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“Die verlorene Ehre der Katharina Blum” – Heinrich Böll

Antes de empezar a aleccionarles con mi esnobismo, quiero aclarar que condeno sin reservas el uso de violencia en la política, incluyendo la injustificable agresión sufrida por Mariano Rajoy en Pontevedra durante la campaña electoral.

En cuanto a la frase de Heinrich Böll “la violencia de las palabras a veces puede ser peor que la de bofetadas y pistolas”, curiosamente compartida por la Audiencia Nacional [1], quiero decir que tampoco la comparto, aunque reconozco que chuparse enterita la Segunda Guerra Mundial le confiere a Böll cierta autoridad para decirla que no tenemos ni yo ni –creo- la Audiencia Nacional.

 

La Prensa del Boulevard

Seguro que han oído hablar mucho –y poco de ello bueno- del diario alemán BILD: un impresentable pastiche que hace populismo de baja estolfa con portadas sensacionalistas y titulares infames. La existencia de este y otros diarios sensacionalistas (lo que aquí llamamos tabloides y en Alemania llaman Boulevardpresse, que pese a su fino nombre no significa otra cosa que “prensa callejera”), junto con importantes partidos xenófobos, en los países dizque civilizados de más allá de Perpiñán, a ojos de muchos españoles demuestra una vez más que todo eso del progreso, la democracia, la Ilustración y las libertades está sobrevalorado, mientras que la ausencia de dichos diarios en España probaría la superioridad de nuestro modelo civilizatorio. La verdad es que la ausencia de una prensa tan impresentable se debe a las mismas razones por las que tampoco tenemos impresentables partidos xenófobos y ultrareaccionarios: porque lo que en esos países civilizados se tiene por impresentable, aquí es directamente mainstream y ya tenemos a la prensa “seria” y a partidos “de centro” para soltar lo mismo.

Por fortuna, en Alemania hay gente consciente de esta impresentabilidad, y la denuncia y expone. Y hoy les traemos una pequeña joya de ese activismo, escrita en 1974, que en esta época de terrorismo y tertulianismo que nos ha tocado vivir resulta de lo más actual. Escrita, además, por un señor premio Nobel de Literatura, y que comienza el libro con un prefacio que da en toda la diana:

 

“Personas y eventos de esta narración son inventados. Si durante la descripción de ciertas prácticas periodísticas hubiesen surgido similitudes con las prácticas del diario BILD, entonces estas similitudes no son ni intencionadas ni casuales, sino inevitables.”

 

Una portada sosa para una obra maestra.

 

Böll

Un poco de contexto: Heinrich Theodor Böll, laureado Nobel en diciembre de 1972 (seis meses antes, un puñado de policías había registrado su casa en busca de terroristas de la RAF [2]), era por nacimiento un destacado exponente de un entorno socio-económico muy concreto, algo que los alemanes llaman con mucha mayor elegancia que nosotros (y usando una palabra francesa, claro) milieu [3]: la pequeña burguesía católica del oeste de Alemania, concretamente de Colonia. Hijo de un carpintero, tercero de ocho hermanos, estudiante de literatura, soldado durante los seis años de la Segunda Guerra Mundial. Pero Böll pronto abandonó este milieu para convertirse en uno de los mayores intelectuales de izquierdas de Alemania, llegando a apostatar oficialmente de la Iglesia Católica en 1976 (aunque sin “salirse de la fe”, como decía). Y todo ello, sin renunciar a una postura muy crítica con los países comunistas: en 1961, durante un viaje por Checoslovaquia, Böll y su familia sacaron a la pianista -y esposa de un disidente- Mandlová Jaroslava del país dentro de un compartimento secreto del coche familiar.

En enero de 1972, Böll publicó un ensayo [4] en la revista Der Spiegel, donde teorizaba sobre Ulrike Meinhof [5], el terrorismo, y su cobertura mediática. La revista, sin consultarle, cambió el título original “Tanto amor a la vez” (una sardónica referencia a un titular habitual del BILD en navidades) por “¿Quiere Ulrike clemencia o salir libre?” (una cita poco afortunada del contenido, donde el uso del nombre de pila –que Böll usó seguido del apellido- de la terrorista parecía sugerir una cercanía personal, en fin, ya saben lo estirados que pueden llegar a ser los alemanes), y el resultado fue una tormenta de indignación contra Böll. Böll también criticaba el sensacionalismo de BILD, que atribuía a la RAF crímenes que la policía no había resuelto, en un lenguaje que no se cortaba un pelo:

 

“Esto ya no es criptofascista, ya no es fascista, es Fascismo a secas. Ataques, mentiras, basura. Esta forma de demagogia no se justificaría ni aunque las sospechas de la policía de Kaiserslautern se confirmasen. En un estado de derecho un sospechoso tiene derecho a que, ya que se puede publicar una sospecha, se indique que esta es presunta. El titular “Baader-Meinhof sigue asesinando” es una instigación a cometer linchamientos. Millones de lectores para los que BILD es la única fuente son alimentados con informaciones falsas.”

 

A pesar de todo, en el mismo ensayo no dejaba de criticar a los terroristas:

 

“No hay duda – Ulrike Meinhof vive en un estado de guerra contra esta sociedad. Cualquiera pudo leer sus editoriales, cualquiera puede leer el manifiesto escrito tras el paso a la clandestinidad. Esto es una guerra de 6 contra 60.000.000. Una guerra sin sentido, no solo en mi opinión, no solo en general, sino incluso en el sentido de los conceptos publicados.”

 

El BILD y la Alemania conservadora nunca le perdonaron estos posicionamientos y este ensayo (que, según Böll posteriormente, pecaba más por lo que callaba que por lo que decía), y le acusaron de simpatizante de terrorismo y justificante de sus acciones. Fruto de esta campaña contra su persona, Böll escribió la obra que nos ocupa.

 

“Hago un llamamiento a toda la población a distanciarse del terrorismo; especialmente al poeta Heinrich Böll, que hace pocos meses y bajo el seudónimo Katharina Blüm ha escrito un libro justificando la violencia.” (Karl Carstens, futuro presidente de la República Federal de Alemania, se marca un Sara Mago)

 

“El Honor Perdido de Katharina Blum”

Katharina Blum es la protagonista del extremadamente corto relato (122 páginas livianas en la edición que manejo). Estatura media, 27 años, divorciada. Originaria del pequeño pueblo ficticio de Gemmelbroich. Hija de un hogar que hoy llamaríamos “desestructurado” pero que en los años setenta no tenían tapujos en llamar “de clase baja”: el padre, un minero ya fallecido por una herida en el pulmón que se trajo de vuelta de la Ostfront. La madre, inestable, alcohólica y enferma de cáncer, tiene mala reputación en el pueblo desde que ella y el sacristán robaron una botella de vino de misa para bebérsela juntos. El hermano cumple condena por robos menores. A los veinte años, Katharina se casó para escaparse de ese ambiente, pronto se dio cuenta de que su marido no la hacía feliz, y le abandonó para irse a la gran ciudad cercana (no detallada, pero se deduce que es Colonia). Allí consiguió trabajo como empleada del hogar, y pronto destacó por sus dotes organizativas. Obtuvo una formación, trabajó duro en una empresa de organización de eventos, ahorró como una hormiguita, y así logró el sueño de la clase media: una hipoteca para un pisito en las afueras y un coche. Una persona pulcra, intachable, sin vicios conocidos, sin militancia política. Algo fría y reservada, tal vez. Especialmente ante los avances e intentos de sus compañeros de trabajo varones, que la llaman “la monja”.

El miércoles 20.2.1974 (Böll escribe su relato como un informe oficial, con fechas, horas, declaraciones y fichas policiales), esta ciudadana sin tacha sale de su hogar camino de una fiesta en casa de Else Woltersheim, una tía suya. Allí conoce a un hombre, Ludwig Götten, y se lo lleva de vuelta a casa. A la mañana siguiente, la policía echa abajo la puerta y se la encuentra desayunando sola. Götten, sospechoso de varios crímenes y bajo vigilancia policial para ver si les llevaba con el resto de su banda, ha escapado. Hasta aquí los hechos.

Lo que sigue es el trabajo de la policía, que lógicamente sospecha de ella como cómplice de Götten. Aunque por supuesto no la torturan, si es cierto que algunos policías se dirigen a ella en un lenguaje impropio. Con su lenguaje correcto-documentalista-formal (marca de la casa de Böll, que con jerga de administrativo logra aflorar unos sentimientos, humanidad y humor con una maestría que ya de por si justificaría de sobra el Nobel, incluyendo media página de discusión entre Katharina y el comisario sobre si es más apropiada la palabra “afecto” o “atracción” en el protocolo, y perdonen aquí mi esnobismo pro-germano pero esa discusión, todas las citas de este post y el idioma en general son imposibles de traducir apropiadamente), el narrador excusa los exabruptos en la comprensible frustración de los agentes ante el fracaso del operativo. También, la indagación del fiscal en los asuntos y enseres personales de Katharina. A nadie le gustaría, claro, pero entendemos que la policía tiene que hacer su trabajo y hacer ciertas cosas molestas para velar por la seguridad de todos. También es cierto que no encuentran evidencias y la dejan marchar. Hasta aquí la policía.

 

Temblad ante el poder de… ¡ZEITUNG!

Y ahora aparece la ZEITUNG. Así, en mayúsculas en todo el relato, saltándole al lector a la cara en cada página que abre. “Zeitung” es simplemente “periódico”, pero hasta el más tonto se da cuenta de a qué periódico se refiere (el nombre oficial del BILD antes era “BILD-Zeitung”). Cuando Katharina es llevada el jueves 21.2 a comisaría, un reportero gráfico de la ZEITUNG ya está delante de su casa y le saca fotos. Otro reportero, Werner Tötges (que me hizo recordar la simpática frase que le oí decir a un miembro del gremio: “un periodista es un hijoputa hasta que se demuestre lo contrario”), empieza en seguida a obtener declaraciones de sus vecinos, conocidos y amigos. El viernes a primera hora la ZEITUNG ya tiene sus titulares de portada: “Katharina Blum, novia del ladrón, se niega a declarar sobre visitas de caballeros”. Su jefe, que le dijo a la ZEITUNG que Katharina es “inteligente y no actúa en caliente”, es citado describiéndola “calculadora y fría como un témpano”. El párroco de Gemmelbroich declara “me lo creo todo de ella. El padre era un comunista encubierto y la madre, a la que por caridad contraté para que me limpiara la casa, organizaba orgías en la sacristía con vino de misa robado.” “La Blum recibía visitas masculinas desde hacía dos años. ¿Era su casa un punto de encuentro, un zulo, un piso franco? ¿Cómo ha logrado una empleada del hogar de 27 años una hipoteca para un piso de 110.000 marcos? ¿Era el botín de los robos bancarios? Mañana más. ZEITUNG SIGUE PEGADA A LOS ACONTECIMIENTOS.

 

Pegados a los acontecimientos.

 

El sábado 22.2 la ZEITUNG da otra vuelta de tuerca: “¡la novia del asesino calla!” Tötges busca a la madre en un hospital y le arranca declaraciones, convirtiendo un “¿cómo llegamos a esto?” en un “teníamos que llegar a esto” (Tötges afirma que es su obligación proporcionar “ayuda articulativa” a la “gente sencilla”); la madre, convaleciente de una operación, muere al día siguiente. También busca al ex–marido,

 

“el honrado trabajador textil Wilhelm Brettloh, quien declaró bajo lágrimas “ahora entiendo porqué me dejó, no le bastaba nuestra sencilla felicidad, como iba un humilde trabajador a poder comprarle un Porsche. Díganselo a sus lectores: así tienen que acabar esas falsas fantasías socialistas. Ahora sé porqué me causaba temor su radicalidad y su enemistad con la Iglesia, y doy gracias a Dios que no nos bendijera con niños. Y si oigo que prefería los afectos de un asesino a mis sencilla atracción por ella, entonces esto también está aclarado. Katharina, ¿porqué te fuiste? Un Porsche no, pero un modesto patrimonio y un pequeño utilitario sí habría podido ofrecerte un honesto trabajador que desconfía del sindicato.” El destrozado ex–marido, al que ZEITUNG localizó durante una prueba del grupo de flautas y trompetas de Gemmelsbroich, se apartó a llorar.”

 

Todas estas cosas, claro, la ZEITUNG no las ha averiguado con trabajo de campo solamente: es obvio que alguien en comisaría está filtrando el estado de las investigaciones, pero cuando Katharina se lo echa en cara al fiscal este le suelta un discurso sobre la libertad de prensa y tal. Una agente de policía le trae recortes de otros periódicos y le indica que son bastante más comedidos y no han publicado su nombre, pero Katharina estalla a llorar: “¡eso no importa, todo el mundo que yo conozco lee la ZEITUNG!” Sabe que le han destrozado la vida.

 

Vidas destrozadas, reinos perdidos, tronos que se tambalean, la democracia en peligro.

 

“Como se crea la violencia y a donde puede llevar”

Por supuesto la ZEITUNG no se rebajará a amenazas ni soeces ni nada similar, por favor, claro que no. Siempre con la ley, el orden y el buen gusto (excepto en la página tres [6]). Otra cosa son sus lectores, que se sientan impulsado a hacer según qué cosas, pero eso no es culpa de una prensa libre, ¿no? El perplejo narrador no acusa, claro, simplemente enumera meticulosamente lo que Katharina se encuentra en su buzón (aún no existía Internet y la gente que quería insultar desde el anonimato tenía que escribir cartas) 24 horas después de los primeros titulares:

 

La policía busca incongruencias: encuentra un anillo valorado en 10.000 marcos, así como un kilometraje inexplicable en su coche. Insinúan que ya conocía a Götten de antes. Insisten en las “visitas de caballeros” que reportan varios vecinos a la ZEITUNG, pero Katharina no suelta prenda. Finalmente, Götten es atrapado en un chalet alejado, la segunda residencia de un tal Sträubele, importante capitán industrial y amigo de los empleadores de Katharina. Sträubele -casado y con cuatro hijos para más señas- acosaba de forma insistente a Katharina y prácticamente la obligó a aceptar el anillo y una copia de la llave del chalet, “por si quieres que nos veamos”. Llave que usó Götten para entrar en el chalet. Sträubele, por supuesto, mueve sus hilos con la ZEITUNG, y al día siguiente, domingo 24.2.1974, aparece la -¡atención!- SONNTAGSZEITUNG y las “visitas de caballeros” en casa de Katharina desaparecen de los titulares para ser reemplazadas por “visitas de mujercita” a casa de Sträubele, con Katharina de acosadora del pobre hombre y robándole las llaves. “Götten insiste en exculpar a Blum. ¿Es posible que nuestros métodos de interrogatorio sean demasiado blandos? ¿Tenemos que permanecer humanos ante los inhumanos?” La SONNTAGSZEITUNG además le echa a Katharina la culpa de la temprana muerte de su madre y empieza a sacar los asuntos personales de su tía Else Woltersheim: hija de una madre soltera que vive -¡voluntaria!- en la RDA, y cuyo supuesto padre biológico emigró en 1932 a la URSS (donde cayó víctima de las purgas, aunque eso ya no lo mencionan). Solo falta la cinta de la Orquesta Mondragón.

Katharina lee la SONNTAGSZEITUNG en casa de su tía. Es evidente que algo hace click en su cabeza. Termina y dice que va a salir. El día anterior había concertado una cita con el periodista, Tötges, al mediodía en casa de ella, para intentar aclararlo todo. El narrador dice que de lo ocurrido solo existe el testimonio de Katharina, así que pide al lector tomárselo con cautela. Según ella, Tötges llega de repente, sin llamar al telefonillo ni nada, y con un sonrisa sardónica le suelta “ey, florecilla, ¿y ahora qué hacemos? Pues vamos a echar un polvo, ¿no?” para a continuación irse directo a quitarle la ropa. Y en ese momento la señorita Blum saca una pistola y le mete cuatro balas en el cuerpo. ¡Justificación de la violencia! El arma homicida por cierto la robó de Konrad Beiters (novio de Woltersheim y nazi activo 30 años atrás, razón por la cual, según dice él mismo jocoso, ni la policía ni la ZEITUNG se han interesado por él) con la intención de amenazar al periodista, nada más.

Si, al final Katharina se carga al periodista. Ala, toma Spoiler de tu Página Spoiler Definitiva; pero no se preocupen que esto no impide la lectura (y si no les apetece ni eso, hasta tienen una película [7]), en realidad este asesinato aparece en las primeras cinco páginas para justificar todo el peritaje policial que constituye el relato, que a partir de ahí se narra en plan flashback/reconstrucción como intento de explicar cómo una persona perfectamente normal y sin antecedentes puede pasar en cuatro días de ir a una fiesta a divertirse un poco a coser a tiros a un periodista una persona. Sin duda, obra de Satanás, que ya lo intuía el párroco de Gemmelbroich, que gustaba de llamar a Katharina “Katharincilla la rojilla” en clase de catequesis, y que sabía a ciencia cierta que el padre era comunista porque en una ocasión le dijo a un amigo en un bar “pues el socialismo no me parece lo peor”.

 

Todo Dios lee el BILD: “Somos Papa.”

 

Los perros guardianes de la democracia

Tras deambular confusa durante unas horas por la ciudad, Katharina Blum se entrega a la policía porque es lo correcto cuando haces algo malo. Remordimientos, lo que se dice remordimientos genuinos, no tiene ninguno. Ella lo que quiere es estar con su amado Götten. Porque ese es el factor desestabilizador que desencaja todo el relato correcto-formal, que perturba toda esta sociedad tan funcional y planificada: el amor. Katharina Blum conoció a Götten y se enamoró de él allí mismo. Eso es todo. Eso es lo que ZEITUNG, sus lectores y todos los demás no pueden entender. Götten, por cierto, no es asesino ni terrorista ni ladrón de bancos, es un desertor de la Bundeswehr que al desertar vació la caja fuerte de su regimiento. A él le esperan unos siete u ocho años, a Katharina puede que diez, con buena conducta (significativamente, y pese a su probada capacidad como contable –o precisamente por ella- el sistema de prisiones se niega a emplearla como ayudante de contabilidad, no sea que vea algo raro en los libros). Luego serán libres, aunque sus vidas, y las de muchos de sus amigos, conocidos y familiares, han quedado destrozadas. No por el trabajo policial, sino por el sensacionalismo sin escrúpulos de la ZEITUNG.

¡Que nadie piense que queremos abolir la prensa! Una prensa libre es necesaria para una democracia funcional. El propio semanario Der Spiegel (que también tiene sus intereses y mierdecillas de andar por casa, por supuesto) lo ha demostrado: destapó el escándalo Flick [8] y filtró informes de la OTAN [9] que acabaron con varios miembros de la redacción entre rejas, la más alta distinción a la que puede aspirar un periodista. En 1978 la RDA cerró la oficina del Spiegel en Berlín Este “por meterse en asuntos internos de la RDA.” Willy Brandt les llamó “gacetilla de mierda”. No consta que ningún canciller haya dicho lo mismo del BILD. 4 millones de lectores no son algo a lo que un cargo electo quiera enfrentarse. Tampoco hay tantos héroes en la sociedad civil: Heinrich Böll y su ensayo son la excepción, no la norma. Ejemplos de linchamiento mediático [10] están en mente de todos. Y aún así ese activismo ha logrado sacarle los colores a la manipulación mediática y al sensacionalismo en Alemania (lo que no quita que allí hagan las mismas barbaridades que en otras latitudes, pero como que les da un poco de vergüenza emplear todos los registros y hacerlo a la vista de todos). Por eso es tan importante que no caiga en el olvido este libro, especialmente en estos días de histeria antiterrorista [11]. Para que no olvidemos que los perros ladradores de la democracia, a veces, también muerden sin mirar mucho.

 

El estado de la cosa. Perded toda Esperanza los que aquí entráis.