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“Peter the Great: His life and work” – Robert K. Massie

Otra figurita en la colección “Los Grandes”

Cada nación que se precie tiene que tener en su historia algún gobernante con el título de “el Grande” (o “Magno”, si además quieren darse el lustre de “sabemos latín”) si quiere llegar a algo. Los italianos nunca tuvieron uno, y así les va. Los griegos nos la intentan colar con Alejandro Magno [1], pero ese era macedonio. ¡Esta gente lo falsifica todo! Los ingleses, en su afán, concedieron el título muy pronto [2], mostrando su intención de dominar medio mundo cuando su isla solo tenía más o menos los habitantes del municipio de Barcelona. Los franceses esperaron un poco más [3], pero aún así se precipitaron, no pudiendo ya usar el título cuando llegó Luis XIV. Los alemanes eligieron razonablemente bien a su padre de la patria [4] particular. Los prusianos fueron los últimos en llegar y con las prisas solo encontraron a un canijo asexual al que todos llamaban Fritz [5], que lo compensó sobradamente repartiendo yoyah con eficacia prusiana por todas partes. Europa, si alguna vez llega a ser algo, ya tiene a Carlomagno, reclamado como propio a ambos lados del Rin. Y los españoles, con ese tronío y esa humildad con que Dios nos distingue de los otros pueblos, dimos el título no una [6], ni dos [7], ni tres [8], sino cuatro [9] veces. Y todos los Grandes coinciden en lo mismo: cuantas más yoyah, más grande es el Grande (bueno, en el caso español, las donaciones a monasterios también ayudan). Así que leerse la biografía de un “Grande” suele ser garantía de tiempos interesantes.

Una de las ventajas de leer libros de historia es que uno puede comprarse libros de hace unos cuantos años por relativamente poco dinero, y sin embargo evitar una cierta sensación de irrealidad como al releer clásicos de la ciencia ficción [10] de los años setenta. Es el caso de esta obra que nos ocupa hoy, una biografía del Pedro el Grande, Zar de todas las Rusias, escrita en 1980 por un historiador norteamericano [11] bastante rusófilo. Massie residió en Francia en los sesenta-setenta y a través de su hijo con hemofilia pudo comparar a fondo los sistemas sanitarios de Francia y USA, una experiencia capaz de convertir a un WASP de Kentucky en poco menos que un prosoviético (¿pedir sanidad pública en Estados Unidos en los 80? ¡infiltrado del KGB!). Experto en la historia de la dinastía Romanov, esta biografía le ganó un premio Pulitzer, y creo que lo merece, o al menos desde mi limitado conocimiento de biografías publicadas en 1980, que con esta me he leído tal vez dos, hacer amenas novecientas paginitas de historia rusa tiene un cierto mérito. En las últimas reediciones en inglés han optado por ponerle un título kilométrico [12], aunque la tienen también en castellano [13].

 

El Hombre

Massie se acerca a la figura de Pedro el Grande comenzando con su padre, el Zar Alexis, cuyo primer matrimonio termina con la muerte de su primera mujer, de la familia Miloslavsky, en el decimocuarto parto, y que se casa con una jovencita de diecinueve años, Natalia Naryshkina, hija de un noble de origen tártaro (es decir, mongol [14]). En 1672, Natalia da a luz a un hijo sano y fuerte, con pelo oscuro y rasgos ligeramente tártaros, al que llaman Pedro. Como Alexis tiene hijos de su primer matrimonio, Pedro es solo el tercero en la línea sucesoria, lo que permitirá a su madre -educada en casa de un moscovita conocido por su interés en las ciencias y artes occidentales- imponer para él una educación más liberal y occidental de lo que se esperaría para un zarevitch. Tres años después, Alexis muere, y le sucede durante siete años su hijo Fedor, hasta que muere con apenas 21 años y sin hijos, pues los médicos aseguraron que las tareas del matrimonio podían destrozar su frágil salud. La situación resultante era una completa novedad y las élites no sabían qué hacer, ¡a un Romanov siempre le había sucedido su primogénito! (Es decir, a Michail le había sucedido Alexis, y a Alexis Fedor, que los Romanov llevaban en el machito apenas 70 años, por mucho que insistiesen en la matraca de “esto siempre ha sido así”, tan caro a los monárquicos del mundo.) Ante la duda de si coronar a Pedro o al hermano enfermo de Fedor, Iván, el Patriarca preguntó “al pueblo” (es decir, a la muchedumbre reunida ante el Kremlin) y la mayoría gritó mayormente a favor de Pedro. Así, con diez años, Pedro llegó al trono.

 

El Honvre y la Ovra

 

Massie describe muy bien las intrigas y el funcionamiento de la corte y del Moscú del siglo XVI (no muy distintos al siglo XVII, XVIII, XIX, o al palco del Bernabeu de nuestros días, si nos ponemos), con las luchas entre los Miloslavsky y los Naryshkins, incluyendo una revuelta de los Streltsy (una especie de guardia pretoriana que guardaba Moscú) instigada por Sophia, hija de Alexis y hermanastra de Pedro, que braman contra lo irregular de la sucesión y preguntan qué hacía la Renault Kangoo aparcada delante del Kremlin el día que murió Fedor II, que seguro que murió envenenado por los Naryshkin. La revuelta acaba con la vida de varios Naryshkin y boyares, con Iván (un muchacho enclenque y enfermo, Iván con 16 era más bajito que Pedro –que llegaría a medir dos metros- con diez años) coronado como co-zar, y con Sophia como regente en lugar de Natalia Naryshkina. La revuelta tuvo un profundo efecto sobre Pedro, que tuvo que ver como su tío y su abuelo eran cortados en pedazos, y probablemente influyó mucho en su deseo de alejarse de Moscú, incluso hasta el punto de fundar una nueva capital.

Por el momento, Pedro y su madre se exiliaron a la residencia veraniega zarista de Preobrazhenskoe, a las afueras de Moscú, donde pasaría los siguientes siete años haciendo lo que cualquier niño de su edad haría: jugar a los soldaditos (solo que “cualquier niño” no tendría una pandilla de 300 chavales, ni acceso a la armería real). También se mezcló con carpinteros holandeses, que despertaron su interés por los barcos y que le ayudaron a construir barcazas en los ríos y lagos de Moscovia. Su formación formal nunca se reanudaría, Pedro solo iba a aprender lo que le gustaba.

 

Bajarse al Turco

La hermanastra de Pedro, Sofía, reclutó a un noble, Vasili Golitsin, como hombre para todo (incluyendo eso que se imaginan). Massie habla de ambos como revolucionarios: ella por abrir la puerta al gobierno de Rusia por mujeres (cuatro nada menos iban a gobernar durante el siguiente siglo), él por iniciar la occidentalización del país, algo que flotaba en el ambiente general, aunque parezca que Pedro tiene todo el mérito. La pareja Sofía-Vasili gobernó aceptablemente bien durante siete años, hasta que Jan Sobiesky de Polonia les hizo una oferta que vista desde hoy no puede sino hacernos reír: devolverle a Rusia la ciudad de Kiev [15] a cambio de que Rusia se uniese a la coalición austro-polaca que luchaba contra el Imperio Otomano. Tanto ansiaban los rusos recuperar Kiev que Sofía aceptó, echando por la borda la tradicional amistad de Moscú con la Sublime Puerta y la tradicional enemistad con la católica Polonia (y de paso cediéndole a China la cuenca del rio Amur para tener paz en su frontera oriental, poniendo según Massie la primera piedrecita del conflicto Chino-Soviético, en uno de los pocos pero divertidos momentos en que te das cuenta que el libro es de 1980).

 

El rey polaco Jan Sobiesky: nos salvó de los turcos y nos vendió a los rusos. Digamos que su vida fue un empate.

 

Golitsin en persona bajó a Crimea a dirigir la guerra – y se llevó una soberana paliza. Entre esto, las paranoias de Sofía, y unos cuantos malentendidos bien explotados, el partido de los Naryshkins logró un cambio de régimen en 1689. Sofía fue recluida en un convento y Golitsin exiliado al Círculo Polar. Lo gracioso es que los boyares y la Iglesia Ortodoxa, que apoyaron a Pedro, lo hicieron porque Golitsin les resultaba demasiado occidentalizante. Con Sofía fuera de juego, Natalia Naryshkin se convertía en la nueva regente y Pedro… pues volvió a Preobrazhenskoe a seguir jugando, que solo tenía 17 años y pocas ganas de perder el tiempo con el coñazo ese de gobernar. Lo hizo con bastante más libertad, incluyendo dos viajes al puerto de Arcángel [16], y la compra de barcos holandeses al ayuntamiento de Amsterdam (barcos que llegaron con la bandera holandesa, que Pedro usó como base para la que sería la moderna bandera rusa).

También organizó su propia pequeña corte con sus amigos, a la que se sumaron extranjeros y viajantes de todo pelaje. Massie destaca a los mercenarios Gordon y Lefort. Gordon era un escocés jacobita exiliado, veterano de mil batallas, y Lefort el hijo de un comerciante suizo que se había escapado de casa en pos de una vida de aventuras, y que abastecía a Pedro de toda la bebida, el tabaco y las mujeres que necesitaba, incluyendo la que sería su amante durante doce años, Anna Mons. Este séquito, pronto conocido como la Alegre Compañía, fue la cantera de la que Pedro reclutó a sus oficiales, pero de momento y con un adolescente al mando era básicamente una juerga continua, incluyendo una “falsa iglesia” paródica donde Pedro y sus amigos darían rienda suelta a su frustración con el obstruccionismo de los popes (la falsa iglesia estaba organizada como parodia de la Iglesia Católica y no de la Ortodoxa, que una cosa es reírte de la religión y otra muy distinta reírte de la religión VERDADERA, y más en un periodo en que esta llevaba a los rusos a matarse por disputas de tan hondo calado como si había que santiguarse con dos o tres dedos).

En 1694 murió la madre de Pedro y dos años más tarde moriría su hermano y co-zar Iván, con lo que Pedro, con 22 años, se vio de repente al mando de Rusia, y decidió combinar las necesidades del estado (lucha contra los turcos) con sus propias obsesiones (los barcos, y por ello un puerto de aguas cálidas) con una campaña contra la fortaleza turca de Azov, que tomó en 1696 gracias al empleo de ingenios occidentales y al desarrollo de una flota en el río Don.

 

El Erasmus de Su Majestad Imperial

Conquistada Azov, Pedro quería proseguir la guerra, pero intuía que necesitaría más ciencia occidental, y el apoyo de austriacos y polacos. Por ello, en 1697 organizó una “Gran Embajada”, un grupo de 250 oficiales comandado por Lefort, para que visitase las principales capitales de Europa, y del que Pedro formaría parte disfrazado. La embajada empezó su viaje por la costa báltica, en la Riga ocupada por los suecos, pasó por Brandenburgo [17], cruzó Hannover y finalmente llegó a Ámsterdam, donde Pedro pudo cumplir su sueño de trabajar en los mejores astilleros del mundo. Aprovechando la unión personal de Holanda e Inglaterra en la figura de Guillermo de Orange, Pedro pasó también unos meses en Londres, en una casa cedida por un noble que él y sus acompañantes devolvieron completamente destrozada cual piso de estudiantes.

 

Como ya no tenía padres, Pedro ni siquiera tuvo que mandar las típicas cartas de “estoy estudiando mucho” durante su beca Erasmus.

 

De Londres la embajada salió para Viena, donde Pedro se encontró con el emperador Leopoldo (saltándose en su juvenil ímpetu el estricto protocolo de la corte de los Austrias) y desde donde pretendía viajar a Venecia para conocer los astilleros y las galeras de la Serenísima República, pero una revuelta de los Streltsy le hizo salir pitando hacia Moscú en mayo de 1698. Estos 18 meses de viaje por Europa tuvieron un profundo impacto en Rusia: por un lado, con Austria, Holanda e Inglaterra preparándose para luchar contra Francia en la inminente Guerra de Sucesión Española [18], no hay muchas ganas de seguir la guerra contra el Imperio Otomano, así que a regañadientes Pedro aceptará una paz que encierra a Rusia en el Mar de Azov. Por otra parte, durante la vuelta a Moscú, Pedro coincide con Augusto el Fuerte (duque de Sajonia que pensó que Varsovia bien valía una misa y se convirtió al catolicismo para ser rey de Polonia, aunque lo de “Fuerte” venía –suponemos- por sus dotes amatorias, que le llevaron a engendrar 354 hijos con sus varias amantes), quien le señala la debilidad de Suecia y la posibilidad de arrebatarle la costa báltica mediante una alianza ruso-polaca. Pero sobre todo, el viaje abrió a Pedro y a sus acompañantes los ojos sobre el retraso de Rusia respecto a Occidente. Significativamente, solo el retraso tecnológico y organizativo, de hecho Pedro vuelve convencido de que solo un poder monárquico absoluto podrá modernizar Rusia. Por ello, al llegar ordena la tortura y ejecución masiva de los Streltsy, para espanto de las cortes europeas que acababan de hacerse una imagen muy amigable del zar, pero así asienta su poder interno. Lo siguiente, ordenar el uso de ropas al estilo occidental y cortarles –en algunos casos personalmente- las barbas a los boyares (la barba era un signo distintivo de los ortodoxos, y desde Iván el Terrible era obligatoria para todos los hombres).

 

La Gran Guerra del Norte

En España no la conocemos mucho, pero mientras media Europa se enzarzaba en la Guerra de Sucesión Española [18] (1700-1715), otra guerra estaba teniendo lugar en el norte del continente por la supremacía sobre el Mar Báltico. Desde hacía más de medio siglo, los que partían el bacalao eran los suecos, quienes pese a su población reducida (millón y medio, por ocho de los rusos y ocho y medio de los polacos) dominaban las costas y desembocaduras de los ríos, el comercio, y el mar en general, merced a su estricta organización, su superior tecnología, su flota, y cierto fanatismo luterano. La muerte de su rey Carlos XI, seguida de la regencia de un adolescente Carlos XII, fue aprovechada por Dinamarca y Sajonia-Polonia para atacar, ataque al que Pedro se sumó en cuanto pudo, deseoso de lograr al fin una salida al mar.

Pero Carlos XII no era precisamente un blandengue (como Massie escribe para un público más general y quizás poco ducho en historia europea, se mete en unos offtopic enormes para proveer contexto y pequeñas biografías de otros protagonistas de la época; yo leo esto por diversión y me encanta, pero avisados están de que con las partes que no tratan de Rusia se podría llenar otro libro). Aliado con los angloholandeses, desembarca inesperadamente un ejército a las puertas de Copenhague, sacando a Dinamarca de la guerra. Acto seguido, mueve a sus tropas al otro extremo del Báltico y ataca por sorpresa al ejército de Pedro –ausente en ese momento- en Narva, derrotando a 40.000 rusos con sus 10.000 suecos. Una victoria brillante y venenosa, pues Carlos en adelante despreciará a los rusos y se volcará en Sajonia, jugando durante seis años al gato y al ratón con Augusto el Fuerte en los bosques polacos, ignorando todo lo demás. Al margen de razones prácticas, estaba la indignación moral luterana: Augusto era primo de Carlos y había atacado a traición, mientras que Pedro al menos había enviado una declaración formal de guerra, y al confirmar solemnemente un año antes los tratados con Suecia no había besado la cruz ortodoxa, amparándose en un tecnicismo. Lo que demuestra que podemos perder las batallas, las ciudades, toda la artillería del reino y miles de vidas humanas, pero nunca debemos perder las formas. Eso no.

 

Las formas, siempre las formas.

 

Esto dio tiempo a Pedro a reconstruir el ejército y la artillería, y empezar a cosechar pequeñas victorias contra las guarniciones suecas en Livonia. Expulsó a los barcos suecos del lago Ladoga y del río Neva, y al tomar la desembocadura en 1703 empezó inmediatamente a construir un fuerte, un puerto y unos astilleros (en cuyo emplazamiento se sitúa hoy el Almirantazgo de la Marina Rusa). El lugar no era el mejor y habría sido más sensato esperar a conquistar Riga, por ejemplo, pero Pedro al fin había llegado al mar y no quería esperar. Así, por las prisas y la ansiedad de un fanático de la navegación y el bricolaje, en medio de una desembocadura pantanosa y cenagosa, en unos terrenos abiertos a permanentes inundaciones a poco que el viento soplara del mar, lejos de zonas agrícolas, bosques o canteras, y en suelo formalmente todavía sueco, Pedro el Grande fundó su futura capital San Petersburgo en honor a su patrón (renombrada a Petrogrado en la Primera Guerra Mundial [19] porque “burgo” sonaba demasiado alemán, renombrada Leningrado en 1924, y renombrada de nuevo San Petersburgo en 1991; los locales la llaman “Piter”, curiosamente la provincia retiene el nombre anterior [20]).

Mientras tanto, Carlos XII finalmente vencía a Augusto, imponía a un títere como nuevo rey de Polonia, y en 1707 estaba listo para ir a por Pedro. Los demás gobiernos europeos bastante tenían con Luis XIV, que los suecos se enfangasen en Rusia les parecía el mal menor, y la verdad es que desde Narva no daban un duro por los rusos, así que no pusieron obstáculos. Carlos entonces tuvo una idea que en aquel momento debía sonar bien, pero a nosotros nos mueve nuevamente a la risa: conquistar Moscú para forzar un regime change. Pedro se estaba poniendo de un náutico que ni Campechano (varias negociaciones de paz fracasaron simplemente porque no estaba dispuesto a renunciar a San Petersburgo) y un ataque en pinza desde Riga y Finlandia para recuperar el Neva no iba a resolver nada porque Pedro iba a volver a la carga a las primeras de cambio. A Moscú, pues. Angelito. En septiembre de 1708, tras varias batallas menores, estaba a 100 millas de Smolensk, a su vez a 200 millas de Moscú. Pero para entonces Pedro ya le había tomado la medida, y empezaba a desgastarle lentamente con una estrategia de tierra quemada y desgaste continuo (parafraseando a Terry Pratchett [21], los generales rusos de Pedro eran de la vieja escuela militar que cree que el objetivo de una guerra es causar bajas; si encima las bajas son soldados enemigos, es un plus).

En ese momento, Carlos dio otra muestra de su peculiar carácter dando un giro de 90 grados rumbo al sur y bajando a Ucrania para aliarse con una rebelión de cosacos. Pero Pedro arrasa un par de ciudades, con matanza de todos los habitantes incluida, y a los ucranianos cosacos se les pasa la tontería. A Carlos se le acaba la suerte: el Sultán no quiere jugársela ante la gran flota que los rusos han estado construyendo en el Mar de Azov, los tártaros de Crimea siguen sus órdenes, y a Carlos le hieren gravemente en una escaramuza. En cuanto Pedro se entera, fuerza la batalla de Poltava (29 de junio de 1709) y logra una gran victoria. Con superioridad numérica de 3 a 1, desde posiciones superiores y ante un enemigo desgastado por un año de campaña y perdido en las llanuras de Ucrania, pero victoria al fin y al cabo. De hecho, la noticia impactó como una bomba en Europa, donde ya contaban con Carlos como árbitro entre el Elba y el Amur.

 

El cuadro favorito de Pedro.

 

La Gran Guerra del Norte… en el sur

En la mejor tradición “invasores fracasados de Rusia”, el ejército sueco fue aniquilado durante su retirada, y Carlos llegó casi con lo puesto a Besarabia, tributaria del Sultán otomano, al que convenció para entrar en guerra con Rusia. Pedro, creyéndose un nuevo Alejandro Magno (tan sobrado iba, que se llevó a su mujer), se lanzó con un ejército hacia Constantinopla… y acabó sitiado por una fuerza cuatro veces superior, en un monte junto al Pruth, al norte del Danubio. Si al enemigo lo hubiese comandado -e incluso simplemente acompañado- el monarca sueco, Pedro se habría paseado por el Bósforo en una jaula. Pero Carlos no quería acompañar a un ejército comandado por alguien de menor rango que él, y cuando se enteró ya era tarde. El Gran Visir turco, un Hefestión [1] de cuidado, se contentó con la devolución de Azov y el compromiso “de negociar una paz aceptable con Suecia”, y los rusos se retiraron enteros.

Aún así, fue un duro golpe, y ningún barco ruso iba a navegar las aguas del Mar Negro en vida de Pedro. Por otra parte, la relación de fuerzas era la que era, y Rusia no era lo bastante fuerte para asegurarse un acceso al mar en el norte y en el sur al mismo tiempo. Dentro de lo que cabe, afirma Massie, hasta fue bueno, porque Rusia tuvo que concentrarse enteramente en el Báltico, lo que la unió más firmemente a Occidente. Con Carlos intrigando para que el Sultán se le uniese para ir a Moscú, Pedro decidió unir esfuerzos con Dinamarca y Sajonia en la Pomerania sueca para forzar a los suecos a rendirse. Y atacando Finlandia, Pedro preparó el asalto final a Suecia. Para ello, se trajo una retro-innovación: en una era de navíos de línea [22], él montó una flotilla de galeras (más manejables y baratas, y más útiles en las escarpadas costas finlandesas) y aprovechando un día sin viento en 1714 derrotó a la flota sueca en Hangö.

Pero para terminar la guerra necesitaba cambiar la política de alianzas, de modo que casó a una sobrina con el heredero de Mecklenburgo y -muerto Luis XIV en 1715- se lanzó a otro viaje por Europa, llegando a Paris en 1717. Allí residió en el Hôtel Lesdiguières como invitado del rey, un niño de siete años al que levantó en brazos varias veces. Enfrente de donde estaba el Hôtel se alojó Massie durante tres años mientras escribía el libro, y al ladito quedaba la Bastilla, donde un tal François-Marie Arouet quizás pudo ver a Pedro desde su celda. Cuarenta años después, Arouet escribiría una Historia del Imperio Ruso bajo Pedro el Grande, firmando con su seudónimo: Voltaire. El mundo es un pañuelo. Aunque la visita, empero, no sirvió para nada porque Francia había decidido buscar un acuerdo con Inglaterra y ahí no había sitio para Rusia.

 

“Rusia tiene dos aliados nada más: su flota y su ejército.”

 

De hecho, Inglaterra, en unión personal con Hannover desde 1715, estaba haciendo un giro de 180 grados, fiel a su tradicional política de proteger al débil frente al fuerte (o, como lo vería un alemán cínico, de aliarse siempre con el poder menguante para contener al emergente). El rey Jorge I estaba dispuesto a aliarse con Suecia a cambio de recibir Bremen y Verder para Hannover. Por suerte para Pedro, Carlos XII murió de un disparo durante el asedio de una fortaleza noruega, y los raids de sus cosacos por tierras suecas estaban minando lo poco que quedaba de moral sueca. Al final, ni siquiera la presencia británica en el Báltico pudo cambiar nada, y Suecia acabó firmando en 1721 una paz en la que cedía sus provincias bálticas.

 

Letizkaya Ortizova

La guerra también le trajo a Pedro nuevos consejeros y compañeros, tras las muertes de Gordon y Lefort. Uno fue Aleksandr Danílovich Ménshikov, personaje de orígenes inciertos (un mozo de panadería, parece) que ya formaba parte de los compañeros de juego de Preobrazhenskoe, que le acompañó a Azov y a Amsterdam, y que ascendió a gobernador de San Petersburgo y general. A través de él, además, Pedro conocerá a una muchacha lituano-germana de 19 años, que ni siquiera hablaba ruso, hija de campesinos, católica y analfabeta, reclutada por Ménshikov en Lituania durante la guerra cuando trabajaba de sirvienta, y que había estado casada brevemente con un dragón [23] sueco hasta que los suecos salieron por piernas. Y esta chavala, llamada Martha Skavronskaya, divorciada, plebeya y antítesis de todo lo que podía serle sagrado a un ruso ortodoxo, iba a convertirse por la fuerza irrefrenable del amorrrrl en la esposa de Pedro y su sucesora bajo el nombre de Catalina I, Zarina de Rusia. Un cuento de hadas [24].

 

Al contrario que tantísimas españolas, Catalina era rubia natural pero se teñía de moreno para que no se notara tanto su piel oscurecida de trabajar al sol, delatora de su plebeyo pasado.

 

Los líos familiares de Pedro sin embargo no habían hecho más que empezar: el inútil zarevitsch Alexis, hijo de su primera mujer Eudoxia, no estaba a la altura de lo que su padre esperaba y huyó con su amante Afrosina a esconderse a Austria. Pedro logra que vuelva con la promesa de que podrá casarse con ella… y una vez en San Petersburgo, Afrosina le revela a Pedro que el zarevitsch informó y se carteó con mucha gente, y aporta cartas privadas de Alexis como prueba. Un Pedro enajenado y crecientemente paranoico hará una escabechina entre los nobles, e incluso un arzobispo acabará sobre el potro de tortura. Alexis es condenado a muerte también, aunque la sentencia no llega a ejecutarse porque muere antes de una apoplejía.

Alexis muestra para Massie las limitaciones del reinado de Pedro: todo dependía de él, de su energía e iniciativa. Intentó montar organismos colegiados para la gestión de las instituciones del estado, pero fracasó: los rusos que nominaba tenían demasiado miedo de hacer nada que le contrariara, y los extranjeros despertaban resentimiento y resistencia. La tolerancia e incluso admiración de Pedro por los extranjeros no había llegado al pueblo, solo a una pequeña minoría centrada en San Petersburgo. El resto del país siguió mentalmente en los tiempos de la dominación tártara. Las modernizaciones de Rusia no serían el producto de una sociedad avanzando, sino impulsos de gobernantes enérgicos, seguidos de estancamiento bajo gobernadores incapaces.

 

Pedro interroga a Alexis. Nótese el amor.

 

Pedro inició esta dinámica, e intentó asegurar gobernantes capaces cambiando la ley para que cada zar nombrase a su sucesor, en vez de recaer en el primogénito. A su muerte, relativamente temprana (53 años), le sucedió su esposa, apoyada por todos los advenedizos a los que Pedro había encumbrado. Solo duró dos años, y luego una sucesión de nietos y sobrinos hasta llegar a Pedro III, que sería asesinado por su esposa alemana, quien gobernaría como Catalina “la Grande” (dado semejante inicio de reinado, parece justificado llamarla así). Ella logró meter los pies en el Mar Negro, repartirse Polonia y anexionarse Crimea, cumpliendo el sueño de Pedro de salir a dos mares y acercarse más a Europa. Pero por entonces en Francia ya estaban de Revolución, la cosa se paró, y Rusia volvió a su aislamiento. Otra vuelta más en los ciclos de atracción-rechazo entre Moscú y Occidente. Y así hasta hoy.

 

¿Campechano el Grande?

Buscando similitudes entre nuestros propios reyes y Pedro, la verdad es que Felipe el Preparado, de momento, solo tiene lo de ser alto y casarse con una plebeya divorciada. Poca Grandeza. Sin embargo, no podemos más que maravillarnos de lo mucho que se parece Pedro a Campechano: hijo de un padre ausente. Auténtica obsesión con los barquitos. Llega al poder gracias a tejemanejes y politiqueos internos del régimen autocrático anterior. Recibe el apoyo de la caverna porque esta cree que preservará sus privilegios. Amplia colección de amantes centroeuropeas para compensar a la mosquita muerta de su primera esposa con nombre griego. Firmar una paz humillante, incluyendo pérdida de territorios, con el vecino musulmán del sur. Saltarse la primogenitura para evitar dejar el trono a un débil mental.

En cambio, Campechano no mandó torturar a ningún arzobispo, pero eso incluso lo vamos a apuntar a su favor. También falta la manía de Pedro de echar una mano con el hacha, la brocha, o el pico y la pala cuando los trabajos no avanzan lo suficiente, así como su enorme inquietud científica y cultural, así que no creemos que se den las circunstancias para llamar a Juan Carlos I “el Grande”, pero conociendo a nuestra querida prensa solo faltan unos años para iniciar el proceso de beatificación.

Massie traza un retrato muy minucioso de Pedro, citando profusamente de su correspondencia escrita, en la que Pedro no se calla nada y opina de todo. También ofrece un amplio contexto para entender las cosas que hizo. Sin embargo, Massie se corta a la hora de valorar. Eso, se entiende, nos lo deja a nosotros. Por un lado el modernizador de Rusia, por otro un autócrata que mandó torturar y ejecutar a miles de personas, arguyendo que lo segundo es lo que hizo posible lo primero, y que con bondad y buenas palabras no llegas a ninguna parte en Rusia. Un cliché de la historia rusa… que de momento aún espera la llegada de un nuevo “Grande” que demuestre que es falso. Y eso no llegará, porque al final quien tenía razón es Lord Acton [25] cuando dijo: “los grandes hombres son casi siempre hombres malos.”