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Imperios del mundo atlántico. España y Gran Bretaña en América (1492-1830)

 John H. Elliott

Este libro parte de un planteamiento novedoso, como es la comparación, en paralelo, de los dos principales imperios que se asentaron en América a lo largo de la Edad Moderna (con permiso de Portugal y su enorme colonia brasileña): el español y el británico. Es una comparación interesante, sobre todo, para constatar las divergencias entre los dos tipos de imperio, que son muchas, y desde muchos puntos de vista: un imperio continental (el español) frente a un imperio mucho más centrado en la colonización de enclaves estratégicos (el británico); un imperio que intenta incorporar a las poblaciones nativas a través de la religión frente a otro que las ignora y las percibe desde un principio, exclusivamente, como amenaza que hay que conjurar como sea; un imperio cuya riqueza se basa en los metales preciosos frente a otro que busca explotar el comercio de productos exóticos; etc.

La comparación es interesante, pero a menudo también forzada. Precisamente, por las múltiples diferencias entre ambos. El español es mucho más grande, mucho más poblado, y mucho más determinante para la metrópoli, que el británico, que sólo comienza a ser importante, justamente, cuando las Trece Colonias alcanzan su independencia. En relación con ello, el énfasis del autor se centra en las mencionadas Trece Colonias (obviando la historia de la Canadá británica o los asentamientos en el Caribe), frente a un análisis del Imperio español mucho más difuminado y disperso entre sus múltiples posesiones americanas.

Además, concurre otra circunstancia, particularmente deprimente para quien esto escribe, para disminuir el interés por al menos una parte del libro: la historia de las Trece Colonias ya nos la sabemos bien, por lo mucho que nos han dado el coñazo con ella por tierra, mar y aire. Y, de hecho, yo me la sabía mucho mejor que la del Imperio español en América, cuyo interés por sus avatares históricos lo había centrado siempre en la etapa inicial (el descubrimiento y la conquista), [1] dejando un tanto de lado lo demás.

“Lo demás”, la expansión, consolidación y pérdida del Imperio español, es también interesante. Es, ante todo, muy español. El Imperio busca enriquecer a los colonizadores y a la Corona, por supuesto. Pero también es partícipe de la “misión histórica” española: la defensa de la religión, aquí reflejada en la evangelización, y con los mismos criterios que en España. Da igual lo que la gente sea, mientras sean buenos católicos. Por eso, los clérigos que llegan a América no pierden tiempo en evangelizar a todos los indios que pillan por banda, y que no han muerto por efecto del régimen de esclavitud o (sobre todo) por las enfermedades que han traído los conquistadores.

Dichos conquistadores tampoco tienen remilgos en mezclarse con los conquistados y con los esclavos negros que llegan posteriormente, dando lugar a una sociedad mestiza, con complejísimas gradaciones que expresan la “pureza” de la sangre, totalmente ajenas a lo que sucede en esos mismos momentos en las Trece Colonias, donde no se mezcla con los indios ni Dios:

Estaba en proceso de formación lo que llegaría a conocerse como una sociedad de ‘castas’ (…) Los mestizos nacidos de las uniones entre hombres españoles y mujeres indias fueron la primera de esas castas, pero pronto se les sumaron otras, como los mulatos (hijos de las uniones entre criollos y negros) y los zambos (descendientes de las uniones entre indios y negros) (…) A medida que las combinaciones y permutaciones se multiplicaban, también lo hacían las iniciativas para idear taxonomías que las describieran basadas en grados de relación y gradaciones del color de la piel que cubrían toda la gama del blanco al negro (…) La sociedad colonial, como la de la España metropolitana, estaba obsesionada con la genealogía. El linaje y el honor iban cogidos de la mano y el deseo de mantener ambos intactos encontró su manifestación externa en la preocupación por la limpieza de sangre (…) Con todo, las barreras de la segregación estaban lejos de ser infranqueables y fueron objeto de acalorado debate en el seno de la sociedad colonial. En Nueva España al menos era posible eliminar la mancha de sangre india, aunque no africana, en el curso de tres generaciones mediante matrimonios sucesivos en la casta de rango inmediatamente superior en el orden pigmentocrático: ‘si el compuesto es nacido de español e inidio sale la mancha al tercer grado, porque se regula que de español e indio sale mestizo, de éste y español castizo, y de éste y español sale ya español’ (págs. 263-265)

El Imperio español es mucho más grande, pero también más poblado, y con ciudades más grandes. Esto deriva, en parte, de que la llegada de colonizadores comienza un siglo antes (250000 castellanos emigran a América en el siglo XVI). Pero, sobre todo, se debe a la integración de grandes imperios conquistados, el azteca y el inca, y a sus poblaciones (entiéndase bien: a la población que sobrevive a la conquista). Estos imperios tienen un grado de organización y civilización mucho mayor que las sociedades de cazadores nómadas de Norteamérica. Y también grandes ciudades, como Tenochtitlán, refundada como Ciudad de México. O ciudades de nuevo cuño en las que se concentra la población (menos interesada que los colonizadores británicos en dispersarse en pequeñas propiedades rurales). Algunas tan espectaculares como Potosí, la ciudad a 4000 metros de altura nacida al albur de los yacimientos de plata de Perú, que superó los 100000 habitantes a principios del siglo XVII.

Potosí (Bolivia). Actualmente tiene los mismos habitantes que en el siglo XVII

En consonancia con lo anterior, la metrópoli también se preocupa más por su Imperio en el caso español que en el británico. El interés de Gran Bretaña por sus colonias es escaso a lo largo de todo el siglo XVII, y sólo comienza a remontar ya en el siglo XVIII. Al principio las Trece Colonias son, más que otra cosa, un incordio, que sirve para desembarazarse de la población más irritante (como los puritanos). La Corona española, en cambio, desde el principio despliega sobre su Imperio todo el poderío de la burocracia española, con sus disposiciones y reglamentos que buscan organizarlo absolutamente todo, aunque a menudo no se cumplan. Ello crea una sociedad mucho más organizada y controlada, al menos de iure, en la que –con más o menos fortuna- se acaba integrando a los criollos, sobre todo cuando se percibe que la irritación con los señoritos peninsulares enviados desde Madrid para mandar comienza a crecer demasiado. Como en España, los criollos se dedican a comprar cargos públicos, vía a través de la cual ocupan algunos puestos de responsabilidad. En las Trece Colonias, las asambleas locales pagan los salarios y, por tanto, escogen a los funcionarios, pasando del gobernador (una vez más, queda evidenciado que el poder reside en quienes asignan la pasta).

En el siglo XVIII, el Imperio español está mucho más debilitado, por efecto de la piratería, la decadencia española en el siglo XVII, y el trauma de la Guerra de Sucesión [2] y la posterior derrota a manos británicas (particularmente dolorosa) en la versión americana de la Guerra de los Siete Años. Es también la época de los Ilustrados en España, que intentan racionalizar la administración (y también centralizarla a saco, como es sabido). El Imperio español en América no será una excepción. Por una parte, España busca integrar a los criollos en el ejército colonial, con cierto éxito, en lo que será el germen de los espadones del XIX en América, uno de tantos “regalitos” que perduraron tras la independencia. Por el contrario, Gran Bretaña desprecia a las milicias coloniales y envía un ejército permanente, que desde el principio es visto por los colonos americanos como lo que es: un mecanismo de opresión, real o potencial.

Por otro lado, se intenta reformar el comercio con las Indias, propiciar el comercio interno y abrir los mercados a otros puertos españoles, frente al monopolio de Sevilla-Cádiz y sus comerciantes, un poder fáctico que ríanse Ustedes de Prisa en sus buenos tiempos.

Finalmente, de la mano del ministro – secretario de Indias José de Gálvez, se busca una reordenación administrativa que permita racionalizar los ingresos vía impuestos y organizar mejor el territorio de Indias. Lo cual, naturalmente, cabrea, y mucho, a los criollos, que vivían mucho mejor en el Imperio-cachondeo de los Austrias, donde casi todo podía perdonarse y aceptarse mientras los criollos proclamasen su inalienable lealtad a la Corona, hicieran lo que hicieran.

De todas formas, estas medidas le funcionan a la Corona española mucho mejor que a la británica las adoptadas en las Trece Colonias, y de hecho España se permite el lujo de apoyar a los colonos en su Guerra de la Independencia para desembararse de Gran Bretaña. Una decisión comprensible, en el contexto de enfrentamiento perpetuo con Gran Bretaña en el siglo XVIII, pero que arrastrará consecuencias mucho peores. Por un lado, porque muy pronto EEUU se convierte en un nuevo enemigo, particularmente peligroso, para el Imperio español, cuyo expansionismo depende inicialmente de la compra de territorios (Luisiana a Francia, y Florida a España), y después, ya con las colonias españolas independizadas, a través de la conquista (como, por ejemplo, birlándole a México la mitad de su territorio a mediados del siglo XIX).

Por otro lado porque, como es obvio, el éxito de la independencia de EEUU es un claro ejemplo para la emulación en las colonias españolas. Un ejemplo que no aflorará con fuerza inicialmente, aunque sí que provoca algunas rebeliones importantes, como la de Tupac Amaru en Perú, que comenzó como movimiento independentista contra la corona española y acabó convirtiéndose en una guerra entre indios y criollos, que acabó como tenía que acabar, a la manera española:

Después del levantamiento del sitio de Cuzco, las fuerzas del rey, compuestas por soldados profesionales, milicias e indígenas leales, emprendieron la captura de Tupac Amaru, a quien apresaron a principios de abril de 1781, junto con su mujer y algunos de sus más estrechos colaboradores. Mientras la revuelta seguía extendiéndose, fue juzgado por rebelión y otros delitos. A continuación fue sentenciado (…) a presenciar la ejecución de su esposa y su hijo, y de los demás rebeldes hechos prisioneros, antes de ser destripado y descuartizado en la plaza mayor de Cuzco. El horripilante espectáculo público fue calculado cuidadosamente para simbolizar la muerte de la realeza inca (pág. 525).

Pero poco después, en 1808, estalla la Guerra de la Independencia [3] española contra los invasores franceses, y las colonias son abandonadas a su suerte. La corona española desaparece, de facto, de la administración americana, lo cual obliga a los criollos a tomar totalmente las riendas de sus sociedades. Al mismo tiempo, las pulsiones democráticas en España, canalizadas por las Cortes de Cádiz, plantean el dilema de en qué medida hay que dar cabida a las colonias (que, según la Constitución de Cádiz, son tan España como Cuenca o Calatorao) en las deliberaciones de las Cortes. Pero, para evitar que la población americana, entonces ya superior a la española, tuviera “demasiado” peso en las Cortes, se aprueba todo tipo de subterfugios, generalmente basados en la limpieza de sangre, que acaban aportando un número de diputados americanos prácticamente testimonial.

Por si esto fuera poco, poco después termina la guerra, vuelve Fernando VII y el absolutismo, y se cepilla lo aprobado en Cádiz, y también cualquier posibilidad de que las colonias pudieran sentirse integradas en las instituciones españolas en un plano de –relativa- igualdad. La posterior rebelión de Riego, en 1820, al frente de un ejército destinado a América (en un momento en que la guerra ya estaba prácticamente perdida), da carpetazo al Imperio español en América, que se ve reducido a las islas de Cuba y Puerto Rico.

La independencia de los territorios americanos, retrospectivamente, era algo inevitable, y la principal duda es cuándo y en qué condiciones se produciría. Posiblemente sin la Guerra de la Independencia habría tardado un par de décadas más, pero tarde o temprano los criollos habrían aprovechado cualquier debilidad de la metrópoli para sacudirse el dominio español. La alternativa, el intento de integrar las colonias con la metrópoli, bajo la autoridad de la corona o de unas Cortes relativamente democráticas, era también muy complicada (es, más o menos, lo que intentó hacer Portugal, y la cosa acabó cayendo por su propio peso). Una pena, en todo caso, que no funcionase lo suficiente para que España se hiciera con unos cuantos Mundiales y luego, tras la independencia, dar lugar a apasionantes discusiones sobre por qué tenía España que quedarse todas las estrellitas en el uniforme, cuando las había ganado con jugadores americanos (la respuesta, claro está, caería por su propio peso: porque jugaron bajo la bandera española y con un seleccionador español nombrado desde Madrid, que quizás dirigiera los entrenamientos a distancia). Sin embargo, el período colonial fue lo suficientemente prolongado como para asegurar la pervivencia, en las nuevas repúblicas americanas, de la semilla reciamente hispánica:

Las nuevas repúblicas se vieron abrumadas por una herencia colonial, tanto política como psicológica, que dificultaba su adaptación a la nueva situación. Gobernadas durante tres siglos por un estado burocrático e intervencionista, trataron instintivamente de recrear tras la independencia el sistema administrativo al que estaban acostumbradas. En todo caso, un control central fuerte parecía necesario para impedir que se extendiera la anarquía. Los elementos liberales de las nuevas sociedades podían aspirar a romper las ataduras del pasado, pero también necesitaban un aparato administrativo que les permitiera hacer realidad sus sueños. El resultado fue la supervivencia, en la era de la independencia, de actitudes y prácticas muy arraigadas, heredadas del antiguo orden político, las cuales tendían a reducir la capacidad de las repúblicas en ciernes para reaccionar a los desafíos económicos de una nueva época: el intervencionismo del gobierno o bien era arbitrario o bien propenso a favorecer los intereses particulares de un grupo social a costa de otro; una plétora de leyes aplicables a los mismos casos y un exceso de regulación; la discriminación continuada de las castas, pese a toda la retórica igualitaria; y una dependencia de antiguo cuño respecto al patronazgo, las redes de parentesco y la corrupción para asegurarse beneficios económicos e influir en las decisiones de un estado que seguía demasiado de cerca como modelo al anterior. La consecuencia fue inhibir la innovación y la iniciativa empresarial, con efectos que se hicieron demasiado evidentes a medida que avanzaba el siglo XIX: alrededor de 1800 México producía algo más de la mitad de bienes y servicios que los Estados Unidos; hacia la década de 1870 la cifra había descendido a un 2 por ciento (pág. 581).