte, de la mano de dos cuados pintados entre 1634 y 1638: “la rendición de Breda [42]” de Velázquez y “los horrores de la guerra [43]” de Rubens. Gallardía, honor y buena lid desde el punto de vista de los españoles, caos y destrucción desatada desde el punto de vista neerlandés. Como tiene a bien informarnos la hagiografía neoimperial española [44], la verdad verdadera está en el primer cuadro, que ya se sabe la perfidia que gastan los pérfidos centroeuropeos que nos tienen envidia.

 

“La Guerra de los Treinta Años fue una época de extraordinaria placidez.”

 

Volviendo a las matanzas y masacres, Nördlingen señala también la vuelta de tuerca final: viendo que el poder de Suecia se tambalea, Francia se quita la careta y entra abiertamente en la guerra, cuyo centro neurálgico se desplaza al valle del Rin. Significativamente, le declara la guerra a España y no al Sacro Imperio, mientras mantiene a los suecos con subsidios dentro del conflicto. De la hegemonía va esto, no de la religión, y con la hegemonía van a hacerse los aliados interconfesionales, Francia y Suecia. Pero aún harán falta 10 años y unas cuantas derrotas (Rocroi [45], la revancha de Nördlingen [46], Jankau [47]… y en el caso español, revueltas en Portugal y Cataluña) para que el nuevo emperador, Fernando III, pueda imponerse a los ultras de su bando. A pesar de las batallas mencionadas, la guerra ahora se vuelve más difusa, con más asedios y ataques a las bases logísticas que enfrentamientos directos. La caballería experimenta un importante aumento [48] frente a la infantería, pues permite recorrer largas distancias y atacar las retaguardias y territorios distantes, que se devastan simplemente para negárselos al enemigo. Se nos queda una Alemania bien bonita, con trauma a juego.

 

La paz de Westfalia

Negociar una paz tras una guerra tan larga constituyó una verdadera proeza diplomática, y Münkler se toma su buen rato diseccionando las jugadas. Para empezar, había que resolver el problema de la puñetera precedencia, ya saben: quien es el primero en entrar a la conferencia (en principio el emperador, pero Francia adujo que la elección de Fernando III se había hecho sin presencia de algunos príncipes electores y por tanto no era válida) y otras menudencias. Esto, con cientos de representantes, era imposible – y sencillamente no se hizo. Simplemente se empezó a negociar entre los presentes, sin formalidades ni nada, y poco a poco fueron uniéndose más y más embajadores, por lo que realmente no hay una fecha de comienzo. Y en cuanto a la precedencia religiosa, ingeniosamente se usaron dos sedes, Münster (católica) y Osnabrück (protestante), ambas muy cercanas y en Westfalia, de ahí el nombre. Luego, había que dividir todos los conflictos entrelazados y resolverlos caso por caso. Lo más sencillo, Rocroi mediante, fue firmar al fin una paz entre España y las Provincias Unidas, que tras 80 años de guerra y tirar inútilmente casi todo el oro de las Indias otorgaba la independencia a los rebeldes y sediciosos esos. Con esta paz parcial, quedaban los conflictos internacionales con Francia y Suecia, y el conflicto “religioso-constitucional” dentro del Reich. A Francia y Suecia se los contentó con concesiones territoriales. Permanentes en el caso francés, donde Alsacia y Lorena han acabado siendo más francesas que París, y más provisionales [49] en el lado sueco, que en menos de un siglo perdería su hegemonía báltica, señal de que toda la aventura alemana había sido una sobreextensión de su poder.

Finalmente, el conflicto interno: restauración de algunos exiliados, reformulación de la paz de Augsburgo (con los “Erblande”, las tierras hereditarias en posesión de los Habsburgo, explícitamente excluidas de la tolerancia, es por ello que Austria es sinónimo de integrismo católico [50] dentro de la Europa germanoparlante, más aún que España), y finalmente el cogollo del meollo del bollo: ¿qué es el Sacro Imperio Romano? ¿Una unidad muy diversa, o una federación de estados soberanos? Westfalia, pronunciando que de iure lo primero, estableció de facto lo segundo. El centro político del continente implosionó, abriendo el camino al predominio francés.

 

Hicieron falta dos siglos y un par de prusianos para arreglarlo.

 

2001-2031: nuestra gran guerra árabe

¿Y hoy? ¿Qué podemos aprender nosotros de esta guerra? Pues un montón de interesantes paralelismos con la que hay liada en el mundo árabe. A raíz de la defenestración del 11-S, se han sucedido guerras abiertas en Afganistán, Irak, Libia, Siria, o Yemen, sin contar los cientos de insurrecciones menores o las primaveras árabes. Conflictos de baja intensidad que sin embargo no terminan nunca, porque, sostiene el libro, allí se cruzan todos los conflictos del mundo y unos cuantos regionales. En Siria, Estados Unidos está a la greña con Rusia. Irán y Arabia Saudí se disputan la preeminencia en el Golfo. Otro conflicto menos visible pero también presente era el del liderazgo del mundo árabe, tradicionalmente de Egipto pero del que este se despidió cuando Anwar el Sadat firmó los Acuerdos de Camp David, momento en que Irak intentó hacerse con el rol. Con Irak “liberado [51]”, se creó un vacío de poder en el que han surgido, entre otros, el Daesh. La cosa lleva ya tanto tiempo en marcha que en menos de un año Estados Unidos puede desplegar marines que no habían nacido el 11-S. Y al igual que en 1635, no se ve una salida clara porque todo el mundo aún confía en ganar la partida. El libro, en fin, es una verdadera gozada de leer, y como toda buena obra de historia plantea más preguntas que respuestas. Como debe ser. Para las respuestas, ya están los demagogos, aquí y en los confesionarios vieneses del siglo XVII.