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Westworld (2016)

Todo empezó en Nuevo México. El Suroeste americano, con sus desiertos llenos de la nada más absoluta, simboliza la actual dominación cultural de los Estados Unidos de Norteamérica sobre el resto del mundo. Hay que recordar que hasta la Segunda Guerra Mundial [1], culturalmente los USA eran una mera extensión de la vieja Europa. Su literatura no era nada del otro mundo (George R. R. Martin no nació hasta 1948, con eso lo decimos todo, y sus premios nobeles ni siquiera son escritores sino cantantes [2]), y en la primera edad de oro de Hollywood la mitad de los genios (Ernst Lubitsch, Billy Wilder, Alfred Hitchcock, Charlie Chaplin…) eran europeos. Lo único más o menos genuino que habían creado eran la música country (un refrito de músicas populares de Irlanda y Europa Central) y la música jazz (un refrito de músicas africanas con instrumentos europeos). Pero el 16 de julio de 1945, en mitad de esa nada desértica, la Fuerza Aérea de Estados Unidos detonó la primera bomba nuclear [3] de la historia, y allí cambió todo. Los incultos cowboys acababan de hacerse con el poder de los Dioses. Apropiadamente, al petardo le pusieron el nombre de la Santísima Trinidad.

Las consecuencias políticas se notaron muy pronto y hasta hoy [4]. Las culturales tardaron un poco más, pero a los pocos años los Estados Unidos ya exportaban a todo el mundo un género genuinamente americano, nacido también en el desierto: el Western, con las películas de John Ford del Monument Valley (a tiro de piedra de Nuevo México) como buque insignia. Al mismo tiempo, la nueva era nuclear rescató de las cavernas del frikismo a otro género americano -hasta entonces minoritario- que a la luz de una posible Tercera Guerra Mundial se reveló como visionario: la ciencia ficción. Un campo donde los estadounidenses iban a destacar como ninguno, hasta hacer de él otra marca D.O. USA. Dos géneros en principio tan separados como los públicos a los que iban dirigidos: el épico e imperial western con John Wayne, para los republicanos temerosos de Dios, y la alocada ciencia ficción para sus melenudos hijos que fumaban marihuana y votaban políticos demócratas con ideas raras sobre los derechos civiles. Bueno, desde entonces han pasado los años, las duras trincheras ideológicas se han diluido, y ya es posible unir ambos géneros, como lo hace la HBO en esta serie de televisión de “Westworld”. Y como el engendro viene con el sambenito de “la sucesora de Juego de Tronos [5]”, en LPD no hemos podido esperar a hacer la crítica.

 

Que sí, joder, que Juego de Tronos se acaba. Asumidlo ya.

 

Un western del futuro

La idea base del engendro es la siguiente: en algún momento del futuro mah o menoh lejano (Westworld dicen que lleva abierto unos 35-40 años y los flashbacks/recuerdos de sus comienzos nos sitúan en un mundo un poquito más avanzado que el nuestro, así que digamos pasado el 2060) una corporación llamada Delos mantiene un parque temático del salvaje oeste, ambientado en la década de 1860 y llamado Westworld. El parque es enorme, de varios cientos de kilómetros cuadrados, tiene una ambientación perfecta, y está habitado por robots humanoides, los llamados “anfitriones”, que sin embargo no son conscientes de su naturaleza. Ellos creen genuinamente que son cowboys, granjeros, tenderos, soldados o prostitutas, y viven sus vidas y toman decisiones prácticamente como lo haría un humano de verdad. Por la módica suma de 40.000$ al día (nos insinúan que a pesar de la inflación esa sigue siendo una suma muy respetable en ese hipotético 2060, así que esto parece ser un capricho para ricachones), la gente de fuera, los llamados “huéspedes”, puede visitar ese mundo feliz y vivir allí aventuras más o menos programadas por el Departamento de Narrativas. Aventuras que siempre terminan con final feliz (del tipo que quiera el cliente), ya que los anfitriones tienen una serie de seguros en su software que les impiden matar a ningún huésped. Restricción que no aplica en sentido contrario: los huéspedes pueden coser a tiros a cualquier anfitrión sin que les pase nada. Los anfitriones “muertos” son recuperados, reparados y reseteados por el Servicio de Mantenimiento de Westworld, que los vuelven a insertar en la sociedad westworldense, ya sea en su posición anterior o en otra nueva, una vez borrada su memoria y siempre según las historias diseñadas para ese “ciclo narrativo”.

Una ficción carísima que la parte luminosa de nuestra alma quiere pensar que solo se usaría para vivir épicas aventuras, derrotar a los malos, y cabalgar hacia la puesta de sol con Maureen O’Hara sentada en la grupa. Es decir: que pagas una pasta para ser John Wayne por un día. Y no. Ese ingenuo idealismo yankee ha muerto, nos dice la HBO. Como mucho, aún creen en él algunos turistas coreanos y los propios anfitriones de Westworld, pero claro, estos lo creen porque están programados para creerlo (los robots, no los coreanos). La verdad, viendo desde España la existencia de la propia HBO –un canal basado en confiar que la gente va a pagar suscripciones en vez de piratear y descargar a saco paco (aprovecho para decir que esta crítica se ha hecho mediante una suscripción, ¡sí, yo pago, o al menos pagan por mi quienes me regalaron la suscripción!)- nos cuesta creer en el fin del idealismo americano, pero coincidimos en que la mayoría de usuarios usaría Westworld para dar rienda suelta a sus fantasías reprimidas de dominación, crueldad y metel.la sin restricciones. Porque una vez queda claro que tu puedes hacer lo que quieras y los anfitriones no pueden hacerte nada, tu allí has venido a ser Dios. Y Dios es Amor, pero también es exterminar a pueblos enteros [6] por un oye tío, ¿me estás mirando [7]?

 

¿Me lo has dicho a mi? ¿Realmente me has dicho que esto es mejor que Juego de Tronos? Porque aquí no veo a nadie más.

 

Es decir, matar y follar, la fórmula de éxito de Juego de Tronos [8], que aquí intentan aderezar e intelectualizar con la carta “los anfitriones en realidad son humanos”, con los conflictos éticos, filosóficos y existenciales que se derivan de allí. Y sí, son humanos: tienen recuerdos, vidas, hogares, consciencia de la muerte, y sienten emociones. Y no me vengan con que esas emociones son solo impulsos eléctricos en un circuito electrónico. ¿Acaso este artículo que están leyendo es otra cosa que impulsos eléctricos en sus circuitos neuronales? O que son fabricados por humanos. ¿Acaso no lo somos todos? Fabricar un humano solo cuesta un momento de placer y cualquiera puede hacerlo, y la cualificación requerida es esencialmente ninguna. ¡Menos de lo que piden para un máster de la Universidad Rey Juan Carlos! Al menos los anfitriones son fabricados por un centenar de ingenieros cualificados que no están borrachos durante el proceso. Los robots tienen, incluso, cierto libre albedrio, en el sentido de que ni siquiera sus programadores pueden predecir al 100% lo que harán en un determinado arco narrativo, pues solo así Westworld resulta lo bastante realista para satisfacer a los huéspedes.

 

Una Ilíada en Nuevo México

Los ingenieros de la corporación, que se supone deben ser con quienes nos identifiquemos en plan “gente que utiliza móviles, trabaja en una oficina por un salario y son cínicos y desengañados”, vendrían a ser como los dioses del Olimpo: viven invisibles en lo alto de una montaña inaccesible, poseen poderes incomprensibles para los anfitriones, y los controlan simplemente con la voz, emitiendo órdenes que los anfitriones no pueden ignorar. Pero al igual que en la Antigua Grecia, un mortal podía contar con que los dioses estaban enemistados entre ellos para enfrentar a uno con otro y sacar tajada. La analogía con los dioses griegos, de hecho, es recurrente: la dirección del parque está en un remedo del monte Olimpo, Delos era el mercado de esclavos más importante del Egeo en época clásica, los nombres de algunos protagonistas y ciclos narrativos (Hector Escaton, narrativa Odisea)…

Pero hoy en día nadie quiere oír hexámetros dactílicos, o leer un novelón de esos del siglo XIX: quieren sexo y sangre (y algo de filosofía de a kilo para no sentirse demasiado culpables por el sexo y la sangre). Así que para atarlos durante varias temporadas te lo tienes que currar un poco. Una serie tan larga se puede “construir” de dos maneras. Una, llamémosla acumulativa, es hacer una temporada con un planteamiento rápido y un final relativamente cerrado. Si la cosa sale bien, haces una segunda con nuevos argumentos, nuevos personajes, y nuevos arcos narrativos, y acumulas temporadas que comparten poco más que el universo ficticio, hasta que la serie o bien resulta totalmente repetitiva y previsible (ejemplo: CSI [9], Cómo conocí a vuestra madre [10]), o bien se va por peteneras y resulta totalmente inverosímil (ejemplo: Vikings [11]). La otra manera es planificar desde el principio para que dure cinco, seis o siete temporadas. En cuyo caso la primera temporada completa es introducción pura y dura (ejemplo: Juego de Tronos [5]), algo así como el primer quinto de Guerra y Paz. Por lo que se ha dicho por ahí (es decir, por rumores que no me apetece contrastar) estamos ante este último caso en Westworld: se han montado sus escenarios guapos y han invertido una pasta, y lo quieren aprovechar. El problema es que a la gente no le gusta leerse Guerra y Paz a lo largo de cinco o seis años. Así que esta introducción tiene que tener su propia trama medianamente auto conclusiva con introducción, nudo y desenlace. Lo de dejar muchos misterios abiertos, desde Perdidos [12] como que no. Así que nos cargamos a unos cuantos personajes que parecían principales, y a tirar p’alante. En esa contradicción vive Westworld: han metido personajes por un tubo para poder tirar tramas durante años, pero algunas tienen que terminar creando pequeños “finales parciales” camino del final grande, o la gente se irá.

Siguiendo el modelo de Juego de Tronos, pues, la primera temporada de Westworld es pura introducción: quién es quién, que busca cada uno, como funciona Westworld, cuales son las reglas, cruces a diestro y siniestro, todo aderezado con flashbacks que no te enteras que son flashbacks hasta el fin de temporada para decir, ¡oh, esto pasaba en el pasado! Las tramitas que hilan los episodios casi que sobran, lo importante es que empaticemos con los huéspedes, para que deseemos su rebelión ante la tiranía a la que les someten los humanos. Rebelión que se produce en el season finale, claro está: ¡no puede haber serie sobre robots [13] sin que estos tarde o temprano se rebelen!

La segunda temporada ya nos muestra a Westworld en revuelta parcial. Algunos huéspedes se han liberado y la han liado parda, pero la junta directiva del parque no interviene todavía para así poder extraer cierta información esencial (obtenida ilegalmente espiando a los huéspedes). El problema es que la rebelión se empieza a extender a otros parques (Westworld no es el único, hay al menos un parque inspirado en el Raj británico [14] y otro en el Shogunato); es decir, potencialmente amenaza a toda la economía robótica que existe en el planeta en ese año 2060. O al menos es lo que pretenden los robots rebeldes, “matar a toooodoooos los humanos”, al considerar ambas sociedades incompatibles.

 

¡Como si llegasen los caminantes blancos!

 

La temporada termina en el Valle de Más Allá, donde la trama “robots rebeldes” se cruza con la nueva trama “los humanos intentan clonarse a si mismos en androides para así alcanzar la inmortalidad”. Resulta que en Westworld le han dado un giro a su política de cookies y han escaneado mediante chips en los sombreros la actividad cerebral de todos los huéspedes que han pisado el parque, unos cuatro millones. Material suficiente para clonar sus personalidades y hacer barbaridades de esas que las grandes corporaciones hacen con nuestros datos. El caso es que entre una y otra nos cascan otro season finale de horita y media, plantando ya las semillas de la tercera temporada, donde se supone que al fin salimos del dichoso parque a ver el deprimente mundo del mañana (salvo si eres rico, que entonces está de puta madre) [15].

 

Huéspedes y anfitriones

Dolores Abernathy: una sencilla chica de campo que vive en Westworld en el rancho de su padre. Nadie diría que es un robot… salvo porque tiene una piel tan blanca, tersa e impoluta que parece de plástico, lo que para una persona de ascendencia escandinava (o al menos de los Alpes para arriba) viviendo cada día de su vida bajo el implacable sol de Nuevo México pues como que resulta un poco raro. Es la huésped más antigua del parque y la favorita de Arnold Weber, uno de los fundadores de Westworld, y se ve que los upgrades del software ya no se le cargan bien, por lo que al final de la primera temporada lidera la revuelta de los huéspedes, a los que puede alterar los parámetros como quien se mete en wifis ajenas. Luego la segunda temporada se la pasa yendo de aquí para allá con cara de “qué duro es ser el profeta de mi pueblo”, liderando a los robots en una rebelión contra los Estatutos Del Parque Que Nos Dimos Entre Todos (Pero Unos Más Que Otros).

Robert Ford: Anthony Hopkins haciendo de Anthony Hopkins. Como no puedes meterte en una serie de seis temporadas (con dos años entre temporada y temporada, además) con un actor de 80 años, la participación de Sir Hopkins en principio se reduce a la primera. Lo bueno de Westworld es que siempre le puedes revivir como robot, o como simulación digital, o meter una versión más joven, o hacer flashbacks… Vamos, que mientras el hombre siga vivo y necesite pasta, no podemos descartar cameos ocasionales. Ford es el jefazo del parque, que fundó hace 40 años con su socio Weber (ahora misteriosamente desaparecido), y en el que desarrolla sus obsesiones y fantasías. En concreto, su fantasía es lograr la mayor aproximación a la realidad posible, y que Westworld y sus habitantes adquieran consciencia de si mismos (un deseo original de Weber que Ford hace suyo). Como todo jefe que lleve suficiente tiempo en el mismo puesto, se cree el verdadero dueño del cotarro y no hace ni puto caso a los de Delos, que son quienes ponen la pasta. Para evitar que le den la patada, se asegura de que el parque no pueda funcionar sin sus conocimientos.

El nombre lo entiendo como una referencia [16] a un asesinato: igual que el Robert Ford histórico mató a su socio Jesse James (transmutado en la cultura popular a un Robin Hood del salvaje Oeste), se insinúa que el Robert Ford westworldiano mató a su socio Arnold Weber (el hombre que inicialmente quería crear a los androides como una versión mejorada de los humanos, y que se horrorizó cuando vio que los iban a usar para que los niños ricos y aburridos de la jet set global sacaran al Ramsay Bolton que llevan dentro).

Theresa Cullen: la jefa de operaciones. Una “gestora” de esas que piensan que para gestionar un tema no hay que saber del tema. A ella la han puesto allí los jefazos de Delos, que creen que Robert Ford se está tomando demasiadas licencias con el parque y que necesita supervisión.

Bernard Lowe: jefe de software de Westworld. Liado con Theresa Cullen y atormentado por la muerte de su hijo. Solo que todo es fake: a mitad de relato nos enteramos de que Bernard es un robot, construido por Ford a imagen y semejanza de Arnold Weber. Posteriormente los guionistas lo usan como enganche principal del espectador, gracias a su tendencia a mirar al mundo con cara de “no me entero de nada”.

Maeve Millay: anfitriona que hace de madame en el saloon de la ciudad de Sweetwater (nombre que podría provenir perfectamente de Westeros, y de hecho lo hace [17]). Al igual que Dolores, también debe funcionar con Android, porque los upgrades oficiales le sientan muy mal. Maeve en concreto se despierta durante el mantenimiento y obliga a los técnicos a que le aumenten la inteligencia y los conocimientos. Y una vez que los tiene y puede escapar de Westworld… pues decide quedarse y buscar a su “hija”. Obviamente, su hija no es más que otro robot, asociado con ella durante un ciclo narrativo de hace años, pero aquí Westworld deja claro que la maternidad te desactivan la inteligencia.

Teddy Flood: otro anfitrión. Este cumple el rol de chico bueno aunque algo ingenuo. Es decir, el all american boy. En 1960 hubiese sido quaterback en el instituto, enrolado en la iglesia, y voluntario para ir a Vietnam a matar comunistas; en 1760 hubiese sido granjero calvinista, cristiano ejemplar, y voluntario para ir a matar franceses e indios; y en 1860 pues es vaquero bueno y voluntario para acompañar a casa a una pobre damisela en apuros (y voluntario y encantado de ir a matar huéspedes, cuando descubre que Westworld no es más que un parque para que los huéspedes se diviertan matando a gente como Teddy). Un remedo de John Wayne que los guionistas, juiciosamente, dejan en segundo plano: este ya no es el mundo de John Wayne.

Akecheta: anfitrión. Un nativo americano creado con ajuste a la realidad histórica (es decir, un aburrido campesino de maíz que a veces usa el arco, el equivalente neolítico a trabajar en una oficina de MAPFRE y luego el fin de semana irte a cazar perdices al pueblo de los abuelos para sentirte “en comunión con la naturaleza”), pero como esto resulta demasiado aburrido para los niños ricos que han puesto 40.000 machacantes los directivos del parque le reprograman para convertirle en el jefe de la Nación Fantasma, una tribu de guerreros caníbales que se pintan de colores para dar yuyu. Por el estilo de vida de la Nación Fantasma, siempre en movimiento por los bordes del parque y bien escondidos, Akecheta sobrevive casi 40 años sin que le hagan un upgrade de software, lo que le convierte en memoria viva del parque y portador de una cultura propia de los anfitriones. Tiene su propio capítulo para exponer con gran pena el particular sendero de lágrimas [18] de estos últimos, con el que la HBO hace el casi obligado homenaje a los nativos americanos y a cómo la invasión europea les hizo tres cuartos de lo mismo que el departamento de marketing a Akecheta.

Hombre de Negro/William: el HUESPED. Uno que ya lleva tanto tiempo en Westworld que se le puede considerar anfitrión honorífico. Miembro de la junta rectora del parque. Interpretado por Ed Harris, que es lo más parecido a Clint Eastwood por debajo de 70 años que hay disponible en Hollywood. Un niño rico que se enganchó al parque en sus años mozos (de hecho, su despedida de soltero) y que ya lleva como 30 años recorriéndolo, a la búsqueda de un “significado profundo” oculto por Robert Ford. Posiblemente como escape tras el suicidio de su mujer. Su mujer, cosas de la vida, era la heredera de la fortuna de Delos, una vez que su padre y su hermano crían malvas. Dejando todo el cotarro en herencia al bueno de William.

 

Valoración

Lo primero y más importante: no es Juego de Tronos. Dicho esto, tampoco está del todo mal. Pero demasiado a menudo se pasan con la filosofía de a kilo, y como no te atrape rápido las tramas pueden ser incluso más liosas que las de Perdidos [12] (JJ Abrams está metido en WW, pero por suerte esta vez ha logrado darle esquinazo a Damon Lindeloff). Las tramas, de hecho, son para meterte en blogs especializados y en la Wikipedia después de cada episodio para enterarte de lo que has visto y quién cojones era el personaje ese que me suena de la temporada anterior pero poco más. Cosa que está bien si te sobra tiempo y lo que buscas es hacer el friki especulando con lo que harán los guionistas (que luego siempre hacen lo mismo), pero la verdad es que la mayoría de adultos tenemos cosas mejores que hacer con nuestro tiempo (y algunos ya pasamos por nuestra fase Perdidos [12] hace diez años, gracias).

En el fondo la serie te cuenta lo mismo que Äkta människor [13], robots-que-quieren-ser-humanos-y-se-rebelan. Pero donde los suecos se tenían que estrujar las meninges para compensar con ingenio la absoluta falta de medios (y la cosa les salía bastante digna, todo sea dicho), aquí la cosa pronto escapa de control. Demasiados medios, demasiadas ganas de usarlos. Y es que el intento de hacer un Juego de Tronos pero con profundidad es una contradicción en si mismo: ¡si vemos Juego de Tronos es precisamente porque es lo más trivial, superficial y anti-pensar que hay!

 

PABLO, no nos pegues, ¡es que es así!

 

Y encima, tanto el sexo como la sangre en Westworld son tan fakes como el propio parque. El sexo no es ni de lejos tan abundante como quisiéramos, y la sangre… pues la sangre de Juego de Tronos al menos va en serio: que si te mueres, te has muerto (sí, bueno, ya me entienden). Es decir, pasan cosas y hay cambios/evolución porque muere gente. Pero en Westworld, si eres androide siempre te pueden reconstruir, o acceder a algún backup tuyo. Y si eres un huésped humano, resulta que también: te pueden revivir como androide, o como aplicación software. Vamos, que aquí no muere nadie. Y en consecuencia no pasa nada que no sea irreversible. Y por eso nos da un poco igual lo que les pase a los protas, y también, francamente, lo que le pase a la serie.

 

¡Que usen la pasta en reconstruir a George R. R. Martin como androide para que Juego de Tronos pueda continuar hasta el infinito!