Altes Geld (2014)

“El amor es para la clase media”

¿Qué podemos decir de Austria? Pues que es el reverso tenebroso de Prusia, y con eso ya lo hemos dicho todo. Prusia es pobre y austera, Austria es abundancia y derroche; Prusia es cerveza, arenques marinados y lentejas con nabos, Austria es vino y filetes empanados; Prusia es calvinismo-luteranismo con libertad de conciencia, Austria es integrismo católico en tarta de chocolate; Prusia es marchas militares, Austria es valses y más valses; Prusia es modesta, Austria es pija; Prusia nos dio sus virtudes, Austria nos dio sus síndromes; Prusia es clasicismo y líneas claras, Austria es barroco sobrecargado; Prusia es Angela Merkel, Austria es Jörg Haider; Prusia vio nacer a Karl Marx, Austria a la Escuela Austriaca; Prusia es lacónica, Austria habla una variante del alemán que solo se puede calificar de decadente; Prusia es Federico el Grande, Austria es seis siglos de habsburgos endogámicos; Prusia nos dio a Immanuel Kant, Austria nos dio a Hitler (y a un montón de entusiastas nazis, lo que no quita que ahora vayan por la vida con el eslogan “Primera Víctima” y tal); Prusia es seriedad, Austria es una fiesta continua. En un arranque de patriotismo marca España, podríamos decir que Prusia es la sublimación de lo mejor de España, mientras Austria es la sublimación de lo peor de España.

 

Una ilustrativa anécdota de la relación pruso/austriaca: al empezar la Primera Guerra Mundial, los prusianos les comunican a sus aliados austriacos que la situación en el frente occidental “es seria, pero no desesperada”, a lo que los austriacos responden que en el frente oriental la situación “es desesperada, pero no seria”.

 

No obstante, algo bueno sí se le puede conceder a Austria. Y es que ese ambiente de derroche y decadencia suele generar buen arte y grandes artistas, pues esa es precisamente  la primera marca de la decadencia: cuando te empieza a preocupar más el arte que el armamento. Tras el ascenso Unga-unga-unga-echarle-huevos de una civilización joven y con hambre, llegan las generaciones lloricas con sobrepeso y diabetes. Lo que podríamos llamar, en términos pop, la transición de Arturo-Pérez Reverte a Lucía Etxebarría. Algunas civilizaciones logran meter a un Homero, un Dante o un Shakespeare entre ambos. Austria en cambio se fue por lo melomaníaco: Mozart, Haydn, Schubert, Beethoven por un tiempo, Brahms, Mahler o los EAV (con la significativa ausencia de Bach, ante cuya claridad musical los barrocos austriacos se habrían sentido incómodos, pero cuya magia cerebral tenía enamorado al Viejo Fritz). Y también produjo intelectuales expertos en eso de la decadencia y los abismos internos a los que se asoman las civilizaciones que ya han rebasado su pico. Solo Austria, con su complejo de inferioridad mal llevado, sus obsesiones anales y su complejo de Edipo, podía parir a Sigmund Freud (y es una pena que el hombre muriera en 1939, porque desde entonces los austriacos han sumado otro complejo de culpa no asumido con el nazismo, y un humillante 9-0 ante España que yo tuve el gran placer de ver en la televisión austriaca y que constituye uno de los mayores placeres que me ha dado la Roja). Austria, en ese sentido, es el canario en la mina civilizatoria europea, donde las vetas más prometedoras ya estarían agotadas y solo queda esperar que la mina se derrumbe sobre nuestras cabezas. Pero mientras tanto, esta habilidad para convertir la decadencia moral en tesoro cultural ha saltado a la pequeña pantalla, y la televisión pública austriaca se complace en traernos esta excelente serie en ocho actos de comedia negra (y bautizada con mucho acierto como “Dinero Viejo”), mostrando la senda de la decadencia de Occidente, por donde marcha Austria como alumno aventajado.

 

Al abismo, pero con “Fiaker” y estilo.

 

La premisa de la serie te la exponen muy rápido: Rolf Rauchensteiner, muchimillonario anciano y podrido de pasta, ha contraído sendas hepatitis B y D, y su médico le da un año de vida… salvo que logre un trasplante de hígado. La primera reacción de Rauchensteiner es el sistema público de salud, donde intenta sobornar al Jefe de Trasplantes Tscheppe. Tscheppe graba la conversación y le anuncia alegremente que le va a poner al final del todo de la lista y que se vaya al carajo con sus millones. Intentada la vía pública, Rauchensteiner finalmente tiene que tirar de recursos, y anuncia a sus hijos (una panda de freaks desequilibrados que han vivido desde siempre del dinero de papuchi) y allegados (descripción véase hijos pero sin el dinero) que quien le consiga un hígado heredará su fortuna. Oferta que pone en marcha los más abyectos instintos de todos.

 

Decadentes

Rolf Rauchensteiner: muchimillonario y patriarca de una familia donde la codicia ha sustituido al amor. Curiosamente, el símbolo de la decadencia austriaca lo interpreta un actor alemán. Hijo de un viejo nazi y de una judía, siempre se distanció de su padre (pero no del dinero de su padre, hoygan, que son dos cosas distintas) y está acostumbrado a salirse con la suya. Poéticamente, estamos ante una metáfora de Occidente: viejo y decrépito, lo que le sobra en dinero le falta en espiritualidad, ideales, valores y todo eso. Pero Rauchensteiner no se da cuenta de todo esto: ya solo aspira a una ancianidad con más o menos salud. Como no puede ser de otra forma, conseguirá un órgano, concretamente de una mujer inmigrante y musulmana. Eurabia se convierte en una realidad desde el interior.

Liane Rauchensteiner: segunda esposa de Rolf (modelo “madurita que hace lo imposible para mantener tipito y encantos, pero a la que se ya le saltan las costuras de tanto remache”), al que afirma cuidar como fiel esposa, mientras maquina para quedárselo todo: progresivamente nos enteramos de que tiene un lío con su hijastro Zeno y otro con el médico de la familia, al que convenció para inocularle la hepatitis a Rolf.

Zeno Rauchensteiner: hijo del primer matrimonio de Rolf. Esa es su ocupación, al parecer: ser “hijo de” (aunque en intelecto y apariencia, su rol es más bien el de übercuñado). Vive con su pareja en un loft muy cuqui en la parte antigua de Viena, donde se odian cordialmente entre los perros amaestrados de ella. Con su prominente panza cervecera, signo de una decadencia prematura (ni siquiera puede hacer una donación parcial de su hígado por tenerlo graso), Zeno representa al rentista definitivo: uno que ni siquiera se lo ha currado para obtener su capital, sino que solo espera heredarlo sin hacer nada a cambio. Entre tanto, Zeno se va puliendo su asignación en otro vicio: el juego. Pero no el póker, la ruleta, el cinquillo u otros juegos de Onvres como los que solía producir Occidente durante su ascenso, sino… el Backgammon. Tanta es su perdición por el juego, que en una ida de olla se apuesta su hígado en una partida con la idea de ganar uno para su padre.

 

Cuñado a punto de iluminarnos.

 

Jakob Rauchensteiner: hijo de Rolf y Liane, odia intensamente a su padre y lo que más le horroriza en el mundo es ser como él. Pese a sus aires de ser mejor persona que su padre y preocuparse por los demás, luego nos enteramos de que hace dos años atropelló borracho a una mujer y se dio a la fuga. Trabaja para una ONG en África con su novia, a la que tiene frito con su obsesión por el sexo anal. Aunque Freud tiene muchas cosas que decir sobre la fijación anal, cuando nos acabamos enterando de sus razones estas son más bien prácticas: una relación incestuosa con su hermana Jana, que sexualmente se materializaba en relaciones anales para no dejarla embarazada. Cuando vuelve a verla con motivo de la cercana muerte del padre, lo celebran con un polvo convencional que culmina en embarazo. Aunque así parece asegurarse la próxima generación de Rauchensteiners, Jakob se muestra digno sucesor de su padre mezclándole a Jana un abortivo en la dronja. También le conseguirá un hígado a su padre, concretamente de la mujer musulmana a la que atropelló dos años antes. Aunque él no lo sabe, es la viva encarnación del Übermensch nietzscheano: amoral, dominante, sustituye al Dios muerto con su persona. Y no lo sabe porque como todo decadente no se toma la molestia de leer a los grandes pensadores de su civilización; tiene que ser una musulmana con chador la que introduzca el concepto en la serie y le emplace a leer a Nietzsche.

Jana Rauchensteiner: hermana de Jakob con tendencias suicidas, en gran medida porque su padre apartó a Jakob de su lado. Ella ha llevado el desprecio de los Rauchensteiner por los meros mortales a cotas supremas. Todo le da igual, salvo el culo de su hermano.

 

Lo que en Juego de Tronos es una exaltación de la alegría de vivir y el amor entre hermanos, ha devenido en esto.

 

Hilde Katzenberg: hermana de Rolf Rauchensteiner. Hermana por parte de madre, ya que su padre no fue el viejo nazi Rauchensteiner sino un amante judío de la madre al que Rauchensteiner senior mandó a un campo de concentración. Posteriormente, muerto el amante judío, Rauchensteiner senior mandó fabricar unos guantes de cuero con su piel y se los regaló a la madre el día de su boda. Guantes que siguen en posesión de la familia y con los que Jana y Jakob hacen algunas travesuras en la cama. Por cosillas como esa, la hermana Hilde ha renunciado al apellido Rauchensteiner, al dinero, e incluso a hablar en la Tätersprache.

Herwig Brunner: el consigliere de Rolf Rauchensteiner. Tiene una familia de libro, con dos hijas preciosas y una esposa amantísima… a la que le miente sobre su trabajo, diciéndole en cambio que trabaja en una tienda de globos terráqueos. Su motivación secreta, para variar, no es sexual sino una venganza: su padre se suicidó debido a un maneje fraudulento de Rauchensteiner, y Brunner pretende exponerle. Al final, Rauchensteiner le revela que su padre realmente se suicidó por homosexual encubierto/reprimido. En la decadencia, todo vuelve al sexo.

 

Tengan en cuenta que esta serie tiene lugar en Viena y Freud juega en casa.

 

Tscheppe: político a cargo de las listas de espera de trasplantes, y único personaje más o menos moral (es decir, que aparentemente no está en venta), al menos al principio, de la historia. Milita en Los Verdes, el último intento de Occidente de perseguir un ideal que fuese más allá de llenarse los bolsillos. Pero las esperanzas que pudiésemos poner en ellos como redentores de nuestra civilización pronto se derrumban como un castillo de naipes, pues el partido se niega a acompañar a Tscheppe en su enfrentamiento con Rauchensteiner y su clientela política. En otro giro poco sorprendente, él reconoce ser budista. Mensaje claro: ya no hay salvación dentro de la tradición judeo-cristiana, base de Occidente. Y al final de la serie nos damos cuenta de que en el budismo como que tampoco.

Kralicek: jefe de seguridad de Rauchensteiner, y heredero por tanto de las gloriosas tradiciones marciales de Occidente. Gloriosas tradiciones que se convierten en un patético chiste de la mano de Kralicek, que está un pelín fondón, y al que incluso un budista-pacifista como Tscheppe logra fácilmente derrotar. Es decir, estamos ante el militarismo en versión opera buffa. O en otras palabras: protofascismo que intenta detener la decadencia civilizatoria sin darse cuenta de que no hace otra cosa que acelerarla.

Kerstin Bachmann: la novia de ONG de Jakob. Se supone que es suiza (cosa que nos intentan colar con una actriz alemana de Sajonia sin traza de acento suizo), lo que tanto en el enfrentamiento prusiano-austriaco como en la Götterdämmerung histórica de Occidente la relega a espectadora de lujo. Y eso es debido a que Suiza desde 1648 aproximadamente carece de Historia digna de tal nombre, y desde 1815 –Congreso de Viena mediante- de cualquier imbricación en la civilización occidental. Europa puede hundirse, la UE disolverse, la OTAN perder una guerra… ellos seguirán allí, a lo suyo. Algo que Suiza lleva con mucha dignidad, como una persona a la que le hubiesen extirpado el apéndice y el bazo, y por lo que más de un país se daría con un canto en los dientes. Total, que Kerstin debería contentarse con ser la única persona sensata en este mundo de locos, pero abandona su papel de estricta neutralidad para luchar por a) su novio y b) la fortuna de Rauchensteiner, con la idea de usarla para hacer el bien en África. El punto b) la llevará a buscar un hígado mediante sus contactos africanos, mientras el punto a) la enemista con Jana, quien alegará que el culo de Jacob es suyo y se tomará una venganza que mostrará todo lo podrido que se oculta en la Austria rural. Las esperanzas conservadoras de salvar a Occidente lejos de las decadentes urbes, también expuestas como fraude.

Martin: amigo de Jana. Es decir, amigo de Facebook, y que la salva de un aparente intento de suicidio. Mucha casualidad que justo pasase por ahí, pensamos todos, y efectivamente: el hombre es policía e intenta infiltrarse en la organización de Rauchensteiner para entrullarle. Pero la policía tampoco nos salvará. Jana, que ve perfectamente lo que él es, juega con él como un gato con un ratón, con la confianza de quien sabe que nunca tendrá que rendir cuentas por sus actos. Y cuando Martin pierde a su compañero y parece que va a iniciar una vendetta por su cuenta… le asignan una compañera cañón y se le olvida todo.

Alcalde: alcalde de Viena y viejo amigo de Rauchensteiner, a cuya fortuna ha contribuido con algún tejemaneje inmobiliario. Tiene algún tipo de alianza con los Verdes e incluso en algún momento alguien le llama “camarada”, así que suponemos que es socialista (como por otra parte todos los alcaldes de Viena de los últimos 100 años excluyendo dictaduras; es casi un chiste en Austria que el alcalde de Viena tiene que ser siempre socialista). Su decadencia se expresa en contratar a prostitutas para que le hagan felaciones disfrazados de su difunta mujer. Por lo demás, es un típico apparatchik: antes muerto que dimitido.

Doctor Schober: el médico personal de Rauchensteiner, el que le diagnostica la hepatitis. Como dijimos, tiene un lío con Liane, y es quien le inocula la hepatitis a Rolf. Viendo que el hombre no debe cobrar poco y vive bastante bien, nos preguntamos por qué corre ese riesgo, y asumimos que es porque está harto de su vida y de su mujer, que tartamudea a consecuencia de un accidente de coche. El tartamudeo se le pasará cuando pille a su marido con Liane.

El Comandante: el capo mafioso con el que Zeno se ha endeudado hasta las cejas (o mejor dicho hasta el hígado). Su mímica imita a la de los leones de la sabana, en un chiste recurrente de la serie. Tiene un club donde despluma a niños ricos jugando al Backgammon, y luego dona ese dinero a la beneficencia.

 

Una fuerza del bien.

 

Tania: la novia/esposa/compañera sentimental de Zeno. Una wannabe pija encantada con el alto nivel de vida que le ofrece Zeno, con el que olvidar sus orígenes humildes y ligeramente al margen de la ley. También, su origen extranjero: Tania es serbia, como su hermano Rasko, un criminal convicto por asesinato (asesinato que realmente cometió Tania)… y al que no puedo evitar ver un parecido con Gavrilo Princip – ¡una vez más, Serbia como punta del martillo que machaca la porcelana austriaca! Pero en vez de triunfar sobre la decadencia austriaca, se unen a ella participando en la búsqueda de un hígado para Rauchensteiner. Occidente no solo se corrompe a si mismo, sino que arrastra consigo a los demás.

Ferry: amigo de Tania y cuidador de sus perros. Por una vez y sin que sirva de precedente, aquí hay una relación “normal”, en la que no están liados ni acuchillándose. Físicamente es clavado a Santiago Segura pero con acento austriaco, y dará una de las sorpresas agradables de la serie, devolviéndonos un poquito de fe en el ser humano como ente capaz de amar y sacrificarse.

 

Valoración

“Arte sin arrogancia es solo artesanía”, nos dice un artista de refilón en la serie. Aceptando esta máxima, podemos decir que Altes Geld no es arte, pero si artesanía superlativa, porque no nos sermonea sino que nos presenta a sus personajes con un toque de simpatía y savoir vivre sureño (desde Berlín y casi toda Alemania, Viena es “el cálido Sur”), títeres sin voluntad en una obra llamada Decadencia Civilizacional. En justicia, son Punks aristocráticos: su credo es el “No Future”, pero cantado desde la absurda exuberancia de sus pisazos de lujo y sus castillos en el campo. Una obra personal del realizador David Schalko (idea, guión, rodaje y producción), al que habrá que seguir de cerca, y que dirige magistralmente al conjunto de actores, usando a cada uno en su justa medida para lograr una obra memorable, con toques estéticos que a veces recuerdan al cine de Wes Anderson.

 

“Altes Geld” enseña un mundo donde el crimen ha sido elevado a razón de estado, donde la empatía se confunde con la debilidad, donde la perversión es la expresión final de la angustia interna, y donde se confunde la codicia con la voluntad. Nada le es sagrado a esta élite salvo su propia vida. Son incapaces de estar satisfechos con algo. Para no estrellarse en su propia insignificancia, crean histéricamente catástrofes. La moral es para la clase media. En suma, la comedia humana. Una comedia sin Dios.

(David Schalko)

 

Posibles migraciones transculturales

Rilke dejó escrito “Armut ist ein grosser Glanz aus Innen” (“la pobreza es un gran brillo desde el interior”). Una verdad poética, es decir, una mentira como la copa de un pino, pero que Prusia se podría bordar sin problemas en su bandera. Porque si algo define a la Alemania prusiana, al margen de lo militar, es el ser y sobre todo considerarse pobre, incluso cuando han logrado ser el país más rico de Europa. Algo que también funciona dentro del país, distinguiéndoles de los más vividores bávaros o de los algo afrancesados alemanes de la zona occidental. Por eso Prusia nunca sufrió la decadencia que sigue al esplendor como el cagar sigue al comer: porque los pobres no comen. En Prusia esta serie no tendría sentido. Y Estados Unidos civilizatoriamente aún no ha terminado de comer, aunque ya estén sentados en el trono de porcelana con la bandejita del McDonalds sobre las rodillas, por lo que la cadena ITV, que ha adquirido los derechos para ese país, va a tener que cambiar mucho la serie para que guste allí. Austria, en cambio, tras seiscientos años de buen comer a costa de los pueblos que viven entre Viena y los Cárpatos, está en plena execración de sus complejos y culpas. Solo en Austria ha sido posible una serie así. Por una vez, y sin que sirva de precedente: Dankeschön, Österreich.

 

Servus!

 


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  1. Comentario de Latro (02/05/2017 10:39):

    Lo de la falta de imbricación de los suizos en la “civilización occidental”, no se yo, porque andan ultimamente con un rollo muy oh my god inmigrantes no, que son sucios y nos corrompen.

    Claro que los sucios inmigrantes de los que despotrican a razón de megamural diciendo que les pisamos, somos principalmente nosotros los del Sur.

    Y esas peleas/coñas/estereotipos son tan … no se quien me dijo estando yo por ahi que los de ZURICH tenian fama de fiesteros y gente asi, “poco seria”. Lo cual, viniendo de España, evidentemente me dejo con cara de “tu estas de coña, no”, porque si esos eran los fiesteros los sobrios debian ser de un soso que activamente le quita el color y sabor a la vida en un radio de kilómetros…

  2. Comentario de emigrante (02/05/2017 15:11):

    Decía Billy Wilder (nacido en la parte polaca del Imperio Austro-Húngaro) “qué listos son los austriacos! Han hecho creer a todo el mundo que Hitler es alemán y Beethoven es austriaco”

    Eso es algo que le tengo que corregir, el músico sordo nació en Bonn, a la sazón capital de la RFA entre la posguerra y la reunificación.

    Y eso de que Marx es prusiano hay que cogerlo con pinzas. El padre del socialismo nació en Treveris, una ciudad tan católica como lo más profundo de Baviera de donde también es mi señora. Esta región pasó a ser parte de Prusia tras la derrota definitiva de Napoleon y siempre vieron a los prusianos como opresores. Venían de una tradición mucho más liberal y fue como pasar de la II República al franquismo. Los trajes típicos de carnaval que todavía se lucen en Colonia, Dusseldorf o Maguncia son una sátira del uniforme de los soldados prusianos de entonces.

    Y es que el valle del Rhin constituye el tercer polo del mundo germánico donde se junta lo mejor de los otros dos además de la influencia francesa. Más vino que cerveza y más católicos que protestantes pero también carnaval, mucho carnaval. Además de los dos anteriores, esta región ha parido a Goethe (Frankfurt) y Schiller (Mainz), lo más de la literatura en alemán. Romanticismo y racionalismo a partes iguales. Mientras Prusia y Austria eran enemigos de Napoleon en el Rihn lo recibieron con los brazos abiertos y Beethoven incluso le dedicó una de sus sinfonías.

  3. Comentario de asertus (02/05/2017 15:38):

    Prusia es Castilla la Vieja, Austria es Valencia con las fallas :D

  4. Comentario de emigrante (02/05/2017 16:00):

    #3, interessante comparación. Siguiendo el juego me atevería a decir que Baviera sería una mezcla de Andalucía y Catalunya. Si lo más tipical spanish es el flamenco y todo lo que huela a andaluz lo que el turista conoce de Alemania es Baviera: cerveza, Oktoberfest y pantalones de cuero. Al mismo tiempo es la región más rica y separatista de Alemania.

    Rhenania sería Euskal Herria: industria+Sanfermines. El equilibrio perfecto entre la austeridad prusiana y el derroche austriaco se llama capitalismo renano.

  5. Comentario de Pablo Ortega (02/05/2017 16:52):

    Si es por el juego que mencionan, debería usted decir lo que le pide el cuerpo, Jenal, que sé muy bien qué es: Prusia es lo que España quisiera ser, Austria es lo que en realidad es (que para algo España fue gobernada por los Habsburgo por dos siglos). Yo no estoy tan de acuerdo con esa visión, pero algo de cierto tiene.

    Pero honestamente, esa imagen de Prusia como un espíritu aún hoy poderoso, vivo y ejemplar… después de ver a la prusiana Merkel aceptando al millón de sirios esperando con eso aumentar la tasa de natalidad me parece a mí que no es muy cierta que digamos. Si Austria aún está digiriendo la pérdida del Imperio, no sé que se puede decir de una Alemania que sigue viviendo bajo la sombra del fantasma de los crímenes de Hitler.

    Y más aún cuando son precisamente las regiones que alguna vez fueron “la Prusia de toda la vida” las más deprimidas económicamente de Alemania Oriental.

    Aquí cuñadeando un poco, puedo decir que el hígado al final provenga de una musulmana inmigrante representa el mismo llamado de alerta de Pérez-Reverte: los jóvenes de Medio Oriente con ganas de vivir, sueños y ambiciones nos terminarán devorando sin que nos demos cuenta. Tanto dar vueltas para terminar elogiando una serie que dice lo mismo que el detestado Pérez-Reverte.

  6. Comentario de Lluís (02/05/2017 19:08):

    #5

    Para vd todo se reduce a la islamofobia, ¿no? Sepa que en su tiempo Prusia también recibía emigrantes, aunque sólo fuese porque, a más población, mayor ejército. La emigración aporta, mal que le pese a vd, incluso cuando usa turbante, y Alemania, desde los años 50, ha ido atrayendo emigrantes, ahora encontrará allí a turcos, rumanos, polacos,…
    Por cierto, no fue en Prusia donde el führer sacó sus mejores resultados electorales.

  7. Comentario de Pablo Ortega (02/05/2017 20:40):

    Yo no estoy hablando del mito del nazismo como una invención prusiana, sé bien que no es así y que en Prusia solía ganar el SPD. Yo lo que comento es la sensación de culpabilidad que aún hoy ahoga a la sociedad alemana (prusiana, bávara, palatina, del Hesse y hasta del Sarre si quiere) debido a los crímenes del nazismo.

    Lo demás son sus tonterías habituales.

  8. Comentario de keenan (02/05/2017 22:32):

    #7: Yo siempre he visto (desde fuera, y sin tener ni puta idea, vaya por delante) a la sociedad alemana como fuertemente gregaria. Creo que ahí estriba el pecado original del nazismo, y que eso no lo han sabido cambiar. Cuando aparece un lider fuerte y unificador, lo apoyan sin fisuras.

    En cuanto poner a caer de un burro a Austria, ¿que me dicen de Hungría? Porque si Austria era decadente, Hungría era lo siguiente. La primera intelectual, la segunda costumbrista hasta la naúsea, y con unos delirios de grandeza que ríase usted del caudillo. Y todavía siguen con nostalgía del imperio, del que para colmo se creían el centro.

  9. Comentario de Lluís (05/05/2017 07:54):

    #7

    Yo no creo que la sensación de culpabilidad esté presente en la sociedad alemana actual. Ni siquiera era omnipresente en 1946 (a caulquier alemán que le preguntasen, nazis había muy pocos, y en todo caso eran los demás, no él, aunque le hubiesen pillado un palet de esvásticas en el sótano). A muchos alemanes, lo que les fastidiaba en 1945-46 era que un bombardeo les hubiese dejado sin casa y que estuviesen pasando hambre y frío. ¿Dachau? No sabían nada.

    Le sugeriría algún libro sobre el tema, pero como no se habla de Venezuela o Bizancio ni se puede culpar de nada a musulmanes ni homosexuales, no creo que le interese. Por cierto, a los judíos, ¿los odia también? ¿O dejó de defender las cámaras de gas en el momento en que descubrió que el Mossad es una organización bastante eficiente y no destaca por su tolerancia ni su sentido del humor?

  10. Comentario de devilinside (05/05/2017 10:30):

    #7 ¿Sentimientos de culpa la sociedad alemana? Sr. Ortega, permítame que me ría, con todos mis respetos. Practicando un poco el cuñadismo, le diré que hace ocho añitos en la oficina de turismo de Munich la “agradable” teutona que estaba a cargo y no era precisamente una niñata me dijo que no sabía lo que era Dachau (está a unos 10 ó 12 km. de Munich, para su conocimiento, vamos que los días despejados podían ver el humo de las cámaras de cremación) y, finalmente y tras mucho insistir como buen rompepelotas que soy, me preguntó que para qué quería verlo, que si no tenía cosas mejores que hacer. No mejoró nada mi opinión previa sobre los bávaros, que antes ya era bastante mala tras haber estado en dos Oktoberfest (u Oktoberfesten, o como carajo lo digan en plural).
    Y en Austria es peor, allí suelen decir que no hubo nazis sino que todos los austriacos se opusieron a Hitler y el anchluss fue una ocupación militar no consentida. La conocida frase de Billy Wilder no es un chiste.

  11. Comentario de emigrante (05/05/2017 12:16):

    Por cierto, hablando de Napoleon y Marx, hoy 5 de mayo es el día que murió el primero y nació el segundo.

  12. Comentario de Pablo Ortega (05/05/2017 18:24):

    @Lluís: pero si yo soy todo lo contrario a lo que usted pregona. Soy un sionista confeso y orgulloso, aunque para su desgracia también soy partidario de la solución de los dos Estados. Ha de ser que no defendí a Israel lo suficiente aquí… o seguro es otro de sus trolleos para reírse a costa mía. Me da igual, francamente.

    Yo lo que le leí a gente como Hastings, Beevor, el que escribió “Continente salvaje” y así, sobre el sentimiento de culpabilidad alemana fue otra cosa a las cuñadeces que ustedes cuentan. Ha de ser que la fobia alemana a la bandera (y eso que esa es la bandera de los republicanos de Weimar y no la esvástica o el negro-blanco-rojo del káiser) es gratuita.

    En lo de Austria sí tienen razón, algo conozco de cómo se consideran la “primera víctima” y todo eso. Sin embargo, al césar lo que es del césar, la población austríaca pre-Anchsluss no era precisamente muy entusiasta de Hitler, más bien querían ver a los Habsburgo restaurados, pero eso se comenta muy poco. Ya otra cosa es que apenas los alemanes cruzaron la frontera los ánimos de pelear se esfumaron, como Francia y otras naciones tan anti-nazis de la segunda guerra mundial.

  13. Comentario de ffantastich (09/05/2017 21:22):

    ¡Gran serie! El personaje de los verdes es tan taaan, argh que rabia da ese tio, y como acaba xD. Si como dice @asertus y Austria es Valencia, este tio es Grezzi!

    Me ha encantado el humor negro de la serie y la música genial.

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