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Troya – la caída de una ciudad (Netflix 2018)

Canta, oh musa, la cólera de LPD; cólera funesta que generó tantos posts sobre Troya y precipitó al hastío a tantas almas de valerosos lectores, a quienes hizo presa de trolls y pasto de spam –cumplíase la voluntad de Zeus- desde que se separaron disputando el Espectáculo, rey de hombres, y el divino Arte.

 

Fundamentos de la Literatura Occidental

La Literatura Occidental nació hace unos 28 siglos, cuando en alguna minúscula isla griega de cuyo nombre ni yo ni la tradición clásica queremos acordarnos, un ciego compuso un cantar de gesta sobre una guerra que había acontecido tres siglos antes. Y con eso prácticamente la mentada Literatura terminó. Todo lo escrito/producido desde entonces es un quiero y no puedo igualar a Homero. Cantar de gesta tan fundamental que aquí en LPD lo tenemos criticado en no uno [1], no dos posts [2], sino directamente tres [3]. Y con este, dedicado a la nueva serie de Netflix, van a ser cuatro.

Confieso que soy filoheleno, y normalmente muy purista en lo de adaptar obras a la pantalla. La adaptación más reciente, la película de 2004 [2], me sentó desde este punto de vista como una pedrada en la boca: cambiaba la historia y falseaba completamente el mensaje. Claro que meter los 15693 hexámetros homéricos (que además van desde la pelea entre Aquiles y Agamenón hasta el funeral de Héctor, apenas 51 días de los 10 años que dura la guerra) en una piniculilla de dos horitas es imposible, pero a una serie de 8 capítulos a una hora cada uno ya se le puede exigir algo más. A cambio, hay que decir que la peli tenía una producción algo mejor (si pasamos por alto las llamas andinas en la Anatolia del siglo XII a.C.) y actores de renombre. En esta serie en cambio se nota demasiado la falta de presupuesto. El atrezzo en general tiene un tufo “restos de cualquier otra producción ambientada en lugares secos y pobres donde construyen con adobe”, y lo que hoy sirve de ciudad micénica del siglo XII a.C. mañana podría ser la Edad Media, y pasado figurar en un western ambientado en Nuevo México. Las tiendas parecen yurtas mongolas, y para los barcos ni nos hemos molestado en quitar la proa de drakar. Pero aquí mi purismo acude en ayuda: estoy dispuesto a pasar todo esto por alto si la adaptación es un calco del texto original. Si, por ejemplo, le dedicasen sus 10 minutos largos a recitar el Catálogo de Naves [4] completo, ya me tendrían enamorado y les perdonaría todo, aunque fuese con la voz de Mariano Rajoy y mostrando un plano fijo del barco pirata de Playmobil.

 

“A los peperos, venidos de la lluviosa Gallaecia, fecunda en marisco y dorado albariño, mandaba Mariano el barbicanoso, hijo de Mariano hijo de Enrique, que en el manejo del BOE y de los tiempos superaba a todos sus rivales; 186 negras naves traía, regadas con la sangre de corderos y terneros menores de 35 años para propicio viaje arrancar a la Diosa Senecta.”

 

Machos muy machos

El texto original, en todo caso, se puede resumir como “machos diciendo cosas muy machas antes de salir a combatir a otros machos igual de machos, muriendo muchos machos a ambos lados”, todo ello subrayado con amplia y gráfica descripción por parte de Homero:

 

A Erimante metióle Idomeneo el cruel bronce por la boca: la lanza atravesó la cabeza por debajo del cerebro, rompió los blancos huesos y conmovió los dientes; los ojos llenáronse con la sangre que fluía de las narices y de la boca abierta, y la muerte, cual si fuese obscura nube, envolvió al guerrero.

(Canto 16, verso 342 y siguientes)

 

Y tras estas agradables tareas, vuelven al campamento para seguir con sus cosas de machos y comer sin falta aparente de apetito pese a las cosas que han visto, es decir, como machos. Una aparente limitación del texto que no fue un problema mientras el mando de la tele lo controlaban los machos, pero que ahora que las mujeres también tienen algo que decir a la hora de elegir la película puede reducir sensiblemente el número de espectadores. Un problema al que han tenido que enfrentarse todas las adaptaciones modernas, y que los guionistas suelen solventar reinventándose a Helena de Troya como mujer-fuerte-y-libre-que-rompe-las-cadenas-con-que-la-atan-los-hombres-y-el-destino, que-persigue-el-amor-verdadero-contra-todas-las-fuerzas-del-mundo, modelo-también-para-ti-joven-urbana-que-acudes-al-cine-con-tu-chorbo-y-quieres-elegir-película-porque-eres-un-poco-la-Helena-de-Hortaleza. Giro que también usan en esta serie, solo que aquí no funciona. Porque aquí (a diferencia de la peli de 2004, que acertadamente prescindió de ellos para no superar las cinco horas) han decidido meter a los Dioses en la trama. Y el mito en este sentido es bastante claro: Helena de Troya se enamora de Paris porque Afrodita -en pago a su elección por Paris como la más bella de las diosas y Miss Manzana de Oro 1205 a.C.- hace que se enamore. Punto pelota. Helena es un moñeco en manos de los Dioses y el discurso “soy una mujer libre y yo decido mi amor y mi destino” consecuentemente ridículo (y ni siquiera está respaldado por un mínimo de química entre los actores), y además es mearse en la tumba de Homero, cuyo mensaje era que todos somos moñecos en manos de los dioses, que a su vez son títeres en manos del destino, que ya está escrito.

 

¿Este es el rostro que lanzó mil trailers a YouTube e incendió las altas cumbres literarias de la Guerra de Troya?

 

¿Y las diosas? ¿Acaso no puede de ahí salir una fuerte presencia femenina en la serie? Pues resulta que tampoco sale. Los dioses y diosas aparecen pero solo de refilón, con sus peleas internas y sin interactuar casi con los humanos, y cuando lo hacen no queda claro si son sueños o realmente existen. Hera “la de los níveos brazos” parece lo que un señor de bigotillo y suscripción al ABC debe pensar es una lesbiana cuarentona mal conservada. Atenea, la Diosa Virgen, parece recién llegada de una rave gótica. Afrodita es la que más sale, con cabellera roja y ropa recortada cual veinteañera escocesa desfasando en Magaluf, pero ni siquiera se lleva las yoyah que Homero le reservaba [5]. A cambio, hay una escena en la que seduce a Zeus. Escena que existe como tal, pero en Homero es más rollo “papi, ¿a que a tu hija favorita le vas a dar lo que pide?”, no “te follo aquí mismo porque quiero y sé que me lo darás todo”. Que Afrodita es hija de Zeus, señores guionistas (bueno, Afrodita Urania [6] no lo es, pero Afrodita Pandemos [7] sí, y Homero deja bien claro que esta representa el canon en su universo). Aunque claro, Zeus –casado con Hera, que es al mismo tiempo su hermana – y su actitud ante la vida de señorito de pueblo en constante “viaje de negocios a la capital” no excluyen montárselo con sus propias hijas.

No obstante, incluso en el mundo-macho de Homero se pueden encontrar personajes femeninos fuertes de carne y hueso. La magia de Homero es que todo el mundo tiene su nombre, su intervención y su papel, importante en mayor o menor medida, pero siempre perfectamente medido. Un guionista hábil podría coger a un personaje existente y dopar su papel. Que es lo que en esta serie hacen –o mejor dicho quieren hacer- con Pentesilea [8], reina de las amazonas. Ella y sus doce acompañantes sí que son mujeres empoderadas que mataban hombres con más alegría que un héroe griego cruzando su espada con los demonios de la troika, pero luego en la serie se encuentran con Aquiles, que las mata a todas en medio minuto. El empoderamiento queda reducido a una escena de Pentesilea entrenando con sus cuchillos que deja claro que Aquiles no se va a tener ni que despeinar para cortar de cuajo el matriarcado. Personajes desaprovechados a más no poder.

Luego estaría la posibilidad de dopar el papel del Casandra. En la serie, Casandra sueña que Paris traerá la ruina de la ciudad, y por ello Príamo y Hécuba lo abandonan en el monte, y a ella la recluyen contándole a todo el mundo que está loca y negándole su-desarrollo-como-mujer-fuerte-e-independiente-y-bla-bla-bla. Bien jugado, pero en el mito el sueño de Paris quemando Troya lo tiene la propia Hécuba. La maldición de Casandra es precisamente que nadie nunca se cree sus predicciones (una maldición del dios Apolo, que le ofreció el don de la profecía a cambio de metel.la, pero cuando Casandra -tras metafóricamente beberse la Fanta divina- se lo piensa mejor, Apolo le escupe a la boca y la maldice de esta guisa, y si alguien va a aprovechar para decir que not all gods, me temo que sí son todos así [9]). Así que nada, a sacar mucho a Helena, cuyos méritos residen en estar buena y poco más, y a la que le inventan un arco narrativo propio con espías y traiciones para que se luzca pero que en realidad queda un poco raro.

 

Dilemas éticos

Evidentemente, los troyanos son “los buenos”, o al menos merecedores de nuestra simpatía porque su ciudad va a ser arrasada por un calentón que le dio al hijo del rey. Pero “bueno” no implica necesariamente “tonto”. Se plantea por tanto la pregunta de por qué no entregan simplemente a Helena de vuelta. En el mito, lo cierto es que la asamblea popular troyana vota por devolverla, pero Príamo –por amor a su hijo Paris- lo veta, demostrando así lo poco preparado que está.

 

Que conste, señor Fiscal, que no dudamos que en la misma situación nuestro Príamo nacional le aplicaría a Helena una devolución en caliente inmediata, atada de pies y manos y drogada hasta las trancas para evitar una guerra. ¡O incluso sin guerra, todo por España!

 

La respuesta que da la serie es muy similar a la que daban en la película (y, seguramente, más cercana a lo que pueda haber de realidad histórica en todo esto que lo que nos cuenta Homero): porque aparte de exigir a Helena de vuelta, los griegos quieren un puñado de concesiones comerciales de la ciudad, que la van a dejar para el arrastre. Algo que concuerda hasta cierto punto con lo que sabemos –que es muy poco- de la realidad histórica del momento: Troya controla el acceso al Mar Negro desde el Egeo y se cobra sus peajes al muy lucrativo comercio entre ambos; los griegos están en la antesala de la invasión doria y se les nota un poco desesperados; el imperio hitita, tradicional protector de las ciudades de Asia Menor desde su centro en Anatolia, está dando las últimas bocanadas; etc. Y en la serie además Agamenón está un poco de la olla porque la diosa Artemisa exigió que sacrificara a su propia hija para bendecir la expedición con vientos propicios (fiel al mito, pero allí esto no era un peaje exigido por el bien de Grecia y esta expedición-de-rapiña-que-nos-dimos-entre-todos, sino un castigo al atrida [10] por abatir a una cierva al grito de “ni la propia Artemisa habría acertado mejor con la flecha”), y no se va a contentar sólo con ver otra vez a su cuñada en las cenas de navidad: quiere ver sangre troyana a mansalva.

Por supuesto, Homero no tenía estos dilemas. En su universo no hay buenos y malos, solo un destino implacable. Los troyanos no eran “malos”, pero a los ojos de los Dioses merecían un castigo porque Paris, pequeño detalle sin importancia que estas adaptaciones olvidan, en el mito original llega en misión diplomática a Esparta, se encuentra que Menelao está ausente, y aprovechándose de su salvoconducto y de la sagrada hospitalidad debida a los embajadores saquea el palacio real y se lleva a Helena secuestrada (en cuyo corazón Afrodita va sembrando ya la semilla del amor). Vamos, que incluso sin meter a Helena en la ecuación estamos ante un acto como mínimo reprobable. Uno por el que los troyanos ofrecen una cierta compensación (en el mito, le proponen a Menelao casarse con alguna hija de Priamo, y pelillos a la mar) y ponen cara de “lo sentimos mucho, nos hemos equivocado, no volverá a ocurrir”, pero ni atisbo de castigar al culpable.

Esto del destino, claro, tiene un problema: que es un spoiler brutal porque ya sabes como termina todo, y entonces a santo de qué vas a tirar ocho horas de tu vida en ver esto si no padeces filohelenismo agudo. Por eso, a mitad de serie se inventan un intento de suicidio de Paris, que Afrodita explica como “moriste y luego volviste a la vida, así que la profecía de o muere Paris o Troya perece queda desactivada”, para así darle un puntito de emoción a la parte final. Sí, al parecer el destino es como el Call of Duty, que si te sabes los Game Cheats te dan una vida más. Ojo, dicen los guionistas, ¡igual cambiamos la historia y los troyanos empujan a los griegos al mar! Solo que no lo hacen: si vas a prescindir del duelo Héctor-Aquiles, de la muerte de Aquiles por la flecha en el talón, del caballo de madera y de todas esas situaciones que ya conforman la base de todo el Canon de la Literatura Universal y son el sueño húmedo de cualquier guionista, más te vale tener algo a la altura. Y como obviamente no lo tienen, pues todo queda en un macguffin y se ponen las cosas más o menos como deben ser, solo limitadas por el presupuesto.

 

Aqueos y Troyanos

Helena de Esparta: la Victoria Beckham de la edad micénica. Ya saben, mujer-libre-que-blablabla. Solo que tras ser acogida por los troyanos como una más, se lo agradece, primero, revelándole a Aquiles que los cilicios vienen en auxilio de Troya (para que Aquiles haga un baño de sangre y deje a Troya sin provisiones), y segundo, matando a un guardia troyano para encubrir su desliz. Y luego encima pacta con Menelao que volverá con él si los griegos dejan a Troya en paz y vivir a Paris (maniobra que exigirá matar a otros dos guardias troyanos más, pero a ver, que son putos plebeyos y no cuentan). Pacto que los griegos (que tras diez años ante las murallas están comprensiblemente cabreados y no creen que estas cosas deban regirse por los venazos que le dan a Helena en cada momento, por muy buena que esté) incumplen y masacran a toda la población. Algo por otra parte totalmente previsible en el mundo de la época, y resulta increíble que Helena no lo viera venir. Cualquiera diría que en un mundo aún no cristianizado la buena señora tendría la decencia de suicidarse ante lo que ha hecho, pero nada, a volver con Menelao a Esparta a vivir en su palacio pero diciendo frasecitas como “mi cuerpo será tuyo, pero mi corazón siempre amará a Paris”. Como si nos importara. Señora: que acaba usted de propiciar un genocidio. A cascarla con sus amoríos.

Aquiles: el pélida, el de los pies ligeros. Imaginen a Arnold Schwarzenegger en el pico de su fortaleza física, pero encima en guapo. Así hay que ver a Aquiles en la Grecia de la época: el más fuerte y guapo del mundo. Supuestamente invulnerable porque su madre le hundió en la laguna Estigia, pero si así fuera, ¿para qué llevar armadura? Bueno, para fardar, claro, que Homero le dedica al escudo de Aquiles [11] más espacio que a muchos personajes secundarios. En la peli de 2004 lo interpretaba Brad Pitt, que si no el más fuerte pues al menos el Sexiest Man Alive [12] del año 2000, y con un ego para dar el pego en lo demás. David Gyasi no muestra la misma autoadoración que el de Oklahoma, pero aquí han tenido la valentía de mostrar a Aquiles y Patroclo como algo más que amigos, y mi purismo no puede dejar de aprobarlo.

 

Mi purismo de cinco capas deteniendo cualquier objeción basada en datos.

 

Ulises: el actor es el que hace de Benjen Stark en Juego de Tronos [13]. No sabemos si esto es un crossover deliberado, o si es que tras siete temporadas ya no quedan actores de habla inglesa que no hayan pasado por LA SERIE. El listo y astuto hijo de Laertes, con permanente cara de “qué cojones hago yo aquí”. Al contrario de la peli (Sean Bean en una de sus actuaciones donde curiosamente no muere [14]), aquí respetan que el personaje intente escaquearse de ir a la guerra, su embajada a Priamo, y otros detalles para pintar a un tío con ganas de resolver toda esta mierda con el menor esfuerzo y derramamiento de sangre posible.

Agamenón: el mayor fallo del reparto. Un actor que parece Paul Giamatti, intentando hacer que olvidemos a Brian Cox. Hasta Menelao resulta creíble a su lado. Y eso que en la peli de 2004 los atridas [10] en vez de reyes parecían una pareja de viejas glorias roqueras dando una última gira-homenaje 35 años después de su último disco medianamente innovador. El caso es que el Paul Giamatti de Hacendado lo intenta compensar con muchas escenas de cabreo, pero a lo único que nos recuerda es al típico jefecillo de oficina que ha sido promocionado a Full Senior Project Manager Gromenauer y ahora le grita a todo el mundo porque se cree el rey del mambo.

 

Los atridas (sale mal).

 

The End

Tras la muerte de Héctor (un calco de la peli [15], que a su vez era un intento de hacer una escena chula sin Dioses de por medio pero que en acertada expresión de Guillermo [2] solo invita a “un vendaval de flechas sobre el chulopiscinas en cuestión”) la guerra continua, con Paris matando a Aquiles ante las puertas de Troya. Solo que con una flecha a través del cuello y una espada en el pecho, la famosa flecha en el talón se produce pero solo sirve para derribarle. Aquí los guionistas se saltan otra pequeña verdad incómoda del mito, a saber: que las flechas de Paris probablemente estaban envenenadas y por eso con la del talón ya bastaría (algo que los rapsodas de la Antigüedad ya intentaron ocultar diciendo que la flecha es de Apolo, o guiada por Apolo). Parece que pintar a Paris como un cobardica traicionero que dispara flechas envenenadas desde la distancia chirría con Helena como mujer-fuerte-que-blablabla enamorándose de él, en plan ¿te empoderas y rompes las cadenas y tal, todo para irte con el mierdas ese incapaz de asumir lo que le toca, que sale corriendo ante tu ex y que manda a su hermano a librar sus batallas? Pues miren, señores guionistas, eso habría sido realmente rompedor: mostrar que una mujer fuerte se puede enamorar de quien le sale de los ovarios, aunque sea un mierdas cobardica. ¿Qué pasa, que el empoderamiento nos obliga a relacionarnos solo con seres de luz? Pues se ve que los guionistas no ven en esto material para ganar Emmys y continuamente se esfuerzan por pintar a un Paris más potable; en este punto la peli de 2004 era muchísimo más valiente, retratando al personaje mucho más flojeras y llorica mediante la impecable interpretación de Orlando Bloom.

Finalmente, tras toda la fanfarria de Afrodita de que el destino no está escrito, resulta que sí, que estaba escrito. Y además en rojo sangre. Los griegos, caballo de madera mediante (y con la mentada ayuda de Helena), entran en la ciudad y masacran a todo bicho viviente. Algo que a todos los escritores post-homéricos de la Antigüedad ya les daba tanto yuyu que compusieron secuelas donde la flota retornante de los griegos es llevada hacia unas rocas [16] para que casi todos naufraguen y se ahoguen. Y es que la masacre incluye, en un giro-de-cuchillo-en-las-entrañas final, al hijo de Hector, Astyanax [17], un bebe de meses al que en una escena final, con Troya ya bien quemada, Ulises arroja desde las murallas. Escena cruel y sin embargo fiel al mito (aunque en otras versiones es el hijo de doce años de Aquiles, Neoptólemo [18], quien lo mata), de la que Ulises –que intenta salvar al bebe y solo lo arroja porque Agamenón lo descubre y amenaza con matar a su vez a Telémaco y Penélope si no lo hace- emerge con una expresión “vagaré maldito durante diez años por el mar por esto”.

 

Bueno, pero al menos volverás vivo a Ítaca, que todos tus compañeros morirán en el camino, y eso que ninguno arrojó un bebe desde lo alto.

 

Vamos, que el final constituye un verdadero Juego de Tronos, en el sentido de sangre y más sangre, aunque las muertes y los destinos finales de varios troyanos solo se ajusten al mito de forma aproximada, y a diferencia de Juego de Tronos en muchos casos no se han tomado la molestia de hacer que nos caigan bien antes. Príamo muere a manos de Agamenón. Aceptable aproximación. Hécuba se suicida, lo que dejará a Eurípides [19] sin material. A Casandra se la lleva Agamenón, lo cual es correcto (y además va a posibilitar un nuevo Juego de Tronos [20] firmado por Esquilo [20] cuando Agamenón vuelva a casa). Y Eneas escapa para montar su propio spin-off [21]. En cambio, a Paris intentan darle una muerte más o menos digna de un amante de Helena, cuando en el mito le alcanza una flecha envenenada (quien a hierro mata, a hierro muere) de Filoctetes [22] (eliminado en la serie), y siguiendo una profecía de que solo su primera mujer le podría salvar acude lloriqueando a ella y no a Helena, que no vuelve a verle vivo. Porque Paris, ahí donde lo ven, en el mito ya estaba casado desde sus días como pastor en las montañas, con una muchacha o ninfa de nombre Enone [23], a la que repudia cuando se trae a Helena de souvenir para vivir en alegre bigamia.

Aunque más pegada al texto original que otras interpretaciones, la serie se le sigue quedando corta a mi purismo (y bastante infumable a mi palomiterismo, en ese sentido al menos la peli de 2004 no engañaba y cumplía). Que no se atrevan a hacer una segunda temporada [24], por todos los Dioses. El caso es que estas cosas pueden hacerse mucho mejor: en el año 2003 el escritor Dan Simmons [25] sacó una serie de novelas de ciencia ficción [26] donde unos post-humanos del futuro convertidos por la tecnología en dioses abren un agujero de gusano a la Tróade del siglo XII a.C. para recrear e intervenir en la guerra de Troya por pura diversión. Post-humanos/dioses con todos los vicios imaginables (rencores, crueldad, ganas de metel.la…), explicando así ese panteón griego tan creíblemente hijoputa maravillosamente humano. Por la actitud de Simmons de “esto no tiene nada que ver con la Ilíada pero aún así voy a intentar serle fiel en todos los detalles posibles, explicando los poderes divinos mediante tecnología cuántica”, a mi esas novelas me gustaron mucho. Al menos el tercio dedicado a la guerra de Troya, los otros dos tercios se me hicieron tan pesados que se han ahorrado ustedes un quinto post sobre la Guerra de Troya. Como libro de ciencia ficción se lo leyeron los cuatro frikis de siempre… y a quienes Simmons daba coba haciendo que el prota, un académico regordete de finales del siglo XX, logre tocar pelo con Helena de Troya. Vamos, que Simmons tiene algo más de libertad para hacer Arte que la serie (que en vez de Arte tiene que hacer Espectáculo puro y duro para lograr unas audiencias que justifiquen el presupuesto de 16 millones de libras), pero ni él logra igualar al Genial Ciego. Como esta serie, quiero y no puedo. Como los 28 siglos anteriores, la verdad. Gracias por participar, Shakespeare y Cervantes. El único que en estos 2800 años ha logrado siquiera acercarse al Maestro ha sido George R. R. Martin. Que la Musa le conceda vida suficiente para terminar su obra.