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El ejército de Flandes y el Camino Español (1567-1659) – Geoffrey Parker

Esta maravilla de libro, muy recomendable, explica la historia del ejército español en Flandes. Las batallas (pocas) y asedios (continuos), pero también la logística, las condiciones de vida de los soldados, los aspectos económicos, etc. El período abarca fundamentalmente las vicisitudes de la Guerra de los Ochenta Años, la sublevación de los Países Bajos frente a Felipe II y el catolicismo, con una coda de once años, una vez firmada la paz con las Provincias Unidas en 1648, hasta llegar a la Paz de los Pirineos con Francia en 1659, que certifica el final de la supremacía española en Europa.

Hay una constante que explica tanto los éxitos como –sobre todo- los fracasos, las insuficiencias del ejército de Flandes para llevar a cabo su cometido hasta las últimas consecuencias, es decir: vencer a los rebeldes y recuperar los Países Bajos para los Habsburgo. Esta constante es el dinero. La guerra de los Países Bajos tiene poco que ver ya con los conflictos medievales, generalmente solucionados en grandes batallas con un elevado componente épico. La guerra en Flandes está poderosamente determinada por las mejoras defensivas derivadas de las fortalezas construidas al estilo italiano, con bastiones y estructuras en ángulo, para eliminar la ventaja de la artillería. Los asedios se eternizan, y en la mayoría de los casos acaban por hambre, rendición o soborno de los asediados, y no gracias a un asalto épico.

Este tipo de guerra, no hace falta explicarlo, es mucho más prolongada, y más cara, que la guerra medieval, que, para empezar, a menudo era estacional: se hacían levas durante unos meses y se esperaba estar de vuelta en el campo para el invierno. Un sistema así, evidentemente, no tiene ningún sentido en una guerra en la que hay que bloquear al enemigo en fortalezas sólidamente asentadas y luego esperar meses, a veces años, para que éste se rinda.

El ejército de Flandes, y en realidad todos los ejércitos europeos, se va a nutrir de mercenarios, a los que hay que pagar un sueldo, y además hay que mantener y pertrechar para la guerra. Todo esto cuesta dinero. Además, en el caso de España concurre una dificultad añadida: hay que enviar este ejército a la otra punta de Europa, y hay que hacerlo por tierra en casi todos los casos, porque los holandeses (primero gracias a la ayuda inglesa, y luego en solitario) desde el principio se hacen con el domino del mar a partir del Canal de la Mancha. Sólo los mercenarios ingleses y holandeses llegan por vía marítima, los demás (fundamentalmente alemanes, borgoñones, españoles e italianos, con el curioso aditamento de la caballería ligera albana) lo hacen por tierra. Además, claro, de los mercenarios valones.

Por tanto, al esfuerzo logístico de montar un ejército como el de Flandes y mantenerlo desde miles de kilómetros de distancia se une el de transportar a las tropas, a veces, desde esa misma distancia hasta el destino, atravesando territorios sometidos a obediencias muy diversas, con cuyos dirigentes hay que pactar para que otorguen el derecho de paso. Es decir: el famoso Camino Español, que partía de Lombardía (el ducado de Milán, propiedad de España), atravesaba los Alpes por diversas vías (inicialmente vía Saboya, a partir del siglo XVII a través del valle suizo de la Valltelina, una vez Saboya se alía con Francia), llegaba al Franco Condado y finalmente arribaba a los Países Bajos tras pasar por Alsacia o Lorena (ambos aliados de España o del Emperador Habsburgo). Se seguía esta vía, un trayecto que podía llevar dos meses, porque las vías más sencillas y directas estaban bloqueadas por diversos enemigos (obviamente por Francia, y también por el elector protestante del Palatinado, que dominaba los pasos clave en el Rhin).

Pactar: ¡menudo infierno!

Es difícil exagerar la importancia estratégica que tenía el Camino Español. Sin él, sencillamente no era viable continuar la guerra en los Países Bajos, dado que la mayoría de las tropas provenían de zonas de Europa muy alejadas del foco del conflicto. De hecho, buena parte de las rencillas entre Francia y España, así como la política exterior española a lo largo del período, tienen que ver con el mantenimiento del Camino Español. Francia, porque se siente lógicamente asediada, al ver su territorio rodeado de propiedades de los Habsburgo a través de las cuales se mueven continuamente tropas. España, porque necesita mantener el Camino a toda costa, aunque ello le obligue, por ejemplo, a participar en la Guerra de los Treinta Años desde el principio. Además de los pactos de familia y las reyertas religiosas, uno de los principales motivos para hacerlo fue que el Emperador le prometió a España la posesión de Alsacia, fundamental para apuntalar el Camino Español. Otra razón era la esperanza de que el Emperador pudiera hacerse con los puertos hanseáticos del norte de Europa y desde allí montar una flota para sabotear el comercio holandés en el Báltico, que era la auténtica base de su prosperidad y, en última instancia, la fuente que nutría a las tropas de las Provincias Unidas.

Los costes de mantener la empresa de Flandes: contratar a las tropas, enviarlas a través de Europa hasta llegar a los Países Bajos, y una vez allí pagarles indefinidamente el sueldo, supone un esfuerzo logístico y económico enorme, que rara vez funcionó bien. Los pagos llegaban casi siempre tarde y mal (por “tarde” no hablamos de semanas, sino de años sin cobrar). La situación de la Hacienda española es siempre precaria durante este período. En parte porque España se involucra en diversos escenarios que suponen unos gastos muy superiores a los ingresos (lo cual obliga a pedir préstamos, saldar deudas y, finalmente, declararse en bancarrota varias veces a lo largo del período). En parte, porque la guerra de asedios y mercenarios a lo largo de años o décadas es, obviamente, carísima. Y en parte, por último, porque las fuentes económicas necesarias para sufragar tanto gasto no son en absoluto regulares, como tampoco lo son las necesidades del conflicto. Si no llegaba a tiempo el galeón de Indias, o no se recaudaban impuestos según lo esperado, o los banqueros decidían no avalar a la Corona española… Se producían todo tipo de problemas.

La situación queda muy bien explicada en esta impagable (nunca mejor dicho) anécdota: un diseñador italiano, Alberto Struzzi, fabrica un Ejército de Flandes de juguete como regalo para el futuro rey Felipe IV, en 1614, con el propósito de que el príncipe se familiarice con la existencia y características del Ejército de Flandes. Y tanto fue así que Struzzi no cobró por su juguete… hasta 1630, es decir, dieciséis años después.

Los vaivenes del dinero también tenían mucho que ver con los demás intereses estratégicos de España. La guerra de Flandes, aunque fuese una presencia constante, nunca fue la prioridad principal. Al principio, Felipe II ha de hacer frente a la guerra con el Imperio Otomano en el mediterráno, mucho más preocupante, porque podía afectar al corazón de sus posesiones. Poco después, la sucesión de Portugal. A finales de su mandato, la guerra de sucesión en Francia contra Enrique IV… Siempre hay otros conflictos más importantes, más determinantes, que impedirán que España dedique suficientes recursos a la guerra en Flandes.

Además, concurre un segundo problema, que podríamos denominar “la paradoja de Hitler” (sí, ya tardaba): España no quiere firmar nunca la paz cuando las cosas le van bien, porque piensa que siempre le puede ir un poco mejor; ni tampoco cuando le van mal, porque considera que no ha de firmar una paz desventajosa, que es mejor asestar primero un golpe que cambie la fortuna del conflicto. Como la guerra nunca llegó a un estado tal en el que uno de los dos contendientes superase netamente al otro (y las pocas ocasiones en que estuvo a punto de suceder esto, desde el lado español, algún otro conflicto lo impediría), era casi imposible llegar a un arreglo pacífico. Así que en ochenta años de guerra sólo hubo una tregua de doce años (1609-1621), a la que se llegó por puro agotamiento de sendas partes, y que no se prolongaría por la confianza de España en que, en efecto, podría arrancar mejores condiciones de los holandeses.

Durante un tiempo pareció que podía ser así, gracias a los buenos oficios de Ambrosio Spínola, el último de los grandes capitanes de Flandes y quizás el mejor de todos, aunque sólo fuera porque, como era hijo de grandes financieros genoveses, conseguía crédito para pagar a las tropas con más facilidad que la propia Corona española: recuerden la rendición de Breda, qué pinta de gran victoria que tiene aquello. Pero luego el conde-duque de Olivares se involucra en el fango de la Guerra de los Treinta Años (ayer me contaba un amigo que hay una película que comienza con un hombre llegando a un pueblo a caballo. El hombre vocifera: “¡ha comenzado la Guerra de los Treinta Años!”) y sus opciones empeoran más y más, sobre todo a partir de la entrada de Francia en el conflicto, de manera que las dos paces que firma España con Holanda y Francia, en 1648 y 1659, son ambas desventajosas.

El sistema de reclutamiento, al tratarse de tropas mercenarias, estaba bastante descentralizado. Se otorgaban poderes económicos y de representación a los capitanes, que se encargaban de reclutar compañías y adelantarles el dinero que después (es decir, semanas, meses o años después) reintegraría el gobierno español. Las tropas se enviaban por vías diversas, pero fundamentalmente por el mencionado Camino Español. En el caso de las tropas españolas, en barco hasta Lombardía y de ahí hasta Flandes, como ya hemos visto. A menudo, las tropas disfrutaban de una fase previa de entrenamiento en Italia, sirviendo en los presidios (guarniciones), muy útil para no enviar reclutas bisoños al matadero de Flandes.

En general, el reclutamiento funcionó bien durante el siglo XVI, pero se estancó en el XVII merced a la caída demográfica (particularmente clara en Castilla) y a la competencia con otros ejércitos mercenarios que pagaban más y mejor, como las tropas de Wallenstein en la Guerra de los Treinta Años. Eso provocó que la calidad de las tropas también menguase, y que el ejército tuviera que recurrir a menudo a contratar presos o capturar vagabundos en las calles.

No sé si hay alguna relación con lo que acabo de contar, pero: las mejores tropas en Flandes eran las españolas, y también las más despiadadas. Se odiaba al soldado español con un odio tan intenso que casi parecía privativo del odio entre españoles. Y eso que no llegó a ejecutarse (pero sí se consideró la posibilidad) el “arma de destrucción masiva” de que se disponía contra los holandeses: destruir los diques, inundar los territorios rebeldes y adoptar así una solución muy española: si no es para mí, que no sea para nadie. Pero no se hizo porque, por algún motivo, se pensó que una solución así acarrearía el odio de la población local para siempre jamás.

Hay que decir que los españoles eran las tropas que mejor se desempeñaban en Flandes, pero no en otros lugares. En concreto, no en España. En líneas generales, y en una tendencia que desmiente décadas de declaraciones futbolísticas alabando la calidad de la cantera y la necesidad de contar con los chavales, los mercenarios que funcionaban mejor eran los extranjeros en cada territorio. Los lugareños tendían a desertar más a menudo, a huir ante el peligro… No en vano, les resultaba sencillo eludir los problemas derivados de la guerra sin enfrentarse, en su lugar, a problemas peores. Los españoles, en cambio, si desertaban en Flandes lo tenían crudo para salir con vida, pues lo más normal es que los lugareños o el propio Ejército del que habían desertado los encontrasen y los matasen.

Las condiciones de vida en el ejército de Flandes eran durísimas, como cabe imaginarse, pero no en todos los extremos. En el siglo XVII, el sistema de abastecimiento mejoró lo suficiente para impedir, al menos, desastres que dejasen paralizado el ejército y, sobre todo, conjurar el riesgo de hambruna. Las condiciones sanitarias también eran aceptables para la época. Las condiciones de auxilio espiritual, en cambio, dejaban mucho que desear, algo notable si tenemos en cuenta que el principal motivo de la guerra, que impidió un arreglo pacífico en los primeros años del conflicto, era la religión:

Fra Antonio (…) vestía de pieles y llevaba una cadena de oro, entretenía al obispo de Amberes con baladas impúdicas acompañándose al laúd, y logró hacerse pasar por enviado pontificio para entrar en un monasterio de monjas con el fin de ‘reformarlo’ (…) La mayoría [de los capellanes] redondeaban sus sueldos (que después de 1583 eran el doble del sueldo base de los soldados), forzando a los soldados moribundos a dejarles en herencia su dinero. El procedimiento era sencillo: el capellán se negaba a confesarlos o a redactarles el testamento (los capellanes sabían leer y escribir, y muchos soldados, no), si no les dejaban un legado considerable para ellos (págs. 213-214).

Curiosamente, ambos ejércitos trataban bien a los prisioneros del otro bando, y habitualmente pagaban rescate por los suyos y también les pagaban el sueldo correspondiente al tiempo que habían estado en cautiverio. La razón era evidente: si no obraban así, lo más normal era que los prisioneros acabaran engrosando las filas del ejército enemigo (no olvide el lector que hablamos de mercenarios sin escrúpulos, como Mijatovic).

El pragmatismo es también la razón que explica el sorprendente funcionamiento de los motines, muy habituales en el ejército de Flandes. La razón de los motines era obvia: los impagos y retrasos continuos, que a menudo, como se ha dicho, abarcaban varios años. El primer gran motín derivó en el Saco de Amberes, en el que los tercios españoles arrasaron con todo y robaron a mansalva hasta satisfacer los atrasos. Además de la maravillosa imagen que esto produjo en las mentes y los corazones de los lugareños, el Saco de Amberes paralizó el ejército de Flandes en un momento en el que los rebeldes, aún poco organizados y sin apoyos, parecían al borde de la rendición. Y no fue la última vez que sucedió algo así.

Desde el momento en que se convirtieron en habituales, los motines racionalizaron su funcionamiento:

Una vez convertida en desobediencia, los amotinados se organizaban con notable sofisticación para alcanzar sus objetivos. Elegían líderes que los dirigiesen, seguían un plan racional y ordenado, y concentraban sus esfuerzos sobre metas limitadas y asequibles. Cuando se amotinaron los alemanes, la gemeinde (comunidad) de todos los soldados eligió un ambosat (representante) para negociar con el alto mando, en el caso de los españoles (imitados más adelante por las otras ‘naciones’ del Ejército) la tropa (el escuadrón) delegó toda la autoridad en un líder elegido (el ‘electo’), a quien asesoraba un consejo electivo. Los motines del Ejército de Flandes, que acabaron por convertirse virtualmente en una institución de la vida militar, constituyen uno de los capítulos más antiguos de la historia de la negociación colectiva en Europa” (pág. 230).

Decía que el pragmatismo dictaba esta negociación por parte del gobierno. Ahora, en las negociaciones con los trabajadores, la patronal te intenta pagar en visibilidad, o te dice el consabido argumento de que detrás de ti hay 100.000 deseando trabajar gratis y que si no te gusta, te puedes ir a tu amada Cuba. Pero entonces las cosas eran diferentes. El gobierno había hecho un esfuerzo enorme para contratar, formar y desplazar a esas tropas, que casi milagrosamente habían logrado llegar a miles de kilómetros de distancia y funcionaban, además, como unidades de élite (que, por otra parte, tampoco se amotinaban para cobrar más, sino para cobrar algo).

El gobierno, en definitiva, necesitaba la expertise de los veteranos: eran imprescindibles. Así que lo normal era aceptar unas condiciones razonables (que, increíblemente, beneficiaban a los amotinados, pero no a las tropas que habían permanecido leales) y reintegrar a los soldados amotinados en el Ejército. Salvo a los cabecillas, de los que, tarde o temprano, el gobierno procuraba desembarazarse, aunque no necesariamente por la vía sumaria, es decir: no matándolos como traidores.

Parker traslada la impresión de que los motines también daban cierto estatus social a los amotinados, que pasaban a ser “alguien”, por contraposición con el anonimato de los soldados, sometidos a continuas humillaciones por parte de la población local y también de sus propios jefes, que a menudo les insultaban y les robaban parte de su paga. Con el motín, en cambio, todo el mundo parecía hacerles caso (un poco como Corea del Norte simulando tener armas nucleares), y de hecho parte de la resolución del motín, al menos procedimentalmente, también conducía a que los mandos y los amotinados se enviasen mutuamente desaforadas cartas de amor y comprensión. Por no hablar de situaciones si cabe más peculiares, aunque no tanto para españoles de pro:

En uno de los motines los participantes encargaron dos banderas oficiales, en cuyos pliegues podían verse efigies de la Virgen María llevando a Cristo en los brazos, junto con el lema ‘Pro Fide Catholica et Mercede Nostra’. Estos amotinados, que fueron empujados desde Hamont a Hoogstraten, luego hasta Grave y, finalmente, hasta Roermond, entre 1602 y 1605, se atrevieron incluso a adoptar el título de ‘República de Hoogstraten’, vestían de verde para distinguirse de los soldados de las otras dos partes y se proclamaron como ciudad-estado independiente y neutral. Solo abandonaron su independencia nominal cuando los leales españoles les declararon proscritos y les obligaron a pasarse a los holandeses. Los amotinados se negaron a admitir esta postura; ofendidos, redactaron un escrito de notable extensión, en que se excusaban por su acción, que fue publicado en varias lenguas (pág 244).