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Vacías inshidiash de un ser Ruiz

En LPD, por una vez, y sin que sirva de precedente, vamos a defender al pobre Vacío [1], que ya comienza a darnos hasta pena, en previsión de que este sea el penúltimo artículo que tal vez escribamos sobre él. Se ha montado una enorme algarabía con los “terribles insultos” de Sánchez a Rajoy en el infame debate electoral que ambos, con Campo Vidal como convidado de piedra de “a mí que me registren, famoso cada cuatro años y a cobrar una pasta a las televisiones por esta porquería”, regalaron el pasado lunes a los espectadores.

Arrimados a la mesa, que debía de haber un brasero para darles calor

El momento culminante del debate quedó condensado en la palabra “Ruiz”. “Es usted Ruiz”, dijo Rajoy. Pero Rajoy no preguntaba a un operario si era el que había venido a revisar las tuberías del baño, sino que, nervioso, se confundía ante el ataque de Sánchez con respecto al caso Bárcenas. Un ataque en el que Sánchez, como durante casi todo el debate, se perdió en su afán por atacar más, y más, y más, también después de haber evidenciado, en múltiples ocasiones, que Rajoy es un señor que está a otras cosas. Ganó a los puntos, cuando pudo haber dejado mucho más tocado a Rajoy. Pero, en fin, ganó.


Ganó porque a la mayoría de la gente no le pareció terrorífico el ataque de Vacío a Rajoy; en muchos casos, porque probablemente le tuvieran ganas a Rajoy, después de años de plasma, y con este cainismo tan nuestro con el que casi todo el mundo vive la política. Pero, sobre todo, no pareció terrorífico porque no lo fue. Fue agresivo, fue maleducado, posiblemente fue excesivo. Pero hablar de Bárcenas, hablar de ese alucinante caso de corrupción institucionalizada de todo un partido, durante décadas, por el cual no ha dimitido NADIE en el partido, y que involucra muy directamente a su presidente (del PP y de España), era absolutamente necesario. Porque Rajoy, tras años de no dar explicaciones a nadie, culminando con la actual tournée de entrevistas amables a manos de Bertines y Campos, ha hecho con este problema como hace con todos: ignorarlo, hacer como si no existiera, y dejar que el tiempo pase. Pero una cosa es que esa sea su estrategia, incluso que pueda salirle bien, y otra que esté prohibido, sea de mal gusto, o maleducado, introducirlo en un debate, aunque sea de forma agresiva y virulenta.

No vivimos en el País Feliz, en la casa de la gominola de la calle de la piruleta. Si la cosa va de hablar de estilos broncos, desagradables, y de ataques incalificables en los que se liga al adversario político con prácticas criminales, nadie puede ganar en esto al PP, campeón del mundo en acusar a todo lo que se mueve de complicidad con la banda terrorista ETA. Sin ir más lejos, se me escapa por qué es parece terrible que Sánchez llame a Rajoy “indecente”, pero no que Rajoy responda con un “Ruin, mezquino y deleznable”. Debe de ser por el acreditado argumento, tan oportuno en patios de colegio, de que “el otro comenzó primero”.

Quedó claro, en el debate, que Rajoy no se lo había preparado, que pasa de todo, y que en su Rajoyismo no sólo hay una estrategia, sino una forma de ser, una indolencia que no le da para más. Él tal vez pensaba que el debate iba a ser otra entrevista con Bertín, con Sánchez llamándole “fenómeno”. Y quedó claro que Sánchez busca, en la semana final de campaña, lo mismo que ha buscado Rajoy durante meses: asegurarse que el núcleo duro de sus votantes, al menos, no se le vaya. Firmar el 20% de los votos, de votantes de toda la vida, enardecidos porque su candidato puso en evidencia al demonio (un demonio pasota, vago, y al que sólo le interesa el fútbol, pero demonio al fin), aunque perdiera a indecisos asustados por su agresividad. Porque si el PP se lo juega todo a ser el más votado, el PSOE hace lo propio con ser el segundo más votado. Un sorpasso de Ciudadanos o, peor aún, de Podemos, sería letal. Un pequeño paso electoral para el PSOE, pero un gran salto hacia la pasokización acelerada del partido.

La táctica de Sánchez en el debate fue sucia, y fue desmesurada. Pero atacar desde el principio no fue, desde ningún punto de vista, un error. Era su gran oportunidad, y a su estilo, bastante Vacío, desde luego, intentó aprovecharla. Seguro que a todos nos habría parecido mucho mejor que Vacío destrozara a Rajoy con formas impecables y una sonrisa, con un discurso seductor, perfectamente armado, coherente y enjundioso. Pero miren, el candidato es lo que es. No ha dado más de sí durante un año y medio, y, en ese contexto, casi sorprende que fuera capaz de hacerlo razonablemente bien en el debate, aunque le perdiera el entusiasmo por atizar al pobre Rajoy.

Lo más lamentable del debate, con todo, sucedió después del mismo, cuando La Sexta llevó al plató a los candidatos de Podemos y Ciudadanos para que explicaran lo malvados e incapaces que son los candidatos del viejo bipartidismo, la vieja política, por contraste con la educación y savoir faire de los representantes de la nueva política y aspirantes a forjar un nuevo bipartidismo que haría las delicias de los españoles. Me refiero a la intervención estelar de Pablemos, a quien hay que reconocer que se está currando esta campaña a conciencia. Un día hace un “minuto heroico” en un debate, “absolutamente natural”, para que se comparta en youtube y redes sociales; otro día llora (LLORA) en un mitin. Y el lunes, de madrugada, se le vio consternado con el “tono” de Vacío y Rajoy. Tsk, tsk, ¡así no se hacen las cosas! ¡Qué falta de tacto, de urbanidad, de educación en sociedad!

Yo no sé si Pablemos –que se ha pasado dos años poniendo a partir absolutamente a toda la “Casta”, con términos a menudo similares a los utilizados por Vacío [2]– estudió con los curas o es que aspira a trabajar para ellos en el futuro, pero el cinismo que destiló su intervención sí que me pareció indecente. Sobre todo porque se lo decía a Albert Rivera, destinatario hace, como quien dice, cuatro días, de la inshidia de Juan Carlos Monedero y su “Rivera se pone de coca, pero no lo digo tal cual, sino con un simpático gesto, para echarle toda la mierda encima”. Y Rivera, claro, callado, no va a ponerse a sacar eso a colación, para que los espectadores se pongan a escuchar un debate sobre si Rivera se pone de coca o no, y en qué medida.

Quede claro que, por supuesto, a mí la estrategia de Pablo Iglesias y de Podemos en esta campaña me parece impecable [1]: están logrando generar ilusión entre su electorado, recuperando terreno, las berenjenas cada vez se cotizan más alto [3], y desde luego todo esto de llorar un día, debatir otro, y dárselas de impoluto otro más, tiene un propósito electoral muy legítimo. Igual que Vacío puede jugar sus cartas en el debate, puede, perfectamente, llamar “indecente” a un señor que se ha pegado cuatro años detrás de un plasma, que aparece en las cuentas B de su extesorero y exhombre de confianza, que como mínimo ignoró el monumental escándalo de corrupción que afectaba a su partido, sin que nos tengamos que rasgar las vestiduras como si fuera terrible lo que dijera en el cieno de esa mesa camilla ochentera de Campo Vidal. E igual que Rajoy, por supuesto, puede pasarse un mes recorriendo pueblos para jugar al dominó y platós casposos para parecer un señor entrañable que cuidará de las pensiones [4].