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“The Fall Of the West: The Death of the Roman Superpower” – Adrian Goldsworthy

Decadencia y barbarie

Un tema recurrente entre los que disfrutamos con la Historia es el de la decadencia: todos los imperios que en el mundo han sido, han acabado derrumbándose, y nos preguntamos el porqué. Surge al efecto un discurso bastante común, propio de señor mayor y un poco desconcertado que ya no se entera de cómo va el mundo, que observa que ahora hay más personas de origen africano en la calle que cuando él era joven, y que (¿por eso?) todo va cuesta abajo. El típico bachiller jubilado que se queja de que estamos olvidando la lectura y la Historia, que se están perdiendo los valores y el civismo -concretamente, en los jóvenes [1], que los ancianos son unos dechados de virtudes siempre que no nos fijemos demasiado, y en todo caso se saben los Reyes Godos y el orden de batalla de las Navas de Tolosa [2]-, y que todo se corrompe. El discurso, por definirlo un poco más en el momento espacio-cultural que vivimos, de alguien como Arturo Pérez-Reverte [3], que luego se remata [4] con un “y por eso otros pueblos nos van a arrollar”. Olrait, te dices, y razonas que si el problema es el que dicen los revertes, valores-civismo-conocimientos, lo lógico es que nos arrolle una cultura con menos corrupción que la nuestra; un pueblo con más civismo, mayores índices de lectura, más puntos PISA, y más mariconadas europeas de esas. Bélgica, por ejemplo, que seguro que según hablamos ya prepara sus hordas invasoras. O Canadá. O los daneses, esos fanáticos imperialistas [5] que siempre nos odiaron por nuestro clima, nuestras tapitas y nuestra alegría de vivir, y por ello nos quieren imponer su ajena y extraña civilización, con su urbanismo sostenible, su ecología, su estado social, sus altos impuestos, sus gobiernos de coalición al margen de la lista más votada y su cultura cívica donde ya no puedes llamar indecente, inshidiosho o Ruiz [6] a los demás, ¡que hijos de puta!

 

Esto nos espera el día que Reverte ya no pueda empuñar su AK-47. El Horror. El Horror.

 

Pero hete aquí que para los revertes, lo que nos sentencia no es la alianza sueco-canadiense, no. Son los refugiados sirios y nuestra incapacidad de matarlos a todos según ponen pie en tierra europea [4]. Ante lo cual solo cabe la bufa. Desde mi amplia experiencia en el mundo árabe (una semana de mochilero por Marruecos hace ya diez años, hoygan) y un exhaustivo análisis de las variables involucradas (civismo -medido por el estado del mobiliario público, el respeto a las normas de circulación y la cantidad de basura tirada en la calle-, lectura –no vi un puto libro en todo el viaje, pero todo el mundo tiene parabólica y está viendo continuamente telenovelas árabes-, corrupción –¡baksheesh, baksheesh!– y respeto a la propia cultura e historia [7]) les aseguro que Marruecos no es una civilización superior a la española, al menos en el sentido revertiano, mucho menos una amenaza a nuestra forma de vida.

Por eso, en un giro de 180 grados sobre nuestra decadencia, los revertes afirman que la amenaza viene precisamente de ahí: ¡son más salvajes que nosotros, más rudos, más determinados y con más huevos! ¡Nosotros, flojeras que somos por un exceso de civismo y por estar leyendo todo el día, no duraríamos ni medio asalto! ¡Esa es, ahí está toda nuestra decadencia, y los buenistas no quieren verlo (suponemos que los que sí quieren verlo son por tanto “malistas”, o “cabronistas”, o algo así)! Y para demostrarlo, gustan de acudir [4] al relato de Decadencia y Caída más importante de la Historia: el Imperio Romano, que era intratable cuando no pestañeaba al masacrar a un millón de galos [8], pero cuando fue incapaz de matar a los 200.000 godos que en 376 se asomaron al Imperio, selló su destino. De modo que, en lo que ya es una tradición cuasi anual, en LPD nos leemos a Adrian Goldsworthy, a ver que tiene que decir al respecto uno de los mayores expertos del mundo romano.

 

Desde lo más alto

Un problema del libro, y que le desmerece frente a los otros [8] de Goldsworthy que hemos comentado por aquí [9], es que abarca demasiado, y el tratamiento no es del todo equilibrado. El análisis, de hecho, empieza nada menos que con Marco Aurelio, para empezar la decadencia en la casilla de salida. Marco Aurelio fue el último de los “cinco emperadores buenos” (Nerva, Trajano, Adriano, Antonino Pío y el propio Marco Aurelio, “el filósofo en el trono”) cuyo largo gobierno (96 d.Ch. hasta 188 d.Ch.) representa el pico del imperio, los proverbiales “buenos viejos tiempos”. Sin quitar que se mataba a gente por diversión en la arena del circo y que si eras esclavo la vida no era precisamente una fiesta, aquellos fueron años de extraordinaria placidez. El Imperio estaba en paz, sin plagas ni grandes hambrunas, con bandoleros y piratas bajo control, con una moneda estable, emperadores y burócratas competentes, y sin guerras civiles.

A partir de aquí, Goldsworthy empieza a contar lo que ocurre, sin más. Que es básicamente que todo va a peor, las tropas de Antonino se traen una enfermedad de una campaña en Mesopotamia y esta causa una epidemia espantosa (probablemente la viruela; me pongo aquí el sombrero de demógrafo [10] y les apunto que una enfermedad “nueva” suele causar epidemias catastróficas recurrentes durante unas seis generaciones, o unos 120-150 años; esta epidemia [11] pudo haber tenido un impacto similar a la Peste Negra de 1348 y ser responsable de todo lo que pasó durante el siglo III), los emperadores que siguen son cada vez más inútiles y pirados, los pretorianos y las legiones eligen nuevos emperadores en cuanto se aburren de los viejos… todo muy interesante, pero al vigésimo combo “emperador loco + guerra civil + magnicidio orquestado por oficiales cabreados porque el emperador se tira a sus mujeres” ya te aburres (y centrarse tanto en la figura del emperador sugiere que solo hacía falta una leve reformita institucional y un cambio tranquilo para que todo fuera como la seda cuatro siglos mas). Datos que no apuntalan ninguna teoría, ninguna explicación de la caída, solo una narración. Cosa que para una biografía o para unas guerras púnicas está bien, pero aquí yo esperaba algo más.

A cambio, Goldsworthy, como siempre, hace un buen trabajo con las fuentes. Que no son muy abundantes del siglo III en adelante, y muchas cristianas, con lo que hay que tomárselas como las portadas del ABC en pleno zapaterismo [12]. Todo el siglo tercero cae bajo el signo de una Crisis que ríanse de la actual, y que los historiadores en un alarde de imaginación y originalidad llaman “Crisis del Siglo Tercero [13]”. Casi sesenta emperadores y pretendientes entre 235 (fin de la dinastía severiana) y 285 (ascenso de Diocleciano), la mayoría con su revuelta/guerra civil de guarnición. Derrotas ante los persas, incursiones de los bárbaros, devaluación de la moneda para compensar la pérdida de impuestos (un denario pasó de tener un 90% de plata en tiempos de Trajano, a un 4% en tiempos de Aureliano)… esta crisis se ha pintado en los términos más horrorosos, y sin embargo no logró tumbar al imperio -cuya supervivencia como tal nunca peligró-, y Diocleciano solito logró levantarlo de nuevo. Cualquier teoría sobre la caída final debería explicar qué era diferente dos siglos después. O a lo mejor simplemente, como dice Goldsworthy, “la suerte jugó un papel más importante de lo que a la mayoría de historiadores le gustaría admitir”.

 

Emperador bueno, emperador malo

Ya que mencionamos a Diocleciano, sigamos con él: Goldsworthy le pinta como a un fuera de serie que revitaliza al Imperio tuneando su funcionamiento: primero, reformó el ejército en dos ramas separadas (limitanei y comitatenses), acto seguido dividió las provincias para que ningún gobernador tuviese grandes tropas bajo su mando, luego nombró a un segundo “augusto” que gobernó como su igual pero en el Este, y finalmente ambos nombraron un asistente o “césar”. Estos cuatro gobernantes formaban la Tetrarquía, que permitía que hubiese un emperador en cada uno de los focos problemáticos, y la cosa funcionó bastante bien durante el reinado de Diocleciano, quien tras reformas económicas, victorias sobre los bárbaros y fazañas varias dejó su puesto a lo José María Cincinato y se retiró a su palacio de Salona, que ahora forma el núcleo de la ciudad vieja de Split (Croacia) y donde este cronista y servidor de ustedes (¡trabajo de campo!) se tomó una pizza en un puestecito de comida rápida instalado en un antiguo pasillo donde 17 siglos antes un Diocleciano jubilado andaría buscando un retrete mientras se apoyaba en su andador. Diocleciano configuró lo que sería el Imperio durante el siglo cuarto, y también acabó con los últimos restos de la ilusión, herencia de los tiempos de Octavio, de que el emperador era una especie de “primero entre iguales” de los romanos, un funcionario público llamado por el senado y pueblo de Roma para proteger la república. A partir de ahora, “por la gracia divina”, cortesanos a mansalva y boato imperial, lo que tuvo al menos el benéfico efecto de que era más difícil acercarse al emperador, y muchos menos murieron asesinados. Fíjense si Diocleciano era un crack que ni siquiera la mala baba de los cronistas cristianos (algo resentidos, se ve, por una persecución de nada [14] que Diocleciano inició) ha podido ocultar su importancia.

Lo cierto es que aunque durante largos periodos el mero hecho de ser cristiano fuese un crimen, las persecuciones de cristianos nunca fueron muy sistemáticas, ni siquiera esta de Diocleciano, y los edictos imperiales dejaban amplio margen de interpretación a las autoridades locales, ya que mantener la paz interna de las comunidades era más importante que perseguir cristianos. Como siempre, no debe extrañarnos que España fuese a la vanguardia de la defensa de la Religión Única y Verdadera:

 

A veces, los relatos [de persecuciones] incluyen momentos de humor negro, como el siguiente diálogo entre un gobernador en España y un cristiano local:

Gobernador: Episcopus es? (¿eres obispo?)

Obispo: Sum (lo soy).

Gobernador: Fuisti (lo fuiste).

El obispo fue quemado vivo.

 

Defendiendo la Religión Única y Verdadera que toque en cada momento.

 

Para compensar, a Diocleciano le sigue el favorito de quienes creen que la función del estado es firmar Concordatos generosos: Constantino, conocido sobre todo por fundar una nueva capital (llamada, sin complejos, Constantinopla) y por “hacer cristiana a Roma”. Como siempre, esto hay que matizarlo, y Goldsworthy lo hace no mencionando apenas la religión hasta este punto (un tercio del libro llevamos ya), para dejar claro que Constantino era un usurpador/trepa como cualquier otro, que llegó al trono tras las consabidas conspiraciones, batallas y matanzas contra sus colegas de la Tetrarquía, y para filtrar la imagen que dan las fuentes, que por supuesto tienden a narrar su reinado en exclusiva desde la óptica religiosa.

Aunque Goldsworthy desecha la cínica perspectiva de que Constantino era un mero aprovechado que usó la fe cristiana para asegurarse el apoyo de los cristianos, y considera su conversión genuina, nos recuerda que la primera prioridad política de Constantino siempre fue mantenerse en el poder. Sus monumentos e inscripciones oficiales, más que una profunda fe cristiana, solo denotan un vago monoteísmo (una tendencia general en el siglo tercero, donde la gente empezó a ser adoradora exclusiva de algún dios, o a considerarlos todos como expresiones de una misma divinidad suprema si te iba el rollo neoplatónico). Además, los cristianos no eran más que una minoría a principios del siglo IV; Goldsworthy cita un estudio que afirma que eran un 10%, concentrado en las zonas urbanas (“pagano” vendría de pagus, “campo”), pero dado que ni siquiera sabemos con certeza la población del Imperio hay que tomárselo con mucho cuidado, y por supuesto recordar que había cristianos más y menos comprometidos, muchos meros simpatizantes, cismas de mil tipos entre ellos y que si yo soy cristiano viejo nestoriano de Siria del rito arameo y no me confunda con los galatufos arrianos esos de habla griega, hágame el favor.

Pese a la muy diferente prensa de la que gozan, Goldsworthy no se cansa de señalar las muchas similitudes entre Diocleciano y Constantino, que se diferenciaron en las herramientas usadas pero no en los fines perseguidos. Entre ambos gobernaron casi 50 años y levantaron la final release del Imperio. Un Imperio diferente, pero todavía lo más tope en imperios mundiales del momento. Su ejército, aunque reconfigurado para asegurarse que ningún general marchara sobre Roma y algo más débil que un siglo antes, seguía siendo una profesionalizada máquina de matar que ganó casi todas las batallas importantes del siglo IV.

 

Constantino, como no puede ser menos, ha pasado a la historia como “El Grande”.

 

El peligro de fuera

Goldsworthy, al contrario que muchos otros historiadores, no cree que los sasándidas persas fuesen una amenaza tan grande. Persia era la segunda potencia del mundo conocido tras Roma, pero ni de lejos su igual. Derrotar ejércitos romanos invasores, mantener Mesopotamia y Armenia, y alguna incursión ocasional en el Imperio para saquear y llevarse prisioneros que luego eran asentados en las tierras del rey para enriquecer su hacienda privada, eso era lo máximo a lo que podían aspirar. Roma saqueó su capital Ctesifonte varias veces. El siglo III vio varios reyes muy capaces, que además coincidieron con periodos de debilidad romana, pero eso no se repetiría. Y por supuesto, Roma no era el único vecino -ni el único problema- de Persia. Finalmente, precisamente el siglo V fue un siglo relativamente pacífico en las relaciones entre ambos imperios.

En cuanto a los germanos, tres cuartos de lo mismo: casi todo eran incursiones de pillaje, molestas como hoy pueda serlo la criminalidad en las ciudades, pero no se nos ocurriría decir que pone en peligro la democracia. Las incursiones germanas eran contestadas por otras romanas, asolando pueblos y comunidades enteras, pero sin alejarse demasiado del Rin o del Danubio. El recuerdo del Bosque de Teutoburgo pesaba mucho.

 

Relaciones vecinales.

 

Hacia la crisis final

Constantino fue bautizado justo antes de morir (por un sacerdote arriano, aunque seguramente él no vería problema en ello), lo que no impidió que el Senado de Roma, siguiendo por última vez la tradición, le divinizase. Como buen proto-católico, engendró y mantuvo una extensa familia de hijos, sobrinos o hermanastros, aunque a veces tuviese que matar a alguno, como por ejemplo a su segunda esposa (pero siempre por el bien del Imperio, claro); familia a la que mantuvo unida a base de colocarlos bien y fomentar bodas entre primos. A su muerte, casi una docena de parientes suyos fueron purgados por sus tres hijos, que se nombraron augustos y gobernaron juntos… hasta que se pelearon, y el espectáculo de guerras civiles y conspiraciones volvió en toda su gloria, solo que reducido a los miembros de una única familia.

Y con la siguiente generación de emperadores llegamos al momento “refugiados sirios” que tanto escama a Reverte: año 376. Un grupo de godos, llamados los tervingios (aunque igual que en los refugiados sirios, había de todo: gente que huía de los hunos, gente que huía de otros godos, gente que huía de otros godos aliados con los hunos, gente que buscaba una vida mejor, y guerreros que confiaban en hacer carrera en el ejército imperial), llega al Danubio inferior y pide asilo en el Imperio. Aunque fuentes posteriores hablan de 200.000 personas, Goldsworthy cita un estudio que lo rebaja a 10.000 guerreros y cuatro o cinco veces más en mujeres, niños y ancianos, pero de nuevo, pura conjetura. El emperador Valente acepta, todo en línea con anteriores acciones imperiales (incluyendo a Diocleciano y Constantino), e incluso de tiempos de la República, de asentar a gentes de fuera del Imperio para romanizarlos y hacer productivas tierras abandonadas. Nada nuevo, pues. No fue, en todo caso, por la incapacidad del Imperio en echarles: al mismo tiempo, una petición similar de los godos greuthungos fue rechazada. Y no fue una invasión armada, porque los godos tuvieron que entregar sus armas al cruzar el Danubio. Cosa que hicieron de buena gana, todo con tal de escapar de lo que venía detrás.

A partir de aquí, empieza la polémica, y no hay Moviola para repetir la jugada: una vez en el Imperio, los godos no reciben alimentos. No sabemos si por dejadez de los oficiales romanos Lupicinio y Máximo, por desbordar las capacidades, o por cálculo político para tenerlos controlados, pero parece que los oficiales no desaprovecharon para hacer negocio: el cronista Amiano cuenta que Lupicinio, en un temprano caso de “emprendedor del BOE”, les vendían carne de perro a los godos a cambio de sus hijos para venderlos como esclavos.

 

Bárbaro, aprende que aquí en el Imperio funcionamos con el libre mercado. Ojo, ¡yo no te obligo a comer! Y si no te gusta, vete a tu amada Germania.

 

Lupicinio se llevó a los godos a su capital, Marcianópolis, y en previsión de que estuviesen un poco cabreados, los rodeó con sus tropas (que tuvo que retirar de las fronteras, dejando libre el paso a los greuthungos). Finalmente, reunió a los líderes tervingios en un banquete, y cuando llegaron noticias de altercados, Lupicinio -bastante borracho, nos aclara Amiano- ordenó la detención de los líderes tribales y la ejecución de sus ayudantes. Tras esto, los altercados escalaron en batallas campales en las que los romanos fueron derrotados. Tervingios, greuthungos, y otro grupo admitido previamente se unieron, aunque no lograron tomar las ciudades amuralladas y empezaron a saquear el campo, pero los grandes graneros estaban en las ciudades, y los pocos legionarios supervivientes lograron encerrarlos en Tracia bloqueando los puertos de montaña. Los godos, que no tenían un objetivo militar claro más allá de obtener una posición de fuerza para negociar, se limitaron a forrajear.

La masa creció con nuevas incorporaciones de más allá del Danubio, mayormente guerreros jóvenes, y los esclavos liberados. No obstante, esto aún no los convirtió en un grupo unificado, y estaba claro que a la larga tenían todas las de perder contra el Imperio, si este movilizaba sus inmensos recursos. Cosa que hizo al cabo de un año, pero el emperador Valente, que no quería compartir la gloria de una victoria, se lanzó a la batalla sin esperar a su sobrino el emperador occidental Graciano, en un lugar llamado Adrianólpolis, donde los godos le dieron una paliza histórica. Dos tercios de los romanos murieron, incluyendo a Valente. Una catástrofe, pero ninguna ruptura del Imperio: los romanos volvieron a su táctica de lento debilitamiento, y en 382 todos los godos en el Imperio se habían rendido y habían sido asentados en Tracia. Los godos no podían ganar – aunque llevara seis años derrotarlos, y eso dándoles términos relativamente generosos, lo que sí indica una cierta debilidad. Pero diez años más tarde esos mismos godos le darían la victoria al emperador Teodosio como tropas auxiliares en una guerra civil, y otros quince más y serían empleados por el Imperio para aplastar a los suevos, vándalos y alanos que habían entrado en Hispania. Medio siglo después, un rey godo [15] iba a morir por Roma en la batalla final contra los hunos. ¡Si es que se morían por integrarse y ser aceptados! ¡Chupaos esa, revertes!

Teodosio, por cierto, fue el último emperador de un Imperio unificado, y tras un largo y exitoso reinado murió en paz, siendo alabado por todos los cronistas. También benefició a la Iglesia con edictos como este:

 

“Deseamos que todos los pueblos bajo la guía de Nuestra clemencia sean versadas en la religión que el divino apóstol Pedro dio a los romanos… comandamos que aquellas personas que sigan este ritual [el Credo de Nicea] tengan el nombre de cristianos católicos. Los demás, sin embargo, a los que juzgamos locos y dementes, sufrirán la infamia de los dogmas heréticos…”

 

Si de su recto catolicismo y su magno y justo gobierno sospechan que Teodosio tuvo que ser español, no se equivocan: era de Coca, provincia de Segovia [16]. Muerto, sus hijos volvieron a dividir el imperio, y vuelta a empezar. En 402, los godos salen de Tracia para saquear Italia. En el día de año nuevo de 406, se produce “la invasión”: vándalos silingos, vándalos asdingos, suevos y alanos cruzan el Rin cerca de Maguncia (pequeñas bandas de algunos miles de guerreros sin sus familias, nada de carretera y manta para pueblos enteros). Finalmente en 410, los godos saquean la propia ciudad de Roma, muy simbólica pero para entonces completamente irrelevante en el devenir del Imperio.

 

¡Vaya hostia! Godos saqueando Roma.

 

El deprimente final

Llegados a este punto, el relato se convierte en una especie de Juego de Tronos [17], temporada 17. Para ayudar a entender la cosa, Goldsworthy mete aquí un capítulo entero para ilustrarnos en pequeño (la caída de Gran Bretaña) como pudo orquestarse lo grande (la caída del Imperio). Esencialmente, la retirada de las tropas de Inglaterra creó un vacío de poder que resultó en una fragmentación de la isla. Los diferentes dominios de taifas contrataron mercenarios sajones para luchar entre ellos, los sajones decidieron que entre ellos podían montárselo mejor, y los escotos y pictos atacaron desde el norte. La romanización de la isla, que nunca había sido muy profunda, se revirtió.

En el resto del Imperio, el sustrato romano sí que prevaleció, lo que ha llevado a muchos historiadores a preguntarse cuanto hay realmente de “Caída” en toda esta historia. En un proceso que duró casi un siglo, las autoridades imperiales iban cediendo territorios a los bárbaros con la idea de asentarlos, romanizarlos, y usarlos contra otros invasores. Cada provincia cedida aseguraba la paz por un tiempo, pero sus recursos e impuestos se perdían. Así, poco a poco, el imperio romano delegó su existencia en los reinos bárbaros… que sin embargo se consideraban herederos y delegados de Roma, y cuyas élites bárbaras se romanizaron y mezclaron con la aristocracia local bastante rápido, y se morían por recibir algún titulillo o nombramiento del emperador. El de Occidente… o el de Bizancio, en cuya historia nos metemos brevemente, pasando por el intento de Justiniano de restablecer el Imperio, hasta el ascenso del Islam, momento en que Goldsworthy da por terminado el relato.

Al final, lo asombroso de la decadencia del Imperio no va a ser su caída, sino el hecho de que aguantase tanto. Una idea que ya apuntaba Edward Gibbon, el primero que le dio vueltas a esto de la Decadencia [18], y que nos pinta un Imperio estancado tecnológica y socialmente que se mantuvo en pie merced a su enorme tamaño nada más. Sus recursos deberían haber bastado sobradamente durante varias décadas para aplastar a los bárbaros, que en su mayoría eran grupos no demasiado cohesionados de algunas decenas de miles de guerreros. Que los emperadores no lo hicieran lleva a Goldsworthy a buscar en ellos la clave… y a partir de aquí a una tesis un poco letizia de que con un poco de sentido común y algunos cambios institucionales Europa se podría haber ahorrado un milenio de Edad Oscura (y ya sé que los historiadores odian esa expresión, pero el Libro de Estilo de LPD me obliga a “usar siempre el término más molón”). Serían los emperadores quienes, obsesionados con su supervivencia política, debilitaron al ejército para que no fuese una amenaza, y encima cuando fallaban y había una guerra civil, el ejército se debilitaba aún más en luchas fratricidas en vez de vigilar las fronteras, que es a lo que debe limitarse un ejército (para disgusto, suponemos, de quienes igual acarician la idea de darle otros usos). Pero eso no explica que mantuvieran a raya a los sasánidas durante todo ese tiempo, ni que en general fuese capaz de derrotar a cualquier grupo bárbaro si se lo proponía.

La verdad, las explicaciones difusas no satisfacen mucho y parecen puestas por decir algo, y yo me quedo con el libro, ya comentado por aquí [19], de Peter Heather, que al menos no tiene miedo de decir “joder, un siglo malo lo tiene cualquiera”. La falta de datos fiables en temas medibles como la evolución de la población, estado de la economía o estructura de la sociedad hacen difícil ser concluyentes, y es en ese vacío donde los revertes campan a sus anchas y proyectan sus obsesiones morales ofendidas por nuestro presente. Incluso Goldsworthy se siente tentado a hacer algunos paralelismos con el presente (bueno, con 2008) y con el “imperio” de los Estados Unidos, aunque a diferencia de los revertes y los Trumps la “inmigración” no le preocupa ni por asomo.

Lo cierto es que dada nuestra demografía y nuestra estructura socio-económica, la inmigración es una necesidad si queremos que la población no decrezca. Y pese a las casandras revertianas, casi siempre es benéfica para la sociedad que la recibe. Roma es la excepción, no la regla (y ni siquiera es una excepción: los “inmigrantes” germanos acabaron romanizándose a tope). Ahí tienen a los Estados Unidos, que siempre han tenido un 10-15% de población inmigrante, y tan ricamente. ¡Si durante sus primeros 100 años de existencia, ni siquiera tenían leyes de inmigración, cualquiera podía cruzar el charco y asentarse en Iowa! Igual aquí alguien ya menta la bicha abiertamente [20] y dice que “es que esos inmigrantes no eran musulmanes”, que es de lo que se trata en las histerias revertianas: de gritar “que vienen los moros” pero dándole un empaque culto. Pues generalmente no, no lo eran, pero muchos eran católicos y se enfrentaron a las mismas persecuciones, prejuicios y discriminaciones [21] como las que ahora hay contra los musulmanes. En 1912 una candidatura republicana formada por un mormón y un católico (Mitt Romney y Paul Ryan en 2012) habría sido impensable. Ídem con un candidato divorciado [22]. Así que en un siglo es perfectamente posible un candidato republicano que sea musulmán, divorciado y gay, y que pida un muro con Canadá [23] y montar un registro público de ateos [24] para echarlos a patadas antes de que acaben con los auténticos valores de Estados Unidos. ¡El sueño americano! Los revertes subestiman masivamente la capacidad de integración [25] de una sociedad moderna, abierta y plural. Tal vez porque, en realidad, no sea la suya.