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“NSDAP – Un partido y sus militantes” – Sven Felix Kellerhoff

“Eine Partei und ihre Mitglieder”

Se habrán dado cuenta de que LPD lleva un tiempo alicaída, sin chispa, sin gancho, PSOEizada, vacía [1], cuchiflí-cuchiflá. Y supongo que todos conocerán la razón: ¡que los redactores hemos salido de nuestra caverna cibernética y los que no hemos muerto por exposición a los rayos solares hemos logrado desarrollar una vida propia con perros [2], visitas al cine [3], fundación de nuevas familias [4] y hasta tomarnos una caña con su tapita guapa en una terraza no estamos publicando nada sobre el Tercer Reich! Un añito y medio hace ya de la última aparición [5] de unos nazis decentes. Toda nuestra fuerza creativa se ha ido en comentar el “temita”. Así que ya saben: una vez más, ¡la culpa ha sido de Puigdemont y los malvados catalanes! Que según el criterio unánime de la prensa de bien también son nazis de la ETA yihadista, pero joder, ¿cómo me van a comparar unas urnas de metacrilato con unas Panzerdivisionen? Vamos, que ya va siendo hora de volver una vez más a las fuentes nutricias, en este caso con un libro centrado específicamente en la evolución del partido político más importante del siglo XX (con permiso del Partido Obrero Socialdemócrata Ruso): el Partido Nacional Socialista Obrero Alemán.

 

Aquí igual tendría que caer una referencia a PABLEMOS, pero aunque a veces lo olvidemos por lo viejos que se han hecho en cinco años, PABLEMOS es puro siglo XXI.

 

El 5 de enero de 1919, dos docenas de hombres se reúnen en una cervecería de Múnich para fundar un partido político. Para el líder, Anton Drexler, es ya el tercer intento de lanzar algo con lo que participar en política y así compensar su frustración por no haber podido participar en la guerra. Su difuso objetivo: un movimiento obrero nacional, que se enfrente al internacionalismo marxista y que reconcilie a la clase obrera con la burguesía bajo la bandera nacional. Pronto encuentra un padrino burgués: Karl Harrer, miembro de la sociedad secreta “Thule” [6], una reunión de burgueses ultranacionalistas, antisemitas, antirepublicanos y antimarxistas. Thule busca alguna herramienta para influir en la clase obrera, y el club de Drexler parece ideal. Con el dinero que aporta Harrer, Drexler y sus amigos fundan ese 5 de enero el DAP, Deutsche Arbeiter Partei (Partido Alemán de los Trabajadores). A Drexler le hubiese gustado meter “Socialista” en el nombre del partido, que para él significaba simplemente “no puede ser que los unos naden en la abundancia mientras los otros sufren carencias” (donde “los unos” eran los judíos, y “los otros” no eran precisamente los trabajadores textiles de Bangladesh sino los alemanes de bien y nadie más), pero Harrer lo vetó para no asustar a los buenos burgueses de Thule. Sin embargo, el DAP no deja de ser un grupúsculo más de radicales que en el fondo no saben que hacer con su tiempo (la república de Weimar ha introducido la jornada de ocho horas, ¡y muchos alemanes no saben a dónde ir con tanto ocio!), y va arrastrándose camino de la irrelevancia, cuando se produce uno de esos “momentos estelares” (aquí más bien “momento agujero negro colapsado”) de la humanidad: el 12 de septiembre de 1919.

Ese día, un viernes, en la cervecería Sterneckerbräu de Munich, el DAP convoca una asamblea. Entre los asistentes, un cabo de 30 años –austriaco, aunque participó en la Gran Guerra [7] en el ejército alemán-, que posteriormente contó que solo fue a evaluar el DAP por encargo de su oficial superior, que se encontró un patético club de 20-25 hombres que no destacaban de los otros cientos de grupúsculos völkisch que pululaban por Munich, y que ya iba a irse cuando un “profesor” tomó la palabra y pidió que el DAP incluyera en su programa la independencia de Baviera. El cabo explotó y asombró a todos con su oratoria -con la que vapuleó al profesor, que huyó humillado-, y Drexler le felicitó, le regaló una copia de su manifiesto Mi Despertar Político, y le invitó a venir otro día, convirtiéndose así en el séptimo militante el partido. El cabo era Adolf Hitler, y el resto es historia: la historia de cómo Hitler cogió un club de quinta regional y lo llevó a ganar la Champions. Un mito recogido posteriormente en Mein Kampf, y repetido acríticamente por la mayoría de historiadores y biógrafos.

 

Todo empezó por culpa de un independentista. ¡Si es que corrompen todo lo que tocan!

 

Y como casi todos los mitos, más falso que un euro de cartón. Para empezar, en la reunión no hubo “20 o 25” asistentes, sino 38, según el propio acta del partido. Y una ausencia significativa: el capitán Karl Mayr, precisamente el oficial superior de Hitler, que había mandado a este al mitin… junto con otros siete soldados de su unidad. Difícil “evaluar discretamente” cuando vais ocho a la vez, más bien parece que a lo que iban era a hacer bulto y apoyar al capitán, que tendría ideas y/o planes para el DAP pero que finalmente no pudo ir. Ni había tampoco ningún “profesor” entre los asistentes, aunque sí lo hubo -un tal Adalbert Baumann- en un mitin posterior el 16 de octubre, que es cuando con toda seguridad se produjo el duelo dialéctico. Y lo del “séptimo militante” era una patraña también: hasta principios de 1920 el partido no estableció un censo de militantes, y cuando lo hizo (por orden alfabético) Hitler fue el militante 555 (la numeración empezaba en 501 para que el partido pareciera más grande). Lo que sí fue era el séptimo miembro de la directiva… con un cargo creado ad hoc para él, ya que la ley solo exigía la presencia de seis miembros. Vamos, que de quinta regional nada: segunda regional y en puestos de ascenso, con padrinos importantes en Thule y el ejército, y ojeadores en las gradas. Que aún así sigue siendo meritorio, pero que resulta sintomática la necesidad de los nazis de mentir y exagerar desde el primer día e incluso cuando no hace falta.

Tras unos meses de mítines en cervecerías pequeñas, Hitler orquestó un pequeño Juego de Tronos contra Karl Harrer, expulsándolo del partido por intentar llegar a “acuerdos de despachos” con el DNVP, el gran partido de la ultraderecha alemana, pero que no tenía implantación en Baviera. Drexler se convirtió en Parteivorsitzender (“presidente del partido”), y al fin vio cumplido su sueño de ponerle la etiqueta “Socialista” al partido: a mediados de 1920, ya era oficialmente el NSDAP. Como insignia, copiaron la esvástica del DvSTB (Deutschvölkischer Schutz- und Trutzbund, una organización [8] antisemita) y los colores rojo-blanco-negro de la bandera alemana imperial. Lo siguiente fue pergeñar el ascenso a preferente. Hitler convenció al partido de que había que pensar a lo grande, y el 24 de febrero de 1920 alquilaron una sala mucho más grande de lo habitual, el Hofbräuhaus, con aforo para 2000 personas, y lo llenaron usando como gancho a un orador famosillo en los círculos völkisch, Johannes Dingfelder. Hitler ni siquiera aparecía en el cartel. Tras el turno de Dingfelder, Hitler se largó su discurso habitual (básicamente: “el judaísmo capitalista y el judaísmo marxista actúan en comandita para cargarse a nuestra querida Alemania”, un discurso no muy innovador pero que él declamaba con una ferocidad, una agresividad y un cabreo muy convincentes y que conectaban con el público habitual), y al final hizo un manifiesto de 25 puntos, que lo tienen aquí [9], recibido con ovaciones.

Aparte de para echarnos unas risas debatiendo a qué partido se parece más este programa, lo enlazo porque es esencial para entender cómo se veía el partido a si mismo. Esta lista siempre sería su programa fundamental, y atrajo a muchísimos más militantes que el Mein Kampf, una bazofia en cualquier dimensión humana, ética o literaria [10] que quieran evaluar. Cuando el partido se refundó tras la prohibición en 1925, los objetivos quedaron definidos simplemente como “el programa de 25 puntos” (aunque con una inocente revisión del punto 17 durante las elecciones de 1930, que en realidad le daba la vuelta, para afirmar que “como partido que defiende la propiedad privada, las expropiaciones de las que habla el punto 17 evidentemente se refieren solo a tierras adquiridas ilegalmente por especuladores judíos”), e incluso cuando en los años 40 se redactaban discretamente borradores para una eventual ley de sucesión, el juramento que debía realizar el sucesor de Hitler era “juro que imperturbablemente y bajo riesgo de mi vida seré fiel al programa del NSDAP tal como lo proclamó el Führer Adolf Hitler el 24 de febrero de 1920.”

Hitler daba mítines cada vez más grandes, y el NSDAP empezaba una tímida expansión fuera de Múnich, generalmente entre la pequeña burguesía y los antisemitas. También hubo acercamientos a otros partidos similares, pero en la primavera de 1921 Hitler lo paró lanzando un ultimátum: pidió la baja como militante, y exigió para volver que le hiciesen secretario general con “poderes dictatoriales”. Como él era de largo el mayor asset del partido, el órdago le salió bien y fue nombrado Parteivorsitzender. Anton Drexler fue nombrado presidente de honor. Hubo conversaciones con otros partidos, como el DNSAP (sí, parece La Vida de Brian), pero no llegaban a nada porque Hitler solo aceptaría alianzas en las que él tuviera el control total. 2000 militantes había en el NSDAP por esas fechas, pero Hitler lograba convocar el doble de asistentes a un mitin. Por esta época también adquieren el Völkischer Beobachter como periódico del partido (120.000 marcos aportados por mecenas ricos y fondos reservados del ejército), y la sección deportiva del partido mutó, gracias a los fichajes del golpista Hermann Ehrhardt [11] y de un boxeador profesional, en un grupo de matones dedicados a reventar mítines ajenos y proteger los propios. El 5 de octubre de 1921 esta sección del partido fue bautizada como la Sturmabteilung. Su fundación era la institucionalización de la violencia en el ascenso del partido.

 

Seguramente ellos preferían describirse como “políticamente incorrectos”.

 

Pocas semanas después de la refundación del partido, ocho militantes muniqueses de primera hora formaron la Stabswache, una especie de cuerpo de seguridad de élite surgido de la SA. Unidades similares surgieron en otros grupos locales. En noviembre de 1925 Hitler los rebautizó como Schutzstaffel. A mediados de 1926 ya eran unos mil hombres en 75 localidades. Subordinada al principio a las SA, poco a poco se convirtieron en una guardia pretoriana personal de Hitler. Sin embargo, Kellerhoff apenas dedica unas páginas a las SS, ya que posteriormente esta organización se funde tan profundamente con el estado y –vía Waffen-SS- con la Wehrmacht que resulta imposible separarlos.

 

“Kampfzeit”

Al periodo desde la fundación hasta la toma del poder, los propios nazis la llamaban Kampfzeit (“el periodo de la lucha”), y aunque dura casi exactamente la mitad de la existencia del partido, ocupa dos tercios largos del libro. Después de 1933, dice Kellerhoff, el partido se funde en mayor o menor medida con la administración del estado, y resulta más difícil escribir una historia separada. Mejor concentrarse en el Juego de Tronos entre todos estos grupúsculos de ultraderecha.

El primer rival de entidad fue la DvSTB, que contaba 120.000 militantes. Pero su liderazgo estaba dividido, su retórica no iba acompañada de hechos, y su militancia era de clase media-alta – en sus congresos había más misas y conciertos de piano que discursos antisemitas, por decirlo en las palabras de Kellerhoff. En un país y unas generaciones vandalizados por la guerra, la disposición a la violencia y la renuncia a compromisos del NSDAP le hacían tremendamente atractivo, y muchas nuevas asociaciones locales eran fundadas por miembros desencantados del DvSTB. A esto se unieron una serie de afortunadas coincidencias para el NSDAP: el 24 de junio de 1922 unos miembros del DvSTB asesinaron al ministro de exteriores de la república, Walther Rathenau [12]. La Ley para la Protección de la República habilitó al gobierno central a prohibir el DvSTB, acelerando la migración al NSDAP… que también debería haber sido prohibido, pero el gobierno regional de Baviera arguyó que sobre la aplicación de dicha ley en su territorio decidían ellos.

Esta lucha incluía a veces participar en elecciones y a veces no, según como se levantara Hitler cada día… y de como estuviera dotado de fondos el partido, generalmente mal, por lo que no hubo muchas candidaturas. “No estamos para ganar elecciones, sino para intervenir cuando colapse la república de los criminales de noviembre”, era la cantinela. Sin embargo, esto creaba unas expectativas de una pronta acción violenta que una y otra vez se frustraban. A esto se unía que Hitler, más interesado en mantener sus horarios de artista bohemio y dar charlas en cafés, despreciaba el trabajo organizativo necesario, y el partido, pese a su fuerte crecimiento, no llegó a contar con cuadros medios capaces de mantener a las bases a raya, que iban mucho por libre y solo estaban unidas por su devoción a Hitler. Atrapado en estos dilemas, Hitler buscó una salida violenta y lanzó el putsch de noviembre de 1923, desbaratado a tiros por las fuerzas regulares. Catorce miembros del NSDAP fueron abatidos (y posteriormente convertidos en mártires del partido [13]), y Hitler capturado a los pocos días y juzgado por Alta Traición. Pero como los jueces conservadores vieron que su intención había sido buena, que su corazón era puro, y que al menos no había comprado urnas de metacrilato, lo dejaron en el mínimo, 5 años, de los que no cumplió ni uno.

El NSDAP, eso sí, fue prohibido, aunque el censo de militantes se pudo salvar de la policía, y las organizaciones locales subsistieron con otros nombres. Una lista de correo ordinario, con cartas firmadas por Rolf Eidhalt (anagrama de Adolf Hitler), repartía las consignas. Pero inevitablemente empezaron las disensiones. Hitler, al verse incapaz de controlarlas, anunció que renunciaba a cualquier actividad política durante su cautiverio. Indultado para la Navidad de 1924, y con el partido legalizado a mediados de 1925, procedió a una refundación: los militantes tuvieron que darse de alta de nuevo, entre otras cosas. Pero la situación era muy diferente: la hiperinflación había terminado, los franceses y belgas se habían retirado del Ruhr y se había revisado el Tratado de Versalles [14] para suavizar un poco lo de las reparaciones. La república de Weimar tuvo al fin unos años tranquilos, y los radicales perdieron casi todo el fuelle, con resultados electorales patéticos.

Lo poco que quedaba lo usaron para atizarse entre ellos. Los hermanos Strasser, que habían reconstruido el partido en el noroeste de Alemania, intentaron construir una alternativa dentro del partido a Hitler. No obstante, Hitler seguía siendo el único capaz de llenar salas y plazas de gente deseosa de verle y oírle, y dada la amplia alternativa de grupos, la gente insatisfecha a la larga se acababa yendo (el partido reclutaba mucho, pero tenía una de las tasas de abandonos más alta). Así que la primacía de Hitler no llegó realmente a estar amenazada.

 

Estructura, militancia y dineros

Kellerhoff dedica también su tiempo a estructura y extracción: sobre el tópico “a los nazis los votaron los obreros”, lo desmonta con el censo de militantes: los obreros eran una proporción menor entre los militantes que entre la sociedad (un cuarto vs un tercio), los autónomos en cambio estaban sobrerepresentados (14% vs 24%), los demás grupos sociales estaban en la media. Los obreros, eso sí, eran con diferencia el grupo más grande de integrantes de las SA (todos los cuales debían ser a la vez militantes del partido), donde superaban el 40%.

 

“El obrero en el reino de la cruz gamada”. La propaganda del SPD se ha vuelto un poco sosa desde entonces.

 

Pero la característica más destacada era sin duda la juventud de los militantes: un cuarto no llegaban a los 23 años, la mitad eran menores de 30, y en las SA eran aún más jóvenes. En el SPD, la mediana estaba en 40 años, en los partidos burgueses era aún más alta. También hubo un altísimo porcentaje de mujeres en la refundación (seguramente mujeres y hermanas de militantes que se re-engancharon), pero posteriormente bajaron al 10%. Teóricamente no había diferencias entre hombres y mujeres, pero en 1931 se fundó la Organización de Mujeres Nacionalsocialistas, como una especie de “SA para mujeres”, sin llegar nunca las cifras de militancia de esta.

Una importante base documental del libro son unos 540 testimonios de militantes de base, redactados en 1934 para un académico americano que los pidió para entender el ascenso al poder del nazismo, pagando un premio a los mejores. Los testimonios, claro, exudan entusiasmo por la reciente Machtergreifung, y son en muchos casos una autojustificación de fracasos personales (“me persiguieron solo por ser nazi, imagínese”, “tuve que cerrar mi tienda nazi porque nadie quería comprar”, “mi mujer no quiso entender mis aficiones nazis y se fue con un judío”) y una afirmación de que siempre habían sido fieles y constantes en su fe al Führer. Vamos, que hay que tomarlos con pinzas, pero proporcionan una interesante visión de cómo los militantes se veían a sí mismos.

El día a día era crear equipo y repartir propaganda (concebida como competición: ¿quién atrae a más militantes, quien vende más periódicos, quien reparte más pasquines…?), y a partir de 1929 los Hogares Sociales para ayudar a desamparados, y que solían llevar mujeres. Porque el principal empeño de la organización, antes que desarrollar y aplicar programas, era crear grupo, algo que recordara a los veteranos de guerra la camaradería de las trincheras (que era lo que la mayoría entendía por “socialismo”). Todos pagaban, todos tenían un “área de responsabilidad” (una zona geográfica donde repartir propaganda), muchos un carguito interno. Frecuentemente se hacían grandes reuniones para reforzar la sensación de comunidad, con desfiles paramilitares que agradaban a los veteranos, y lemas y discursos cambiantes aunque siempre centrados en lo mismo: revancha por Versailles, judíos fuera, ataques a los gobiernos democráticos y a la república en general. En un momento de sinceridad, el propagandista Alfred Beck dijo que no había que perder demasiado tiempo en la precisión de los argumentos, que lo importante era la terquedad y seguridad, “que son al fin y al cabo el secreto de nuestro éxito.”

En cuanto al dinero, Kellerhoff desafía el tópico “donaciones de millonarios”. Tras un repaso a los demás partidos (los liberales se financiaban en más de un 80% de aportaciones empresariales, los conservadores tres cuartos de lo mismo, la SPD tiraba de las aportaciones de su millón de militantes, y los comunistas –con los militantes más pobres- dependían de Moscú), explica que el NSDAP picaba de todos los platos: aportaciones, venta de periódicos, entradas a eventos… también hubo pronto aportaciones de empresarios, pero no era “el IBEX”, más bien pequeños empresarios que además resultaban ser revanchistas/antisemitas/reaccionarios y querían sinceramente ayudar, sin pedir favores a cambio (que el NSDAP, con sus patéticos resultados, tampoco pudo facilitar hasta los años 30). Fritz Thyssen sí que dio mucho dinero, aunque no tanto como luego afirmó. Tras 1931 empezó a haber “donaciones particulares” de grandes empresarios a Hermann Göring o Walter Funk, en un intento sin duda de fortalecer a los nazis “moderados”. Hitler vivía de manera más bien humilde, alquilando una habitación en Munich, aunque viajaba a todo trapo (en Mercedes, a hoteles de categoría, y con un séquito importante), y no hacía mucha distinción entre gasto privado y gasto del partido.

 

Una pena porque nos perdemos una de las mejores caricaturas de Hitler: “¡millones me cubren las espaldas!”

 

Kellerhoff también da un ejemplo particular de otra vía de financiación: la extorsión pura y dura. El empresario Robert Bosch [15] recibió una carta del partido diciendo más o menos “los rojos izquierdistas amenazan a Alemania y pronto habrá violencia, así que es hora de que los buenos alemanes apoyen financieramente a los verdaderos patriotas, vetados por las finanzas judías. Quien da temprano es como si diera doble. Piénsatelo”. Como Bosch pasó del tema, el NSDAP local empezó una campaña contra él, acusándolo de rico antisocial. Bosch, liberal confeso y reconocido filántropo, publicó las cartas y montó un escándalo. El partido tuvo que recular y pedir perdón, pero si se atrevieron con una persona tan conocida como Bosch es razonable pensar que lo intentarían con muchos otros, y que muchos pagarían.

Luego hay algunas cosas que te recuerdan que el NSDAP, aparte de ser muy nazi, era muy alemán: resulta que las SA tenían un seguro contra lesiones, multas o muertes ocurridas en enfrentamientos (Kellerhoff lo llama Bürgerkriegsversicherung, “seguro de guerra civil”). Estos seguros se realizaron con empresas privadas nada más refundar el partido, pero al año y medio estas compañías, viendo que perdían dinero, anularon las pólizas. Ni cortos ni perezosos, los nazis montaron su propia compañía interna de seguros, donde pagaban todos los miembros y que estaba administrada por Martin Bormann. Mientras tanto, el Völkischer Beobachter aireaba un supuesto “escándalo de las aseguradoras”, denunciaba que estas estaban vendidas al “capital judío”, y pedía a todo el mundo que cancelaran todas sus pólizas con ellas.

 

El último escalón

En 1929, con la crisis económica asomando la patita [16], el partido se armó para el asalto al poder. En concreto, el mensaje antisemita desapareció casi por completo de la propaganda (el DNVP tenía mensajes mucho más fuertes contra los judíos en estos años), y fue sustituido con difusos ataques al “marxismo”, indistintamente SPD y KPD, pese a que estos no podían ni verse; para disimular un poco, el KPD fue tachado de “tapadera judía”. Hitler mientras tanto se las daba de abanderado de las vías legales, llegando a afirmar en un juicio contra miembros que si viese a un miembro de la SA con un arma lo denunciaría ipso facto. Pero este cambio de rumbo dialéctico, que les permitió subir como la espuma en las encuestas y -tras una ristra de elecciones locales en las que fueron sacando cada vez 2 o 3 puntitos más- ser los segundos más votados en 1930 [17], no vino acompañado del fin de la violencia. Al contrario, las bases, frustradas ante el nuevo mensaje, redoblaron la violencia en las calles, liándose a porrazos con los comunistas, en enfrentamientos que parecían el preludio de una guerra civil. Las SA, en especial, empezó a subírsele a las barbas a Hitler y a desobedecer abiertamente.

En este ambiente llegó la elección del presidente del Reich en 1932. El partido echó el resto, pero sin lograr nada: Hindenburg quedó por delante de Hitler en 33 de los 35 distritos. En la segunda vuelta, estilizada a voto de protesta, Hitler obtuvo un 36.8%. Sucesivas elecciones locales encumbraron al NSDAP como el más votado, pero incapaz de formar mayorías para alzarse con el poder. Eso tuvo que venir mediante un jueguecito de tronos entre el NSDAP y la camarilla reaccionaria que rodeaba a Hindenburg. La camarilla intentó mostrar fuerza prohibiendo a las SA y las SS… y ya de paso del Reichsbanner Schwarz-Rot-Gold, una organización de veteranos de guerra cercana al SPD. La diferencia es que las SA y las SS se lo esperaban y estaban preparados para seguir coordinándose pese a la prohibición. La violencia continuó, y en la campaña para las elecciones de 1932 hubo más de 100 muertos. El NSDAP logró 13.8 millones de votos, el 37.3% del total, y muy posiblemente su techo electoral.

Kellerhoff explica el ascenso final del NSDAP entre 1929 y 1932 como consecuencia de un montón de errores innecesarios de Hindenburg y los partidos democráticos. Evitar elecciones en momentos de tensión e imponer sanciones y prohibiciones efectivas contra las SA habría podido frenar a los nazis, pero ellos hicieron justo lo contrario. Hitler se la jugó varias veces a todo o nada, con Hindenburg y su propio partido… y salió ganando. El 30 de enero de 1933 fue nombrado canciller de un gabinete presidencial, que gobernaría por Decretos de Emergencia al no tener mayoría parlamentaria. Aupado no por los votantes, como pretenden hacernos creer los que dicen “ojo con las urnas, a Hitler también lo votaron”, sino por las más altas esferas guiadas por el principio de autoridad, y armado jurídicamente por un Reichstag lleno de partidos burgueses que votaron la Ley Habilitante [18].

 

En el poder

A estas alturas, Hitler ya está monopolizando peligrosamente el relato. Aunque el socialdemócrata Kurt Schumacher decía “Hitler era decorador, y ahora es decorado. El hablará, y Alfred Hugenberg [del DNVP] actuará”, lo cierto es que los nazis llevaban la batuta: prohibición del periódico del SPD, nombramiento de 40.000 miembros de las SS y SA como policías auxiliares en Prusia, prohibición del KPD y arresto de sus miembros… y convocatoria inmediata de elecciones, para tranquilidad del “centro sensato” de Weimar.

 

Por un Berlín de Centro.

 

Aunque las elecciones del 5 de marzo de 1933 solo le dieron al NSDAP un 43,9% del voto, la sensación de “sí, estos van a mandar un tiempo” se impuso: en enero habían entrado 26.700 nuevos militantes, en febrero 30.600, en marzo ya 78.600, y en abril 250.000. Millones seguirían, en lo que algunos llamaron “la inflación parda”. La estructura del partido se vio desbordada, y a finales de 1933 medio millón de solicitudes estaban aún sin procesar. Algunos tardaron años, aunque a todos se les aplicó como fecha de entrada el 1 de mayo de 1933 (fecha de “cierre” a partir de la cual el partido decidió no aceptar nuevos miembros; cierre que era posible saltarse para los miembros de las SA, los de las Juventudes Hitlerianas, y en general cualquiera que tuviese un padrino en las altas esferas). Y aunque no había obligación de pagar hasta recibir el número de carnet, muchas agrupaciones locales cobraban ya antes, con las primas acabando en los bolsillos de los Gauleiter y secretarios locales. Los viejos militantes, claro, echaban espuma ante tanto oportunista que unos meses antes “habían visto en Hitler al líder de una revolución plebeya y cuasi bolchevique, de la que se temían la ruina de la sociedad burguesa, y que ahora de repente veían en él el sustento de dicha sociedad”. La avalancha de nuevos militantes transformó al NSDAP hasta convertirlo en otro partido. Dos tercios de los militantes se habían dado de alta cuando Hitler ya era canciller, la media de edad subió de 27 a 34 años, de una mayoría de solteros se pasó a un 60% de casados. Subieron los burgueses y bajaron los obreros. Lo que no cambió fue la desproporcionada relación entre hombres y mujeres: los hombres eran el 95%.

Y entonces empezó el reparto del botín. Lo primero, asegurar puestecitos y poltronas para los “viejos luchadores” – con intensos debates sobre si estos eran los militantes con número inferior a 100.000 (los anteriores a 1928) o 300.000 (los anteriores a las elecciones de septiembre de 1930). Los sobornos y prebendas fueron aceptados, no con vergüenza y discreción, sino abiertamente como “reparaciones” debidas. De 700.000 empelados públicos en 1933 se pasó a 1.200.000 en 1938, muchos de ellos miembros del partido o allegados. Generalmente, en puestos paralelos a la administración ordinaria, que ahora supervisaban. Y por supuesto los cargos locales, una vez que ya no había elecciones, eran nombrados a dedo: alcaldes, concejales, asesores… Incluyendo empresas públicas: las empresas de correos y ferrocarriles crearon decenas de miles de nuevos puestos. Pero también en las empresas privadas, aplicando un poco de presión, entraron numerosos nazis.

Kellerhoff da un repaso a la estructura del partido, necesariamente bastante superficial porque la base del poder de Hitler era la confusión: tronillos de medio pelo para jerarcas ídem, estructuras cruzadas, administraciones paralelas, atribuciones poco claras… nadie sabía realmente quién decidía qué, lo que dejaba enormes márgenes de discrecionalidad y de mangoneo. Eso sí: por una u otra vía, todos los alemanes acabaron estando supervisados, generalmente mediante los Blockleiter, miembros del partido que tenían asignado un bloque de viviendas y se encargaban de recaudar un pequeño impuesto de solidaridad cada mes, pudiendo entrar en las casas de la gente. Siguiendo el Führerprinzip, que aquí también se aplicaba, su simple denuncia podía ser una condena para una familia. Coloquialmente (y en voz bajita) se los llamaba “caniches de escalera”, a los Guías Políticos (la categoría superior, medio millón de funcionarios que juraban lealtad directa a Hitler y emitían Certificados de Buena Conducta) “carteros de la muerte”, y a la élite del partido “faisanes de oro”.

 

Blockwart sigue siendo, a día de hoy, un insulto en Alemania para fascistas de andar por casa.

 

La necesidad de tener a gente controlándolo todo y a todos hizo necesario levantar la prohibición de incorporar nuevos militantes, y para 1939 el partido tenía seis millones de militantes. Estos nuevos militantes fueron también quienes se encargaron de poner en marcha la máquina del antisemitismo. Los ataques empezaron muy pronto, a los dos meses de la toma de poder: en respuesta a un llamamiento internacional a boicotear productos alemanes, los nazis lanzaron un boicot a productos y tiendas judías… y les salió el tiro por la culata: muchos aprovecharon para desafiar al nuevo régimen y las tiendas incluso aumentaron el volumen de negocio. El NSDAP plegó velas, y se lanzó durante varios años a inventarse maneras legales de hacer sufrir a los judíos: prohibición de practicar a médicos judíos, prohibición de ejercer a abogados judíos, expropiación de sinagogas para poner plazas de parking, recorte de subvenciones a guarderías judías… la mayoría de estos ataques, en realidad, se planearon y ejecutaron a bajo nivel, sin intervención directa de la dirección del partido. Hitler y otros jerarcas tenían frecuentes reuniones con los mandos intermedios y bajos, pero conforme al Führerprinzip allí no se debatía o discutía los asuntos: el mandamás se largaba un discurso general, y los de abajo lo interpretaban a su manera. Como muchos de los de abajo eran nuevos militantes deseosos de agradar y de demostrar que eran más nazis que los nazis de toda la vida, fueron ellos los responsables de muchas medidas.

 

Durante la guerra

El estallido de la guerra aumentó aún más las competencias del partido. Los faisanes dorados recordaban muy bien el colapso del Kaiserreich al final de la Gran Guerra [19] y estaban dispuestos a evitarlo a toda costa. Para ello planearon una movilización de todos los recursos posibles, pero al mismo tiempo se aseguraron de que al pueblo no le faltara de nada aunque hubiese que matar de hambre a los países conquistados, y un control exhaustivo de la población, que fue bombardeada con propaganda hasta lograr un lavado de cerebro colectivo. Comités especiales mandaban “paquetes de amor” a los soldados locales, con comida, cartas, flores y otras chuminadas para mantener su vínculo con el terruño. Los Guías Políticos, en un intento de reducir la influencia de las iglesias, se encargaron de comunicar los fallecimientos de soldados a sus familias, lo que les valió ser llamados Totenvogel, “hombres del saco”, y “cartero pardo del Santo Job” (lo que motivó que Bormann propusiera que los Guías también visitaran a la gente para felicitar cumpleaños redondos o aniversarios marcados, que si su presencia se asociaba automáticamente a la muerte bajarían la moral allí donde fuesen; la propuesta se ahogó en algún lugar de la burocracia del partido). El partido también se encargaba de reubicar a aquellos alemanes que hubiesen perdido sus casas debido a los bombardeos [20], generalmente requisando casas de judíos, o buscando discretamente reubicar viudas con pisos grandes en casa de sus hijos. Los Blockleiter debían reportar candidatos.

 

La Kreisleitung de Stuttgart ordenó: “El Blockleiter deberá intentar convencer a personas en hogares monopersonales para abandonarlos voluntariamente” […] la Kreisleitung advertía: “el Blockleiter debe saber que toca un tema muy sensible y que se encontrará con una fuerte y emotiva resistencia de las personas mayores.”

 

A por el Ejército Rojo te vas sin pensártelo dos veces, pero con los jubilados no hay huevos.

 

Los bombardeos también causaron uno de los raros fracasos del partido en el control de las masas: cuando empezaron los bombardeos, los nazis –por una vez sin segundas ideas- intentaron evacuar al campo a los niños de las grandes ciudades, pero casi todas las familias se negaron (al menos por las vías oficiales, luego muchos los mandaron al pueblo con parientes), incluso cuando se ofrecieron todas las ventajas posibles y cerraron los colegios en las ciudades.

La fase final del partido en la guerra comenzó a principios de 1943, tras la derrota de Estalingrado y la llamada de Goebbels [21] a la guerra total. Todos los esfuerzos e iniciativas se redoblaron una vez más hasta llegar al límite: el 25 de septiembre de 1944 Hitler ordenó la constitución del Volkssturm: juntar en unidades militares a todos los hombres disponibles aún no llamados a filas entre 16 y 60 años. De su equipación, entrenamiento y ordenación, sin embargo, no se ocupó la Wehrmacht sino directamente el partido. Equipación había poca a estas alturas, el único distintivo era un brazalete con la leyenda Deutscher Volkssturm – Wehrmacht y un águila con la esvástica. El águila, sin embargo, no miraba a la izquierda como en el distintivo de la Wehrmacht sino a la derecha como en el emblema del partido, y el juramento de los integrantes se realizó el 9 de noviembre, aniversario del Putsch y festividad más importante del partido. El Volkssturm era, en cierto modo, la culminación final de la filosofía del NSDAP y de su composición: unos pocos fanáticos que lucharon hasta el final, mientras la mayoría desertó en cuanto pudo. Y un detalle interesante de estos últimos días: en su testamento, Hitler le legaba todo lo que tenía al partido y no al Reich, indicando cual de ellos consideraba que era su verdadero hijo. Aunque -ilegalización mediante- el heredero final resultó ser el Freistaat de Baviera, que como titular de los derechos de Mein Kampf prohibió cualquier edición hasta 2016, cuando expiró el copyright.

 

Epílogo

Kellerhoff le dedica un rato al proceso de desnazificación, y otro a las experiencias con partidos de ultraderecha en la RFA. Menciona al NPD y a su proceso –fallido- de ilegalización, y ya. No sé si es el momento de hablar del AfD, pero estos parecen más cercanos al Autoritarismo de Mercado [22] que está triunfando tanto últimamente que a unos nazis de corte clásico. O a lo mejor el NSDAP era la tragedia y estos son la farsa.

De entre las muchas diferencias entre el NSDAP y el POSDR, hay una que salta a la vista (y aún tenemos que esperar unos años a ver por qué lado cae Podemos): el POSDR sobrevivió a su fundador y bajo el nombre de PCUS llegó hasta los años 90. El NSDAP, en cambio, desapareció con el que fuera su Parteivorsitzender durante casi toda su existencia. Presidente que obviamente se moldeó un partido a su imagen y semejanza, con lo que el principal reto de un libro sobre el partido es que el austriaco no monopolice el relato. Y este no termina de lograrlo. Aporta cosas nuevas, pero sabe a poco, y lo que ya sabemos de Hitler inunda una y otra vez la narrativa.

El NSDAP siempre ha llamado la atención de la cencia poletologeca por su asombroso ascenso desde las cutres salas traseras de las cervecerías bávaras a la cima de Alemania, todo en apenas 14 años. Incluso sin entrar en lo que vino después, esto ya es reseñable. Normal que todos los estrategas de partido tarde o temprano se interesen por las razones. Sí, incluyendo ese que todos pensamos [23]. El NSDAP triunfó, sentencia Kellerhoff, por su radicalidad y por la firmeza de su discurso y de su programa, del que no se apartaron ni un milímetro (quitando la reinterpretación a favor de la propiedad privada). Pero esto no era una fórmula ganadora automática, sino una combinación que se aprovechó de unas circunstancias muy concretas, en este caso las reverberaciones de la Primera Guerra Mundial y todo lo que esta guerra significó: una guerra de desgaste y dureza, que muchos alemanes creyeron podría haberse ganado de haber sido más duros y despiadados. Dureza y falta de piedad que vieron reflejados en el partido político que nos ocupa (donde el culto a la dureza fue llevado a tal extremo que Hitler, ya con la derrota a la vista, lamentaba haber sido demasiado bueno [24]), y de ahí su enganche para tantos y tantos alemanes. Sin embargo, hoy no vivimos las secuelas de una guerra, sino las de una crisis económica que ha significado un caretas fuera del capitalismo frente al que todo se vuelve líquido y es imposible montar nada porque todo es erosionado y todo se puede comprar. Por eso, quién sabe, igual la fórmula ganadora de hoy es un partido lo más líquido posible para trascender el sistema en vez de enfrentarlo, y entonces PABLO igual lo está haciendo bien y todo. O igual la gente prefiere dureza en estos tiempos tan blandos y VOX empieza a salir de las cervecerías. En unos días tenemos elecciones en Andalucía y empezaremos a ver si el año electoral 2019 resulta una repetición de 1928 [25]… o de 1932 [26].