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Aún huele a leche

En abril, el PSOE obtuvo una victoria electoral. Una victoria clara, en términos relativos, pero que le dejaba muy lejos de la mayoría absoluta. Sin embargo, alcanzar dicha mayoría en una investidura resultaba razonablemente sencillo: en Unidas Podemos estaban que se morían por sumarse al PSOE a cambio de tres o cuatro ministerios menores; y los nacionalistas vascos (PNV) y catalanes (ERC) estaban dispuestos a ofrecer su voto afirmativo y su abstención, respectivamente, para alcanzar la mayoría, con tal de conjurar la amenaza del trifachito. Además, Vacío contaba con una baza adicional muy importante: la posibilidad de montar un gobierno letizio entre PSOE y Ciudadanos, como ya intentara en 2016, pero esta vez con un número de diputados más que suficiente [1]. Una posibilidad que podía parecer remota en junio, pero que en cualquier momento podía virar, dada la legendaria capacidad, tanto de Vacío como de Rivera, para defender los principios irrenunciables que en cada momento convengan.

Con todos esos triunfos en su mano, el PSOE decidió armar un “Relato” que le permitiera quedarse con todo el Gobierno para ellos. Y tenían razones para ello: después de todo, si esos mismos partidos les habían regalado el Gobierno en la moción de censura de 2018 a cambio de nada [2] (¡incluso se encargaron de recolectar los votos!),… ¿por qué razón debería ser diferente ahora? Votación gratis y a gobernar a golpe de decreto ley, como entonces, pero con 38 diputados más. El PSOE intentó simular que había una negociación y que Unidas Podemos planteaba condiciones imposibles (¡querían algo a cambio de sus votos!). Hay que decir que el “Relato” no les quedó demasiado bien, pero así y todo fueron hasta el final y convocaron elecciones de nuevo. Unas elecciones cuyas condiciones diferenciales (las consecuencias de la sentencia del Procés en Cataluña y la aparición del partido de Íñigo Errejón, Más País) eran perfectamente conocidas y, de hecho, fueron propiciadas por Sánchez (en el caso de Errejón, que en el de la sentencia no lo sé, aunque tampoco descartaría que la redactase él mismo, vista su estricta observancia de la división de poderes).

Son esos dos factores los que explican los cambios que hemos encontrado en noviembre respecto de abril [1]: por un lado, la polarización en torno a Cataluña ha incrementado ligeramente el voto a partidos nacionalistas (y, en Cataluña, independentistas), que han aumentado en cuatro escaños su representación en el Congreso. Ese es también, como partido reciamente nacional-católico de estricta obediencia borbónica, el principal factor que explica el fulgurante ascenso de Vox hasta los 52 escaños. Por otro lado, y aunque Más País sólo se ha presentado en las circunscripciones más pobladas, su existencia puede ayudarnos a explicar parte del descenso (liviano, en ambos casos) experimentado por PSOE y Unidas Podemos.

Ambos, PSOE y Unidas Podemos, han aguantado bastante bien la repetición. En el caso de Podemos, más o menos han salvado los muebles, a pesar de la presión mediática y el “Relato” socialista (por mucho que dicho “Relato” fuese una mierda, hay que tener en cuenta que había mucha gente, por ejemplo los que han votado al PSOE ahora, dispuesta a creérselo), y a pesar de la entrada de Errejón para disputarles su espacio electoral.

Hace algunos años, cuando se consumó el cisma entre PABLO y el errejonismo, parecía que la apuesta de Iglesias por ocupar el espacio de Izquierda Unida y la retórica agresiva con el PSOE, frente a la opción “amable” y de “seducción” del electorado socialista que propugnaba Errejón, era una apuesta errónea, anticuada. Pero estas elecciones han demostrado que, una vez Podemos perdió su fuerza electoral de los fulgurantes inicios (cuando llegaron al 20% y a los 71, contando a IU y confluencias), era un terreno mucho más sólido apostar por el espacio a la izquierda del PSOE, corregido y aumentado por la crisis y por el factor generacional, que la incógnita de sustituir al PSOE. Ese es el muro contra el que se ha topado Errejón, seducido por la existencia de abuelitas que parecían del PSOE y obtenían resultados -en Madrid- mucho mejores que el PSOE, sin ser plenamente consciente de que sacaba esos resultados por circunstancias muy particulares (el efecto Naumaquias del candidato del PSOE, Antonio Miguel Carmona, en 2015, y el efecto alcaldía de Carmena después). A Errejón los votantes socialistas de toda la vida puede que le vean simpático, pero nunca le votarán… a menos que se vaya al PSOE. Y los votantes que se hartan del PSOE, en la mayoría de los casos, ya están en Podemos o prefieren a Podemos.

Los resultados de Más País han sido muy malos, sin paliativo alguno. Ha quedado evidenciado que, fuera de Madrid (los votos y el escaño de Valencia son de Compromís), el partido no tiene apoyos, ni hay espacio electoral entre Podemos y el PSOE, hoy por hoy (y tampoco hay mucho en Madrid). Si sólo se hubiesen presentado en Madrid, esos dos escaños podrían ser una modesta, pero prometedora, plataforma inicial. Teniendo en cuenta el fracaso en las demás circunscripciones, el proyecto nace medio muerto.

Pero la decepción de Más País no es nada comparada con la principal novedad de estas elecciones: el fulgurante hundimiento de Alberto Carlos Rivera y su partido, Ciudadanos. No dirán que no se lo avisamos desde LPD (¡llevamos avisándoselo desde enero de 2016!): este partido, como puro producto de marketing, aupado a los cielos por las encuestas y los apoyos mediáticos, carecía de consistencia y tarde o temprano iba a implosionar. Y sí, es cierto que Rivera estuvo a punto de alcanzar la presidencia (virtualmente, a base de encuestas, eso sí) en 2018 y que en abril casi supera al PP; pero ahí tocó techo, pues ese apoyo del macizo de la raza de la derecha española siempre fue poco sólido, derivado de la decadencia estructural del PP entre el electorado más joven y urbano, y acabó por desbaratarse ante el último vaivén doble de Rivera (el que le llevó a negar a Sánchez durante meses, cuando podría haber sido vicepresidente en un gobierno letizio construido con el material con el que se forjan los datos y luego, cuando ya se habían convocado las nuevas elecciones, plantear de nuevo la posibilidad de darle su apoyo) para que esos nuevos votantes poco fiables, que querían caña a los indepes, volvieran al PP o directamente se fueran a Vox.

Está claro que cargarse a Ciudadanos era uno de los principales objetivos de Pedro Sánchez, y al menos este lo ha conseguido (no es que compense todos lo que le ha salido mal con la repetición electoral, que es casi todo lo demás, pero algo es algo). Y más que lo conseguirá cuando, huérfanos de apoyos mediáticos, los sondeos certifiquen que incluso los votantes que ha tenido ahora el partido comienzan a abandonarlo también, una vez es una herramienta que ya carece de utilidad. Y por si eso no estuviera claro, ya se encargará el PP de atraerse a Ciudadanos a la “Casa Común” de la derecha por la vía de recuperar a múltiples hijos pródigos (especialmente emocionante puede ser la vuelta de Ángel Garrido al PP). Pero esa “Casa Común”, encarnada por el PP de siempre y el PP anterior al propio PP, Vox, lo tiene muy difícil para gobernar alguna vez en España. Huérfana de aliados, ubicada en posiciones muy alejadas de la centralidad, y más que convincente para soltar el “¡que viene la derecha!”, principal argumento electoral del PSOE desde 1986. La derecha lo tiene crudo, a no ser… que se repitan elecciones una y otra vez porque Vacío exija que la gente deje de votar mal y al final Ultraespaña Suma alcance la mayoría, por puro hastío. O que venga una virulenta crisis económica que aumente los votos del PP (valor refugio) y de Vox (voto protesta desde la derecha). ¡Pero ambas opciones son muy poco probables, jajaja!

Mientras tanto, el argumento de “¡que viene la derecha!” funciona, por lo visto, aunque se enarbole a la vez que se promete mano dura en Cataluña y se hacen ojitos a Ciudadanos e incluso al PP para que graciosamente les permitan gobernar, mientras se escupe en la cara de “nuestros amigos de Unidas Podemos” con los que Sánchez aseguró que gobernaría si vencía en abril, y con quienes gobierna en un sinfín de ayuntamientos y en las comunidades autónomas en las que gobierna el PSOE, es decir: en todas partes menos en el Gobierno de España. Funciona aunque el líder del partido pinche en el debate electoral, se descuelgue con unas declaraciones surrealistas sobre traer a Puigdemont a España, decepcione las ilusiones de sus votantes a los que convocó en abril para parar a la derecha, y le salga mal el mencionado “Relato” sobre de quién era la culpa de la repetición electoral. Todo eso, más el delirante afán por introducir a Más País en su espacio electoral, ha dado lugar a… tres escaños menos. Las tragaderas del votante socialista en noviembre, los fieles a pesar de todo, han sido increíbles. El suelo del PSOE, hoy por hoy, es más sólido que el adamantium, y a la velocidad a la que se repiten elecciones, ni siquiera “el hecho biológico” puede erosionarlo antes de que se celebren comicios otras tres o cuatro veces.

De hecho, si miramos los bloques, los resultados electorales, en votos, han sido muy similares a los de abril. Los cambios se deben, sobre todo, a la aparición de Más País y de otros partidos de ámbito local (fundamentalmente, la CUP), que han aumentado la competencia en la izquierda, y a la mayor eficacia de la derecha para concentrar sus votos en la España vacía. En escaños, el cambio es pequeño, pero muy significativo, porque reduce mucho las posibilidades de que el PSOE logre una investidura sin tocar el voto independentista, pues este PSOE sigue dispuesto a no tocar Cataluña y dejar que el problema continúe enquistándose y pudriéndose más y más, en sentido homenaje a Mariano Rajoy. La alternativa, una Gran Coalición con el PP, es impracticable en un contexto en el que el PP se estará jugando la supremacía en el campo de la derecha frente a Vox. Así que, no lo digan muy alto, pero no cabría descartar unas terceras elecciones dentro de unos meses. Total, para lo que tiene que hacer este Gobierno, que es propaganda a través del BOE, tampoco hay prisa por lograr la investidura.