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La conquista del espacio – Matthew Brzezinski

Lo primero que hay que destacar de este notable libro es que su título puede inducir a error. En creativa traducción, la editorial le puso un título con gancho, qué duda cabe, pero un tanto tergiversado respecto del original: Red Moon Rising (que, como pueden comprobar, queda claramente plasmado en la portada del libro). Porque el libro se centra, a lo largo de casi todas sus páginas, en el período en el que comienza la carrera espacial entre las dos superpotencias (1956-1958), un margen de tiempo muy corto caracterizado, además, por la sorprendente delantera que tomó la Unión Soviética, con el lanzamiento de los Sputnik I y II. Se menciona de pasada la evolución posterior de la carrera espacial, pero no es el tema del ensayo.

Un libro que, traducción del título aparte, es verdaderamente muy interesante. El autor relata los hechos con ecuanimidad y fervor. Comienza con un imprescindible prólogo, en 1945, para explicar la disputa entre EEUU y la URSS por hacerse con los servicios de los científicos alemanes en muy diversos campos, pero especialmente –el tema que nos ocupa- el de los cohetes V2. EEUU se lleva el premio gordo –el líder del proyecto, Werner von Braun, y la mayoría de los ingenieros y técnicos de alto nivel, así como la mayoría de las piezas que quedan-, mientras que la URSS tiene que conformarse con las migajas y tratar a los pocos científicos pata negra con los que logran hacerse como si fueran estrellas de rock politólogos:

Lo que faltaba en el esfuerzo soviético eran científicos alemanes con el conocimiento de la visión general. Y no había cantidad de raciones adicionales de huevos, salarios libres de impuestos, bonificaciones o sobornos que pudieran tentar a estrellas del calibre de von Braun para abandonar las filas estadounidenses. La única excepción fue Helmut Grottrup, el segundo de von Braun en sistemas eléctricos y control de orientación. Desafortunadamente para los rusos, el científico venía con la arrogante frau Grottrup, quien consideraba que el Ejército Rojo estaba a su servicio personal, además de los caballos de primera que ella exigía para las caballerizas de la amplia mansión que había elegido como su residencia. La señora Grottrup despedía a cocineras y asistentes una vez por semana, y la interminable lista de compras que le presentaba a los sorprendidos empleadores soviéticos de su marido requería la atención de tiempo completo de un coronel. “Mi hermana va a la universidad con botas de hombre”, escribía uno de los indignados guardias rusos. “Está vendiendo su último vestido para comprar comida para nuestra madre enferma. Mi joven esposa Tamara tuvo que dejar sus estudios porque no puede hacerlo sin mi ayuda… ¡y aquí estamos tratando de conseguir sillas de montar!”. Pero la señora Grottrup consiguió sus caballos, su BMW, un par de vacas para tener leche fresca, incluso un oficial soviético como acompañante en las cabalgatas. Conseguía todo lo que quería porque allá en Moscú, Stalin estaba furioso, ya que ningún otro científico alemán de alto nivel había ido al lado soviético” (págs.. 28-29).

Doce años después, en el período álgido de la Guerra Fría, los EEUU se encuentran en la cima de su poder. Cuentan con cientos de cabezas nucleares, muchas más que la URSS, y sobre todo cuentan con los recursos para lanzarlas sobre territorio ruso. Una inmensa flota de bombarderos B-47 y B-52 se encuentra permanentemente lista para despegar, con sus ojivas nucleares a bordo, hacia la URSS, con simulacros incluidos en los que juguetean con entrar en la frontera de la Unión Soviética con cientos de aviones a la vez, en plan macarra irresponsable. Estados Unidos cuenta con bases en las fronteras de la Unión Soviética, y aunque no fuera así los B-52 son perfectamente capaces de cubrir la distancia hasta la URSS, lanzar sus bombas y volver. En cambio, la URSS cuenta con una flota de aviones anticuada y de alcance mucho menor, incapaz de llegar al corazón del territorio estadounidense: pueden bombardear a los aliados de EEUU, pero no las grandes ciudades de Estados Unidos (bueno; tal vez Anchorage, en Alaska).

Esta sensación de acoso y de debilidad es la que incita al nuevo líder soviético, Nikita Jruschev, a apostar por los cohetes como vía para reducir la distancia con EEUU en materia de disuasión nuclear. Precisamente por el mismo motivo, en EEUU no le prestan demasiada atención a la cohetería; no la necesitan. Von Braun y los suyos se pasan unos años recluidos en un poblacho fronterizo de Texas (por algún motivo, al gobierno estadounidense no le enorgullecía sacar a relucir su plantel de científicos “ex”nazis), y luego el propio von Braun acaba reconvertido en colaborador de Walt Disney en una serie de reportajes televisivos sobre la conquista del espacio (normal que ambos congeniaran, dirán Ustedes; ¡ambos compartían los mismos sueños!).

Von Braun, soñador, elegante, tiene ese encanto juvenil que cautiva a los telespectadores, como cautivó al Führer en 1943 en la Guarida del Lobo, exponiendo las maravillas de los cohetes V2. Hitler pensó que tenía a su alcance el arma definitiva y desvió los recursos de otros proyectos hacia los cohetes de von Braun, que como es sabido tuvieron un efecto psicológico importante (sobre todo al principio, cuando las plataformas de lanzamiento permitían alcanzar Londres; más adelante, cuando tuvieron que conformarse con París y Bruselas, ya tal), pero cuya incidencia práctica en el curso de la guerra fue muy pequeña.

La sensación de superioridad estadounidense no es sólo material, sino también tecnológica: la URSS es un pueblo atrasado, incapaz de estar a la altura. En la carrera militar, económica y tecnológica, Estados Unidos está muy por delante, y parece imposible que alguna vez la URSS pueda recortar distancias. El desprecio por la URSS en todos los órdenes, no solo ideológico o humanitario, es muy habitual en las principales figuras estadounidenses. Así que el programa de cohetes estadounidense languidece, y el espacial, directamente, es inexistente.

En la URSS, en cambio, Jruschev necesita algún triunfo que llevarse a la boca para superar el asedio, que no es sólo exterior, a manos de EEUU, sino también en el interior: su discurso secreto de 1956, que acabó con el estalinismo, le crea muchísimos problemas (entre otros, la rebelión de Polonia y después de Hungría, solventadas de forma muy diferente), y de hecho Jruschev es víctima de un golpe de Estado interno del que sólo se salva gracias al mariscal Zhukov y el apoyo del Éjército.

El programa de cohetes soviético está en manos de dos grandes rivales, Korolev y Glushko. Científicos que, en la mejor tradición soviética, fueron confinados en un campo de trabajo en Siberia durante las purgas de Stalin (ambos se denunciaron mutuamente y agravaron así la situación del otro, aunque supongo que denunciarían a su rival y a quien hiciera falta tras un par de días de interrogatorio), y sólo salen de él merced a la invasión alemana de 1941: la Patria, tras asesinar, torturar y meter en prisión a millones de ciudadanos, les necesita. Korolev y Glushko aparcan su odio mutuo (al parecer, Korolev se acostaba con la cuñada de Glushko, para rematar la faena) en pro del bien común.

El único objetivo de dicho programa, en 1956, es conseguir un misil de alcance intercontinental, capaz de llegar a EEUU. La potencia necesaria para generar el empuje requerido (el misil ha de levantar sus más de 300 toneladas de peso, alcanzar la velocidad de escape de la Tierra y recorrer un mínimo de 8000km) es tan monstruosa que el proyecto en el que trabaja Korolev, el R7, cuenta con cinco motores de propulsión -mediante oxígeno líquido y queroseno- acoplados, cuarenta toneladas de combustible y 35 metros de altura.

Tras ímprobos esfuerzos, Korolev consigue que el R7 cumpla por fin lo previsto, pero como misil con carga atómica es muy poco práctico; para empezar, porque aún no se ha logrado impedir el riesgo de que la fricción incendie la ojiva nuclear y ésta deje de funcionar. Y, sobre todo, porque los preparativos para lanzar el cohete R7 son muy complejos y requieren de muchas horas, tiempo durante el cual los B52 podrían arrasar las instalaciones de lanzamiento (y la URSS), mucho antes de que algún misil soviético comenzase a volar.

Pero todo esto se vuelve intrascendente ante el vuelo histórico del R7 del 4 de octubre de 1957. Korolev, con la excusa de hacer pruebas con la carga posible del misil (para, se supone, adaptarlo a las necesidades de la soñada ojiva nuclear), cuela el lanzamiento de un pequeño satélite, de menos de cien kilos de peso y forma redonda: el Sputnik. Y logra ponerlo en órbita.

Inicialmente, los propios soviéticos no son conscientes de lo que han logrado. El Pravda publica la mención al Sputnik en un lateral de la portada: el anuncio de que la producción estatal de cereales y combustibles fósiles garantizará el abastecimiento para el invierno es mucho más importante (¡paren las rotativas!). Pero es la reacción estadounidense, y en el resto del mundo, la que les hace cambiar de perspectiva.

En todo el mundo, la gente asiste maravillada al milagro tecnológico del primer satélite artificial, que no sólo orbita la Tierra, sino que además es capaz de transmitir datos: bip-bip-bip. La carrera espacial ha comenzado, aunque ninguna de las dos potencias la buscaba. En Estados Unidos, la prensa se rasga las vestiduras ante la impresionante demostración de superioridad soviética. De repente, Estados Unidos es vulnerable. Sus miles de aviones parecen (y están) anticuados frente al terror de un misil supersónico que en cuestión de minutos puede alcanzar cualquier punto del país. Además, naturalmente, la rumorología establece con absoluta certidumbre que los soviéticos cuentan con miles de misiles R7 listos para la acción, con ojivas nucleares en lugar de inocuos satélites de comunicaciones. Llega el turno de los rusos para chotearse de la incapacidad tecnológica estadounidense.

Pero, mientras aún están recuperándose de la impresión, los rusos lanzan otro satélite, el Sputnik II, mucho más grande que el anterior, y con un ser vivo dentro: la perrita Laika, una perra callejera seleccionada para la gloria soviética, pues el lanzamiento se organiza más que apresuradamente (en veinte días) para que coincidiera con el 40 aniversario de la Revolución de Octubre, y así mearse más y mejor en la cara de los americanos. El lanzamiento es un éxito apabullante, y la URSS se apunta un segundo tanto propagandístico.

La perrita Laika. No se me encariñen demasiado, pues su historia es muy triste

La popularidad de Eisenhower, que ya había comenzado a resentirse por sus prolongadas desapariciones para jugar al golf, cae en picado. En EEUU comienzan frenéticamente a buscar una forma de empatar la partida, es decir, de enviar un satélite al espacio. En el sistema estadounidense que poco después, en su retirada, el propio Eisenhower tildará de “complejo militar-industrial”, conviven varios proyectos similares al mismo tiempo, acaudillados por los distintos ejércitos (Aire, Tierra y la Marina), los servicios secretos, etc. Cada uno se disputa con el contrario los contratos de Defensa, y todos pelean por llegar los primeros. Capitalismo en acción.

Primero es el turno de la Marina, entre otros factores porque su proyecto no está contaminado por la entusiasta presencia de científicos alemanes aficionados a soltarte un Heil! a la que el cohete parece que asciende correctamente, o a ponerte esvásticas en los post-it. Pero su cohete, el Vanguard, es un fiasco: a principios de diciembre de 1957, con todo el mundo mirando, todos los medios de comunicación y el público estadounidense ansioso por ver el lanzamiento, éste se pospone por problemas técnicos. Varios días después, en el segundo intento, el cohete intenta ascender… pero se tambalea, cae sobre sí mismo y explota espectacularmente. Los medios denominan al cohete Kaputnik y similares, mientras la URSS ofrece su asesoramiento a EEUU “y otros países en vías de desarrollo que quieran mejorar su tecnología de cohetes”. Brzezinski no aclara si el magno espectáculo pudo verse por televisión en directo, pero sí que se grabó: aquí tienen el gran momento:

Los carbonizados restos del Vanguard eran una imagen muy difícil de superar. En lugar de dar gloriosas vueltas al globo, el tan promocionado satélite estadounidense yacía de manera ignominiosa en un pantano de Florida, al que había sido lanzado al producirse la explosión, y continuaba emitiendo su penosa señal sonora hasta que un frustrado periodista exclamó: “¿Por qué no va alguien allí y lo apaga?” (pág. 306).

De tal manera que tiene que ser el Ejército, y el grupo acaudillado por von Braun, quienes finalmente consigan lanzar un satélite, el Explorer, a principios de 1958, con un cohete Juno, después denominado Júpiter. Pero la URSS aún llevará la delantera unos años. La peripecia de Yuri Gagarin en 1961, el primer vuelo orbital con un ser humano, constituye un hito todavía más espectacular y de mayor impacto mediático que el Sputnik. Pero a la URSS comenzaron a reventársele las costuras. De hecho, el vuelo del Sputnik II había sido un fracaso: aunque se logró poner en órbita a la perrita Laika, ya estaba muerta al llegar. Laika murió al inicio del vuelo, por sobrecalentamiento de la estructura, una muerte sin duda horrible. Pero esto sólo se supo hace algunos años. En su momento, los soviéticos dijeron que había podido comer las gelatinas que le habían dejado y poco menos que había estado jugueteando en la cápsula (y tan bien hicieron su propaganda que gente como yo siempre había pensado que Laika volvió tan feliz a la Tierra y después protagonizaría su propia serie de televisión. Pero no: fue Lassie. Y aquí me tienen, traumatizado por la pobre perra).

Las especificaciones de seguridad de los soviéticos se relajaron más y más para intentar mantener el ritmo y apuntarse tantos propagandísticos. En 1967 estalló en la reentrada el primer cohete Soyuz (que, sin embargo, seguiría funcionando en diversas versiones durante décadas como principal lanzadera soviética, y de hecho creo que aún sigue activo), provocando la muerte de un cosmonauta. En los sesenta estalló en tierra un gigantesco cohete R7 que mató a más de cien personas. El motivo: el militar a cargo de la base ordenó que se hiciera una reparación del cohete sin vaciar antes el combustible, para ahorrar tiempo. Finalmente, aunque todo esto ya queda fuera del libro de Brzezinski, sería EEUU el primer, y hasta ahora el único, país en llegar a la Luna (o en hacer una simulación audiovisual convincente, como prefieran). Von Braun se convirtió en un héroe nacional. Pero no para siempre:

Wernher von Braun, por supuesto, pasó a convertirse en el más famoso científico fundador de la NASA. Llevó a los Estados Unidos a la Luna, se volvió rico y respetado, y cumplió todos sus sueños de infancia. Su pasado, sin embargo, comenzó a pisarle los talones a comienzos de los 70. Después de que la revista París Match publicara un entusiasta artículo sobre el apuesto profeta del espacio, varios lectores escribieron para informar que reconocían al hombre en las fotografías. Estaba más robusto y más canoso de lo que recordaban, pero los ojos ardientes eran los mismos. Los lectores eran sobrevivientes de Mittelwerk, ex trabajadores esclavos del V-2, y los relatos que hicieron de von Braun diferían de manera desagradable del perfil elogioso presentado por la revista. Aseguraban que había ordenado en persona la ejecución de prisioneros por sabotaje y que era un criminal de guerra que debía estar ante los tribunales internacionales. Esas acusaciones no llegaron a nada, pero von Braun pasó los años finales de su vida defendiendo sus antecedentes de guerra y murió en 1977 dentro de una creciente nube de sospechas (pág 352-353)

La URSS se quedó atrás, como se quedaría atrás en cada vez más sectores tecnológicos. Y además, el éxito del Sputnik fue lo que provocó la derrota de la URSS una década después, y por los mismos motivos que habían provocado el interés de los soviéticos por los cohetes: al verse derrotados, en EEUU decidieron lanzarse a la carrera espacial con todas sus fuerzas, que eran superiores (económica y también tecnológicamente) a las de los soviéticos. Primero en la tecnología de misiles balísticos, y después en la carrera espacial. La crisis de los misiles de 1962, de hecho, es producto de la incapacidad soviética para conseguir que sus misiles R7 funcionen como verdadera arma de disuasión. Son demasiado grandes, demasiado caros, y sobre todo demasiado lentos para ponerlos en marcha. Y cuando los americanos plantan misiles Júpiter (los que pusieron en órbita el Explorer) en la frontera de Turquía, Jruschev no ve otra salida, para empatar, que hacer lo propio en Cuba. Pero, en un nuevo ejemplo de estrategia de contención estadounidense, lo que está bien para ellos (poner misiles en la frontera de la URSS) no lo está para los rusos, así que exigen la retirada inmediata de los misiles. La crisis acaba con la derrota soviética, al menos en público. En privado, también los americanos retiran sus misiles, pero como nadie conocía de su existencia, es solo Jruschev el que se lleva el oprobio de la derrota. Poco después, es sustituido por Breznev, mucho menos interesado en la carrera espacial y sus réditos propagandísticos. Fin de la historia.

Brzezinski acaba recordando algo por demás obvio: la enorme importancia de toda la carrera espacial, y en particular de la tecnología de los satélites. El impacto, a todos los niveles, de este enfrentamiento paranoico y terrorífico entre dos superpotencias. La pulsión creadora, si me apuran, derivada del conflicto de la Guerra Fría, que aportó la tecnología de satélites, la carrera espacial, y el desarrollo de Internet. Todo para defenderse de unos misiles soviéticos que, en realidad, podían destruirse sencillamente en tierra, sin escudo antimisiles ni nada. Otro éxito de la propaganda soviética.