- La Página Definitiva - http://www.lapaginadefinitiva.com -

Imperios del mar – Roger Crowley

Este magnífico libro, narrado con pasión y detalle, relata la batalla que tuvo lugar en el Mediterráneo a lo largo del siglo XVI entre musulmanes y cristianos, los primeros liderados por el Imperio Otomano y los segundos por España. Viene a ser una especie de segunda parte de otro libro del mismo autor (que, sin embargo, si no me equivoco, publicó después) sobre la caída de Constantinopla, en 1453, que cerró el acceso de los cristianos, sobre todo las repúblicas comerciales (Génova y Venecia [1]), a los productos comerciales de Oriente. Ambas intentarían acceder por otras vías mucho menos accesibles (a través de Egipto-Suez, sobre todo), y también sería este uno de los factores más importantes que explican el interés de los países más occidentales de Europa, Castilla y –sobre todo- Portugal, por buscar rutas alternativas circunnavegando África o adentrándose en el Atlántico.

El libro se centra en el periodo que transcurre entre la caída de Rodas, en 1521, y la década posterior a la batalla de Lepanto, el 7 de octubre de 1571 (para narrar también sus principales consecuencias). Y se nos muestra como una tragedia en tres actos, los tres otras tantas invasiones otomanas de enclaves estratégicos cristianos: Rodas, en 1521; Malta, en 1565; y Chipre, en 1571.

Tras la caída de Constantinopla, durante un tiempo el Imperio Otomano se centra en consolidar su posición en Europa, invadiendo los Balcanes y, más adelante, la llanura húngara. Venecia, por su parte, principal potencia cristiana, mantiene una cuidadosa neutralidad, evitando en lo posible chocar con los otomanos, para preservar sus intereses comerciales y sus enclaves estratégicos en el Mediterráneo oriental. En el Oeste, Castilla finaliza la Reconquista y poco después expulsa a los moriscos de sus reinos (no sólo de Granada, también del resto de Castilla). También se produce la unión dinástica entre Castilla y Aragón, que provoca que el reino resultante (que, recuerden, se llama ESPAÑA, ESPPPPPP-P-P-PAÑA) entre con muchísima más fuerza en el ámbito de influencia e interés de la Corona de Aragón: el sur de Italia (conquista de Nápoles, a principios del siglo XVI), y el norte de África, donde el cardenal Cisneros se monta sus cruzadas ad hoc a la espera de que llegue Carlos I. Además, claro, se produce el descubrimiento y conquista de América, con el río de oro resultante, y la entrada en el escenario europeo gracias a la cuádruple herencia de Carlos I y su adquisición del título de Emperador del Sacro Imperio.

En fin, cuando llegamos a 1521 todo está dispuesto para un pavoroso choque de religiones, voluntades y máquinas militares en el Mediterráneo. Porque, además, en el Imperio Otomano asciende al trono su gobernante más notable, Solimán el Magnífico, que protagoniza uno de los dos grandes asedios a Viena (el otro se produciría a finales del siglo XVII). Solimán se considera heredero del Imperio Romano (aquí todo el mundo se arroga este tipo de dignidades; seguro que Aznar también, a poco que rasquemos; Pablemos ya lo piensa cuando se pone a recibir aplausos del respetable; Rivera, lo que mande el IBEX; y Vacío, pues no sé, lo que le digan sus asesores. Aquí el único razonable, como en tantas otras cosas, es Rajoy) y aspira a conquistar Roma. Pero, por lo pronto, lo que busca es quitarse de encima el coñazo de Rodas y los Caballeros de San Juan, la Orden de los Hospitalarios, consagrados a la Fe en Cristo y que desde su inexpugnable isla, a pocos kilómetros de las costas de Anatolia, se dedican… a la piratería.

Y no crean que sólo contra los malvados musulmanes, no; a lo que caiga. De algo tenían que vivir, los caballeros. Y aunque poseían pocas galeras de guerra, estaban sólidamente armadas y contaban con una base privilegiada para hacerse con todo tipo de cargamentos que navegaran desde Grecia y Anatolia a Egipto, muchos de ellos con fieles que se dirigían a su peregrinación a La Meca.

Hasta ese momento, los otomanos no se habían preocupado demasiado de su flota, pues no la necesitaban. Construyeron una enorme para invadir Constantinopla, pero luego se concentraron en la guerra terrestre, expandiendo su imperio en todas direcciones. No sólo en Europa, también en Egipto, Iraq, Persia, … Pero realidades tan molestas como la de los Caballeros les obligaron a volver por sus fueros. Además, si querían conquistar Roma, objetivo último de Solimán, evidentemente necesitarían una flota (a no ser que intentasen dar toda la vuelta por Austria y Lombardía para llegar a Roma, cruzando los Alpes como Aníbal, pero por el lado oriental).

Dicho y hecho: los otomanos construyen una flota enorme, incomparablemente mayor que la de Venecia (acompañada, además, de un ejército terrestre inagotable), y se lanzan contra Rodas. La isla tiene excelentes fortificaciones, pero está demasiado cerca de Anatolia. Los turcos pueden permitirse esperar allí todo el invierno, el tiempo que haga falta, mientras continúan recibiendo suministros. Solimán, que no tiene un pelo de tonto, ofrece a los Caballeros una rendición honrosa, que les permitirá conservar la vida y parte de sus posesiones. Éstos aceptan, la isla cae en poder de los otomanos y los Caballeros encuentran acomodo en otra isla, que les cede el rey de España, a cambio de que la defiendan: Malta.

Los turcos han conseguido limpiar el mar Egeo de cristianos. Más o menos el Mediterráneo se divide en dos partes, separadas por el estrecho que separa Sicilia de Túnez, en cuya parte central se ubica, precisamente, Malta. Pero esto no significa que en “su” parte los cristianos controlen la situación. Por el contrario, los años posteriores a la caída de Rodas son los de la efervescencia de los grandes piratas islámicos, que al principio operan por su cuenta, hostigando las costas italianas y españolas. Los corsarios capturan esclavos en grandes cantidades y aterrorizan a la población cristiana, de manera que el Emperador Carlos I monta una expedición contra Túnez, principal nido de piratas. La expedición es un éxito y los cristianos lo arrasan todo, exterminando a miles de musulmanes. Pero el más importante de los corsarios, Barbarroja, que logra huir, se pone bajo la égida del sultán otomano y comienza a asaltar las poblaciones cristianas con mucha mayor eficacia y crueldad que antes: los esclavos son capturados por miles, cada año, y los otomanos dejan desiertas poblaciones enteras (los que no sirven como esclavos son pasados a cuchillo, o peor aún, masacrados de formas tan diversas como horribles).

Ante esto, los cristianos, y en particular España, se ven sobrepasados. Los corsarios son más ágiles, rápidos, y diestros en el manejo de sus galeras que las flotas que pueden oponer los cristianos. Y además, detrás de ellos está la inmensa flota otomana. Durante décadas, los musulmanes les comen la moral, mientras drenan sus recursos humanos en las poblaciones costeras. El efecto, psicológico y material, es devastador. El Emperador Carlos, dedicado a multitud de frentes al mismo tiempo, no da abasto. Por otro lado, los soldados españoles tampoco tienen demasiado interés en servir en una guerra en el norte de África, donde no hay nada, cuando pueden irse a América o Europa, a defender la fe contra los indios o los herejes y sus demoníacas montañas de oro que –por comparación con África- es posible obtener allí. Además, el único intento serio de oponerse a la flota musulmana, en Préveza en 1538, acaba en un estrepitoso fracaso. España se queda sin flota digna de tal nombre en el Mediterráneo. Y tampoco puede contarse con los venecianos, que todos estos años se han especializado en ponerse de perfil y que, directamente, comienzan a borbonear al Papa y a los cristianos mientras pelotean con más y más ahínco al Turco.

La llegada de un nuevo rey, Felipe II, no mejora las cosas. El monarca no es amigo de meterse en aventuras irresponsables, a menudo poco definidas, como su padre. El problema es que Felipe se ubica, más bien, en el extremo opuesto: a menudo, su táctica consiste en no hacer nada de nada. ¿Les suena? Sí, en efecto: Felipe II, tal y como es perfilado aquí, se nos aparece definitivamente como uno de los mayores dirigentes de la Historia de España. Un hombre tranquilo, pausado, que prefiere no tomar ninguna decisión antes que adoptar una decisión precipitada. En resumen, un Rajoy.

Por eso, cuando los turcos se dirijan, en 1565, contra Malta, isla tributaria de España y que constituye la última línea de defensa para impedir el acceso franco de los otomanos al Mediterráneo Occidental, a escasos kilómetros de Sicilia, Felipe hará lo que mejor sabe hacer: un Rajoy. Les dice a los Caballeros, acaudillados por el francés La Valette (que participó en la defensa de Rodas, más de cuarenta años atrás), que resistan como puedan, y que él intentará enviarles refuerzos. Y al gobernador de Sicilia, el veterano soldado don García de Toledo, le prohíbe enviar refuerzos a Malta, que la cosa está muy cara. Mientras, eso sí, a lo largo de todos estos años, se dedica, pacientemente, a construir galeras en las atarazanas de Barcelona, para intentar reducir la enorme distancia que le lleva el Turco.

Los otomanos, en número superior a los veinte mil hombres, asedian Malta, apoyados por una flota de más de cien galeras. En frente se ubican los Caballeros y sus aliados (unos cinco mil), apoyados por los habitantes de la isla. La conquista no puede demorarse demasiado tiempo, porque en Malta no hay nada: no hay ríos, ni vegetación, ni apenas cultivos. Un ejército que tenga que invernar allí lo tendrá crudo para sobrevivir. Además, Malta apenas cuenta con dos puertos en los que ubicar la flota otomana con seguridad, y ambos están controlados por los Caballeros. Para hacerse con uno de los puertos, los otomanos han de conquistar el fuerte de San Telmo, una construcción que domina la isla, mal construida y con una guarnición escasa. Tan escasa que se amotina y trata de huir, pero La Valette logra convencerles en el último momento de que resistan hasta el final, con el objetivo de ganar tiempo hasta que lleguen los prometidos refuerzos del rey de España.

Dichos refuerzos llevan semanas acumulándose en la isla, pero García de Toledo no puede enviarlos hasta que tenga el permiso de Felipe II. Y el permiso se demora. Se demora más. Se demora como una legislatura de Mariano Rajoy, Ustedes ya me entienden, que va camino de durar cinco o seis años en sucesivos mandatos en funciones. Mientras tanto, cae San Telmo, y los otomanos, que tienen prisa por conquistar la principal guarnición de los Caballeros (el Burgo), que resguarda el puerto, emprenden sucesivos asaltos. Más de una vez logran abrir brecha y parece que la isla va a caer, pero contra todo pronóstico resisten. Sin embargo, los defensores comienzan a estar desesperados: ya no son más que ochocientos, frente a los quince mil hombres que aún le quedan al comandante otomano.

En estas que, por fin, llegan las tropas de García de Toledo. Ocho mil hombres de refresco que se refugian inicialmente en la capital maltesa (no en la fortaleza de los Caballeros), ubicada en el centro de la isla. Un renegado comenta al comandante turco que los soldados españoles han llegado más muertos que vivos tras la travesía y que llevan dos días sin comer. El momento parece propicio, pero la información es falsa: frente a los turcos, que ellos sí que están más muertos que vivos, tras meses de asedio infructuoso con un calor infame, los españoles les dan sopas con honda.

La situación se ha vuelto mucho peor para los turcos, que están a punto de levantar el campamento, pero al final deciden jugárselo todo a una carta y realizan un último asalto al bastión de los Caballeros. Asalto que fracasa merced a la mala organización del mismo y se convierte en una carnicería en la que mueren casi todos los soldados que les quedan a los turcos, masacrados a placer por los defensores y por el ejército de García de Toledo. Sólo la flota sale indemne del asunto, y vuelve a Estambul para recibir el cariñoso saludo de Solimán.

Sin embargo, la victoria de Malta sólo permite contener los posibles daños derivados de la pérdida de ese enclave, pero no impide que los otomanos sigan gozando de la superioridad naval que ya tenían, y que la empleen más que nunca para atormentar a las poblaciones cristianas. Felipe sigue sin hacer nada, a pesar de que la rebelión de las Alpujarras, cuyos pobladores directamente solicitan la ayuda del Turco, pone sobre la mesa el peligro de que los otomanos invadan la Península. También es verdad que el hombre tiene otras preocupaciones en los Países Bajos, en América, en Francia (que en tiempos de Carlos I pactó alegremente con los otomanos, y podría volver a hacerlo), en Portugal, en fin: ¡en todas partes! Y que, como siempre, buena parte del problema deriva del dinero. Porque la guerra de galeras, que exige no sólo construir los barcos y mantenerlos, sino –sobre todo- equiparlos con tripulación (chusma para los remos, marineros para gobernarlos y soldados para los abordajes), es enormemente cara.

La chusma suele estar compuesta por esclavos que viven una horrible vida: meses y meses remando, encadenados a su banco, del que no se levantan bajo ninguna circunstancia (se hacen allí mismo sus necesidades), torturados por el látigo que les obliga a seguir remando, a pesar de su deplorable estado, literalmente hasta la muerte. Pero la chusma, dentro de lo que cabe, tiene una ventaja desde el punto de vista del Rey Burócrata: si está compuesta por esclavos capturados o por delincuentes convictos, sale casi gratis (sólo el importe de su subsistencia, que desde luego no es mucho). Los marineros y soldados, en cambio, son otro cantar.

todo el mundo empleaba remeros encadenados: esclavos capturados, convictos y, en los barcos cristianos, pobres de solemnidad que se vendían a sí mismos a los capitanes de las galeras. Eran estos desgraciados, encadenados en grupos de tres o de cuatro a un banco de treinta centímetros de ancho, los que hacían posible la guerra naval. Su única función era trabajar hasta la muerte. Encadenados de pies y manos, excretando allí donde estaban sentados, alimentados con cantidades ridículas de galleta negra, y tan sedientos que a veces llegaban a beber agua del mar, los esclavos de las galeras solían tener vidas cortas y amargas. Los hombres, desnudos a excepción de unos calzones de lino, tenían la piel quemada por el sol; la falta de sueño en el estrecho banco les hacía propensos a la locura; el ritmo del tambor y el látigo del capataz –una cuerda alquitranada o un pene seco de toro- les impulsaban más allá del agotamiento durante largos tramos de esfuerzo intensivo cuando un barco intentaba capturar a otro o escapar de él (…) Las enfermedades podían diezmar una flota en cuestión de semanas. La galera era una trampa mortal –una alcantarilla fecal que emitía una peste tan potente y fétida que se percibía a tres kilómetros de distancia (era costumbre sumergir el casco entero bajo el agua cada cierto tiempo para limpiar el barco de suciedad y ratas) (…) De una u otra forma, la galera a remos consumía hombres a modo de combustible. Cada desdichado moribundo lanzado por la borda debía reemplazarse, y nunca había bastantes (págs.. 119-120)

Durante todo este tiempo, los venecianos han seguido pasando de todo, e incluso organizan una celebración por las calles de Venecia para conmemorar la caída del fuerte de San Telmo en Malta, en honor del Turco. Sus intereses se centran en asegurar la paz con los otomanos a toda costa, pues son muy conscientes de que tienen mucho más que perder con la guerra. Pero todo esto va a cambiar rápidamente cuando el afán de Venecia por aplacar a los otomanos, a la postre, no sirva para nada. Éstos deciden que la presencia de esos molestos cristianos en sus mares tiene que acabar. Más concretamente, los otomanos van a por Chipre, y comienzan el asedio de la principal ciudad veneciana, Famagusta, con un ejército enorme.

Y entonces, súbitamente, a los venecianos les entra muchísima prisa por enfrentarse al Infiel, por erigirse como paladines de la Cristiandad, por participar, con valentía y arrojo, en primera fila de esta crucial guerra por los ideales civilizatorios. Y no es que las demás potencias cristianas los acojan con mucho entusiasmo, pues saben perfectamente que, si a Venecia le conviene, romperán el pacto como energúmenos sin honor que son, que nunca podrían sobrevivir en la Casa de Gran Hermano (sí, sí, ni siquiera en GH VIP), y volverán arrastrándose y suplicando el perdón del Turco. Pero, como por lo pronto esto es lo que hay, tanto el Papa como Felipe II deciden aprovechar la ocasión y montan una Liga Santa, que en teoría se renovará todos los años, para enfrentarse conjuntamente a los otomanos.

El primer año, mientras los turcos comienzan a sitiar Famagusta, la Liga hace un Felipe II, es decir, un nuevo Rajoy. A lo que íbamos: no hacen nada. Se dan un paseo por el Mediterráneo, pero comienza la estación de lluvias y tormentas y deciden volverse por donde han venido. Las desavenencias se hacen oír cada vez más. Para el segundo año, Felipe II nombra a su hermanastro don Juan de Austria, hijo bastardo de Carlos I, comandante de la flota. Los venecianos aceptan a regañadientes. Naturalmente, Felipe pone a varios marinos experimentados para asesorar a Don Juan de Austria, que por mucho que sea un hombre carismático, naturalmente dotado para mandar y que ya ha demostrado su pericia en la escabechina la guerra de las Alpujarras, no tiene ni idea de manejarse en el mar, menos aún de dirigir un combate naval. Además, los asesores de Felipe II tienen un segundo cometido: asegurarse de que, bajo ningún concepto, Don Juan de Austria arriesgue las preciosísimas galeras españolas para el propósito para el que fueron construidas en los años anteriores. Lo que vendría siendo un Rajoy de luxe, que se sustancia en que, para Felipe II, la Liga Santa es, ante todo, un mecanismo para lograr que los fondos de la Iglesia le financien la reconstrucción de la flota. Y si la flota le basta para que los otomanos no den tanto el coñazo en las costas españolas, para él ya está bien.

Pero una terrible noticia va a precipitar los acontecimientos: los otomanos, tras diez meses de asedio, logran tomar Famagusta. El comandante veneciano, Marco Antonio Bragadin, acuerda una rendición con los otomanos en términos honorables, similares a los que obtuvieron los caballeros de Malta de Solimán casi cincuenta años atrás. Pero algo se tuerce en la visita de Bragadin al comandante otomano para rendir la plaza, y la cosa acaba como el rosario de la aurora:

La muerte de Bragadin fue lenta y horrible (…) Las heridas de su cabeza se habían infectado y el dolor lo estaba volviendo loco (…) Bragadin fue sometido a espantosos rituales de humillación. Más muerto que vivo, lo ataron a una silla y lo izaron hasta lo más alto del mástil de una galera, sumergido en el mar y luego mostrado ante toda la flota mientras le gritaban burlas e improperios. ‘Mira a ver si puedes ver tu flota; mira, gran cristiano, a ver si viene socorro para Famagusta’. Luego fue llevado a la plaza de la Iglesia de San Nicolás, que había sido convertida en mezquita, y allí le arrancaron la ropa. El carnicero que ejecutó la última tortura –y esto no se perdonaría en Venecia- fue un judío. Ataron a Bragadin a una antigua columna procedente de Salamina, que todavía permanece en pie, y lo desollaron vivo. Murió antes de que el carnicero llegara a la cintura. Se disecó la piel rellenándola con paja. Vistieron el monigote con la ropa carmesí del comandante, lo colocaron bajo su parasol rojo y, subido a una vaca, lo hicieron desfilar por las calles de Famagusta como escarnio póstumo. Luego fue exhibido por toda la costa de Levante hasta que, finalmente, fue enviado a Selim a Estambul (págs.. 314-315).

Estupor general. Desaforadas ansias de venganza por parte de los venecianos. No se descarta, incluso, que si llegasen los otomanos con una buena oferta para Venecia, comercialmente ventajosa, en el fervor del momento los mandaran a la mierda. Ahora Venecia quiere luchar a toda costa contra sus odiados enemigos (y grandes clientes), los otomanos. Los españoles que acompañan a Don Juan de Austria se resisten, pero este ve llegada “la mayor ocasión que vieron los siglos”, pasa de las instrucciones de Felipe II y decide luchar. Emotivo discurso en la nave capitana, recibido con entusiasmo y aplausos. La flota se dirige hacia un golfo en el que los exploradores dicen que pueden hallarse los otomanos, un lugar llamado… LEPANTO.

Las fuerzas están razonablemente igualadas: 315 embarcaciones cristianas, de las cuales 200 galeras y seis grandes galeazas (mucho más altas y difíciles de abordar), frente a una flota otomana ligeramente superior en número, con 260 galeras. Las cifras de combatientes también favorecen a los otomanos: 91.000 cristianos por 120.000 musulmanes, aunque en cuanto a tropas de combate el número sí que era similar.

Ambas escuadras se dividen en cuatro cuerpos: ala derecha, centro, ala izquierda y un cuerpo de reserva. Conforme empieza la batalla, suceden dos cosas. La primera, se produce un cambio en la dirección del viento, que favorece a los cristianos (¡¡¡MILAGRO!!!). La segunda, los venecianos emplazan delante de la flota sus enormes galeazas, como fortalezas flotantes que son. Conforme se acerca la flota otomana, comienzan a disparar la artillería y organizan un desbarajuste considerable en la organización de la flota otomana. Los venecianos, que comandan el ala izquierda cristiana, aprovechan la ocasión y se lanzan en pos de los otomanos. Pánico, caos y nada de rajoyismo: el ala derecha otomana se hunde y muchas de sus embarcaciones acaban varadas en la costa, con los tripulantes tratando de huir (y son, en su mayoría, ejecutados o capturados por los venecianos). En el ala derecha cristiana, en cambio, las cosas van mejor para los otomanos, cuyo comandante, Dragut, lleva toda la ventaja al cristiano Andrea Doria. La batalla, en fin, se dirime en el centro, entre Don Juan de Austria y el comandante otomano Alí Bajá. Y se dirime, claro, al modo español:

En la San Giovanni el sargento español Martín Muñoz, que estaba bajo cubierta víctima de la fiebre, oyó al enemigo abordar el barco y se levantó de la cama dispuesto a morir. Espada en mano, se lanzó contra los asaltantes y mató a cuatro antes de caer sobre un banco de remeros, asaeteado por nueve flechazos y habiendo perdido una pierna por una bala de cañón. Se sentó preparado para morir y con su último aliento gritó a sus compañeros: ‘señores, que cada uno haga otro tanto’. En la Doncella, Federico Venusta se mutiló la mano al explotarle una granada. Pidió a un forzado que se la cortara. Cuando el galeote se negó, se la amputó él mismo y luego fue a la cocina, ordenó que le ataran un pollo muerto sobre el muñón sangrante y regresó a la batalla, gritando a su mano derecha que vengase a su izquierda. Un soldado que recibió un flechazo en un ojo, se arrancó la flecha, globo ocular incluido, se ató una venda a la cabeza y siguió luchando (pág. 358).

Una vez las galeras quedan trabadas en combate, aquello ya no es una guerra naval, sino terrestre. Es decir, que llega la hora de las tortas. Y ahí pocos pueden competir con los españoles, que además van provistos de arcabuces frente a las metrosexuales flechitas otomanas (más rápidas, pero menos precisas y, sobre todo, menos eficaces), y cuyos piqueros hacen también estragos en el asalto de las galeras otomanas. España, en resumen, exporta la guerra de los Tercios de Flandes a Lepanto, y la cosa le sale bien: la flota otomana es prácticamente destruida. Los turcos pierden 190 galeras y galeotas, por unas 40 cristianas. Mueren unos 30.000 turcos, por 8.000 cristianos, y otros 5.000 son capturados. Además, se libera a 12.000 cautivos cristianos que remaban en las galeras de los otomanos.

Al poco tiempo, la Liga Santa deja de funcionar, y en la práctica los otomanos continúan controlando totalmente el Mediterráneo oriental. Pero sus incursiones en el occidental (el que le interesaba a Rajoy II) se ven mucho más limitadas durante décadas. Sobre todo, el mito de la invencibilidad otomana en el mar se desvanece. El Imperio Otomano deja de ser una amenaza real para el mundo cristiano. Incordiará un poco en el XVII, pero con mucha menos fuerza. Y después, dos siglos de decadencia hasta desembocar en la I Guerra Mundial. En resumen: por una vez en la vida, España vence en una batalla naval. Una batalla naval… terrestre.