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Ciudadanos, un partido en venta… para los cuñaditos que se ofrecen al mejor postor

De Ciutadans a Ciudadanos, la otra cara del neoliberalismo [1], de Pep Campabadal y Francesc Miralles, ed. Foca, 2015

La editorial Akal, en su sello Foca, acaba de publicar una obra de título tan poco atractivo como De Ciutadans a Ciudadanos, la otra cara del neoliberalismo [2]. Poco atractivo y cabrón, porque tiene la gracia de que puede incluso provocar, entre los simpatizantes menos alfabetizados del partido de Albert Rivera, y perdonen la redundancia, que haya quien se lo compre pensando que “neoliberalismo” es un concepto guay, que la foto de portada del líder le saca guapo y que ese naranja chillón denota identificación con el proyecto de regeneracionismo lampedusiano puesto en marcha por el partido este que nadie sabe muy bien en qué consiste. En tal caso, ese buen ciudadano, siervo temeroso de Dios y de que España se rompa, se llevaría, si se diera el caso de que, además de comprarlo, osara entre alguna pausa en medio de la lectura de los textos de Kant sobre la paz perpetua y su crítica de la razón pura ponerse a echar un vistazo al libro (lo que tampoco pinta que vaya a ser la norma), un buen susto. Porque esta obra, escrita entre Pep Campabadal y Francesc Miralles, es profundamente antiespañola en su contenido e intención, algo que salta a la vista desde su primera página (de un prólogo muy divertido escrito por Guillem Martínez). Y, por esta razón, como no puede ser de esta manera, está llamada tanto a soliviantar a cualquier lector próximo a Ciutadans (o que, sin serlo, esté pensando en cómo buscar legítima y constitucionalmente su paguita monárquica gracias a los nuevos partidos) como a divertir al resto de la concurrencia.

Dado que el libro es poco español en su intención y desarrollo, conviene empezar este pequeño comentario sobre el mismo con una confesión también poco habitual por estos lares. Pep Campabadal y Francesc Miralles son dos amigos y, de hecho, quienes lean habitualmente las cosas que publicamos por LPD no pueden a estas alturas sino ser también un poco amiguetes de la pareja, que son de la casa. Ambos se hacen querer especialmente por su tendencia a escribir en términos estrictamente excéntricos, como si aquí no hubiera habido una restauración borbónica más en 1975, y a comportarse como si debiéramos aspirar a debatir las cosas con cierta normalidad casi-ilustrada europea alejada del tópico. En fin, como les advertía al principio, todo muy antiespañol… pero por otro lado tampoco me hagan mucho caso si me ven muy cegado por el cariño. Eso sí, para completar este disclaimer diré que sí me he comprado el libro, eh. Que quede claro eso: esto no es una recensioncita de aliño en favor de alguien que te regala un libro hecha en pago al ahorro de varios euros que ello te ha supuesto. Por varias razones. En primer lugar porque tengo tendencia a comprar lo que produce el universo LPD, siquiera sea para que haya un par de ejemplares vendidos de los que poder fardar luego ante los editores. Pero la cosa es peor y más patológica y general, de modo que si hasta tengo tendencia a comprar las cosas que me leo con la única intención de deleitarme en un bodrio cuñadil [3], ¡con más motivo creo que he de comprar las cosas de quienes escriben desde ópticas y con planteamientos que me interesan! Pero es que, además, recuerden, Pep Campabadal es catalán, de Barcelona. Como el Pep Guardiola ese y los independentistas nazis. Francesc Miralles, por su parte, es de Xàbia, pueblo costero situado en las comarcas centrales del País Valenciano donde se empeñan en hablar raro, es primera fuerza política un partido de nombre impronunciable en cristiano y que ni siquiera existe en el resto de España y que, para resumir, pues eso, como nos dice la prensa española, forma parte de esa zona del “Levante español con riesgo de contagio”. Vamos, y por resumir la idea, que si esperaba a que me regalaran el libro ese par de fenicios cabía la posibilidad de que la cosa se demorara un poco.

Por seguir con las extravagancias antiespañolas del libro y enhebrar a partir de ellas esta crítica, ha de decirse desde el principio que Campabadal y Miralles han hecho con C’s una cosa absolutamente insólita en un libro dedicado a un partido político español: pasan del cotilleo (este se lía con esta y así logran el poder en el partido traicionando a fulano, con quien tenían un pacto, etc.) para explicar con sencillez, datos y rigor cómo y por qué nace, se trastabilla y luego florece un partido y lo hacen, para más escarnio, analizando también las propuestas del partido y, por si esto no fuera suficiente para del libro haya sido calificado X por las distribuidoras, encima, se meten a husmear en las cuentas y vías de financiación de la cosa [4] o en el historial de pactos y componendas con corruptos de nivel FIFA que el partido atesora a pesar de su relativa juventud y su férreo compromiso con la ética de la razón pura en versión traducida por Josep Oliu. Queda el lector pues ya avisado desde este mismo momento de qué va la cosa. Si quiere seguir a partir de aquí (o incluso comprar el libro), es bajo su responsabilidad.

Así, Campabadal y Miralles se adentran primero en el nacimiento del partido. En contra de lo que sostiene Rivera, su gente y la claque que recientemente le acompaña a todas partes (es decir, prácticamente todos los medios de comunicación españoles controlados por capital IBEX 35), C’s no se presentó por primera vez a unas elecciones nacionales en las pasadas elecciones europeas sino que es una organización con casi ya diez años de recorrido. El hecho de que Campabadal y Miralles hubieran nacido ya en 2006 (por mucho que ambos estuvieran en sus alegres 20s, o casi, por esa época, y uno se los imagina en otras cosas y no pendientes de datos menores como la fecha de nacimiento a un partido que, sin embargo, le ha pasado muy inadvertida a los demás), fechas en las que vio la luz el partido, les permite recordar algo que en cambio el resto del país parece haber olvidado: C’s ya estaba allí antes de la crisis apoyando a full la burbuja y lo ha estado, de hecho, durante un tiempo no corto, con sus miserias y balbuceos… y sus devaneos con gentes y políticas no muy recomendables. Así pues, una de las cosas que ayuda a entender el libro es cómo un artefacto político muy determinado, catalán y minoritario, que había tenido muy escaso éxito (por no decir que había hecho el más pavoroso de los ridículos) cuando había tratado de extenderse por España, asociado a proyectos de ideas muy contrarias al “consenso incoloro, inodoro e insípido” de la CT, logra mutar repentinamente en proyecto nacional (entendiendo “nacional” en los términos habituales en el Reino de España) de regeneracionismo democrático avalado por una supuesta novedad y su pretendiendo carácter de “recién llegados” a la arena política y con la bandera de unas ideas pretendidamente blancas y centradas.

Esta mutación y los equilibrios a ella asociados obligan a que el partido, en la práctica, sea algo ligeramente (o bastante) distinto en Cataluña a lo que ha acabado siendo en el resto de España (por ejemplo, parece que en un sitio, en Cataluña, el partido es más bien de centroizquierda y va comiendo del electorado que el PSC pierde a raudales, mientras que en el resto del país el proyecto está marcadamente anclado en parámetros y valores conservadores) y que los discursos políticos ancilares del partido en unos y otros espacios, en incluso el perfil sociológico de su electorado en uno y otros territorios, surjan a partir de marcos distintos. Por esta razón, el discurso de C’s, rendidamente españolista y nacionalista en Cataluña pero, ojo, y el libro lo explica y analiza muy bien, también en el País Valenciano y las islas Baleares, no es trasladable al resto del país, donde se vende básicamente regeneracionismo lampedusiano de marca blanca. Mientras en Cataluña y zonas adyacentes el partido sigue con su lucha cultural y lingüística, lleno de cuadros provenientes de la derecha más dura repentinamente entonando discursos de centroizquierda, en el resto del país el “centrismo” se logra por vías no consistentes necesariamente en meter a la extrema derecha a decir cosas que suenen progres mientras se envuelve en la bandera de España sino, al contrario, eliminando aristas en el discurso. Son españoles y de fiar, pero no hacen más exhibición del tema nacionalcatólico que el PP o el PSOE e incluso que la gente de Podemos cuando se ponen a hablar del 2 de mayo o la Pepa. Entre otras cosas, porque gracias a su lucha en las trincheras catalanas, Albert Rivera no necesita acreditar nada ante el electorado español a quien nada motiva más que un catalán que tiene claras pero correctas sus lealtades nacionales: las medallas “anticatalanas” sirven simplemente como plumaje y vistosos adornos del casco de la mili que ahí están, oiga, para lucir palmito y eso, que dan un huevo de votos en la meseta sólo por tenerlas, pero que no son ya elementos estrictamente esenciales y definitorios del partido en su versión española. De hecho, y a mi juicio, una de las partes más interesantes y arriesgadas del libro es la que analiza la decisión estratégica de C’s de tratar a Valencia y Mallorca, en términos de mensaje, más como si fueran Cataluña que como si fueran el resto de España. Los autores consideran que es un error estratégico que puede lastrar a C’s en esas dos comunidades como fuerza que aspire a ocupar la centralidad en las mismas. En breve, empezando por el próximo 20-D, comprobaremos hasta qué punto tienen razón o si, por el contrario, es perfectamente posible la cuadratura del círculo consistente en hacer política en dos regiones vecinas a Cataluña casi con el único discurso del anticatalanismo más furibundo y unidireccional y con el mérito añadido, además (lo que sin duda aporta galones para hacerlo, eso hay que reconocerlo), de sostener este discurso siendo un partido político… catalán.

En el resto de España, sin embargo, Ciudadanos (ya no Ciutadans) es ya otra cosa. Un proyecto esencialmente económico y de clase, que pretende que las cosas sigan sustancialmente como están pero que vayan perdiendo cierta “costra” nacionalcatólica que en pleno siglo XXI como que no queda bien, pero que no es exactamente ni el proyecto económico ni el proyecto de clase de los sospechosos habituales. Ciudadanos es en este sentido hijo de su tiempo y de su país, muestra del éxito de una transacción a la democracia que ha permitido al franquismo económico y sociológico evolucionar y mantener el cotarro controlado durante casi medio siglo más pero que ha requerido, para ello, de un discurso en apariencia modernizado y democrático preñado de simbolismo constitucional de prêt à porter. Por mucho que todo este discurso sea de alcance práctico más bien limitado, más de pandereta que real, el caso es que, a la postre, ha calado socialmente y ha empezado a provocar ciertos cambios sociales debido a su mismo éxito… ¡porque la gente se lo ha creído, por lo general, a pies juntitas! Al final, si las cosas son obscenamente diferentes respecto de lo que le cuentan a la gente, máxime en temas de bolsillo, prioridad política en la que el régimen de Franco nos educó a todos los españoles que quedamos en suelo peninsular y sus descendientes, comienza a surgir un larvado cabreo y, a partir de ahí, la crítica regeneracionista y bien intencionada que, ya se sabe, no quiere cambiar de paradigma sino sólo “poder ir en autopista de Madrid a Oviedo sabiendo que habrá áreas de servicio abiertas para poner gasolina [5]“.

Porque hay que tener muy en cuenta que gracias a ese enorme éxito del relato tradicional y de la creación de la nueva patria moderna y constitucional en el marco europeo la mayoría del país es a día de hoy una España, la España de Rivera en todas sus dimensiones (la primera, de hecho, la dimensión generacional), que se siente no sólo a gusto con el invento sino totalmente identificada con él. Y que además se ha sentido también muy cómoda con la manera en que se declinaba dentro del mismo el ejercicio del poder. O, más bien, que se ha sentido y se sentía muy a gusto en este punto hasta no hace tanto tiempo. Es esa sociedad en la que vivimos, que muy mayoritariamente está “orgullosa de ser española habiendo superado las paletadas propias del nacionalismo” y de tener a grandes deportistas que cosechan éxitos vedados incluso a potencias que en su día lo fueron en ese campo como la RDA. Que vibró con los JJOO de Barcelona y siente como un insulto personal que los malvados extranjeros no nos dejen arruinarnos un poquito más montando otra edición por todo lo alto en Madrid a mayor gloria del sector de la construcción patrio y su respiración asistida con esteroides suministrada regularmente vía BOE. Que está encantada de que seamos una potencia en trenes de alta velocidad y de que los alemanes vengan aquí y flipen con la cantidad de autovías sin apenas tráfico que tenemos. Que ha estudiado y forma parte de la “generación mejor formada”, colecciona títulos y diplomas de valor escaso, y se siente legitimada para pedir más reconocimiento y bienestar material porque “se lo ha ganado”. Que se identifica no ya sólo con el esfuerzo de España por ser al fin europea sino que incluso cree sinceramente que ya estamos ahí y lo somos de pleno derecho, que está íntimamente convencida de que somos parte de algo grande, esa UE maravillosa de nuestros días, donde nos toman en serio y valoran nuestra capacidad y genio, por lo que tendencialmente considera que la solución a todo radica en “más Europa”, sea en materia de moneda única (¡hay que ver lo bonitos y modernos que son los billetes de euro!) o de ir de expedición militar con los buenos donde sea menester. Es una España que habla a veces algún idioma extranjero, que usa Internet y todo porque no se la dan con queso, que ha estudiado fuera a veces, que tiene carreras y masters en cosas de todo tipo pero muchas veces de muy baja empleabilidad pues producimos muchos títulos con destino a trabajar luego de reponedor o, si se llega a lo más alto de la cadena trófica española, útiles sobre todo para ir entrando en el tertulianismo y la política de partido… En definitiva, una generación y un país nacidos del relato de 1975, por lo general encantados de haberse conocido y no muy conscientes de las muchas sombras estructurales, más importantes que las luces, de todo este invento, por lo que están más que moderadamente satisfechos con cómo ha ido todo. Pero que, aún así, se sienten con derecho a pedir algo más que un país cutre cuando aflora alguna evidencia de que lo es y quieren formar parte de un proyecto que puedan sentir como moderno y no vergonzoso porque creen que ellos mismos lo son (modernos y no vergonzosos) y que en el fondo el país tampoco lo es, aún, tanto como debería.

A la gente que conforma este perfil sociológico, que es donde pesca electoralmente Ciudadanos, mientras las cosas iban bien el bipartidismo de la restauración borbónica le ha parecido un invento fenomenal. Que eras católico, de familia de posibles y estéticamente amigo de lo rancio y tradicional, ahí tenías al PP. Que eras algo más díscolo, aunque sólo fuera de joven, llevabas barba hipster y te gustaban bandas modernitas, no te sentías cómodo con los ricachos si aún no habías logrado que te dieran migajas y tenías una cierta visión social y de la vida no preconciliar, pues ahí estaba el PSOE. Para todo lo demás, se tiraba de los consensos nacidos de la Transición y la prensa del régimen ya te iba explicando cómo eran las cosas: la vivienda nunca baja, los mejores años de la historia económica de España, los alemanes del sur, el país más descentralizado y democrático del mundo, el sueño español, los sindicatos responsables y colaboradores con el desarrollo del país, el milagro somos todos y los presidentes y élites económicas los primeros, economía de la Champions y demás basuras milongueras que tan bien funcionaron mientras entraba dinero en los bolsillos de la gente, aunque fuera en forma de créditos a 50 años y concedidos con cláusulas suelo mientras el abuelo invertía en sellos o preferentes. Sin embargo, esta parte de la ciudadanía, que lleva años vendiéndose al mejor postor con la sensación de haber descubierto con ello la quintaesencia de la democracia moderna y estar asombrando al mundo, ha vivido con cierta mala leche tener que afrontar que la realidad era un tanto diferente y más chunga. Algunos lo han descubierto dándose una leche enorme, normalmente porque formaban parte de las capas social y económicamente más desprotegidas de la sociedad, pero Ciudadanos no ha tirado sus redes ahí sino en un escalón superior. El de los que han tenido simplemente que renunciar al cole privado y llevar a los niños al mismo concertado al que sus papis les llevaron a ellos gracias a ese señor maravilloso que fue Maravall que nos dio un sistema para poder educar a esta gente alejada de todo contacto con la molesta realidad, o se han quedado sin apartamento o chalet y deben seguir yendo al de lo papás y cosas así. No es grave, pero fastidia. Incluso, a veces, aunque las cosas te vayan bien aún y tu chalet siga garantizado, jode la sensación de que el país es un poco una mierda y mucho más triste y patético de lo que nos habíamos querido creer todos. No mola ir por Europa de fin de semana y ser consciente de que cualquier europeo alfabetizado piensa en nosotros como los herederos de Franco y el nacionalcatolicismo, total, por tener las calles e iglesias del país llenas de homenajes al caudillo. No es cool tener que ver todos los días a una casta de politicastros de rancio abolengo (franquista, casi siempre) en la tele manejando el cotarro junto a una serie de emprendedores del BOE con los que se hibridan en consejos de administración salidos casi todos ellos de las relaciones sociales y económicas derivadas del 18 de julio de 1936. En la cara no, por favor, se acaba pensando. Con mi voto, no. O no de manera clara y directa. Si no se forma parte del grupito de club de campo y escopeta nacional, que una cosa es el concertado y otra el cole privado, todo eso se sobrellevaba bien hasta hace unos años, pero ahora toca un poco las narices. Y ahí están de repente todos estos ciudadanos, en venta como desde hace tres décadas, pero ahora disponibles para que aparezca un partido a su imagen y semejanza que se los lleve al huerto mientras el PP y el PSOE se muestran incapaces de seguir resultando atractivos en tanto que han sido los vendedores de crecepelo oficiales de los últimos años y las entradas y zonas donde la cosa clarea ya no se pueden ocultar.  PP y PSOE pueden seguir contando, claro, con los verdaderamente privilegiados y conjunto de insiders parte del entramado (ya en su versión alfa o beta), por un lado. ¡Y es que a ellos les siguen luciendo bien el pelo! Luego cuentan también todavía con los que los que por edad tienen ya más abotargadas, a estas alturas, las papilas gustativas de la vergüenza propia y ajena provocada por las estructuras torcuatianas de esta borbónica y peculiar democracia “de amo” nuestra de cada día. Es gente que, a fin de cuentas, tampoco ve dramático, que le quiten lo bailado, una buena calva, que para algo se siguen llevando calentita la pensión y más vale pájaro en mano que ciento volando, malo conocido que bueno por conocer y todo lo que el refranero español nos va sugiriendo, en su conservadora sabiduría, para ayudarnos a convencernos de lo bueno que es dejar las cosas como están.

La cuestión es que estas capas sociales adictas a la cosmovisión tradicional han tenido hijos. Nuestros queridos Ciudadanos en venta, con sus estudios en cole concertado en la mochila que tanto les han preparado para el mundo y sus títulos de baratillo que creen que los sitúan en la elite intelectual del planeta, ya no compran. Pero la alternativa natural no estaba clara y por eso han andado, hemos estado, algo perdidos hasta hace unos meses. El PSOE era la opción tradicional de escape dentro del sistema para depositar cabreo ciudadano juvenil, pero entre sus reformas constitucionales, su acción de gobierno y su apego a exhibir costra social y empresarial, a la gente se le hace difícil verlo a días de hoy como recambio presentable. UPyD, pues eso, estaba ahí, pero era demasiado radical, por un lado (véase su política en materia autonómica, que una cosa es ser reciamente español, lo cual está bien, y otra negar que el estado autonómico es una maravilla que ha asombrado al mundo como nos han repetido durante décadas y que por eso lo que hay que lograr es que vuelva a funcionar bien), en algunos planteamientos para ir más allá de partido regionalismo madrileño. Además, y sobre todo,estaba demasiado abiertamente infectado con políticos ahí instalados en el transfuguismo poltronil desde hacía varias décadas, lo que  no acababa de hacer sencillo vender la cabra de la regeneración. Podemos, con su aparición rutilante en clave rupturista, pudo encandilar en su momento a parte de este electorado, pero ya se encargaron los mass media de meterlos en vereda e inocuizarlos mientras, por si acaso, le explicaban a posibles ingenuos tentados por el radicalismo que ahí a la vuelta de la esquina estaban Venezuela, el totalitarismo, violar monjitas y expropiarte las casas de campo o apartamentos de la playa o poner impuestos a tu legítima aspiración de ser rentista alquilando bajos comerciales a chinos o pisos a inmigrantes. Y por ahí sí que no pasan nuestros ciudadanos en venta, eh. No, por ahí no. Una cosa es ser empático con los desharrapados y pensar que tienen razón en quejarse y otra muy distinta es sentirse parte de ese mismo colectivo y votar con ellos. De modo que lo de Podemos como partido que los atrajera nos duró. Fueron meses divertidos aquellos en los que cada día teníamos un artículo más delirante que el anterior a cargo de algún supuesto experto ya a sueldo o de meritorios con ganas de ir haciendo su tenure track político y tertuliano explicándonos que estábamos a las puertas del totalitarismo con unos profes de universidad jovenzuelos que eran en realidad como nazis que querían acabar con la democracia y la división de poderes. Y fueron sobre todo meses donde empezó a hacerse patente que pasaba algo, que había mar de fondo, pero que todavía mucha gente no había encontrado a su vendedor de crecepelo de futuro, marca Hacendado. Había nicho de mercado para quien se lo currara más y mejor.

Nada parecía, en definitiva, cuadrar del todo. Pedro Sánchez lo intentaba, Errejón conducía a los suyos hacia el soñado centro donde se las prometían muy felices recogiendo cuñados en masa y llevándolos a las urnas, Rosa Díez seguía purgando críticos…. pero el capitalismo de mercado electoral en los tiempos modernos sigue teniendo sus misterios. Y así hasta que alguien, o algo, o alguno, o a saber quién (los autores apuntan claramente a ciertos fondos de inversión y poderes económicos propietarios de medios de comunicación que abiertamente dicen llegado un momenro eso de “hace falta un Podemos de derechas” y que empiezan de repente a inflar encuestas de modo descarado para “meter en el partido” a C’s mientras le montan una campaña de marketing mediático nada inocente), se dio cuenta de que la mejor opción para atraer a estos ciudadanos que buscaban venderse al mejor postor en una subasta de cuñadismo cañí autocomplaciente era un partido que tenía acreditada una trayectoria inequívoca de estar en venta, por un lado, y de ser estructuralmente compatible (en ideas y planteamiento vital) con esa generación de españoles que había quedado desencantada porque, sencillamente, era parte de esa generación.

C’s nace como nace, y lo cuentan Campabadal y Miralles muy bien el libro: como un proyecto de intelectuales más o menos de centro-izquierda, de la generación de la transición, que se sienten traicionados por la deriva “independentista” avant la lettre del PSC de Maragall y de los dos tripartitos catalanes. Pero estas estructuras de cierta edad, de cierta generación, figurines culturales de la transi, son a la postre desplazados por activistas obsesivamente centrados en el antinacionalismo catalán y sin mayor pedigrí fuera de ciertos círculos de la derecha dura catalana. Además, y es lo que es importante, son ya de otra generación. Los intelectuales cincuentones y sesentones, desencantados, fundarían años después UPyD, con el conocido éxito de crítica (más que de público) que tuvo en la capital del Reino durante un tiempo, proyecto en estos momentos en liquidación tras constatarse que la ausencia de electores acaba siendo un problema en política a medio y largo plazo. Y es que, con los perfiles y extracción de quienes controlaban con mano de hierro UPyD, si te gusta votar a ese tipo de gente, pues los electores ya tienen al PP o al PSOE, que dan menos grima y son hasta más jóvenes. Pero C’s, compartiendo tanto con UPyD, era diferente justo en eso gracias a su crisis y escisión inicial. Desde esta mutación temprana y afortunada tiene C’s una estructura de cuadros y de responsables que se parecen bastante a sus electores: no vienen de la clase adinerada española, ni de sagas franquistas de mucha pasta o poder (con un par de excepciones rutilantes, no obstante), trabajan en cosas propias de la “generación mejor formada” y creen sinceramente en las bondades del modelo y de la cháchara liberal europeísta en que vivimos instalados desde hace varias décadas porque, entre otras cosas, así lo han mamado desde la cuna. A diferencia de lo que ocurre demasiadas veces en PP y PSOE, los militantes de C’s y sus cuadros se creen de verdad todo el discurso sobre la transición y la constitución, no lo emplean simplemente para engañar a los electores mientras siguen manejando el cotarro. Esta actitud, cuando cada vez más electores están totalmente imbuidos de ese espíritu y convicciones, les hace más creíbles que los viejos partidos para ese segmento del electorado.

Incluso el pasado de alianzas dudosas, tropiezos e impresentabilidades varias de C’s se perdona porque se parece taaaaanto a la manera de ver la vida de sus electores que hasta parecen entrañables. Eso incluye el hit de presentarse a las elecciones europeas de 2009 con una plataforma católica integrista en lo social y ultraliberal en lo económico a cambio, sencillamente, de dinero, como explicaba el propio Rivera. Pero es que, ¿acaso vamos a reprochar a C’s y su líder que se deslumbre por unos cuantos millones de euros que luego encima le mangaron cuando somos la generación de escriturar sobre plano y vender a quien haga falta por poder “dar el pase” en condiciones?. Tampoco la creativa relación de la realidad con las cuentas oficiales del partido, explicada de modo muy entretenido en el libro y también aquí [4], [3] es muy problemática para el electorado medio de C’s. Entre que sumar, restar y multiplicar está mal visto, mirarse papeles también y pagar a Hacienda ya tal, ¿vamos a ponernos estupendos por cuatro numeritos mal colocados?. Esto es como lo de la transparencia, auditada por un chiringuito especializado en hacer trampas al solitario como Transparencia internacional, sección España [6], y sus consejeros relacionados con el BOE, el Opus y el Ibex 35… ¡es imposible que un país que lleva a sus hijos a Unis privadas chungas de curas para que te den el título porque lo has pagado vea mal algo así! Por último, la delirante situación de que sus propuestas de regeneración ética y democrática estén a cargo de colectivos que consideran normal montar empresas para que te contraten las Administraciones públicas donde han trabajado porque “es todo legal” [7], una vez más, es perfectamente coincidente con la visión general del tema que tienen el ciudadano español. Corrupción no es hacer ciertas cosas, sino que sean ilegales y te pillen. Todo lo demás es, como es sabido, “aprovechar una oportunidad que tienes porque lo vales y te la mereces” y es que, joder, “¿acaso si tú estuvieras en esa situación no harías exactamente lo mismo?”. Lo que pasa es que hay mucho tonto y mucho envidioso que se pone estupendo porque no puede acceder, ¡pero habría que ser tonto para esta ahí y no hacer lo mismo! Con estas credenciales de insobornable coherencia de C’s con los ciudadanos a los que quiere representar la identificación era posible: por un lado el partido estaba ahí ya, dedicado a sus rollos catalanes, pero ADN “generación mejor formada constitucional” en estado puro; por otro, estaba toda esa gente, votantes huérfanos y tan españolísimso en lo ético y en casi todo. La relación era posible pero durante 10 años votantes y partido no se habían fijado mucho mutuamente. ¡Había que hacerlos recíprocamente visibles! Haya sido el encuentro por Meetic, porque el IBEX se lo ha currado o porque la afortunada coincidencia de que el activismo “anticatalán” de C’s, donde está claro que tienen un pedigree al alcance de pocos, les haya hecho muy visible estos últimos años gracias la dinámica política catalana, el caso es que la visibilización se ha producido y el éxito ha sido rutilante. O, como mínimo, parece que lo va a ser a no mucho tardar.

Explicado el origen, razón de ser, financiación, alianzas, miserias, pactos, tránsfugas aceptados y deserciones hacia otros caladeros, así como la evolución y afianzamiento catalán del partido, el libro aborda, en lo que es otro rasgo absolutamente antiespañol del trabajo, un sucinto análisis de las principales propuestas programáticas y económicas del partido. A partir de aquí empieza una parte de la obra que es un verdadero festival del humor, y eso que los autores no han querido hacer sangre (es una pena que las propuestas en materia de urbanismo de sus inspiradores, por ejemplo, no hayan merecido capítulo propio, porque la cosa es del Club de la Comedia, más por lo patético que por las risas, claro). Junto a la sucesión de cuñadeces aportadas por los diversos responsables, brillan con luz propia cosas como que el partido de la supuesta regeneración ética y democrática vaya colocando en medios de comunicación artículos de pretendidos especialistas en economía y ciencias políticas o cosas así que glosan las propuestas y las califican de maravillosas… ¡y que gracias al libro descubrimos que son doctorandos de quienes han hecho las propuestas o familia de los dirigentes del partido que las presentan en público sin que consideren que éticamente sea necesario aclarar este dato!

El contenido de las propuestas brilla con luz propia también. Desde cosas como montar polos de innovación tecnológica que los autores desmontan demostrando que quienes han preparado el programa desconocen todo sobre lo que ya hay en España desde hace años a propuestas estrella como eliminar la fiscalidad a los mayores de 65 años para convertir el país en una zona libre de impuestos para quienes tienen más renta y que vivirían todavía mejor gracias a tener todos los servicios pagados con los impuestos de una cohorte de camareros y cuidadores mal pagados y precarios. Pasando por cosas como el complemento salarial que propone C’s y que, con muy mala leche, los autores comparan con otros ejemplos británicos semejantes…. ¡aunque olvidan poner en relación sus efectos sociales y de concepción con algo tan conocido en España como es el PER andaluz! O culminando con el manido ejemplo danés y la explicación de que hay que hacer como ellos, ya se sabe, “bajar el gasto público hasta tener tan poco como los daneses” (los autores demuestran que el gasto allí es como 20 puntos de PIB por encima del español) o imitarlos en su tendencia en las últimas décadas a irlo reduciendo aún más (los autores demuestran que, al contrario, ha subido desde la II Guerra Mundial hasta nuestros días). Estas páginas del libro dedicadas a analizar las propuestas son exóticas en España, donde se considera de mal gusto tomarse en serio lo que van diciendo los partidos que quieren hacer. La verdad es que a la luz del fuste verbenero de las mismas puede hasta coincidirse en que prestar atención al tema sea en efecto una pérdida de tiempo, pero resultan divertidísimas y es una parte del libro muy valiosa. Esto de su cuñadismo programático multidisciplinar es, con diferencia, el flanco más débil de un partido, C’s, que ha logrado ese grado de identificación con parte del cuerpo social por otras razones y quizás no sea casualidad que lo ofrezca justo allí donde ha considerado que era mejor alejarse de su ADN mitocondrial y recabar el apoyo de parte de las “fuerzas vivas del régimen” en su formulación más clásica (por generación, estirpe y formación). Afortunadamente para ellos, esto del programa, en España, no le interesa a nadie. Nadie se las mira en serio, la prensa española es radicalmente incapaz de analizarlas y los estudiosos y analistas que pululan por nuestro espacio público son seleccionados por su capacidad para el cuñadismo palmero y por saber ser muy conscientes de a quién toca hacer la pelota y a quién no. Por estas razones, de la lista de estupideces que compone el programa electoral de Rivera no se va a hablar mucho y, cuando se hable, será para que ciertos académicos de servicio entregados a la causa nos canten sus supuestas virtudes con entregado entusiasmo (siendo posible, incluso, que hasta se crean lo que escriben, que así de mal está el patio).

Sin embargo, y como decíamos antes, en realidad da igual. Las elecciones se ganan por representar, encarnar, un determinado proyecto social y político que todos entendemos sin necesidad de atender a medidas o programas. El de C’s, como el libro explica muy bien, es bastante transparente. Cambiar ciertas formas, quitar algo de la costra (la más visible, la que queda peor), ir sustituyendo poco a poco, sin traumas, redes clientelares basadas en la tradición socioeconómica heredada del franquismo por un modelo algo más mediado de pseudomeritocracia a la europea que pueda prometer algo más de porosidad social para las clases medias altas todavía favorecidas y que haga creer a las clases medias de concertado que su apuesta por el orden y el establishment puede ser recompensada algún día si son buenos y obedientes… y poco más. En breve, el 20 de diciembre, veremos cómo de madura (o inmadura) está la sociedad española para ir trasvasando votos en masa a esta cosmovisión o si todavía le quedan unos años para acabar de prosperar, dando con ello una oportunidad de reconversión tanto al PP como al PSOE para aspirar a ir captando también, en las próximas décadas (pues ahora está claro que aún no pueden), a estos nuevos ciudadanos en venta.

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Si has llegado hasta aquí y todavía tienes ganas de más, que sepas que  el lunes 30 de noviembre, a partir de las 18.30 h, en el salón de grados de la Facultat de Filologia i Cièncias de la Comunicació de la Universitat de València tenemos sarao de presentación, con la cuota blavenciana de los autores y Guillermo López y un servidor comentando qué nos ha parecido el libro. ¡Estáis todos invitados pero recordad que el carácter fenicio levantino hará que no os regalen libros!

Presentación lunes 30 a las 18.30 en el Salón de Grados la Facultat de Filologia i Ciències de la Comunicació de la Universitat de València