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La conjura de los pagafantas

Poco hay que añadir a estas alturas sobre la insólita resurrección del ahora unánimemente aclamado Presidente Sánchez [1]. Desde el inesperado regreso de Winston Churchill desde el ostracismo para ganar la II Guerra Mundial no se veía nada semejante en Europa occidental, hasta el punto de que acreditados camaleones como Fernando Ónega y Victoria Prego, que llevan cuatro décadas cuatro alabando a todos los jefes de gobierno y de estado que por las Españas han sido, están necesitando muchos más días de lo habitual para reubicarse y siguen balbuceando cosas sobre los nacionalismos y la antiEspaña. La cosa ha pillado tan de sorpresa a los medios concertados y analistas de todo pelaje que está siendo preciso recurrir a destituciones de directores de medios de comunicación teóricamente privados incluso antes de que cambie la cúpula de la televisión pública o de que cesen los altos cargos de los Ministerios. Hay que reposicionarse a la carrera para lo que pinta que será una nueva época que nadie, o casi nadie, vio venir a tiempo. El poder en España ha cambiado de golpe, cuando no estaba previsto, con todo lo que eso supone. Hay muchas subvenciones en juego, así que tras el pasmo inicial ya tenemos a casi todos los expertos explicando que Pedro Sánchez está diseñando un “gobierno muy sólido y con mucho peso político, con la intención de durar y ganar crédito”. Al parecer, en estos tiempos de política basada en datos y en análisis científicos, el consenso previo a su toma de posesión era que sus intenciones pasaban por nombrar a Arévalo y Bertín Osborne y crear un Ministerio de Chistes para pasar el rato.

En todo caso es curioso que esta situación se produce, en realidad, con dos años de retraso. En las elecciones de 2015 ya emergió una mayoría, incluso más cómoda que la actual, que habría podido investir a Pedro Sánchez como ha ocurrido ahora. Seis meses y otras elecciones generales después, esta mayoría se había estrechado, pero los 180 diputados que han censurado a Mariano Rajoy y dado la presidencia al candidato del PSOE ya estaban ahí desde hace tiempo aunque todos los analistas públicos y concertados insistieran mucho en que con las cosas de comer no se juega [2] y, como ha quedado demostrado, no sólo es que estuviera ahí disponible para ser usada y abusada por quien tuviera a bien, ¡es que estaba muriéndose de ganas por tener una excusa mínimamente plausible para liquidar los años del PP en el gobierno!  Los angelitos esos que querían asaltar los cielos, a la postre, estaban simplemente a la espera de que el Pedro Sánchez les pidiera los votos, cosa que no hizo en ningún momento hasta antesdeayer (de hecho, y si lo pensamos un poquito, ni siquiera llegó a pedírselos tampoco en la moción de censura… ¡ni falta que hizo!). Al final, el desbordante entusiasmo de sentirse partícipes en propiciar un “cambio de ciclo para la política española” ha podido más que cualquier reticencia, de manera que esta constelación de antisistemas y antiespañoles han acabado haciendo presidente a Pedro Sánchez cuando ni el propio partido del agraciado lo tenía en mente o se lo acababa de creer.

Dos años, varias condenas judiciales por corrupción al PP y detenciones casi cada mes, un par de escándalos por CV inflados y másteres falsos o cremas robadas y, sobre todo, varias espectaculares luchas internas contra los poderes fácticos de su partido y de fuera que lo defenestraron después, Pedro Sánchez ha podido por fin (o ha decidido por fin que ya podía) aspirar a conformar una pseudo-coalición de gobierno con Podemos, nacionalistas vascos e independentistas catalanes. Y, tras el inevitable show de la derecha política y mediática española, alertando sobre cómo se ponía España en almoneda para satisfacer la vacía ambición de Sánchez, sólo unas horas después de que el nuevo y lustroso Presidente haya tomado posesión esos mismos analistas alaban con entusiasmo digno de hacerlos acreedores de más y más publicidad institucional que nunca su genialidad y la solidez de su gobierno (que vamos conociendo con cuentagotas, a medida que los ministros y ministras van aceptando, porque que la cosa ha sido más bien imprevista y que el gabinete no estaba demasiado conformado salta a la vista, aunque el sector más entusiasta también está explicándonos a esta hora de la mañana que todo estaba atado y bien atado, nombres incluidos, y cerrado y decidido, desde hace meses).

¿Qué ha ocurrido para que lo que durante dos años fue imposible y hace apenas unas horas todavía equivalía a despeñar a España por el barranco de las naciones acuchilladas por la espalda sea ahora una realidad, y una realidad aclamada por casi todos los analistas y opinadores? Sencillamente, que a Sánchez le bastaba con preguntar o pedir los votos a la izquierda pagafantas de siempre apelando al gran “hit” de la Transición, acuñado por Alfonso Guerra hace ya 35 años: ¡que viene la derechona, con sus crucifijos y el frufrú de la madrastra!. Un truco de magia que, desde entonces, el PSOE viene aplicando a nivel estatal, autonómico y local con resultados siempre impecables y que funciona como el primer día. Casi cuatro décadas y sus rivales aún no lo han pillado. Y ahí seguimos. Es más, Sánchez ha demostrado que estas cartas de toda la vida, bien jugadas, sirven  incluso cuando sólo tienes 84 diputados, tras haber despreciado de manera reiterada a tus posibles socios podemitas  e incluso  después de haber jaleado el encarcelamiento y la represión policial y judicial del independentismo. Un par de apelaciones a los valores republicanos, a la corrupción del PP y al Borbón moderno que permite jurar cargos sin Biblia delante y apenas ha tenido que hacer nada más para lograr los votos de la Antiespaña con una mansedumbre que no se había visto nunca.

¿Quién quiere pagar esta lustrosa caja de Fantas aconfesional y paritaria?

El caso de Podemos es paradigmático. Este partido, que nació con la idea de no hacer más de muleta gratuita del PSOE y tanto ha criticado, sin ir más lejos, las renuncias del PCE en plena transición, nos brindó la inenarrable escenografía de cierre de la moción de censura, con todos sus diputados en pie, puño en alto y gritando “Sï se puede”, enfervorizados como nunca por haber investido un presidente socialista que, aun teniendo más o menos sus mismos votos y fuerza parlamentaria, había optado por no prometerles nada ni hacerles la más mínima concesión programática. Los miembros de Nueva Izquierda, que gracias a ellos van a ocupar de nuevo secretarías de estado y subsecretarías, seguro que soltaron alguna lagrimita. Y es que Carrillo, vale, hizo todas las concesiones que se puedan concebir en la transición, especialmente simbólicas (tampoco tenía el PCE por entonces otro patrimonio que ése, la verdad), pero al menos las hizo en aras a facilitar la llegada de la democracia y del Estado de Derecho a España y normalizar la situación política del país, dando voz a los españoles para decidir su futuro. Quizás pueda considerarse que en esa negociación la izquierda española se dejó muchos pelos en la gatera, pero es indudable que el fin perseguido era bastante más consistente que lo conseguido por Podemos apoyando a cambio de nada hacerse con la factura de todas las Fantas que pueda necesitar Pedro Sánchez y que, por el momento, se reduce a tener a Monedero correteando en torno al nuevo presidente del Gobierno haciéndole carantoñas y opositando a mascota oficial de la nueva mayoría.

 

 

¡Es Pedro! ¡Pedro Sánchez!                                       ¡El Presidente Pedro Sánchez!

A estas alturas, y con Pedro Sánchez felizmente asentado en Moncloa y nombrando ministros y directores de empresas públicas a su bola mientras pasa de Podemos, está ya claro que lo más rentable que van a sacar de la jugada Pablo Iglesias y compañía es que los medios han dejado de hablar de su chalet. Algo que podrían haber conseguido, no sé, pasando de comprarse el chalet, por ejemplo, y quizás así habrían logrado mantener una posición para su partido algo más digna. Pero, en cualquier caso, todos contentos. También las confluencias de Podemos, que en esto son si cabe más entusiastas o, en todo caso, más irrelevantes (aún). Los comunes catalanes siguen a la espera de que la dirección estatal ordene qué tiene a bien, las mareas gallegas nadie sabe muy bien qué opinan de nada y Compromís, que se ha separado del grupo parlamentario de Podemos para marcar autonomía, ha acabado demostrando que puestos a encargar Fantas para Pedro Sánchez puede competir con el que más, y se apresta a convalidar unos presupuestos donde entre todos, pero sobre todo con la Comunidad Valenciana a la cabeza, que renuncia definitivamente a mejoras en su financiación, arriman el hombro para que los vascos del PNV consideren que les sale a cuenta la moción.

Las masas independentistas, luchando por votar para hacer a Sánchez presidente como sea y parar a la derecha y al fascismo… y pagar esta ronda

Más espectacular si cabe es la actuación de los independentistas catalanes, tanto el sector más irredento como el más pactista (sean el primero y el segundo, respectivamente, ERC y la antigua Convergencia o al revés, que ya no hay manera de saberlo). Pedro Sánchez y el PSOE no sólo es que hayan apoyado entusiastamente en estos últimos meses las políticas del PP y del anterior gobierno contra ellos, sino que han sido activos agentes en los pactos de Estado que han llevado a la represión policial de las reivindicaciones independentistas y al encarcelamiento de sus líderes. De la tradición convergente del “peix al cove” uno no espera demasiada dignidad a estas alturas, pero al menos sí que sus negociadores se trabajaran unas migajillas que llevarse al buche. CiU nunca ha sido el PNV, pero al menos históricamente trataba de imitarlos y aparentar que sacaba algo. No ha sido el caso esta vez. Campuzano iba por el Congreso encantado de pactar con Pedro Sánchez a cambio de que éste le mirara con cariño y entornando los ojos como diciéndole “Carles, eres importante para mí”. ERC, por su parte, tras explicar en Twitter que su líder está en Estremera y que Pedro Sánchez haría bien en irle a pedir los votos allí, acabó regalándolos a cambio de un par de fintas dialécticas en la tribuna del congreso, con el flamante presidente del gobierno explicando que “qué mal todo” y que el diálogo es muy importante mientras los diputados catalanes independentistas se derretían en sus brazos. Gabriel Rufián ni siquiera salió a hacer haikus parlamentarios y Tardá se convirtió definitivamente en “estadista” para la prensa española, como en su día lo fue Pujol, agraciado con un reconocido sentido de estado que llevarse a casa de vuelta para enseñar a la familia y a los conocidos. ¡Lástima que esto del sentido de estado no venga con un pin que pueda uno ponerse en la chaqueta al lado del lazo amarillo!

Así pues, y visto lo visto, la legislatura ha virado definitivamente, con la siempre necesaria aquiescencia del PNV en favor de quien manda siempre y cuando cobre por ello, sin que Sánchez haya debido prometer nada sobre los presos, ni sobre Cataluña, ni sobre el reparto territorial del poder, ni sobre cargos, ni sobre el gobierno, ni sobre política económica, ni sobre redistribución, ni sobre nada de nada. La exhibición de entreguismo de la izquierda española, muy particularmente de esa que llegó hace nada para cambiarlo todo, y de los independentistas catalanes que, recordemos, habían desconectado de la política española para siempre hace apenas unos meses ha alcanzado cotas nunca vistas justo cuando, aparentemente, todos decían que eso de pagarle Fantas al PSOE se había acabado.

La primera consecuencia de que el truco haya vuelto a funcionar, como es inevitable, es que si en el PSOE todavía no se habían enterado de que ésta es la situación, cosa que sinceramente parecía hasta posible visto el terror de ciertos sectores de ese partido a pactar con Podemos y los indepes estos años pasados, ahora es ya inconcebible que no sean conscientes de ello y de que, explicado con claridad, eso significa, sencillamente, que pueden hacer lo que les dé la gana. Los votos de Podemos e indepes, siempre que hagan falta de verdad, ahí van a estar. Y gratis. Lógicamente, una vez constatado y asumido que ésta es la situación, el PSOE no puede sino hacer lo que Sánchez está haciendo: pasar de Podemos y de los indepes para nombrar un gobierno que, en cambio, satisfaga y tranquilice al sector más moderado/centrado/conservador/español del PSOE y a los medios de comunicación y poderes fácticos que se ponen histéricos con cualquier política de izquierdas que no tenga que ver con derechos sociales y políticas de minorías y pueda aspirar a tener alguna repercusión económica de tipo estructural. Y, respecto de Cataluña, pues dejar a los presos en la cárcel con la excusa de que eso es cosa de los jueces y seguir con el cerrojazo constitucional y jurídico explicando que es que todo es muy complicado y no se puede tocar nada relevante sin consenso, a fin de impedir que C’s o el PP monten mucho follón. Con buenas palabras, si eso, y hasta con algún acercamiento de presos, para que quede claro que la izquierda española está muy a favor de que los independentistas catalanes, si es el caso, se tiren su década y media o dos décadas en prisión, pero cerquita de casa, para que no se diga. Total, si hay algún problemilla en las Cortes y hacen falta esos votos indepes para completar una mayoría de nuevo, pues basta agitar el espantajo de la vuelta de la derechona con sus malvados crucifijos en ristre para conjurar cualquier tentación de los catalanes de hacer demasiado el gamberro. ¡Y a vivir hasta que se acabe la legislatura, oiga, que dos añitos en ministerios y empresas públicas y encima con la excusa perfecta para no tener que hacer demasiado con eso de que has llegado a mitad no se los encuentra uno así como así muy a menudo!

En segundo lugar, y es quizás más interesante, esta situación parece llevar necesariamente a que el conflicto catalán acabe bloqueado si no hay una presión externa y ajena al sistema político español (que habría de venir bien de la Unión Europea, esto es, de fuera; bien de abajo, pero también desde fuera del sistema político español, esto es, directamente dsdee la población, ya sea de la catalana o de la española) que lo mueva en un sentido u otro. Porque, en ausencia de esas presiones, y a partir de la lógica interna del sistema, no parece que haya demasiados incentivos para que se mueva la cosa. Estratégicamente al PSOE no le interesa, pues no lo necesita, arriesgarse lo más mínimo en este tema, aunque tenga la obligación de disimular un poco. Sólo si instancias superiores le obligan a ello o si un terremoto sociopolítico en España que haga cambiar la intención de voto de forma sustancial no le deja otra salida veremos intentos sinceros de reforma constitucional o de arreglo pactado del lío. El gobierno que parece estar componiendo Sánchez va también en esta línea, con homenajes a los sectores socialistas menos empáticos con los independentistas catalanes (“menos empáticos” es el eufemismo que utilizamos en España para los políticos que dicen que hay que desratizar y desinfectar, se ríen del físico de los indepes o sus hijas y hacen bromistas sobre celdas, duchas carcelarias y jabón en el suelo). Y todo el mundo encantado, como estamos viendo. Es lo que dicen los votos. También los de Podemos y los de los indepes.

Mientras tanto, y hasta 2020, ya saben: gobierno simpático y femenino, sin crucifijos pero con toros para que no se inquiete nadie en exceso, dócil con Europa como el que más, aficionado a los gestos sociales siempre que no cuesten mucho dinero y que no cuestionen las bases estructurales del reparto… y a esperar a ver qué nos dicen desde Bruselas y Berlín. Si allí no se mueve nada, a disfrutar de total tranquilidad al sur de los Pirineos porque esta ronda, como otras tantas, la han pagado ya, más o menos, los de siempre.

 

¡¡¡Camarero, otra de Fantas!!!