- La Página Definitiva - http://www.lapaginadefinitiva.com -

“Augusto” – Adrian Goldsworthy

Adrian Goldsworthy es uno de nuestros autores fetiches aquí en LPD. Ya hemos comentado sus libros sobre la Caída de Roma [1], sobre las guerras púnicas [2], y sobre todo su biografía de Julio César [3]. Cada año a mi me cae un libro suyo. Quitando los atemporales España y Alemania, solo Rusia ha logrado una presencia comparable en LPD, y eso ha sido mediante paguita de Putin (bueno, ¡en realidad lo hacemos por vicio!). Y hoy toca revisar esta biografía de Gaius Octavius Turinus (hasta 44 a. C.), también conocido como Gaius Julius Caesar Octavianus (de 44 a. C. hasta 27 a. C.) o Imperator Caesar Divi Filius Augustus (de 27 a. C. hasta su muerte en 14 d. C.), o simplemente Octavio. Nomen est omen, y una vez adoptado por su famoso tío abuelo Cayo Julio César [3] en 44 a.C. lo de Octavio/Octaviano solo lo usaron sus enemigos (indicando así que era un Pérez-López cualquiera), él llevaba “Cayo Julio César” en su tarjeta, y “César” es como le llama Goldsworthy a lo largo del libro.

Octavio/César/Augusto, expone Goldsworthy, es uno de los grandes enigmas de la antigüedad, a pesar de ser una figura clave en lo que podríamos llamar “Civilización Occidental de raíz greco-romana”. Julio César puso la idea y las bases materiales, y Tiberio se encargó de pulir los últimos detalles para que el chiringuito aguantara dos siglos y medio en la cima del mundo, y otros dos más en grandiosa decadencia, pero fue Augusto el que entremedias lo construyó todo. “Construirlo todo”, por otra parte, es una forma elegante de soslayar que se lo iba inventando sobre la marcha, improvisando una institución –el Principado- que sería la cabeza de un imperio hereditario que intentaba a cualquier precio no parecer ni imperio ni hereditario. Pero eso fue ya en su fase “Adolfo Suarez”. Antes tuvo que hacerse con el poder, y eso lo hizo mostrando una falta de escrúpulos digna de una víbora mafiosa. Dos caras que han dejado perplejos a muchos historiadores, y que han llevado a tratarle casi como dos personas distintas, antes y después de Accio [4]. Unir ambas partes es el objetivo de Goldsworthy.

 

Gaius Octavius Turinus

Octavio nació en 63 a. C. en una villa señorial en el Palatino [5]. Su padre era senador, miembro de una familia provincial y plebeya que había amasado una respetable fortuna (aunque sin jugar tampoco en las grandes ligas) pero que hasta entonces nunca se había asomado a la alta política. Su madre, Atia, era sobrina de Cayo Julio César (conviene recordar que en estos momentos Cayo Julio era una estrella ascendente, pero poco más). Aunque posteriormente el nacimiento del amo del mundo fue adornado con portentos y augurios, Goldsworthy destripa esas fuentes como pura propaganda. Octavio fue un bebé, niño y adolescente normal tirando a esmirriado. Olvídense de las estatuas, todas le idealizan (y no hay absolutamente ninguna que le muestre anciano o siquiera en la mediana edad): era bajito aunque bien proporcionado, rubio de tez clara, dientes torcidos, físico flojo (llevaba cuatro capas de ropa en invierno, apenas montaba a caballo, y en las ocasionales maniobras militares daba una imagen un poco patética), y una colección de problemas de salud, como hipersensibilidad al sol, ocasionales cólicos y frecuentes crisis estomacales.

 

Augusto en Cesaraugusta, actual Zaragoza. Pura propaganda. La estatua nos la regaló Mussolini en 1941, por cierto.

 

Su padre murió cuando él tenía cuatro años, más o menos el momento en que su famoso tío abuelo se fue a correr el Tour de Francia, así que no le conoció realmente hasta los 13-14. Su madre se volvió a casar con un futuro cónsul, y entre su padrastro y su abuelo Octavio iría conociendo los intríngulis de la política romana. Con 16 años se emancipó (César estaba ya en Roma, aunque es improbable que asistiera a la ceremonia), con 17 se fue a vivir solo a un humilde pisito, y con 18 César ya le había dado algún carguito y distinción, aunque nada del otro mundo, ni tampoco nada que no hubiese hecho por bastantes otros allegados suyos. No hay mucho más, de hecho una buena sexta parte del libro, notas incluidas, nos los dedica Goldsworthy a llegar a los idus de marzo, centrándose en Cayo Julio César.

Muerto el César, en Roma comienza otra vez en toda su gloria el Juego de Tronos [6] que llevaba en marcha desde hacía casi un siglo [7]. A Octavio le pilla la cosa en Macedonia, donde él y sus amigotes adolescentes (entre ellos un tal Marco Vipsanio Agripa, tomen nota) formaban parte del ejército con el que Cayo Julio iba a atacar a los Partos. Octavio, 18 añitos, hace las maletas y sale a la carrera hacia Roma. Allí ha tomado la batuta Marco Antonio, principal lugarteniente de Cayo Julio. Aunque los historiadores gustan de hacer paralelismos del enfrentamiento entre César/Augusto y Pompeyo/Antonio, Marco Antonio no daba la talla frente al Magno: codicioso, vanaglorioso, soldado valiente pero no demasiado bueno como general… Los retratos le pintan como un hombre agresivo que gustaba de cultivar lo que hoy llamaríamos una masculinidad tóxica, incluyendo una extravagante barba cerrada y exhibir sus musculosas piernas a la menor ocasión.

 

En mi pueblo a esta gente los llaman “pescuezos gordos”.

 

Durante el funeral de Cayo Julio, Marco Antonio hizo un discurso cauteloso, viendo que sus oyentes le seguían el rollo se vino arriba, recreándose en las puñaladas mortales, y culminó con la lectura del testamento cesáreo, que otorgaba a cada romano una suma de dinero y a la ciudad unos jardines como parque público, y el populacho encendió antorchas en la pira fúnebre y se fue a quemar las casas de los asesinos (lo pueden ustedes encontrar muy bien dramatizado por Shakespeare e interpretado por Marlon Brando [8]). El Senado, por iniciativa de Cicerón, ya había resuelto el problema con un compromiso de estos de D.O. Casta Romana: las medidas y nombramientos de César eran todos ratificados, y los asesinos de César eran indultados (aceptándose con ello que eran culpables). Ahora huyeron a las provincias. Marco Antonio quedaba como cónsul principal, y seguramente no pensó mucho del enclenque muchachito de 18 años que llegaba corriendo y exigiendo su herencia.

Porque extrañamente Cayo Julio le había dejado dos tercios de su fortuna a Octavio. ¿Porqué? No lo sabemos, así que tenemos que suponer que César vio algo en ese adolescente que le hizo decir “Sí, este” (y bueno, recordar que César, aunque tenía 56 años, seguramente esperaba aguantar una y hasta dos décadas más). El caso es que Octavio aceptó la herencia y la formalizó mediante una adopción póstuma, adoptando también el nombre completo de su nuevo “padre”.

 

Gaius Julius Caesar “Octavianus”

El nombre fue casi la mejor de las herencias, pues impidió a Marco Antonio hacerse con el legado completo del difunto dictador. Tampoco es que Octavio empezase con muy buen pie: intentó reclutar un ejército privado, algo que constituye rebelión, pero de la de verdad, no la cosa esa simbólica de Puigdemont, y que en un contexto tan cargado como la Roma del siglo de las Guerras Civiles normalmente hubiese implicado un paseíto por la mañana hasta algún muro y siete balas. Y evidentemente en aquel momento también se vio así, y Octavio tuvo que abandonar temporalmente Roma. Al mismo tiempo, Marco Antonio, por su compromiso con los liberatores, los asesinos de Cayo Julio, se veía entre la espada del Senado y la pared de los partidarios de César. Intentando romper el nudo, reunió sus legiones (pese a que su mandato de cónsul había terminado) y salió al norte, a por el magnicida Décimo Bruto. En su ausencia, el Senado, azuzado por Cicerón, decidió que Marco Antonio era un tirano peor que el propio César, haciendo la guerra por su cuenta y despreciando al Senado, y que había que frenarle. ¿Y quien se presentó entonces ante los senadores, con un ejército privado y dispuesto a luchar por la República y la Democracia y Las Instituciones y la Constitución-que-nos-dimos-entre-todos? Sí, nuestra víbora adolescente. Así blanqueado por Cicerón y el Senado, el ejército privado de Octavio marchó al norte (nominalmente los comandantes eran los cónsules de 43 a. C. Hirtio y Pansa) y derrotó a Marco Antonio, que buscó refugio con Marco Emilio Lépido, el legado que Cayo Julio había dejado al mando de la Galia. Octavio volvió a Roma y –dado que Hirtio y Pansa habían muerto en la batalla, qué desastre, que pena- le sugirió al Senado que le nombraran cónsul a él para lo que quedaba del año. Ocho legiones acampadas a las puertas de la ciudad convencieron a los senadores. 20 añitos tenía la víbora en este momento. Sula no le hubiese dejado ser ni concejal segundo.

Con el consulado volvió al norte… y se sentó con Lépido y Marco Antonio a negociar el Segundo Triunvirato, un acuerdo privado posteriormente transformado en leyes oficiales, por el que los tres se repartían el poder dictatorial. Y ya de paso, se montaron unas buenas proscripciones [9], con las que eliminaron a la mayoría de sus rivales políticos (y a unos cuantos que no lo eran, pero que eran ricos, y el Triunvirato andaba corto de dinero). Incluyendo a Cicerón, que tanto había hecho por blanquear a Octavio. Nuestra víbora al parecer disfrutó de lo lindo metiendo nombres en la lista, lo que provocó la extrañeza ya en su tiempo: porque Lépido y Marco Antonio ya tenían un pasado, ¡pero a ojos de sus contemporáneos Octavio era demasiado joven para tener tantos enemigos!

 

La Roma del Segundo Triunvirato: tu nombre en una lista y tu cabeza en la Rostra.

 

Divi Filius

En 42 a. C., el Senado divinizó a César, lo que permitió a Octavio añadir Divi Filius a su nombre. Antes, los triunviros derrotaron a los liberatores en la batalla de Filipos [10]: Marco Antonio no era precisamente un genio de la estrategia, pero aún así habría arrasado si Octavio no lo hubiese hecho horriblemente mal con el ala que comandaba (rematado con una huida de la batalla). Lo que les salvó es que los liberatores, Casio [11] y Bruto [12], perdieron los nervios ante giros adversos y se suicidaron. Fallos y cagadas que se repetirían en la campaña de Octavio contra Sexto Pompeyo [13], uno de sus muchos intentos de emular a su tio abuelo y lograr glorias militares. Las sucesivas campañas también evidenciaron una progresiva americanización del imperio romano, con unos ejércitos enormes:

 

En las guerras civiles de estos años había un gran énfasis en la masa, en alinear a más legiones que el rival. Era también una creencia firmemente asentada en el subconsciente romano que aumentar los números y recursos resolverían cualquier problema. Pocos comandantes romanos, incluyendo a Julio Cesar, consideraron la guerra naval como fundamentalmente diferente de la guerra en tierra, y su heredero [Octavio] no era diferente. Hay mucha complacencia y falta de respeto por lo impredecible y el poder de la mar en los planes para la invasión de Sicilia en 38 a. C.

 

Resuelta la primera fase de la guerra civil con la muerte de los liberatores, los triunviros se repartieron el imperio. Marco Antonio se pilló el Este: Grecia, Turquía, Siria, Levante, Egipto. Pese al estado actual de esa zona del mundo, eran la perita en dulce de la Antigüedad: ricos, relativamente dóciles, y predispuestos a adorar con gran boato a sus gobernantes. Una bicoca para Marco Antonio, que reinició su viejo lio con Cleopatra y junto a ella se montó una corte de lujo asiático, disfrazado ocasionalmente de Dionisio en un carro tirado por leones. A Lépido le jubilaron en África. Octavio solo recibió Hispania, pero como uno de los tres debía quedarse en Roma, se ofreció inocentemente. Octavio casi enseguida se ganó al pueblo asegurando el suministro de cereal derrotando a Sexto Pompeyo, y luego mediante una campaña sometiendo a los pueblos de Iliria. Campañas contra rivales menores, en las que sin embargo estuvo a punto de pifiarla varias veces, hasta que asumió su total inutilidad para los asuntos marciales y se los dejó a su amigo Agripa.

Marco Antonio, viendo como Octavio vendía sus pequeños triunfos sobre piratas y tribus primitivas como si fuesen la victoria en la Segunda Guerra Mundial [14], decidió contrarrestarlo mediante una campaña contra los Partos. Aunque no perdió a todo su ejército como hiciera Craso, se consideró un fracaso total y hundió su reputación. Octavio, siempre presto a acudir a la sangre como un tiburón blanco, inició una campaña de propaganda centrada en el encoñamiento de Antonio con Cleopatra, presentada como una taimada extranjera llena de todos los vicios anti-romanos. Se le pintó como un borracho, indigno de sus cargos e incapaz de comportarse como un romano de verdaz. Les citamos de una carta abierta de Marco Antonio en respuesta a las acusaciones, por si piensan que Twitter y OKDiario han arruinado la política clásica y con estilo de antaño:

 

“¿Por qué has cambiado? ¿Es porque me tiro a la reina [Cleopatra]? ¿Acaso es mi mujer? ¡Claro que no! [nota: la mujer legítima de Marco Antonio, en ese momento, era Octavia, hermana de Octavio, ejemplo de mujer honesta y a la que había dejado aparcada en Roma cuando se fue al Este]. ¿Acabo de empezar con esto ahora, o acaso no lleva ya en marcha nueve años? Qué hay de ti – ¿es solo Livia Drusilla a la que te tiras? Mis felicitaciones, si al leer esto no has estado dentro de Tertulla, o Terentilla, o Rufilla, o Salvia Titiseniam, o todas ellas. ¿Realmente importa dónde o en quien mojes la candela?”

 

Marco Antonio también afirmaba que Cesareon, el (presunto) hijo de Cayo Julio César y Cleopatra, era el verdadero heredero de Cayo Julio, por descendiente directo, y no “ese Octaviano cualquiera de provincias”. Por suerte para Octavio, Marco Antonio pretendió divorciarse de Octavia para casarse con Cleopatra, y de paso regalarles a los hijos de ella territorios que pertenecían a Roma. El escándalo fue mayúsculo. Finalmente, un seguidor de Antonio, Lucio Munacio Planco [15], cual alcalde del PP que ha recibido la llamada de Albert Rivera y ve la luz del regeneracionismo [16] (diremos en defensa de Planco que, aunque no podemos presuponer nada sobre los gustos de Rajoy y su señora, no creemos que disfruten obligando a alcaldes del PP a pintarse el cuerpo de azul y pegarse una cola de pescado al culo para luego bailar ante ellos, como Planco tuvo que hacer ante Antonio y Cleopatra), se pasó a su bando y le chivó el testamento de Marco Antonio. Octavio fue al templo de las Vestales en el Foro Romano donde estaba guardado (apartando de un empujón a la vestala jefa, como si fuese una cajera del Mercadona), sacó el testamento y lo leyó. “Confirmó” bastantes de los rumores, e incluía una disposición para ser enterrado en Alejandría, incluso si moría en Italia. Esto enlazaba espléndidamente con un rumor que Octavio había esparcido de que Marco Antonio quería trasladar la capital a Alejandría, y otro con unas presuntas declaraciones de Cleopatra haciendo promesas con la coletilla “tan seguro como que impartiré justicia en el Capitolio” (sí, estos dos rumores como que se contradicen un poco, pero piensen que en esta nuestra ilustrada Era hay gente alfabetizada que se cree a pies juntillas que Podemos es una jaula de grillos y al mismo tiempo un partido leninista).

Octavio logró la declaración de guerra (formalmente solo a Cleopatra), y al año siguiente Agripa se midió con Marco Antonio en la batalla naval de Accio. El partido iba bastante igualado, cuando Cleopatra aprovechó un hueco para huir con 80 barcos… y a Marco Antonio no se le ocurrió nada mejor que salir corriendo tras ella. Tras eso su suerte estaba echada. Les quedó casi un año de gracia hasta que Octavio y Agripa llegaron a Alejandría, y entonces se suicidaron. Bueno, esa es la versión “resumen ejecutivo”, en realidad Antonio se hirió de muerte con la espada y murió en brazos de Cleopatra… que en cuanto se le cerraron los ojos a su amante ya estaba ante el espejo probándose ese trajecito sexy que tanto le realzaba la figura, a ver si por tercera vez lograba encandilar al hombre más poderoso de Roma, con quien ya se había carteado discretamente durante los últimos meses (sin darse cuenta de lo que podríamos llamar “la falacia El País”: que en cuanto un poderoso quedaba prendado de ella y le hacía regalitos vía el BOE… ¡dejaba de ser el poderoso porque llegaba un nuevo populista para suplantarle!).

 

Este es probablemente el retrato más fidedigno de Cleopatra VII. De creer a Plutarco, su encanto se basaba mayormente en su fina y sofisticada conversación.

 

Octavio (en marcado contraste con sus métodos políticos, en lo personal parece haber estado profundamente enamorado de su mujer, Livia, de la que nunca se divorció pese a que ella no pudo darle hijos, lo que no quita que como buen patricio se tirase lo que se le antojara), que le había dado esperanzas en su relación epistolar, ahora le dijo “chavala, conmigo eso no funciona, haz las maletas que te vienes a Roma”. Cleopatra se suicidó, cosa que igual había sido la verdadera intención de Octavio. No era raro que princesas encadenadas despertaran la compasión del pueblo romano. Muerta, ya no había ese problema, y Octavio tuvo el detalle de enterrarla junto a Marco Antonio en la tumba que habían preparado en Alejandría, y otorgar pensiones y provechosos matrimonios a los hijos de ambos [17], como permanente recordatorio de que Marco Antonio había traicionado la virtus romana mediante su unión con la sucia extranjera (a Cesareon y a los otros hijos de Marco Antonio en cambio los hizo matar).

Octavio se aseguró el dominio de Egipto para si mismo. El pueblo egipcio tuvo que soportar impuestos altos y mano dura, pero ese había sido su sino durante los tres milenios anteriores, así que tampoco lloraron mucho, y además en vez de faraones endogámicos ahora había un gobernador romano medianamente competente. El Senado honró a Octavio cerrando las puertas del templo de Jano [18] por primera vez en doscientos años. Estas puertas permanecían abiertas siempre que Roma estuviese en guerra, y su cierre simbolizaba que Octavio había traído la paz a Roma (si nos olvidamos por un momento de pequeñas campañas en la Galia e Hispania). El botín que arrambló en el Este le permitió decretar una cancelación universal de deudas y desmovilizar y asentar a la mitad del ejército, evitando descontentos sociales. Cuando regresó a Roma al año siguiente, culminó su victoria celebrando tres triunfos seguidos en el mes de Sextilis, entrando en la ciudad con la púrpura del imperator y la cara pintada de rojo (en honor al dios Saturno), y realizando un sacrificio público en lo alto del Capitolio. Allí estaba nuestra víbora: quince años después de empezar su carrera política sin nada más que un nombre conocido estaba en la cima, con todo el mundo conocido a sus pies, desde Mesopotamia a Lusitania y desde Normandía al Sudán.

No sé ustedes, pero yo no puedo dejar de imaginármelo con su físico enclenque y sus dientes torcidos, pensando para adentro: “tanta polla tanta polla, tanto “loba ingobernable” y tanto Juego de Tronos y mira, ni quince años he tardado en pasarme el Juego. Esto es tan fácil que le voy a poner mi nombre al mes de Sextilis, joder.”

 

Sí, hay gente que ha ganado el Juego de Tronos.

 

Augustus, alias Divi Filius, a.k.a. Pater Patriae, y la doma de la loba

Aquí comienza una segunda vida para Octavio (pero nosotros vamos a seguir llamándole así, con permiso de ustedes y porque nos gusta recordar que era una víbora). Y estaba decidido a que durara más que la de su tío abuelo, para lo que evitó como fuera que le dieran honores de dictador vitalicio. De hecho, lo primero que hizo fue renunciar a todos sus poderes extraordinarios para restaurar la democracia y bla-bla-bla, a lo que el Senado, convenientemente trabajado, respondió “oh no, gran César, no nos hagas esto, no nos dejes aquí tirados sin tu guía, te pedimos que sigas”, y tras hacerse un poco de rogar aceptó. Ayudó un poco el hecho que sus males (el hígado sobre todo) le dejasen a menudo rendido e incapaz: apilar honores y poderes sobre un hombre que puede morirse en cualquier momento es más fácil para un senador ambicioso. Luego Octavio vivió otros 40 años con su mala salud de hierro y los enterró a todos. ¡Se siente!

Al año, Octavio pensó que había que ganar un poco de gloria y se vino a España a “pacificar” la Cornisa Cantábrica. La guerra resultante [19] fue larga y cruel, como siempre que alguien se mete con españoles, pero acabó ganando (lo que garantizó la romanización de Hispania para siempre jamás, ¡si alguien nos gana es que tiene que ser bueno!), y en plan sobrado renunció al triunfo que le otorgó el Senado “porque todo lo hago para mayor gloria de la República, no para mi gloria personal”. En 27 a. C., y a propuesta de nuestro viejo conocido Planco, el Senado le otorgó el título Augustus, reservado para los lares [20] y penates [21] y un escalón debajo de los dioses (la otra opción que se barajó era llamarle Romulus, para indicar un nuevo comienzo en la historia de Roma). Desde entonces y hasta su muerte, fue Imperator Caesar Augustus Divi Filius, Pater Patriae.

Octavio iba acumulando poderes especiales, como el tribunario, pero en su persona y no por virtud de algún cargo. Desde 23 a. C., de hecho, ya solo fue cónsul en dos ocasiones, dejando el cargo para que los patricios romanos compitieran por él. Cosa que estos hacían con la misma intensidad que en los años finales de la república, pero sin las desastrosas consecuencias de entonces. Octavio, aquí sí, había logrado civilizar la política romana y “domesticar a la loba”. Y para que su presencia no fuese demasiado asfixiante hacía muchos viajes a las provincias, donde en cambio nadie se hacía ilusiones sobre quién partía el bacalao y tenían asumidísimo que bajo todo ese boato republicano Octavio era un monarca con todas las de la ley. Y era popular. Goldsworthy insiste mucho en esto: para casi todos los romanos, y especialmente para las élites, Augusto era la garantía de paz después de décadas de guerra civil, y por ello enormemente popular pese a los poderes que acumulaba. Aquí quizás ha llegado el momento de hacer un crossover con el gran maestro de marionetas que utiliza a LPD para desestabilizar a Occidente y decir que su papel se parecía bastante al de Putin en la Rusia de hoy. Sí, puede que Putin mande incluso cuando Medwedev u otro minion es presidente, y desde luego que manipula elecciones, pero seguramente las ganaría también sin hacerlo. Para el ruso de a pie, Putin es la garantía de paz y fuerza después de que Boris Yeltsin convirtiera el gobierno en un delirium tremens durante los 90 y dilapidara los últimos restos del poderío soviético.

 

Boris Boris redde mihi legiones soviéticas!

 

Un sistema tan monárquico y caudillista, claro está, tiene un problema evidente: qué hacer cuando el caudillo empieza a sentir la cercanía de la Parca. Y aquí a Octavio la suerte se le acabó. En su propia generación estaba Agripa, que era la viva imagen del hombre sano y viril junto al esmirriado de Octavio, y que sin embargo –Dios es un bromista, no lo duden- murió 23 años antes. En la siguiente generación, estaban Marco Claudio Marcelo -sobrino de Octavio, muerto a los 19 años de una enfermedad- y los hermanos Druso y Tiberio, hijos del primer matrimonio de Livia. Tiberio fue obligado a divorciarse de la mujer a la que amaba para engendrar hijos con la hija de Octavio, Julia, a la que odiaba. Le hizo dos churumbeles hasta que se hartó de ser la marioneta de Octavio, y marchó al exilio. Daba igual, el favorito era Druso: querido y respetado por todos, campechano a la par que competente, posible hijo biológico de Octavio según algunos, ganó fama guerreando en Germania y logrando el sometimiento formal de las tribus entre el Rin y el Elba, se cayó del caballo en un momento tonto y se murió con 29 años. Con la sangre de Octavio o algún parentesco presentable ya solo había nietos, de los que Julia (casada sucesivamente con Marcelo, Agripa y Tiberio) le había dado nada menos que seis. Sobrinos-nietos de una u otra rama había unos cuantos más (la dinastía julio-claudia [22] tiene un árbol genealógico que hace que los Habsburgo parezcan genetistas, no es de extrañar que al final de toda esta endogamia salieran personajes como Calígula o Nerón), pero eran todos muy pequeños. Los más prometedores, los dos hijos mayores de Druso, murieron con apenas 20 años, y los demás no parecían demasiado Preparados, incluso con Ovidio, Horacio, Tito Livio y Virgilio cantando las excelencias del Princeps y de sus familiares (aunque luego el tercer vástago de Druso, enclenque y tartamudo, cuya madre solía insultar a la gente diciendo “eres más tonto que mi hijo”, llegó a emperador bajo el nombre de Claudio, y hoygan, ni tan mal lo hizo). Y en 9 d. C. murió Agripa Postumo, el último nieto varón de Octavio. Con gran pesar, Octavio tuvo que recular y pedirle a Tiberio que volviese.

 

Tiberio

El pesar era mutuo: Tiberio era por carácter y educación un patricio de toda la vida y odiaba la institución del Principado, a la que consideraba una tiranía sostenida en engañar a los patricios y cebar al populacho. Si se sometió fue por necesidad (y bueno, porque siete años de exilio en Rodas después de su espantá le habría hecho ver las cosas de otro modo). De lo primero que hizo al volver fue aplastar revueltas en Iliria, lo que le salvó de estar en Germania en 9 d. C., cuando los germanos bajo Arminio se calzaron a tres legiones de Roma en el bosque de Teutoburgo. Tiberio llegó a la carrera para evitar males mayores, pero Octavio ya se había decidido, y el primer telón de acero cayó sobre Europa a la altura del Rin: Germania esquivó la romanización y cuatro siglos más tarde [23] los germanos bajarían a Italia a destruir el Imperio.

Cinco años después de esta crisis, en el 14 d. C., Octavio moría en Nola, en la misma habitación de la misma casa en la que había muerto su padre. Fue llevado a Roma, incinerado en el Foro, y deificado. Tiberio heredó dos tercios del patrimonio de Octavio y prácticamente todos sus poderes y cargos (que había compartido desde hacía cinco años, tampoco hubo aquí un salto muy brusco). Nada más empezar intentó repetir la jugada de Octavio de “renuncio a todos mis poderes para que la democracia pura pueda volver y bla-bla-bla” con el consiguiente ruego del Senado, pero luego se hizo tan de rogar que ya quedó mal. En general no tenía el talento de Octavio con la gente, y aunque nunca el Imperio estuvo tan bien gobernado como durante sus 23 años de reinado, ha pasado a la historia como un mal emperador. Y es que cuando montas un régimen alrededor de una persona, cuando esa persona te deja se te puede venir abajo. Octavio había sabido retener un poder sin precedentes después de ascender a base de traiciones, proscripciones y asesinatos políticos, y lo había mantenido todo precisamente ocultándolo, rechazando honores, haciendo vida lo más humilde y piadosa posible, y dejando vía libre para competir a los aristócratas, a los que trataba como sus teóricos iguales, al menos socialmente, perdonando a diestro y siniestro y aceptando con total naturalidad que ganasen las elecciones a cónsul los hijos de un proscrito o de alguien que se hubiese alzado en armas contra él.

Algo así como si una dinastía llegase al poder, no sé, gracias al nombramiento a dedo de un sanguinario dictador (nota para Fiscalía: hablamos de los Grandes Duques de Calcedonia-Schnürsenkelburg). Un hecho imposible de olvidar y que le quemará a mucha gente, pero que resulta más fácil de tragar cuando el monarca de turno va por la vida de simpático y campechano payaso, jaja que bien lo pasemos, si a mi me dieron a elegir, el trono y la mosquita muerta esta, o ser un playboy en la Riviera francesa, y mira que soy tonto que elegí el trono, jajota jajota, lo que tengo que hacer para traer los garbanzos a la mesa, jiji, si aquí el más pringado soy yo, jaja, si yo aquí mando menos que el canario, hohoho, independizaos si queréis, Jordi, que mientras me dejéis Marivent y Baqueira me da igual (“Jordi”, “Marivent” y “Baqueira” son nombres muy comunes en Calcedonia-Schnürsenkelburg, ¡en serio!). Luego por debajo del radar el monarca tendrá sus trapicheos sucios y sus amigos carcas que creen que el fundamento de la democracia es airear las divisiones acorazadas de vez en cuando, pero él se distancia prudentemente, o al menos no te lo frota en la cara. El problema llega cuando un sucesor realmente se cree la propaganda que le han montado, y se muestra encantado con que la policía aporree o detenga a la gente por lesa majestad, porque a ver, ¡que soy el César Augusto y salgo en las monedas! ¿Qué es eso de quemar una foto de Divi Filius? ¿Cómo osais pitarle a Pater Patriae? A los leones vais. Pretorianos, procedan. Pues algo así pasó entre Augusto y Tiberio.

(Nota para calcedoniano-schnürsenkelburgenses de inclinaciones republicanas: por muy mal que cayese Tiberio, a su muerte no hubo restauración republicana, aunque el Senado lo debatió. En lugar de eso, los pretorianos dijeron que se encargaban de todo y pusieron a unos cuantos prendas medio chiflados [24] en el trono. La república no volvió. La principal duda ahora mismo con respecto a Calcedonia-Schnürsenkelburg es si los pretorianos, visto que Tiberio no entusiasma, encumbrarán a un Putin… o a un Calígula.)

 

Al Putin lo que es del Putin: al menos no te dará lecciones de coaching mientras te regenera.

 

Valoración

Comparada con la biografía de Cayo Julio, este libro sabe a poco. También porque Augusto es una bicoca para politólogos, pero César la verdad es que repartió yoyah con una efectividad y un savoir faire que a nosotros -todavía- nos cautiva más que la reinvención de la víbora adolescente en el Adolfo Suarez de la Antigüedad. No obstante, es un buen libro para conocer a Octavio.

Sucesivos emperadores fueron más como Tiberio que como Augusto, que quedó como irrepetible refundador de Roma. Las frontera naturales que él había alcanzado (el Sahara, el Atlántico, la línea Rin-Danubio, Armenia-Partia y el desierto arábigo) fueron las definitivas del imperio durante cuatro siglos, quitando aventuras menores en sitios como Britania o Dacia. Y en ese inmenso espacio, que iba a conocer durante varios siglos una paz sin precedentes, es donde pudo germinar una nueva religión y expandirse por todo el mundo conocido [25]: en el momento de la muerte de Octavio, un tal Yeshúa de Nazaret ya estaba en la edad en que los varones de la raza humana le dan a la zambomba como si todo el año fuese Navidad (nueva nota para la Fiscalía General del Estado y otros abogados cristianos: quiero remarcar expresamente que Jesucristo no era como los demás, que respetaba a su cuerpo y que en vez de darle a la zambomba dedicaba su tiempo libre a formarse con las obras completas de Vizcaíno Casas, que seguramente adquirió mediante su suscripción al Club de Libertad Digital [26]). Goldsworthy de hecho nos añade un anexo entero sobre la disputa acerca de en qué año nació Yeshúa, para darle un poco más de empaque al libro.

Los seguidores de Yeshúa protagonizaron uno de los mayores cambios culturales de la historia, derribando la ideología romana tradicional, que podríamos llamar “de dominación”. En la sociedad romana, todo estaba basado en la dominación, en que el poderoso ejerce el control total y a beneficio propio: del amo sobre los esclavos (y por eso la esclavitud nunca se cuestionó seriamente), del marido sobre la esposa e hijos, de Roma sobre las provincias, del vencedor sobre el derrotado, del Senado sobre el populacho, y del César Augusto sobre todos ellos. La compasión por el pobre o el indefenso no tenía lugar aquí. Esto era el “sentido común” de toda la Antigüedad, y la vida de Augusto y el asentamiento del Principado es sin duda la culminación final y absoluta de esa ideología. Por eso resulta cuanto menos divertido que el establecimiento de esa hegemonía trajese consigo la semilla de su destrucción. Aunque esto quizás es ley de vida. Vale.