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“The Norman Conquest” – Marc Morris

Ferias medievales

La Edad Media es como la feria del pueblo: todo el mundo te la cuenta según como le haya ido a él. En el caso de un británico (y por extensión de un estadounidense, que al no tener Medievo propio recurre al de la madre patria cultural), la Edad Media empieza como un Juego de Tronos [1] entre ridículos reyezuelos de taifas [2], seguido de la Conquista Normanda y el Imperio Angevino [3], para acabar con la victoria aplastante de Agincourt [4]. Entremedias, Ricardo Corazón de León y Robin Hood para darle colorido. Y ya. Ni Navas de Tolosa [5], ni los mil años del Sacro Imperio Romano, ni la complicada relación del Papado con los estados italianos. ¡Ni siquiera saben quién fue el Cid Campeador [6]! Claro que los colegiales españoles tampoco sabrían qué hacer con el Reichsdeputationshauptschluss, probablemente el palabro más retorcido de la historia alemana, y que todo estudiante alemán tiene que empollarse. La historia, cada uno estudia la suya, como es lógico y natural (y dan gracias nuestras cuerdas vocales).

Pero -¡ay!- ellos tienen Hollywood y la HBO. Y eso significa que toda película, serie o producto cultural de fantasía heroica con un toque así como medieval, o incluso películas pretendidamente históricas, todo ello es de alguna manera un refrito de su propia experiencia y de lo que el guionista recuerda de sus días de colegio. Y el resto del mundo nos lo tenemos que comer con patatas. En fin. Si eso ha de ser así, al menos deberíamos conocerlo bien, para reconocer los tropezones que flotan en la sopa multicultural que es la moderna cultura pop.

 

The Targaryen Conquest

 

El camino a la conquista

Marc Morris escribe de forma amena, desmenuzando ágilmente las escasas fuentes disponibles. Fuentes que además están tremendamente sesgadas, según el autor fuese anglosajón o normando, que nos quejamos del periodismo de hoy pero en aquellos tiempos, donde escribir un libro era casi la labor de una vida entera y se encargaban de las crónicas unos monjes dedicada a la copistería y a la silenciosa contemplación de Dios, se mentía incluso más que ahora. Morris, también, practica un sano distanciamiento:

 

Puede dar la impresión que, en el improbable caso de tener que escoger, yo me pondría del lado normando; si es así es solo porque sé que van a ganar. No tengo ninguna simpatía particular por Guillermo o sus seguidores. Como cualquier conquistador, son arrogantes, peleones, y enormemente pagados de si mismos, así como (en este caso particular) “más santurrones que tu”. Pero tampoco me importa mucho lo que les pase a los ingleses, tal como eran en el siglo once, con sus hábitos de bebida excesivos, su esclavitud y sus asesinatos políticos. Sean quienes sean estas personas, no son “nosotros”. Son nuestros ancestros de hace 1000 años – como también lo son los normandos. Aún a riesgo de sonar más pio que un cura normando reformado, ya va siendo hora de dejar de tomar partido.

 

En cambio, y para mi gusto, pierde demasiado tiempo con los antecedentes, es decir, con el reinado de Eduardo el Confesor y sus continuas luchas de poder con la familia Godwin. Eduardo era un hombre tan pío que eligió el celibato (quizás porque su mujer era una Godwin, con la que estos le obligaron a casarse a cambio de su apoyo para lograr el trono), y al no dejar herederos de ningún tipo, a su muerte, el 5 de enero de 1066, la sucesión quedaba un poco en el aire. Pues para explicar esto, Morris se tira más de la mitad de su (por otra parte excelente) libro sin que un solo normando haya pisado Gran Bretaña.

Al menos, entre politiqueo y politiqueo, nos formamos una imagen de la Inglaterra pre-conquista. Y hoygan: el culo del mundo. Parte de una isla en los márgenes de Europa (continente que por entonces estaba en los márgenes de las grandes movidas del mundo), con una cristianización tenue, un millón setecientos mil habitantes siendo generosos, un sustrato celta-germano, y con tanta influencia vikinga [7] que culturalmente (y en el caso del noreste, incluso étnicamente [8]) estaba más cerca de Escandinavia que de Restoeuropa. Aunque el reino de Wessex había logrado unificar Inglaterra en un solo dominio, aquello aún estaba reciente, galeses y escoceses mantenían una fiera independencia y sus lenguas celtas, y la propia Inglaterra era una mezcla inestable de sajones, anglos, jutos y daneses, siempre dispuestos a atizarse a la más mínima excusa, y cuya aristocracia solía resolver disputas mediante el asesinato político del rival, de su familia, del gato y de todo aquel que se encontrase por ahí.

 

Wessex. Siglo X.

 

Candidatos

Muerto el Confesor, se abrió la veda para presentar candidaturas a la sucesión. Estaba Edgar Ætheling, el último descendiente presentable de Alfredo el Grande, que sin embargo había nacido en el exilio en Hungría. Aunque el Confesor se lo trajo a Inglaterra, no tenía apenas apoyos. Luego, estaba Harold Godwinson, cuñado del rey, cuyas principales credenciales tenían filo y empuñadura. Estaba también Guillermo, Duque de Normandía, sobrino segundo de Eduardo el Confesor, que afirmaba que Eduardo le había prometido el trono y que Harold Godwinson había jurado “reconocerme como rey en una ocasión en que yo le tenía preso y amenazado, y esas cosas son sagradas, hoygan”. Y finalmente estaba Tostig Godwinson, hermano de Harold, que se había tomado a malas que este le hubiese exiliado; nada más oír de la muerte del Confesor, Tostig organizó un ejército con ayuda de Harald Hardrada, rey de Noruega (¡que también creía tener algún derecho sobre el trono inglés!). Y si preguntan ustedes que quién de estos era el legítimo heredero, creo que la respuesta correcta la tiene el gran Terry Pratchett [9]: que si algo nos enseña la Historia –generalmente con palabras bastante sangrientas- es que el rey legítimo es el que acaba siendo coronado.

Como Harold Godwinson estaba junto a la cama de Eduardo cuando este murió, y resulta que también andaba reunida por ahí la nobleza del reino, no le costó mucho convencerles para que le apoyaran (aunque ser de la familia real era un plus importante, la monarquía inglesa tenía un fuerte componente electivo), y al día siguiente, 6 de enero, apenas enterrado el Confesor, ya le estaban coronando en la abadía de Westminster.

 

Un regalazo de Reyes, nunca mejor dicho.

 

La coronación tan rápida era para adelantarse a Guillermo, Duque de Normandía, conocido posteriormente como El Conquistador, pero nosotros nos quedamos con su mote inicial: El Bastardo. Bastardo por su nacimiento fuera del matrimonio, no porque fuese una persona especialmente mala. Por ejemplo, a diferencia de los sajones, él no practicaba el asesinato político, perdonó muchas veces a sus enemigos, y no acostumbraba a matar a prisioneros (aunque sí que les cortaba las manos y los pies y además les sacaba los ojos, si le habían tocado mucho las narices). Este caballeroso comportamiento (al menos entre caballeros, la plebe era otra cosa) aún no había llegado a Inglaterra pero se estaba extendiendo por todo el continente, y los normandos (originalmente, vikingos noruegos [10] que habían conquistado el norte de Francia) lo abrazaron con fervor, como parte de su rápida integración con la población francesa local, a los que habían sometido un siglo atrás. La otra vía de integración de los normandos fue el ser más cristianos que nadie, hasta unos extremos que, francamente, hace necesario fijarse bien para distinguirlos del Daesh. Entre otras cosas, los nobles normandos [11] siempre fueron de los más entusiastas participantes en las Cruzadas. Por lo demás, el Bastardo era un gobernante bastante eficaz, bregado en estas lides desde niño, ya que su padre murió joven y él se pasó años siendo el balón de juego de los nobles normandos, hasta que se los pudo quitar de encima. Para 1066 dirigía su ducado como un cuartel militar, y había logrado la paz con todos sus vecinos, así que precisamente en ese momento –otra de las grandes casualidades que facilitaron la Conquista, 1066 era para echar los Euromillones cada semana- tenía recursos de sobra para dar el salto al trono inglés.

Pero en vez de correr hacha en ristre a por Harold, que es lo que habría hecho cualquier otro sajón, el Bastardo empezó su conquista de manera muy rajoyana y muy poco bastarda (o muy mucho, depende de los bastardos con los que usted se haya encontrado en la vida): no hizo nada hasta asegurarse el apoyo del Papa Alejandro II, un partidario del movimiento reformista que se ilusionó con meter en el redil a la algo díscola iglesia inglesa. Logrado el mandato papal, el Bastardo planteó a sus nobles la conquista como una empresa de capital riesgo: venid a participar en mi justa causa, y cuando haya reparto del botín tendréis vuestra parte. Reunió un ejército y una flota (con creces la parte más difícil, dada la superioridad naval sajona), y se preparó para cruzar el Canal de la Mancha en verano de 1066. Harold Godwinson a su vez reunió un ejército propio y se puso a defender las costas del Canal. Esta drôle de guerre duró todo el verano, con Harold y continuas tormentas impidiéndole el paso al Bastardo, hasta que el 8 de septiembre Harold despidió a sus tropas y se fue a Londres. Y aquí vuelven las carambolas milagrosas que posteriormente hicieron pensar que la conquista normanda era por voluntad divina, porque era imposible tener tanta suerte. Ese mismo día, Harald Hardrada desembarcaba en el norte y se unía a Tostig, y juntos derrotaron a los condes del norte en Fulford. Harold Godwinson, seguramente maldiciendo que a estas alturas del año aún hubiese gente con ganas de batallar, salió pitando y en solo cuatro días llegó al norte.

De la subsiguiente batalla de Stamford Bridge realmente se sabe muy poco. Hay dos anécdotas molonas sobre la misma, pero resultan contradictorias: una es que los ejércitos estaban separados por un río con un puente, y que allí un solo guerrero noruego logró detener al ejército inglés al completo, matando a 40 ingleses en combate, hasta que alguien se coló bajo el puente y le atacó a traición por debajo. Esto sugiere que Harold pilló a Harald por sorpresa (pillar por sorpresa al enemigo, de hecho, era su táctica favorita), pero esto se contradice con la otra anécdota, que habla de una entrevista entre ambos antes de la lucha, y en la que Harold le respondió a Harald, cuando este demandó tierras inglesas, que la única que le iba a dar eran “seis pies de tierra inglesa, y ya que es tan alto uno más”. El caso es que los ingleses ganaron, y tanto Harald como Tostig murieron. Dos menos. Harold volvió a toda mecha al sur.

 

Harald Hardrada muere de una flecha en el cuello. Seguro que Harold lo festejó por todo lo alto. Oh, the irony!

 

Hastings

Pero en el breve mes que había estado ausente, y aprovechando el veranillo del membrillo, el Bastardo había pillado un día perfecto para navegar y había desembarcado tres días después de Stamford Bridge en Pevensey, para luego marchar tierra adentro y ocupar la ciudad de Hastings. Y ala, a esperar que le rindieran pleitesía y viniesen a someterse. Lo que vino fue Harold, con un nuevo ejército reunido a toda mecha, y dispuesto a aprovechar de nuevo el factor sorpresa, en vez de usar una estrategia de desgaste. Solo que aquí la cagó… y sorprendentemente, el Bastardo ofreció una batalla encarnizada, cuando él de toda la vida había sido un guerrero conservador de incursión-asedio-retirada táctica, que las batallas las carga el diablo. Algo que Morris explica por la profunda certeza del Bastardo de que Dios estaba de su parte… y la necesidad de demostrárselo cuanto antes al buen pueblo inglés.

Recuerdo haber oído una vez de una conferencia de historiadores que concluyó que ninguna guerra o batalla cambió nada en el largo plazo de la evolución humana. Conferencia que para más inri tuvo lugar… en Hastings. La batalla homónima del 14 de octubre (aunque se libró en un monte cercano), sin embargo, es posiblemente la más decisiva en la historia inglesa. Harold ocupó la altura del monte, y sus soldados formaron el tradicional muro de escudos sajón, contra el que los normandos, pese a su caballería armada, se estrellaron una y otra vez, aunque lo compensaban con una verdadera lluvia de flechas y saetas. La cosa iba y venía, con cambiante suerte, retiradas fingidas y bastantes muertos, hasta que, ya entrada la tarde, una solitaria flecha hizo historia clavándose en el ojo de Harold Godwin y llegando hasta el cerebro. O al menos eso cuenta la leyenda, que muy probablemente sea propaganda normanda. A ojos medievales, que una flecha aleatoria acertase con tan mala suerte era la forma en que Dios expresaba “macho, Harold, que ya no sé como decírtelo, pero que tu no eres el rey legítimo” (y quedaba mejor en los cantares que la más probable verdad: que Guillermo, consciente de que su legitimidad siempre sería dudosa mientras Harold viviese, ordenó a un comando de sus mejores guerreros que acechase al inglés, y en cuanto vieron un hueco lo cosieron a hachazos). Dos hermanos de Godwin ya habían muerto. Ahí se acabó la suerte anglosajona: el ejército se descompuso, y en la retirada la caballería normanda hizo una escabechina.

En principio los nobles ingleses pensaron que la cosa tenía remedio y no-vamos-a-someternos-al-invasor-que-se-lo-debemos-a-nuestro-pueblo. Como incluso para los papeles más ingratos siempre hay un voluntario que quiere figurar, Edgar Ætheling “el húngaro” fue elegido rey –aunque no coronado- en Londres. Pero el Bastardo no se dio por enterado y avanzó sobre la ciudad. Y cuanto más se acercaba, más y más de los nobles ingleses empezaban a desertar la causa de Edgar y a rendirse al invasor. El propio Edgar, viéndole las orejas al lobo, salió a su encuentro y se sometió. El Bastardo, que como hombre moderno del siglo XI consideraba que lo importante y que hacía al rey era la coronación y que una elección no valía de nada porque el único elector que contaba era Dios, graciosamente le perdonó y le incorporó a su corte antes de seguir hacia Londres, donde el 25 de diciembre (y con un contingente de caballería pesada a las puertas de Westminster, que en un momento dado confundió unos gritos con una revuelta y quemó algunas casas) fue coronado monarca de Inglaterra.

 

Dominio

Y con casi dos tercios del libro ya pasados, empezamos a llegar a la parte por la que me compré el libro: la que contesta a la pregunta ¿cómo lograron los pocos miles de normandos conquistar, controlar y dominar a casi dos millones de anglosajones? Pues con innovación y brutalidad a partes iguales. La Khaleeshi llegó a Poniente con tres dragones que le vinieron muy bien. El Bastardo, más humilde, se trajo dos leones en el escudo (su bis-bis-nieto Ricardo Corazón de León añadiría el tercero y definitivo [12]), pero su verdadera arma secreta para dominar Inglaterra fue una innovación que se trajo del continente: los castillos (o más concretamente, su versión low cost de Mota castral [13], que se podía levantar muy deprisa con tierra y madera).

 

The Saxons are coming.

 

A diferencia de España, donde los castillos servían como frontera frente al moro (bueno, y frente a los cristianos de otras Comunidades Autónomas), y de Inglaterra, donde apenas había, en el reino de Francia los castillos eran el principal medio de dominio de un territorio, y los enfrentamientos armados solían implicar largos sitios a los castillos, que eran muy difíciles de tomar al asalto. Las batallas campales tipo Hastings, de hecho, eran totalmente excepcionales. Pues bien, el Bastardo (ahora ya “el Conquistador” para la historiografía oficial) empezó a sembrar el país de castillos, cada uno con su terrateniente normando, al que se recompensaba con tierras. El reparto de las tierras es relativamente bien conocido, porque en 1086 Guillermo aplicó otra interesante innovación para asentar su dominio: el primer catastro en la historia de Inglaterra. Una idea propia de un Registrador de la Propiedad (lo que refuerza la idea de Rajoy como una reencarnación del Bastardo). El catastro estaba resumido en un libro tan inapelable que los propio contemporáneos le pusieron el mote “libro del Día del Juicio”, o Domesday Book [14]. Gracias al Domesday (que recoge no solo al dueño de cada terreno, sino también al que era el dueño “el día que Eduardo el Confesor estaba vivo y muerto”) se puede observar la enorme transferencia de terrenos que se produjo durante el reinado del Bastardo.

 

Es un listado de invitados impresionante [el de la reunión de Salisbury en 1086] – uno de los mayores desde la coronación de la Reina Matilda en mayo de 1068. Pero un gran cambio había ocurrido en esos 18 años. Concesiones escritas de la época de la coronación de Matilda revelan una mezcla de nombres ingleses y franceses, con la mayoría en inglés. Pero en 1086 los ingleses han desaparecido, y la lista es exclusivamente normanda (o en el caso de los obispos, continental). En 1068 diez de los quince obispados de Inglaterra estaban ocupados por ingleses, otros tres por alemanes por concesión del Confesor, y solo dos habían sido nombrados por el Conquistador. Pero por la época del Domesday solo un inglés permanecía en su cargo. En cuanto a la aristocracia, el eclipse es total. […] Cuando miramos los testigos de 1086, no hay un solo nombre inglés entre ellos.

Lo que es cierto de la corte, también lo es del país. De los 1000 tenants-in-chief [vasallos directos del rey] del Domesday, solo 13 son ingleses, de los cuales solo 4 tienen tierras de más de 100 libras, y el más rico, Eduardo de Salisbury, bien pudo haber sido medio normando. Los thengs del rey -los 90 o así lores que habían poseído más de 40 hides [un hide es la tierra necesaria para mantener a una familia entera, o una granja, se suele igualar con unas 50 hectáreas] – habían desaparecido. Incluso si bajamos al siguiente nivel feudal y empiezan a aparecer nativos, siguen siendo una minoría. De los 8000 sub-vasallos registrados en Domesday, solo un 10% son ingleses […] los thengs medianos, unos 4000-5000, han sido borrados.

Domesday por tanto revela un cambio cataclísmico en la composición de la clase gobernante inglesa, con normandos sustituyendo a lores nativos en casi cada aldea y asentamiento. Revela, además, grandes cambios en la distribución de la riqueza. Dicho con simpleza, había más superricos en Domesday que veinte años antes. Mientras en 1066 había una “clase media” de miles de thengs, en 1086 la mitad de la tierra inglesa estaba en manos de 200 barones […] y la mitad de esa tierra, es decir, un cuarto de toda la tierra de Inglaterra, estaba en las manos de solo 10 magnates. […Pero] tras la Conquista, ninguna coalición de magnates, da igual lo grande que fuese, podía igualar los recursos del rey. Incluso si juntamos los ingresos del top 10 del Domesday, el total no alcanza los de Guillermo -unas asombrosas 12.600 libras-, pues el rey tenía el doble de tierras que ellos juntos.

 

Lo que hizo Guillermo en la mentada reunión de Salisbury fue básicamente renovar su pacto con los nobles normandos -una vez que la joint-venture de capital-riesgo se había consolidado- que con la aquiescencia de la Iglesia juraron lealtad a este nuevo régimen con el Domesday como referencia y garantía del reparto del botín. Guillermo consideraba que desde la Conquista cada terrateniente en Inglaterra lo era por gracia suya, y que toda la tierra inglesa pertenecía a la corona [15]. El reparto empezó en el mismo Hastings, donde se desposeyó a todos los nobles muertos en la batalla, por haberse levantado en armas contra el legítimo rey. A los demás los respetó, e intentó gobernar como Eduardo el Confesor. Sin embargo, sucesivas rebeliones de nobles sajones (que al contrario que tras la conquista danesa de 1016 no quisieron someterse y esperar un momento más propicio) le obligaron a luchar una y otra vez, y así le dieron la oportunidad de desamortizar más tierras, aunque a la tercera rebelión en 1069 se hartó y decidió mostrar un poco de brutalidad [16] dejando el norte del país arrasado. Se calcula que en total, su reinado vio una disminución de la población en un 10%. Después de pasar el Norte a fuego y espada, la cosa se calmó. Tanto, que en 1075 la nueva nobleza normanda ya estaba lista para pelearse entre ellos por el reparto del botín y fruslerías varias. Esta revuelta [17], prontamente aplastada, en cierto modo es la precursora de una constante en la historia de la Inglaterra medieval. En 1088 [18], en 1135 [19], en 1173 [20], en 1215 [21], en 1264 [22], en 1455 [23]… cada 50 años o así, hay una revuelta de los barones contra el rey o una guerra civil, con una alegría que aquello parecía el siglo XIX español. ¡Y mírenlos ahora, resolviendo todos sus conflictos a golpe de referéndum! De todo se sale, incluso de las guerras civiles.

 

Civil War: daneses contra normandos (alegoría).

 

Junto a las yoyah, también está muy bien tener a Dios de tu parte. El Bastardo, con el apoyo papal, sustituyó progresivamente a los obispos de todas las diócesis inglesas por hombres afines. Los normandos trajeron una nueva iglesia, más estricta y militante, y mucho menos tolerante ante costumbres y reductos paganos, y en general más sometida a Roma. Una Iglesia que aplicaba las costumbres “caballerosas” y las reformas en boga en aquellos días… y que según Morris le dieron a Inglaterra un sentimiento de superioridad moral sobre sus vecinos celtas de Gales, Escocia e Irlanda, poniendo la primera piedra para las guerras de conquista posteriores. De hecho, para muchos la explicación a la propia Conquista era moral: los anglosajones habían pecado y por eso Dios había enviado a los normandos a conquistarles. En algunos casos, incluso se quemaron reliquias de santos anglosajones.

 

Sic Transit

Al Bastardo apenas le dio tiempo a hacer mucho más. Al año siguiente, 1087, moría en Rouen tras una larga enfermedad que le dio tiempo a confesar sus múltiples pecados (parece que tardó un día entero y que hicieron falta varios confesores). Aflojada su mano de hierro, los nobles se pusieron levantiscos desde el primer momento, saqueando incluso su habitación, hasta que solo su cuerpo desnudo yacía en ella. Unos monjes se lo llevaron a Caen, donde fue enterrado en una abadía que había fundado [24]… sobre terrenos robados, como denunció -con evidente mal gusto pero buen sentido de la oportunidad- el hijo del dueño legítimo durante el funeral (reunieron algo de dinero ahí mismo y el hombre se calló). Finalmente la humillación final: como estaba tan obeso, el cuerpo de Guillermo no cabía en el sarcófago de piedra, y al intentar meterlo a presión reventaron sus intestinos, liberando un pestazo tan insoportable que los buenos monjes terminaron el funeral a la carrera.

Su legado, en cambio, sigue muy vivo, e Inglaterra no dejó de ser normanda. Señal de que lo había dejado todo atado y bien atado. Aunque los normandos afirmaban que ellos no querían cambiar nada y que todo fue continuidad, aquello era pura propaganda en cuyo nombre Harold Godwinson fue borrado de los documentos (en los dos millones de palabras del Domesday, solo se le menciona en dos ocasiones, y es obvio que por error). El nuevo reparto creó una monarquía fuertemente centralizada que se convirtió en el epítome de la “sociedad feudal”, y cambió a la sociedad inglesa hasta el día de hoy, con una desigualdad en el reparto de la tierra [25] que solo es superada por Brasil. Algo que ni los propios beneficiarios pueden negar [26]. A cambio, también es cierto, Guillermo liberó a muchos de los siervos y esclavos de los anglosajones (porque los hombres “libres” pagaban impuestos, y los esclavos no). Estos, que representaban un 15-20% de la población, sí vieron mejorada su situación. El 75% de la población que eran los campesinos libres, en cambio, se encontró con que sus nuevos barones normandos querían jugar al viejo juego de la extracción de rentas, y vieron aumentados sus impuestos, o tuvieron que trabajar uno o dos días por semana en las tierras del señor. Y en cuanto al 5% superior, como ya dijimos, fue aniquilado.

 

Si un francés con bula papal llama al timbre, sujeta la puerta lo más fuerte que puedas.

 

¿Y cuando acabó realmente la Conquista? Pues dejando aparte a quienes piensan que esta sigue ahí [25], según Morris solo hizo falta un siglo y medio, así a ojo. Los cada vez más frecuentes matrimonios mixtos, el colapso del Imperio Angevino, y que los nobles normandos perdieran sus posesiones continentales, quedándoles solo las británicas, ayudó a que ingleses y normandos se fusionaran en una identidad común, usando una sola lengua. Quizás el mejor símbolo de lo que fueron la Conquista y su posterior asimilación fue la muerte -temporal- del inglés como idioma escrito. Tanto la chancillería real como los monasterios lo abandonaron en favor del francés y del latín (idioma en el que también fue escrito el equivalente inglés de la Constitucióndel78: la Carta Magna [27]). Al cabo de siglo y medio el inglés volvería a emerger como lengua común… pero profundamente transformado, un híbrido entre los dialectos germanos del norte de Alemania, miles de galicismos, y algunas importantes mutaciones, tal como la perdida de los casos gramaticales, y el abandono de un alfabeto sajón -en el que aún se podían encontrar runas [28]– a favor de los caracteres latinos del continente. Y también empezó allí algo que no se daba en el inglés antiguo: el que cualquier parecido entre la escritura y la pronunciación sea pura casualidad. Infinitas generaciones de alumnos extranjeros de la lengua de Shakespeare tienen que experimentarlo con gran dolor cada curso escolar, pero ninguna serie de la HBO nos relata su sufrimiento.

 

Güiliam, yu rili ar a Foquin Bastard.