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Podemos Reloaded y Vacío Revolutions

Pablo Iglesias y Podemos llegaron a las elecciones en un estado bastante precario. Olvidados los momentos gloriosos de finales de 2014-principios de 2015, cuando parecía que se iban a comer el mundo, varios acontecimientos coadyuvaron para desinflar, al menos parcialmente, la burbuja podemística. Por un lado la aparición de Ciudadanos, un partido que compite con ellos no tanto en el espectro ideológico, pero sí por capitalizar el voto del cambio y de protesta frente a los partidos tradicionales. Por otro lado, los virajes estratégicos de Podemos, con los que el partido intentó moderar su mensaje y acercarse al electorado, un afán en el que se les vieron claramente las costuras y el tacticismo desprovisto de cualquier cosa parecida a una convicción o un objetivo programático legítimo, más allá de ganar “y después ya veremos”.

Finalmente, los resultados en sucesivos comicios electorales, razonablemente decepcionantes en las Elecciones Autonómicas (con algunos éxitos en grandes ciudades, pero en el marco de iniciativas de confluencia ciudadana, en todo caso menos representativas del conjunto del electorado que el voto autonómico), y sobre todo el desastre de las Catalanas, mucho más recientes, que tanto han condicionado la trayectoria de los dos partidos emergentes (Podemos hacia abajo, y Ciudadanos hacia el cielo del IBEX [1]).

Con todo ello, Podemos llegaba a estas elecciones, para las que lleva preparándose desde su misma génesis, en situación de desventaja respecto de los otros tres principales partidos en liza. Y ello se ha notado bastante, por ejemplo, en las condiciones de la negociación en Galicia, Valencia y Cataluña con fuerzas locales, que han podido imponer unas condiciones mucho mejores, en el pacto, de lo que al principio cabría sospechar. Eso es lo que ha pasado, al menos, en Valencia, donde Compromís ostenta una posición de claro liderazgo en la coalición, a pesar de que el funcionamiento electoral de Compromís en Generales es mucho peor que en los comicios autonómicos (y, previsiblemente, estaría por debajo del de Podemos, si concurrieran por separado).

Pero Podemos tiene que hacer todo lo posible para escapar del espectro del 10% de los votos, el techo histórico (más o menos), de IU. Un techo que abocaría a Podemos a un horizonte electoral de gran incertidumbre, con una veintena de diputados mal contados, y sobre todo en el que quedaría claro que Podemos no son una alternativa real, sino otro triste partido bisagra abocado a desaparecer a la mínima ocasión en la que el “hermano mayor”, el PSOE, se recupere y vuelva por sus fueros bipartidistas. Más o menos el mismo peligro que corre Ciudadanos con el PP, claro (el abrazo del oso rajoyista al yerno perfecto, si éste le da la investidura, puede ser antológico). Con este maravilloso sistema electoral, plagado de provincias que reparten tres, cuatro y cinco escaños, estar por debajo del 15% implica convertirse en un simpático partidillo que está ahí para lo que guste ordenar el señorito [2]. Para sobrevivir en el largo plazo sólo hay dos opciones: o cambiar la Ley Electoral (a ello se pondrán, a poco que sean listos, quien quiera de los “emergentes” que esté en posición de propiciar la investidura de un Gobierno), o ser Califa en lugar del Califa. Es decir, ocupar uno de los dos privilegiados puestos de la fiesta de la democracia bipartidista, a donde tarde o temprano el actual sistema nos volvería a llevar.

Por eso, la apuesta de Podemos siempre había sido superar al PSOE en estas elecciones, comportase o no formar Gobierno, y esperar a 2019 (o cuando se celebren las próximas elecciones) para ocupar su espacio político. Este escenario, antes de que apareciera Ciudadanos, sólo ofrecía ventajas para Podemos, porque el PSOE se vería abocado a pactar o bien con ellos o bien con el PP. Y, en ambos casos (sobre todo, si el PSOE pactaba con el PP), en Podemos se las prometían muy felices.

Pero así es como estaban las cosas hace un año, no ahora. Ahora, Podemos partía de una clara desventaja, asumida por los propios dirigentes del partido, que llevan semanas dando la matraca con la idea de la “remontada”.

Y en esto que apareció Vacío.

Fue muy criticada la estrategia de Rajoy de huir de los debates, pero lo que hemos visto hasta ahora es clara muestra de que, una vez más, el rajoyismo tenía razón: Rajoy llega a la recta final de la campaña sin despeinarse, con todas las encuestas dando a su partido como ganador [3]. En cambio, su principal rival, el PSOE, llega en circunstancias peligrosísimas, a poco que el sorpasso (de Podemos, de Ciudadanos, o de ambos), aunque sólo fuera en votos (en escaños es más difícil, porque, ya saben: voto rural de pensionistas en circunscripciones pequeñas, el voto dinámico de la sociedad del mañana, que está a muerte con PP y PSOE), se consume.

¡A tu salud, Vacío!

El PSOE llega con la lengua fuera porque las múltiples insuficiencias de su candidato están quedando, día tras día, completamente evidenciadas en los programas de televisión por los que el pobre hombre se está arrastrando; y porque su proyecto programático, e incluso político, carece de credibilidad. Vacío se afana constantemente en recordar los grandes éxitos del socialismo, el último de los cuales (el matrimonio entre personas del mismo sexo) data de hace diez años, ignorando que reivindicar la acción de Gobierno del PSOE lo que provoca es recordar a los electores el lamentable final de los años de Zapatero.

Además, Vacío también ha cometido errores estratégicos de calado, el más absurdo de los cuales ha sido el “fichaje” de Irene Lozano, que no le reporta absolutamente ningún beneficio electoral, da una imagen patética de política futbolística y le crea todo tipo de problemas internos en el PSOE, que previsiblemente afloren con toda su fuerza en la noche electoral.

Finalmente, Vacío aceptó debatir con Rivera e Iglesias en dos debates electorales, mientras Rajoy pasaba de todo y proponía a la vicepresidenta para sustituirle. Y el balance de tal decisión parece claro: Rajoy, sin duda, perdió votos, pero Vacío ha podido perder muchísimos más. Está claro que era muy difícil escabullirse de esos debates, pero si vas, al menos, prepáratelos un poco mejor (quizás es que Vacío, sencillamente, no da más de sí. Pero, si es así, … ¡no vayas!).

Al no estar Rajoy, el debate a cuatro del lunes no fue, como quizás pensaba Vacío que sería, un “todos contra el PP”, sino un todos contra todos (con la sutil excepción parcial de Iglesias y Rivera, que significativamente no se atacaron demasiado entre sí). En ese todos contra todos, Sáenz de Santamaría salió bastante más airosa que Vacío de los ataques de los Telegénicos. Y no porque lo hiciera muy bien (su tonito suficiente de abogada del Estado declamando el temario de la oposición chirriaba bastante), sino porque al menos se defendía de los ataques. En cambio, Vacío recibía yoyah de impresión de Pablo Iglesias, yoyah que iban a la línea de flotación de su credibilidad (y la de su partido), y el pobre Vacío ni respondía a cosas como que no manda en el PSOE, que su partido se hundirá en las elecciones, que está fuera de juego, etc. Todo ello, con nueve millones de espectadores observando la masacre, y más aún si contamos los youtubes, tuits, memes, y demás parafernalia, sumada a las encuestas y titulares de los medios explicando, con todo lujo de detalles, la pena que dio Vacío.

Así que del debate hemos salido con Vacío en la UCI y con sus rivales, directamente, troleándole con declaraciones en las que se da ya por supuesto que el PSOE está fuera de juego (¡por un debate y un par de encuestas!), y con Mariano Rajoy, cachondo él, recomendándole al PSOE que se tome un tiempo para reorganizar “el lío que tienen armado” y anunciando sorpresas [4].

Y, puesto que Pablemos fue el claro vencedor del debate a cuatro [5], y el principal autor de las cargas de profundidad contra el PSOE, es razonable suponer que también sea el principal beneficiario de la erosión electoral del PSOE, de haberla (que, a mi juicio, sin duda la habrá, y más con tanto indeciso pululando por ahí). La “remontada” de Podemos, que comenzó siendo una mera estrategia de marketing político, puede convertirse en realidad, sobre todo porque Iglesias, por ahora, está saliendo airoso en la batalla mediática. Y eso permite considerar que lo que se estaba convirtiendo (al menos, en los medios, los sondeos y la percepción pública) en una lucha a tres, con Podemos descolgado, vuelve a ser una batalla a cuatro.

Las encuestas de los medios de comunicación de este fin de semana van a ser muy importantes, porque marcarán la pauta – balance de cuál haya podido ser el efecto de los debates electorales y la fase inicial de la campaña. En ese sentido, llama la atención el editorial de El País de hoy, que, tras un año apostando escandalosamente por Rivera y Ciudadanos, y ante el holocausto socialista del lunes, de repente se ha largado un candoroso texto de apoyo a Vacío y sus dotes de liderazgo [6]. ¿Tendremos encuesta de Metroscopia diciendo que el PSOE sube a un 30% de los votos? ¿O es que al comité de bienvenida del IBEX en PRISA se le escapó un becario avispado que se puso a escribir editoriales díscolos?

Y luego, digan lo que digan las encuestas, Vacío se lo juega absolutamente todo en el cara a cara con Rajoy del 14D. Si también pierde con Rajoy, la cosa se puede poner muy, muy mal para el PSOE. Rajoy puede permitirse perder su único debate, pero Vacío, a estas alturas, ya no puede hacer un pleno de derrotas (tres de tres).

[Como aperitivo, tenemos hoy el debate a 9 que la Junta Electoral Central le ha obligado a organizar a TVE como compensación por el cara a cara del 14D. TVE, servicio público, lo había programado para medianoche, pero la JEC ha obligado a emitirlo en prime time, a las 22.15 [7]]