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“Eduardo I – un rey grande y terrible” – Marc Morris

“A Great and Terrible King”

Este libro es una biografía del rey Eduardo I de Inglaterra (1239-1307). Resumiendo bastante: el rey contra el que luchó Braveheart y bajo el que tomaron forma muchos de los elementos definitorios del Reino de Inglaterra, como el Principado de Gales o parlamentos regulares. ¿Y eso qué interés puede tener para nosotros? Pues varios. Uno es que Marc Morris ya es conocido de esta página [1] y escribe ameno y detallado. Nadie mejor que él para analizar la vida de Edward “Longshanks”. Luego, ya a un nivel personal, últimamente ando corto de dinero y no puedo dejarme 40 machacantes en lo que realmente quisiera (que alguien me explique por favor porqué los eBooks en alemán son tan caros [2]). Y los anglosajones en general venden barato (hasta 10€) y no suelen ser unos panfleteros impresentables, o al menos a mi no me han tocado.

Pero no solo son mis cuitas personales: aquí ya hemos comentado hasta la saciedad [3] el papel de utópica arcadia feliz que Gran Bretaña representa para nuestras derechas locales. Lo que hace cien años aún era la Pérfida Albión hacia 1943 se convirtió en un posible futuro para España (aunque en 1950 aún los había que no querían enterarse [4]), visto que el modelo tan entusiastamente adoptado en aquellos años había entrado en crisis a orillas del Volga. En 1947 Franco ya determinó oficialmente que la forma de estado iba a ser la monarquía [5], y cuando en el tardofranquismo se empezaba a pensar discretamente en el “día después” del “hecho biológico”, lo que flotaba en los cráneos privilegiados [6] (gente como Fraga, que para algo había sido embajador [7] en Londres) era Gran Bretaña: una monarquía (esto era innegociable, ¡de lo contrario les habrían arrebatado su Victoria!) donde el monarca representa la nación y sirve de “árbitro” para evitar que las cosas se desmadren, amado por el pueblo y aceptado por las izquierdas; pero a la vez un sistema con indudables credenciales democráticas, con su sistema electoral mayoritario tan benéfico (excepto allí donde por desgracia no hay suficientes británicos de bien [8], pero para esas cosas España innovó con el artículo 155 y la Ley de Partidos), con su aristocracia de toda la vida, y con sus ex–colonias integradas en una commonwealth bajo la sabia y benigna guía de la Corona. Este modelo político tan conservador, claro, exige una visión oficial de la Historia donde todo, desde la más oscura edad media hasta el presente, habría sido una sucesión de pasos guiados por la Divina Providencia, sin disrupciones ni retrocesos, hasta llegar al mejor de los mundos posibles. Aquí divergen un poco los relatos británicos y españoles, porque claro, dicen nuestros monárquicos locales, los británicos no han tenido que perder sus fuerzas luchando durante siglos contra unos enemigos sureños fanatizados por una religión autoritaria e intolerante (en realidad los británicos sí lo han hecho, solo que los sureños fanatizados e intolerantes eran los católicos españoles de Felipe II, ¡pero explíquenle eso a nuestros monárquicos locales!). En suma, para nuestras derechas Gran Bretaña y su imperio representan lo que España y la Hispanidad podrían haber sido de no tener que lidiar con moros y traidores rojeras. Por eso mismo, cuestionar este relato puede y debe hacerse desde la misma edad media. Si -como el propio Morris dice- el reinado de Eduardo “es esencial para entender lo que significa ser británico”, entonces también puede servir para visibilizar algunas de las fantasías políticas sobre las que reside esta Tercera Restauración Borbónica. Y aquí en LPD siempre estamos dispuestos a aportar nuestro granito de arena a la causa.

 

Eduardo Pataslargas

Aunque “Edward” nos parezca un nombre de lo más común para un inglés, no lo era cuando nació. Tras una sucesión de reyes de Inglaterra con nombres decentes (es decir, franceses-normandos) como Guillaume, Jean, Ricard o Henri, Enrique III tuvo la loquísima idea de bautizar a su hijo con el nombre de un monarca anglosajón [9]. Posteriormente nuestro Eduardo fue conocido como “el rey Eduardo, hijo del rey Enrique”. Ya tras de muerto, sucedido por un hijo y un nieto llamados también Eduardo, la gente se liaba y decidieron ponerles números. ¿Y habiendo Eduardos anteriores, tres nada menos [10] en el periodo anglosajón, como pudo ser “El Primero”? Pues porque era el primero “tras la conquista normanda [1]”, un evento comparable a la Batalla de Covadonga como mito fundacional nacional, y que justificaría resetearlo todo. Covadonga marca el camino de España desde unos desfiladeros perdidos hasta el Imperio donde no se pone el Sol, todo al servicio de la Cruz, mientras Hastings marca el camino desde una conquista pirata hasta el Imperio donde tampoco se ponía el sol, todo al servicio de la Civilization. Sic transit: del imperio que nos debía llevar a Dios solo quedan Ceuta y Melilla [11], y la nobleza normanda fundada por el Bastardo ya ha degenerado en un experimento genético endogámico en los criaderos de la City y de Eton, Oxford y Cambridge, para ver hasta donde se pueden estirar privilegios rentista-medievales.

 

El experimento va viento en popa, por cierto.

 

Eduardo se crió como cualquier otro príncipe de la época, mayormente en los castillos de Windsor y Westminster. De su juventud hay poco reseñable, así que saltamos directamente a su ascenso al gran mundo: Enrique III conservaba el ducado de Gascuña como último resto del Imperio Angevino en Francia, y pretendía otorgárselo a Eduardo en plan principado. De su gestión mientras tanto se ocupaba Simon de Montfort [12]. Montfort repartía yoyah como solo un celoso cristiano puede hacerlo, causando al poco una rebelión. Para aplastarla, Enrique III convocó un parlamento para pedir fondos, pero los ingleses comprensiblemente dijeron que aquello ni les iba ni les venía y que antes vamos a hablar de esta larga lista de quejas que tenemos. Al mismo tiempo, saltaba a escena el rey castellano Alfonso X [13], anunciando su interés en Gascuña y apoyando a los rebeldes. Desesperado, Enrique entonces tiró de una vieja prerrogativa solicitando una derrama para armar caballero a su hijo, y con el dinero se fue a Gascuña a parlamentar con Alfonso X, que renunció a cambio de una alianza: la hermana de Alfonso, Leonor de Castilla, casi 13 años [14], se casaría con Eduardo, 16 años. Además, Alfonso armaría caballero a Eduardo. Ambas cosas ocurrieron con casi total seguridad el 1 de noviembre de 1254 en el monasterio de Las Huelgas [15], a las afueras de Burgos. Como buen celestino, Alfonso insistió en que el marido de su hermana debía tener unos ingresos dignos de ella, como de 10.000£, estírese compadre, de modo que Enrique amplió los dominios de Eduardo: junto a Gascuña, ahora también Gales e Irlanda.

 

Desfasar en España con 16 añitos y no saber a la vuelta de donde han salido ese tatuaje, esa armadura, esos dominios dispersos y esa pava que no deja de llamarte y de decirte que estáis casados: un rito de paso inglés que se remonta al siglo XIII, al parecer.

 

La joven pareja pasó un año en Gascuña, tras lo cual Enrique mandó a Eduardo a Irlanda, para que fogase un poco. Sin Leonor, que con 13 años y medio ya había tenido un aborto, y parecía razonable dejarla descansar un poco. Pero Eduardo -para entonces ya un bigardo de metro noventa cargado de testosterona- desobedeció a su padre yéndose con Leonor a Londres, cuyos habitantes no recibieron demasiado bien a su futura reina (los castellanos ¡usaban alfombras en los suelos!). Ya la anterior Leonor –Leonor de Saboya, la madre de Eduardo- había traído tras de si una recua de saboyardos que se quedaron con los mejores puestos, y ahora parecía que iba a ocurrir lo mismo con el séquito castellano. Para colmo, Enrique III colocó ventajosamente a cinco hermanastros lusignardos [16] por parte de madre. Saboyardos y lusignardos iban a ser las principales facciones en la corte de Enrique, intentando camelarse a Eduardo para seguir chupando del bote una vez se produjese el “hecho sucesorio”.

Como parte de su cargo, Eduardo y Leonor se fueron de gira por las islas. Primero Escocia (gobernada por Alejandro III, casado con la hermana de Eduardo, Margarita), que era claramente el “hermano pequeño” de Inglaterra, pero sus reyes eran reconocidos como tales, y la coexistencia mayormente pacífica, con una zona fronteriza bilingüe y una nobleza escocesa francófila con muchos lazos con la inglesa. En Gales, en cambio, la cosa era distinta: una sociedad mucho más tribal y desorganizada, donde todos hablaban orgullosos su lengua nativa y no había primogenitura, y en consecuencia el territorio estaba dividido en infinitas taifas en constante pelea. Eduardo se movía con un séquito de 200 caballeros armados que se comportaban como verdaderos pandilleros, y desafiando cada vez más a su padre, que sin duda empezó a recordar a su propio abuelo Enrique II [17], al que los hijos también se le habían rebelado.

En Gales fue también donde se sentaron las bases de su reinado. Los galeses del norte se rebelaron y pidieron auxilio a la estrella ascendente del terruño, Llywelyn ap Gruffudd. Enrique III puso en marcha la diplomacia, mientras Eduardo quería dejarse de mariconadas e ir a aplastar cabezas. Pero no tenía dinero para esto, ya que sus padres habían invertido el patrimonio familiar en convertir a su hermano Edmundo en rey de Sicilia (según el Papa de Roma, que tenía sus ligeríiiisimos intereses en Sicilia, esto hubiese convalidado por una cruzada que Enrique había prometido hacer y no hizo, pero para la que había sangrado a impuestos a sus súbditos). Llywelyn mientras siguió ganando seguidores, matando a tantos ingleses que Enrique ya no podía ignorarlo más. El ejército real liberó el norte de Gales, pero lo perdió a los pocos meses, y Llywelyn adoptó el título de “príncipe de Gales”. Sin embargo, su entusiasmo le llevó a enemistarse con los barones de las marcas galesas, unos lores normandos bastante brutos con posesiones en Gales que no se sentían sometidos al rey inglés porque las habían conquistado en plan empresa privada; uno de ellos famosamente había obligado a un mensajero a comerse la orden real que le traía, con carta, sello y cordel. Pero viendo el avance de Llywelyn juzgaron prudente acercarse a Eduardo, quien empezó a reclutar entre ellos a un séquito propio.

Pero al final los galeses lograron una tregua y Llywelyn hasta el reconocimiento de su título de “príncipe”, porque Enrique III tenía problemas más graves en casa. Todo este periodo entre 1258 y 1269 es en realidad un continuo Juego de Tronos entre el rey y los nobles liderados por Simon de Montfort, cabreados porque el rey no quería escucharles y porque los compiyoguis [18] habían arramplado con todos los carguitos. En este juego, Eduardo va dando tumbos de un lado a otro hasta que se harta y se marcha a Gascuña. Posteriormente, vuelve y se pone de parte de su padre, atracando como un vulgar ratero [19] la sede de los Templarios para lograr fondos. Participa en la batalla de Lewes [20], donde derrota a la caballería enemiga en el flanco que su padre le ha asignado. Detrás, sin embargo, está la infantería londinense, y como los londinenses le hicieron un feo a su madre Eduardo pierde los papeles y los persigue alejándose del campo de batalla, causando una escabechina pero propiciando la derrota de las tropas reales. Unos años más tarde se redime ganando la batalla de Evesham [21], donde ordena no dar cuartel y Simon de Montfort acaba muerto. La revuelta podría haber terminado allí, pero Enrique III decide expropiar a todos los rebeldes, con lo que estos siguen dando guerra dos años más. Eduardo aboga por la clemencia (al tiempo que se embolsa parte del botín de las expropiaciones, ¡que una cosa no quita la otra!), y finalmente su criterio se impone, con todo el mundo alabando su bravura en batalla y su clemencia en la paz. Se ha convertido en uno de los sostenes del reino, pero a falta de desafíos decide dirigir ahora sus energías al exterior y unirse a la Octava Cruzada [22]. Sin embargo, los politiqueos de la financiación le retrasan, y para cuando llega al sur de Francia los demás han salido sin él. Como no hay mal que por bien no venga, así se ahorra ver como una empresa común pensada para el avance de la Cristiandad es secuestrada por líderes franceses para satisfacer objetivos franceses [23] en el norte de África.

 

 

Cuesta creer esto de los franceses, ¡pero es así!

 

Con su pequeña hueste inglesa, Eduardo llega a Acre en Tierra Santa, fracasa en sus pocos intentos serios de lograr algo, se desespera ante la indiferencia de los cristianos que comercian con los musulmanes, realiza algunas pequeñas razzias robando vacas y a eso lo llama Novena Cruzada [24], y finalmente es acuchillado por un agente de los mamelucos (posteriores rapsodas, casi seguramente exagerados, relatan como Leonor de Castilla –como hija de un santo cruzado [25] no podía perderse el viaje a Jerusalén- valientemente succiona el veneno de la herida). Le cortan la carne gangrenada, sobrevive de puro milagro, y toma el barco de vuelta. Mientras pasa el invierno en Sicilia, le llega la noticia de que su padre Enrique ha muerto. Con 33 años y una buena colección de cicatrices, Eduardo es rey de Inglaterra.

 

Los comienzos

Sin embargo, se toma un año para volver a Inglaterra: los arreglos legales ya se habían tomado antes de su partida, y no había nadie que pudiese disputarle seriamente la corona. Eduardo arregla los asuntos de Gascuña (o lo intenta, porque todos sus súbditos piden ayuda al rey de Francia, que como señor feudal de Eduardo no para de joderle) y ya vuelve para su coronación. Ninguna crónica ha sobrevivido, pero hubo muchísimo boato, y una significativa ausencia: Llywelyn. Y se mencionan explícitamente dos desviaciones de la liturgia habitual: primero, a sus juramentos de respetar a Dios y a la Iglesia, impartir justicia y hacer leyes justas, Eduardo añado que va a mantener y defender “los derechos de la Corona”. Y segundo: en cuanto le han puesto encima la corona, se la quita y anuncia que no se la volverá a ceñir “hasta no recuperar los territorios y derechos que mi padre fue obligado a ceder”. El nuevo rey llega con ganas de juerga [26] y de no perdonar una.

Lo primero, arreglar las finanzas: Eduardo putea un poco más a los judíos, impone un impuesto a la creciente exportación de lana, y luego traspasa este impuesto a la banca italiana de los Riccardi a cambio de una línea de crédito casi ilimitada (con su buen 33% de intereses, claro). Luego, despedir a todos los sheriffs del reino y hacer una auditoría de todo su trabajo. Finalmente, establecer el Parlamento como una reunión periódica para intercambiar pareceres y pedir impuestos de buen rollo… que era precisamente lo que había perseguido Simon de Montfort con su rebelión y que le había costado acabar con los genitales en la boca y la cabeza en una estaca.

Con los asuntos interiores pacificados y el parné más o menos asegurado, llega la hora de ocuparse de Gales. Llywelyn está a la greña con los barones de las marcas, con su propia familia, y con el propio Eduardo, al que no termina de pagar (porque Gales, con su economía de subsistencia, no da para más) lo que le debe de la convalidación del título de príncipe, y al que no rinde homenaje. Pero la gota que colma el vaso es que Llywelyn, con cincuenta tacos, decide casarse… y su prometida es nada menos que Leonor de Montfort, hija del difunto traidor y rebelde Simon de Montfort. Cuando Eduardo se entera, se le pela el cable cosa mala, y en verano de 1277 sale en persona hacia Gales. Por cantidad y por la ventaja de tener una casta guerrera profesional, los ingleses lo tenían medio hecho, pero por otra parte la historia abunda en ejércitos superiores que fracasan estrepitosamente contra “bandas de primitivos” por pura soberbia. Eduardo sin embargo tenía una idea muy clara de lo que podía lograr por un precio razonable, y lo logró. En vez de buscar a lo loco un –inexistente- centro neurálgico que atacar en los retorcidos bosques y colinas de Gales, se puso a construir castillos. No hizo falta mucho y Llywelyn vino pidiendo paz. Eduardo obtuvo un puñado de nuevos castillos (semillas a su vez de nuevas ciudades con las que “anglificar” a los galeses) conectados por una nueva red de amplios caminos, fragmentó la unidad política de los dominios de Llywelyn, y le obligó a rendirle homenaje en persona en Westminster, delante de todo el reino. Hecho esto, Eduardo ya se mostró generoso, le dejó quedarse el título de “príncipe de Gales” y hasta le pagó la boda (bueno, en realidad la fiesta -y media invasión de Gales- la pagaron los judíos del reino, exprimidos y perseguidos con saña por Eduardo; se estima que ejecutó a la mitad de los judíos varones adultos de Inglaterra durante su reinado). Finalmente, en un gesto de “reconciliación” que deja pequeño el Valle de los Caídos, Eduardo mandó construir una tumba de postín para los supuestos restos del Rey Arturo (el gran héroe nacional de los galeses, que había luchado contra los invasores sajones y del que las leyendas decían que volvería), depositando en persona sus huesos en el sarcófago, en plan “está muerto y bien muerto, bitches”.

 

Los primitivos y puros guerreros galeses quedaron domesticados por un rey grande y terrible.

 

Gales, parte 2

Tras esto, llegan unos cuantos años tranquilos. Las finanzas se recuperan poco a poco, se arreglan los puntos de roce en Francia, Leonor de Castilla añade más y más bebés a la familia real… Todo fetén, hasta que de repente, en 1282, estalla otra revuelta en Gales. Los señores galeses, que tan gustosamente habían apoyado a Eduardo cinco años antes para quitarse a Llywelyn de encima, se encontraron de repente con castillos ingleses por todas partes, y respondiendo ante tribunales ingleses y leyes inglesas por asuntos de Gales. ¡Estos provincianos, que no logran ver las ventajas de la unidad de mercado y que mejor juntos! Total, que se liaron la manta a la cabeza, asaltaron y arrasaron castillos, y mataron a todos los colonos que encontraron. Llywelyn se unió a la rebelión pero murió en batalla. Su hermano Dafydd tuvo la mala suerte de ser capturado vivo: le arrastraron por el suelo (por traición) hasta el cadalso, le ahorcaron (por los asesinatos), le desmembraron (por haber planeado la muerte del rey), y le sacaron las entrañas y las quemaron (por haber cometido sus fechorías en Semana Santa, habrase visto). La flema inglesa, ya saben. Su cabeza acabó en la Torre de Londres junto a la de su hermano, que llevaba una corona en alusión a la leyenda de que un galés llevaría una corona real en Londres. El resto de la rebelión fue aplastada, a un coste, en vidas y dinero, muy superior a la guerra anterior. Eduardo hábilmente la había convertido en una guerra nacional, capitalizando la indignación con la traición de los galeses (y, un poquito, el desprecio casi racista que les tenían los ingleses), pero no se cebó demasiado: las leyes y los oficiales que las aplicarían serían inglesas, pero con algunas concesiones menores. Los líderes fueron castigados con severidad, pero los galeses de a pie no sufrieron demasiado.

Estando en Gales, Leonor llegó a término de su decimosexto embarazo, dando a luz a un chico que fue llamado Eduardo como su padre (posteriores rapsodas narraron que Eduardo hijo fue presentado allí mismo [27] a los galeses como futuro “príncipe de Gales”, pero eso es casi seguro un invento). A los pocos meses, llegó un mensajero de Londres con el mazazo: el príncipe Alfonso había muerto, el día exacto que se cumplían diez años de la coronación de Eduardo. Eduardo de Caernarfon [27], con cuatro meses, era el nuevo heredero. Vaya, parece que lo del “galés” llevando una corona real en Londres no tendría que esperar a los Tudor [28]. Eduardo padre, convencido de que la muerte de Alfonso era un aviso de Dios, decidió utilizar la paz para meterse de hoz y coz en su gran obsesión: montar otra cruzada en Tierra Santa. Pero ya saben cómo va esto: las buenas y civilizadas gentes del norte de Europa se juntan para montar una cruzada, una operación Barbarossa o una moneda única por el bien de todos, y llegan los del sur a cagarla big time. En este caso, italianos y españoles a partes iguales: Pedro III de Aragón [29] le quita el reino de Sicilia a Carlos de Anjou [30], este acude llorando al Papa [31], y como llorica y Santo Padre son ambos franceses se barre para casa, comme il faut. Pedro es excomulgado, y el Papa proclama una cruzada contra él… y autoriza para ella el uso de los fondos que toda la cristiandad lleva diez años ahorrando con mucho tesón para arrebatarle Tierra Santa al infiel. Eduardo, que ve como el dinero que han puesto los ingleses se va en batallitas ajenas, se pone a mediar como loco, viaja dos veces a Aragón, logra un acuerdo pero entonces se muere el Papa, el nuevo cónclave tarde una eternidad… y mientras tanto los implicados se mueren de cualquiera de esas tonterías con las que te morías en el siglo XIII, y los sucesores se muestran un poco más razonables. En el ínterin, Eduardo sobrevive a una caída de 80 pies de altura al ceder el suelo de una torre en Gascuña, milagrosamente solo se rompe la clavícula (milagro celebrado expulsando a todos los judíos de Gascuña), y tras tres años de ausencia vuelve al fin a Inglaterra, donde sus cinco hijos vivos le reciben.

 

Escocia

La alegría dura poco, pues a los pocos meses de volver la reina Leonor se muere. Leonor no era muy popular entre el pueblo, debido a su muy española manía de acumular bienes inmobiliarios (“The king wants our gold/the queen our fair mansions, to hold”) sin importarle rebajarse a comprar deudas de cristianos a prestamistas judíos para luego ejecutar las garantías asociadas. Pero Eduardo la quería mucho. Según Morris, que ha estudiado la contabilidad de palacio, hasta le compraba cítricos y aceite de oliva “como recuerdo del hogar de su infancia”. A ver, Mister Morris, que Leonor era de Burgos, ¡DE BUR-GOS! ¡Si hasta Yorkshire [32] tiene inviernos más suaves que Burgos [33]!

Pero el mundo no para de girar, y ya estaba apalabrado incluso el apoyo de la Horda Dorada [34] para hacerle la pinza al Infiel (que los mongoles fuesen igual de infieles no importaba en este momento). Eduardo pactó nuevos impuestos con la baja nobleza a cambio de expulsar definitivamente a los judíos de su reino (expulsión todo lo infame que ustedes quieran, pero que para sus súbditos fue seguramente la medida más popular que jamás tomó), pero antes de que pudiera irse de misión humanitaria por Oriente Medio explotó todo el lio de Escocia, que Morris con buen juicio se ha guardado para el final porque va a monopolizar el resto del libro.

La previa de Escocia es un lío lioso que no vamos a explayarnos por no dar argumentos a los pérfidos independentistas, y porque además para cualquier persona medianamente sensible el decidir el futuro de naciones enteras en base a quién se folló a quién (y en qué orden) cien años atrás es un poco grimoso. La cosa es que con la muerte de Alejandro III [35] Escocia estaba sin rey. Eduardo intentó hacer una OPA amable casando a Eduardo junior (seis años) con la única descendiente de Alejandro, Margarita de Noruega [36] (siete años), y lo tenía casi todo apalabrado cuando la niña murió en 1290. Con lo que hubo que retroceder cuatro generaciones y casi un siglo para encontrar parientes reales con derecho al trono. Claro, salieron candidatos por un tubo [37], y Eduardo, con su certificado “príncipe pacificador de Sicilia”, se ofreció humildemente a hacer de senescal interino y mediador, jurando “respetar a Escocia como reino aparte, con leyes propias, e independiente de Inglaterra”. El consejo del reino no lo terminaba de ver bien, pero los muchos candidatos se lanzaron en tromba a decir que sí, que quién mejor para encontrar al verdadero rey de Escocia [38] que este señor tan Preparado, tan Campechano, tan Cristiano y tan Guapo, y ya que estamos, hoyga, que hay de lo mío. Eduardo alargó las deliberaciones casi dos años, y finalmente se salió con la suya. Que no era quedarse con Escocia, sino elegir a un rey que le jurase lealtad como vasallo feudal, y que lo hiciese en territorio inglés y no escocés, para dejar claro quien era el superior de los dos. El elegido fue Juan Balliol [39], un típico representante de la nobleza multinacional de la época, con ancestros normandos, ingleses y escoceses (solo de madre), con territorios repartidos por todas las islas, y más manejable por Eduardo que el otro candidato, Robert de Bruce (igual de internacional y de poco escocés, por otra parte).

¿Y para qué quería Eduardo un monigote en el trono escocés? Pues ya se imaginan: para ordeñar el terruño. Pero mientras había estado ocupado con la sucesión escocesa, se había liado parda en el Canal: conflictos y peleas entre marineros franceses e ingleses habían escalado a verdaderas batallas, por las que el rey de Francia Felipe IV [40] le exigió que se presentase a darle explicaciones, como vasallo suyo que era (vamos, que le trató igual que Eduardo estaba tratando a Juan Balliol, aunque Eduardo seguramente no lo veía así). Entre Escocia y los enésimos preparativos para una cruzada, Eduardo dijo que pasaba, y Felipe IV le sancionó. Eduardo delegó las negociaciones en su hermano Edmundo, a quien las mujeres de la familia real francesa propusieron un acuerdo co-jo-nu-do para que todo el mundo saliese honrosamente: Eduardo rendiría Gascuña a le roi, que inmediatamente se la devolvería con honores, mayores competencias, y resolviendo favorablemente los múltiples puntos de roce. Eduardo dijo que sí sin pensarlo mucho (y sin escuchar a sus consejeros, que le decían ojo, el francés es traicionero), ordenó a sus subordinados entregar los castillos gascones, y se fue a Dover a esperar el salvoconducto de Felipe. Solo que este nunca llegó, Felipe se encogió de hombros, dijo c’est la vie, y se embolsó Gascuña otorgándosela a su hermano Carlos de Valois [41]. (Fun fact: cuando el papa francés excomulgó a Pedro III, le habían otorgado la corona de Aragón a este mismo Carlos de Valois, por entonces un adolescente, que había sido coronado como rey aragonés y todo, aunque como Eduardo medió y logró una paz pues nunca llegó a ejercer de rey; se ve que estaba un tanto frustrado y resentido con el inglés.)

 

Rencorosos y codiciosos franceses embolsándose territorios en base a que el otro no sabía lo que firmaba. De nuevo, nos cuesta de creer.

 

Eduardo echó chispas e inmediatamente reunió tropas para cruzar a Francia. Solo que sus súbditos ingleses dijeron que esta fiesta no la pagaban ellos, que ni les iba ni les venía Gascuña, y para más inri estalló una nueva revuelta en Gales. Eduardo tardó casi dos años en aplastarla, y cuando terminó, hubo que ir de nuevo a Escocia porque John Balliol había pactado una alianza con los franceses. Militarmente no tuvo mayor problema [42], y John Balliol (que sin duda recordaba las cabezas galesas de su última visita a Londres) tuvo el sentido común de rendir el trono y someterse voluntario. Eduardo le quitó de en medio para gobernar Escocia directamente, ya no como “reino” sino como “país”.

Y con eso, Eduardo al fin podía volver a pedir dinero para Francia. Pero aquí sus nobles se plantaron de nuevo, que una cosa era pegarse contra galeses y escoceses para garantizar la indisoluble unidad de Gran Bretaña, patria común e indivisible de todos los británicos (y ya de paso agenciarse algún feudo al norte del Tweed [43]), y otra muy distinta irte al Continente a pelearte por un dominio personal del rey del que tu no vas a sacar tajada alguna. Así que se negaron a darle nada, Eduardo empezó a imponer multas y requisiciones, las cosas se fueron calentando hasta casi el punto de una guerra civil, Eduardo tuvo que politiquear a tope porque sus aliados Flandes y Borgoña ya miraban el reloj, y finalmente, tres años tras la canallada, pudo embarcarse contra el gabacho.

Casi según ponía pie en tierra le llegaba un mensajero desde el norte: Mel Gibson acababa de patear 9000 culos ingleses [44]. Esto ya eran palabras mayores, y Eduardo cambió su estrategia. En Francia se limitó a mostrar músculo, pero sin arriesgarse, para acabar logrando una mediación papal y la mano de Margarita, hermana de Felipe IV (una chavala de 17 añitos; Eduardo contaba ya 60). Los desacuerdos con los nobles también se solventaron, aunque Eduardo tuvo que ceder mucho y confirmar la Carta Magna, emitida 80 años antes por su abuelo, curiosamente también por descontentos causados por impuestos excesivos para financiar una guerra en Francia.

Y con eso, pudo partir al norte y plantar a los escoceses en Falkirk [45]. Mel Gibson y otros rapsodas la han presentado como una genialidad de William Wallace (plantarse en formación erizo en lo alto de unas lomas para resistir el asalto inglés) que no funcionó porque los nobles escoceses, resentidos de tener que seguir a un plebeyo, le traicionaron y huyeron con la caballería, que debería haber atacado el flanco inglés. Morris y otros historiadores menos dados a fantasías heroicas en cambio lo tienen claro: los ingleses eran muchos más, y una vez que optaron por atacar en pinza en vez de frontalmente, la batalla estaba perdida, y si la nobleza escocesa hubiese muerte aquel día, Escocia como país independiente habría muerto con ella. La huida a caballo de los nobles (y del propio Wallace, seguramente también a caballo, dejando a sus plebeyos lanceros en la estacada) era de lo más sensato, y permitió que la victoria de Eduardo no sirviese de mucho a la postre.

A partir de aquí, la guerra contra Escocia se convierte en un “quién es más cabezota”, con Eduardo subiendo cada verano y algún invierno al norte, y los escoceses resistiendo y evitando dar batalla abierta. Las fuerzas de Eduardo, muy numerosas en las primeras campañas, cuando los nobles ingleses aún creían que serían recompensados con tierras como en Gales, fueron decayendo según iba quedando claro que aquello no iba a ser un paseo, y hubo que forzar las levas de gente cada vez menos principal, incluyendo a mi nuevo ídolo: un caballero obligado a “luchar con el arco y la flecha” por su rey, que llegó a Escocia, disparó su –única- flecha en cuanto vio al primer soldado enemigo en lontananza, y acto seguido se volvió a casa. Las operaciones se limitaban a asediar y tomar castillos, y poco más, pero finalmente Eduardo logró la sumisión de los nobles a base de quemar, arrasar, y saquear, y la suerte de una derrota tocha de Felipe IV [46] y un conflicto gordo entre Francia y el Papado en el que ambos buscaron la amistad de Eduardo y gustosamente sacrificaron sus alianzas con los escoceses. Aún así, Eduardo tuvo que hacer mil y una concesiones y perdonar y amnistiar, aunque esta vez, y a diferencia de ocho años antes, los oficiales reales serían casi todos escoceses. Eso sí, el buen rollo entre los nobles no se extendía a William Wallace aka Braveheart aka Mel Gibson: los propios escoceses lo acabaron entregando para que lo ejecutaran en Londres.

 

En la cima del mundo

Este es el punto culminante de la vida de Eduardo. En 1305, todos sus enemigos están ejecutados o sometidos, la Corona inglesa gobierna toda Gran Bretaña incluyendo Gales y Escocia, su autoridad también llega a Irlanda, Felipe de Francia incluso le ha devuelto Gascuña, y tiene un heredero muy preparado al que ha nombrado ya regente en Gales para que se prepare un poco más (con el título de “príncipe”, y así todos los herederos ingleses hasta hoy). Es muy querido y admirado por la Iglesia (merced a expulsar judíos) y por el pueblo (al que “escucha” en los frecuentes parlamentos que convoca). Ha llegado vivo y con salud a los 66 años de edad, record absoluto en ese momento para un monarca inglés, e incluso su mujer está en estado de buena esperanza.

 

“Tengo mi trono y mi reino/y sigo siendo el rey”

 

Un momento estupendo para morirse en la cima, solo que Eduardo, tan suyo, vio en esta paz una excusa para volver a irse –lo adivinan- de cruzada a Tierra Santa. Y eso que la supremacía real inglesa se había construido sobre diez años de guerra extenuante casi continua con todo el mundo, y el reino necesitaba el equivalente histórico a pasarse un fin de semana en el sofá con mantita y Netflix para recuperarse. Pero la parca aún tardó dos años, y en esos dos años casi todo se vino abajo. Primero, su hijo resultó no estar tan preparado, y empezó a dar muestras de ser un mastuerzo impertinente (vamos, como su padre, pero además con amigotes poco recomendables e inclinaciones contra nátura [47]). Luego, vino otra revuelta en Gales. Y por último, en Escocia, por razones no del todo claras, Robert the Bruce (no el aspirante original sino el nieto) se cargó a John Comyn [48], sobrino de John Balliol, y acto seguido se hizo coronar rey de Escocia. Eduardo echó espuma por la boca y en seguida montó un ejército para marchar al norte. Pero la edad ya se le notaba, y el ejército lo llevaba Eduardo hijo, mientras el padre iba despacito detrás, aquejado de ataques de gota. Y allí en el norte, en un rincón perdido [49], Eduardo murió. Llorado por todos, fue enterrado en la abadía de Westminster, en una tumba encargada por él mismo.

 

Significativamente, al contrario que las adornadas tumbas de sus hijos y de Leonor, era un sarcófago negro sin adornos, como el que había encargado para el rey Arturo. Y una inscripción (posterior): “Aquí está Eduardo Primero, Martillo de Escoceses, 1308. Mantened el voto.”

 

Eduardos varios

No cabe duda que Eduardo tiene algunos paralelismos en España que le hacen extremadamente atractivo para el extremo centro. Por ejemplo, un sutil paralelismo con el Santo Laico [50] de nuestra Democracia: Adolfo Suarez [51]. Porque igual que Suarez trajo la CONSTITUCIONDEL78, Eduardo sentó las bases del parlamentarismo inglés y confirmó la CONSTITUCIONDE1215, o CARTAMAGNA para los amigos. Y para que el extremo centro sienta envidia cochina: la CONSTITUCIONDE1215 es netamente un producto de los nobles, extendido luego más y más abajo hasta llegar al populacho (una vez este estaba preparado para aceptar la libertad, se entiende) mientras la CONSTITUCIONDEL78 no vino igual de claramente del régimen anterior como carta otorgada, y mantiene con él una relación más ambigua de lo que algunos desearían [52]. Pero por desgracia, allí donde hay algo que aprender, aquí insistimos en hacer justo lo contrario. Porque la Carta Magna no va tanto de Imperio-de-la-Ley, como pretenden hacernos creer quienes desde el extremo centro la han elevado a evangelio laico, sino de someter al Rey a la Ley. Y aquí, 763 años después de Magna Carta, nos hemos cascado una carta magna que dice que al rey no se le puede tocar, ni investigar, ni flores. No aprendemos.

La equivalencia más obvia, sin embargo, es Isabel la Católica, que para gentes muy similares ocupa un lugar muy similar en el panteón local al que Eduardo ocupa en el albión: Isabel sometió en Granada al último reducto musulmán en España, y Eduardo sometió en Gales al último reducto celta de Gran Bretaña. Isabel les echó a los judíos la Inquisición encima y finalmente los expulsó, y Eduardo ejecutó a cientos de judíos y luego expulsó a los supervivientes. Isabel inició una loca política matrimonial con sus hijos que llevaría a infinitas estúpidas guerras para mantener infinitos estúpidos dominios dispersos, y Eduardo casi se carga su reino por mantener su distante posesión de Gascuña. Isabel se casó con Fernando y unió los dos mayores reinos de la Península, Eduardo intentó unir los dos mayores reinos de la isla incorporando a Escocia a su corona pero fracasó.

 

¡Ay, si Eduardo hubieses sido Eduarda y se hubiese casado con Robert the Bruce!

 

Por todo ello fue un rey grande, y una leyenda en vida. Pero también fue un rey terrible: en 1290 estaba a punto de unificar los reinos en su hijo, pero la muerte de Margarita de Noruega lo truncó – y en ese momento, posiblemente el fulcro de su reinado, Eduardo decidió que lo haría por las malas, iniciando una política de dureza que llevó, a los pocos años, a la expulsión de los ingleses de Escocia [53]. Peor aún, su política agresiva llevó a una reacción anti-inglesa, con un revival de tradiciones y de la cultura escocesa, que alejó de nuevo a ambos países. Tres cuartos de lo mismo en Irlanda, donde el poder inglés se drenó de recursos para las eternas guerras. Por no querer esperar a que el soft power inglés uniese sus dominios más fuerte que cualquier ejército, las islas británicas han acabado siendo lo que son: un conjunto de países más que una nación uniforme, con uno de ellos independiente [8] y sin interés en volver, muchas gracias, y otro con 9 de cada 20 queriendo irse [54]. Lo que funcionó en Gales -por una cuestión de tamaño- fracasó en Escocia, y a la postre también en Irlanda, en una aproximación bastante concisa de lo que es ser “británico”: una especie de “Inglaterra plus” donde la unión se basa en un sustrato de resentimientos medievales, tapados con un sentimiento común muy posterior y que no está claro que sea lo bastante fuerte. Lo que no quita para que el extremo centro inglés vitoree a Eduardo como un rey con “dos cojones” y “lo que hay que tener”. Dejamos a los lectores que determinen hasta donde llegan los paralelismos con España.