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Clint Eastwood, el último jinete

Por @omanhaaaa [1]

Exterior. Desierto. Mediodía. Plano cenital. Cámara desciende hasta llegar a plano panorámico general. Música Il triello. Morricone [2].

Un hombre alto, delgado, se desvanece poco a poco en su camino hacia el horizonte. El sol, en lo alto en un día azul sin manchas blancas en el firmamento, nos vislumbra altivo, castigando nuestros ojos con los directos limpios de su luz, obligándonos a entrecerrarlos para intentar vislumbrar un horizonte que ya ha devorado mansamente la solitaria figura, vomitando la nada calma y eterna del desierto rojo y rocoso.

Contrapicado. Plano Americano

En el aire el recuerdo del tabaco, con su olor fuerte, salta jugueteando revoltoso entre las fosas nasales, empapando el cerebro; y con él, el recuerdo del hombre. Del hombre y su tabaco. Con sus dos pistolas asomando (PRIMER PLANO), y el nácar restallando sobre su gesto hosco. Una mirada dura sin ojos, y una voz grave y ausente. Es lo que queda de él, el resto ya es pasto del tiempo desintegrado.

Plano entero.Voz en off

Clint Eastwood sigue entre los vivos, pero ya está muerto. Sólo la cultura dominante tiene el poder de determinar quién está vivo y quién no, pese a no estar muerto; y Clint Eastwood ya es sujeto pretérito perfecto simple, vetusto y raído; y con él, su sistema-mundo; y con él, todos los que, ajados y abigarrados, se enmarañan, asustados, asidos al pasado.

Clint tuvo la suerte, además de ser, si no guapo, sí atractivo, de que nunca necesitó ser actor. Solo tuvo que interpretarse a sí mismo; unas veces disfrazado de vaquero, otras de policía, las menos de periodista, e incluso de astronauta. Pero al final, sólo tenía que llegar al plató de rodaje, y recitar el texto con la misma naturalidad que esa misma mañana le había dicho a su mujer que el café estaba frío, o a su hijo que se portara bien o le iba a caer una zurra. Que no tuvo que interpretarse más que a sí mismo, se puede observar disfrutando de sus películas como director, donde es fácil apreciar que en él nunca existió personaje.

Sus películas reflejan una cosmovisión dura y profundamente cristiana: la vida es un valle de lágrimas. Hemos venido a sufrir, a dar dentelladas y a que nos las den. A sobrevivir; y el colectivo, como supervivencia, una mera manada de lobos. Aislado, en un islote solitario y diminuto, a veces, las menos, la familia, y quizás, con suerte, algún amigo de verdad, de esos con los que compartir más silencios que palabras. La redención propia como objetivo y castigo, en una batalla continua y muda contra los impulsos naturales, siempre a flor de piel, siempre presentes. Solo hay dos caminos, el bueno y el malo. No hay espacio para que el relativismo, tortuoso, se abra una senda donde discurrir ajeno al conflicto. Hay que domeñar el instinto salvaje, y hacer prevalecer lo correcto. Siempre quedará la esperanza, además, del amor como bastión y cobijo, donde ser y al mismo tiempo dejar de ser, protector contra uno mismo, lima de ímpetu y nervio descarnado.

Pero al final, uno nace y muere solo, y en una antítesis perfecta de la doctrina católica engarzada con un existencialismo duro, la vida no tiene reglas, ni premios ni castigos. En esa contraposición dolorosa y continua, en esa tensión permanente y agónica de sus películas entre lo correcto y la ausencia de una justicia universal que ordene y regle nuestras vidas, facilitándonosla, nace la lírica de sus películas. Evangelios sin Dios, esteparios. Capítulo 19, versículo 63: “Yo no sé nada, ni una maldita cosa.”

Plano general

Ante este escenario, el hombre ha de ser duro, distante. Desconfiado; parco en palabras; dispuesto al sacrificio continuo por los suyos sin lamento ni queja, y sin esperar ni querer agradecimiento, como alano en eterna espera. La mujer, sin embargo, ha de ser viva, hábil; zurcidora de rotos y conflictos, barro y cimiento de la familia, señora del hombre. Frente a la idea simple y desprendida del machismo dominante en sus películas, la certeza sencilla de que al final el hombre no es más que un perro en sus manos, domado a base de emociones y tejidos.

Plano Medio; Exterior. Mediodía

Cualquier persona criada, o que conozca los pueblos de montaña del norte de España, comprenderá. Pueblos en su mayoría minúsculos, fríos, desperdigados al azar entre los recovecos de los ríos; anegados por la nieve en invierno y sin aire en verano. Donde los hombres fuman y callan; y las mujeres hablan y deciden, siseando, entre los muros de piedra y el calor de los fogones de las cocinas de hierro. Hierro, piedra, frío y tabaco. Esos son mis recuerdos. Y el café de puchero compartido, alrededor de una gran mesa de madera sin trabajar, por la familia, que charla mecida dulcemente por el agudo y acompasado tintineo de las cucharillas chocando contra los vasos de cristal disolviendo el azúcar.

Plano Múltiple. Interior. Cocina

Este mundo duro y confortable se desgaja desangrado, moribundo; y, desahuciado, exhala sus últimos estertores. Silenciosos. Callados. Denostado y harapiento. Torturado. Ya no hay lugar para los silencios. Hoy todo es ruido, quejas, lamentos, proclamas. Ya no hay lugar para los hombres y mujeres recios. Hoy todos pretenden ser celebrities de barrio, salpicando sus redes sociales de fotografías estridentes concebidas al arrullo del narcisismo más estúpido y delirante; de reflexiones simples preñadas de la jactancia más ignorante, profana. En definitiva, hoy, ya no hay lugar para la sobriedad. Todo ha de ser colorido, chillón, rococó, aunque sea parvo y desgastado. Frente al contenido, la forma, frente a lo ceñudo la banalidad, ratio summa, de la nueva cultura.

Plano General. Exterior. Tarde

Una nueva cultura que, gestada en los 2000, ha terminado por dar a luz en la lugubrez de una crisis económica de velas y desvelos. Ante la incertidumbre, la caducidad de los valores precedentes, irremediablemente tornados secos y cobrizos; que, delicados y quebradizos, sucumben ante el roce del hálito del recién nacido. Descomponiéndose, hasta su denostación intrínseca, interna, propia, permitiendo el impulso despótico del cambio cultural a una sociedad occidental deslavazada, desvalida y sin referentes plausibles, al mundo contemporáneo, que se encamina sumisa al campo de reeducación; adaptándose al compás del segundero de un reloj invisible, pero perfectamente engranado, sostenido por la brida del devenir económico y social; y, como buenas bestias gregarias, seguir al final, pesada o alegremente, el nuevo chemin de bestiaux por el que discurrir serenos como hormigas dúctiles de barro y sentimiento.

Es simple apreciar el cambio cultural. La dinámica es perenne y perpetua; constante de Boltzmann. Una nueva tecnología, un cuestionamiento cultural, un cambio relacional, y la lluvia fina penetrando en la sensible piel neuronal de la sociedad, que de otoño a otoño, con la caída de las hojas, se ve cada vez más pesada, impregnada de la nueva y opresiva parafina conductual que contagian las nuevas ideas, el nuevo marco cultural.

Internet es el nuevo virus global. La interconectividad y las grandes empresas arando unos medios de comunicación horadados por múltiples intereses de grupos de presión y poder permiten, como nunca antes, la catalización fugaz en la creación de culturas globales de carácter regional, como todas, marcadas por el pecado original del maniqueísmo, actualmente en plena confrontación. Quien domine la cultura global, prevalecerá y dominará; el ganado deja de ser bravo; estabulado cuando acepta sumiso valores como propios, y su destino imbricado con un destino universal. La aparición de los nuevos partidos antisistema en Occidente, es la marcha silenciosa, rabiosa y derrotada de los inadaptados, de los fracasados, de la desesperanza.

Plano Medio

El ser humano siempre ha sido el mismo. Sus instintos, sus emociones, sus miedos, sus necesidades son concéntricas con la eternidad. Solo la maleabilidad de la cultura, del pensamiento moral logran encauzar la naturaleza rabiosa y animal. La necesidad de lo esperado como ley candencial y armoniosa en un mundo sin certezas.

El individualismo, el consumismo y el relativismo son las conductas ensalzadas y fomentadas por el sistema-mundo actual. Estos comportamientos validados culturalmente conllevan un nuevo sistema de relaciones interpersonales y necesidades de autorrealización. Frente a la sociedad del bienestar característica del sistema-mundo occidental, un constructo nacido de la antítesis de Marx y Dios, la síntesis entre Nietzsche y el utilitarismo, dando lugar al individuo como marca, aislado, y en confrontación muda interdependiente con una sociedad de networking; con un consumismo exacerbado, como lubricante del sistema económico y de las relaciones sociales, incrustado en un infantilismo filosófico, preñado de unos peter pan y campanilla acomplejados, que es avivado dulcemente por el soplo constante, despreocupado y minucioso de un carpe diem marchito, egoísta y purulento.

Primer Plano. Atardecer; Desierto

Yo sigo, como tantos otros, intentándome adaptar. Estoy encharcado, como todos, en los nuevos valores. Sin embargo, aún recuerdo con nostalgia el hierro, la piedra, el frío y el tabaco; y a Clint Eastwood en una televisión pequeña y vieja en las tardes de verano, montando su caballo hacia un horizonte romo, desnudo y rojo que le va engullendo poco a poco hasta desaparecer (PLANO CORTO), dejando tan solo el recuerdo de otra época, aquella en la que yo era feliz.

Plano Panorámico. Exterior. Desierto. Anochecer. Música Ain’t no grave Cash [3]. Fundido en Negro.