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Counterpart (2018)

Berlín Berlín

¿Porqué elegí ver esta serie? Pues porque vi el tráiler, este mes voy a hacer un viaje a Berlín, y tampoco tenía nada mejor que hacer. En concreto, el tráiler revelaba que la serie tenía lugar en Berlín, en uno de esos edificios monumentales construidos en la primera mitad del siglo XX que huelen a uso por parte de la Gestapo [1] o algún otro ministerio nazi, seguido casi inmediatamente por un uso por parte de la Stasi [2] o algún otro ministerio de la RDA (y entremedias, según sus filias y fobias, una breve ocupación por la Sección de Europa Oriental de la CIA/la Sección de Europa Occidental de la KGB).

 

Molaría visitar el sótano donde almacenan las decoraciones pasadas.

 

La participación de los alemanes del Este, sin embargo, se limita a una breve explicación en el primer episodio: “hace 30 años, en plena Guerra Fría”, unos científicos de la RDA hicieron un experimento físico que tuvo como consecuencia que la realidad se bifurcara. Donde había un universo, ahora hay dos exactamente iguales, pero conectados por un pasaje sito en el sótano del Edificio de Intercambio, que es como se llama la mole esta (todo bajo el mayor de los secretos, claro). Y con el universo también se bifurcaron las vidas de todos, es decir, que todo el mundo tiene a un doble, una “contraparte”, en el universo de al lado. Solo que al poco tiempo, por decisiones/factores aleatorios, los universos empiezan a divergir, y al cabo de treinta años a lo mejor tu doble es millonario y vive en una mansión junto a siete modelos de Victoria’s Secret y un avión privado con el que viajar por el mundo para su trabajo de probador de coches de lujo, mientras tu te crees un triunfador porque te sacaste las oposiciones a Perito Agrónomo en la Diputación.

 

Las vueltas que da la vida

Este es uno de los ejes de la serie, explorar que pasaría si pudieses ver una versión alternativa de ti mismo y encontrar lo que hiciste mal en estos últimos 30 años. Para los actores, claro, esto es una perita en dulce y un “desafío”: la posibilidad de interpretar a dos personajes diferentes y sin embargo iguales, lo que abre la puerta a una orgía de sobreactuaciones a mayor gloria de los intérpretes. Por suerte, los productores de la serie opinan igual que yo y que Alfred Hitchcock: los actores son ganado [3]. Todo esto del cine y la televisión no lo hacemos (pongo “hacemos” porque considero que ver la serie –ojo: pagando mi suscripción- y destrozársela aquí es parte del proceso) para que ellos puedan lucirse y enfrentarse a “desafíos profesionales”, así que limítense a hacer lo que les digamos. La exploración en profundidad se centra en un único personaje, Howard Silk, interpretado por el veterano y eficiente J. K. Simmons; los demás personajes tienen su “momentito vueltas de la vida” pero sin abusar, y el asunto generalmente no ocupa demasiado metraje, el resto son intrigas y espionaje aceptablemente bien llevados.

No obstante, todo el rollo de “hay que ver lo distintos que somos siendo la misma persona” a mi a la larga no me convence, porque los personajes resultan muy diferentes pero en mi experiencia la gente no cambia tanto. Vale que un niño recién nacido tendrá una vida muy diferente según si le cría Paquirrín que si le educa Ángel Gabilondo, pero a partir de cierta edad ya no cuela. Que cuando a Howard Silk le pilló la bifuración los 25 años ya no los cumplía. ¿Alguien ha cambiado mucho a esa edad? Supongo que alguno de ustedes me señalará ahora a Jose María Aznar [4] y su milagrosa transformación entre 2000 [5] y 2003 [6], pero aquí me van a permitir un juicio de valor: el poder no cambió a Aznar. Solo lo desenmascaró.

 

En alguna bifurcación de la realidad, Aznar es un peligroso nacionalista que ha perdido el seny, que quiere aplastar la oposición, imponer su lengua y ser El Amado Líder aunque haya que dividir a la sociedad. Y en la otra bifurcación… ¡pues también, joder, que hablamos de Aznar!

 

Por suerte está la trama de espías para compensar, el otro eje de la serie, que con buen acierto presentan como una especie de Guerra Fría, solo que entre dos realidades paralelas. Es decir, entre nosotros y los otros nosotros. Aquí no debería haber conflicto, te piensas, ¡deberíamos entendernos con nosotros mismos! Pero, ah, los intereses. En este caso, el interés por los descubrimientos científicos del otro lado puede más que el deseo de cerrar la puerta y no verles más. Sucede además que en el Otro Lado hubo una extraña pandemia en los años 90 que se cargó al 7% de su población, y como andan histéricos con los gérmenes han establecido una dictablanda de la salud y la higiene. Vamos, que en la serie ellos son “los malos”. Qué cojones, digámoslo claro: son los rusos cruzados con la RDA. Mejor aún: somos nosotros si nosotros fuésemos rusos o germanoorientales. La producción alemana (¿qué otro lugar que Alemania para escenificar una guerra fría entre los “nosotros [alemanes] comunistas” y los “nosotros [alemanes] capitalistas”?) de la serie de hecho gusta de presentar calles y establecimientos vacíos, rollo oficialidad de la RDA/ciudad despoblada por la epidemia.

El hilo conductor gira alrededor de los fanáticos del Otro Lado, que montan un programa llamado Indigo, con vistas a infiltrar Nuestro Lado y vengarse por la pandemia, que consideran fue un ataque bacteriológico desde Nuestro Lado. Sí, la verdad es que comparado con los MGM-31 Pershing y los SS-18 Satan aquí hemos dado un paso atrás, aunque intenten vendernos la pandemia como una especie de ébola global [7] que por un lado resultó imparable y más mortal que un ataque nuclear… y al mismo tiempo no se propagó a Nuestro Lado. Ese habría sido un buen momento para cerrar la puerta entre ambos mundos, pero nanay. Y así hemos llegado al estado actual.

 

Contrapartidos

Howard Silk: el prota principal. En una bifurcación, se supone que la nuestra porque no hubo pandemia y Berlín no está trufada de rascacielos que parece que han tenido una alcaldesa comunista [8], es “Howard Chupatintas”, en el Otro Lado es “Howard Machote”, que te pega un tiro por mirarle mal. Luego en un giro a mayor gloria de Simmons deciden que el Howard Chupatintas va a ocupar el sitio del Howard Alfa, y viceversa: interpretar a tu personaje interpretando a tu otro personaje. ¡Más “desafío”! Por suerte Simmons lo hace bastante bien, y el guión tampoco se excede.

Para distinguirlos visualmente, Howard Machote –como todos los del otro lado- tiene cierta tendencia a vestir de negro o gris, en plan “venimos de una realidad gris donde el comunismo (o en su defecto un excesivo control estatal, la verdad es que el sistema político-económico-social del Otro Lado no lo detallan mucho, basta con saber que son malos así como tirando a comunistas y si toses un poquito llaman a una especie de Stasi de la Salud) nos ha convertido en seres grises”. Otra ayuda es que el Berlín del Otro Lado está lleno de modernos rascacielos. Los regímenes comunistas-o-lo-que-sea, intentando impresionar al personal mediante obras monumentales.

 

Al Berlín del Otro Lado le gustan los filtros de azul.

 

Howard Machote se mueve como pez en el agua en Nuestro Lado, que para eso es espía. Howard Chupatintas, en cambio, se va a llevar una sorpresa tras otra, como que los cigarrillos están prohibidos, la gente no se da las manos por miedo a los gérmenes (como Howard Chupatintas es un soseras, aquí pierde la oportunidad de decir “de follar ya ni hablamos”), y finalmente que allí tiene una hija (en nuestro lado nunca logró tenerla) que le odia y piensa que es el peor padre del mundo, y que por suerte sale lo justo para dejar claro que Howard Machote también era bien machote y rancio en lo de criar una familia con amor y dedicación.

 

Emily Silk: la mujer de Howard, aquí y en el Otro Lado. Solo que aquí está en coma en el hospital, lo que reduce el “desafío” a los mínimos flashbacks. En el Otro Lado, Emily es una señora un poco inestable, con tendencia a la automedicación y al abuso de sustancias. Sensible, también, razón por la cual se divorcia del Howard Machote… para liarse con otro machote. Demostrando de nuevo lo que ya dije: que la gente no cambia tanto.

 

Nadia Ferro: una inmigrante italiana que en un lado es una virtuosa del violín y en el otro una asesina a sueldo. Ambas comparten en su pasado a un padre maltratador que se cayó a las vías del tren y fue arrollado mientras Nadia miraba sin pedir ayuda. Que a partir de aquí haya esta divergencia tan grande tufa bastante, así como el hecho de que se inventen para Nadia un pasado como “inmigrante italiana llegada a Alemania a principios de los 90”. A ver, que vale que Alemania haya recibido históricamente una importante inmigración italiana, pero en 1994 Italia ya era un país lo bastante próspero para no tener que mandar a 100.000 compatriotas al año a Teutonia. E incluso así, al último lugar al que hubiesen ido estos habría sido al arruinado Berlín reunificado. Por suerte, la Nadia violinista purga rápidamente su culpabilidad en la muerte del padre, y solo nos queda la implacable asesina. ¿Y porqué va por ahí matando a gente? Pues tampoco lo aclaran mucho, la verdad, o yo no me enteré.

 

Peter Quayle: la viva imagen del triunfador, con su mujer-trofeo, su casoplón y su cargo como jefe de Estrategia en el mundo de Howard Chupatintas, pese a ser bastante más joven que Howard. Algo quizás -¡quizás!- relacionado con el hecho de que se casó con la hija del jefe de Diplomacia cinco años atrás y eso le puso en el carril de adelantamiento a la hora de los ascensos. Él lo niega, pero el hecho de no soltar a todas horas un discurso cuñadano de “esfuerzo” y “preparación” nos indica que igual sí que es consciente, y mucho, de donde proviene su buena fortuna. Doblemente porque no para de engañar a su mujer con “amigas” o prostitutas.

 

Clare Quayle: la mujer de Peter. Sufrida y abnegada esposa que se guardó su virginidad para él, cosa que casi llevó a la ruptura de la boda cuando él la engañó. Sin embargo, al poco se reconcilian. Lo que Peter no sabe es que la novia que le perdonó no es la misma que le plantó: la gente del Otro Lado, tras años de seguimiento, se trajo a la contraparte de Clare y la sustituye, que tener de topo a la mujer/hija de sendos jefes de la Oficina de Intercambio es un plato demasiado goloso. Así que la Clare del otro lado se chupa cinco años de esposa, y en sus ratos libres organiza una red de inteligencia que incluye alguna escena de sexo lésbico, que se note que estamos en Starz/HBO.

 

Los Quayle.

 

Aldrich: el jefe de seguridad de Nuestro Lado. Un simpático psicópata que sospecha de todo el mundo y que reúne todos los tópicos de un jefe de contrainteligencia. De él no vemos la contraparte, pero como el actor querría también su “desafío”, le sacan en un momento tierno, en plan “en la intimidad el sabueso es un poco caniche”.

 

Alexander Pope: la mente pensante detrás de Indigo, los fanáticos del Otro Lado convencido de que Nuestro Lado es el culpable del virus pandémico y que debe pagar por ello. Tienen una agencia llamada La Escuela donde entrenan a sus agentes desde niños para infiltrarse en Nuestro Lado, muchas veces en sustitución de su contraparte; una ventaja que la Stasi desde luego no tenía. Una de las frases que se me quedó grabada de un libro sobre espionaje en la Guerra Fría era que los rusos siempre jugaban a muy largo plazo, mientras los americanos no tenían paciencia e intentaban solucionarlo todo con dinero. Esta sería una clásica jugada a largo plazo: crear agentes fanáticos e indetectables, mientras a Nuestro Lado solo se le ocurre ponerles casoplones en Potsdam a los defectores del Otro Lado. El caso es que Pope, todo buena educación y hablar suave, parece determinado a acabar con Nuestro Lado, pero no sabemos si por iniciativa propia o por tejemanejes desde la Cuarta Planta, donde residen los misteriosos gestores de la Oficina de Intercambio.

 

Valoración

Pues no está mal, la verdad. Vamos, que no me he dormido con ningún capítulo. Y pese al punto de partida fantasioso, toda la trama sigue rigurosamente los cánones narrativos y hasta estéticos de una serie de espías de la Guerra Fría. Y resulta muy creíble, en el sentido de que todo el mundo es o bien un hijoputa redomado o un chupatintas que no se entera de la misa la mitad, que es como yo en mi ignorancia me imagino debe funcionar el mundillo de Inteligencia. Extremos retratados a la perfección por J. K. Simmons, que hace un papelazo. Luego el final queda un poco desdibujado, para ir creando anticipación para la segunda temporada, mostrándonos el nuevo “desafío” de J.K. Simmons: Howard Chupatintas va a transformarse lentamente en Machote, y Howard Machote se está haciendo un softie con esto de vivir en el decadente Occidente. Hay tema, pero por favor que no lo estiren más de dos temporadas.