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El Tiempo Entre Costuras (2013)

Loa a la convivencia

Ningún hombre (ni tampoco ninguna mujer) es una isla. Vivimos todos conectados unos con otros, y entre todos tenemos la responsabilidad de que la sociedad funcione. Eso implica ser asertivos en nuestras necesidades, pero también saber ceder a las necesidades de otros. En mi caso particular, eso significa que para poder ver series escandinavas chorras [1] de vez en cuando tengo que ver alguna serie española. Algunos lo llamarían karma. Yo lo llamo contrato social.

La serie en cuestión es “El tiempo entre costuras”, producida por Antena 3 y emitida en 2013, basada en la novela homónima de María Dueñas que no me he leído ni falta que hace, y que se puede resumir como un folletín folletinesco en el que nos cuentan la historia de Sira Quiroga, una joven costurera en tiempos de guerra, con muchos modelitos y múltiples reminiscencias al cuento de la Cenicienta y a la película “Casablanca [2]”: refugiados de una guerra atrapados en una ciudad marroquí –Tetuán en este caso- buscando un pasaporte para poder salir de ahí, y que mientras tanto van tirando para adelante con sus chanchullos varios. La ciudad, además, está todo perdida de nazis pero sin que eso sea un Reichskommissariat, con lo que se tienen que cortar un poco y actuar a través de las autoridades locales. Entre medias, varias conspiraciones e historias de espionaje. Pues lo que Casablanca te cuenta en 100 minutitos, aquí se tiran 11 capítulos como 11 soles (de hora y cuarto cada uno). Y sin Humphrey Bogart.

 

Por imperativo legal, hoy toca serie española.

 

En cuanto a la guerra, tampoco es una megaguerra como la Segunda Guerra Mundial [3], sino el “conflicto telonero” de esta última: la Guerra de España [4], que pilla a la protagonista a medio camino entre Tánger y Tetuán. Por supuesto, no esperen escenas como esta [5]: el conflicto solo sirve de telón de fondo para contar una historia sin ofender a nadie. ¿Cómo, una obra sobre la Guerra Civil sin mensaje político? Pues sí, pero tranquilos, que aquí podemos encontrar conflictos políticos en el manual de una cafetera. El caso es que el conflicto entre “rojos” y “fachas” se reduce a unos refugiados diciéndose cosas poco bonitas sentados a una mesa y tirándose trozos de pan, en una escena que no sé como sale en el libro pero que aquí parece La Loca Historia de la Cainita Guerra Civil Contada Por los Guionistas de Aquí No Hay Quien Viva.

 

Asuntos textiles

La serie incluye un amplio despliegue de medios para recrear los años 30 y 40 del siglo pasado, faceta en la que logra un resultado notable. Entre otras cosas, las recreaciones incluyen el consulado alemán en Tetuán, todo lleno de esvásticas y acompañado de música así como amenazadora, para que el espectador piense “¡los malos! ¡Vaya yuyu!” Y no. A ver, claro que son malos, ¡que son nazis! Pero justo en el momento en que sale (noviembre de 1936) aún no son los malos malotes que han venido a ser para la posteridad. En el death toll, cualquiera de los dos bandos de la Guerra Civil ha acumulado en cuatro meses unos números más impresionantes de sacas, ejecuciones sumarias, represión y “desaparecidos”, que todo el régimen nazi en el periodo 1933-1936, donde apenas están asentándose. Es que incluso hay bastantes generales fascistas capaces de sobrepasar al régimen nazi ¡a título individual! En 1936, Hitler todavía es ese señor que, vale, dice cosas muy feas sobre los judíos, pero que también ha organizado unos Juegos Olímpicos y montado unas autopistas y una recuperación económica que son el asombro de la cuñadería mundial, que critica su dictadura pero que por lo bajini suspira aliviada porque al menos es una dictadura de una cierta paz y orden, previsible, donde sabes a qué atenerte, y donde no te sacan de tu casa a las 3 AM (salvo si eres comunista o judío, claro, ¡pero es que cierta gente no tiene remedio!). Vamos, que “Hitler 1936” no era ni de lejos “Hitler 1942”, y por eso el poner a los alemanes de malotes en la serie en 1936 es algo que como germanófilos historiafrikis nos irrita, sobre todo habiendo suficientes fascistas de cosecha nacional que también dan un yuyu de cuidado. Parece que los productores han ido a lo fácil, y han caído en la poco patriótica mentalidad de que todo lo que viene de Alemania, ya sean coches, medicamentos, Grandes Coaliciones o asesinos fascistas, es mejor que el producto patrio. Muy mal, Antena 3.

Este complejo freudianamente sublimado, suponemos, es el que está detrás de otro error histórico que se les ha colado –seguramente sin querer- a los ambientadores: tras la mentada recepción en la legación germana, petada hasta arriba de esvásticas (un tanto incorrectamente, pues la esvástica aparece centrada en la bandera y no desplazada hacia el asta [6]), llega una recepción en Tetuán a Serrano Suñer en la que por supuesto no falta la rojigualda… ¡pero no lleva el pollo! Ni pollo ni nada, lo que por otra parte sería correcto hasta el 13 de septiembre de 1936 [7], pero luego llega el Día de la Victoria, y varios episodios en Madrid, y nada, que el pollo no aparece en toda la serie. Resulta realmente sorprendente que una serie tan centrada en textiles no acierte con este trozo de tela tan importante. Así no vamos a ninguna parte, Antena 3. ¡Así que fuera complejos! Basta de usar a Hitler como hombre del saco solo porque es alemán austriaco. ¡Exijamos fascistas malotes de producción patria con toda su parafernalia intacta!

 

EIN! BISSCHEN!! BITTESCHÖN!!!

 

Como el destinatario final de esta serie es, de manera muy evidente, la burguesía de rancio abolengo del barrio de Salamanca en Madrid, para darles gusto la serie también discurre parcialmente allí. ¿La excusa? Pues cuando Sira ya se ha asentado a gusto en Tetuán, se monta un taller de alta costura e incluso se trae a su madre, llega su amiga inglesa y la recluta para espiar para Gran Bretaña. Estamos en 1940, y resulta que España está a punto de entrar en la guerra del lado del Eje, y eso es malo para España, y como por aquel entonces Campechano solo es un niño de 2 años de edad que aún tiene que irse a entrenar con la Liga de las Sombras para adquirir sus portentosas habilidades, el marrón de rescatar a España le cae a Sira. Al principio se resiste, pero ¿conocen ese cuento para niños que dice En otros países también hay elecciones pero cuando terminan se respeta al ganador y todos trabajan juntos por el país? Cambien “elecciones” por “guerra civil”, y ya tienen el discurso con el que su madre convence a Sira de que tiene que espiar para los británicos. Al fin y al cabo, ¿qué es una guerra civil sino unas elecciones un poco violentas? Hija, hazlo, ¡por patriotismo! Ahora toca tirar juntos del carro, ¡España no se lo puede permitir!

 

“Hija: ir a una segunda guerra sería un disparate. Los españoles no lo entenderían.”

 

El Madrid de 1940 resulta un primor de buen gusto y lujo, nadie diría que han pasado tres años de guerra (lo cual no deja de tener su verdad histórica, pues Franco dio órdenes de no bombardear las zonas “nobles” de la ciudad [8]). El barrio de Salamanca y sus aledaños, es importante recordarlo, no son la derecha española. Pero constituyen un importante núcleo irradiador dentro de ella. Y eso exige algunos equilibrios. Sira, como decimos, llega a Madrid para espiar al servicio de un país extranjero. Ni idea de cómo lo presenta María Dueñas, pero en lo que respecta a Antena 3, aquí los guionistas tienen un marrón de cuidado. ¡No puedes glorificar desde Antena 3 Series que alguien esté cobrando de Gran Bretaña para operar contra los intereses del gobierno español, mientras criticas en Antena 3 Informativos que Pablo Iglesias –presuntamente, eh- haga lo mismo cobrando de Venezuela! De modo que tienen que hilar muy fino, y si nos fijamos hay una justificación implícita que se asienta en tres patas: a) Hitler es MUY MALO, y su maldad irradia a los demás, cual si fuese el ojo de Sauron, b) aunque Sira opera desde Madrid, solo espía a los alemanes allí afincados (y como no tiene ni papa de idiomas, esto requiere una movida totalmente inverosímil con sus criadas germanoparlantes) y a algún portugués, con lo que técnicamente no está espiando a sus compatriotas, y finalmente c) Sira espía para los BRITÁNICOS.

Sobre a) ya hemos hablado ampliamente en esta su página amiga [9]. Como dijimos más arriba, evidentemente los nazis son lo puto peor del mundo en la categoría de fascismos, pero un estudio exhaustivo de los años 30-40 deja bastante claro que hasta 1940, incluso 1941, con la ocupación de amplias zonas de Europa que convierten en zonas sin otra ley que la voluntad de los Reichskommissare, el resultado estaba bastante igualado, e incluso se podría argumentar que otros fascismos iban ligeramente por delante en el marcador. Pero como Hitler se ha convertido en un malote de comic totalmente plano que mataba judíos desde la más tierna infancia, todo eso ya da igual.

 

Asumámoslo: nada de lo que hizo el franquismo le va a condenar históricamente tanto como esta foto.

 

Sobre b), lo cierto es que hay un momento en que Sira sí tiene que engañar a una española para sus pesquisas espionajiles, pero ya se encargan los guionistas de justificarlo. Verán, la señora en cuestión es nazi, ¡pero mucho! ¡Nivel vajilla con esvásticas grabadas en el fondo! Ale, problema resuelto para las mentes sencillas. No obstante, puede que esto no baste para las mentes más sofisticadas, que podrían alegar que la igualdad de todos los españoles exige que no puedas espiarles o abusar de su buena fe por muy nazi que sean – ¡ser español está por encima de ser nazi! Así que casamos a la señora con un alemán, y le ponemos en boca un discurso donde viene a decir que en España todo mal, y que más valen la eficacia, laboriosidad y puntualidad germanas que el sol, las tapitas y nuestra sin par alegría de vivir. Con lo que pierde el derecho a ser considerada española (de manera similar a los 9000 republicanos de Mauthausen [10], se ve que en aquellos años ser español verdaderamente era un título y lo podías perder si no tenías cuidado), y ya puede Sira quemarle la ropa a gusto.

Finalmente, c): los BRITÁNICOS. Los británicos son los buenos en esta historia. ¿Y por qué? Pues porque la muy noble aristocracia burguesa del Barrio de Salamanca y aledaños, por las vueltas que da la vida, ha terminado en reconocer en la antaño pérfida Albión la imagen de todo lo que quiere ser y de cómo desea ser vista. ¿Y qué ofrece Gran Bretaña en ese sentido? Pues un país “moderno”, “civilizado” y democrático donde sin embargo llevan mandando los mismos desde hace casi 1000 años [11]; un país que no se avergüenza de ser una monarquía y de tener una iglesia estatal [12] y una cámara de nobles [13] como guardianas de las esencias patrias; un país en el que sus diversas nacionalidades (ingleses, escoceses, galeses e irlandeses) se integran maravillosamente bien, no como aquí con catalanes y vascos (lo del referéndum en Escocia ha hecho mucho daño en este punto, David Cameron correría más peligro de sufrir una agresión física en la calle Serrano que en el Puente de Vallecas); un país que ha resuelto todos sus problemas con “reformas”, nunca recurriendo a revoluciones (a ver, obviamente Inglaterra ha tenido revoluciones [14], pero dirigidas por gente de bien [15]; nos referimos a que nunca ha tenido revoluciones proletarias de esas tan sucias y sin glamur); un país que conquistó un imperio mundial sin sentirse culpable por ello, y que lo perdió sin sentirse un fracaso. Y sobre todo: una sociedad con una alta conciencia de clase, donde la gente asume con toda naturalidad el ser clase obrera o lores normandos, y hasta lo dice sin avergonzarse [16], no como aquí que hay que ocultarse bajo la etiqueta de “clase media trabajadora” porque si no piensan que eres un creído. A ver, que ser clase media trabajadora está bien, merece todo el respeto y tal, ¡pero la nobleza es la nobleza, coño! Esto último sobre todo despierta la envidia del núcleo irradiador, que ni siquiera puede enorgullecerse de alguna guerra sin que salgan los revisionistas de la izmierda a criticar, no como los británicos, que tan abiertamente se enorgullecen de sus guerras mundiales. Ahí está todo lo que nuestras élites quieren para nosotros. Y por eso todo lo que hagan los británicos es BIEN. Sira, por decirlo así, está ayudando a Gran Bretaña a ganar la Segunda Guerra Mundial en nombre de todos los españoles de bien (la verdad es que esto último lo podríamos celebrar con una serie sobre la Nueve [17], pero igual al núcleo irradiador no le gusta que le recuerden que los parisinos todavía celebran la liberación de su ciudad con banderas republicanas [18]).

Volviendo a Sira, lo cierto es que su vida como cruce entre Mata-hari y Coco Chanel es una verdadera delicia. Y eso que el bienio 1941-1942 es de lo más puto chungo del siglo XX y probablemente de la historia de la humanidad, pero de eso no sale nada. Todo son escenarios radiantes, mujeres con elegantes trajes y hombres con impolutos ternos de anchas solapas, whisky de malta en cristalería de lujo, sirvientes atentos y discretos, champán francés, excelentes viandas, abundancia de todo, flores frescas, ¡la buena vida! ¡Los buenos viejos tiempos! ¡Y Sira para hacerlos aún más bonitos con su habilidad costurera! El caso es que se mete en el bolsillo a las mujeres de los delegados nazis gracias al punto débil de estas: los últimos modelitos de París. A nosotros nos da que en ese momento (finales de 1940) lo que lo peta en París es el Feldgrau [19] en todas sus variantes (con aprobación de la mismísima Coco Chanel [20]), y de ese las baronesas nazis que requieren de las artes de Sira tendrán de sobra en casa, ¡pero no vamos a permitir que la historia nos estropee la novela!

 

Chanel nº 88.

 

La historia finalmente culmina en La Operación Secreta Que Decidió El Curso de La Guerra: tras mucho costureo y mucho espionaje, Sira descubre un acuerdo secreto entre un empresario portugués y los alemanes. Resulta que los nazis van a comprarle wolframio a un contubernio de empresarios lusos para su maquinaria bélica, ¡qué malos los portugueses! De nuevo, un pequeño error que se les ha colado a los de Antena 3: el mayor proveedor de wolframio [21] de la Alemania nazi fue España. Impagable, en todo caso, la reacción de Sira al enterarse: no entiendo, ¿qué es eso del wolframio? Si solo es un metal feucho. Lo importante y valioso son el oro, las piedras preciosas, ¡eso sí tiene valor! La humilde costurera, que tras unos meses en la calle Serrano ya no concibe vivir sin oro y joyas. Igual cuando añade que cuando acabe la guerra quiere quedarse en Madrid “porque allí está mi vida”. A ver, Sira: allí lo que hay es un taller de costura que te ha pagado el MI6 donde resides desde hace unos meses con un nombre falso y espías a tus clientas, mientras tu madre y tus amigos están todos en Tetuán. Pero nada: Sira ha sido totalmente abducida por el núcleo irradiador, que ha logrado una hegemonía total en su linda cabecita. Que es de lo que se trataba desde el principio, para qué vamos a engañarnos.

 

Costureras

Sira Quiroga: nuestra Ingrid Bergman patria, y prota absoluta de la serie. Una humilde chica de la periferia de Madrid (lo que en aquel momento era la periferia de Madrid, si se hubiese quedado en Madrid ahora sus nietos tendrían un piso en algún céntrico barrio tope hipster y venderían la máquina de coser vintage de la abuela para financiarse un curso de coaching) que trabaja de costurera desde la más tierna infancia, educada por su madre y sin conocer a su padre. La chica es trabajadora y bien parecida, y pronto se echa novio formal que quiere convertirla en una señora respetable, ¡y además funcionaria! Pero a Sira esto la asusta, ¡ella no quiere ser funcionaria, quiere emprender! Así que se le cruzan los cables, y sale corriendo a Tánger con un galán de medio pelo que la dejará preñada y tirada por ahí. Sira pierde el niño (creo que el 17 de julio de 1936, en lo que vendría a ser una metáfora de algo, supongo) y acaba en Tetuán, donde su pulsión de empresaria la lleva a montar un taller de alta costura. Como no podía ser de otra forma, el taller triunfa por todo lo alto. ¡Qué fácil es emprender! ¡Cualquiera puede hacerlo! Solo hace falta un poquito de talento y un capital inicial (que Sira consigue sucesivamente mediante un importante regalo de su padre, la venta ilegal de armas de fuego a unos delincuentes, o como pago por espiar para los británicos – ¡pero al margen de esas menudencias todo es mérito suyo!).

Posteriormente, la humilde costurera vuelve a Madrid, pero a los barrios de la gente bien, a espiar a los alemanes, hasta que se tiene que desplazar a Lisboa para investigar la venta de wolframio. La serie resuelve la trama de espionaje con un amateurismo que da grimilla, incluyendo a Sira dándoles lecciones a los británicos (¡esa es nuestra Sira, dejando alto el pabellón español!), y acaba juntándola con su príncipe azul, inevitablemente británico.

 

Sira y los MUY MALOS.

 

Ignacio Montes: el primer novio de Sira, un simpático y apolítico aspirante a funcionario que en cuanto se saca las oposiciones le pide matrimonio. Todo va bien encaminado hasta que Ignacio, deseoso de sacar a Sira de su trabajo de costurera, tiene la loca idea de que ella debe sacarse también una plaza, que con estudiarse cuatro temitas y aprender a escribir a máquina le basta. Sira se hace la remilgosa (lo que cambian los tiempos, ¡hoy los jóvenes matarían por pillar plaza de funcionario así de fácil [22]!), pero Ignacio la arrastra a comprar una maquinilla. Error: en la misma tienda de máquinas de escribir perderá a Sira. Cuando se vuelven a encontrar cuatro años más tarde, a él le ha dado tiempo a conocer a otra mujer, enamorarse, casarse, tener dos hijos y hacer un poco de carrera en la Dirección General de Seguridad. ¡Y todo esto en cuatro años y con una guerra y un cambio de régimen de por medio! La estabilidad que te da ser funcionario español no te la da nadie más.

Por supuesto, al igual que todos los funcionarios del Estado que salen en la serie, es absolutamente incorruptible, pero se salta alegremente las normas por Paquita, amiga de Sira y viuda de un comunista, y destruye su expediente en la DGS. Claro que Paquita es una comunista “buena” y arrepentida, cuyo comunismo se resume en que las mujeres puedan salir por ahí sin permiso del marido, y que se va a redimir mediante el amor incondicional por su hijo, en otra clara victoria cultural del heteropatriarcado. En honor a la verdad, no sale ningún comunista “malo” en toda la serie, pero claro, ¡cómo van a ser malos si son todos españoles!

 

Ramiro Arribas: el chuloplayas que le levanta la novia a Ignacio. Un apuesto galán con dentadura perfecta y pisazo con Moët Chandon. Yo lo veía y pensaba “pues sí que renta tener una tienda de máquinas de escribir” – ¡y luego resulta que ni siquiera era el dueño, solo un vendedor a comisión! Se ve que las máquinas de escribir eran a la época lo que la informática a los años ochenta, que con solo saber manejar el LOTUS 1-2-3 bajaba el CEO a hacerte la reverencia al entrar por las mañanas. El caso es que Sira se va a vivir con él, “viviendo cada día como un sueño, con tantos besos y abrazos, tantas atenciones, tanto tiempo solo mirándonos”, y otros eufemismos con los que una respetable señora como María Dueñas nos indica que le estaban dando al tema como conejos enfarlopados. Pero Ramiro se obsesiona con abrir una academia de máquinas de escribir (¡estas máquinas del demonio destruyen más relaciones que los ordenadores de hoy!), y como el horno en Madrid cada vez está menos para bollos, la convence para reunir toda la pasta y salir corriendo a Tánger, donde tras unos meses de vida a lo jet set la deja tirada y se larga con el dinero.

Ramiro, aparte de ser un prenda, también domina varios idiomas. De hecho, como norma, en la serie son excelentes políglotas todos los extranjeros y los españoles malvados. El resto, entre cero y nada. Que Sira no tena ni papa, pues normal, hoygan, que a los doce años dejó los estudios para trabajar. Que los guionistas, en uno de los gags recurrentes de toda producción cultural española, conviertan la ignorancia de Sira y los demás en prueba de campechanidad, pues eso ya no. Saber idiomas es bueno, joder, y no puede ser siempre un monopolio de los “malos”.

 

Marcus Logan: el príncipe azul que al final se queda con Sira, porque no tiene ni el alma gris de funcionario de Ignacio, ni la codicia disoluta de Ramiro. Y por supuesto es inglés. Periodista freelance que también espía para el gobierno británico, guapo y apuesto, uno de esos larguiruchos albiones capaces de parecer lores aunque lleven ropa de baratillo. Sira se rinde ante él cual Esperanza Aguirre ante todo lo anglosajón, aunque los guionistas nos intentan convencer de que en esta relación va a mandar ella, ¡que menuda es nuestra Sira!

 

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Dolores Quiroga: la madre de Sira. Madre soltera que la educa con todo el cariño del mundo en valores como el trabajo, la constancia o la virtud. Virtud que salta por la ventana en cuanto Ramiro le dedica a Sira su sonrisa embriagadora. Desengañada con su hija, Dolores se queda los siguientes dos años sola en el Madrid republicano de 1936-1938, y ya se pueden imaginar el horror: titiriteros de la ETA [23], cierre del Café Comercial [24], reinas magas, restricciones al tráfico en la M-30, peatonalización de la Gran Vía… súmenle las molestias menores de un asedio full scale y se entiende que en 1938, cuando Sira paga a una pimpinela escarlata para que la saquen de allí y se la traigan a Tetuán, Dolores llegue medio catatónica.

 

Felix Aranda: vecino y amigo de Sira en Tetuán. En la ficción española parece haber dos tipologías de gais: el gay almodovariano, con amplia pluma y vis cómica, y el digno-lorquiano. Felix entra en la segunda. Apolítico, aunque le pierden “Joseán [25]” y otros apuestos idealistas, en una muestra de cómo la sexualidad reprimida se abre paso de las formas más locas.

 

Comisario Vázquez: nuestro particular Capitán Louis Renault, solo que a este le falta la chispa del gabacho. Y también a diferencia de este, es absolutamente incorruptible, como corresponde a un funcionario español de colonias. Se supone que no se le escapa nada de lo que ocurre en Tetuán, excepto cuando se trata de Sira y Candelaria.

 

Manuel da Silva: el empresario portugués que va a venderles wolframio a los nazis. Sira se aprovecha de que está coladito por ella para espiar sus negocios (nazis y portugueses parlamentan en castellano, por cierto, lo que le facilita mucho la tarea). En el fondo solo es una excusa para rodar exteriores chulos alrededor de Estoril y lo dicho: ocultar que el wolframio los nazis lo obtenían de España. Parece que en España solo nos acordamos de los portugueses para cargarles las cosas feas que de repente han dejado de gustarnos. Como da Silva es un poquito mafioso, las pesquisas de Sira harán que dos miembros de la clase trabajadora portuguesa pierdan su trabajo y su vida respectivamente. El camino a la grandeza aristocrática, que está asfaltado con los sacrificios de la clase obrera.

 

Juan Luis Beigbeder: personaje real [26], que fue Alto Comisario Español en Marruecos y uno de los primeros Ministro de Asuntos Exteriores del Régimen, hasta que Franco lo despide por ser demasiado probritánico. Es decir, que milita con los “buenos”, y para reforzar esa imagen casi nunca aparece con uniforme militar. ¡Estamos ante un civil, alejado de las histerias bélicas de los espadones! Y su despido obviamente es “malo” porque se realiza a petición de (contengan el aliento) ¡HITLER! El pobre hombre, que queda casi, casi, como nuestro Victor Laszlo patrio, va a ser desterrado (a un palacete en Ronda) y se queja amargamente y –pásmense- critica a Franco y a lo que le está haciendo a España. Nótese también como aquí los guionistas nos meten con suavidad la puntita de una conclusión lógica a todo este planteamiento discursivo que corre como runrún de fondo a toda la serie: Franco es malo… en la medida en que es pronazi y hace cosas nazis. Cuando mas nazi, mas malo. Hitler, ya saben, que es MUY MALO e irradia maldad a todo lo que toca. Lo que deja abierta la posibilidad de que, una vez libre de la influencia de Hitler, Franco haga cosas buenas, como fundar la Seguridad Social o nombrar a Campechano su heredero a título de Rey.

 

Rosalinda Fox: basada también en un personaje real [27], es la amiga de Juan Luis Beigbeder (que es probritánico pero sobre todo pro británicas, por lo que se ve). Desde su posición (en la cama de Juan Luis) ella intentará que España se aleje de la Alemania nazi y se haga amiga del pueblo británico. ¿Y eso no podría lograrlo Rosalinda más fácilmente acostándose con Neville Chamberlain y cambiando la política británica de no-intervención? Que igual la República estaría encantados de contar con ayuda británica y ser amigos de UK. Ah, pero entonces Rosalinda tendría que abandonar el humilde caserío que habita en Tetuán (la Alhambra, a su lado, un chamizo cochambroso) y vivir en algún asqueroso pisito del centro de Londres, con todo ese húmedo frío, lo que sería muy malo para esa afección respiratoria que hace que eche un suspiro, gemido o quejío cada vez que dice algo en castellano (un castellano por lo demás muy respetable, pero en las escenas en que la actriz [28] habla en inglés sí que lo hace como una persona normal, se ve que es víctima de ese cliché inglés que dice que los españoles son tan apasionados que no pueden contener las emociones que los embargan ni cuando hablan del tiempo que hace).

 

Candelaria: la casera de Sira en Tetuán y su mejor amiga. Su posición política es sencilla: “todos ladrones, y a muerte con el que gane”. Pero se nos hace simpática porque su posicionamiento no nace de un deseo de enriquecerse a la luz del BOE que más calienta, sino del deseo puro y duro de sobrevivir, y además trata a todo el mundo por igual. En su pensión cohabitan nacionales y republicanos, al menos hasta que la guerra termina y el único republicano superviviente hace la maleta y anuncia, lleno de dignidad, que se marcha de España a un lugar donde pueda vivir en paz y respetado. Se ve que ese día los guionistas de la serie coincidieron en la cafetería de Antena 3 con los de informativos, porque acto seguido el hombre añade que se marcha ¡a Venezuela! No sabemos si el mensaje es “mirad, por entonces Venezuela aún era un país al que se podía emigrar”, o más bien “la razón por la que el Chavismo quiere destruir España es porque Venezuela está llena de republicanos exiliados”, o directamente “¡jajaja, te crees que Venezuela es mejor que la España franquista, espérate unos años y verás, puto pringao!”, pero nos cuesta creer que sea casualidad.

 

El chavismo también empezó en 1934.

 

Gonzalo Alvarado: el padre biológico de Sira. Un señorito de bien, alegre y bonachón, que se cepilló a la sirvienta hace 25 años, y de allí nació Sira, sin que él la reconociera nunca. Pecadillos de juventud de un bon vivant. ¿Se podría hablar de una violación? La serie, obviamente, recalca que no, que eso es imposible, que el hombre es de buena familia, y que la cosa tuvo que ser consentida. Teniendo una idea de cómo era la alta sociedad de la época, a nosotros nos da que, efectivamente, en aquel momento nadie lo consideraría una violación. Las relaciones de poder, la capacidad de ejercer presión, la inquina que le tiene la madre, y lo rápido que el hombre se olvidó de que ahí había lanzado a la vida a una criatura inocente cuya madre iba a tener muy difícil encontrar trabajo siendo madre soltera, ya tal. Además, 25 años más tarde se redime dándole a Sira algo de dinero (pesetas de la República que pronto no van a valer ni el papel en que están impresas) y las joyas de la familia (que le costarán a Sira no pocos problemas porque el resto de la familia pone una denuncia). ¡Que en ese momento pensara que lo iba a perder todo porque los rojos de todas formas se lo iban a confiscar no influyó en absoluto en su decisión!

Que Sira coja el dinero en vez de escupirle a la cara, pues miren, lo podemos entender: la vida es chunga, da muchas vueltas, y no va a ofrecerte dinero gratis todos los días a las puertas de una guerra para que puedas salir corriendo. La dignidad no da de comer ni te compra un pasaje a Argentina. Ahora bien, que cuatro años más tarde Sira esté encantada de reencontrarse con él, cultive una intensa relación, con visitas juntos a los sitios más cuquis de Madrid, y todo sean carantoñas y tuteos mientras a su pobre y anciana madre que se partió el alma para darle de comer durante 25 años la trata de usted, ya como que no. El hombre es una mala persona, punto. Y no, ser pro-británico no hará que cambiemos de opinión. Y lo de que haya perdido un hijo en la guerra es un recurso barato de los guionistas para que no podamos llamarle mala persona, ¡sería hacerle el juego a Stalin y sus checas comunistas de ISIS!

No obstante, el personaje está correctamente construido porque solo así puede cumplir una función importantísima: permitirle a Sira completar su Metamorfosis de Cenicienta de Carabanchel a Princesa de Barriosalamanca. Porque gracias a él, Sira es uno de ellos, ¡por derecho de sangre! No hay más que verla, con que donaire se mueve por el núcleo irradiador, como se desenvuelve con el servicio, que bien da propina, que bien lleva los modelitos y que buen gusto tiene. Más que una humilde costurera disfrazada de alta señora, parece que hemos estado ante una duquesa disfrazada durante 25 años de costurera. ¡Si es que la verdadera nobleza no se puede suprimir, siempre vuelve a salir con temple y vigor, ni siquiera 25 años viviendo como una plebeya lo pueden cambiar! ¡Cenicienta se ha sacudido el hollín de la cocina y vuelve a resplandecer como la princesa que por nacimiento es! Que sí, que Sira es muy apañada y trabajadora y que lo tiene todo para formar parte del núcleo irradiador por méritos propios, pero seguramente resulta más tranquilizante que sea uno di noi.

 

Valoración

La serie, según el artículo wikipédico [29] (redactado, me apuesto una sesión de costura, por el departamento de marketing de Antena 3), se ha gastado una pasta gansa en la producción, y lo cierto es que se nota, e incluso han resistido a la tentación de recrearse –demasiado- en ello. Y como lo que ansía el subconsciente del núcleo irradiador es parecerse a Gran Bretaña, pues incluso es una serie antifranquista. Sí, lo han oído bien: esta es una serie antifranquista de derechas. O mejor dicho, esto es lo que la derecha española considera un antifranquismo aceptable. Si los británicos se las han arreglado sin pasar –por ahora [30]– por una dictadura fascista, es la lectura, nosotros tampoco lo necesitamos y podemos emanciparnos del franquismo.

Porque según pasa el tiempo y aquellos años quedan atrás, el conocimiento de los mismos será cada vez más vago e impreciso hasta que quede reducido a dos cositas “que sabe todo el mundo” y sobre las que no caben debates: a) Franco y su régimen eran amigos de Hitler, y b) Hitler era MUY MALO. Y cuanto más pasa el tiempo y gracias a Hollywood, más se convierte b) en un axioma popular sin contexto [31] ni complejidad [32]. Combinado con a), la conclusión “obvia para todo el mundo” es que el franquismo no resulta defendible porque MUY MALO. Y eso, cuando los retoños del núcleo irradiador salen de España para aprender algo de idiomas en Anglosajonia, se nota en seguida, y no es plan que la familia de acogida te lo mande de vuelta a casa por criptofascista solo por repetir lo que oye en casa en la comida del domingo. Poquito a poquito, pues, la derecha española tiene que empezar a borrar a Franco, y esta serie representa un pasito en esa hoja de ruta (al final de la cual Campechano, Suárez y los Padres de la Constitución desembarcaron en Omaha Beach trayendo la democracia a Europa mientras la plana mayor de Podemos trataba de impedirlo desde los búnkeres de la playa). No caigamos en el estúpido error de igualar derecha = fascismo (en el supuesto de que pudiésemos convenir definiciones aceptables para “derecha” o “fascismo”, que lo dudo). El problema de la serie es que iguala fascismo = nazismo. Con su corolario inverso: si no habla en alemán, no mete a judíos en cámaras de gas y no pretende invadir otros países (obviamente, nos referimos a países con gente blanca adscrita a la cristiandad occidental, nadie te va a hacer un feo diplomático por invadir Abisinia [33]), no puede ser fascista. ¡Nótese la de mierdas fascistas que nos podrían colar porque no encajan con esta definición de fascismo! Empezando por que, con esa definición en la mano, aquí nunca hubo fascismo.

 

Nunca hemos estado en guerra con Eurasia.

 

El único fascismo que hubo en España, viene a decir la serie, son los coqueteos de Franco con Hitler. Algo realzado visualmente: la única parafernalia fascista visible en toda la serie es la simbología nazi (y eso que el 95% del metraje es en Tetuán, Lisboa o Madrid), y donde todo alemán lleva siempre un brazalete nazi (algo en realidad poco común y reservado para altos cargos del partido, nunca para los oficiales de la Wehrmacht). En cambio, para los españoles, lo máximo es ponerle a Serrano Suñer un pin de la Falange en su impecable terno negro. Y ya. E incluso ese poquito es indeseable. El núcleo irradiador, en realidad, es bastante más rajoyano que franquista: no quiere movilizaciones, ni extremismos, ni ideologías, ni elaborados programas político-económicos. Lo que realmente quieren es lo que se ve en la serie: el lujo, el buen gusto, el sentido común, cada uno se gana la vida con su esfuerzo (y la herencia familiar, que por supuesto no debe ser el criterio en una sociedad meritocrática pero hoygan, si el mérito es genético pues no podemos extrañarnos que siempre suban los mismos), cada uno conoce su sitio en el orden natural de las cosas, las pasiones siempre son malas, con buenos gestores todo se resuelve, lo ideal es un mundo sin políticos, y Dios con todos. El fascismo, como ideología movilizadora, unificadora y totalizadora, es algo extraño a este mundo (aunque de vez en cuando haya que echar mano de él para que el rojerío no se desmadre, y es que sin el fascismo que realmente existió, el núcleo irradiador hoy no sería ni la sombra de lo que es). Y todo esto nos lo están metiendo en esta serie, pero no de forma chunga, sino con sutileza, todo muy bien medido, con una factura técnica impecable y una realización que está muy por encima de otras series españolas. Las -pocas- escenas de acción se resuelven con ese mínimo de sangre, tiros y violencia que no asusta a las señoras de Cuenca [34] y que grita “culebrón de sobremesa para señoras de mediana edad.” Y todo por supuesto bajo el manto de “una historia apolítica”.

Las aventuras de Sira salvando al mundo desde la zona noble de Madrid son pura propaganda al gusto de las buenas gentes del Barrio de Salamanca, para quienes la serie hace toda una apología de valores, lugares comunes, cosmovisión, restaurantes, tiendecitas y pastelerías favoritas de la Castellana (en este momento, Avenida del Generalísimo). Y hoygan, ¡con todo el derecho del mundo! ¡Bien que hacen! ¡Todo el mundo tiene derecho a recordar la Historia como le apetezca y a hacerse las pajas mentales que le plazcan! Que no estamos hablando de apología franquista con dinero público [35]. La libertad de montarte tus películas es un pilar sacrosanto de la democracia, a la misma altura que el derecho de hacer mofa, burla y escarnio de las pajas pseudohistóricas de los demás. Para lo primero tienen a Antena 3, y para lo segundo, ya saben: a LPD. Feliz año nuevo.