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Debt: the first 5000 years – David Graeber

Como ya les he comentado alguna vez, yo cumplo sobradamente el principal requisito para escribir en LPD sobre economía: no tengo ni repajolera idea del tema. Lo que sí he tenido siempre es un instintivo, casi prusiano [1], espanto ante las deudas. En toda mi vida, solo he pedido dos préstamos. Uno ya está felizmente devuelto, y del otro me acuerdo dolorosa- y puntualmente el día 5 de cada mes. Y hoy, en línea con mi esfuerzo por reducir mínimamente esa ignorancia, recurro a este libro sobre economía… escrito por un señor que tampoco es economista. David Graeber es antropólogo, y –según la contraportada de la editorial- el inventor del eslogan “we are the 99%” del movimiento Occupy Wall Street. Igual aquí se han pasado un poco con el autobombo, pero el caso es que el hombre escribe bien.

 

A 18.49€ la versión (revisada) para Kindle casi te tienes que endeudar para comprarlo, pero la verdad, prefiero dárselo a él que al banco.

 

Mitos irracionales para gente ilustrada

Como antropólogo, Graeber se dedica a analizar, entre otras cosas, los mitos que sustentan las sociedades. Incluida la nuestra, tan ilustrada y moderna. Y uno de esos mitos es el origen del dinero. Supongo que todos lo conocen: en tiempos remotos la gente recurría al intercambio –“te cambio dos gallinas por un saco de patatas”-, pero esto era muy tedioso y por eso se inventó el dinero – “vendo a un tercero un saco de patatas por una moneda de plata, y con ella te compro dos gallinas, con la ventaja de que puedo almacenar las monedas un tiempo indefinido y además así tu puedes comprarte otra cosa, que igual no quieres mis patatas”- para facilitar los intercambios. Y una vez estaba ahí el dinero, pues surgieron las finanzas y las deudas –“te pido prestadas mil monedas de plata con las que compro opciones a futuros de patatas carrytrade moddafacka Wall Street, las vendo en la City cuando los inversores apuesten a la baja en renting de securities gromenauer, y con el diferencial me compro las gallinas”. Intercambio -> Dinero -> Deuda. Un relato fácilmente comprensible, repetido mil veces desde que lo hiciera Adam Smith en su obra cumbre [2], y que poca gente cuestiona. Tampoco entre economistas progres, pese a que este mito ofrece en bandeja conclusiones extremadamente favorables a la derecha, a saber: que las personas somos, y siempre hemos sido, comerciantes y negociadores para los que el beneficio personal es la máxima y única consideración; que los mercados y el dinero surgen de forma espontánea porque son “naturales”; y que el estado no tiene nada que ver en todo esto y que lo mejor que puede hacer es permanecer al margen (como mucho, aportar un sistema policial y de justicia para que se cumplan los contratos). Un mito extremadamente sugerente, como hemos dicho, y en buena medida responsable de que a duras penas seamos capaces de imaginar una sociedad diferente a la actual.

Solo hay un pequeño problema, nos explica Graeber: que ningún historiador, arqueólogo, explorador o antropólogo ha encontrado jamás una sociedad basada en el intercambio. Jamás.

A ver, esto no significa que nunca haya habido intercambio. Por supuesto que lo hay, lo hubo y lo habrá. Si vives en un poblado íbero de la Costa Blanca del año 1000 a.C. y vienen los fenicios desde Sidón a comerciar, vas a recurrir al intercambio: no hay moneda que os sirva a los dos, y obviamente no vas a fiarle nada a gente que aparece de la nada cada cinco años y por lo que a ti respecta viven en la cara oculta de la Luna. Pero eso son intercambios fuera de tu sociedad, muy puntuales y con gente a la que no conoces. En tu poblado de 50 familias, razona Graeber, no vas a la tienda de gallinas con tu saco de patatas y empiezas a negociar cuantas patatas te van a costar tus dos gallinas (ya sé que en esta época no hay patatas en Europa, ¡pero es que me gusta como suena!). Nadie hace eso. Lo que haces es que te asomas a la finca del vecino y se las pides, y él te las fía (en una “economía de regalos” ritualizada, le comentarías “vaya dos gallinas más bonitas que tienes”, y él lo pillaría al momento y te las regalaría… pero esperando que algún día tú le “regales” las patatas correspondientes, solo con que él te diga que qué patatas más hermosas crecen en tu huerto; por cierto, cortesía de LPD Sección Antropología les revelamos como evitar tener que dar un regalo cuando no les apetece: decir que el objeto merecedor de alabanzas fue, a su vez, un regalo de un tercero). Ya está. Ambos entendéis que tu tienes ahora una deuda moral con él. Es decir, que sin negociación y sin dinero, ya tienes deudas, tienes un crédito. Una deuda de dos gallinas. Si la semana que viene él necesita un saco de tus patatas, tu se las das. ¿Vale ese saco lo mismo que las dos gallinas? Pues seguramente no. Queda una deuda pendiente, que se modificará cuando él te regale unos zapatos, y cuando tu le regales una vasija, y etcétera etcétera etcétera. Y aunque no se lleve nada por escrito, todo el mundo es consciente de qué le debe a todo el pueblo y qué le deben a él. Vamos, que las deudas nunca se terminarán de pagar. Y no pasa nada, porque esa deuda no es más que la expresión de una obligación entre vosotros y entre todos los habitantes del pueblo: la obligación de cuidar unos de otros (y si alguien se aprovecha de esta convención social para pedir sin dar, ya está la comunidad al quite: Graeber nos cuenta una anécdota de una tribu maorí donde había un aprovechado que iba pidiendo comida a todos sin aportar nunca nada, y la reacción de los demás fue… matarle, porque negar comida a quien te lo pide era un tabú incluso más fuerte que matar a un tocapelotas).

Este será el origen de las deudas y del crédito, anterior por tanto al propio dinero. El dinero, a su vez, nace en las ciudades-estado de Mesopotamia, demasiado grandes para funcionar por el principio de deudas/regalos entre particulares y donde son necesarios amplios trabajos colectivos: obras públicas, de canalización, la ocasional campaña contra los bandidos… Aquí surgen las primeras administraciones primitivas, para gestionar la aportación de cada uno. Y como la aportación de cada uno puede adquirir mil formas (telas, animales, cereal, metales o trabajo puro y duro), hay que convertirlas todas a un “formato común” para tratarlas con equidad y justicia. Y ese formato común en principio serán las raciones de cereales, pronto abreviadas con la mina y el shekel [3] (una mina = 60 shekel, un shekel equivale a una ración de cereal; dado que un obrero recibía dos raciones al día, una mina representa una nómina mensual). Es decir, que en principio la moneda es simplemente un artificio contable de la administración del estado, para gestionar lo que todo el mundo debe a todo el mundo. Y aunque pronto surgirían minas y shekels físicos, casi siempre permanecerían apilados en el sótano del templo o palacio. Sin moverse. No estaban pensados para eso. Si se mueven es, inicialmente, por necesidades de guerra: cuando el gobernante monta un ejército de 10.000 soldados, requisar los alimentos necesarios es una pesadilla logística, abierta además a injusticias que pueden socavar la legitimidad del soberano. Pero, si a cada soldado le das una moneda para que se compre la comida, y luego les dices a las familias de tu ciudad/estado que te deben una moneda en impuestos… ya te puedes reclinar y dejar que el mercado haga su magia. En suma, que moneda y mercados son creaciones estatales artificiales, lo único “natural” son la deuda y el crédito.

 

5000 años de tarjetas black.

 

La deuda, “tener algo que es de otro”, establece así una relación con el otro. Relación que se rompería si la deuda se cancelase. Por eso es común en muchas tribus el “regalo de bienvenida” como forma de abrir una deuda, es decir, de relacionarse con el nuevo, y la cancelación exacta de las deudas pendientes una ofensa, pues indica la voluntad de no querer relacionarse con alguien. La deuda/el crédito, en suma, es relación. Por eso nuestro moderno concepto de la justicia como “pagar todas tus deudas” nos ha llevado a una esquizofrenia cultural: todo el mundo coincide en la necesidad de “que todo el mundo pague sus deudas”… y en que la gente que presta dinero (y permite así que otra gente tenga deudas) a cambio de intereses es lo más despreciable y ruin que ha parido madre.

 

Una visión antropológica de tu hipoteca

Sobre esta base, Graber se pone ahora a enrollarse durante un par de capítulos sobre tribus africanas, códigos legales celtas, el “valor” de una vida humana, el comercio con esclavos y mil cosas antropológicas más, relacionadas mahomenoh con deudas, moneda y mercados. Incluyendo un breve análisis “comunista”, donde Graeber (que se describe como anarquista) define el comunismo como todo sistema basado en “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. Y aclara que nunca ha habido un sistema 100% comunista porque tal cosa no es posible… pero tampoco sería posible lo contrario. Todos los sistemas económicos y sociales, incluso el liberalismo más adamsmithiano-sueño-húmedo-de-Juan-Rallo, se basan en un firme e invisible fundamento comunista. Dicho de otra forma, si yo voy por la calle y me vienen de frente Daniel Lacalle, Carlos Rodriguez Braun y Esperanza Aguirre, y yo les pregunto una dirección, de entre las tres opciones

 

  1. aprovechar su superioridad en número para arrastrarme a un callejón oscuro donde abusar sexualmente de mi, robarme todas mis posesiones, extraerme los órganos para venderlos en el mercado negro, y devorar con mostaza y al pil-pil lo que quede de mi cuerpo, siempre y cuando tuviesen la seguridad de que el malvado Estado aguafiestas no fuera a castigarles por ello;
  2. ofrecerse a ayudarme por 5 euros, pagables por adelantado (o mejor aún, subastándose entre ellos el derecho a cobrarme por la ayuda);
  3. decirme, sin exigir absolutamente nada a cambio, lo que necesito, y despedirse deseándome un buen día;

 

el trío liberal con total seguridad elegirá la opción c). Y eso es por el fundamento comunista de nuestra sociedad, donde “entre iguales” y siempre que no suponga un “coste excesivo”, las cosas se comparten (¡aunque igual después de escribir esto el trío liberal prefiere aplicarme otro punto para que no pueda usar su desinteresada amabilidad contra ellos y su ideología!). Por supuesto, lo de “entre iguales” y “coste excesivo” es subjetivo, pero el caso es que con algo tan inocuo como preguntar una dirección, ni siquiera ellos discutirían el principio “a cada uno según sus necesidades, de cada uno según sus capacidades”. Quizás la expresión “comunismo para ricos [4]” describe mejor esta forma de pensar: cuando las cosas van mal para tus “iguales”, se sacrifica lo que haga falta.

 

Son el Politburó y no lo saben.

 

Volviendo a Graber, este distingue entre “economías humanas” y “economías comerciales”. Las primeras serían sistemas socioeconómicos primitivos, en gran medida autosuficientes, y donde el “comercio” está relacionado con el cambio de estatus de las personas: nacimientos, matrimonios, defunciones, clientelismo… para lo demás, las gallinas y las patatas, se sigue recurriendo al crédito vía “economía de los regalos”. En las comerciales, las transacciones se hacen cada vez más por dinero; dinero que empieza a prestarse a cambio de intereses, casi siempre con consecuencias catastróficas en el corto y medio plazo (hablamos en términos históricos, “corto y medio plazo” pueden ser unas cuantas décadas). Prueba de ello es que casi cualquier revuelta o revolución en el mundo antiguo tiene como programa único y absoluto “cancelación de las deudas y reparto de la tierra”, y que casi todas las grandes religiones prohíben cobrar intereses. Casi todos los reyes mesopotámicos proclamaban algún jubileo (en una de esas cancelaciones masivas de deuda, fíjate tu, es donde nos encontramos el primer uso de la palabra “libertad” en un documento político). En el caso del judaísmo, directamente imponen una cancelación universal de la deuda cada cincuenta años [5], para evitar males mayores. El triunfo del cristianismo en los siglos II y III, deja caer Graeber, puede haber sido simplemente consecuencia de una desigualdad cada vez mayor y de una sociedad tan endeudada que los ideales de “perdónanos nuestras deudas así como nosotros perdonamos a nuestros deudores” (sí, al parecer originalmente los cristianos rezaban así [6], los muy perroflautas) resultaban tremendamente atractivos.

En fin, es cuando las economías humanas entran en contacto con las comerciales, sobre todo a partir del inicio de la edad moderna, que todo se viene abajo.

 

El comercio africano de esclavos fue, como ya dije, una catástrofe sin precedentes, pero las economías comerciales ya habían estado extrayendo esclavos de las economías humanas durante miles de años. Es una práctica tan vieja como la civilización. La pregunta que quiero plantear es: ¿hasta qué punto es esto constitutivo de la civilización como tal?

No hablo estrictamente de la esclavitud aquí, sino del proceso que arranca a las personas de las redes de apoyo mutuo, historia compartida y responsabilidad colectiva que las hacen ser quienes son, haciéndolas intercambiables – es decir, el que hace posible someterlas a la lógica de la deuda. La esclavitud es solo la conclusión lógica, la más extrema forma de ese desarraigo. Pero por esa razón nos proporciona una ventana sobre el proceso entero. Es más, debido a su rol histórico, la esclavitud ha condicionado nuestras asunciones e instituciones en formas de las que ya no somos conscientes, y cuya influencia no querríamos reconocer si lo fuéramos. Si nos hemos convertido en una sociedad de deudas, es por el legado de guerras y conquistas, y la esclavitud nunca se ha ido del todo. Está ahí, empotrada en nuestras más íntimas concepciones del honor, de la propiedad, incluso de la libertad. Simplemente, ya no logramos verlo.

La esclavitud, por estas, pronto se convierte en el segundo hilo conductor del libro, como una especie de reverso de la deuda. Y la “libertad”, originalmente “no ser esclavo”, adquiriría posteriormente otros tintes:

 

Hay una línea directa entre el nuevo concepto romano de libertad –no como la capacidad de establecer relaciones mutuas con otros, sino como poder absoluto de “uso y abuso” sobre la propiedad conquistada [los esclavos] que constituyen la mayor parte del servicio de un romano pudiente- y las extrañas fantasías de filósofos liberales como Hobbes, Locke o Smith sobre el origen de la sociedad humana desde un conjunto de varones treintañeros y cuarentones que surgieron de la tierra completamente formados y entonces tuvieron que decidir si matarse mutuamente o intercambiar pieles de castor.

 

La mano invisible.

 

Abriendo el melón

Y con la antropología bien cubierta, Graber se lanza a tumba abierta a la segunda parte del libro: reescribir la historia, o al menos mostrarnos como todo puede ser reinterpretado de forma curiosa desde la óptica deudas/mercados/esclavitud. Vamos, que Graber se marca aquí un “mi especialidad es el motor secreto de la historia” en toda regla, pero confieso que tengo debilidad por estas cosas, cuando se presentan de forma amena y sorprendente. Cosa que Graeber hace, por ejemplo, analizando la simpática costumbre, en las culturas ribereñas del Mediterráneo, de agredir físicamente a todo aquel que insinúe que la mujer o hijas de alguien mantienen relaciones sexuales por dinero. Curiosa y simpática costumbre que, revela Graeber, no es tan universal como pensamos… y que surge históricamente, hasta donde podemos reconstruir, cuando dichas sociedades pasan de economías humanas a economías comerciales. Es con la aparición de las deudas financieras (y la posibilidad de que te embarguen a la parienta por no pagarlas) que el honor del varón se ata a la situación de sus mujeres, y de hecho empieza a surgir al costumbre entre los más pudientes del mundo mediterráneo de tapar con velo a sus mujeres, en plan “la mía no tiene que ir enseñando ni pechuga ni nada porque yo sí pago todas mis deudas”.

Por cierto que la esclavitud, esa lacra de cuya abolición solo cabe felicitarnos, ya fue abolida varias veces. Una, la más significativa, a finales del Imperio Romano… coincidiendo con los primeros comienzos de la servidumbre y con el final de la economía monetaria del Imperio. Como las fuentes de los siglos V-VI [7] suelen ser monjes obsesionados con la llegada del Reino de los Cielos [8], no somos conscientes de los enormes cambios socioeconómicos que se producen en esta época. Cambios, insinúa Graeber, que pueden tener más paralelismos con lo que empieza a verse ahora por el mundo de lo que somos conscientes. Entro otras cosas, hicieron imposible reintroducir la esclavitud en Europa a finales de la Edad Media, cuando la economía capitalista pega el primer gran salto globalizador: toda la cháchara de juristas y “expertos” fue incapaz de convencer a la población de que era legítimo esclavizar a otro ser humano (de nuevo, siempre y cuando se le considerase un igual… y buena parte del racismo de los últimos cinco siglos es simplemente la búsqueda de una excusa para no tener que considerar a otros humanos como iguales y así poder esclavizarlos; nótese que el esclavo de la edad moderna es siempre considerado “inferior” y por ello esclavizable, el esclavo de la antigüedad podía perfectamente ser reconocido como intelectualmente superior a su amo). Las plantaciones de esclavos tuvieron que establecerse en las Indias, lejos de las críticas.

En fin, que Graeber nos hace una división de la Historia Universal [9] en cinco partes:

 

Imperios Agrarios (3500-800 a.C.): pues eso. Economía basada principalmente en deuda o moneda virtual, en grandes imperios que garantizan una cierta paz y orden en su interior y que suelen durar unos cuantos siglos. La gente funciona con gallinas+patatas en su día a día, y el oro y la plata se acumulan en templos y palacios.

 

Era Axial (800 a.C. – 600 d.C.): un nombre prestado de un filósofo alemán [10], al que le llamaron la atención los numerosos cambios, casi sincronizados, en las distintas culturas del mundo en esta época. Karl Jaspers terminaba su Era Axial en el 200 d.C., pero Graeber expande esta era para incluir la caída el Imperio Romano y el surgimiento del Islam (en puridad, la Era Axial debería acabar en el año 632 [11]). Esta era se caracteriza por una mayor monetización, fruto de una mayor violencia. Los imperios no duran ná, no como los de antes, vaya unos paquetes que están al frente de las grandes civilizaciones, y las continuas guerras y saqueos obligan a pagar ejércitos de mercenarios y hacen inciertos los préstamos. Oro y plata salen de los templos para rular por ahí en forma de moneda. Se crea lo que Graeber llama un complejo monetario-esclavista-militar, y surgen, por todo el mundo (es decir, Grecia/Roma, la India y China, que es lo que para Graeber viene a ser “el mundo avanzado del momento”, limitando su análisis a estos tres núcleos civilizatorios), filósofos materialistas para justificarlo. Y como respuesta a estos últimos, surgen nuevas religiones que se convierten en movimientos sociales reformistas contra la monetización de la sociedad. De hecho, todas las principales religiones surgen en esta era: Cristianismo, Islam, Confucionismo, Taoísmo, Budismo… y casi todas con potentes mensajes contra la usura y a favor del perdón de las deudas.

El único imperio más o menos duradero de esta época es el Romano, en cuyos orígenes Graeber ve una reacción a las crisis de deuda. En la Roma republicana temprana, las deudas se convertían en la ruina de muchos plebeyos y estaban detrás de numerosas protestas, lo que dejó a los patricios con dos opciones. La primera, forzar sin concesiones el pago de las deudas -y consecuentemente la esclavización del deudor en caso de impago-, convirtiéndose en un estado represor en continua guerra contra las clases bajas. El problema es que decirles a los plebeyos que su futuro y el de sus hijos no va a consistir más que en cerrar el pico y pagar deudas hasta el fin de la eternidad hace que no se mueran precisamente de ganas de sostener el tinglado y sacrificarse por sus élites (ciertos países del Sur de Europa están redescubriendo esto últimamente). Por esto esta opción solo fue llevada hasta sus últimas consecuencias por los espartanos [12].

 

El sueño de los mercados racionales y autoregulados produce monstruos. ¡Moooonstruos!

 

La otra opción es, por ello, más popular, y es la que finalmente eligieron los dirigentes romanos: apostar por una continua expansión imperial donde el botín serviría para calmar los ánimos. Seguiría sin haber concesiones por las deudas, pero el botín, en tierras o riquezas, ayudaría a los plebeyos a pagarlas. Claro que en cuanto la expansión se detiene, el tinglado se viene abajo. Y por supuesto, en este rollo de la expansión solo puede haber un ganador final, que se impone sobre todos los demás después de guerras sin fin (que en este caso fue Roma, pero la misma opción la intentaron Atenas y muchos otros).

 

Edad Media (600-1450): normalmente asociamos la Edad Media a atraso y miseria: la opinión convencional es que la economía “retrocede” al intercambio por la falta de moneda, y que el abandono de las ciudades es una catástrofe. Bueno, según se mire, dice Graeber: para lograr los excedentes agrícolas que permitían alimentar las ciudades de la Era Axial, la agricultura se confió a latifundios trabajados por cuadrillas de esclavos explotados inmisericordemente. Sin ciudades, ya no hay razón para esa explotación, y los antiguos esclavos se liberan y convierten en los pequeños agricultores de la Edad Media, que ya solo tienen que alimentar a cuatro monjes y el ocasional caballero. Vamos, que ganaron, y mucho, con el cambio. Y en cuanto al “retroceso”: que no haya moneda no significa que no haya dinero, recuerda Graeber. Es decir, que la Edad Media solo es un “retroceso” si aceptas que “progreso” equivale a “economía comercial globalizada”. Pero no solo la cuenca mediterránea resulta afectada: la caída del Imperio Romano coincide, siglo arriba siglo abajo, con la del Imperio Gupta [13] en la India y con la de la dinastía Jin [14] en China.

Lo que Graeber ya no discute es que la Edad Media es un periodo donde la economía (como el resto de la sociedad) cae bajo un mayor control religioso, especialmente en lo relativo a cobrar intereses. Aquí Graeber se va a marcar un buenismo respecto al islam que igual no le hace popular entre ciertos sectores de la sociedad occidental (rematado con un “Adam Smith sacó buena parte de sus ideas del islam medieval”). Sigue a esto una descripción de la sociedad musulmana como “una economía de mercado sin capitalismo”, etiqueta que Graeber también le pone a China o a la India en diversos periodos de su historia. Y sin intereses, que es de lo que vive el capitalismo. Es más, es un libre mercado que no gira en torno a la competencia a destajo, sino que se considera una institución de ayuda mutua.

 

En cierto modo, uno puede ver el establecimiento de tribunales islámicos como el triunfo final de la rebelión patriarcal que había comenzado miles de años atrás; una asunción universal del ethos nómada del desierto o de la estepa […]. Fue posible gracias a un profundo cambio en la alianza de clases. Las grandes civilizaciones de Oriente Próximo habían estado siempre dominadas por una alianza de facto entre administradores y mercaderes, que juntos mantenían al resto de la población en peonaje de deudas o en constante peligro de caer en el mismo. Con su conversión al islam, las clases comerciales que durante tanto tiempo habían sido el archi-villano a los ojos de los campesinos y urbanitas, cambiaron de bando, abandonando sus más detestadas prácticas, y convirtiéndose en líderes de una sociedad que ahora se definía contra el estado.

 

Negocios sin un estado que vigile, ¡qué maravilla!

 

Era de los Imperios Capitalistas (1450-1971): llegamos al melón de la modernidad. En España, solemos fechar el fin de la Edad Media en una empresa de capital riesgo fundada por los monarcas españoles [15]. Económicamente, se supone que esto acabó llevando a un verdadero tsunami de oro y plata que se abatió sobre Europa, causando una “revolución de los precios”, pero Graeber elige la fecha de 1450 por eventos que nos pillan muy lejos: en ese año, en China, la dinastía Ming renuncia al papel moneda, dejando solamente la plata como instrumento de pago. En consecuencia, China desarrolla un apetito voraz de plata y engulle la mayoría de la producción de las Américas (el oro tiende a acabar en la India). La “revolución de precios” europea, en realidad, tiene bastante más que ver con las cada vez más frecuentes guerras (guerras, a su vez, cada vez más bestias) que empobrecen a la población y propician una fuerte monetización, destruyendo el “comunismo de los pobres” que sustentaba las pequeñas comunidades rurales. La economía empieza de nuevo a girar en torno a la moneda y arrastra consigo a todo lo demás, propiciando una vuelta a los peores excesos de la Era Axial, con su peonaje de deudas y sus complejos monetaristas-esclavistas. El crédito y las deudas empiezan a considerarse pecados. Y como las setas tras la lluvia, aparecen filósofos materialistas para justificar el nuevo tinglado, como Hobbes o Adam Smith:

 

Consideremos a Adam Smith:

“No es de la benevolencia del carnicero, cervecero o panadero de donde obtendremos nuestra cena, sino de su preocupación por sus propios intereses. Nos dirigimos, no a su humanidad sino a su amor propio, y nunca le hablamos de nuestras necesidades sino de sus propias ventajas.”

Lo bizarro es que, cuando Smith escribió estas líneas, esto simplemente no era cierto. La mayoría de tenderos ingleses hacían la mayor parte de su negocio a crédito, lo que significa que la mayoría de clientes apelaban constantemente a su benevolencia. Smith no puede haber ignorado esto. Más bien, está pintando una imagen utópica. Quiere imaginar un mundo donde todo el mundo usa dinero en efectivo, en parte porque coincidía con el emergente consenso de clase media de que el mundo sería un lugar mejor si todo el mundo realmente se comportase así, evitando enredos confusos. Todos deberíamos pagar en efectivo, decir “gracias” y abandonar la tienda. […]

En otras palabras, Smith simplemente eliminó el papel del crédito en su presente, igual que lo había eliminado del origen del dinero. Esto le permitió ignorar tanto la benevolencia como la malevolencia en los asuntos económicos, tanto el ethos de la ayuda mutua que es el fundamento necesario de cualquier cosa que quiera parecerse a un libre mercado (es decir, cualquier cosa que no es creada y mantenida por el estado) como la violencia y el espíritu de venganza que habían contribuido a crear los mercados competitivos y egoístas que estaba usando como modelo.

 

Europa, que hasta ahora había sido un mero apéndice económico del mundo musulmán (para cualquiera de más allá del Hindukush, islam y cristianismo apenas son distinguibles), va a despuntar en esta época con un curioso instrumento. Uno que ninguna otra civilización ha desarrollado, y que le va a permitir (bueno, eso y la pequeña ayudita de que el resto del mundo haya quedado arrasado por dos siglos de correrías mongolas [16]) ponerse por delante en esta era: el instrumento de la corporación. Ya saben: una persona jamás te cortaría la luz/vendería como esclavo/desahuciaría, pero una sociedad anónima no tiene complejos de esos. El dinero deja de ser una herramienta, como lo fue en la Era Axial, y pasa a ser un fin en si mismo.

En otras palabras, que ya estamos en pleno florecimiento del capitalismo global. “Capitalismo”, curiosamente, es una palabra creada por sus enemigos socialistas. Graeber aporta aquí una reflexión interesante: desde Adam Smith, el capitalismo tiene una obsesión por el efectivo y un cierto desdén por el crédito, considerando las deudas (especialmente las públicas, pero también las privadas) como un pecado. Y también desde Adam Smith, al capitalismo le acompañan histerias apocalípticas. Durante todo el siglo XIX los ricos están seguros de que las masas van a montar una Revolución Francesa en cualquier momento, luego viene el miedo a los bolcheviques, luego al Apocalipsis nuclear, y ahora mismo el cambio climático y al populismo islámico-separatista. En casi cualquier momento de la historia, los capitalistas creen que el tinglado durará como mucho una generación más (en divertido contraste con los comunistas, que vendían sus sistemas como poco menos que eternos, y miren como acabaron). Un temor que Graeber psicoanaliza así: si asumiéramos que el capitalismo es eterno, ¿qué nos impediría tener deudas eternas?

En fin, que de esta Era habría mucho que contar… pero Graeber no lo hace. Tras introducir el capítulo con algunos aspectos curiosos de la conquista de México [17] y proseguir con asuntillos internos de Gran Bretaña… saltamos directamente al final: el bueno de Richard Nixon [18] es el encargado de darle a esta era el toque de gracia al decretar la no convertibilidad [19] del dólar americano al oro en 1971, ciscándose el acuerdo de Bretton Woods [20]. Entremedias, la Nada. Y ya saben lo que nos cuesta en LPD respetar un libro que no respete la Segunda Guerra Mundial [21] ni nos analice a los nazis desde algún punto de vista innovador.

 

Tu hipoteca marrón de los mil años.

 

El glorioso presente (1971 – ¿?): ¿y ahora qué? Pues ni idea, dice Graeber. Apenas hemos empezado esta nueva era, y puede pasar de todo. 50 años son muy pocos, en el año 650 nadie pensaba “jo, llevamos cinco décadas en la Edad Media y yo no noto cambios”. Lo que parece abrirse camino entre las nuevas generaciones [22] es que el capitalismo no funciona todo lo bien que nos cuentan. Aquí igual nos gustaría sacarnos el palillo de la boca para apurar el carajillo y aleccionar diciendo que han perdido la fe porque no funciona para ellos, y que en cuanto empiecen a heredar fortunas [23] cambiarán de idea, pero no querríamos ser demasiado cínicos. El caso es que desde 1971 vemos la aparición masiva de tarjetas de crédito, de hipotecas eternas, financiarización progresiva, en suma, una vuelta al dinero virtual descontrolado que vuela por los aires en 2008. ¿Porqué? Porque si la gente empieza a ver el dinero virtual como una promesa y no como una cosa en si misma, necesitas un mecanismo de control. Una válvula o fusible que proteja a los deudores. Pero casi todas las instituciones existentes protegieron a los acreedores. Y hasta que no cambiemos eso, nada se puede hacer.

Graeber también predice que China va camino de ser el incontestable amo del cotarro [24]. Algún cuñado metería aquí la objeción si tan poderosos son, ¿porqué están comprando toda la deuda pública americana?. Pero Graeber, como todo buen conocedor de China (o, en su defecto, cualquiera que se haya buscado la versión LPD [25] de la milenaria historia de China), apunta a la costumbre chino-imperial de sobornar a los bárbaros mediante espléndidos regalos a cambio de tributo simbólico. Los chinos compran la deuda yankee porque así los tienen contentos y, en el fondo, en la mano. El despegue económico de Corea, Taiwán e Indochina en general se debe, según Graeber, a que estos países (todos ellos antiguos tributarios del Reino Celestial) se encontraron bajo el paraguas americano, que hizo lo imposible por alejarlos de China. Pero ahora este paraguas se está volviendo muy caro para dichos países, porque los USA resulta que también les extraen su tributo, también en forma de compras de su deuda pública, que por todo lo que podemos decir no se va a pagar nunca.

 

Valoración

Supongo que el libro está bien, al menos las partes que he logrado entender me han gustado mucho, en la otra mitad me perdía. Y la verdad, el Graeber polemista [26] y debatidor [27] que conocía de diversos artículos [28] y entrevistas [29] en la Internete me gusta más que el académico teórico que ha salido del armario en este libro. Graeber tiene tendencia a saltar mucho entre puntos y para cada uno hace una contribución original, pero no logra –al menos para mi gusto- sacar elegantes líneas generales de todo ello. Pero creo que le debía algo de dinero así que afirmo que los 18.49€ están bien gastados.

La deuda es “un acuerdo entre (teóricos) iguales por el cual pasan a ser desiguales”, y es un elemento central en nuestras vidas (al menos en la mía), así que se merece todo el filosofeo y todas las exploraciones histórico-antropo-culturetas posibles. Cosa que Graeber hace, y deberíamos estarle agradecidos. También en pensar alternativas… y, casi más importante y desde luego más urgente, entender cómo hemos llegado a un punto donde se considera que no hay alternativas [30] al sistema actual. Numerosos experimentos (el más famoso es el del Ultimátum [31], con sus muchas variantes) de la economía conductual [32] han proporcionado amplia evidencia de que ciertas teorías económicas no son correctas, pero aún está por ver que alguna teoría económica haya sido rechazada por esto. La deuda, en suma, no es un absoluto. Es una promesa cuantificable, una relación, un compromiso que debe poder rehacerse como cualquier otro compromiso. Es una forma de organizarnos. Si se cancelara, no pasaría gran cosa. Graeber acaba el libro proponiendo un jubileo. Por soñar que no quede, aunque me parece mucho más probable de aquí a cien años un neofeudalismo corporativo…