- La Página Definitiva - http://www.lapaginadefinitiva.com -

“Wir Erben” – Julia Friedrichs

“Nosotros los Herederos”

La muerte. La Última Certeza. La Parca Cruel. El Segador. La Huesuda a la que nadie escapa. Parecería que Ella es lo único que los humanos tenemos en común. Y sin embargo, resulta que la Gran Igualadora, que tan iguales nos hace a todos, crea al mismo tiempo grandes desigualdades entre los vivos. Desde que el modelo social egipcio “mi propiedad es mía hasta la tumba y más allá” entró en una crisis [1] que ni sus campechanos Faraones pudieron resolver, la humanidad entendió que enterrar valiosos recursos con el finado era un despilfarro. Nace entonces la simpática figura del heredero: un señor ni mejor ni peor que su vecino, pero que por la lotería del nacimiento va a tener una vida muy diferente una vez que Doña Fría ha hecho su trabajo.

La llegada de la Implacable es uno de los pocos tabúes que quedan en esta esquinita del mundo, y parece que ese tabú se ha extendido a ciertas cosas asociadas al mismo, y muy concretamente a las herencias. Es como de mal gusto señalar que la posición de cada uno en la sociedad (empezando desde lo más alto [2], y vale que el sueldo es una miseria [3] que a duras penas les mantiene apartados de las colas de Cáritas y que el cargo es más simbólico que otra cosa: es precisamente lo que simboliza lo que nos resulta impresentable) no viene determinada por su talento, su aplicación, su esfuerzo u otros criterios más o menos meritocráticos, sino por la familia en la que naces. Una circunstancia tal vez inevitable sabiendo de donde venimos, pero que en una democracia liberal que tanto alardea de serlo debería ir a menos. ¿Lo hace [4]? Quizás va siendo hora de romper el tabú y hablar de esto, sobre todo cuando diversas organizaciones regionales del PP se han puesto a recoger firmas para abolir el impuesto de herencias (como nota curiosa, señalar que quienes más protestan contra el impuesto de herencias y sucesiones suelen ser también quienes más critican la Renta Básica “porque dar dinero a la gente a cambio de nada y sin que hayan hecho nada por merecerlo es incentivar la vagancia y la molicie”).

 

Que esta gente pida poder heredar limpios de polvo y paja los tres pisos de la rica y soltera tía Gertrudis sin más mérito que reírle la gracia a la misma anécdota durante cuarenta años de comidas navideñas en familia no implica que esta gente esté contando las horas para que la tía Gertrudis hinque de una vez el pico, la muy japuta, que ya me está jodiendo con su longevidad, ni que fuese de Podemos, y si se lo deja a las monjas te puto juro que meo en su tumba, ¡que me va a obligar a trabajar y todo!

 

Julia Friedrichs es una reportera alemana especializada en temas sociales, y en este libro se dedica a investigar el tema de las herencias. No sé si los detractores del impuesto ya han sacado el sambenito de “en Alemania no se paga y no pasa nada”, pero precisamente de eso va este libro: de que en Alemania, efectivamente, este impuesto es bastante bajo, y que, sorpresa, sí que pasa algo: notoriamente, una sociedad muy desigual, con poca permeabilidad social, y que cada vez va a peor. Un asunto que a Friedrichs le llamó la atención cuando sus amigos y la gente de su generación (que es, mahomenoh, la mía) empezaban a casarse/tener hijos/adquirir pisos. Personas que hasta entonces eran muy parecidas, con el mismo trabajo o con un talento similar, de pronto tenían opciones vitales muy distintas según si los padres tenían dinero o no, algo que ya es motivo de chanza en ciertos círculos [5]. Grietas invisibles se abrían en grupos hasta entonces homogéneos, y Friedrichs decidió investigar esta realidad que fracturaba su entorno social (formado, intuimos, por clase-media-currando-en-cosas-culturetas, es decir, gente bien de izquierdas pero sin pasarse). Por una parte entrevistando a herederos de todo tipo y calaña, para darle un rostro humano a la cosa; por otro, analizando algunos de los (escasos) trabajos sobre la riqueza publicados. Choca (o no tanto) que en un país donde se tienen tantos datos sobre los pobres, haya tan pocos datos sobre los ricos. Y consecuentemente, tampoco hay debate, pues ¿cómo va a haberlo, sin DATOS? Los datos que aporta, en todo caso, son de Alemania, pero los planteamientos básicos se pueden aplicar sin problemas a España (sustituyendo el lenguaje académico por onomatopeyas, claro):

 

“La diferencia entre pobres y ricos se decide mayormente en la lotería de espermatozoides”, concluye Jens Berger en ¿A quien le pertenece Alemania?. “Aunque esto se ignore en el debate público: las fortunas, por norma general, no se ahorran o ganan, sino que se heredan.” Y Jens Beckert […] escribe: “la institución de la herencia de fortunas es un factor central para la reproducción intergeneracional de la desigualdad social.”

 

A la desigualdad generada por las herencias se suma luego el “mercado marital”: en porcentajes cercanos al 80%, los ricos se casan con ricos, pobres con pobres, nobleza con nobleza, y clase obrera con clase obrera. Y cuando más ricos son los ricos más cerrados son sus círculos sociales. Es decir, que el paso del tiempo y las generaciones tiende a concentrar el dinero cada vez más.

 

Esto en mi pueblo lo describen muy gráficamente como “el diablo siempre caga sobre el estercolero más grande”.

 

Es decir, Friedrichs está haciendo una versión blandita y digestiva de Thomas Piketty y su Capital en el Siglo XXI [6]: en perspectiva histórica, la desigualdad creciente parece una constante, y solo parece interrumpirse con alguna guerra/hiperinflación (alternativamente, una epidemia o una tecnología realmente disruptiva). Como de ambos Alemania ha estado bien servida durante la primera mitad del siglo XX, hacia 1950 la cosa se había nivelado bastante. Y no bastante con eso, en 1952 una ley obligaba a los ricos que quedaban al pago de un impuesto solidario [7], que en el caso de los inmuebles podía llegar al 50% de su valor, pagables en 30 años. Por cosas como esa, y hasta 1980, Alemania y el resto del mundo vivieron algo que los economistas llaman la Gran Compresión [8] (y que desde aquí llamamos los Happy Days Que No Volverán), con fuerte reducción de la desigualdad.

Al mismo tiempo, y aprovechando el largo periodo de paz, se fueron creando y acumulando grandes fortunas. Porque verán, Alemania está llena de pequeñas ciudades, de 50.000 habitantes o menos, que las ves y te crees que ahí no hay nada más allá de Fachwerkhäuser [9] bien cuidados, hegemonías de la CDU para un siglo, nieve en invierno y calles muertas a partir de las 20:00. Vamos, Castilla y León gestionado por germanos. Pero luego en algún feo polígono industrial de las afueras, en alguna nave poco aparente, hay una empresa, generalmente familiar, que resulta ser líder mundial en la fabricación de alguna pieza/componente tan cotidiano o absurdo que nunca te has planteado de donde viene. Pues viene de aquí [10], se fabrica con abundante tecnología, y se exporta a todo el mundo con pingües beneficios. El famoso Mittelstand industrial alemán (Mittelstand [11] es el tótem favorito de los economistas mainstream germanos, es como cuando aquí hablan de “las PYMES, fuente y causa de toda riqueza y prosperidad”), a cuya vera han crecido enormes fortunas. Ahora que la generación de la posguerra alemana va cumpliendo años, se acerca un verdadero tsunami de herencias que va a cimentar la desigualdad social en Alemania. Y mientras tanto, anota Friedrichs (que al parecer conoce bastantes ejemplares en persona), los ricachones de Hildesheim, Sigmaringen, Lübeck y otros villorrios similares les subvencionan a sus hijos las aventuras como escritores, actores o “hemprendedores” en Stuttgart, Munich o Berlin, donde lo primero que hacen dichos hijos es contarle a todo el mundo lo aburrido que es el villorrio del que vienen, lo opresiva que resulta la familia, y lo bien que está la gran ciudad desde su ático supercuqui.

 

El PIB español en cuatro años

Cada año se heredan en Alemania inmensas fortunas. Unos 250.000 millones de euros, calcula Friedrichs. Es decir, que cada legislatura los alemanes pueden comprarse España entera con lo heredado. Friedrichs le pone rostro humano a esta cifra con entrevistas, porque con las estadísticas no le saldría mucho más que un ensayo apañadito y no un libro que vender a 9,99€ para Kindle [12]. Están todos: el músico que gana un sueldo decente pero sin pasarse, pero que vive en una urbanización fetén gracias a la ayuda paterna (un tío simpático que dice literalmente “no me he ganado/merecido esta casa”). Un cacique industrial, casi un rey sin corona en su pequeño pueblo de 12000 habitantes, virulentamente opuesto a cualquier fiscalidad sobre las herencias (reconozco que este es mi favorito, porque no se salta ni un tópico del “patriarca benévolo” y porque posee un cementerio privado con seis tumbas ya trazadas: para él, para su mujer, y para las dos hijas con los futuros yernos, cuya primera visita al pueblo seguro que resulta llena de sorpresas). La investigadora científica a la que los padres le plantaron medio millón de lerus en la cuenta cuando cumplió los 18, y que a los 40 aún no los ha tocado. La artista que se asquea tanto ante las peleas familiares por la herencia millonaria del abuelo que se conformaría con 50.000. Una pelea entre hermanos por una casa que consume un pequeño patrimonio (y que acaba con uno de ellos planteándose hacerse asesor para herederos). El heredero muy rico y muy gilipollas. El rico empresario que -¡aleluya, un idealista!- no quiere dejarles nada a sus hijos y prefiere montar una fundación. El pudiente bróker que cae en el alcoholismo y al que en el demente otoño de su vida le salen amigos, amantes y parientes hasta debajo de las piedras, en la “triste versión provinciana” de una de las peleas hereditarias más gordas ever, la de Howard Marshall II [13], entre su última mujer -una playmate 62 años más joven- y su hijo, ambos muertos antes del fin del juicio. Albaceas testamentarios. Y el gran clásico: asesinatos para lograr una herencia (muchos de ellos nunca salen a la luz porque el finado ya estaba viejo y con un pie en la caja, pero algunos calculan en unos 1000 al año los casos donde hay un empujoncito adicional).

A uno de esos asesinos condenados (pero no confeso) Friedrichs le visita en la cárcel de Straubing – buen momento para recordar que Straubing fue atacada en 1704 como parte de la Guerra de Sucesión Española (en alemán Spanischer Erbfolgekrieg, “guerra de herencia y sucesión española”). El hombre asegura no haber matado a su tía, pero describe minuciosamente como la tía iba controlando cada detalle de su vida, desde su novia hasta sus horarios y su corte de pelo, en plan “conviértete exactamente en lo que yo quiero que seas, o adiós herencia”. La verdad, a la vista de algunos de estos casos se podría justificar un fuerte impuesto de herencias simplemente por la salud mental de la generación heredera.

 

El que deja herencia deja pendencia.

 

Entrando en consideraciones culturales, según Friedrichs, en Alemania parece estar mal visto enriquecerse: se ve que sufren de la misma locura comunistoide que España. En cambio, y al igual que aquí, se considera perfectamente respetable, -es más, ¡ejemplar!- dejar riquezas a la familia. Curiosamente, en Estados Unidos la mentalidad es justo la inversa: hacerse rico es un mérito, morirse rico motivo de vergüenza. En su idealismo, los americanos creen que las herencias distorsionan el sueño americano, y varios ricos se han adherido a la “Giving Pledge” [14]: una promesa de donar el dinero, antes que dejárselo a sus hijos.

Con lo que volvemos a las fundaciones. Examinando la fundación del rico empresario que –“¡Aleluya, un idealista!”, ¿recuerdan?- no iba a dejar nada a sus hijos, Friedrichs descubre que la fundación parece existir mayormente sobre el papel, y que los miembros del consejo de administración son el empresario… y un hijo suyo. Y si solo fuera eso tendría un pase, pero en Alemania las fundaciones reciben generosas exenciones fiscales y subvenciones (más que las donaciones a las ONG’s, de hecho), mientras su comportamiento interno es más opaco que las cuentas del PP. Vamos, que lo de “devolver a la sociedad” es solo una tapadera para operar por debajo del radar fiscal y al servicio de los hobbies, obsesiones y caprichos de los ricachones. Que los tenemos todos y no pasa nada, hoygan: si yo pudiese decidir qué se hace con el dinero que devuelvo a la sociedad, pondría mucha pasta en sanidad y educación públicas, crearía un programa espacial español para poner robots en la Luna, pagaría a tocateja la transición a una economía de hidrógeno [15], y si sobra algo que se lo queden los Parques Nacionales. En cambio, lo de mantener a Borbones, salvar bancos o pagar religiosamente pensiones que el 95% de los miembros de mi generación no veremos ni en pintura y cosas similares, como que no. Pero comprendo, o al menos acepto, que sobre esto no decido yo, sino un Parlamento que está pensado para representar los intereses de todos, y donde se negocian compromisos. Las fundaciones, en cambio, son la forma del rico [16] de decir “esto lo decido yo solito”. Y la sociedad encima dando palmas.

Es decir, y en el caso de España, que lo de Amancio Ortega hay que mirarlo con lupa. Y esto no es tanto por el origen de su fortuna, que es legal (legal dentro de un sistema capitalista que permite unas relaciones de poder que conllevan una explotación que bla bla bla, y llegados a este punto les remitimos a la sección de comentarios de cualquier artículo de LPD, ya trate sobre fútbol [17], presidentes americanos [18] o series de Antena 3 [19] para una discusión pormenor del asunto, de la que por tanto prescindimos aquí), y se supone que en este sistema estamos a favor de que la gente pueda disfrutar de los frutos de su trabajo, para así estimularlo. Y si Amancio Ortega vive mil años más, pues que durante mil años disfrute. Ahora: una vez que haya devuelto la cuchara, ¿cómo se justifica que vayamos a dejar toda su fortuna en manos de personas cuya contribución a crearla ha sido entre pequeña y nula? ¿Qué es esto, una sociedad feudal? No, algo peor: en una sociedad feudal había que ser lo bastante competente para recibir el feudo, eso se decidía en cada generación. Aquí ni eso.

 

Desde la mano caliente

Muchas herencias se adelantan (o como dicen allí: “herencias de mano caliente”), con donaciones en vida o inversiones, generalmente en forma de pisos.  Y con amplios privilegios [20]: hasta 400.000€ pueden legarse sin coste – por progenitor y en diez años. Eso son 80.000 al año, o 1.600.000 para cuando el niño cumple 20 años – limpios de polvo y paja. Compárese con lo que pagaría alguien con un sueldo de 80.000.

Otra forma es invirtiendo en la educación, donde “educación” es un eufemismo para “meter a tu hijo en los círculos de los ricachones de toda la vida y que vaya haciendo networking”. Ha surgido un negocio enorme en internados y colegios privados de 30.000€ anuales y más. En vez de dejarles 100.000€ a los hijos y que el estado se lleve su parte, los invertimos en una educación elitista y, según circunstancias, puede que el estado hasta subvencione el engendro. La verdad es que esta parte del libro tiene poco que ver con las herencias y parece puesto de relleno (y además tengo la impresión de que esas escuelas a lo Hogwarts y con hiedra en la fachada son un camelo), pero vale la pena por las declaraciones de una “facilitadora” de tales servicios:

 

“mis clientes ven que los tiempos han cambiado. Entienden que lo mejor que se puede hacer es invertir en la educación de los hijos. El banco ya no te da intereses, y tampoco puedes estar acumulando pisos hasta el infinito.” Se ríe. “Mejor invertir en la educación de sus hijos. Así es como las familias con ingresos razonables se preocupan por sus hijos. Intentan transmitir con sentido lo que han conseguido con su trabajo.”

 

Por cómo presenta cosas como estas, a veces parece que Friedrichs, a sus treintaytantos, está descubriendo la sociedad de clases. Cuando entrevista al heredero de la saga Neckermann [21], este parece ser lo bastante listo como para hablar mucho de “responsabilidad social”, “sostenibilidad” y otros perroflautismos corporativos con que nos camela el capitalismo del siglo XXI, pero luego Friedrichs le acompaña a una fiesta de ricachones en el sur de Alemania, y cuando estos están entre ellos y se sueltan, caen cuñadeces varias sobre “los pobres” y lindos ripios como “qué hago yo en Indonesia/mientras el polaco está en Silesia”. Pero en vez de llamar a esto por su nombre –sociedad de clases y/o fascismo-, Friedrichs se pone errejonista y opta por poner uno nuevo, a ver si así se estimula un debate al margen de las habituales trincheras ideológicas: Sociedad de Herederos.

 

Otra Sociedad de Herederos, solo que basada en heredar genes rubios y no fortunas.

 

¿Cómo será la sociedad del futuro si estas tendencias persisten? El libro echa un vistazo a Japón, como el país más avanzado en esto de la gerontocracia y la Sociedad de los Herederos. Allí todas estas tendencias son incluso más fuertes que en Europa, el sistema político-electoral [22] da aún más poder a los sectores rurales envejecidos, y el respeto a los mayores alcanza niveles estratosféricos. Con este poder, las generaciones mayores han convertido a los jóvenes en una especie de gatos de angora, gordos, relucientes e inútiles, que adornan el sofá de los viejos [23] hasta que estos se mueran, y así los jóvenes –que para entonces podrán tener entre 50 y 60- puedan al fin emanciparse. Y también allí la juventud ha tomado la -¿quizás?- única salida no-violenta: la objeción de conciencia. Una objeción de conciencia ante la vida misma, consistente en renunciar a todo [24]: al esfuerzo, al consumismo, a los estudios, a un trabajo tradicional, a pagar a la seguridad social, a la reproducción… ¡incluso al sexo [25]! Es la forma más clara de decirles a los pollaviejas que ese mundo perfecto que creen haber creado no merece ser vivido. Quizás es eso lo que nos espera aquí, pasados unos años. Quizás está pasando ya [26] (aunque sin renunciar al sexo, claro, ¡que no tenemos la firmeza de los japoneses!).

Friedrichs concluye su libro con un epílogo, posterior a la primera edición, en el que cuenta que ha recibido tanto críticas como alabanzas. Alabanzas curiosamente sobre todo de herederos, que a veces sienten que la herencia que reciben les da una ventaja injusta y se alegran de que alguien lo haya tematizado, y críticas sobre todo por parte de personas mayores que van a dejar una herencia, y que consideran que solo porque los padres de Friedrichs no han hecho nada en la vida ella no tiene derecho a tomar lo de otros. Se ve que no se han tomado demasiado bien el que Friedrichs les llame Woopies (well-off older person). O quizás es que proyectan su declinante sexualidad en su patrimonio financiero a modo de compensación.

 

Valoración

En conjunto, el libro no deja de ser una educada pataleta contra los Baby-Boomers, el equivalente alemán [27] de la generación T [28] (aunque sin el tufillo de “nosotros os trajimos la democracia, putos millenials, así que ya estáis chupándonos la polla”, con que nos deleitan a veces por aquí), centrado en el asunto de las herencias, y adornado con “historias humanas” para que esto no parezca una reedición de la Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel [29]. Siento que este post resulte un poco vago y deshilachado, pero es que el libro entero lo es, saltando de una cosa a otra.

 

“Crítica de la Filosofía del Derecho de Hegel del siglo XXI” también habría molado como título.

 

Lo que no quita que los temas tratados sean reales y preocupantes. Friedrichs hace un repaso al país, a su cultura, y a su actitud ante el porvenir, y se te tiene que caer el alma al suelo. Un país situado en una posición inmejorable, económica y políticamente, para cambiar las cosas, para abrazar un proyecto de futuro, para transformarse y transformar el continente, está política- y culturalmente preso de una generación de Woopies [30] cuya emoción primaria ante todo es el miedo, y cuya reacción a todo es refugiarse en un conservadurismo sentimental de “que todo siga como cuando yo era joven”. No a los inmigrantes (en un país con una tasa de natalidad de 1.5 hijos por mujer). No a la Energiewende. No al euro (pequeña aclaración: por mor del euro, Alemania tiene una moneda artificialmente devaluada que le permite petarlo con las exportaciones, pero que devalúa ligeramente los patrimonios de los woopies, mientras en España y por lo mismo tenemos una moneda artificialmente revaluada que nos obliga a recortar y bajar sueldos pero que ha mantenido intacto el chiringuito rentista, razón por la que nuestros woopies sacan los pompones ante el invento). No a cualquier cambio, que vivimos en la mejor de las sociedades posibles.

Y los mayores siempre han sido así… pero el tsunami de herencias y la desigualdad generacional, la Sociedad de Herederos, le ha dado a la generación actual un poder descomunal para fijar la agenda. Y no hay mucha esperanza, como detecta Friedrichs tras entrevistarse con líderes de los principales partidos: los Verdes se nutren de herederos de izquierdas. De la FDP ni hablamos (pero cantamos [31]). La mitad de los militantes de CDU/SPD tienen 60 o más. Ídem los votantes de Die Linke. En unos pocos años, los mayores de 60 serán directamente la mitad de los votantes. Y todos esos mayores saben que su poder se deriva directa o indirectamente de las herencias y de cómo está montado el tinglado. Así que meine lieben LPDianer: perded toda esperanza de que algo cambie en las elecciones alemanas del 24 de septiembre.

Adiós a cualquier cambio interno en una o dos generaciones, por mucho que Friedrichs (que lo acepta con un lapidario “la Sociedad de los Herederos va a venir”) haga un llamamiento a reflexionar y a ver si entre todos podemos aminorar un poquito el impacto. Se ve que en un par de generaciones habremos vuelto al siglo XVIII, y la vida de nuestros nietos dependerá casi exclusivamente de una herencia o una boda provechosa… salvo que la Historia rompa la baraja. Susto o muerte. Aviados vamos.