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Ghost in the Shell

Claramente Scarlett Johansson anda corta de pasta. La última vez quizás ocurriera cuando aceptó protagonizar Lucy, una infame película basada en la patochada de que sólo utilizamos el 10% del potencial del cerebro y que si lo utilizásemos todo… ¡Imagínate! ¡Mariano Rajoy!

Pues bien, sin duda ha vuelto a ocurrir: Johansson no tiene un duro. Porque el visionado de esta película supera todas las expectativas: el espectador espera encontrarse una porquería, y tal enunciación de objetivos se ve superada con creces. Claro que la historia se basa en unos cómics manga japoneses, así que podrían Ustedes decirme, con toda justificación, que me lo estaba buscando. Y aquí ni siquiera tengo el aliciente de que aparezcan los fans de estos cómics, indignados en plan Juego de Tronos [1], porque es más que obvio que no superarán el titular del artículo.

Que tampoco es que tenga mucho que contarles, no crean. En un mundo futurista japonés, todo es ridículamente colorido, extravagante y absurdo. La población es capaz de cualquier cosa con tal de sublimar sus múltiples complejos, físicos, psicológicos y existenciales, que en tanto japoneses les atenazan. Pero ni siquiera están dispuestos a hacerlo como José María Aznar, esto es: aprendiendo inglés y haciendo pesas y tablas de abdominales para, provisto de sus nuevos superpoderes, surcar el mundo afanando pasta de consejos de administración y amenazando con hincharse a pegar yoyah si alguien se ríe de su no-bigote y lo compara con la consistencia de su carisma.

No, los japoneses prefieren seguir el camino fácil, y se dedican a ponerse todo tipo de prótesis robóticas que les aumentan la potencia sexual, física y -supongo- también intelectual, aunque viendo los diálogos que se marcan los personajes de la película, pues mire Usted, para eso pónganse a ver cualquier entrevista de ANA PASTOR a todo tipo de personajes irrelevantes en El Objetivo.

La demanda de prótesis sexuales es muy elevada, y eso provoca una revolución en el campo de la robótica que conduce rápidamente a construir esclavos sexuales robóticos a los que los japoneses con implantes robóticos pueden, por fin, tirarse sin miedo a que los robots desprecien su potencia sexual, pues para algo son robots específicamente programados para no despreciar al humano que se los está tirando, machote, que parece que esa prótesis tiene 700GB de RAM, y no 50 como pone en la caja.

En esto que aparece alguien especial. Scarlett Johansson era una joven japonesa que muere en un misterioso suceso. Salvan su cerebro y la convierten en una súper robot policiaca controlada por el Gobierno, capaz de todo tipo de peripecias y con la cara de Scarlett Johansson, que sustituye a su anodina cara japonesa previa. Lo cual, por cierto, es lo que ocurre con casi todos los demás personajes de la película, occidentalizados a fuer de japoneses, salvo una doctora francesa (Juliette Binoche, que claramente también necesita mucha pasta, una vez finalizada la millonada que ganó hace más de veinte con Azul, de Kieslowski), que por su apellido parece francesa de serie, sin prótesis adicionales. Aunque vaya Usted a saber. Luego hay una serie de simpáticos secundarios, el círculo de Scarlett en su unidad de lucha contra el Mal, que seguro que en los cómics son muy importantes y atesoran una rica vida interior, pero que aquí básicamente aparecen en una secuencia, se les presenta, y a otra cosa. Salvo uno, que es un actor occidental y sale mucho más.

Pagadme ya, por el amor de Dios

Scarlett tiene una programación que le permite detectar terroristas por doquier: el programa F.I.S.C.A.L.Í.A. no deja titiritero con cabeza. Le cuentas tus mejores chistes de Carrero Blanco y la tía ni esboza una sonrisa. Así de dura es. Se dispone, de hecho, a capturar a un malvado terrorista que también es una cabeza de occidental en cuerpo robótico, cuando… SORPRESA: ¡el terrorista le revela la horrible verdad de que todo en lo que ella creía creer es más falaz que una velada humorística sin carcajearte del garbeo espacial que se pegó Carrero Blanco hace 44 años, jajaja!

Johansson ríe. Ríe enaltecidamente al detectar con sus superpoderes los mejores chistes que circulan por la Red sobre Carrero Blanco, que en ese mundo futurista continúan siendo extremadamente populares, y se rebela. Lucha contra sus antiguos amos. Los diálogos no hay por dónde cogerlos, sobre todo porque no se limitan a hacer gracietas más o menos afortunadas, sino que también contienen antológicas reflexiones sobre lo divino y lo humano que fueron desechadas por pueriles en versiones previas de los guiones de las sucesivas entregas de la saga Crepúsculo [2]. Parece que hay un mundo más allá del mundo, en el ciberespacio, al que sólo puede acceder gente superespecial con caretas de actores occidentales pegadas a su cuerpo robótico. Un mundo, supongo, lleno de vídeos porno y cuentas de Instagram prometiendo porno.

Así sin darnos cuenta, la trama te va conduciendo hacia el apoteósico final, en el que Scarlett se enfrenta a un terrorífico TANQUE-ARAÑA (un tanque con forma de araña. Como un tanque, pero mucho más lento, aparatoso e ineficaz, dado que cuenta con ocho molestas y torpes patas de araña para desplazarse, en lugar de una cómoda oruga) y, como cabría esperar, vence. El malo es derrotado. Todo vuelve a la normalidad. La verdad, hubo un momento en el que me quedé dormido y seguro que eso me hizo perderme el momento más importante de la película, pero no se engañen: Ghost in the Shell redefine los límites del arte cinematográfico. Por debajo, claro. Es tan mala que ni siquiera te ríes. Bueno, algo sí que te ríes. La verdad es que con lo del terrorismo me eché unas risas. No sé, vayan a verla si quieren. A Scarlett Johansson tanto le da, que supongo que ya habrá cobrado, y como secuela no harán…