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“Wallenstein” – Golo Mann

Obra de arte

Hace poco hablamos aquí de la Guerra de los Treinta Años [1], un conflicto fundamental para entender la historia de Europa y en consecuencia totalmente ignorado. El libro analizado se deleitaba en soltar datos y más datos, pero dejando fuera el factor humano. Para compensarlo, hoy les traemos este libro que se va al otro extremo, una obra como un templo y decididamente en el top 5 de libros alemanes sobre el periodo, y que narra la vida del más famoso condottiero de la guerra, Albrecht von Wallenstein. Y decimos “narra” porque así lo titula su autor: “Wallenstein – su vida narrada por Golo Mann”. No es una biografía, no es un libro de historia, no es una novela, pero si una mezcla de todo. Mil páginas de narración, en elaborada y bella prosa germana (el autor, historiador de profesión, también ganó premios literarios) y con un amplio trabajo de documentación detrás, cortesía de Golo Mann, hijo del ganador del Nobel Thomas Mann, y junto con su padre eximio representante de eso que los alemanes llaman “Bildungsbürgertum”. Algo para lo que en España ni siquiera tenemos nombre, y que describe a una clase social [2] burguesa surgida en la Alemania del XIX, que concibe la formación, la cultura y el conocimiento como su principal capital. Piensen en los Baroja: familias de catedráticos, médicos, abogados o científicos, educados en varios idiomas, con una vasta formación en los clásicos. Judíos o protestantes sobre todo, aunque alejados de la religión. Mayormente cosmopolitas y apolíticos, más por impotencia ante los diversos autoritarismos de los estados alemanes que por otra cosa, pero que ya constituye una significativa diferencia con sus equivalentes franco-británicos, para los que la participación política era parte de su identidad grupal. Thomas Mann incluso escribió unas Consideraciones de un Apolítico [3] en plena Primera Guerra Mundial (que por supuesto eran políticas hasta las trancas y deutsch-national a más señas, aunque posteriormente evolucionó [4] a unas posturas de izquierdas que le obligaron a exiliarse de los nazis), y su hijo Golo dejó escrito en su diario en 1990: “sin alegría ante la reunificación alemana. Volverán a hacer tonterías, aunque ya no lo viviré”. Una clase que incluso despreciaba el dinero y lo consideraba secundario (en parte porque ya lo tenía, claro) ante la sabiduría. Solo un ambiente así pudo parir una magna obra como esta.

(Hacemos notar, en todo caso, que como buen Bildungsbürger Golo Mann presupone una exquisita formación a sus lectores -que harán bien en conocer de antemano y en detalle la Guerra de los Treinta Años-, así como una cierta poliglotía, pues cita profusamente de documentos de la época, con su alemán semi-medieval trufado de expresiones latinas, italianas y checas, sin aportar traducciones.)

 

La Kultur se construye con ladrillos como este.

 

Los inicios y el lio con el nombre

Albrecht Wenzel Eusebius Valdštejna nació en 1583 en una familia de terratenientes de la baja nobleza bohemia. Es decir, era checo y en ese idioma se crió (posteriormente aprendió alemán casi a la perfección), aunque su familia usaba el nombre del castillo que les servía de residencia, construido y bautizado por un arquitecto alemán como castillo de Walstein, Waldstein (así firmaba Eusebius cuando escribía en alemán), Wallstein, Wahlstein, Wallenstain o Waltstein, según la fuente consultada. La ortografía aún no era una ciencia exacta, y en cualquier caso usar un nombre alemán no se consideraba una traición a la patria. En la expresión “noble checo”, la parte más importante, y con mucho, era “noble” (igual que un español de la época hubiera preferido con mucho ser cristiano viejo inglés que judío converso español, ¡y eso que la nación es más antigua [5] que la religión!). Como llegó a ser duque de Friedland, la mayoría de coetáneos se referían a él como “Friedland”; cuando empezó a jugar en las grandes ligas, firmó como Albrecht I, o con sus iniciales AHZF (Albrecht Herzog Zu Friedland). La forma final de su nombre viene de una popular obra de Schiller [6], escrita siglo y medio tras su muerte. ¡En este hombre todo es literatura!

Poco se sabe de su infancia, en parte por falta de fuentes y también porque no hablaba mucho de ella: cinco de sus ocho hermanos murieron de niños, y sus padres cuando él tenía trece años. Como único varón lo heredó todo. Pasó unos años de estudio en Alemania e Italia, bajo la tutela del cuñado de su madre Heinrich Slavata (tío también de uno de los tres defenestrados de 1618, las “400 familias” las hay en todas partes). No fue un estudiante modelo: fue expulsado de varios sitios por meterse en líos, y en un ataque de ira apaleó a un sirviente hasta casi matarlo. Sus conexiones le libraron de mayores problemas, y con 19 años asumió su herencia. Pudo haberse quedado en casa supervisando sus tierras, pero en un ataque de emprendimiento, empezó a buscar oportunidades de medrar en el sector más dinámico de la economía: el oficio de las armas. Entró como alférez en el ejército imperial durante los estertores finales de la Gran Guerra Turca [7], y acabó como capitán, conociendo los intríngulis del estamento militar. A todo esto: en estos años el futuro paladín de la causa católica aún era protestante [8] (como el 90% de la nobleza bohemia).

Finalizada la guerra, Wallenstein se mudó a Praga y se aplicó para conseguir un pequeño puesto en la corte del emperador Rodolfo II. En 1606, se convirtió al catolicismo (quizás es más preciso decir que lo “adoptó”, tampoco era un gran paso, simplemente ibas a otra iglesia el domingo y ya). Como esto es casi una novela, Golo Mann no tiene que meterse en largos análisis psicológicos y lo puede explicar de forma más lírica: Wallenstein quería mandar, esa era su ambición. Y en los ejemplos que tenía a mano, los regentes de súbditos católicos tenían un poder bastante más absoluto que quienes gobernaban a protestantes, que siempre estaban dando la brasa con la igualdad entre hermanos de Cristo y la libertad de los cristianos [9]. Los primeros beneficios de su conversión a la fe romana los cosechó muy pronto: en 1609 se casa con Lucretia von Landek, considerablemente más rica que él (era hija única, y sus parientes más cercanos eran protestantes, lo que llevó a su católico confesor a buscarle un marido católico, no fuese a ser que la herencia cayese en manos de unos sucios herejes), que al morir cuatro años después le convirtió en uno de los hombres más ricos de Moravia.

Llega ahora un asunto peliagudo, al menos para un Bildungsbürger como Golo Mann: el horóscopo que Wallenstein encargó en 1608. No tanto por Wallenstein, sino porque se lo encargó nada menos que a Johannes Kepler, el niño bonito –junto a Galileo Galilei, a cuyas clases pudo haber asistido Wallenstein si estuvo en la universidad de Padua durante su estancia en Italia- de quienes buscan un poco de luz y progreso en aquellos años de locura desatada y guerras religiosas. No resulta muy edificante ver que el más ilustre Bildungsbürger de la época redondeaba su sueldo de “matemático imperial” (que por otra parte, y a quien le sorprende conociendo a los Habsburgo, cobraba tarde y mal) ejerciendo como pitonisa Lola. Mann cita profusamente del horóscopo, al que Wallenstein dio siempre gran importancia, y especula con que Kepler pudo saber para quién lo hacía (en teoría, solo se le suministraba un lugar y una hora de nacimiento, pero no la identidad del cliente); años más tarde hay evidencia de que lo sabía. Pero lean ustedes mismos:

 

“Saturno al principio le inclinará a la alquimia, magia, brujería, desprecio de convenciones y mandatos humanos, también las religiones; la luna convertirá esto en desventaja […], será inmisericorde, sin amor filial o matrimonial, sin mirar por nadie, sino solo por sus impulsos primarios, duro con sus súbditos, egoista, mujer y hombre al mismo tiempo, aunque Saturno falle sus sentidos y tenga temor muchas veces sin razón para ello; es no obstante lo mejor de este nacimiento que Júpiter le sigue tan de cerca, pues con la edad estos defectos se aplacarán y su inusual naturaleza se verá llamada a grandes tareas […] Grandes perturbaciones a los 11 años, una enfermedad a los 22; a los 33, la posibilidad de una boda ventajosa, con mujer no hermosa pero rica.”

 

Las “predicciones” a toro pasado sobre los 11 años (pérdida del padre) y sobre la enfermedad (con 21 pasó unas fiebres y puede que la peste negra) eran fáciles de conocer si se investigaba a Wallenstein, pero la predicción de la boda (aunque ocurrió con 26 años y no con 33, pero es que Kepler “solo hacía horóscopos para gente ilustrada que entendía las limitaciones de esta ciencia”) asombró a Wallenstein, que 16 años más tarde, siendo ambos ya famosos, pidió un horóscopo ampliado y una investigación, a raíz de la cual Kepler estimó que el nacimiento debió producirse un cuarto de hora más tarde de lo que dejaron dicho los padres de Wallenstein, “con lo que la luna pasa a la undécima casa en vez de a la última, lo que conllevaría un aminoramiento de las manías “.

 


“Brujo Kepler. Veo los planetas y las estrellas; órbitas elípticas o redondas, tú eliges. Te predigo tu futuro en 30 años aunque no logro ver si cobraré este mes. Protestante pero sirvo al emperador (es complicado). Mi magia funciona, palabrita del Niño Jesús de Praga. También hago numerología y ciencia. Esta semana descuento en logaritmos.”

 

Lo siguiente en la carrera de Wallenstein era arrimarse al padrino correcto. También aquí tuvo suerte: en 1617 Fernando de Habsburgo, archiduque de Estiria, estaba metido en una guerra privada con Venecia, y sus intentos de implicar al Reich fracasaron, así que en la mejor tradición medieval hizo un llamamiento a sus vasallos para que vinieran en su auxilio. El resultado fue un concierto de grillos… salvo por un noble que desde Moravia vino trotando con dos compañías de caballería pagadas de su bolsillo. No es que sirviera de mucho, dice Golo Mann, porque el ordenamiento político del norte de Italia se estaba negociando en Madrid (inserte aquí su particular exabrupto indignado ante tamaño centralismo matritense ya en el siglo XVII, o hinche patriota su pecho ante el poder de Madriz; les advierto en todo caso que “Madrid” jugará varias veces un papel importante, y Golo Mann usa ese nombre para referirse a la corte española y su política) y 200 hombres tampoco eran una gran diferencia, pero al archiduque le llegó al corazón. Wallenstein, que ya era católico y pro-Habsburgo, ahora era también fernandino. Como Fernando, en principio miembro de una rama menor de los Habsburgo, iba a convertirse en rey de Bohemia y emperador del Sacro Imperio por extinción de las ramas principales, está claro que se arrimó al árbol correcto.

 

La Revuelta Bohemia

Golo Mann distingue entre “políticos” y “extremistas” en aquellos años, donde los “extremistas” son casi todos religiosos y los “políticos” simplemente gente que busca mantener la paz social. A Fernando de Habsburgo se le atribuye un juramento a la Virgen de Loreto de recatolizar sus dominios, así como la frase “mejor gobernar un desierto que un país lleno de herejes”, así que nos da que muy “político” no era. Sabiendo eso, la nobleza protestante de Bohemia se rebeló en 1618 e intentó implicar a la de Moravia. Wallenstein, siendo a la vez coronel moravio e imperial, dejó clara su lealtad bien pronto (o más bien, su instinto le dijo quién iba a ganar), robando y llevándole el tesoro de Moravia a su patrón, el ya emperador Fernando II, con el argumento de que había que evitar que cayera en manos de los rebeldes bohemios. El emperador, visiblemente emocionado (96.000 táleros [10], Fernando no había visto tanto dinero junto en su vida), tomó buena nota y… devolvió el dinero. Formalmente, y pese a la presencia de tropas bohemias, Moravia aún no se había rebelado, y el emperador quería preservar la legalidad. Tampoco se mencionó este robo nunca entre los méritos de Wallenstein que justificaron sus ascensos imperiales. Daba igual, ya habría otras compensaciones cuando el emperador aplastó la rebelión y comenzó el reparto. El 21 de junio de 1621, Wallenstein le prestaba al emperador 58.000 florines y recibía como garantía el señorío de Friedland (que valía bastante más, y que Wallenstein se embolsó una vez que los Habsburgo, en línea con sus tradiciones, no devolvieron el préstamo); ese mismo día, aplastada la revuelta, 27 jefes rebeldes eran ejecutados en una plaza de Praga, con el regimiento de Wallenstein preservando el orden a modo de policía militar.

La cosa no paró de mejorar, ni nuestro hombre de emprender: el 18 de febrero de 1622, Wallenstein era nombrado gobernador militar de Bohemia (subordinado al virrey, Liechtenstein). También ese mismo día, ya es casualidad, el monopolio de la moneda en Bohemia, Moravia y la Alta Austria le era otorgado por un año a un consorcio privado, formado por… Liechtenstein y Wallenstein, aunque los principales responsables materiales eran los banqueros Jakob Bassevi [11] (posteriormente, el primer judío elevado a la nobleza imperial) y Hans de Witte [12] (holandés calvinista, pero el dinero no es un dios celoso y permite que adores a otros dioses a su lado). El florín bohemio ya había sido devaluado por los rebeldes, desde 19 florines por media libra de plata, a 49, y el consorcio siguió esa línea hasta llegar a 110 como mínimo, arrojando 42 millones de florines “malos” a una economía deprimida y generando una hiperinflación. Wallenstein logró un modesto beneficio del consorcio, pero su gran ganancia fue el acceso al crédito barato con inflación continua, que le permitió comprar por cuatro perras aún más territorios.

No fue el único: media Bohemia cambió de dueño en tres años. A los principales rebeldes se les confiscó todo, y a los menores la mitad, un tercio… pero lo que ocurría es que se les quitaba todo y luego se les compensaba (en moneda inflacionada) por la parte restante. Las tierras confiscadas se subastaban al mejor postor. Por 150.000 florines, Wallenstein compró las localidades de Friedland y Reichenberg, que redondeadas con sus adquisiciones previas (se quedó con la herencia familiar de unos parientes lejanos, los Smiřický [13], en un culebrón que ríanse ustedes de “Dallas [14]” y “Dinastía”) le convertían en señor del norte de Bohemia. Un territorio que administró asombrosamente bien (mediante esa cosita recién surgida del mercantilismo [15] y para producir luego bienes de guerra que le compraba el ejército imperial, cuyo comandante… ¡sería él mismo!). La herencia de su ya difunta esposa la vendió, “para esta nobleza las tierras eran lo que luego serían las participaciones industriales; no un hogar, sino una inversión intercambiable en todo momento.”

Finalmente, en 1623 es elevado a la nobleza imperial y en 1627 a duque, y Friedland recibe su propia justicia al margen del resto del reino. Solo le faltó, y por poco, un obispado propio. Quien en 1605 era un pequeño hidalgo con algunas tierras y en 1620 solo un exiliado moravio expulsado por los rebeldes, en 1624 jugaba en la primera división de la nobleza de Bohemia y era señor de una casa imperial, con una corte de 899 personas para fardar. Como para demostrar que la realidad no tiene nada que envidiar a Juego de Tronos [16], de divisa eligió una que incluso a los Lannister les habría dado reparo: Invita Invidia (“envido [o desafío] a la envidia”).

 

El tío lo puso en su moneda y todo.

Defendiendo los frutos de su trabajo

Pero el hombre más pacífico no puede vivir en paz si su vecino no le deja. Aunque la revuelta bohemia había sido sofocada, el Reich se removía cada vez más inquieto: la guerra de Flandes volvía a activarse, españoles e imperiales ocupaban el Palatinado, un ejército de húngaros y transilvanos atacaba desde el sureste, y en Silesia un representante de los rebeldes bohemios intentaba levantar el país en armas augurándoles que en caso contrario “os espera el destino de Bohemia: un gobierno al estilo español“.

Ante el ataque transilvano, Wallenstein fue nombrado tercero al mando de un ejército muy pequeño, pues la mayoría de tropas estaban conquistando el Palatinado. Wallenstein, ya perro viejo en lo de gestionar guerras, se desesperaba ante la inoperancia general, las intendencias ladronas y otros aspectos poco edificantes en el ejército imperial: “era esta la tendencia de los políticos y estrategas de Habsburgo que Wallenstein despreciaba: dejar descomponerse el aparato militar por dejadez, dedicarse solo a actos de soberbia que por fuerza debían causar reacciones armadas, y cuando estas reacciones ocurrían, estallar en vanas y tardías excitaciones“.

Así hay que explicar sus movimientos de 1625 en adelante. ¿Porqué no se quedó en Friedland, viviendo la vida de un gran señor y fundando un linaje con su segunda esposa? No es que hubiese sido feliz, pues la felicidad nace de dentro y dentro él solo tenía ansiedad, como demostró controlando y rehaciendo una y otra vez hasta el más nimio detalle de sus dominios, pero alguna satisfacción habría obtenido, y se habría podido tratar mejor sus dolorosos ataques de gota. En cambio, en 1625 le ofreció al emperador reclutar un ejército para terminar de una vez la guerra (cosa que este, que llevaba años dependiendo de tropas bávaras y de la Liga Católica, aceptó para tener un aparato militar propio). ¿Porqué? Pues simplemente porque sus dominios, arriba en Bohemia, iban a ser los primeros en caer ante un ataque desde el norte de Alemania, y no se fiaba de los comandantes austriacos. Y después, porque su ansiedad y ambición no se habían saciado con Friedland.

Luego estaba el temita de siempre: ¿esto quién lo paga? Wallenstein puso el capital inicial, mientras el emperador debía pagar el mantenimiento. Cosa que Fernando II era incapaz de hacer, y Wallenstein lo sabía. Por eso, con respecto al tamaño, dijo cínicamente que a 20.000 soldados no los podría mantener, pero que si le daban 50.000 seguro que no se morían de hambre. 50.000 le dieron, y dejaron esquilmadas las ciudades en su camino hacia Dinamarca, campeón en ese momento de las “libertades alemanas”. En 1627, sus tropas llegaron hasta el Skagerrak (que pese a su nombre no es un restaurante vasco, sino el estrecho de mar [17] entre Dinamarca y Noruega) y ocupaban toda Jutlandia, con el ejército danés refugiado en las islas. Una victoria fácil y rápida – para la que, no obstante, Wallenstein recomendaba una paz generosa e igual de rápida: vuelta al statu quo ante y la exclusión de Dinamarca de los asuntos alemanes. Indemnizaciones también, por supuesto, pero sin expropiaciones, y todos a casa. Empecemos de cero con un nuevo comienzo, dejemos el pasado atrás, todos hemos hecho cosas terribles pero esto tiene que acabar, olvidemos lo ocurrido, hay que sanar las heridas y superarlo, dejémoslo como está ahora y démonos la paz: el predecible discurso de todo ladrón tras llevárselo crudo.

Wallenstein sabía que sus tropas asomadas al Báltico significaban una presencia austriaca, y esta a su vez una presencia española, y esta a su vez una amenaza existencial inaceptable para el vital comercio báltico de ingleses y holandeses – de nuevo Flandes, el conflicto que envenenaba Europa. De modo que si el emperador no estaba dispuesto a meter pasta a mansalva y combatir durante años una coalición de toda la Europa protestante, mejor retirarse. En las proféticas palabras de nuestro hombre: “tendría la guerra que ser continuada con oro y plata indianos [es decir, españoles] por treinta años, y entonces algo útil podría salir de ella.” Pero Viena insistía en confusos planes para crear un imperio comercial alternativo al holandés mediante una Liga Hanseática protegida por barcos españoles en el Báltico, unidos a la insinuación imperial de que Wallenstein podría quedarse la Corona Danesa en caso de ganar la guerra. Wallenstein, más listo, la rechazó por imposible de mantener, pero viendo que el emperador iba en serio cambió de opinión un años después y maniobró para ser nombrado General de la Mar Océano y Báltica, además de quedarse el ducado de Mecklemburgo (previa expropiación de sus duques por simpatías pro-danesas, y en principio solo como depósito de garantía del pago de lo que le adeudaba el emperador; el sistema ya conocido que usó para apropiarse de Friedland) y redondear aún más sus posesiones en Friedland con la ciudad de Sagan [18]. En este momento -1628- Wallenstein está en el culmen de su carrera.

 

“¡Mira mamá, en la cima del mundo!”

 

El Fin del Primer Generalato

En junio de 1628, uno de sus subordinados se pelea con la ciudad de Stralsund. Wallenstein quiere paz con las ciudades hanseáticas, pero no puede desactivar el conflicto y en una temprana aplicación de la Teoría del Dominó [19] le pone sitio a la ciudad, bien protegida por el mar y algunos lagos. Este va a ser uno de sus pocos fracasos militares: no logra tomarla y la echa en brazos de Suecia. Al mismo tiempo, la corte imperial y el Reich son un hervidero de rumores esparcidos por sus rivales: que si ha depuesto al emperador en todo salvo en nombre, que ambiciona la corona imperial, que para ello tiene tratos secretos con Madrid (donde le apoyarían a cambio de meter al Reich en la guerra de Flandes, un berenjenal que nunca consideró en serio), que se burla del mismísimo Papa de Roma (un inútil según todas las fuentes, el problema si acaso era que Wallenstein favorecía a los Jesuitas, que operaban al margen de Roma y al servicio del emperador), que tenía demasiados oficiales protestantes… Digámoslo así: su ascenso había sido muy rápido y había levantado bastantes ampollas, especialmente en Maximilian von Wittelsbach, duque de Baviera y hasta 1625 segundo gallito en el corral católico.

Su problema de fondo era el de todos los trepas: has escalado mucho cuando se producen grandes cambios en el juego, pero si no logras restaurar un equilibrio estable tarde o temprano caerás. Wallenstein necesitaba una paz, pero era el mayor general de la guerra. Necesitaba el reconocimiento de los Príncipes Electores (un grupo que hace que nuestro Consejo Empresarial de la Competitividad [20] parezca el Círculo Podemita de Perroflautas y Malabaristas de Marinaleda), pero arrimarse a ellos sería traicionar al emperador, al que debía todo. No podía ser aceptado mientras comandase 100.000 hombres, pero abandonar el cargo le habría dejado indefenso. Quería una paz con tolerancia religiosa (para conservar Mecklemburgo, poblada de herejes) pero luchaba por un bando que cada vez se radicalizaba más. Necesitaba paz con Francia, donde le tenían por pro-español. En España, desconfiaban de él por querer separar la guerra en el Reich de la Guerra de Flandes (o en las bellas palabras de Golo Mann: “en Madrid no preguntan su opinión antes de perpetrar otra tontería“). En lo personal, al menos no tenía vicios: ni grandes banquetes (de eso ya se encargó la gota), ni colección de amantes, ni la caza. El lujo desmedido con el que demostraba que había logrado triunfar más bien le provocaba el temor a perderlo. Lo que le obsesionaba era el poder.

Pero sobre todo, Wallenstein veía el peligro de una intervención sueca. Mientras apretaba para una paz benévola con Dinamarca, mandaba 15.000 hombres para asistir a Polonia en su guerra con Suecia, cedía otros cuantos contra los envalentonados holandeses, se veía obligado a enviar tropas a Mantua [21] por orden del emperador… Un continuo despilfarro de los escasos recursos del imperio: “uno está tentado de decirles a todos estos potentados: si no sabéis llevar una guerra, no la empecéis. Y eso es lo que un buen conocedor, Wallenstein, lleva 5 años diciendo.” Finalmente, el 6 de marzo de 1629, el emperador “sopla esta trompeta del Juicio Final” y emite el Edicto de Restitución [22]. Dice Golo Mann que

 

“el Edicto sin duda se ajustaba a derecho y era justo – en tanto en cuanto puede ser justo algo cuya aplicación causará nuevas injusticias, desahucios, confusiones, miedos y sufrimientos; en cuanto pueda ser derecho legal algo sobre lo que habían pasado setenta y siete años como el mar sobre las tierras bajas tras romperse los diques […] Querían la paz de 1555, la interpretación literal, en lugar de la paz buena pero ilegal crecida desde entonces.”

 

Alegoría del Edicto: algunos no se tomaron demasiado bien.

 

Finalmente, verano de 1630, Gustav Adolf desembarca en el norte y empieza a ocupar Pomerania. Wallenstein no lo puede impedir porque sus obligaciones imperiales (la guerra en Italia, la amenaza de Francia, la aplicación el Edicto) le han hecho mover el cuartel al sur de Alemania. Muy cerquita, en Regensburg [23], se había reunido la flor, belleza y majestad de la biennacida, honorable y serenísima nobleza de las tierras alemanas para parlamentar con el emperador. Si les digo que aquello debió ser como una mezcla entre casa de putas y cónclave mafioso, estaría siendo injusto: los mafiosos suelen ser gente con más principios y mejor gusto al vestir que aristócratas del XVII. El resultado fue una resolución empujada por Maximiliano de Baviera, quien en privado se burlaba de la fe en la astrología de Wallenstein (mientras él practicaba la caza y quema de brujas en Baviera) y le acusaba de estar conspirando contra el emperador (mientras había hombres de Richelieu que pasaban más tiempo en Munich que en Paris). Fernando probablemente no se creyó ni la mitad, pero interpretó correctamente el envite de los Príncipes Electores (dejar caer a Wallenstein o arriesgarse a que la Liga Católica se hiciese pro-francesa) y relevó a Wallenstein de su cargo. Todo el mundo esperó acojonado, temiendo que Wallenstein usase su ejército, lleno de protestantes, para dar un golpe de estado. En lugar de eso, recibió con calma a los mensajeros, auguró que sin él la guerra iba a irse al carajo bien pronto, que aquello era un error – y se fue a su casa, enfurruñado (una de las pocas aunque deliciosas ocasiones en que Wallenstein usa el castellano en sus cartas es para dedicarles a quienes conspiraban contra él el dicho “cree il ladron que todos son de su condicion” [sic]) pero sin intentar nada.

Este “despido” dura exactamente 15 meses (y aboca a Hans de Witte, su banquero y compinche del consorcio de la moneda, a la bancarrota y al suicidio tirándose a un pozo, ¡para que luego digan que los banqueros no sufren en las guerras!); lo que tardaron el emperador y su corte de asesores en ver que todo se iba al garete y que Wallenstein tenía más razón que un santo. Para poder concentrarse en Gustav Adolf, habían firmado una mala paz con Francia dando Italia por perdida… que el cabrón-pero-con-sentido-de-estado de Richelieu luego ignoró mandando un ejército al oeste del Reich. Sajonia, bajo amenaza directa, se pasó al bando sueco. Y cuando Tilly, el general bávaro bajo cuyo mando habían quedado los ejércitos de Wallenstein (y porque Maximiliano de Baviera no se los pudo quedar en persona), se enfrentó a Gustav Adolf en Breitenfeld [24], el resultado fue una soberana paliza y la destrucción de la fuerza militar imperial. Consecuencias: toda la Alemania protestante acudió –“¡siempre hemos estado contigo, campeón!”- al sueco, media Alemania católica miraba sin disimulo a Francia, España estaba atada en Flandes, Sajonia invadía Silesia y Bohemia, Polonia no podía ayudar por estar atada por una paz con Suecia y una guerra con Moscovia… de no ser por la presión de los persas en su frontera oriental, los turcos se habrían unido para hacer la fiesta perfecta. Normal que en esta situación de pánico, el emperador, cual presidente del Real Madrid, pretendiera devolverle la ilusión a la afición con el re-fichaje del artífice de glorias pasadas al que poco antes había despedido de la peor manera.

 

“Albrecht Eusebius Vicentenstein, los herejes del Barça está a las puertas del Bernabéu, ¿estarías dispuesto a repetir tus grandes hazañas al servicio del Imperio?”

 

El Segundo Generalato

La vuelta de Wallenstein, en diciembre de 1631, en principio se pactó por tres meses, hasta reconstruir el ejército, que Wallenstein logró movilizando recursos y hombres con su habitual maestría, obrando incluso un pequeño milagro dado el estado de la Casa de Austria.

 

“La guerra en las dimensiones en que se hacía ahora solo podía ser llevada por un estado, y sería la guerra la que haría el nuevo estado; pero más tarde. Aún no se había llegado a ese punto […] el organizador de este ejército tenía que suplantar al inexistente estado con su propia y solitaria persona; un sufrido, ingrato y en buena medida fallido esfuerzo.”

 

Luego, obviamente, el general no iba a dejar su juguete en manos de otro. La paz era imposible ahora mismo, así que tocaba luchar, y si era posible romper el halo de Alejandro Magno de IKEA que rodeaba al rey sueco. Esto ocurre en la batalla de Lützen, a la que Golo Mann dedica su buen espacio. Se la describe comúnmente como un choque de imperiales contra suecos, aunque más que nada por comodidad: en ambos lados hay alemanes, en ambos protestantes y católicos, y ambos ejércitos se mantienen a duras penas unidos.

Wallenstein, militar prudente, suele plantear batallas defensivas, y pocas veces ataca. También en Lützen. Sabe que Gustav “perro loco” Adolf va a atacar con su ligera superioridad numérica y piensa aprovecharlo (mientras espera los refuerzos de su subordinado Pappenheim [25]). Demostrando que ha aprendido algo de esta guerra, Wallenstein desecha los grandes bloques al estilo de los tercios (poco móviles y que desaprovechan a los soldados en el centro) y organiza las compañías en líneas estiradas siguiendo el modelo holandés para aprovechar mejor las armas de fuego. Finalmente, tras un comienzo de rifi-rafe, la batalla deviene una masacre caótica, Wallenstein está a punto de ganar pero unos nobles huidos (que serán decapitados unos meses después por cobardía y deserción) le privan de la victoria, y la cosa finaliza con un empate a muertos con ligera ventaja para Wallenstein, que sin embargo se retira y cede el campo a los suecos. La única ganancia aparente: Gustav Adolf ha caído muerto por querer jugar demasiado a los soldaditos y exponerse personalmente.

Sin embargo, muerto el rey, llega uno peor: su canciller Oxenstierna, sin las ideas “a lo Don Quijote” de su soberano, más realista pero también menos caballeroso. Sin oposición por parte de la hija de Adolf, la adolescente Cristina, se gana el apoyo del Consejo Real Sueco germanizando la guerra: menos soldados suecos y menos impuestos, ahora lucharán mercenarios y los protestantes alemanes lo pagarán todo bajo amenaza de dejarles a los pies del emperador. Todo formalizado en la Liga de Heilbronn [26], con apoyo de Francia. Para que se hagan una idea del personaje y la situación: cuando en Heilbronn los protestantes le tocan mucho las narices con el orden de precedencia, ordena quitar las sillas de la sala de conferencias para que ninguno pueda sentarse antes que el otro.

En la nueva situación de empate militar durante el invierno de 1632-33, Oxenstierna inicia negociaciones con Wallenstein, “coño, que nosotros tenemos los ejércitos y si logramos una paz los demás tendrán que seguirnos”, y le propone que se haga con la corona de Bohemia para forzar un final de la guerra, que Suecia se conforma con que le dejen la costa báltica. Wallenstein declina cortésmente, el problema es que Suecia insistirá bastante en esto, y lo hace en el marco de unas conversaciones informales de las que en Viena nadie sabe nada… de momento. Francia, amigo de Suecia y en tratos también con Baviera, le ofrece un pacto ligeramente diferente. Wallenstein intenta jugar uno contra otro, pero empieza a pasarse de listo. Golo Mann afirma que Wallenstein debería haber pasado el invierno en Viena para ponerse al frente del “partido de la paz”, porque más que el cómo de la paz el problema era que en Viena se diesen cuenta de que esta era necesaria, y que al quedarse con su ejército se convirtió en un partido él mismo, en un factor cada vez menos controlado que desataba paranoias en los consejeros imperiales.

Al mismo tiempo, Wallenstein empieza a flaquear. Tiene 50 años (que en aquellos años equivalía a 60 y pico), no tiene hijos ni perspectiva ya de tenerlos, y su afilada y fría mente empieza a perder el rumbo. Aún tiene las cosas claras, pero a ratos chochea, y no quiere ver que su situación es cada vez más insostenible: si no gana la guerra para el emperador, está jodido. Si gana, se ha ganado ya tantos enemigos entre la nobleza que tampoco durará mucho, aparte de que ve imposible ganar militarmente. Y una paz negociada también parece imposible por la complejidad de la guerra, los numerosos intereses, los fanáticos (en ambos bandos, aunque los que le dan problemas son los suyos), y los españoles siempre dando por culo con Flandes, que ya es una causa perdida para los restos. Por ello tiene que jugar a varias bandas: la negociación básica con los protestantes alemanes, luego la negociación adicional con Suecia y los exiliados bohemios (porque sin ellos no puede haber paz), y finalmente otra indirecta con Francia (por si con Suecia y bohemios no llega). Casi todo el año 1633 se pierde así, hasta que en octubre Wallenstein finalmente avanza y recupera Silesia para el emperador. Pero ya es tarde: en Viena sus enemigos han afilado los cuchillos ante la inoperancia.

La gota que colma el vaso es un avance sueco sobre Baviera. Wallenstein lo toma por un farol e ignora las peticiones de ayuda de Maximiliano. Cuando los suecos capturan Regensburg, se dirige en persona hacia allí con un ejército… para dar media vuelta por causa del frio invernal. Finalmente, desobedece dos órdenes directas del emperador. Órdenes absurdas, sin duda (salir en noviembre de Bohemia y buscar cuarteles de invierno en la Sajonia enemiga, avanzar contra Regensburg con tropas insuficientes), pero no ve que no se trata de tener razón: se trata de quién manda, si el emperador o su general.

 

Vamos a dejarlo claro: lo de “reina pero no gobierna” es para mariconas de otros siglos.

 

El Final

Hacia enero de 1634, las cosas se precipitan. En Bruselas ha muerto la soberana Isabel Clara Eugenia [27], hija de Felipe II. Su sucesor, el cardenal-infante Fernando [28], lleva meses en Milán porque el Camino Español [29] es inseguro debido al avance francés. Madrid sugiere que tome una ruta alternativa por Austria y Bohemia, para luego atravesar el norte de Alemania acompañado de 6000 soldados de Wallenstein. ¿Una ruta tan larga e infestada de tropas suecas? Wallenstein se niega a perder hombres de forma tan absurda; y lo que pierde es el favor español. Finalmente, empieza a circular por la corte de Viena una “Exhortatio Angeli Provincialis ad Imperatorem et Reges Austriacos” (“exhortación del ángel de la guardia de las Provincias de la Corona al emperador y los Reyes de los Austria”, no me pregunten si es el mismo ángel que ayuda a aparcar [30] al Ministro del Interior), que tiene toda la pinta de haber sido redactada por un Jesuita, orden que ahora está enfrentada a Wallenstein, ya que este aboga por tolerancia religiosa para lograr la paz:

 

“A un duque habéis elegido para vuestros ejércitos, del que sabéis que es vengativo, caído de la Iglesia, loco y rabioso, cegado por la soberbia, sin buscar la gloria del Altísimo, no, solo la suya propia, que no respeta la religión para nada, que en vuestros propios ejércitos tolera los anales servicios de los herejes [en el original: “den Afterdienst der Ketzer duldet”, confieso que no entiendo si quiere decir que los servicios religiosos de los herejes son anales/mierdosos, o que los herejes gustan de prácticas sodomitas], que no pide consejo a Dios sino a magos y videntes, que decide sobre la paz y la guerra según las indicaciones de los astrólogos, que descuida la guerra para perseguir el fantasma de una paz ingenua… No digo más, lo sabéis y lo ocultáis… Mirad como este general os engaña; quiere parar la guerra para facilitar la paz, y le creéis, amantes de la paz como sois, pero ved la gente con la que anda en tratos, y la forma y manera de dichos tratos… Solo una salvación hay: despedidle y nombrad de puro corazón al rey Fernando [Fernando de Hungría, hijo del emperador]… esto lo anuncia Dios a través de mi, su ángel. Realizadlo, rápido. Seguid su consejo o pereced.”

 

La evolución de su firma AHZF con el tiempo. Algo cascado si se le nota.

 

Wallenstein, cada vez más enfermo y cascado, reúne en Pilsen a sus 47 coroneles y les hace firmar un papel de adhesión y de apoyo a su política. Papel que luego fue interpretado por sus jueces (un tribunal secreto nombrado por el emperador en aquellos días, de tres jueces, dos de ellos antiguos miembros de la “facción de Friedland” de la corte de Viena, para que no se diga) como prueba de que iba a dar un golpe de estado en Bohemia y hacerse con la corona. La puntilla la dio una “denuncia” de uno de los 47, Octavio Piccolomini [31], enriquecido con el saqueo de Mantua y afamado por su papel en Lützen, que se veía relegado por Wallenstein en favor de otros favoritos, y que quería seguir la guerra porque le había pillado el gusto a esto de enriquecerse saqueando. El tribunal secreto falló que Wallenstein era culpable y en una sentencia secreta ordenaba detenerlo o, de ser necesario, “exturbarle del número de los mortales.”

Una vez tomada la decisión, se le aisló de sus tropas mediante cartas imperiales a los coroneles, a los que se les prometió pagar los atrasos (lo normal era que ellos montaran los regimientos adelantando el dinero y luego participaran en el botín y de los pagos regulares… que siempre se retrasaban; un factor no menor en la sentencia era que permitiría confiscar las posesiones de Wallenstein y sus asociados, la cuarta parte de Bohemia prácticamente, una perita en dulce para la siempre arruinada hacienda de los Habsburgo). Finalmente Wallenstein se dio cuenta de la trampa cerrándose y salió por patas desde Pilsen hacia Sajonia, con un modesto entourage de 200 acompañantes y toda la pasta y el oro que pudo arramblar. Al tercer día, hacen noche en la ciudad fronteriza de Eger, guarnecida por el coronel John Gordon, un mercenario escocés y calvinista, al que Wallenstein había ascendido desde soldado raso. Pero en vez de seguir, se quedan esperando los últimos refuerzos y la llegada de algún ejército protestante para volver con él a Bohemia. Error mortal. El día siguiente, el 25 de febrero de 1634, sábado antes de Carnaval, Gordon invita a cenar a los principales colaboradores de Wallenstein. Mientras se ponen ciegos de vino y trucha en lecho de caracoles, mercenarios irlandeses entran en el castillo. A la hora mandada, una docena irrumpe en la sala al grito de “¿quién es leal a Austria?” Gordon y sus hombres, como un coro ensayado, se levantan y proclaman “Vivat Ferdinandus.” Los demás son masacrados sin piedad. Uno de ellos, Trčka [32] -concuñado de Wallenstein- logra escapar de la sala y llegar al puente levadizo. Le piden el santo y seña y replica “Sankt Jakob” (Santiago). “Pues no, ahora es Österreich” (Austria), replican los irlandeses y le matan ahí mismo. Finalmente, un capitán irlandés llamado Walter Deveraux bajó a Eger a la casa donde se alojaba Wallenstein y echó abajo la puerta de su dormitorio. Se dice que Wallenstein, en ropa de cama y de pie junto a la ventana, aún pidió cuartel: un reflejo de viejo soldado; sabía que era su hora y no se movió. Deveraux le clavó una lanza en el torso que le atravesó de lado a lado (una leyenda afirma que habían mojado la lanza en agua bendita, pues se decía que Wallenstein tenía baraka [33] y que las armas no podían herirle). Murió antes de tocar el suelo.

 

Exturbación.

 

Valoración

No nos engañemos: Wallenstein era un hijoputa frio, codicioso y desalmado al que una vida humana no le importaba mucho. Visto en el contexto de su época, por otra parte, no era particularmente malvado (aunque a las víctimas de sus políticas el saber que las estaban matando por fríos negocios y no por fanatismo religioso no las consolaría), y mucho más realista que el resto de sus compinches. Diez años tras su muerte, cientos de diplomáticos se reunirían en Münster y Osnabrück para a lo largo de un lustro negociar una paz… que se parecía mucho a lo que ya esbozaba Wallenstein en su correspondencia durante 1633: el Edicto de Restitución desactivado, Francia recibe territorios en el Rin, Flandes en consecuencia se da por perdido (y el emperador tiene que romper con sus primos españoles), Suecia se conforma con la costa báltica, se confirma el statu quo de Bohemia, tolerancia religiosa generalizada en el Reich. Tonto no era, pese a sus chocheos finales.

¿Y qué interés podemos tener nosotros en él y por extensión en esta obra? Pues sumergirnos a fondo en el universo mental de la época, para entender como hablaban, pensaban y sentían quienes partían el bacalao, y de ahí entender toda esa absurda guerra. En ese sentido, son mil páginas muy bien aprovechadas, que no solo te explican qué pasó sino que te dan la sensación de haber estado allí, y Golo Mann se merece entrar por la puerta grande en el Panteón de Ilustres Autores de LPD, porque logra transmitir todos los detalles, las mezquindades y el cinismo que movían a los Grandes Personajes, especialmente de este, un trepa que prácticamente de la nada ascendió a lo más alto a base de brutalidad calculada, traiciones y arrimarse al padrino adecuado. Como por otra parte han empezado todas las grandes casas si retrocedemos lo bastante. Luego… pues lo de siempre, es la cambiante Fortuna, y no la Justicia, quien determina si algún descendiente tuyo terminará siendo “legítimo heredero de la dinastía histórica” y símbolo y garantía de la unidad de la patria, o si tu cabeza acaba clavada en una pica a las puertas de la ciudad.