“Napoleon the Great” – Andrew Roberts

Bonapartes contra Letizios

En LPD tenemos dos corrientes sobre el euro. Una, parece que mayoritaria, que dice que el invento va a estallar por Italia. Otra, minoritaria (es decir, y que yo sepa, por ahora solo yo), que afirma que la reforma/ruptura se producirá vía Francia. Para ello no me baso en sesudos análisis económicos o en DATOS, sino en el hecho de que Italia no ha iniciado nada significante en los últimos 2000 años (lo que no quita que, cuando Francia encienda la mecha, no veamos un oportuno cambio de chaqueta italiano). A la Francia moderna, en cambio, no se le caen los anillos por montarse una force de frappe o salirse de la OTAN. Algo sumamente ridículo, viendo su rendimiento en las guerras de los últimos 100 años. Pero si ampliamos un poco el foco a los últimos 220 años, la cosa cambia. Y la clave está en un señor bajito que ni siquiera era francés de origen pero que infundió a la nación un aire de superioridad y grandeur del que nunca se ha librado del todo. En cierto modo, muy profundo en el subconsciente francés, las inminentes elecciones francesas van de elegir al sucesor de Napoleón Bonaparte. Hora, pues, de hacer un buen repaso a su vida y milagros.

Sin embargo, aunque todo el mundo conoce a Napoleón, nadie (nadie que no sea francés, claro) le pondría el título de “Grande”. Este título es invención de Andrew Roberts, que con ello ya nos indica desde la portada que él es un historiador revisionista. No se asusten: aunque asociamos “historiador revisionista” a cuñados que intentan convencernos de que los campos de concentración eran Disneylandia y el franquismo una época de extraordinaria placidez, en realidad simplemente significa que el historiador quiere cuestionar una imagen establecida. Roberts nos quiere convencer de que Bonaparte era un “Grande”. Empeño no menor, teniendo en cuenta que durante la generación posterior a Waterloo, la imagen de Napoleón era peor que la de Hitler, lo cual influyó considerablemente en todas las biografías y memorias de los contemporáneos. Roberts ha asumido el duro trabajo de revisar esto yendo a las fuentes más directas, es decir, a las 33.000 cartas de la correspondencia de Napoleón que se encuentran en el archivo de la Fundación Napoleón Bonaparte, un tercio de las cuales solo han salido a la luz en los últimos años (cartas todas ellas dictadas -su escritura era atroz y así ahorraba tiempo- aunque las revisaba antes de firmar, solo las dirigidas a sus esposas y amantes salían de su mano). La otra innovación es ir quitando fuentes tradicionalmente consideradas fiables “porque fulano buscaba congraciarse con los Borbones restaurados, mengano no escribió sus memorias en persona, zutano lo hizo 40 años más tarde, y en general todos estaban muy resentidos, pero como posibles testigos presenciales los usaré cuando me convenga.” ¡Así puedes convertir en un Grande a cualquiera! Aún así, el libro a mi entender vale la pena, y si hay que salvar algo de la avalancha de productos culturales publicados en 2014 con vistas al bicentenario de Waterloo, este es un candidato.

 

Los Letizios de Córcega

Como todas las biografías, esta empieza con el nacimiento: 15 de agosto de 1769, pillando a su madre de vuelta de misa. La pobre no llegó a la cama y le parió sobre una pila de alfombras. Nueve meses antes, Carlo Buonaparte y su mujer Letizia aún se encontraban en una fortaleza montañesa, en rebeldía contra el rey de Francia, que acababa de comprarle la isla a la República de Génova (que la vendió con gusto pues esta acababa de proclamar su independencia). Derrotados los rebeldes, Carlo pronto hizo las paces con los nuevos señores del “continente”, y disfrutó de las ventajas del converso, siendo la suya una de las 78 familias corsas que, al poder demostrar ancestros nobles por dos siglos, fueron elevadas a nobles de Francia, si bien el hombre nunca anduvo muy sobrado de dinero. Aunque el Napoleón adolescente admiraba profundamente al líder independentista Paoli y escribía ensayos justificando el “derecho a decidir” de los corsos, nunca le reprochó a su padre su “traición” a la causa. Más tarde, Napoleón ofreció apaños similares en los países que conquistaba. La famiglia, unida por encima de todo.

 

La simiente de Letizia: dos emperadores, cuatro reyes y tres duquesas independientes. ¡Y a todos les dio sus buenos azotes!

 

Los Bonaparte eran una familia que trazaba su ascendencia a un florentino emigrado del siglo XIV, y en la casa se hablaba italiano. Napoleón no aprendió francés hasta los diez años, y siempre lo usó con un fuerte acento, aunque nunca tuvo problemas para hacerse entender. Fue un niño callado al que le gustaba mucho leer, especialmente geografía e historia, con especial énfasis en los clásicos, con una excelente memoria y una vasta curiosidad. Si hubiese que definir su carácter en una palabra, probablemente sería “impaciente”, incluso cuando sus planes iban por delante de su propia planificación. Incansable trabajador, asumió la cabeza de la familia cuando su padre murió a los 38, por encima de su hermano mayor Giuseppe (nuestro futuro José Bonaparte, alias Pepe Botella ó Rey Plazuelas). Escribía bastante, generalmente con un tono muy melodramático y afectado, aunque eso se le pasó con la edad: el Código Napoleónico era considerado un ejemplo tal de sobriedad y claridad que Stendhal afirmaba leerse todas las mañanas algunos artículos pour prendre le ton. Y más allá de Paoli y de su padre, Napoleón admiraba a los romanos, de quienes afirmaba descender, y a Alejandro Magno.

 

Según Roberts, la famosa pose con la mano en el chaleco era una imitación de la forma en que los romanos llevaban las togas.

 

A los diez años, su padre usó sus privilegios para mandarle a estudiar al “continente”. Sacaba muy buenas notas en matemáticas pero malas en alemán y latín. Esto probablemente le salvó de una carrera en la Iglesia, y le predestinó al contingente militar más tecnológico del momento: el cuerpo de artillería. Tras graduarse el 42 de 57 de su promoción (pero tras estudiar el temario en un solo año en vez de los dos o tres habituales), el 1 de enero de 1785, con 16 años, entró en el ejército como teniente segundo. Comía solo una vez al día y estiraba cada muda de ropa hasta ocho días para poder enviarle dinero a su madre viuda; lo poco que le quedaba se lo gastaba en libros. La mitad de los siguientes ocho años estuvo con –falsas- bajas médicas en Córcega, intentando resolver los pufos financieros heredados de su padre, o politiqueando desde el partido jacobino para integrar a Córcega más fuertemente en Francia, una vez estallada la Revolución (a la que Napoleón se une en seguida porque intuye que le permitirá ascender). Todo ello sin cejar en su admiración por Paoli. La contradicción terminó por romper por el lado más débil: como hijo de un “traidor”, Napoleón nunca contó con el apoyo de Paoli, y tuvo que irse a Francia con toda su familia una vez que Córcega se rebeló contra la República y se unió al rey inglés.

 

Italia

En estas estaba nuestro hombre cuando estalla la Guerra de la Primera Coalición. Debido a la falta de oficiales veteranos, los generales al mando le entregan a “Napoleone Buonaparte” la artillería en el sitio de Toulon, principal base naval francesa en el Mediterráneo y que está ocupada por ingleses y españoles. Napoleón organiza brillantemente el arma, y su contribución –siendo herido en varias ocasiones- resulta fundamental en recuperar la plaza en diciembre de 1793. Con 24 años es nombrado general de brigada (y en el formulario ad hoc, a la pregunta “¿es noble?”, sabiamente contesta “no”, lo que seguramente le salvó del Terror). Mes y medio después estaba al mando de la artillería del ejército de Italia, y en verano de 1795 el gobierno del Directorio le ordena que se incorpore a la Vendé, una guerra civil dentro de la Revolución. Pero Napoleón no ve mucha gloria ni beneficio en luchar contra franceses, así que se niega a ir, va a Paris a protestar, pide una nueva baja médica, acaba de rebote durante mes y medio en la Oficina de Topografía (pese a su nombre, era lo más parecido a un estado mayor que tenía Francia, y allí aprendió bastante sobre estrategia y logística)… y de resultas, es casi el único oficial superior presente en París cuando los royalistas intentan dar un golpe de estado. El Directorio, desesperado, recurre a él. Con 6.000 hombres y algo de artillería, Napoleón dispersa a los 30.000 royalistas y se gana un mando propio: dirigir la guerra en Italia.

De paso, aprovecha para ligarse y casarse a una aristócrata venida a menos pero con excelentes relaciones con los royalistas: Marie Josèphe Rose Tascher de la Pagerie, más conocida como Josefina. Por sus cartas, parece que Napoleón estaba muy enamorado de ella (Josefina “hacía el zigzag en la cama”, por desgracia los detalles se han perdido; en cuanto a las artes amatorias del propio Napoleón, Josefina y casi todas sus veintipico amantes coincidían en que no eran nada del otro mundo; parece que la descripción “impaciente” también cabía aplicársela en la cama), pero ella no de él porque enseguida empezó un lío con un oficial de caballería aprovechando que su marido está en Italia luchando contra Austria.

 

Napoleón en Italia, batiendo austriacos y sentando los patrones estéticos del Italo-pop.

 

Cuando Napoleón asume el mando, el Ejército de Italia está que da pena verlo: faltan fondos, la tropa está desmotivada, y la prioridad del Directorio es el frente alemán. Con su habitual energía, Bonaparte reorganiza todo, consigue material, y muestra ya todos los elementos de su genio militar: al contar con menos soldados, los mueve con mucha mayor velocidad (él calculaba que el doble que las tropas de Julio César, solía decir que la fórmula “fuerza es igual a masa por aceleración” también se aplicaba a los ejércitos). El enemigo, más numeroso, pero compuesto de soldados de varias nacionalidades que tienen problemas para entenderse, y comandado por el noble de mayor rango (generalmente, algún viejo chocho setentón que se había ganado las espuelas en la Guerra de los Siete Años), nunca logra alcanzarle y forzar batalla en su terreno. (Insertamos aquí un divertido bonmot del Mariscal Foch: “desde que conozco una coalición por dentro, tengo mucho menos respeto por Napoleón”.) En las batallas, busca siempre mantener o conquistar el “punto central” del campo, y –muy importante, por inesperado- no se queda en el campo de batalla tras vencer, sino que persigue al enemigo para seguir golpeando y destrozarlo.

Igual de importante resulta su genio político: obtiene dinero (por saqueo, o chantajeando a los estados italianos neutrales), y -tras pagar primero a sus tropas- lo manda todo de vuelta a París. También muchas obras de arte, que se exponen con un cartelito que dice “cortesía de Bonaparte al pueblo francés”. Miente como un bellaco en los informes oficiales, algo que según Roberts ni siquiera necesitaría y dará pie a ataques y críticas (la expresión francesa “mentir como un boletín” es de la época). Le miente incluso a Josefina, esperando que así ella confirme “inoficialmente” los informes oficiales. Se sale ampliamente de sus competencias firmando acuerdos políticos, pero avanza tan deprisa que cuando las noticias llegan a París los acontecimientos ya han superado cualquier contraorden del Directorio. En dos años ha convertido una tropa de desharrapados en el mejor ejército de Europa, ha derrotado a seis ejércitos enemigos, firmado varios tratados de paz, y creado la República Cispadania. El Directorio depende ya tanto de él que no puede hacer nada.

Napoleón vuelve a París como ídolo de masas, y empieza a conspirar, juntándose entre otros con Talleyrand (“que previsiblemente vaya a morir en la cama prueba que no existe ningún Dios que castigue a los hombres por sus pecados”, diría más tarde) y Joseph Fouché (jefe de la policía). El Directorio, que acaba de darse un autogolpe de estado, le encarga la lucha contra Gran Bretaña, y ante las opciones que Napoleón presenta (invertir años y recursos en construir una flota capaz de desafiar a la Royal Navy, firmar la paz, o atacar por tierra los intereses británicos en oriente) decide enviarle con un ejército a Egipto. ¡Lo más lejos posible!

 

Egipto

En Egipto Napoleón sigue ofreciendo destellos de genialidad (combinados con algo de brutalidad cuando cree que hace falta), y ocupa el delta del Nilo, con una importante incursión en Siria/Palestina. Ante las puertas de Acre sufre un primer traspiés ante los turcos, pues no es capaz de tomar la ciudad, y se retira. Tras 18 meses, vuelve a Francia abandonando a sus hombres. El viaje tiene especial interés porque Napoleón se hace acompañar por varios sabios y escritores, buscando de manera deliberada equipararse a Alejandro Magno, que también se hacía acompañar de rapsodas hagiográficos. A ellos les debemos la piedra de Rosetta y las primeras investigaciones sistemáticas de la egiptología (buena parte de los papeles originales ardieron durante las protestas de 2011 en la Plaza Tahrir). Napoleón no tuvo medios para nada más, aunque en sus cartas siempre hablaba de un plan loco para avanzar sobre Constantinopla o la India, emulando a su ídolo macedonio.

 

DATO: Napoleón estimó que con las piedras de las Grandes Pirámides se podría construir un muro de dos metros de alto y un metro de espesor alrededor de Francia.

 

En Paris, Napoleón querría jugar un papel más importante (para entrar en el Directorio hay que tener 40 años y el solo tiene 30). El Directorio es tremendamente impopular, la constitución es irreformable, hay nuevas revueltas en la Vendée, una hiperinflación ha destrozado la economía, los royalistas siguen conspirando, y la nueva clase media surgida de las desamortizaciones del Antiguo Régimen teme por sus posesiones. En general, la cosa esta madura para un cambio y a la gente no le importa que sea un poco “brusco”. Napoleón pacta con Fouché y con Talleyrand (quien sentó la base de su fortuna personal comprando deuda pública a precios irrisorios antes del golpe, y vendiéndola multiplicada al día siguiente), y la cosa se pone en marcha. En el golpe (18 de Brumario del año VIII, 9 de noviembre de 1799) le acompaña su hermano Lucien, que arenga a la guardia del congreso y -en una escena que tufa a ensayada- le pone a su hermano una espada en el pecho, declamando que si Napoleón traicionaba a la Revolución, él sería el primero en matarlo (Roberts: “Aquella fue la última vez que algún hermano de Napoleón le fue útil”). Los conspiradores deponen al Directorio, disuelven las cámaras y proclaman a tres “cónsules provisionales” mientras unos “expertos” diseñan una nueva constitución, ratificada mediante un referéndum donde Napoleón, de nuevo innecesariamente, falsifica los votos.

El resultado final mantiene tres cónsules, pero al contrario que sus antecesores romanos con una clara jerarquía. Como Primer Cónsul, Napoleón es quien parte el bacalao en el gobierno, los Cónsules Segundo y Tercero en la práctica solo asisten. Un montón de cámaras y asambleas deben servir de contrapoder, pero son tantas que este se diluye. El único órgano con cierto peso es el Consejo de Estado, cuyos miembros son en gran medida nombrados a dedo por Napoleón (quien, no obstante, intenta elegir a gente de criterio, y les da libertad para –desde el respeto- discrepar con sus propuestas en las maratonianas sesiones de más de diez horas que organiza para asegurarse que entiende todos los detalles). Una simplificación fiscal, unos artículos consagrando libertades individuales, una decidida campaña contra los bandoleros que asolan Francia, y –sobre todo- la promesa de que no habrá vuelta atrás en las desamortizaciones convencen a los electores. La Revolución ha culminado, viene a afirmar Bonaparte.

 

Liberté, Egalité, y Derecho de Propieté.

 

El Consulado

Pero aparte de asegurar el parné, el gran atractivo del nuevo régimen era el propio Napoleón, comprometido con la Revolución pero sin ser un fanático, y considerado el único capaz de derrotar militarmente a los ejércitos extranjeros. “Un nuevo gobierno debe asombrar continuamente desde su primer día, o fracasará”, dice, y pronto tiene ocasión de hacerlo: la Guerra de la Segunda Coalición revive en 1800, y Napoleón cruza los Alpes y derrota a los austriacos en la batalla de Marengo, más por suerte que otra cosa (“Marengo fueron dos batallas seguidas, perdí la primera pero gané la segunda”). La suerte que tuvo a lo largo de su carrera, desde luego, era prodigiosa, y con toda su energía, capacidad y genio, es la que mejor explica que llegara hasta 1815. Algo que él mismo reconocía: “entre un general competente y uno con suerte prefiero al segundo”.

Con el capital político de Marengo, Napoleón empieza a apuntalar su poder interno. Primero, mediante un Concordato con el nuevo Papa Pio VII: la práctica del catolicismo se volvía a permitir, y a cambio la Iglesia aceptaba un mayor control estatal, nombramiento conjunto de obispos, y renuncia “para siempre” a los bienes desamortizados durante la Revolución. Napoleón, ya muy popular en las ciudades (donde apenas vivía uno de cada cinco franceses), empezó a serlo también en los miles de pequeños pueblos, profundamente católicos, de la Francia rural.

El segundo puntal es su labor como unificador y legislador, donde ya sí que cabe decir que fue un “Grande”. Seguramente, el mayor legislador europeo desde Justiniano. El Código Civil Napoleónico, el primero de “los cinco libros de Napoleón” (código civil, código de procedimiento civil –el más flojito, debilitaba mucho a los jueces-, código comercial, código de instrucción criminal, y código penal –con abundantes penas draconianas, por otra parte despenalizó la homosexualidad), es el más importante de todos, y de sus 2281 artículos más de la mitad siguen vigentes. Napoleón nombra una comisión de cuatro juristas para el trabajo, pero asiste a más de la mitad de las sesiones, da numerosos impulsos, y busca siempre simplificar y ser justo. El Código iguala a todos los franceses ante la ley, separa definitivamente Iglesia y Estado, y será la base de numerosas imitaciones a lo largo y ancho de Europa – incluso por países en guerra con Francia. Su mayor defecto: la mala posición que concede a la mujer, sometida en todo a su marido, un paso atrás con respecto a la Revolución. Y ni siquiera buscó algún tipo de excusa pseudocientífica para ello: todo nació de su misoginia y nada más. Francesas: dad gracias a Bonaparte por no conseguir el voto hasta 1945.

 

It’s a man’s man’s man’s world, baby.

 

Junto al Código, que reemplaza cientos de códigos locales y regionales, Napoleón implanta el sistema métrico (algo que ya andaba por ahí y que Napoleón meramente favoreció por su potencial unificador, pero bueno, que esto está escrito por un autor anglosajón para un público anglosajón, que aún siguen emperrados con sus pintas, pieses y millas porque no pueden aceptar un sistema francés) y potencia el idioma francés, que de 28 millones de franceses 6 solo lo tenían de segunda lengua, y otros 6 lo desconocían del todo. El francés se convierte en el único idioma de la educación, donde Bonaparte crea una red de prestigiosos liceos de secundaria para formar oficiales y militares (la educación primaria, como buen letizio, la dejó en manos de la Iglesia).

Roberts tampoco oculta otro punto feo de estos años, que es la represión de la revolución haitiana, una de las pocas revueltas exitosas de esclavos en la historia. Murieron 350.000 personas, más de medio Haití, básicamente porque Napoleón no quiso negociar con los líderes negros. Y de nuevo Roberts tiene que recurrir al comodín “pero es que en esa época todos eran racistas/clasistas/supersticiosos”.

Pero quitando lo de Haití, son años buenos. Normalmente los historiadores suelen situar el punto culminante de su régimen en 1810-1812, pero para mí 1803 representa el apogeo marianista-merkelense de Napoleón. Tras finalizar la Guerra de la Segunda Coalición con la Paz de Amiens, Francia queda en una situación muy buena. Militarmente, el nuevo boss del barrio se ha cruzado con todos los malotes y los ha mandado a casa con la nariz rota; una herida lo suficientemente dolorosa como para que se lo piensen antes de atacarle, pero no lo bastante grave como para que pierdan la cabeza con vendettas insensatas. No hay costosas ocupaciones de otros países, ni hermanos incompetentes a los que mantener en tronos lejanos, y en cambio una unión monetaria un ingenioso sistema de aranceles asimétricos garantiza que el resto de Europa transfiera riqueza a Alemania Francia. Las naciones se cabrean un poco, pero Napoleón se ha metido a los gobernantes en el bolsillo (y con el Concordato también tiene a Dios de su parte): a los Borbones españoles les ha regalado el reino de Etruria, en Suiza e Italia se han impuesto una repúblicas hermanas, y en Alemania –tras anexionarse la orilla izquierda del Rin- Napoleón ha acabado con el batiburrillo de cientos de miniestados del Sacro Imperio unificándolos en unas pocas docenas, dirigidas por nuevos reyes y duques por la gracia de Bonaparte que ahora le deben su posición. Y se ha librado del marrón de la Luisiana Francesa vendiéndosela a los Estados Unidos, “creándole un enemigo atlántico a Gran Bretaña que algún día la derrotará”.

Vamos: un equilibrio continental estupendo, que a Alemania le ha costado 70 años conseguir, y que un tranquilo gestor como Merkel o Rajoy podría alargar por cuarenta años. Décadas y décadas para diseñar e implementar hasta el más nimio detalle del estado francés, desde las obras públicas de Paris hasta los uniformes de los bomberos de Petitville de Derrier, o acometer una industrialización dirigista que permita a Francia superar a su vecino británico (una de las fracasadas obsesiones de Napoleón). Todo esto se va al garete porque la Paz de Amiens, de hecho, es tan buena para Francia que Gran Bretaña acaba dándose cuenta de que la han engañado, y en 1805 monta la Tercera Coalición. El más marianista no puede vivir en paz si no le deja su vecino.

 

L’Emperateur

Pero antes de salir de nuevo a barrer el suelo con los ejércitos enemigos, Napoleón se corona emperador en una ceremonia de boato, a la que asiste el mismísimo Papa (pero no Letizia – ¡esto de coronarse emperador es puro boato y no se basa en DATOS!), quien como única condición exige que Napoleón se case con Josefina por la Iglesia. Cosa que hacen la noche anterior, para que ella también sea coronada, asunto que cabrea a sus hermanos y a las mujeres de estos, ya que los hijos de Josefina, Eugene y Hortensia, se convierten así en príncipes imperiales (aunque como Hortensia se casó con Luis Bonaparte, todo quedó en familia; de este matrimonio nacería el futuro Napoleón III). ¿Las razones? Fundamentalmente el prestigio, y responder a varios atentados y complots para acabar con su vida: aunque me matéis, mi dinastía seguirá. Aunque por respeto a la Revolución y la república, el título formal era “Emperador de la República Francesa”.

 

El bueno de Jacques-Louis David se coló a si mismo en el fondo, puso a las cuñadas de Josefina –que la odiaban- a sujetarle el vestido, pintó falsamente a Pio VII consagrando a Napoleón (quien no tomó comunión ni confesión), y añadió a los ausentes Guiseppe y Letizia (a esta, en un lugar más distinguido que el propio Papa). Por lo demás, ¡hoygan, como una foto!

 

Para la nueva campaña, mueve a la Grande Armee en Cuerpos de Ejército de hasta 20.000 hombres, que marchaban a distancia de apenas un día unos de otros (quizás su mayor aportación táctica). Derrotara los austriacos de Mack von Leiberich en Ulm sin nada más que maniobrar, y arrasa en Austerlitz seis semanas después – justo para compensar la derrota de Trafalgar unos días antes (aunque los franceses no se enteraron de Trafalgar hasta 1814, y cabe añadir que en España parece que algunos todavía no se han enterado de las consecuencias). Austerlitz fue aprovechado a saco por su propaganda: tres emperadores lucharon entre ellos, y Napoleón ganó con menos tropas y además ejecutando el plan de batalla trazado antes de la misma, sin cambios. (Esta es también una excelente ocasión para recordar que los soldados –unos 140.000- fueron más o menos los mismos que en Cannas, y también llegaron al campo de batalla a patita. Pese a su dominio de la artillería, para muchas cosas Napoleón aún estaba más cercano a Julio César que a la moderna guerra industrial.) Tras Austerlitz, vienen Jena y Auerstedt (Roberts titula los capítulos por batallas y no por las Guerras de Coalición), donde Napoleón (Jena) y Davout ( Auerstedt) derrotaron a los prusianos, que se habían lanzado a la guerra completamente solos y sin esperar a sus aliados, creyendo que iban a enseñarles a esos gabachos lo que valía un peine porque aún tenían el ejército de Federico el Grande. En un aspecto esto desde luego era cierto: el comandante prusiano de Auerstedt ya tenía 60 años, y el de Jena 71.

La campaña concluye en Eylau: una verdadera masacre, y un indicio de por donde iba a ir la cosa militar: con el paso del tiempo, los ejércitos tendrían más y más hombres, las batallas, pasarían de durar un día a durar dos (Eylau) o tres (Leipzig), se pasaría de un cañón por cada 1000 hombres a 4 cañones… y en consecuencia amentaron las bajas, heridos y muertos, de un 15% en Austerlitz a un 45% en Waterloo. Tras Eylau, Napoleón se reunió con el Zar Alejandro I en Tilsit y en esencia se repartió con él el continente europeo.

 

Al parecer, Alejandro dijo nada más llegar: “que conste que a los ingleses los odio más que tu”, y eso facilitó mucho las cosas. Claro que una cosa son los ingleses y otra el oro que pagan.

 

El reparto se realizó a expensas de Prusia, que así tuvo un anticipo de lo que sería su destino, 141 años antes de su muerte definitiva. No obstante, Alejandro tuvo la inteligencia de insistir en que debía seguir existiendo (como estado tapón), aunque muy disminuida. Todos los detalles surgieron del mano a mano entre ambos emperadores, que se echaban unas tertulias de horas y horas y estaban a partir un piñón.

 

En una de sus discusiones más surrealistas, sobre la mejor forma de gobierno, el autócrata Alejandro abogaba por una monarquía electiva, mientras Napoleón –cuya corona, al menos, había sido refrendada en plebiscito- argumentaba por la autocracia. […] “Un César, un Alejandro Magno, solo se presentan una vez por siglo, de modo que la elección se convierte en un asunto de suerte, y la sucesión seguramente valga más que una tirada con los dados.”

 

Napoleón posteriormente identificó Tilsit como su momento de mayor felicidad personal y apogeo. Pero aunque Rusia apenas sufrió, tuvo que unirse al Sistema Continental, el intento de Napoleón –que seguía ávidamente la prensa inglesa y todo lo que decían de su persona- de doblegar a Gran Bretaña mediante un embargo en todos los puertos de Europa.

 

España

Y con Prusia sumida en la mayor humillación de su historia, ya podemos sacar los pompones y las banderas, porque el libro llega a España (el capítulo se llama “Iberia”, lo que parece sugerir que los portugueses también tuvieron algo que ver, se ve que Roberts no ha leído a Reverte). La historia previa Roberts la resume en que la Corte española era un nido de víboras, y Fernando VII “el peón de la reacción aristocrática y de elementos de la Iglesia”. El objetivo, tras la paulatina invasión, era francificar España, la fórmula que ya había funcionado my bien en Bélgica y Norte de Italia. Pero, sentencia Roberts, aunque creó una amplia clase de afrancesados, en el fondo la cosa no pasó nunca de guerra dinástica, escenificada en las Capitulaciones de Bayona donde la corona de España pasó formalmente por cuatro manos en un par de días (Napoleón obligó a Fernando a devolvérsela a su padre Carlos IV, y este se la dejó a Napoleón a condición de que este se la cediese ipso facto a Giuseppe, futuro José I). El asunto le debía parecer pan comido: “el pueblo español es cobarde y despreciable, y me recuerda a los árabes que he conocido.” Ahí la cagó, porque si algo no soporta este país de moros es que le llamen moro.

Mientras la sangría española ataba casi medio millón de hombres en su momento cumbre, Napoleón tenía una nueva coalición que batallar, la Quinta. Esta le llevó a Viena, y a la victoria en Wagram, la mayor batalla hasta ese momento (250.000 hombres) y la última donde la caballería aún resultó dominante. Desde ahora, lo sería la artillería. Wagram tuvo una consecuencia indeseable para Josefina: para acabar de una vez con los pesados de los austriacos (4 guerras en 12 años), Napoleón decidió apostar por una unión dinástica casándose con María Luisa, la hija del emperador Francisco. Para lo cual, claro, tuvo que divorciarse de Josefina, nulidad católica incluida. La desterró al Palacio del Elíseo, actual residencia del Presidente.

 

Resulta irónico, que pese a que Napoleón se divorció de Josefina para lograr un heredero imperial, resultó ser el nieto de ella, y no un descendiente de él, quien llegase a ser el próximo emperador de Francia, y los descendientes de Josefina aún se sientan en los tronos de Bélgica, Dinamarca, Suecia, Noruega y Luxemburgo. Los de Napoleón en ninguno.

 

El 11 de marzo de 1810 tenía lugar la boda. Como María Luisa solo tenía 18 añitos y poquita experiencia, a ella las artes amatorias de Napoleón (22 años mayor) sí que la impresionaron. Y el 20 de marzo de 1811 le dio un heredero, Napoleón Francisco José Carlos, Rey de Roma (que era el “príncipe de Asturias” de los emperadores del Sacro Imperio), un niño al que Napoleón adoraba y quería mucho, en contraste con “los Borbones españoles y los Hannover británicos [que] casi por rutina odiaban a sus hijos.” Napoleón junior, por cierto, murió a los 21 años de tuberculosis en la Viena de su familia materna, donde estuvo enterrado hasta diciembre de 1940, cuando Adolf Hitler, en conmemoración del centenario del retorno de los restos mortales de Napoleón Bonaparte a Francia, le “regaló” a Francia los huesos de Napoleón II (las vísceras se quedaron en Viena).

 

Hitler visitando la tumba de su admirado Napoleón. Teniendo en cuenta que Napoleón anticipó todas las cagadas obvias de invadir Rusia, la admiración no fue acompañada de aprendizaje provechoso.

 

Aparte de genio militar y legislador, Napoleón también marcó estilo: el Estilo Imperio. Quizás de todos los estilos el que más del debe a una única persona. Lo pueden ver cada vez que el Monsieur Le President hace una recepción o da una rueda de prensa: un refrito de la antigüedad clásica greco-romana que tanto adoraba, sazonado con elementos egipcios por su expedición por aquellos lares, pero aplicado a relojes, camas, muebles, cubertería y en general todo lo que hay en la casa. Y generó cientos de obras con él como protagonista. Algunas las pueden ver en este artículo. Tampoco se las tomen muy en serio: antes del advenimiento de la fotografía, la verosimilitud tampoco se consideraba muy importante. La mejor imagen, tal vez, es la máscara mortuoria que le hicieron.

 

Engordó un poco al final de su vida.

 

Otras eran tan exageradas que el propio Napoleón las ordenó ocultar, como la estatua de Antonio Canova “Marte el Pacificador”, para la que había posado hasta cinco veces, y de la que temía que la gente se riese.

 

Hoy la pueden ver en la entrada del Apsley House en Londres, residencia del Duque de Wellington, cuyos invitados colgaban sus paraguas en ella.

 

El reparto de Tilsit había dado España a Francia, y Finlandia a Rusia, que se la arrebató a Suecia. A Jean-Baptiste Bernadotte (un ex – republicano cuyo pecho adornaba un tatuaje que decía “Muerte a los Reyes” y que era concuño de Giuseppe) los suecos le ofrecieron entonces la corona de Suecia en 1810, como forma de aliarse con Francia frente a Rusia. En lo que se equivocaron fue en creer que Bernadotte y Napoleón estaban muy unidos: Bernadotte le había levantado la novia a Napoleón y se había casado con ella. Pese a todo, Napoleón dio su placet, para tener a Suecia cerca, a Bernadotte lejos, y como material de propaganda ante la Grande Armée: uno de ellos, que había empezado casi de soldado raso, había llegado a Mariscal de Francia y ahora era rey. Al final, la suerte la tuvieron los suecos, pues Bernadotte traicionó a su mentor y pactó con los rusos, escapando así Suecia de castigos en el Congreso de Viena.

En fin: que ya estamos en 1810, el supuesto zenit. Roberts también lo cree, aunque aclara que ya se habían puesto las bases de la futura caída. Arrestar al Papa, no reformar el ineficaz Sistema Continental, ofender al Zar, creer que la alianza matrimonial iba a hacer olvidar a Austria sus pérdidas territoriales… todo ello iba a facilitar, pero no a provocar, su caída. Esta se la causó él solito, por pura hybris. Hablamos, como no, de Rusia.

 

Rusia

La famosa campaña de Rusia de 1812 fue un despropósito de principio a fin. La causa inmediata fue la salida de Rusia del Sistema Continental, si bien mediante subterfugios. Napoleón sacó la conclusión correcta: o reformaba esa guerra económica, o iba a tener yoyah con Rusia. Y optó por lo segundo, pese a los consejos en contra de casi todo el mundo. Pero para 1811 ya no estaban a su lado Talleyrand (depuesto porque la gente se quejaban de que exigía sobornos desmesurados), Fouché o Lucien, y aunque los restantes le aconsejaron en contra (aunque no tan vehementemente como luego afirmaron), él ya estaba por encima de escuchar a subordinados.

Sin embargo, aún era lo bastante perspicaz para darse cuenta de que esta no sería una campaña como las demás, de modo que se tomó su tiempo para aprovisionarse bien, exprimir hasta el último hombre de sus aliados, y poder atacar en primavera de 1812 con todo el verano por delante. Bien pensado, pero con ello perdió su principal arma estratégica: la velocidad y la sorpresa. Desde que empezaron los preparativos a principios de 1811 (año, por cierto, de malas cosechas y hambrunas), los rusos ya estaban avisados y preparaban planes de contingencia, además de cubrirse diplomáticamente los flancos con Suecia (Napoleón, en otro acto de soberbia, se había anexionado la Pomerania sueca), Prusia (uno de cada cuatro oficiales prusianos desertaron a Rusia) y sobre todo Turquía (a la que le devolvieron Moldavia y Valaquia). Sí, los mismos que detuvieron a Napoleón en Acre en 1798 ahora fueron instrumentales en su derrota ante Rusia. Los turcos.

 

A que este giro no se lo esperaban, ¿eh?

 

Polonia era otro de sus puntos de desencuentro con Alejandro, que quería erradicar el Ducado de Varsovia para que no sirviera de base para una renacida Mancomunidad Polaco-Lituana. Un general ruso estimó que la mera proclamación de un reino polaco le habría dado a Napoleón 200.000 soldados y un levantamiento en las provincias polacas rusas. Pero Napoleón no quería mosquear a sus aliados pruso-austriacos, y ni jugó esa carta ni pisó Varsovia. Con este reparto, el 24 de junio de 1812 (129 años más tarde, Hitler se adelantaría dos días para evitar el mal augurio), Napoleón cruzó su proprio Rubicón, el Njemen, y marchó hacia San Petersburgo con el peazo ejército más grande de la Historia: 600.000 hombres entre franceses y aliados.

Paradójicamente, fue el desmesurado tamaño de ese ejército el que lo condenó. Con uno más pequeño, las provisiones habrían durado más, la logística habría sido más sencilla, y los rusos se habrían animado a ofrecerle a Napoleón la tan ansiada batalla campal. Ahora se impusieron los partidarios de la estrategia de tierra quemada. Con lo que el corso tuvo que empujar más y más, hasta llegar a Moscú, algo completamente fuera de su planteamiento inicial (como mucho, para el año 1813 y después de haber levantado a los pueblos no rusos del imperio): el 18 de agosto Napoleón entraba en Smolensk, a 400 kilómetros de Moscú. En Santa Helena, dijo que debería haber montado allí sus cuarteles de invierno, pero quedarse quieto nunca le había servido, y podía ser interpretado por sus aliados como debilidad. Vamos, la impaciencia de siempre. En Borodino, a 65 millas, Kutuzov al fin le ofreció batalla, que resultó en una masacre mutua (Roberts: “las pérdidas combinadas son el equivalente de un jumbo jet lleno estrellándose cada cinco minutos en un área de 6 millas cuadradas durante las diez horas de la batalla, matando o hiriendo a todos los pasajeros”). Los rusos se retiraron, y el 15 de septiembre Napoleón entró en un Moscú abandonado. Aquella noche durmió en el Kremlin, siendo despertado a las pocas horas porque Moscú ardía.

 


Como buen conocedor de la antigüedad clásica, sacó una analogía de la misma: “¡Qué espectáculo! ¡Lo hicieron ellos! ¡Tantos palacios! ¡Qué resolución, que hombres! ¡En verdad que son escitas!”

 

Por desgracia para él, la ciudad no se quemó del todo. Digo por desgracia porque en ese caso se habría retirado en seguida. Pero como quedaron suficientes casas para acomodar a los 100.000 soldados que le quedaban, tres días después volvió al Kremlin a esperar a Alejandro y su oferta de paz que nunca llegó. Pero tampoco se atrevió a liberar a los siervos rusos. Así, tras esperar casi un mes, y perder un par de semanas más pensando que podría pillar a Kutuzov, decidió volver por la ruta más larga. Una decisión personal, tomada pese a contar con consejos en contra, y que le costaría el ejército, la campaña y su imperio.

El 4 de noviembre cayó la primera nevada, y a los pocos días hubo temperaturas de 30 bajo cero. La retirada se convirtió en un Los Horrores de la Guerra Reloaded. Los caballos, sin herraduras adecuadas, murieron casi todos de frio o resbalando, o eran sacrificados por su carne. La disciplina y la camaradería se vinieron abajo, los soldados se cobraban por poder sentarse junto al fuego o por un pedazo de pan, y se robaban entre ellos. Los que se caían, incapaces de seguir, eran despojados de la ropa incluso si aún seguían vivos. Hubo casos de canibalismo. Milagrosamente, Napoleón en persona logró salir vivo de varios encuentros fortuitos con cosacos, y en un momento de genialidad cruzó el Berezina en dos días tras despistar a los rusos. De lo contrario, ni un francés habría salido con vida de Rusia.

 

Leipzig

“Los franceses con como mujeres: no puedes permanecer lejos de ellos demasiado tiempo”, comentó Napoleón a la vuelta. Sin embargo, pese a una intentona, su misoginia se equivocaba: fueron las adquisiciones más recientes de su imperio las que primero se rebelaron, mientras las más antiguas y la propia Francia quedaban tranquilas hasta el mismísimo final. Con su habitual energía, Napoleón pasó los primeros meses de 1813 organizando los restos de su Ejército, y rascando el fondo del barril convocando a los “maría luises”, los nacidos en 1798. Entremedias, incluso le dio tiempo a firmar un nuevo Concordato, tan provechoso que a las pocas semanas el Vaticano quiso anularlo (Napoleón respondió que puesto que Pio VII era infalible, el Concordato no podía ser malo).

Mientras, los reyes europeos se unían en la Sexta Coalición. Entre ellos, nuestra vieja amiga Prusia. Tras siete años de reformas a tope, uno de cada diez prusianos vestía uniforme, y sería el país con menos desertores en los siguientes años. Prusia, Rusia y Suecia -con Gran Bretaña poniendo, una vez más, la pasta- avanzaban contra Francia… mientras Austria permanecía neutral y a la espera, algo que a Napoleón le parecía indignante, ¡vaya con el suegro! (A Carlos IV de España le había obligado a ir a la guerra contra su yerno el rey de Portugal). El 26 de junio de 1813 se entrevistó con el ministro de exteriores austriaco, Metternich durante ocho horas, y es un tributo a las habilidades diplomáticas de Metternich que no sepamos lo que en realidad quería (marianismo). Roberts tampoco logra descubrirlo con exactitud, pero insinúa que Metternich estaba dividido entre tantos impulsos y demandas que a lo mejor no lo sabía ni él mismo (meta-marianismo), pero en todo caso se le intuye la voluntad de ser él personalmente quien salvara a Europa. No venía como aliado sino que se ofrecía a “mediar” para lograr una paz, y su propuesta (devolución de territorios, restauración de Prusia, liberación de los ilotas germanos reunidos en la Confederación del Rin) era un retorno a 1803. Ya les dije que ese fue el zenit mariano, ¡para qué necesitaba más!

Cualquier otro lo habría cogido, pero Napoleón eligió luchar. Y aquí los aliados por fin aplicaron las lecciones aprendidas en 15 años de recibir yoyah del corso: no dividir las fuerzas, rehuir el enfrentamiento directo hasta tener superioridad, y aprovechar la mayor velocidad (tras la campaña de Rusia, no quedaban apenas caballos en Francia). Tras un primer intento de solucionarlo en Dresden, la plaza elegida fue Leipzig, en la Batalla de las Naciones. Medio millón de hombres vieron la mayor derrota de Bonaparte.

 

Resten 120.000 al medio millón.

 

Lo que quedaba se retiró más o menos ordenadamente hasta Francia, donde le llegó una nota de los Aliados: que la oferta “volver a 1803” había expirado y ahora exigían “volver a las fronteras de los Borbones”. Pero cuando ya había aceptado, un nuevo jugador se sentó a la mesa: Gran Bretaña dijo nones a que Francia retuviera Amberes, y tampoco quería a Napoleón en el trono de Francia. Napoleón se pegó con más maña que fuerza contra el millón de soldados extranjeros que empujaban hacia París, pero esta vez los aliados estaban realmente comprometidos y habían puesto al frente del principal ejército a Blücher, uno de esos generales prusianos de pelo blanco con un mostacho de lado a lado de la cara. Tenía 71 añitos y las cosas tan claras que los soldados rusos le apodaron Marschall Vorwärts, porque no decía nada más. No paró hasta llegar a París, y Napoleón tiró la toalla cuando vio que el pueblo francés estaba cansado: no había surgido ninguna guerrilla en las partes ocupadas de Francia, ni nada parecido en París cuando Talleyrand se apoderó del gobierno (resentido, suponemos, de que Napoleón le hubiera llamado “una mierda con calcetines de seda”) y empezó negociaciones de paz.

 

Segundas partes nunca fueron buenas

Los Aliados desterraron a Napoleón a la isla de Elba, cerca de la frontera franco-italiana. Conservó su título de emperador, pero poco más: su esposa e hijos fueron a Viena y jamás los volvió a ver. De la asignación de 2.5 millones de francos que le debían pagar los Borbones no recibió ni un céntimo (¡qué raro tratándose de los Borbones!). En total pasó diez meses en su pequeño “reino de opereta”, reorganizándolo todo, ganando peso, y concediendo audiencias, incluyendo a un montón de británicos. La  verdad, algún día habrá que hablar de la extraña fascinación que los dictadores continentales ejercen sobre la cultura popular británica. Puede ser simple fair play y reconocimiento deportivo de un rival digno, o puede ser algo más sexual. Con Napoleón, se añadía que Gran Bretaña no sufrió la guerra en su territorio, lo que hacía más fácil sentir admiración. Entre esto y la coba que les daba, sus vigilantes británicos pronto bajaron la guardia.

Mientras, las testas coronadas de Europa se reunían desde septiembre de 1814 en Viena para repartirse el continente, y como siempre: muerto el gato, los ratones se pelean entre ellos. A añadir, las mil y una burradas que cometieron los Borbones en cuanto volvieron a pisar moqueta en París. Entre esto, la inminente ruina de su pequeño reino, el alejamiento de su familia, y rumores de que le iban a mover a otra prisión, Napoleón pensó que no tenía nada que perder. En febrero de 1815 se escapó y volvió para invadir Francia con ocho barquitos y 1142 hombres. Tres semanas más tarde estaba en las Tullerías sin derramar una gota de sangre y en loor de multitudes. Empezaban los Cien Días (realmente fueron 111, pero ya saben, los franceses y su gusto por redondear a 100; los alemanes, en cambio, te hablan de la Guerra de los Siete o de los Treinta Años, ¿y cuanto duraron esas guerras? Exacto).

Seamos sinceros: el pescado estaba vendido desde el primer día. 280.000 soldados franceses, muchos de ellos reclutas bisoños, no podían ni de coña resistir a los 800.000 que había comprometido el Congreso de Viena. Más aún cuando toda la campaña se iba a desarrollar previsiblemente en la propia Francia o muy cerca. Los aliados tenían el sol a su espalda, el saque, y cuatro bolas para juego, set y partido, de las que Waterloo solo era la primera. Incluso si Napoleón hubiese logrado la proeza de romper cuatro saques seguidos, a lo más que hubiese llegado sería a que los aliados reconociesen a regañadientes su régimen, en una Francia rodeada, sin aliados, y tan exhausta que no podría ir a otra guerra en una generación. Dado que su salud tampoco era ya la mejor (solo tenía 46 años, pero su padre había muerto con 38, y él lo haría con 51), la propaganda británica de Wellington y sus bravos soldados ingleses en Waterloo eran lo único que se interponía entre Europa y la tiranía renacida de Bonaparte es ridícula (doblemente porque el régimen napoleónico era sin duda mucho menos tiránico que Prusia o la España fernandina, de Rusia ni hablamos). Que a pesar de todo Roberts intente venderlo como “hoygan, pues tenía opciones realistas” lo sikoanalizo como, por una parte, una excesiva fe en la correspondencia de Napoleón (necesariamente optimista), que es su principal fuente, y por otro que, como profesor en el War Department del King’s College de Londres, Roberts compra por completo el relato propagandístico británico. Waterloo no es la mayor, puede que ni la más decisiva, pero sí la más famosa de las derrotas de Napoleón, y los británicos se han hartado de venderla como “UK salvó al mundo cuando todos los demás fracasaron”, porque fue la primera vez que Napoleón se enfrentaba a tropas británicas (cuando en realidad, solo el 36% del ejército de Wellington era británico, la mayoría eran alemanes).

Los prusianos, derrotados unos días antes, se habían retirado no obstante en buen orden hacia el norte (Wellington: “la decisión más importante del siglo XIX”), y Napoleón mandó una parte importante de su ejército a perseguirlos en la dirección incorrecta. Tropas que no tuvo consigo el 18 de junio, uno de los días más bonitos de año. Culpa suya – como siempre admitió, que el hombre era perfectamente consciente de sus fallos. De los que hubo muchísimas en Waterloo, tácticamente la cosa fue una chapuza. Como Napoleón y sus mariscales ya tenían mucho oficio, casi sacaron la cosa adelante, pero a media tarde llegó Blücher y les pilló en el flanco, y Sauve qui peut.

Durante la huida, Napoleón aún alimentó fantasías de proseguir la lucha, hasta que un tabernero le espetó a la cara que quería pago en efectivo, nada de pagarés del gobierno. Sin posibilidad de exiliarse en Estados Unidos, Napoleón huyó de Paris y se entregó al HMS Bellerophon, que le llevó a Plymouth, de donde a los pocos días partió con la HMS Northumberland, comandada por el contra-almirante Sir George Cockburn (cuádrense, que es el único militar que ha logrado quemar Washington DC hasta los cimientos), hacia su destino final: la isla de Santa Helena, pasando por las islas Canarias porque a Napoleón le hacía ilusión ver el Teide.

 

Fin

Santa Helena 1815. Una isla remota en mitad del Atlántico en la ruta hacia la India. Población: 3395 europeos, 218 esclavos negros, 489 chinos y 116 malayos. El clima es bueno… en la capital, Jamestown. A Napoleón le asignaron una residencia en una meseta a 1500 pies sobre el mar, en un perpetuo mar de nubes que lo llenaba todo de humedad, tanto que tenía que secar sus naipes en el horno antes de jugar para que no se pegaran. Todo el mundo pensaba que lo hicieron para acelerar su muerte, aunque lo que finalmente le mató fue lo mismo que a su padre, un cáncer de estómago. Napoleón vivió allí cinco años, dictando sus memorias, cultivando un narcisismo y cinismo cada vez mayores, y volviendo una y otra vez al 18 de junio de 1815, pensando en cómo haría las cosas si tuviese otra oportunidad. Los oficiales ingleses le trataban con desprecio, y le negaban el título de emperador (para no ofender a los Borbones – que Jorge III hasta 1801 incluyese entre sus títulos el de “rey de Francia” ya tal). Finalmente, tras recibir la extremaunción (él, que había guerreado contra un Papa y arrestado a otro), falleció el 5 de mayo de 1821. Fue enterrado a una milla de la finca donde había estado confinado, con plenos honores militares y acompañado por granaderos del 66 y del 20 Regimientos… cuyas banderas regimentales, quelle fauxpas, tenían bordados con hilo de oro los nombres de Albuera, Vitoria, Talavera y Pirineos. 19 años más tarde, sus restos fueron exhumados, y el 2 de diciembre de 1840 –aniversario de Austerlitz y de su coronación- enterrados en los Inválidos en París, acompañados por un millón de parisinos. El bonapartismo aún tenía gancho: otros ocho años después, su sobrino Napoleón Bonaparte III era elegido el primer presidente de la Deuxieme Republique y se mudaba al Elíseo.

 

Tras la tragedia, puede empezar la farsa.

 

Valoración

Llegado a este punto, todos nos preguntamos lo mismo: ¿a santo de qué le ha llamado Roberts “El Grande”? Roberts se lo guarda todo para el final y empieza: era un puto genio en lo militar, brillando en casi cualquier situación táctica. Desde luego. Y también un hacha en lo político. Vale. Tuvo amplia correspondencia con artistas, científicos y filósofos, y no es exagerado decir que era un genio en todas las facetas a las que aplicó su mente prodigiosa. Pero en su caso puso su talento al servicio de Francia y de una nueva sociedad. Sociedad que era una versión ligeramente amariconada de la vida cuartelaría, que para él siempre fue el ideal: más que su origen corso o su familia de la baja nobleza, lo que más le marcó de por vida fue ser oficial militar. Muchos de sus logros –o de los logros revolucionarios que mantuvo- se mantuvieron durante siglos, sin que ni siquiera los Borbones retornados se atrevieran a quitarlos. El más claro ejemplo, su Código Civil. Tenía una mente muy ordenada, y una idea muy clara de lo que quería para Francia y Europa, y –salvo por una única decisión desastrosa, tomada en la cabaña de un campesino en Rusia- logró implementarla muy bien. Y el what if final: ¿sería peor una Europa dominada todo el siglo XIX por una Francia napoleónico-imperial que lo que finalmente tuvimos (una Europa donde la hegemonía acabó recayendo en una Alemania nacionalista-militarista que llevó en el XX a lo que todos conocemos)? Quién sabe, ¡puede incluso que los franceses hoy no tuviesen el complejo de inferioridad disfrazado de arrogancia de quien no ha ganado una guerra seria sin ayuda en 160 años! Una Francia clasicista e ilustrada frente a una Alemania romántica y gótica. Roberts, que aquí se pone letizio perdido, caracteriza a Napoleón como el último de los monarcas ilustrados del siglo XVIII, guiado por la razón pura y la evidencia científica. Y al final, como no, detrás del letizio asoma el liberal y su fascinación por el Gran Hombre:

 

Napoleón no era por tanto un monstruo maldito, un ejemplar moderno de un antiguo drama griego, o alguna de la docena de construcciones históricas que se han edificado sobre él. Más bien, es una refutación al análisis determinista de la historia según el cual todo se explica en términos de vastas fuerzas impersonales minimizando la parte de los individuos. Deberíamos encontrar esto edificante, como dijo George Home, un cadete del Bellerophon, en sus memorias: “nos mostró lo que una pequeña criatura humana como nosotros puede lograr en un periodo tan corto.”

¿Napoleón el Grande? Claro que sí.

 

Y aquí ya dejamos el campo de lo histórico y entramos en lo filosófico: ¿quién hace la Historia, los Grandes Hombres o las fuerzas económicas y sociales? Napoleón fue una de las cartas imprevisibles de la Historia, jugada en un momento en el que muchos de los logros de la Revolución Francesa podrían haber sido erradicados. Pudiera ser, claro, que dichos logros se lograsen de nuevo 20 años más tarde… o 200, o nunca. Así que, ¿estamos realmente seguros? ¿Estamos seguros de que la historia siempre avanza hacia un futuro más próspero y mejor? ¿Más libre y progresista? ¿Por puro imperativo histórico de las fuerzas económicas y sociales? ¿O realmente hace falta de vez en cuando alguien que agite las cosas? Un Julio César, un Andrew Jackson, un Robespierre, un Lenin, un Napoleón, elijan a su “Grande” particular, da igual. Estamos atrapados sin salida.

El caso es que, aunque su alegato pete nuestro letizionómetro, Roberts nos convence, y concedemos el “Grande” a los puntos. Quien salga de las urnas francesas se va a encontrar unas botas jodidamente grandes que calzar, y unos desafíos que van a requerir a alguien verdaderamente “Grande” (signifique lo que signifique eso) para resolverlos. Por lo que dicen las encuestas hasta ahora, los partidos conservador y socialista, que han puesto los presidentes de los últimos 35 años, ni siquiera van a colocar a sus candidatos en la segunda ronda, con lo que estaríamos ante un cambio de guardia, casi un golpe de estado contra la Quinta República, que en su forma actual parece tan caduca como en su día La Convención Nacional y el Directorio, los dos regímenes que antecedieron a Napoleón. Confiemos en que el 23 de abril de 2017 acabe siendo “solo” un nuevo 18 de Brumario… y no un 22 de Prairial.


Compartir:

»

  1. Comentario de Rafa (21/04/2017 10:57):

    He tenido que hacer un alto en el camino para corregir: “Fuerza es igual a masa por aceleración” Donde vamos a llegar??

  2. Comentario de Carlos Jenal (21/04/2017 12:04):

    @Rafa – Absolutamente imperdonable. Corregido y gracias.

  3. Comentario de emigrante (21/04/2017 13:20):

    No sé si Napoleón se habrá ganado el apodo de Grande pero la reseña del libro seguro que sí.

  4. Comentario de Gekokujo (21/04/2017 13:36):

    Puestos a buscar la gloria en vida creo que hay pocas personas en la historia de la humanidad que se le puedan comparar. De pequeño fue mi único ídolo, incluso más tarde, cuando las chicas se pegaban en sus carpetas fotos de los actores de series de tv y los chicos coleccionaban cartas de futbolistas, Napoleón era el único que me conmovía. Vive l’empereur!

    Ahora habría que buscar a algún separatista de les Illes Balears, a ver si se presta a salvar a España…

  5. Comentario de Rafa (21/04/2017 14:04):

    De nada, enhorabuena por la reseña, me ha gustado mucho

  6. Comentario de Pablo Ortega (21/04/2017 14:36):

    Tengo entendido que Napoleón se atribuyó el título de “Grande” a sí mismo, digo, se lo dio el Tribunal tras Austerlitz. Fue tal su impronta en la época, que ni siquiera los líderes independentistas que se habían levantado precisamente contra José Bonaparte lograron sustraerse de ella.

    Es harto sabida la mezcla entre admiración y repulsión que sentía Bolívar por Napoleón, empezando por que estuvo presente en la coronación imperial. Y no hablemos ya de Iturbide proclamándose emperador de México, que se me saldrá la lagrimita.

    En mi opinión, fue Bayona, y no Rusia, el más grande error de Napoleón. A lo tonto, el Hombre se las arregló para acabar con el estatus de España como potencia y dejar eternamente desbarajustada a Hispanoamérica, forzando nuestro nacimiento con una cesárea. Los Borbones españoles jamás se hubieran atrevido a desobedecer a Napo, es más, si hacía falta cedían incluso Cataluña, sin que nadie osara chistar.

    Ese fue su peor momento de hybris, no Rusia, pensar que podía apoderarse de un enorme Imperio manejado por reglas antiguas y delicadas para modificarlas así como así. Aún de haber llegado a apoderarse de España, alguna vez pensó en lo que significaría conquistar toda la América española, desde México hasta Buenos Aires, con una población que lo rechazó unánimemente, ¡cuando él había vendido la Luisiana precisamente para evitarse problemas así!

    A fin de cuentas, nadie osó decir nada de los Borbones tras Ayacucho…

    El estatus de Grande de Napoleón es incuestionable, para bien y para mal, aunque al final Bolívar dejó un legado geopolítico superior que él no (a fin de cuentas, al menos en apariencia el Viejo Orden había sido restaurado en Viena, arreglándoselas para durar unas décadas más). Y honestamente, prefiero el culto a los Grandes Hombres que el culto a la Masa amorfa y desorganizada. El culto a la Masa no ha traído nada bueno en la historia de la humanidad.

  7. Comentario de Latro (21/04/2017 15:07):

    … ¿es que habia alguna duda de que Napoleón, aunque el título no lo tenga, ha sido uno de los personajes mas grandes e importantes de la historia? Digo, o desde que yo dejé de estudiar han cambiado mucho las cosas o vamos, ese era el consenso.

    Hay muchas cosas que me fascinan de las historias de la época y a las que hace referencia un poco aqui la reseña. Tenemos a todos estos grandes personajes del siglo antepasado muy mitificados, entre otras razones porque muchos de ellos son precisamente la materia con la que se configuran muchos de los mitos en los que vivimos. Ultimamente me he puesto a leer cosas sueltas sobre la historia de Venezuela (aviso – NO VOY A HABLAR DEL TEMA ACTUAL AQUI, gracias) y me fascinaban esos contrastes que no sólo, por lo que veo, son fruto de esa mitificación que le hacemos a Los Grandes Heroes Históricos, sino que ellos mismos lo vivian asi y sin ver, o mejor dicho, haciendo el mas educado y galante esfuerzo por no ver, las contradicciones. Te encuentras con grandes figuras (que ojo, lo son, y tienen sus méritos) escribiendo cartas personales en ese estilo decimonónico tan elaborado donde pasan, sin absolutamente el mas mínimo rubor y hasta con elegancia, de las loas a los valores eternos que con la sangre de los héroes se han visto coronados para toda la posteridad de los siglos y unos cuantos paralelismos a Grecia o Roma … a algo como “y tenga usted plena tranquilidad que ya he hablado con el Ministerio y les he dicho que arreglen lo de su pensión, que es usted mi tio”, pero dicho en bonito.

    No se si quedarme conque eso nos muestra que los tiempos pasados eran, mas o menos, igual que los de ahora, o quedarme con la depresión de ver que no estamos mejor que antes y para remate nuestros personajes “históricos” no saben dar un discurso o escribir nada parecido.

  8. Comentario de Pablo Ortega (21/04/2017 17:32):

    Eso es cierto, Latro. Bolívar repitió ochorrocientas mil veces que él hacía lo que hacía por la GLORIA, con mayúsculas, y en buena medida fue ese anhelo romanticista lo que llevó hasta el Potosí. Bolívar en buena medida construyó su propio mito.

    Solo una duda me queda por hacerle. ¿Que opina del mito de Rómulo Betancourt? Creo que ya está lo suficientemente lejos como para poder juzgarlo imparcialmente, en un país donde nadie recuerda nada más allá de las clases sobre la guerra de independencia en el liceo. ¿Entra o no en esa categoría que usted menciona?

  9. Comentario de Alcalá (21/04/2017 18:30):

    Sin entrar a valorar en detalle los claroscuros de su acción político-bélica, me pregunto: ¿habrá habido a lo largo de la historia un solo individuo que haya acumulado más peripecias vitales? Fue fugitivo, revolucionario, caudillo, emperador coronado por el Papa, megalómano, amante apasionado, demonio de media Europa, esperanza de la otra media, prisionero, evadido y exiliado.

    ¡Es que muchos de los que conocemos como “grandes personajes” sólo hicieron una décima parte de lo que llegó a hacer él! Si hubiese sido yanqui cada año tendríamos una superproducción sobre él, y Netflix o HBO ya le habrían hecho una serie de 7 temporadas.

    Su reclusión en Elba y posterior fuga y ensamblaje de un nuevo ejército siempre me ha parecido algo alucinante. Cito de Wikipedia:

    “El rey Luis XVIII envió al Quinto Regimiento de Línea, comandado por el mariscal Michel Ney, que había servido anteriormente a Napoleón en Rusia. Al encontrárselo en Grenoble, Napoleón se acercó solo al regimiento, se apeó de su caballo y, cuando estaba en la línea de fuego del capitán Randon, gritó: «Soldados del Quinto, ustedes me reconocen. Si algún hombre quiere disparar sobre su emperador, puede hacerlo ahora». Tras un breve silencio, los soldados gritaron: «¡Vive l’Empereur!» y marcharon junto con Napoleón a París. Llegó el 20 de marzo, sin disparar ni un solo proyectil y aclamado por el pueblo, levantando un ejército regular de 140.000 hombres y una fuerza voluntaria que rápidamente ascendió a alrededor de 200.000 soldados”.

    ¡Qué tío!

  10. Comentario de Gekokujo (22/04/2017 02:14):

    #6 Culto a la masa amorfa y desorganizada… perdóneme señor Ortega pero no sé de qué demonios está hablando. Aunque sospecho que se está refiriendo al socialismo.

    #7 Y no solamente es eso, si no que muchos hechos de su comportamiento cotidiano nos repugnarían. Pero algo hay cuando todo el mundo echa de menos un Demóstenes con el que esa “masa amorfa” se sienta identificada.

  11. Comentario de antonio (22/04/2017 08:07):

    ”El culto a la Masa no ha traído nada bueno en la historia” Cierto, sólo no has traido al 99 % de la población. Y a usted, ¡¡un desastre¡¡- sonría :), a la espera de que, por fin, sea usted zampado y merendado con Coca-Cola , por uno de sus Grandes Hombres (¿Capriles, quizás?). Pronto llegará a Venezuela ese gran hombre, tenga paciencia.

  12. Comentario de keenan (22/04/2017 13:18):

    Se olvidan del factor suerte. Que se comenta haciendo referencia a las batallas y demás. Yo opino que ni grandes hombres ni fuerzas socioeconómicas; hay veces que las cosas vienen dadas por el azar. Generales iguales de geniales y ambiciosos que Napoleón seguro que ha habido por lo menos unos cuantos.

  13. Comentario de Pablo Ortega (22/04/2017 13:47):

    @antonio: ajá, ¿díganos que ha logrado la masa amorfa sin organización ni liderazgo? Aquí parece que ustedes sólo aceptan los extremos: el caudillismo o la masa desorganizada y amorfa. Y yo prefiero pensar que mi destino está en mis manos a que lo está en manos de ignotas fuerzas socioeconómicas que nadie controla.

    Aquí ya hubo un Gran Hombre, se murió hace sólo 4 años, el cadáver aún debe estar fresco.

    @Gekokujo: sí, al socialismo me refiero.

  14. Comentario de Gekokujo (22/04/2017 15:06):

    El factor suerte es algo que los propios militares reconocen. Un ejemplo es Midway, una batalla muy igualada que se decidió por la presencia de un destructor dónde no debía. Otra cosa es cuando se produce un stalemate, como en la guerra de trincheras de la Gran Guerra, ahí sí que el factor socioeconómico jugó su parte primordial, por eso nadie recuerda ningún genio de ese periodo.

    Sr. Ortega, mientras va llegando su gran hombre, consuélese con esto.
    https://www.youtube.com/watch?v=6ID3qURBtJ4

  15. Comentario de Mr. X (22/04/2017 15:07):

    11-Sobre la masa, la suerte y el hombre providencial, y, por supuesto, Napoleón, lo que había que escribir ya lo escribió un señor ruso en una novela muy tocha, pero muy entretenida, llamada Guerra y Paz.

  16. Comentario de Ocnos (24/04/2017 15:27):

    La reseña genial, como tan acostumbrados nos tiene. Lo de “metamarianismo”y “sickoanalizar” felicísimos hallazgos.

    En lo militar del muchacho, si bien tácticamente es digno de estudio, sus planteamientos inauguraron un nuevo concepto del que no es para sentirse orgulloso y fueron las espantosas matanzas. Cómo bien señala vd. en sus primeras batallas las bajas estaban en torno al 15 – 20 por ciento, lo que más o menos estiman los historiadores militares que eran los resultados reales de las antiguas batallas. Homero, Herodoto,César y demás militares e historiadores antiguos magnificaban bastante las cifras . Un siglo más tarde de Napoleón la juventud europea se despedazaba en las trincheras en una carnicería jamás vista en la primera guerra mundial y la democracia más pura del mundo soltaba sobre población civil dos pepinos nucleares – por evitar más bajas decían- en la segunda. Creo que es un funesto legado.

    Las campañas bélicas adquirieron una crueldad nunca vista antes. Y eso que contaban con la Marsellesa, himno que según Napoleón, iba a ahorrar muchos cañones…

  17. Comentario de Pablo Ortega (24/04/2017 16:31):

    @Ocnos: los pepinos nucleares sí eran para evitar más bajas, más bajas de los nuestros por supuesto. Para Truman y los demás, los japoneses de Hiroshima y Nagasaki podían irse a freír esparrágos. No los estoy justificando, pero cuando Truman y el alto mando aliado deciden tirar las bombas, es pensando en los suyos y en evitar una invasión de Japón, no en los nipones. Y 70 años después es innegable que muchos estadounidenses, británicos y soviéticos salvaron el pellejo gracias a Hiroshima y Nagasaki.

    Vae victis!

  18. Comentario de Teodoredo (24/04/2017 16:36):

    Psch, innegable lo que se dice innegable… pruebe con History Wars: The Enola Gay and Other Battles for the American Past.

  19. Comentario de Lluís (24/04/2017 16:45):

    #17

    De hecho, Japón ya estaba considerando seriamente la posibilidad de rendirse, sin necesidad de pepinos nucleares. ¿Que habrían tardado algo más? Puede. Pero militarmente, estaban reducidos a poco más que la impotencia, e invadir las islas no era la única opción posible

    Más bien era un mensaje para Stalin. Que sólo sirvió para alentarle a buscar sus pepinos nucleares. Y con eso, ahora vivimos todos acojonados por si a algún tarado le da por hacerse con armas de esas y utilizarlas, y no lo digo por Trump o Putin, sino por elementos como el de Corea del Norte o algún discípulo de Bin Laden que logre hacerse con el poder en Pakistán, que si tiene armamento nuclear, y mejor que el norcoreano.

  20. Comentario de asertus (25/04/2017 10:36):

    Un poco off topic.. aquí se están dando cuenta de algo que esta página comentaba hace lustros, que donde esté un buen videojuego, Europa Universalis, Civilization.., que se quiten las clases de historia…

    https://www.theguardian.com/technology/2017/apr/25/call-of-duty-wwii-historians-video-games-activision

  21. Comentario de Teodoredo (25/04/2017 10:49):

    ^19 Qué quiere que le diga, a mí el armamento nuclear que me preocupa es de los Yuesei y el de Israel.

  22. Comentario de Lluís (25/04/2017 12:54):

    #21

    No tengo ninguna simpatía a los EEUU, y hasta la fecha son los únicos que han utilizado el pepino nuclear. Pero creo que, en EEUU o Israel queda suficientemente gente cuerda como para evitar que el Trump de turno, cabreado tras una escalada verbal en el twitter, apriete el botón. Lo que me da miedo es que pueda hacerlo algún tarado que se cree que llevarse a media humanidad por delante, empezando por sus propios paisanos, le asignará un puesto preferente en el paraíso. Lo digo básicamente por Pakistán, ahi el islamismo no es una fuerza despreciable y existe la posibilidad que algún día puedan hacerse con los resortes del poder. Y lo que está claro es que si empiezan algo, americanos y compañía responderán, y ahí será donde se montará el lío.

  23. Comentario de Pablo Ortega (25/04/2017 13:10):

    @Lluís: aún así, muchos militares nipones pensaban que era posible al menos alcanzar una paz honrosa, de hecho aún después de los pepinos hizo falta sofocar un intento de golpe de Estado para poder capitular. Por eso mismo espero que nos explique cuáles eran las alternativas de los Aliados en 1945 que no le costaran la vida ni a un solo soldado británico o estadounidense más.

    También se olvida que en pocos días, simultanéamente con los pepinos, los soviéticos declararon la guerra a Japón y se apoderaron de Manchuria y Corea del Norte, por lo que es razonable pensar que de haber durado la guerra unos meses más, Japón hubiera terminado dividido como Alemania.

  24. Comentario de Teodoredo (25/04/2017 13:24):

    ¿En Israel? ¿Gente cuerda? A lo sumo la Pilar Rahola lo mismo les pega una llamada.

    En los Yuesei no hay nadie cuerdo, están todos pirados, como quedó patente hace 16 años.

  25. Comentario de Lluís (25/04/2017 13:50):

    #23

    La paz honrosa, para esos militares, consistía básicamente en salvar la cabeza y la dignidad del emperador. ¿Las alternativa en 1945? Pues hacer un Rajoy, es decir, sentarse y ver qué hacían los japoneses, viviendo en un estado de sitio en su propio archipiélago y viendo como la aviación aliada les iba hundiendo los pocos barcos que les quedaban, que tenían que permanecer en puerto porque se habían quedado sin combustible. Pero claro, supongo que es mejor arrasar un par de ciudades indefensas que ni siquiera son un objetivo militar.

  26. Comentario de Lluís (25/04/2017 14:15):

    #24

    Oiga, una cosa es que algunas de las cosas que hacen sean crímenes contra la humanidad, pero no veo mucho mejor a los que convencen a un adolescente para que se ate unos explosivos a la cintura y vaya a hacerse estallar en un puesto de guardia israelí, o en una parada de autobús. Y por otra parte, los capos de Israel hacen muchas de las cosas que hacen porque les da el visto bueno el primo del Zumosol, el día que éste se les ponga de morros verá como mucho halcón se convierte en gallina.

  27. Comentario de Teodoredo (25/04/2017 14:23):

    Nadie dice lo contrario.

  28. Comentario de Lluís (25/04/2017 14:40):

    Pues ya me contará qué concepto tiene vd. de “gente cuerda”.

  29. Comentario de Pablo Ortega (25/04/2017 18:03):

    A ver, si aún después de lanzar los pepinos nucleares hubo una intentona seria de golpe de Estado porque como se va a atrever el emperador a negar su divinidad y decir que debemos rendirnos cuando aún podemos exigirle condiciones a los Aliados, como conservar Corea, la cual terminó con varios generales muertos o haciéndose el seppuku, imagínese antes de Hiroshima.

    Dudo mucho que a esos generales y políticos nipones les hubiese gustado aceptar una Constitución democrática dictada por el enemigo, la renuncia formal a la guerra, y vivir con tropas de ocupación estadounidenses por unos añitos.

    De paso olvida que gran parte del ejército terrestre japonés seguía intacto en China y Manchuria. Puede que sin combustible, pero hombres y balas para resistir allí tenían antes de ser totalmente asediados en el archipiélago.

    Por último, Stalin no quería ni oír hablar de quedarse sentado a asediar Japón, y a él sí que no le importaban cuántos millones de soldados soviéticos más morirían si con eso medio Japón pasaba a ser suyo.

    No ando justificando el lanzar los pepinos desde un punto de vista humanitario o moral. Solo señalo que si era por salvar vidas de soldados aliados, esa era la mejor salida, claro está, a costa de los japoneses.

  30. Comentario de Y (25/04/2017 18:59):

    Los palestinos llevan sufriendo la pesadilla sionista -“nuestro proyecto colonial”- desde 1917

    la brutalidad sionista es indescriptible, y desde el primer momento el objetivo del terrorismo sionista fue lograr una respuesta, para así golpear más fuerte, una y otra vez

    Lluis habla de cosas ocurridas hace ¿20 años? -¿podría decirme la fecha de la citada parada de autobús?

    Quiero decir que da igual lo que hagan los palestinos: todo el mundo sabe que son “untermenschen”

    Y no hay ninguna esperanza: en el partido demócrata tienen mucho poder los sionistas de origen rabínico, y el partido republicano está controlado por sionistas cristianos de religión imperial que llevan bajo el brazo la Biblia, que entre otras cosas es una colección de sangrientas fantasías de época imperial persa: una colección de panfletos donde se justifica el terror y la limpieza étnica

    la Eta fracasó porque no entendieron la Biblia, no leyeron bien la Biblia: el terrorismo funciona cuando forma parte del terror imperial. La Biblia la escribieron unos subcontratistas del imperio persa. Si la Eta hubiera nacido en 1817 y hubiera sido una subcontrata del imperio británico hoy Logroño sería un gueto de refugiados

    Desde su fundación en Hiroshima y Nagasaki el nuevo imperio romano-norteamericano es una de las mayores fuentes de terror en este mundo, y todo terror que pueda presentarse como subcontrata del terror imperial es tolerado o alentado, ya sea Somoza, Pinochet o los yihadistas atacando Siria

    Lo de los yihadistas es simplemente perfecto desde un punto de vista sionista, pues si ganan, bien, y si pierden en cualquier caso destruyen Siria, y de paso hacen atentados en Europa y los europeos ven a los palestinos como árabes (o como españoles vistos desde el Londres del siglo XIX y comienzos del XX)

Publicar comentario

(imprescindible)

(Imprescindible, pero no la publicamos)

RSS feed for comments on this post. TrackBack URI