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“The Money Makers” – Eric Rauchway

La muerte del oro

Seguro que usted tiene varios papelitos de colores, llamados “billetes de banco”, en su cartera (o quizás no, y por eso en vez de practicar Kitesurf o jugar al Pokemon GO o hacer una excursión low-cost [1] por el mundo, o ir al Festival de Benicassim, usted tiene que limitar su ocio a la lectura de páginas gratuitas como LPD, ¡jaja pringao, que es usted casi tan pringao como los que escribimos aquí!). Eso no siempre fue así (me refiero al uso de papelitos de colores, no a la presencia/ausencia de los mismo de su cartera): en los buenos viejos tiempos de antaño, el intercambio de bienes y servicios se regulaba mediante monedas metálicas, generalmente de algún metal noble y lustroso. Como eso de llevar lingotes de un lado a otro era un coñazo, con el tiempo la gente se inventó los billetes. Más prácticos, pero meros figurantes de oro físico guardado en algún lugar, y por el que podían ser intercambiados.

 

El populista, esclavista y genocida de Andrew Jackson te dice que el gobierno de los Estados Unidos de América se compromete a pagar veinte dólares en monedas de oro al portador aunque haya que exterminar a los indios de cinco tribus.

 

Este sistema alcanzó su cenit a finales del siglo XIX, con el establecimiento del patrón oro, adoptado por todas las naciones occidentales. Luego llegó la Primera Guerra Mundial [2], y las finanzas se volvieron un poco locas, pero una vez acabada la contienda, poco a poco todos volvieron al oro. Y fueron felices y comieron perdices… hasta que llegó la Gran Depresión.

De la Gran Depresión comentamos aquí hace poco otro libro del mismo autor [3]. Ahora, Rauchway ha escrito un libro algo más largo sobre algunos aspectos de la salida de la Depresión (especialmente con aquellos más aplicables a día de hoy desde una óptica muy rojera, y que como confirman nuestros prejuicios pues los leemos el libro encantados), en concreto, la forma en que Roosevelt y Keynes, al alimón, reformaron la política monetaria y fiscal de Estados Unidos a partir de la victoria electoral de Roosevelt en las elecciones presidenciales de 1932. Todo rematado con un subtítulo que es toda una declaración de intenciones: “Cómo Roosevelt y Keynes terminaron la Gran Depresión, derrotaron al Fascismo y aseguraron una Paz Próspera.”

 

Las mil caras del keynesianismo

Si tuviésemos que resumir cómo se superó la Depresión en una sola frase, diríamos que Roosevelt abolió el patrón oro y embarcó al gobierno en un programa de gasto público keynesiano que, ya con la entrada en la Segunda Guerra Mundial [4], recuperó la economía. Por supuesto, esto deja fuera un millón de detalles. Es como resumir el reciente pollo en Grecia [5] en que Syriza ganó las elecciones en un país arruinado e incapaz de pagar sus deudas, pero el Eurogrupo no quiso reconocerlo y Tsipras no se atrevió a sacar la consecuencia última, que es la salida del euro, de modo que la cosa siguió a peor. Como ven, en ambos casos estamos simplificando enormemente una realidad muy compleja (y el libro de Rauchway es sobre todo un intento de acercarnos ese millón de detalles y pasitos). La diferencia es que en el primer caso tenemos una perspectiva histórica de que carecemos en el segundo, de modo que según si la Eurozona implosiona en diez años, si Grecia sale del pozo, o si tenemos una mayoría absoluta de Amanecer Dorado, la lectura de Syriza será muy diferente.

Aunque conocemos a Keynes sobre todo como sinónimo de una cierta política fiscal (en tiempo de crisis, el estado se endeuda para activar la economía, compensándolo a lo largo del ciclo con impuestos más altos en las fases de prosperidad), en realidad el hombre le dio incluso más vueltas al tema de la política monetaria. En fecha tan temprana como 1919 advertía en su libro Las Consecuencias Económicas de la Paz [6] que el tratado de Versalles era un desastre y que lo que se había firmado allí era prácticamente una garantía para una nueva guerra. Es de esta política monetaria de donde Rauchway pretende que extraigamos las lecciones más importantes:

 

“Aún podríamos aprender valiosas lecciones de la creación por Roosevelt de un dólar keynesiano: que la política monetaria ayuda a determinar cuanta riqueza tenemos y cuan justa la distribuimos, y si estamos más cerca de la paz o la guerra con otras naciones; que no deberíamos dejar que el miedo de los banqueros a la inflación determine políticas económicas que afectan al mundo entero; y que necesitamos líderes políticos que entiendan que la prosperidad general no es solo un asunto de eficiencia económica o éxito empresarial sino también un asunto moral que contribuye a la fortaleza de las instituciones de una nación y la salud de sus valores. El dinero es una promesa gubernamental palpable, y si no podemos confiar en que trabaje para nosotros, acabaremos cuestionando el valor del gobierno representativo – y tal vez nunca en la historia ha estado más amenazado el gobierno representativo que en las décadas de 1930 y 1940.”

 

Ya tardábamos en poner una foto con esvásticas: sí, Rauchway habla de esta gente.

 

Durante toda la Gran Depresión, la gente había estado cambiando sus dólares por oro. Por ello, 48 horas tras su discurso inaugural, Roosevelt detuvo la convertibilidad del dólar, cargándose el patrón oro, explicando que había “cosas más importantes que oro, incluyendo confianza, coraje, y fe en “nuestro plan”“. Roosevelt, en suma, dejó claro que nunca iba a poner la estabilidad de la divisa por encima de la prosperidad. En cambio, iba a usar la política monetaria para luchar contra la deflación. Y de hecho, la inflación volvió a tirar en seguida.

Roosevelt, en todo caso, no se apoyó en un solo gurú; y aunque tenía un equipo competente detrás y unas cuantas fuentes nutricias intelectuales (Keynes, pero también otros), Rauchway no deja duda que el presidente tenía una sólida formación económica… pese a que a veces decía que en Harvard “me enseñaron un montón de teorías económicas totalmente equivocadas“. Lo bastante sólida como para saber de qué iba la cosa y qué estaba haciendo exactamente en cada momento, y no cejar en ello. No me pregunten si esto se debía a una mente prodigiosa o a un ego infinito que le permitió aguantar las críticas de los economistas mainstream, el caso es que el hombre era muy consciente de lo que se traía entre manos.

También, en lo que al sistema político americano se refiere. Porque aunque nos hemos quedado con la copla “Roosevelt ganó y en 48 horas se cargó el patrón oro” en realidad lo que hubo a las 48 horas solo fue el primero de una serie de decretos, leyes y normativas que, efectivamente, acabaron con el patrón oro… mientras Roosevelt aseguraba durante todo el tiempo que él, por supuesto, “quería volver cuanto antes a ‘algún tipo’ de patrón oro internacional“, faltaría más. Es decir, que Roosevelt se movía en los confines de un determinado sistema político, el americano de 1933, y lo manejó con maestría para lograr sus objetivos, con jugadas al despiste como dejar a varios oficiales republicanos de Hoover en sus puestos “para facilitar la transición y aprovechar sus conocimientos”, y meter a un demócrata pro-austeridad en su gabinete. Cortinas de humo: para cuando esta gente se dio cuenta de las verdaderas intenciones de Roosevelt, este ya sentado firmemente en la silla de montar y el gran derby estaba en marcha.

Como aquí somos muy conscientes del ascendiente moral de Winston Churchill [7] sobre lo que llamaremos la nueva derecha española (es decir, no la que amenazó al gobierno representativo durante las décadas de 1930 y 1940, sino la que se conforma con un sistema electoral semi-mayoritario [8] para mantener su chiringuito rentista), vamos a ampliar un aspecto que Rauchway solo toca de pasada, y es que Churchill fue ministro de finanzas del Reino Unido entre 1924 y 1929, vamos, los años en que se fue cociendo lentamente la Gran Depresión mientras las autoridades estaban encantadas de haberse conocido y de toda esa prosperidad que habían creado y que auguraba un final a las crisis económicas. Con Churchill en todo el mello, que el hombre contribuyó a la Depresión reintroduciendo el patrón oro en 1925, diciendo en los Comunes “esto nos va a atar, sí: nos atará a la realidad.” Fíjense si fue grande la cagada que el propio Churchill, responsable de unas cuantas a lo largo de su vida, la consideró sin lugar a dudas su mayor error. Keynes, que podía ser bastante mordaz, escribió en 1925 un libro titulado Las Consecuencias Económicas de Mr. Churchill donde advertía que la vuelta de Gran Bretaña al patrón oro contribuiría a una depresión mundial. Supongo que esto explica que Rauchway le asigne todo el protagonismo británico a Keynes y Churchill no aparezca ni en los debates sobre el futuro económico de pos-guerra.

El libro también le dedica amplio espacio a la Conferencia Económica de Londres [9] de 1933. Al desaparecer el patrón oro, las divisas iban a flotar libremente, y para evitar el caos era necesaria la cooperación internacional, y esto fue un intento de lograr dicha cooperación. Sin embargo, la Conferencia (convocada todavía por Hoover y Churchill, quienes estaban interesados en promocionar la idea de que esto era una crisis global y que tenía poco que ver con su gestión durante los años previos) no aportó nada en ese sentido: los europeos solo estaba interesados en quitas de deuda.

 

Keynes estaba pidiendo a la conferencia establecer la moneda gestionada del futuro. Los delegados podían escoger seguir a los líderes europeos –que “se agarran fanáticamente a sus perchas de oro”, creyendo que la recuperación vendría con “un ‘resurgir de la confianza’, que vendría de alguna manera solo a través de hombres de negocios decidiendo que el mundo era lo bastante seguro para ellos”- o podían seguir a Roosevelt y a los estados Unidos, cuyas políticas pondrían “a trabajar a los hombres con todos los instrumentos a nuestra disposición hasta que los precios hayan subido a un nivel adecuado con respecto a las deudas existentes y a otras obligaciones fijadas en términos de dinero”. Keynes advirtió que seguir esta política de subir precios era la única manera de salvar el capitalismo y la democracia.

[…]

[Warren] ya había pensado que la inflación era la única vía humana de acabar la Depresión. Ahora empezó a pensar que era la única defensa de la civilización. Reportando en septiembre de su viaje por las naciones europeas observó que “es elegir entre el aumento de los precios o el aumento de los dictadores.”

 

Junto a los politiqueos, Rauchway también menciona brevemente el clima social: la Depresión impidió a muchos granjeros pagar sus deudas con los bancos, y en Iowa, dos tercios de las tierras de cultivo estaban sentenciadas a ser desahuciadas. Desahucios ante los que los granjeros se organizaron en piquetes que apaleaban a policías, y en una ocasión lincharon a un juez (aunque luego le bajaron y se limitaron a llenarle los pantalones de plumas y alquitrán). Mientras algunos políticos buscaban crear una moratoria de desahucios, el gobernador llamaba a la Guardia Nacional y se decretaba la ley marcial ante lo que era una revuelta en toda regla. Y luego nuestros tertulianos miran a nuestra PAH con sus sentadas Kumbayá, y dicen que en un país serio eso no pasaría.

 

Francia, ejemplo de país serio, patriota, centralista y comprometido con la reducción de la deuda pública por encima de cualquier otra consideración. Lo que pasó a continuación te sorprenderá.

 

“Santa Claus tendrá que llevar un chaleco antibalas”

Una vez resuelto el tema monetario, llegamos al fiscal. Aunque Roosevelt había hecho una política muy keynesiana en lo monetario, lo cierto es que nunca había visto a Keynes en persona. El primer encuentro se produjo en mayo de 1934 en la Casa Blanca. Amigable y cordial (aunque Keynes le escribió a un amigo que no le habían gustado las manos del presidente, “con uñas cortas y redondas como las de un empresario”, no me pregunten si eso viene de su lado british, de su lado lord, de su lado rojeras, o de su lado homosexual [10], que el hombre traía el pack completo), pero sin que saliera nada de ahí. Keynes era demasiado intelectual, y Roosevelt demasiado práctico, para que se pusieran de acuerdo en los detalles, pese a su sintonía teórica. Keynes insistía en que las reformas monetarias, sin un empuje de gasto público, eran “como intentar engordar comprando un cinturón más amplio”. Roosevelt ya estaba lanzando un programa de obras públicas que hizo que le llovieran críticas de todos lados por jugar a ser Santa Claus con el dinero público (lo que motivó la frase que encabeza este párrafo), y conocía las limitaciones de tener enfrente a toda la banca privada y a sus voceros intelectuales clamando que el abandono del patrón oro era el fin de la civilización occidental, y que “[el presidente] no tiene un mandato de 120.000.000 de bebés llorones para darles alivio inmediato sin consideración a las consecuencias.

El resultado de la resistencia al New Deal fue un recorte de los programas de gasto en 1937, seguido al momento por una mini-depresión, pero Roosevelt reaccionó rápidamente y pronto estaba superada, entre otras cosas exportándole a la URSS (una política que ya empezó Hoover, que una cosa es ser republicano y otra que eso te reviente un buen negocio por prejuicios ideológicos). Gracias a su popularidad, en 1940 pudo presentarse a las elecciones y ganar un inaudito tercer mandato presidencial.

 

Un dólar antifascista

Mientras tanto, en Europa ya había estallado la Segunda Guerra Mundial. Los británicos, deseosos de asegurarse un suministro fiable, montaron sus reservas de oro en barcos y las mandaron a su Dominio de Canadá, desde donde lo iban entregando a los Estados Unidos a cambio de barcos y armas. Pero esto no era una solución: el oro se iba a acabar más temprano que tarde. Hitler, en uno de sus discursos (no piensen que lo pongo porque haya similitudes con la Alemania actual), se burló de la mudanza del oro británico y afirmaba de Alemania que “nuestra voluntad de trabajo es nuestro oro y nuestro capital, y con ellos derrotaremos al resto del mundo.” Pero Roosevelt igualó la apuesta con la consigna de “ninguna guerra se perdió por falta de dinero”, y sustituyó el Paga y Llévatelo [11] por Te lo Presto y Ya Me Lo Devolverás [12], sacando el oro de la relación y sustentando así a una Gran Bretaña que estaba a todos los efectos quebrada. Las deudas fueron pospuestas al final de la guerra, se empezaron a pagar en 1951 con un interés del 2%, y terminaron de pagarse [13] el 29 de diciembre de 2006. ¿Les suena este plan tan humano y sensato? Pues claro, como que esta era una de las propuestas de Varoufakis [14] para solucionar el pollo griego.

 

¿Un euro antifascista? Tú estás loco, perroflauta.

 

Hacia 1942, los economistas ya empezaban a diseñar la estructura económica de la posguerra, con dos planes fundamentales: el Plan White (por Harry Dexter White, un funcionario del Departamento del Tesoro estadounidense) y el Plan Keynes. Ambos prefiguraban un Fondo internacional. White partía de un sistema de cuotas “en oro o divisas convertibles” (es decir, en dólares estadounidenses) a satisfacer por los estados miembros, Keynes prefería aportaciones en base a las exportaciones de cada país, sin límite superior. El Plan Keynes era mejor, e incluso los propios americanos lo reconocían, pero insistieron en que el Plan White era el único que sería aceptado por los votantes americanos, por estar limitadas las cuotas. Los republicanos de hecho intentaron torpedear cualquier acuerdo en las elecciones de 1944 buscando conquistar el Congreso (la presidencia se veía imposible) haciendo campaña contra un acuerdo que los ciudadanos de a pie percibían como internacional, complicado y burocrático – un intento de cabezahuevos extranjeros para rehacer el mundo lejos del “sentido común”. Keynes cedió ante la inevitabilidad política, y con el Plan White como base se acordó celebrar la “Conferencia Financiera y Monetaria de las Naciones Unidas”, que ha pasado a la posteridad como conferencia de Bretton Woods.

 

Bretton Woods

La conferencia se celebró durante el verano de 1944 en un remoto hotel de New Hampshire, para evitar el calor y las distracciones, aunque Rauchway da un repasito a cómo se divertían esos aburridos economistas y madre mía del amor hermoso (junto a las tres comisiones oficiales había una cuarta de “International Ballyhoo Fun”, con cuotas de “20% rubias… y el restante 80% en morenas o cualquier otra divisa convertible”, y Harry Dexter White –en los ratos que no informaba a los soviéticos del KGB- componiendo la canción de Bretton Woods: “y cuando muera no me enterréis/solo cubrid mis huesos con alcohol”).

El resultado de la conferencia y de un montón de politiqueos fue la creación del Banco Mundial y del Fondo Monetario Internacional, y la asignación de cuotas a los distintos países. Cuotas conferidas por criterios políticos (los países ocupados por los nazis tuvieron un 25% de descuento, quien sabe si los soviéticos ralentizaron la operación Bagration [15] para tener algún terruño ocupado con el que justificar la rebaja para si mismos), con muchos países protestando enérgicamente por lo que creían una afrenta a su virilidad económica. Francia, anticipando lo que sería de ella tras la guerra, fue particularmente humillada con una cuota que era la mitad de la británica.

Finalmente, tras la cuarta victoria electoral de Roosevelt y su discurso de inauguración, en el que este afirmó que “hemos aprendido […] que nuestro bienestar depende del bienestar de otras naciones lejanas […] hemos aprendido a ser ciudadanos del mundo, y miembros de la comunidad humana”, quedaba lo más complicado: lograr la aprobación del Congreso, que no compartía eso de ciudadanos del mundo. La responsabilidad recayó en Henry Morgenthau [16], el secretario del Tesoro que les he hurtado hasta ahora, pese a que ocupó su cargo durante 11 años y fue una figura esencial del New Deal. Morgenthau se encargó de utilizar todos los recursos y tiró de todos los registros para lograr apoyo popular a Bretton Woods, movilizando a los bancos agrarios y de las pequeñas ciudades, a los sindicatos, a las asociaciones de mujeres… todos metiendo presión a sus senadores y congresistas. En contra del tratado había una campaña de los grandes bancos y de los grandes emporios de comunicación, notablemente el de William Randolph Hearst, que veían en Bretton Woods un “New Deal” para el mundo, y con ello inflación ¡inflación! ¡¡INFLACIÓN!! para siempre jamás, destruyendo toda la riqueza y con ella la civilización.

 

“Inflaciooooon. Comunismooooo. Venezueeeeela.”

 

Al final, lo que decidió la balanza fue la voluntad de los ciudadanos americanos (cansados de la guerra, pese a no haberla sufrido en su territorio) de asegurar una paz duradera por encima de cualquier otra cosa. Morgenthau les convenció de que Roosevelt y Bretton Woods tenían eso mismo como primera prioridad; los banqueros no podían. De modo que el acuerdo fue aprobado en el Congreso y el Senado por una mayoría abrumadora, aunque Roosevelt ya no vivió para ver la aprobación final: murió el 12 de abril de 1945.

El Epílogo nos cuenta como a los pocos años de 1945 desaparecieron todos los protagonistas del libro. En julio, Morgenthau dimitió por diferencias con Truman. Al año siguiente, muere Keynes, y White abandonó el FMI en 1947. La política americana dejó de girar en torno a la Gran Depresión (y la necesidad de evitar que se repitiera) y pasó a hacerlo en torno a la Guerra Fría. Pero Bretton Woods y el New Deal siguieron en marcha, y coincidieron con casi 30 años de prosperidad y crecimiento, hasta el Shock de Nixon [17] y la Crisis del Petróleo, que -¡al fin, veis como teníamos razón!- reivindicó a los que llevaban 40 años anunciando la llegada de la inflación masiva, aunque ya antes, y poco a poco, la necesidad de priorizar el bienestar y la prosperidad de los ciudadanos dejó de ser un fin en si mismo, y pasó a ser algo meramente instrumental para alejarlos de la bicha comunista. Tan lentamente, que la caída del bloque soviético no ha resultado en un retorno al mundo feliz anterior a Yalta… sino al mundo anterior a la Depresión. Estabilidad monetaria lo primero, prosperidad después. Un credo culminado en 2009 con las respuestas a la crisis financiera, que Rauchway considera claramente insuficientes. Y la clase política, en la inopia. Varoufakis daría el pego como nuevo Keynes (aunque solo sea por las oleadas de odio que le llegan desde el establishment), pero no hay ningún Roosevelt a la vista.

 

Valoración

El principal problema del libro es que se le nota mucho la “técnica cartillas”, sobre todo al principio: el autor se ha documentado concienzudamente escribiendo una cartilla por cada punto importante, luego las pone en orden, y finalmente de cada cartilla sale un párrafo con su referencia al final. Con lo cual te llegan todos los datos esenciales, pero de forma un tanto desestructurada e incómoda. También pesa que Rauchway es demasiado fanboy de la pareja. Y finalmente, todo lo que no sea Estados Unidos o el New Deal recibe un tratamiento muy superficial. Incluso el papel de Gran Bretaña queda limitado a las apariciones de Keynes. El libro arranca con la investidura de Roosevelt, y acaba con su muerte, con los flashbacks imprescindibles. La verdad, yo habría apreciado al menos un capítulo para explicar la burbuja de los “felices años 20”, y otro para la Depresión y la forma de Hoover de combatirla. Incluso cuando Rauchway habla de Alemania es para hacer una especie de reverso tenebroso: “mirad, igual que Roosevelt sacó a Estados Unidos de la Depresión y salvó a la democracia, podría haber venido un Hitler americano a hacer lo mismo pero al servicio del fascismo.” Como de hecho pasó en Alemania, que aplicó medidas en el fondo muy similares: gasto público (aunque encubierto [18]) y a tomar por culo el patrón oro.

Pero sobre todo, aunque esto supongo que viene del morbo electoral [19] que padezco, me gustaría que Rauchway hablara de la campaña que Roosevelt hizo en 1932, qué es lo que le prometió a la gente, y cómo manejó la contradicción entre las promesas y lo que realmente hizo. Porque obviamente Roosevelt no hizo campaña diciendo “elegidme y sacaré al país del euro patrón oro en 48 horas”. Todo lo contrario, hizo una campaña muy cuñada: cuando aceptó la nominación demócrata dijo que “el gobierno –federal, estatal y local- nos cuesta demasiado”. Acusó a Hoover de despilfarro. Insistió en la importancia de una moneda estable. Todavía durante su discurso de investidura prometió “un presupuesto equilibrado” (para a los pocos días aclarar que se refería “a los gastos ordinarios del gobierno”).

 

La Churchill del siglo XXI, mintiendo como solo ella sabe para ganar las elecciones y así poder luchar contra la fascista Cabalgata de Reyes Magos de Manuela Carmena.

 

Yo no tengo ni idea de economía (obviamente: ¡si la tuviera, no me dejarían escribir aquí!), pero me parece que, visto con perspectiva histórica, Roosevelt tomó las decisiones económicamente correctas. Pero lo hizo tras mentirles a todos. Sí, Roosevelt mintió en campaña, sobre temas fundamentales, y mucho, y lo sabía perfectamente. ¿Y no deberíamos denunciar esto? ¿O sólo porque le salió bien la jugada y tal vez nos resulta cercano ideológicamente lo vamos a pasar por alto? ¿Acaso el fin justifica los medio? ¿Debe parecernos bien que por ejemplo Podemos afirme que está a favor del euro y de la UE si esa es la única manera de ganar las elecciones y empezar a reformar ambos? ¿No estamos justificando con eso la actuación del PP en 2011, mintiendo como bellacos para obtener el poder y una vez instalados subir los impuestos y recortar a saco “porque es lo necesario ahora mismo pero diciéndolo no se ganan elecciones”? ¿No podría argumentarse que gracias a esas mentiras pudieron evitar el rescate? Y si Podemos mintiese a saco en su programa y una vez ganadas las elecciones nos sacara del euro, ¿no sería lo mismo? ¿Debemos valorar de forma diferente a un político actual y a una figura histórica, o debemos medirlos con la misma escala ética? ¿La única manera de lograr cambios importantes en la esfera pública es mentir primero y que luego el éxito nos avale? Pues Roosevelt parece decirnos que sí. Por más que lo pienso solo llego a una conclusión de este libro: abandonad toda esperanza que tengáis puesta en un avance racional de la Historia hacia una sociedad más ilustrada.

En fin, perdonen la nota pesimista. Lo bueno de un avance irracional es que resulta mucho más divertido. Disfruten del verano y no se preocupen por sus papelitos de colores. ¡Gástenselos y pásenselo bien! Que es lo que debería preocuparnos en el corto y medio plazo. Porque en el largo, todos calvos.