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Okkupert

El discreto encanto del novato

Cada obra o producto artístico tiene su momento, y ese momento puede influir más en el éxito o en el fracaso que la obra en si. Así de injusto es el mundillo cultural. Tomen Star Wars, Episodio IV: en su tiempo lo petó, pero la hacen hoy con esos medios y esos efectos especiales e incluso esos actores y ese doblaje, y no sirve ni como telefilm de sobremesa (y ahí está el Episodio VII [1] para probarlo, que es prácticamente lo mismo con mejores efectos, pero más allá de emocionar a cuarentones ávidos de rememorar su infancia, difícilmente va a cambiar la Historia del Cine). O el Ministerio del Tiempo [2]: esa serie la hace la BBC en 1960 y es la polla con cebolla. A la altura de Dr. Who. Problema: no estamos en 1960. Han pasado muchas cosas, televisivamente hablando, y también socialmente, desde entonces, y las expectativas no son las mismas. Y eso no lo arreglas poniendo a dos lesbianas para mostrar lo moderno que eres. Una serie también puede jugar a ser retro, claro, pero ese ya es otro juego, y tienes que ser muy consciente de ello. El Ministerio del Tiempo no se lo termina de creer. En cambio, esta serie de televisión noruega sí cree en lo que hace.

 

Nos tomamos esto muy en serio.

 

Lo cierto es que uno ve esta serie pensando que debe ser la primera de su tipo que ruedan. Los noruegos, algo rústicos y sin la sofisticación de sus vecinos suecos [3] ni la desbordante fantasía de sus vecinos daneses [4], llegan tarde al género de política ficción. En los temas y las tramas, en los cliffhangers, en los planos y en general en todos los tópicos, uno no ve nada que no hayamos visto ya en cienmil millones de series americanas. Ese momento ya pasó. Pero como lo encaran con la cándida seriedad del primerizo decidido a hacerlo realmente bien, se les deja hacer, aunque al final la cosa queda muchas veces en el guión de Rambo: Acorralado: una excusa chorra para desplegar medios y pegar tiros. La excusa chorra, en este caso, es cuanto menos curiosa: la paulatina ocupación de Noruega por Rusia, consentida -¡y alentada!- por la UE.

 

Economía ocupacional

Esta idea central, la de la ocupación, es la que a mí me lleva a repetirme una pregunta que ocasionalmente me hago: ¿realmente resulta rentable a día de hoy ocupar militarmente un país? Quiero decir, en términos puramente económicos: invadir un país para ganar pasta con ello, ¿realmente renta?

Supongamos por un momento que las pesadillas de los votantes de VOX se hacen realidad y algún tipo de califato islamofascista surge en el norte de África, y los dirigentes del mismo convencen a la masa de que invadir España es (a) posible y (b) rentable económicamente. Entonces ya todo depende del tipo de invasión. Si es una invasión modelo “peregrinos temerosos de Dios [5]”, es decir, exterminio y destrucción de todo lo anterior, entonces acabas de conquistar un erial. Sí, puedes repartir tierras agrícolas entre tus colonos, pero poco más. Eso ya no mueve a la gente, menos aún teniendo en cuenta que el Atlas y la Cabilia están llenas de aldeas agrícolas abandonadas por los habitantes que se fueron a las ciudades a ganarse la vida, hartos de partirse el espinazo en la huerta por cuatro dirhams. Como que la idea no contaría con mucho apoyo. Así que te conviene conquistar con infraestructuras y población más o menos intactos, y una vez logrado te quedas, por llamarlo de alguna forma, con la “plusvalía nacional”: lo que ese país ingresa del resto del mundo. Como España lleva 20 años con un déficit comercial crónico y viviendo del ahorro ajeno, un conquistador igual se encuentra con que tiene que poner una pasta gansa solo para mantener el tinglado en marcha, pero supongamos también que los españoles aguantan sin rechistar una disminución sustancial de su nivel de vida (y si usted cree que los españoles nunca aceptarían un empobrecimiento impuesto por extranjeros, entonces no ha seguido muy de cerca la realidad político-económica de los últimos años). Venga, ya puedes repartir la riqueza nacional entre tus tropas. Como la riqueza española se basa en lo que se basa, los intrépidos guerreros de Alá verán recompensado su sacrificio con… puestos de albañiles y camareros en la Costa del Sol. Meh. Y como el Islam tiene esa cosilla con el alcohol, pues igual el turismo se resiente un poco. Que España es un gran país y todo eso, pero sin una copa de vez en cuando como que se te hace demasiado grande.

Pero no nos rindamos al tópico “sol y copazos”, ¡España también produce tecnología y grandes empresas que son la envidia el mundo! De modo que conquistas, vas al IBEX, te cargas a todos los directivos que cobran sin dar un palo al agua, y ya tienes sitio para meter, si no a millones, sí a miles de tus seguidores. Problema: que en una economía moderna las empresas están muy abiertas al sabotaje interno. Inevitablemente surgirían grupos de resistencia llamados, qué sé yo, “España, Patria y Libertad”, “Ejército Republicano Español” o “Españoles de Verdad”, con simpatizantes dentro de las principales empresas del país, y paralizarían una y otra vez su producción mediante ataques internos. Y adiós a las stock options y a los beneficios. No, hoy en día ocupar una economía industrializada para ordeñarla al gusto no es viable. Eso ya lo aprendieron los alemanes hace 75 años [6] (y los británicos, los verdaderos maestros, hace siglos), y las lecciones las están aplicando en Grecia: colaboración con las élites locales para que ellos extraigan la pasta y la manden por transferencia; en ningún caso mandar tanques o tropas, que eso está demodé.

Vamos, que la única forma de sacar beneficio de un país conquistado manu militari sigue siendo la demostrada por los españoles en América Latina: extraer recursos naturales mientras aplicas el divide et impera entre los nativos. E incluso esta fórmula no ha resistido bien el paso del tiempo. Cuando los americanos invadieron Irak [7] todavía decían que esa guerra se iba a pagar sola [8]: los nativos iban a estar matándose por sus rollos religiosos, y con unos miles de mercenarios podías extraer petróleo barato a saco, para pagar con creces los costes, que serían de apenas unos pocos miles de millones. Pues ahora mismo hay quien ya estima un coste de tres trillones de dólares [9] para el capricho del mejor amigo de Ánsar. Suficiente, según este simpático neocon [10], para construir centenares de centrales nucleares y una flota de vehículos eléctricos, y poder decirles a los árabes “que se beban su petróleo”. ¿Y con estos antecedentes los noruegos quieren hacer una serie sobre una ocupación militar rusa que pretende quitarles su petróleo?

 

“Pues claro que las guerras son económicamente rentables, ¡mirad como nos hemos forrado nosotros!”

 

Chørrån: Desarrollo

Pues sí, lo hacen, y metiendo mucho drama escandinavo, y además una serie de premisas que a nosotros nos resultan absolutamente lisérgicas, pero que si los noruegos las consideran creíbles, habla muy bien de ellos como sociedad. La previa va tal que así: en un futuro cercano, Estados Unidos ha logrado la autosuficiencia energética gracias a frackinear todo lo que se mueve en su subsuelo y a consecuencia ha abandonado la OTAN, pues no necesita al mundo exterior. Hasta aquí, OK, y totalmente creíble si Donald Trump llega a presidente. Luego, resulta que la Península Arábiga se desangra en guerras religiosas que han interrumpido el suministro desde allí. Viendo el polvorín que es esa zona del mundo, también creíble. La UE, por lo tanto, depende casi exclusivamente del suministro noruego. Y entonces llega el Huracán María (que es una violenta tormenta, no una ganadora de OT) y causa una catástrofe humanitaria en Noruega, con miles de muertos y pérdidas catastróficas. Todo el mundo señala al cambio climático como causante de María, y un partido ecologista llamado Ny Kraft (que creo que se traduce como “Fuerza Nueva”) obtiene la mayoría absoluta con la promesa de cesar la producción de combustibles fósiles. Y aquí ya nos mosqueamos.

Dejando aparte que habría infinitos lobbies pagando a científicos para probar que el cambio climático no existe, y si existe no es el causante de María, y si fue el causante es que ya es irreversible y total para qué vamos a cambiar y lo que haga Noruega no servirá de nada mientras el resto del mundo siga quemando combustibles fósiles – ¿realmente resulta creíble que un partido político diga “tenemos un trillón de dólares en petróleo fácilmente extraíble en nuestro subsuelo pero no lo vamos a tocar por respeto a las generaciones futuras” y encima saque mayoría absoluta? ¿Y cumpla con su promesa? ¿De un día a otro? ¿Sin que ningún otro partido prometa una Paguita Universal Petrolera?

El caso es la UE se mosquea (eso ya vuelve a ser creíble [11]) pero como carece de fuerza militar subcontrata la ocupación militar a… los rusos. Volvemos a lo surrealista. Se ve que ha habido tiempo de llegar a un acuerdo por lo de Ucrania [12] y ahora la UE y Putin están a partir un piñón, pero de ahí a que Francia, Alemania y Gran Bretaña acepten que los rusos metan los pies en el Mar del Norte… (y eso sin entrar siquiera en que al consenso español le tiene que parecer una broma de mal gusto presentar a la UE como “los malos” – ¿qué va a ser lo siguiente, un telefilme donde Campechano organiza el 23F?) Poquito a poquito, Noruega es obligada a aceptar “ayuda”, “supervisores” y “medidas cautelares de seguridad” rusas. La escalada rusa provoca una contra-escalada local, con un grupo llamado Fritt Norge (Noruega Libre) liderando la resistencia. Al principio son cuatro chiflados, pero poco a poco se les une gente más principal, sin que nadie tenga la idea de atacar sistemáticamente la infraestructura petrolífera y volar los pozos y los oleoductos por los aires, “si no son míos pues pa’ nadie”. Tendrán miedo de causar una marea negra o algo así.

 

Okkupertas

El reparto de okupas suponemos que ha movilizado a todos los actores de Noruega, más algún extranjero para interpretar a los rusos. Rusia, por cierto, se ha tomado a mal su papel de malo de la película [13]. La UE en cambio, que en la serie es quien mueve los hilos detrás de los rusos, no ha dicho nada. Se ve que han entendido mejor la política del siglo XXI: puedes ser igual de cabrón como siempre, solo necesitas contratar a un buen asesor de imagen, tener en nómina a los medios de comunicación, y no hacer el ridículo criticando series de televisión de pequeños e irrelevantes países.

 

Jesper Berg: el primer ministro de Noruega y carismático líder de Fuerza Nueva. Escandinavo a tope. Es decir, que las veces que sonríe se cuentan con los dedos de la mano de un carnicero ciego. Como ha ganado las elecciones con una promesa clara de dejar de extraer combustibles fósiles… ¡va y lo hace! Pero no es que el hombre sea un utópico, no: el anuncio lo hace desde una central de torio [14], desde donde anuncia también que ponen esta fuente de energía limpia a disposición de todo el mundo que quiera unírseles, pero que adiós petróleo. ¡Hay alternativas [15], sí se puede! Y claro, la UE le aplica las tuercas, pero no en un bonito despacho de Bruselas y con una taza de café y bollos delante, no: le secuestran en su helicóptero oficial y le explican que o bien sigue fluyendo el petróleo, o te hundimos el país.

Visto lo bien que funcionaron el café y los bollos con Tsipras (quien, no lo duden, recibió el mismo mensaje [16] de la UE), secuestrar a un primer ministro solo para tener una charla privada y soltarle inmediatamente después… resulta un poco absurdo. El mundo no funciona así. De ser así, habrían mandado a un comando de los GEOS compuesto de guardias civiles aragoneses para recordarle a Tsipras la que liaron los almogávares en Atenas [17]. Café, bollos, y una sutil digresión sobre como se las gastan los mercados, con eso basta.

El caso es que Berg ve la luz y mantiene la producción de petróleo bajo supervisión rusa que le pide la UE. Pero claro, a los rusos les das la mano y te arrancan el brazo: cada incidente es utilizado para aumentar la presencia rusa, cada amenaza es magnificada, y el bueno de Jesper siempre cede. Normal que su matrimonio se venga abajo. Lo raro es que no lo haga su partido. En España sería al revés, pero claro, aquí tenemos políticos con fuertes valores familiares (y sobre todo importantes valores e intereses monetarios con los familiares, ¡que eso une mucho!).

 

Irina Sidorova: la embajadora de Rusia, y poco a poco virreina de Noruega. O Reichskomissarin, según prefieran. La actriz que la interpreta es lituana, y puede que eso influya en pintarla como una mala pécora a la que intentan matar en varias ocasiones. Pese a ello, como a su lado tiene a un Jefe de Seguridad encargado de ejercer de poli malo, nos quieren hacer creer que es el poli bueno.

 

“Soy el poli bueno. Así que imagínate el malo.”

 

Hans Martin Djupvik: el representante –suponemos- de la Noruega heroica-pero-civil-y-apolítica: policía, guapo, y forma un matrimonio interracial con una juez. En lo profesional también destaca por su obediencia a sus superiores y a sus órdenes, aunque no las comparta: no está de acuerdo con la ocupación rusa pero trabaja para ellos por petición de su propio gobierno, no le gusta Sidorova pero le salva la vida. Con todo, hay que decir que como policía destaca muy por encima de sus colegas, los cuales dejan mucho que desear: les cuelan una bomba en la comisaría central, se les suicidan los presos, los detenidos son liberados antes de tiempo… Y ya que te secuestren dos veces al primer ministro (una en su propio despacho), eso no pasaría ni en Grecia. Suerte que siempre está Djupvik para resolverle los entuertos al bueno de Berg. Empieza como uno de sus guardaespaldas, pero salvarle la vida a Sidorova le empuja a un rol de enlace entre las autoridades rusas y las noruegas que no le gusta nada, pero ahí está el hombre, cumpliendo siempre con su deber.

 

“Pierre”: el embajador de la UE. Si me preguntan si es una referencia encubierta a Pierre Moscovici [18], les diré que no: a mi me parece totalmente descubierta. ¡Incluso han cogido un actor francés que parece querer imitarle! Sale cuatro veces para decir que los esfuerzos hechos hasta ahora están bien, pero no es suficiente; siempre en voz bajita y con tono de padre confesor.

 

¿Dónde acaba la ficción y empieza la realidad?

 

Thomas Eriksen: periodista de investigación. De los buenos, suponemos, ya que su vida familiar es un desastre, con su segundo matrimonio haciendo aguas, y está continuamente enfrentado a su jefe, que quiere rebajar el tono que Eriksen le dedica al gobierno en sus artículos online. ¡En Noruega, atizarle al gobierno sin razón se considera de mal gusto! La Resistencia contacta con él para filtrar comunicados y similares (y ya de paso para amenazar a su familia), y le convierte en testigo privilegiado de un importante atentado contra las instalaciones petrolíferas.

 

Bente Norum: esposa de Thomas Eriksen. Restauradora cuyo restaurante moderniqui está a punto de cerrar, pero la oportuna llegada de nuevos clientes desde la vecina delegación rusa salva su proyecto empresarial, por lo que no entiende las críticas a las fuerzas ocupantes, ¡que son muy majos y dejan buenas propinas! La muerte de su esposo, presuntamente a manos rusas, le hace reconsiderar sus lealtades (aunque por otra parte su difunto esposo no se molestó en comunicarle que la Resistencia amenazaba con atentar en el restaurante – ¡dramón de lealtades escandinavo!).

 

Wenche Arnesen: la jefa de la policía noruega. Aquí al fin los noruegos meten algo de existencialismo noir escandinavo y le encasquetan a la buena señora un cáncer cerebral terminal. De propina, nos enteramos de que su marido murió días después de la boda. Buscando algo útil a lo que dedicar los últimos meses de su vida, utiliza su privilegiada posición para favorecer a Fritt Norge, y mientras estos prosiguen con sus perrofláuticas acciones y atraen la atención de las autoridades, Arnesen empieza a montar una resistencia “seria”, con gente de dentro del sistema y veteranos del ejército.

 

A resistir se viene aprendido.

 

Valoración

Noruega fue ocupada por Alemania durante la Segunda Guerra Mundial, en una campaña de apenas 62 días [19] (que por otra parte es más de lo que le duraron Francia o Polonia a la Wehrmacht). Aquella ocupación trajo consigo el surgimiento de una resistencia, pero también amplio colaboracionismo. De hecho, el colaboracionismo noruego ha legado al mundo una palabra específica para ello: Quisling [20]. Palabro no usado en la serie, pero que continuamente flota en el aire. Porque detrás de tanto montaje chorras y algunas escenas de acción, se supone que hay una reflexión de fondo: ¿qué haría la generación actual ante una nueva situación de ocupación? Pues lo mismo que la anterior, parece ser la conclusión, aunque habrá que esperar a la segunda temporada para ver si también logran hacer un papel mejor que sus predecesores de 80 años antes, que hicieron mucho ruido pero no pudieron evitar que Noruega siguiese bajo ocupación nazi hasta el día de la rendición (excepto la región de Finnmark [21], liberada, vaya por Thor, ¡con ayuda de los rusos [22]!).

Al final, todas las resistencias tienen que enfrentarse al mismo dilema: como no puedes vencer en campo abierto, la única amenaza creíble es “antes nos cargamos nuestro propio país y a nuestra propia gente que dejárselos al invasor”. Pero esto exige que tu propia gente acepte bombas todos los días, cortes de luz, fallos de suministros, carestías varias y bastantes daños colaterales. O en otras palabras: de lo cabreada que esté la gente y de lo que le dure ese cabreo. En cuanto a donde se sitúan los límites de dicho cabreo… pues bueno, precisamente tenemos ahora en marcha un experimento in da real life para saberlo. Y, je, es la propia UE la que se encarga de realizarlo, en todos los países de la periferia sur de Europa, pero sobre todo en Grecia. Y a la vista de lo ocurrido hasta ahora, pintan bastos: parece que si no ve tanques con bandera extranjera en las calles, la gente como que se desanima. El pacto con las élites (que te necesitan para controlar el descontento interno… ¡causado por tu extracción de la riqueza nacional! ¡win-win!) funciona. Ya ven: una serie chorras de un país periférico y poco importante nos ha hecho reflexionar sobre la realidad político-económica de todo un continente hasta llegar a una conclusión deprimente. Aunque a muchas series le han puesto la etiqueta de “intelectual” por mucho menos, nosotros la calificamos de nivel medio, si bien agradecemos infinitamente que se hagan series así, hablando abiertamente de ciertos temas que en otros lares son tabúes.