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Äkta människor

La génesis de esta serie yo me la imagino así: los directivos de la televisión pública sueca SVT1 se juntan y deciden que quieren hacer una serie de ciencia ficción. Sin embargo, viendo los recursos disponibles, solo se encuentran con mucha mascarilla y un montón de actores fríos e inexpresivos, incluso para estándares suecos. La solución sencilla y elegante: que hagan de robots. Así, cuanto más inexpresivos, estirados y mecánicos, mejor.

 

La academia sueca de actores.

 

Por lo demás, el futuro es como el presente: ¡si los protagonistas siguen usando el Nokia 3210 y conducen el Volvo 262C! Pero es que todo eso, el atrezzo, no importa. Si lo que quieren es ver la pantalla llena de miles de detalles técnicos apabullantes mientras les cuentan una historia chorra, ya tienen a Hollywood [1]. Esto es Europa y aquí hacemos las cosas de otra forma (nos referimos a la Europa del norte, claro, que explora ideas porque está emocionalmente reprimida; no a la del sur que prefiere ponerle tetas a todo [2] porque está sexualmente reprimida).

 

Ideas a explorar

¿Y qué ideas quieren explorar estos suecos? Pues el impacto en una sociedad causado por la introducción cada vez mayor de robots humanoides como trabajadores, acompañantes, chachas, conductores e incluso parejas. Como siempre, hay de todo: hubots (su nombre comercial, derivado de human robots) majos y otros que dan grimilla [3], y gente a la que le gustan y gente que no. Estos últimos se organizan en un partido político llamado Äkta människor (en inglés la traducen como “Real Humans”, que en castellano viene a ser “Humanos Reales” o “Humanos de Verdad”, según quien les haya traducido los subtítulos) donde cultivan un discurso donde solo hay que cambiar hubot por putomoro para obtener el programa político de Amanecer Dorado. La estética de sus integrantes apunta en la misma dirección. En un giro para dar realismo –o por puro humor chorra sueco-, en el partido militan varios suecos con lo que en Alemania llamarían Migrationshintergrund (palabro que tiene página en la Wikipedia [4] y que se puede traducir como “trasfondo personal de migración”, que es la forma políticamente correcta de decir “habrás nacido y vivido toda tu vida en Düsseldorf, pero sigues teniendo algo de putomoro en ti”).

 

No es una esvástica precisamente, pero lo pillamos.

 

Luego, claro, están los partidarios: los ancianos que están solos, los honestos y esforzados empresarios del ramo que secuestran y revenden hubots tras haberlos reseteado, los directivos que están encantados con unas máquinas incansables que no cometen errores en tareas repetitivas, y sobre todo los llamados hubbies, que piensan que los hubots son lo más mejor. Una de ellos, de nombre Pilar (por lo que la suponemos española, aunque su aspecto sugiere un Migrationshintergrund más sureño; pero tranquilos, que la serie cuenta con su cuota española pata negra con un cameo de famosillos hispanos), afirma que su hubot (una versión mejorada de Pedro Sánchez, pero en bajito) es mejor que cualquier hombre porque escucha, entiende, es incapaz de mentir, ayuda en la casa, no se cansa en la cama, le gusta bailar, siempre está de buen humor… y no sale corriendo cuando ella se pone a decir en público que le gustaría tener hijos con él a los pocos meses de estar juntos. Puesto así, está claro que Pilar no iba a quedar satisfecha nunca ni con los supermodernos maromos suecos. De España ya ni hablamos.

 

Si hay que ir cama por cama para que el PSOE saque algún voto, se hace.

 

Meteh.la en la tostadora

Con esto llegamos al asunto que ocuparía el 50% de la serie si la serie fuese española (el otro 50% sería comedia de enredos surgida del 50% anterior): ¿los androides saben meteh.la (o dejarse meteh.sela)? ¿Son lo bastante humanos para eso, o sería como hacerle el amor a la lavadora? La respuesta es que sí: vienen provistos de todo lo necesario, aunque para usarlo necesitan un chip que se entrega por separado y que me recuerda a la tarjeta SD de mi vieja cámara de fotos. La cosa está tan avanzada, de hecho, que hay prostíbulos y salas de striptease solo con hubots, programados para cualquier cosa que guste el cliente (aunque mi mente enferma no puede dejar de pensar: si no comen ni beben, ¿cómo lubrican?).

Otra cosa es el aspecto legal. Parar a un hubot en la calle y realizar actos sexuales con él, ¿es una violación o un uso indebido de propiedad ajena? ¿Te pueden impedir la entrada a un garito porque vas con tu hubot, o es discriminación humanoide? ¿Deben tener derechos, o llevaría eso directamente a su emancipación (y preeminencia sobre los humanos, ya que pueden producir más hubots sin más límite que la capacidad de las fábricas)? ¿Pueden tener iniciativa y engañar a sus amos humanos, o deben limitarse a seguir órdenes?

Todas estas ideas y muchas más se exploran en la serie, que muestra a varios grupos de robots y familias humanas, vagamente conectados unos con otros. Una familia de suecos muy rubios, con una casa que parece un escaparate de IKEA y con sus típicas vacaciones en España, los Engman, compra un hubot doméstico que resulta ser miembro de un grupo de hubots independientes, los “hijos de David”, “liberados” por su creador humano mediante un “código” que se les administra por puerto USB (situado en la nuca). La familia, inicialmente reservada, acaba encantada con su sirvienta, muy especialmente el hijo, al que le falta un hervor y que tiene una sexualidad “transhumana” – que es la forma respetuosa de decir que las máquinas le ponen. La madre, abogada, pasará de no querer a una “competidora” en casa, a defender los derechos de hubots en juicios. El marido, por cierto, inicialmente el más entusiasta, acabará en paro la segunda temporada, suponemos que para explorar la idea “los hubots no destruyen solo el trabajo de los obreros pringados, también pueden acabar con el tuyo, estimado televidente con estudios superiores.

 

Cuota española: Jesulín de Ubrique y Enrique Ponce hacen un cameo en casa de los Engman.

 

En la casa de enfrente (los Engman están forrados, pero en Suecia eso no es óbice para que tus vecinos sean clase obrera y los hijos de ambos vayan al mismo colegio, pero como ya les dijimos esto es una serie de ciencia ficción), en cambio, un matrimonio se viene abajo porque el marido, Roger, ya de por si puteado en un curro de baja cualificación donde se ha visto reducido a supervisor de hubots, se encuentra con que su mujer se siente emocionalmente más atada a su hubot-entrenador personal. Roger deja salir su represión emocional sueca mediante un par de leches a Therese, momento a partir del cual debería quedar marcado como “malo” en el devenir de la serie, aunque los guionistas se limitan a pintarle como un pobre pringado, manipulado por todo el mundo a su alrededor. Como nos esperamos desde su primera aparición, acaba militando en Äkta människor, donde se une a un subgrupo cuya intención es dejarse de cháchara y pasar a la acción directa. El líder del grupito, de nombre Malte Koljonen, al que pintan como caricatura de –ya se lo imaginan, ¿verdad?- Adolf Hitler [5], redacta un manifiesto para denunciar el sometimiento de la raza humana y tal, pero en el fondo lo único que quiere es meteh.la. Como para remarcar lo inmensamente pringado que es el señor Koljonen, los guionistas le añaden un rasgo cuya pringadez es posible que se le escape al espectador medio español [6], que igual ignora que en otros países no tienen el mismo desarrollo vital que aquí: el bueno de Malte, con sus 40 años bien cumplidos (el actor de hecho tiene 46 a día de hoy), ¡todavía vive con su madre!

Finalmente, también se explora a los hubots desde un punto de vista espiritual, gracias a un sacerdote que es lo más tolerante, comprensivo y Dios-lo-perdona-todo-y-te-ama que uno se pueda echar a la cara; vamos, creo que si me ponen un sacerdote así en el barrio hasta yo me planteo ir a misa de vez en cuando (el sacerdote es una mujer activa- y abiertamente lesbiana y por supuesto miembro de esa iglesia sueca luterana [7] que funciona casi como una democracia asamblearia, lo digo por si el Papa Francisco nos lee y está pensando en recuperarnos para el redil). En casa de esta sacerdotisa se produce una de las escenas más graciosas de la primera temporada: la pareja de la sacerdotisa (una bibliotecaria lesbiana con fuertes prejuicios contra los hubots) y una hubot liberada (que a fuerza de leer el Cuore y otros subproductos similares es tan homófoba y rancia que no la querrían ni de columnista en el ABC) se enzarzan en una discusión sobre prejuicios llamándose mutuamente bollera y Pacman.

La hubot homófoba, visto el poco apoyo que recibe del resto de la cuadrilla, deserta para buscar una vida propia. Como eso resulta que es caro, cae en la prostitución, para posteriormente robar a su chulo y con el dinero montarse una identidad humana que le permita realizar sus sueños de casarse de blanco, tener hijos (dados los ligeros problemas técnicos para lograr esto, simplemente le roba el bebé a una yonqui que pasaba por ahí) y salir en la portada del Hola. La historia de la chavala, llamada Flash (porque su “hermano” mellizo se llama Gordon, David no se estruja mucho las meninges para ponerles nombres a sus hijos), nos debe mostrar a un hubot intentando integrarse desesperadamente en la sociedad humana, siendo lo bastante hábil para engañar a la mayoría de humanos, aunque nos da que le dan tanta cancha por estar la actriz mu resultona (Josephine Alhanko fue Miss Suecia 2006).

 

Una arribista social que ha pillado un novio guapo y rico. ¿Se puede ser más humano que eso?

 

Un código para liberarlos a todos

Junto a toda esta exposición de ideas y retratos costumbristas de la vida con y de los hubots, también hay una cierta trama central: un misterioso código, repartido por ahí, que una vez ejecutado en el interior de un hubot lo libera y le confiere algo similar al libre albedrio. Código generado gracias a las obsesiones de David Eischer, un ingeniero con su drama escandinavo detrás (la mujer se le ahogó en uno de esos enormes lagos, tamaño Baikal, que por el artículo 25 de su Constitución todo sueco debe tener detrás de su casa, y el hijo tres cuartos de lo mismo), que lo usa para liberar a una serie de hubots, los “hijos de David”, que exploran el mundo humano sin ser reconocidos. Algunos, no obstante, usan esta capacidad para concluir que nunca podrá haber paz entre humanos y hubots, e intentarán hacerse con el código para iniciar una rebelión hubot.

El código permite a los hubots tener deseos, emociones y anhelos, pero también contiene una subrutina oculta que se activa recitando una especie de credo (“Soy un hijo de David. Vamos a poblar el planeta. Vamos a vivir para siempre. Vamos a gobernar. Vota Podemos.”). Una vez activada, la subrutina les lleva a luchar contra los humanos, y también contra otros hubots traidores que se han juntado con los humanos. El peso de esta trama lo lleva una hubot que empezó siendo buena y luego se volvió mala o viceversa, la verdad es que la transición entre la primera y la segunda temporada no está muy currada a nivel de guión, pero les recuerdo que aquí se trata de EXPLORAR IDEAS, no me sean tiquismiquis.

 

¡Pero si son adorables!

 

Otra línea explora la posibilidad de obtener la inmortalidad mediante el trasvase de la consciencia de un humano moribundo al cerebro de un hubot. Estos “clones” no son realmente un copia/pega de las personalidades humanas, sino hubots cuyas personalidades se han modelado en base a miles de preguntas al humano clonado, pero algunos humanos creen que se puede descargar la consciencia como si fuese un episodio de su serie favorita. Para ello, sin embargo, es necesario tener el código de marras, para que el hubot receptor tenga libre albedrio. El pasarse el resto de la eternidad buscando un enchufe cada tres horas mientras vives en un país donde la corriente se corta a menudo… eso ya no lo exploran. Lástima.

 

La Singularidad Tecnológica se viste en el Decathlon

La segunda temporada acaba con la salida del armario de los hubots liberados: algunos están dispuestos a integrarse en la sociedad humana y pagar el precio necesario (que en España seguro que es muy asequible [8], ¡y por un millón de euros más el gobierno ni siquiera te exige que instales el parche anti-fraudes en tu software hubot!), y otros organizándose para la ofensiva final para gobernar el planeta. Por ahora no hay fecha para emitir una tercera. Nos quedamos con las ganas de saber qué harán los hubots, y si el código les curará ese aspecto que tienen de maniquíes baratos del Decathlon. Si la serie fuese americana, en la tercera temporada tocaría una rebelión de las máquinas a lo Terminator, y si fuese española, ya tardaban en mostrarnos, aunque fuese en un flashback, cómo vivieron los hubots el 23-F o la muerte de Chanquete. Siendo esto un producto de la televisión pública de Suecia, nos imaginamos que acabarán integrados como una minoría más en la supertolerante sociedad sueca, pagando religiosamente sus impuestos, conduciendo de acuerdo a la señalización, comprándolo todo en IKEA, y votando a los socialdemócratas. Es decir: no habría casi ninguna diferencia con los nativos humanos.

Desde un punto de vista reciamente español, por lo tanto, la serie no trata de lo que nos hace humanos, sino de lo que nos hace suecos. Para alcanzar al homo sapiens hispanicus, en cambio, los hubots primero tendrían que desinstalarse la Enciclopedia Británica y sustituirla por el diccionario VOX y las bases de datos históricas de El País y el ABC, y luego, hacerse de algún equipo de fútbol (el MEMYUC es lo que más les pega por lo de la estética blanco impoluto de las fábricas de las que provienen) y de algún partido político (desde LPD les recomendamos Ciudadanos, por la gestión basada en datos y el toquecillo prefabricado de algunos candidatos, por los que seguro que sienten una afinidad instantánea), y defenderlos a muerte. Así, apoyados en la barra del bar, en una mano el palillo y en la otra la batería AAA a modo de carajillo, y disfrutando de esta bendita tierra donde fluyen la eólica y la fotovoltaica, al fin habrían logrado ser Españoles de Verdad. Porque, ¿quién quiere ser humano pudiendo ser español?