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Los rivales de La Roja (IV): Italia

El país

Todo empezó con Roma [1]. Roma unificó lo que no era sino un montón de gentes sueltas. La cosa duró unos cuantos siglos, en forma de imperio del Viejo Mundo lo más tope guay posible, y luego se desinfló [2] (si nos saltamos por un momento ese “imperio-banda tributo” que fue Bizancio [3]), dando lugar a una península llena de pequeñas taifas que se odian mutua- y cordialmente, ciudades-estado que van a su bola, y ocasionales enclaves extranjeros. Como España, pero con una teocracia metiéndose siempre donde no la llaman. ¿Y desde entonces? Pues nada ha cambiado. El caos absoluto e institucionalizado es la forma de estado desde Calabria (la “punta de la bota”, curiosamente el nombre “Italia” se refería originalmente a esa región) hasta el puerto del Brennero, y los italianos obviamente se sienten a gusto con ella. Y el que no, pues emigraba a Estados Unidos para alimentar estereotipos latinos.

Sin embargo, a mediados del siglo XIX, e impresionados por el proceso de unificación nacional alemán, los italianos se dieron cuenta de que, cada uno por separado, nunca iban a lograr nada en la única guerra de importancia del futuro: el fútbol. Liderada por el coach Garibaldi, un hombre fogeado en las ligas del Cono Sur [4], nació la selección de fútbol italiana. Y alrededor de ella, el país, que en el fondo es solo una excusa para poder mandar un equipo potente y unificado a las competiciones internacionales. Y no les ha ido mal: cuatro Mundiales de fútbol nada menos. Incluso descontando los de 1934 (logrado en casa y bajo la dictadura de Mussolini, quien por supuesto explotó la victoria hasta límites delirantes) y 1938 (boicoteado por todo quisqui), sigue teniendo el doble que España. En las Eurocopas, en cambio, solo ha ganado una vez por tres de España. Hay esperanza.

 

Estilo de juego

Juego táctico, calculador, lento, y con una defensa fuerte. Tan fuerte que los defensas no se andan con miramientos: a Bonucci intentaron robarle poniéndole una pistola en la cabeza y derribó al ladrón de un puñetazo [5]. Chiellini y Barzagli no le van a la zaga. Lo de jugar al ataque, ya menos. Catenaccio lo llaman. Cerrojo. Y mucha mala leche en el juego psicológico.

 

Me meto en tu mente.

 

Esa sencilla fórmula la han ido perfeccionado continuamente desde 1861, con el resultado de que Italia es de los pocos equipos capaces de hacer temblar a Alemania, merced a unas cuantas victorias muy dolorosas para los germanos: la final de España 82, o la semifinal de 2006 en Dortmund. Respeto. Por otra parte, es una fórmula ya tan vista y conocida, que con un poco de imaginación –un bien relativamente escaso en anteriores Alemanias- se puede cascar. La final de la Eurocopa de 2012, con el 4-0 que le metió España, nos muestra el camino.

 

Estrella

En esta ocasión, y pese a su rocosa defensa, Italia viene bastante huérfana del medio campo adelante. No es la mejor Italia, ciertamente, pero sigue siendo Italia. La estrella del equipo está atrás del todo, en la portería: el mítico Gianluigi Buffon. 500 partidos con la Juventus y 157 veces titular con la squadra azurra. Aparte de eso, ver a alguien de 38 años –la edad de PABLO [6], por cierto- de titular en una Eurocopa nos hace concebir esperanzas a los redactores más viejunos de LPD.

 

Si él puede, nosotros también.

 

Nuestra propuesta al Marqués

Dado que los entrenadores de los dos principales clubes españoles tienen cuentas personales pendientes con Italia, este partido adquiere prácticamente rango de guerra, y contamos con que los muchachos salgan motivados. Tanto, que habrá que recordarles que no se precipiten, que si no pasa lo que pasa [7].

Recomendamos, por tanto, contraataques preeminentemente psicológicos: primero, despertar los miedos históricos de los italianos. Que los jugadores más altos se tiñan de rubio platino y se dejen largos bigotes al modo galo. Que Iniesta aprenda a decir entre dientes “Entschuldigung Fräulein, wo geht es nach Rom?” y se lo diga a todo jugador italiano con el que se cruce, sin dejar de sonreír. Que Sergio Ramos complete su transformación en doble de Ragnar Lodbrok [8] (no le queda mucho, pero algunos eurillos de los fondos reservados del Ministerio del Interior en un nuevo tatuaje serían una buena inversión) y se ponga a hablar de Sicilia [9]. Y que los demás se dejen mostacho y perilla al modo de los Tercios desplegados en Nápoles allá por el siglo XVII. Segundo: mentar a sus mujeres. Igual si lo hace De Gea, resulta más creíble.

Si todo falla, el miedo atávico final: siendo Italia el único país del mundo donde los hombres dedican más tiempo a acicalarse que las mujeres, los jugadores tendrán un terror irracional a todo lo que pueda desfigurarles. Un codazo cuando el árbitro no mire, y ya verán como el ataque italiano se frena en seco. ¡Algún español habrá dispuesto a arriesgar la tarjeta roja por el bien común!

 

Si algún jugador del Barça quiere asegurarse la titularidad durante todo el año que viene, igual es el momento de vengar la afrenta de 1994.

 

Con esto, seguramente lleguemos a los penaltis con De Gea en la portería. Lo cual deja dos opciones a cual más divertida: que De Gea no pare ni un tiro, o que nos salve con tres paradas maestras. Unido a que la prensa patria aún estará posicionándose con respecto a los resultados electorales del domingo y no sabrá si el resultado es el Primer Síntoma del Cambio o la Consecuencia de que Todo Siga Igual, el martes será para comprar el periódico en papel y todo.