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“Der Grosse Krieg” – Herfried Münkler

La fiebre de los politólogos

Aquí en LPD somos muy de la Segunda Guerra Mundial [1], pero eso no debe llevarnos a despreciar el estudio de la Primera como parafilia o herejía apartada de la fe pura. Si me permiten la barbaridad, afirmo que en la Primera hay tanto Juego de Tronos [2] como en la Segunda. Al menos para mi. De modo que hoy les traigo este interesante libro: una obra que aúna tantos tópicos y obsesiones LPDianas -¡la Primera Guerra Mundial! ¡¡narrada por un politólogo!! ¡¡¡y encima alemán!!!- que aquellos que nos siguen como expiación de sus pecados en alguna vida anterior hoy podrán recuperar fácilmente 50 puntos de karma.

Herfried Münkler es, como dijimos, politólogo y no historiador (ni siquiera allí escapan a la plaga), y pretende con este libro cerrar un hueco en la historiografía alemana, que durante demasiado tiempo ha considerado la Primera Guerra Mundial exclusivamente como un preludio de la Segunda. Al ser la Segunda una guerra tan inmoral, los juicios morales se han trasladado a la Primera, cuya interpretación ha sido fundamentalmente una búsqueda de culpables, y el análisis político ha quedado completamente orillado. Destacan aquí sobre todo Fritz Fischer [3] y sus seguidores, que en los años sesenta desataron una virulenta “pelea de historiadores” con su tesis de una Alemania culpable de desatar la guerra para satisfacer sus ambiciones imperiales de dominación mundial. Otros historiadores no llegan a tanto, pero casi todos tratan el periodo 1914-1945 como un todo, como una guerra de 30 años [4] europea. Todo eso no le hace justicia a la Primera, que según Münkler merece un análisis político propio: “La Primera Guerra Mundial fue la incubadora de todas las tecnologías, estrategias e ideologías que desde entonces se encuentran en el arsenal de los actores políticos. Solo por ello merece la pena un cuidadoso estudio de esta guerra“.

El libro es de 2013, listo para el centenario, y en Alemania ha sido recibido con muy buenas críticas y se lo considera el complemento ideal a la obra de Jörn Leonhard ya comentada en esta su página amiga [5], porque aunque afirma querer dar una imagen total, se centra mucho en lo suyo, es decir, las ciencias políticas. Como realmente vale la pena, yo le perdono también su ambicioso subtítulo “Die Welt 1914 – 1918/El Mundo de 1914 hasta 1918”, totalmente fuera de lugar pues el 80% del libro se centra en Alemania.

 

Los primeros 10 puntos de karma ya los tienen solo con posar sus ojos en esto.

 

El militarismo alemán

No hay análisis político de la Primera Guerra Mundial que se precie que no mencione el militarismo alemán que la precedió. Münkler da una imagen más diferenciada al respecto. Primero, que obviamente no era universal, de hecho Alemania contaba con el SPD, el partido socialdemócrata y pacifista más fuerte de Europa (el “cebo” para convencerlos de que apoyaran la guerra fueron la amenaza de la autocracia rusa –al fin y al cabo, Rusia había movilizado antes que Alemania [6]– y la vaga promesa de reformas, como la abolición de la tremendamente injusta ley electoral prusiana [7]). Y ya en el militarismo realmente existente, había dos corrientes fundamentales: por un lado la antiguo-aristocrática, que veía la guerra como un asunto noble entre profesionales, cargas de caballo al toque de corneta y tal, y que confiaba en resolver una eventual guerra futura mediante una serie de rápidas batallas decisivas para luego volver al business as usual. Y por otro, los totalitaristas, que creían que los cambios tecnológicos obligaban a hacer una guerra industrial, con movilización total de todos los recursos nacionales durante varios años. Corriente esta última ejemplificada en la persona de Ludendorff… que significativamente había sido expulsado del Estado Mayor en 1913. Su relato no gustaba. La corriente aristocrática controló el libreto durante la planificación de la guerra y sus primeros compases, aunque incluso el Káiser ya intuía por donde iba el futuro, con el siguiente discurso de aceptación de la guerra ensalzando la unidad nacional (discurso que Campechano o Preparado podrían soltar en cualquier momento sin que la reacción de la ciudadanía española fuese de choteo universal ante tan vacua pomposidad; otra consecuencia de no haber participado en las Guerras Mundiales y de habernos perdido las principales juergas de los últimos dos siglos):

 

De corazón os agradezco [a la muchedumbre reunida ante el palacio en Berlín] esta expresión de amor y lealtad. En la lucha que ahora comienza ya no conozco partidos políticos en mi pueblo. Entre nosotros ya solo hay alemanes, y aquellos de los partidos que se pusieran contra mi en la lucha de la opinión [pública], yo les perdono todo. Ahora todo lo que importa es que estemos unidos como hermanos, y entonces Dios llevará la espada alemana a la victoria.

 

Quizás lo más importante es que este militarismo era sobre todo de consumo interno. El ejército era el último reducto de la aristocracia en un mundo donde el dinero contaba cada vez más, y los nobles intentaban reproducir en él su ideal de sociedad: la clase trabajadora como mera tropa, los burgueses que se aplicaban podían llegar a tenientes (y de hecho, el ascenso social de una familia solía venir acompañado del ascenso a teniente de algún hijo, en plan “os aceptamos entre nosotros”), y los rangos superiores para la aristocracia, con el Káiser en la punta. Un mundillo donde hasta cierto punto el mérito no importaba tanto como el rango, ni tampoco pesaba nada el vil metal, que parecía haberse convertido en el motor de una sociedad que oficialmente aún era profundamente aristocrático-militar. Esto llegaba al punto de que, por culpa del Protocolo Prusiano (donde un general retirado tenía precedencia de rango sobre un obispo, y un teniente coronel sobre un rector universitario) a los cancilleres del Reich les daban junto a su nombramiento un rango honorífico de general, para no tener que ponerse al final de la cola en las ocasiones oficiales.

 

Un sitio para todos. Y todos en su sitio.

 

Por eso el desarrollo de una flota de guerra (un factor que se ha usado una y otra vez para apuntar a la enemistad con Inglaterra) hay que entenderlo en clave más interna que externa: al ser un arma nueva y Alemania un país sin tradición naval, las plazas estaban abiertas a todos. El propio Almirante Scheer [8], comandante de la Kaiserliche Marine, provenía de una familia burguesa de clase media, algo impensable en el ejército. La flota era inmensamente popular entre las clases medias y burguesas como signo del nuevo tiempo industrial que los había encumbrado, y querían más y más barcos para que “sus” muchachos los comandaran.

Sabiendo esto, la loca apuesta que era el Plan Schlieffen adquiere un significado distinto. Este plan era -entre otras cosas- la única manera de ganar la guerra rápidamente y así a la vez preservar internamente todo como estaba. Una larga guerra, una guerra total como la defendida por Ludendorff, hubiese devenido en guerra de material y desgaste,  algo más económico que heroico, y no se hubiese podido ganar sin la implicación máxima de los trabajadores y de la burguesía. Y estos no lo hubiesen hecho sin contrapartidas políticas (al margen de que una guerra larga, además, hubiese significado un sufrimiento inmenso, como dijeron algunos de los militares aristocráticos, que en eso hay que decir tenían toda la razón). Así que, en un gesto de negación de la realidad socio-económica, los altos mandos aristocráticos optaron por el plan que más satisfacía a su ideal social, sin pensar en las consecuencia. El militarismo alemán, si consistió en algo, fue eso: que eran las planificaciones militares las que determinaban los márgenes de actuación de la política y no al revés. Porque en Francia por supuesto que los militares también tenían planes para hacerle la guerra a Alemania invadiendo Bélgica, pero el gobierno civil se impuso y lo vetó para no enemistarse al Reino Unido. Y -por poquito- eligió sabiamente.

 

El mito de Langemarck

Münkler dedica un capítulo entero a la “guerra de las ideas”; los objetivos finales y, de resueltas, las diversas fórmulas de justificar la guerra. Justificación que en Alemania era más compleja que en ninguna otro país. En Rusia el objetivo era el paneslavismo (que al 80% más pobre de la población le traía al pairo, pero ese 80% no contaba para nada en la autocracia zarista), en Austria la afrenta por la muerte del archiduque y la necesidad de lograr un dominio estable sobre los Balcanes, en Francia y Bélgica el elemental hecho de haber sido atacados sobre el suelo nacional (combinado con “al fin recuperaremos Alsacia y Lorena” en el caso francés). Gran Bretaña, como nación mercantil que es, envió a sus soldados profesionales y no recurrió a la movilización forzosa hasta 1916, así que tampoco había que invertir mucho en propaganda para tener al populacho ilusionado. Sin embargo, al soldado alemán que estaba en Flandes pegándose con un gurka nepalí había que ofrecerle una explicación que no se limitase al asesinato de un austriaco en Sarajevo. Y como no la había, más allá del Juego de Tronos [2], la élite cultural alemana se volcó en justificar la guerra como algo bueno en si mismo, en aberraciones intelectuales que Münkler cita con profusión, como la de este sacerdote:

 

“¡Qué gran maestro es la guerra! Lo que los hombres no han logrado con todo su esfuerzo y pensamiento, eso lo ha hecho la guerra como por arte de magia: la unión interna de Alemania. Cuando nos fue declarada la guerra, Dios nos ha regalado la paz interna. […] Heil a la guerra, que nos ha traído la paz interna, la paz social. ¡Ha ocurrido por la gracia del Señor y es un milagro ante nuestros ojos!”

 

Incluso gigantes de las letras como Thomas Mann se sumergían a fondo en estas corrientes:

 

“Horrible mundo, que ya no es – o ya no será, cuando pase la gran tormenta. ¿No rebosaba acaso este mundo de alimañas? […] El mundo quiere purificarse, quiere la guerra. En esta guerra no luchan, como dicen los periódicos y los señores políticos, los Poderes Centrales contra un enemigo externo, sino que esta Gran Guerra es una guerra civil europea, una guerra contra el enemigo interno del espíritu europeo.”

 

Este culto a la guerra alcanzó su temprana culminación en el “mito de Langemarck”: durante la primera batalla de Ypres, en el pequeño pueblo belga de Langemarck/Langemark, a diversas unidades alemanas compuestas casi exclusivamente de jóvenes voluntarios de clases altas, estudiantes universitarios o que habían estado sacándose el Abitur, auténticos niños en muchos casos, se les ordenó tomar posiciones enemigas, de modo que -guiados por unos oficiales más infantiles incluso que ellos- calaron bayonetas, desenrollaron la bandera regimental, y al toque de corneta cargaron contra profesionales británicos atrincherados con ametralladoras, cantando Deutschland Deutschland über alles (¡con el picante añadido de que esta canción no estaba bien vista en el Reich guillermino por ser un himno de los revolucionarios de 1848!). Y claro, no sobrevivió ni el tato [9].

La narrativa que se impuso al poco tiempo (narrativa oficial, Münkler no se corta en citar a otros soldados de ese mismo sector del frente que se referían a los caídos como “die Spinner/los chalados esos”) es que esa parte del “sacrificio” a realizar para ganar la guerra. Es más, que esta era una guerra de sacrificios, que se ganaría porque los alemanes harían más sacrificios que nadie. ¿Y para qué? Este era uno de muchos debates durante la guerra, junto a ¿quién es el verdadero enemigo? Debates inconclusos que nunca cristalizaron en unos objetivos políticos claros y por lo tanto dejaron el libreto más y más en manos de los militares de la cuerda de Ludendorff, partidarios de la guerra total. Los objetivos “finales” se iban modificando al albur de la suerte de armas.

Igualmente, el “enemigo” variaba según como fueran las cosas. Ora era Francia, la siempre pérfida y vengativa, ora era Rusia, llena de brutalidad oriental y mongola, frente a la que Alemania era el muro de contención (muro que requería de unidad y firmeza, como les replicaban los intelectuales del Reich a los occidentales que denunciaban la falta de democracia en Alemania). Pero los juicios más alucinantes, y los que más impactaron en la inteligentsia germana eran sobre Gran Bretaña: para ellos, esta era una guerra espiritual entre el mercantilismo británico y el heroísmo germano. Un mercantilismo que habría infectado todo lo que de bueno y puro tenía la Kultur (Thomas Mann hizo una célebre comparación entre Civilización occidental y Kultur alemana; otros líderes culturales no se cortaron un pelo en decir que “quienes menos derecho tienen a reclamarse como defensores de la civilización europea son aquellos que se alían con rusos y serbios y le ofrecen al mundo el humillante espectáculo de azuzar a mongoles y negros contra la raza blanca”), y que ahora la guerra iba a permitir expurgar, junto a todas esas toxinas de la modernidad como el enfrentamiento entre clases, las divisiones políticas y mil cosas más. A esta gente, las concesiones al SPD no le asustaban por la mera razón de que creían que la guerra, como gran revitalizador del Volk/pueblo, le arrebataría a sus fieles, que ahora volverían a las iglesias y al orden social correcto:

 

“Si se observa”, así Lemme sobre el periodo anterior a la guerra, “cómo la destrucción de la religión era para muchos la mayor de las tareas [….], cómo una frivolidad moral de emancipación carnal celebraba la falta de moral como nueva moralidad […], cómo no solo la limitación a uno o dos niños se propagaba de manera contagiosa, sino incluso los oradores se atrevían a alabar públicamente el neo-maltusianismo, […], cómo en nuestras universidades la coquetería parisina se extendía – entonces surge la pregunta si tales desviaciones no tenían por fuerza que invocar la justicia divina.”

 

O mi cita favorita: la carta parroquial de los obispos católicos alemanes del 13 de diciembre de 1914:

 

“La guerra es un juicio para todas las naciones […] La guerra ha convocado ante su tribunal la moderna, arreligiosa y anticristiana cultura intelectual y ha destapado su falta de valor y soporte, su vacuidad y su dañosidad. Pero también en nuestra patria esta cultura ya había penetrado profundamente, junto con una sobre-cultura anticristiana, antialemana e insana. Con toda su podredumbre, con su descarnado amor al dinero y al placer vacío, con sus apropiantes y ridículos haceres de übermensch, con su imitación sin honor de una literatura y un arte contaminados del extranjero, y con los excesos más dañinos de la moda femenina. Este es el gran pecado de nuestro pueblo y por ello nuestro. Y reclama contrición y penitencia.”

 

Otro tema muy común en la literatura producida durante la guerra es el énfasis que se hace, en todos los autores, de la camaradería en las trincheras, y de como el desafío común niveló las diferencias de clase en Alemania, para espanto de los viejos generales aristócratas. Con un interesante matiz: los de “izquierdas” lo tomaron como un “sí se puede (eliminar las fronteras de clase)”, mientras los de derechas lo retrataron como “solo la guerra lo puede (eliminar las fronteras de clase)”. La guerra como fin en si mismo y la sacralización del sacrificio heroico, finalmente, fueron piezas fundamentales de la estrategia alemana a partir de 1916, cuando a la superioridad material aliada había que oponerle una “superioridad humana” – y cuando todo empezaba a estar perdido, el sacrificio por el sacrificio, sin más. El objetivo de la guerra, en retrospectiva, no había sido la victoria, sino el Erlebniss:

 

“Este es el nuevo hombre, el Sturmpionier, la selección de Mitteleuropa. Una nueva raza, inteligente, fuerte y llena de voluntad […] Esta guerra no es el final, sino el principio de la violencia. Es la fragua donde el mundo es martilleado en nuevas fronteras y con nuevas comunidades. Lo esencial no es porqué luchamos, sino cómo luchamos […] La lucha, la acción de la persona, incluso para la más pequeña de las ideas, pesa más que toda reflexión sobre el bien y el mal.”

(Ernst Jünger, 1922, La guerra como experiencia interior)

 

Armas nuevas, odios viejos

Volviendo a la sencilla suerte de las armas, en el Este, Ludendorff “se estaba conquistando un pequeño reino en el Báltico”, bromeaban sus compañeros. Falkenhayn le había asignado ese escenario secundario para que no se llevara el mérito de la ofensiva de Gorlice-Tarnow [10]. Lo que Falkenhayn no pudo evitar fue que muchos soldados escribieran a casa narrando maravillas de estas tierras nuevas “conquistadas para Alemania”. Malo, porque en primer lugar solo estaban ocupadas, y segundo, ¿quién querría unas tierras llenas de bosques, lagos, montes y demás sin urbanizar y sin apenas población? ¡Pues precisamente por eso! Los que afirmaban que el Volk alemán se había vuelto blando y decadente encerrándose en ciudades industriales creían que la guerra iba a limpiar al Volk de sus pecados y devolverlo a su “estado natural”, y la nueva naturaleza conquistada le iba a dar un espacio donde desarrollarse libremente. Algo que aún no se llamaba Lebensraum, pero que aquí ya asoma la patita (aunque a diferencia de la política de exterminio de Hitler en el Báltico, Ludendorff practicó una política de germanización basada en promocionar a ¡los judíos de habla alemana!), y que nuevamente iba a dificultar las negociaciones para lograr una paz.

Otro impedimento era, curiosamente, el buen hacer táctico de los militares alemanes. Su profesionalidad e inventiva lograron en muchas ocasiones evitar crisis fatales, prolongando así la guerra hasta la crisis final. En general, los alemanes destacaron en la producción de armamento, viejo y nuevo, y en el control de los mil y un detalles de una guerra industrial. Incluyendo el manejo de las enfermedades venéreas, con continuas inspecciones que los soldados, con ese intraducible humor alemán, llamaban “Schwanzparade” y “Giesskanneninspektion“, siempre en línea con lo que era habitual antes de la guerra:

 

“20 años antes de la guerra, de mil miembros de las fuerzas armadas, en Alemania 25 tenían enfermedades de transmisión sexual, en Francia 42, en Austria 61, en Italia 85 y en Inglaterra más de 170. En 1915 el 22% de los canadienses luchando en Francia recibió tratamiento [por ETS].”

 

Los alemanes también fueron los primeros empezar con los ataques de gas, campo en el que fueron los más eficientes (aunque de 400 ataques durante la guerra, 350 fueron anglofranceses), si bien sin terminar de creérselo: paradójicamente, la excusa para usar el gas era que “permitirá acortar la guerra“, pero luego el primer ataque del 22 de abril de 1915 (con el que reconquistaron, precisamente, Langemarck), no contó con reservas y apenas ganó unos kilómetros. En sucesivos ataques, el enemigo ya estaba avisado. El efecto más destacado, por improbable, es que el general al mando, Berthold von Deimling [11], se hizo pacifista y republicano tras la guerra.

 

Este es un buen momento para recordar la frasecita del Jefe del Estado Mayor Alemán, Moltke el Joven: “sin guerra, el mundo se ahogaría en el materialismo”. ¡Mucho mejor ahogarse con gas mostaza!

 

En lo estratégico, Falkenhayn sentía un odio profundo a Inglaterra y abogaba por seguir la lucha para forzar una paz con numerosas anexiones, en línea con una corriente muy mayoritaria que ignoraba que cuanto más ganas militarmente, más resistencia política despiertas; por lo tanto, si la base de tu política es el ejército, este tiene que ganar mucho… y tu luego pedir poco, cosa que en Alemania no se daba porque todo quisqui quería anexionarse media Europa:

 

“Alemana perdió la guerra porque sus élites político-militares no entendieron la paradoja de la política militarizada y no sabían cómo salir del dilema planteado.”

 

Falkenhayn saboteó los intentos del canciller Bethmann Hollweg de buscar una paz negociada negando que esta fuese posible con Inglaterra, que deseaba aniquilar a Alemania, y que al no poder atacarla directamente lo que había que hacer era noquear a sus aliados. Rusia no se iba a rendir e intentar forzarla era arriesgarse a “hacer un Bonaparte” y perderse en la inmensidad de los espacios rusos, así que solo quedaba Francia, que Falkenhayn se propuso desangrar en Verdún para negociar desde la fuerza (no solo por su posición, sino por lo que Verdún era para la historia Franco-Alemana [12]). Bethmann Hollweg encima tuvo que tragarse su oposición y apoyarle, porque la alternativa era Ludendorff, quien creía en la victoria total mediante la movilización total.

La ofensiva de Verdún trajo también una serie de innovaciones: primero, los lanzallamas, y segundo, el nuevo casco modelo 1916, o M16, conocido coloquialmente como Stahlhelm. Pero finalmente fracasó, y al desastre militar se le sumó el político, pues para realzar la imagen de la familia real el príncipe heredero fue nombrado comandante en jefe de los ejércitos encargados de la tarea; pensando que aquello era pan comido, solo logró granjearse el título de “carnicero de Verdún” y la imagen de un “Drückeberger [13]” que disfruta en la retaguardia de mujeres y bebida mientras 280.000 alemanes caen alrededor de Verdún. Cuando el Káiser abdicó en noviembre de 1918, resultó impensable que le sucediera su hijo.

 

La dictadura militar

Finalmente, en agosto de 1916, se produce el relevo: Falkenhayn, que se equivocó al afirmar que Rumanía nunca se inmiscuiría, es despachado a contener las consecuencias de la entrada rumana en la guerra (y en pocos meses les da una paliza de campeonato y conquista el país entero, señal de que su razonamiento “los rumanos no lucharán porque no están preparados” no era tan descabellado). En su lugar, Hindenburg asciende a jefe del estado mayor (y detrás de él Ludendorff, que es el cerebro de la pareja). Un ascenso hasta cierto punto esperado y cultivado por una caterva de periodistas y “creadores de opinión”, que basándose en el “mito de Tannenberg [14]” pedían “llamar de una vez a Hindenburg y que ese resuelva la guerra sin los complejos tontos de los políticos que nos impiden ganarla“. Una apelación al mito de Bismarck y al hueco que este había dejado, hueco que solo el general, con su gravitas rajoyana (es decir, no hacer nada y poner siempre cara de tranquilidad mientras Ludendorff se encargaba de todos los detalles), podía rellenar. Un mito que asustaba al Káiser, que veía peligrar su poder, pero al que no pudo resistirse más cuando perdió la fe en Falkenhayn tras Verdún. Una inmensa estatua [15] de Hindenburg de madera, levantada tras Tannenberg muy cerquita del Reichstag en Berlín, servía como ominoso anticipo de la llegada de la dictadura militar a Alemania.

 

Por un módico precio, los berlineses podían clavar un clavo en la estatua, de modo que esta poco a poco pasó de ser de madera a ser de hierro.

 

Münkler también dedica su capitulito a estudiar la guerra en el mar… que es casi siempre la pre-guerra, pues todas las decisiones vitales estratégicas ya estaban tomadas antes de 1914, y los barcos ya construidos. La única batalla importante, la de Jutlandia, ocurrió porque ambas armadas se equivocaron y creyeron que se enfrentaban solo a una parte de la flota enemiga, pero no hubo cambios estratégicos pese a la victoria táctica alemana.

 

Como dijo el almirante Beatty después de que los alemanes le hundieran el segundo barco: “there seems to be something wrong with our bloody ships today”.

 

La única consecuencia fue el recurso, visto que la flota de superficie no era capaz de romper el cerco, a la guerra submarina ilimitada, que los militares aseguraban que podía ganarse. Otra manifestación de la corriente ludendorffiana de “para ganar la guerra, solo hay que dejarse de complejos y mariconadas”. Cuando los submarinos no cumplieron, esto se plasmó en el olvido de la posguerra pese a su alta tasa de bajas (la mitad de los soldados de la U-boot-Waffe no volvió a casa). Todo el mundo conoce al Barón Rojo, pero nadie a Lothar von Arnauld de la Perière [16], que hundió 189 mercantes y dos buques de guerra.

La decisión de Hindenburg/Ludendorff de lanzar la guerra submarina sin restricciones es considerada uno de los mayores errores de Alemania, si es que no el mayor. Políticamente, desde luego, está a la altura de la invasión de Bélgica. La intención era que Gran Bretaña sufriera igual que estaba sufriendo Alemania por culpa del bloque naval, pero la consecuencia fue que Alemania sufrió aún más. Hasta ese momento, Alemania aún había podido aprovisionarse mal que bien vía los neutrales, pero una vez ganada la enemistad de Estados Unidos, los neutrales menores no pudieron resistirse a las “sugerencias” de UK+USA de reducir su comercio con Alemania. Münkler (recuerden: politólogo) les dedica un emocionado homenaje a los intelectuales que habían jaleado la guerra sin restricciones, con una interesante observación:

 

“Significativamente los científicos e intelectuales que proporcionaron el fuego de cobertura propagandístico para la guerra submarina sin restricciones eran abrumadoramente representantes de disciplinas donde se daba más valor a la intencionalidad de la acción que a su efecto funcional. El ascenso que las Ciencias Sociales experimentaron frente a la Humanidades tras la guerra tuvo mucho que ver con los errores políticos y malos consejos de los Intencionalistas. […]

Las Humanidades, que siempre habían argumentado con el “corazón puro” y la “recta intención”, fueron puestas bajo supervisión social-científica. El documento intelectual de esa supervisión es la conferencia de Max Weber de 1919 “La Política como Profesión”, donde Weber postuló el primado, en política, de la ética de la responsabilidad frente a la ética de la actitud.”

 

¡Humanista! Politología manda… y no tu panda.

 

Las finanzas

Sobre las finanzas de la guerra, Münkler relata una interesante anécdota: resulta que las autoridades alemanas aún tenían 250 millones de marcos de las reparaciones francesas de 1871, apiladas en una fortaleza en Berlín. En plan recuerdo de la victoria, “si nos volvéis a atacar os derrotaremos con vuestro propio dinero” o algo así. El caso es que con eso se hubiese podido pagar la guerra durante apenas dos días. Las finanzas se convirtieron en “los tendones de la guerra” (aunque esa expresión ya es de los aqueménidas; esto es algo que ha cambiado poco en 3000 años).

Los impuestos directos seguían siendo competencia de los “länder”, el Reich solo tenía los impuestos indirectos, lo que significó un problema gordo para la financiación de la guerra. Ya la construcción de la flota había sido un rompecabezas financiero (que motivó la introducción de un curioso impuesto, el impuesto especial de vinos espumosos [17], que también financió los U-Boote de la Segunda, y aún sigue existiendo, aunque no sé que estarán financiando con él a día de hoy). Como una reforma fiscal en profundidad hubiese tocado temas políticos, se dejó todo como estaba y se recurrió a la deuda pública y bonos de guerra. Bonos comprados con entusiasmo por toda la sociedad alemana… que después estaba dispuesta a seguir al abismo a Ludendorff y sus encantadores de serpientes en pos del “Siegfrieden” (“paz de la victoria”), pues solo así cobraría los bonos. Obligación de pago que limitaba, de nuevo, el margen político para negociar una paz, pues la idea inicial era devolver los bonos con las reparaciones de guerra. Otra de las consecuencias de haber confiado en una guerra rápida: cada mes adicional hacía subir el coste más allá de lo esperado. Hasta otoño 1916, la guerra costaba 2000 millones de Reichsmark al mes. En octubre 1916 el Hindenburgprogramm disparó el coste a 3000. En octubre 1917 a 4000. El último mes de la guerra, octubre 1918, llego a 5000. Otoño de 1916 fue probablemente la última oportunidad de terminar una guerra que no destrozase del todo el orden anterior.Al mismo tiempo, la cosa también potenció el estado social: el estado alemán exigió sacrificios inmensos, a veces incluso de la propia vida, pero a cambio cuidó de viudas y huérfanos, creando exigencias y mentalidades donde no se pudo dar marcha atrás al reloj. Y dado el nivel de impuestos alcanzado para financiar la guerra, era difícil argumentar que esos nuevos sistemas sociales no se podía pagar.

 

“Dame argo, payo, que te lo devuelvo fijo. ¿Qué pasa, no te fías de mi y del Siegfrieden?”

 

El final

Finalmente, en marzo de 1918, Ludendorff, tras haber eliminado a Serbia, Rumanía y Rusia, se lo juega todo en una última ofensiva en el oeste [18] antes de que el apoyo de los americanos resulte crucial. Con la superioridad táctica alemana, se logran grandes avances de terreno… pero ninguna victoria estratégica. En cambio, se han quemado los últimos cartuchos, y la superioridad aliada empieza a empujar el frente de vuelta a Alemania.

Aquí es cuando va a nacer la Dolchstosslegende o “leyenda de la puñalada trasera”: el mito de que los ejércitos alemanes, pese a sufrir ciertos reveses, aún podían ganar la guerra (o al menos lograr una paz honrosa) y que fue la traicionera acción de “los políticos” la que hizo inútiles los sacrificios de cuatro años. Una mentira que envenenará la política durante la República de Weimar e incluso seguirá viva en la derecha política alemana hasta bien entrados los años de la RFA, y que Ludendorff alimentará miserablemente para lavar su completo fracaso como militar y estratega. Münkler no se mete demasiado en los detalles porque, francamente, es un tema revisado mil veces por los historiadores, que han aportado testimonios y pruebas de sobra de que el ejército alemán de otoño de 1918 estaba a punto de descomponerse: entre la gripe española, la mala alimentación y la falta de transporte, las tropas ya no eran capaces de seguir luchando, mucho menos de lanzar ofensivas. Lo que Münkler sí investiga un poco más es la situación política a finales de 1918, donde obviamente no hay nada de traición sino todo lo contrario. Todos, incluso los partidos contrarios a la guerra, están parados sin saber qué hacer: “en Viena, Berlín, Praga o Budapest el poder estaba tirado en la calle, a la espera del primero que quisiera hacer algo con él.”

Finalmente, son detonantes externos (de las élites en el caso de Alemania, de los aliados en el caso de Austria) los que provocan las revueltas desde abajo en octubre de 1918. En Austria-Hungría, los Catorce Puntos de Woodrow Wilson provocan que en Praga se proclame la independencia de Checoslovaquia [19]. Al momento, los húngaros les siguen [20], en plan “no tenemos nada que ver con Austria señor Wilson y por favor no haga mucho caso a las autoproclamadas minorías dentro de la Gran Hungría, que en realidad son todos húngaros dentro de la diversidad”, pero de nada sirvió: en Trianon [21] les quitaron el 70% del territorio para repartirlo entre los vecinos. Mejor les fue a los eslovenos, croatas y serbios, también levantiscos [22] por la gracia de Wilson, que acabarían reunidos en el nuevo estado de Yugoslavia. Con el estado en descomposición, Austria finalmente firma un armisticio.

En el caso de Alemania, no había minorías a las que los aliados pudiesen apelar para fomentar la división interna, pero militarmente la guerra estaba perdida igual. Aquí el detonante de los cambios fue el intento de las élites de implicar a la oposición en el desastre que se avecinaba. Algo así como “si, vale, ya habéis protestado por la guerra, pero es el momento de asumir responsabilidad de estado y actuar todos unidos por el bien de Alemania y los alemanes”. Concretamente, las élites lo intentaron con una reforma [23] que convirtió a Alemania en una monarquía parlamentaria… durante 13 días. Demasiado poco, demasiado tarde: la situación ya estaba más allá de cambios graduales. Por culpa de un prurito de última hora (la orden a la Flota [24] de hacer una última salida suicida) estalló la revolución de noviembre [25] y el Káiser salió por piernas. El SPD tomó el poder casi porque no le quedaba otra, y la aristocracia y los militares lo perdieron. Como posteriormente fue un gobierno moderado liderado por el SPD quien tuvo que firmar el Tratado de Versalles, la derecha ya tenía munición para campañas y campañas contra los “criminales de noviembre”, los “traidores de Versalles”, contra la traición a las “víctimas” y los caídos, y en general contra la anti-Alemania que quería acabar con todo lo bueno del Reich y romperlo para dárselo a los franceses porque en realidad odiaba a Alemania y bla bla bla que ríanse de El Mundo con el 11-M [26] y la estrategia comunicativa de la derecha española en 2004-20011, pero vamos, como dos gotas de agua. Culminadas además de la misma manera: preparando el terreno para la toma del poder merced a una apabullante crisis económica.

 

La digestión de la guerra

En los capítulos finales, Münkler nos dedica una análisis político pata negra de la guerra en su conjunto, más algún what if, y paralelismos con el presente. Entre estos, una comparativa entre la Alemania Guillermina y China: dos países que económicamente han pegado un enorme salto adelante en pocos años, pero cuya prosperidad depende de importaciones de materias primas que navegan por mares controlados por sus rivales. China en particular está asustando a todos sus vecinos, consolidando así alianzas que la rodean y que pueden desatar las mismas paranoias “estamos asediados” que en Berlín en 1914. Sobre las enseñanzas de la guerra, Münkler hace un repaso a la historiografía y sus grandes saltos, en el marco de la moderna historia de Alemania: si hasta 1989 se le daba mucha importancia a la política interior (porque la Alemania en que vivían los historiadores tenía muy limitada su política exterior), ahora la cosa se ve más equilibrada. También canta las alabanzas del Imperio Austro-Húngaro, que en la perspectiva de los siguientes 100 años parece un oasis de paz, y sugiere que la Unión Europea, más que por la reconciliación franco-alemana, merece la pena por su capacidad estabilizadora de los Balcanes, dando una perspectiva a países demasiado pequeños para valerse por si mismos.

Quizás la mayor cesura intelectual de la guerra es que representó una quiebra del optimismo histórico del siglo XIX. Nietzsche ya lo había anunciado, pero las batallas de desgaste lo hicieron obvio. La burguesía alemana obtuvo poder político… y perdió el relato interpretativo de la realidad, es decir, no supo qué hacer con ese poder. Por eso en 1933 lo entregó sin resistencia. Por todo ello, la Primera Guerra Mundial, en su preparación, desarrollo y digestión, permanece como un ejemplo de libro de todo lo que se puede hacer mal. Juego de Tronos y Juego de Tontos a la vez. Solo por eso compensa sobradamente el estudio de la misma, y la lectura de este excelente libro. Incluso –mi herejía final- por encima de la Segunda. Cierro con una última cita de politología pata negra que les certifica el tope máximo de puntos de karma, y recuerden: en su próxima vida, pórtense mejor.

 

“También los viejos cristianos”, así Max Weber en el discurso La política como oficio “sabían muy bien que el mundo es regido por demonios y que quien trabaja con los medios de la política, es decir, con poder y violencia, cierra un pacto con poderes demoniacos; y para sus acciones no es cierto que del bien solo nazca el bien y del mal solo nazca el mal, sino muchas veces lo contrario. Quien no puede ver eso, es políticamente un niño.” […] Los alemanes, así lo veían ellos, habían ido a la guerra con las mejores intenciones, pero entonces surgieron en lugar de los objetivos políticos razonables otros absurdos y megalomaníacos, a los que les siguió la caída en el vacío político. Los alemanes, como Max Weber no se cansaba de repetir, no habían estado a la altura necesaria para el juego con los poderes demoníacos – y por eso habían perdido la guerra.