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La Galia dividida – David Wingeate Pike

¿Hasta qué punto puede uno ser freak de la Guerra Civil Española? Pues Usted no sé, pero yo me leí hace unos años un libro sobre “La Guerra Civil en el mar [1]“, y ahora estamos aquí con otro que analiza cómo se vivió el conflicto en la clase política y los medios de comunicación franceses. Ahí queda eso. ¡Y sin tener paguita, ni nada!

El libro, a decir verdad, es muy interesante. Su autor basa su trabajo en un análisis concienzudo de la prensa francesa, tanto la parisina como la prensa regional del Mediodía francés, la región fronteriza con España. Hilvana el relato periodístico con un repaso de los acontecimientos políticos vividos en Francia y en el plano internacional (Comité de No Intervención, relaciones con Gran Bretaña, etc.). Y todo ello pone de manifiesto, desde un principio, el enorme peso específico que tuvo la ayuda germanoitaliana a Franco, frente a los envíos soviéticos (de pago), a menudo parados en la frontera francesa o hundidos por submarinos italianos en el Mediterráneo, y el aporte humano solidario de las Brigadas Internacionales, que como tal aporte humano-solidario fue importante para la moral, pero no podía competir con la implicación del fascismo.

Un momento… ¿Fascistas en España apoyando a Franco? ¿Pero no habíamos quedado en que Churchill es nuestro héroe fascioliberal [2] y que con el fascismo no caben componendas de ninguna clase? Pues así son las cosas, amigos. En el 36 con Hitler, en el 39 con Hitler, en el 42 con Hitler, en el 44 con la paz y en el 45 contra el comunismo a saco y, por ello, ¿con Hitler? Hitler había pasado a ser irrelevante. Impoluto historial del Caudillo, que nos salvó primero del comunismo, luego de la Guerra Mundial y, finalmente, de la democracia.

A lo que íbamos: una vez estalla la Guerra Civil, el Gobierno de la República española mira rápidamente hacia Francia, donde manda un Gobierno de similar signo político (le Front Populaire), una alianza de izquierdas dirigida por el socialista Léon Blum. Y, en un principio, Blum responde: ordena enviar a la República una serie de aviones (bombarderos Potez y cazas Dewoitine, que no son una maravilla, pero algo es algo), en lo que parece el comienzo de una prometedora escalada bélica. Sin embargo, el embajador español en París, así como el encargado de negocios de la embajada, que simpatizan con los rebeldes, dimiten y descubren el pastel ante la prensa. La derecha francesa pone el grito en el cielo: ¿pero es que no ve Blum que si vencen los rebeldes Francia tendrá otra potencia hostil en su frontera sur? (¡Y menuda potencia, con el Caudillo al frente, nada menos!). Los alemanes e italianos se rasgan las vestiduras: ¡un Gobierno soberano pretende ayudar a otro Gobierno soberano, del mismo sistema político y signo ideológico, contra unos militares insurgentes que se han sublevado en las colonias! Intolerable. Lo mismo piensa el Gobierno británico, que ante todo quiere bajarse los pantalones ante Hitler, humillarse, agachar la cerviz, rendirse preventivamente desde el minuto uno. Blum tiene que renunciar a sus planes y acepta, en cambio, montar el paripé de la No Intervención, en un intento, absolutamente fútil, de parar los envíos de armamento, asesores y tropas de los Gobiernos fascistas a los rebeldes:

La política de Blum había fracasado por completo; se estaba muy lejos de aquella ‘corrección que no se presta a ningún equívoco’. Por una parte, la vacilación para suministrar armas a la República impidió a esta aplastar la sublevación. Por otra, sus indecisiones, sus oscilaciones, dieron a los regímenes fascistas el pretexto para la intervención (…), pretexto remoto pero suficiente. ‘Poco importa -comentó amargamente L’Ordre– que la historia de los suministros franceses sea una verdad o una fábula’. El simple rumor había sido suficiente (pág. 67)

Comienza ahí un lamentable proceso de simulación por parte de todos los Gobiernos implicados en el paripé de la No Intervención, cuyo balance es que las democracias dejan a la intemperie al gobierno legítimo y Francia cierra la frontera con la España republicana, mientras los rebeldes reciben a crédito todo lo que necesitan, y se genera un discurso “fatalista” desde los supuestos aliados o amigos que le quedan a la República en las democracias occidentales, que viene a ser “total, para qué vamos a involucrarnos en esto, si van a perder. Mejor congraciarnos con Franco”. Ese es el discurso, desde luego, de la derecha francesa, que hasta 1940 irá a tope con Franco, de 1940 a 1944 a tope con Pétain, y a partir de 1944 a tope contra Franco y contra Pétain, en un proceso discursivo similar al vivido en España, pero más rápido.

Pero que el proceso quede estancado y Francia atada de pies y manos, hasta llegar a la humillación de Munich en 1938, no significa que no prevalezcan todo tipo de rumores sobre lo que Francia pueda hacer, en un momento determinado, sobre todo porque los rebeldes no se cortan en escupir a la cara al Gobierno francés allá donde tienen ocasión, visto que la tenaza germanoitaliana parece sobradamente fiable (y no se equivocaban). La idea subyacente es que, si los rebeldes se acercan demasiado a la frontera, tal vez Francia intervenga. Por otro lado, si Francia sospecha que Alemania e Italia van a recibir, en calidad de botín de guerra, bases en España desde las cuales bombardear o torpedear objetivos franceses, incluso territorio (la posesión de las Baleares por Italia era un argumento recurrente), tal vez no le quedaría otra opción que intervenir para impedir que el Mediterráneo quedase convertido en un lago fascista.

Una intervención que, evidentemente, no se produjo (ni estuvo sobre la mesa, con visos de realidad, en ningún momento, salvo tal vez al principio). Francia estaba muy sola como para meterse en ese jardín: contaba con un ejército mucho más pequeño que el de italianos o alemanes (de hecho, en esos años se produce, y a toda velocidad, el rearme francobritánico para intentar reducir distancias). Estaba rodeada por potencias hostiles, y además su sociedad estaba dividida al respecto de qué hacer con España. Sobre todo, porque su único aliado, Gran Bretaña, sabiamente optó por no hacer nada, a la espera de que los acontecimientos les estallasen en la cara, y años después, encarnado el país en la figura de Winston Churchill, el gran líder de “a mí no me vengas con componendas con el fascismo”, prestarse a todo tipo de componendas con el fascismo español que posibilitaron la continuidad del régimen treinta años más.

También es cierto que, unos meses después de finalizada la guerra en España, Francia estaba en guerra contra aquellos a los que habían intentado no enfadar durante el conflicto español, y meses después ocupada por Alemania. Así que no sé si se podría decir que constituyó todo un acierto inhibirse de la guerra española. ¡Pero gracias a eso tenemos un Borbón en el trono y un montón de fosas comunes que no hay que remover para no reabrir viejas heridas, así que tampoco vamos a quejarnos!

Y, de la misma manera, tampoco vamos a echarle la culpa de todo a las derechas, que uno aún recuerda ese reparto de Polonia germano-soviético que provocó simpáticos giros discursivos en los comunistas europeos, hasta entonces implacables contra el fascismo, y desde entonces implacables a favor del fascismo:

El caso de L’Humanité era único. Con la firma del pacto Molotov-Ribbentrop el 23 de agosto de 1939, el gobierno francés lo suprimió inmediatamente, pero continuó apareciendo de forma clandestina. Con la entrega francesa y la ocupación alemana, aprovechándose del pacto germano-soviético, los redactores del órgano central del PCF pidieron a las autoridades alemanas la autorización de hacer reaparecer el diario, autorización que les fue concedida. Aparecía libremente, pues, durante los primeros meses de la ocupación. Más tarde, de igual manera que Le Populaire, continuaba saliendo clandestinamente. Con la liberación, el PCF entró subrepticiamente en las bibliotecas con el fin de destruir las copias de L’Humanité prohibidas y reemplazarlas con ediciones falsificadas. Para contrarrestar esto, la Bibliothèque Nationale procedió a separar las auténticas de las falsas, presentando las dos versiones en volúmenes encuadernados y expuestos para el público en el vestíbulo (pág. 398)