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La cripta de Franco – Jeremy Treglown

Este libro está escrito por un crítico literario británico, con el objeto de revisar (y reivindicar) el valor de la cultura desarrollada en España durante la dictadura de Franco. Dice el autor, y tiene razón, que el franquismo ha estado tradicionalmente denostado por parte de la civilización occidental (me pregunto el porqué), y en particular en lo que se refiere a la creación cultural y artística. El libro parte de esta asunción para hacer un ejercicio de revisión de lo que da de sí el período en términos culturales y también su influencia en el campo de minas de la memoria histórica. Está escrito para lectores anglosajones, lo cual explica, en parte, que el autor efectúe un acercamiento más bien superficial al asunto. Quizás también explique su relativo éxito en las librerías españolas, no lo sé.

Otra posible explicación de este acercamiento superficial es que el autor, sencillamente, no domine bien su objeto de estudio, lo que ayudaría a explicar que el libro sea, en su conjunto, una colección de tópicos bienintencionados y superficiales sobre la España de Franco, con un tono más que complaciente: Franco hizo muchos pantanos. La verdad es que la derecha fue muy agresiva en su toma del poder… ¡Pero cuidado con la izquierda, que también era muy agresiva, y lo fue antes (¿?), y acabó propiciando la Cruzada! Luego la dictadura acabó haciendo los deberes y trajo a España la prosperidad económica. Gracias a los turistas y el turismo, que como eran extranjeros modernos y ricos fueron, en la práctica, los que sacaron a España del pozo, mostrándonos cómo podríamos, cómo deberíamos ser. Hombre, tan cojonudos como ellos no, que aquí hablamos de españoles renegridos tercermundistas, pero un poco se nos quitaría el pelo de la dehesa.

Por si esto fuera poco, uno echa un vistazo a la contraportada del libro y ve este aviso a navegantes:

“Se trata del libro más perspicaz y exhaustivo sobre España que he leído en años”
Antonio Muñoz Molina

¿Un libro con el Antonio Muñoz Molina seal of approval? ¿Qué encontraremos en él? Pues ya en la página 9 tenemos esta maravilla:

Las encuestas de opinión indican un importante nivel de aprobación [ese “importante nivel de aprobación” se ubica, según las fuentes del propio autor, en torno al 25%], en lento descenso, del régimen de Franco. Esto se ve más entre los mayores que entre los jóvenes, si bien las anécdotas de algunos padres de adolescentes apuntan a que es posible que José Antonio Primo de Rivera estaría comenzando a atraer de una forma nueva a los jóvenes” (págs. 9-10)

¿Cómo dice usted? ¿José Antonio Primo de Rivera? ¿A los jóvenes? ¡Pero si el porcentaje de jóvenes que sepa quién era este tío a duras penas superará el 3%! (Y luego hagan sus cálculos de qué porcentaje de ese 3% se verá atraído “de forma nueva” por José Antonio). Pues suelta esto el tío, y se queda tan ancho. Y aquí no suelta estadísticas, no. Un “me han contao”, y punto. Y más adelante vuelve con su obsesión: “para algunos españoles, la Falange sigue ejerciendo un poderoso atractivo” (pág. 66). ¿Mande? ¿Algunos españoles? ¿Los ha contado? ¿Qué resultado le da, 157 españoles que se sienten poderosamente atraídos por la Falange?

Poco después, en la página 22, el autor nos explica que la memoria histórica es mala, y perniciosa. Que no es bueno abrir viejas heridas. Y se apoya de nuevo, cómo no, en Muñoz Molina, faro intelectual de cabecera:

Aunque está muy lejos de ser un apólogo del franquismo, el novelista y periodista Antonio Muñoz Molina se cuenta entre los críticos de la gente que describe como jactanciosos de estar ayudando a rectificar una terrible injusticia histórica sin necesidad de esforzarse mucho ni ponerse en peligro. ‘El resultado de esta sentimentalización u oficialización de la memoria’, escribe, ‘es en sí mismo una forma de amnesia (…) Cualquiera que afirme que sólo ahora es posible publicar novelas o libros de historia que cuenten la verdad acerca de la guerra civil y la dictadura haría mejor en decir que no ha leído los que se escribieron antes, o que no se molestan en leerlos porque ya no están de moda’. Cuando conocí a este escritor, se extendió sobre el tema con cierta exasperación bienhumorada. ‘En los diarios y en la televisión ves fotos de personas demasiado jóvenes para recordar la guerra civil, que lloran porque algunos esqueletos tienen las manos atadas. ¡Por supuesto que les ataron las manos!’. (págs. 21-22)

Nada mejor que echarse unas risas con estos chavales excéntricos que se echan a llorar cuando recuperan los restos de su abuelo, que asesinado en la guerra civil y que se había pasado los últimos 70 años en una cuneta.

¡Qué bueno!

Pero no se vayan todavía, que aún hay más. Justo a continuación, el autor suelta esto:

Todas estas críticas tienen sentido común. Para uno de fuera realmente hay algo de inutilidad en eso de ir buscando cuerpos enterrados hace setenta y tantos años. Realmente es una lástima que se exploten los sentimientos acerca de una guerra tan distante con fines políticos actuales. La generación mayor tiene, de todas las maneras posibles, una comprensión más justa, más compleja, de aquella época que las personas más jóvenes (pág. 22)

Y se queda tan ancho, el tío. No repara, al parecer, en el detalle de que si esta gente se emperra en buscar los restos de sus familiares que llevan allí “setenta y tantos años” es porque no pudieron hacerlo antes. En cuanto al dilema generacional, se explica solo, aunque siempre resulta esclarecedor que te digan que los mayores saben más de estas cosas, que por algo vivieron sus cuarenta años de dictadura acojonados ante la perspectiva de que el Caudillo volviera a salvarles.

Llegados a este punto, la verdad es… que cogí el libro con mucho más interés, claro. Un libro de éxito, reivindicado por nuestro amigo Muñoz Molina, el “centrado” y “sensato” por antonomasia, con estos postulados, sólo podía darme muchas alegrías. Y en efecto, así ha sido. Todo el libro, pero sobre todo la primera parte, es el mencionado rosario de tópicos complacientes con el franquismo y su impacto sobre la sociedad española. Un ejercicio de supuesto equilibrismo consistente, al parecer, en quitar hierro a todas y cada una de las críticas, exigencias o protestas de los perdedores, por la vía de reírse de ellos, llamarlos amargados rencorosos (con la ayuda de Muñoz Molina, siempre al quite de reírse de las víctimas “desde la izquierda”) o, sencillamente, contraponer su sufrimiento con el argumento de que, dice el autor, la derecha española y los franquistas también han sufrido lo suyo. O sea, Paracuellos.

VUELVEN

La parte del libro dedicada a la memoria histórica y la lectura de lo que significó el franquismo es, en este aspecto, la más espectacular. Por supuesto, tenemos nuestra ración de Pío Moa, de quien Treglown viene a decir que ha hecho importantes averiguaciones, pero que la verdad es que se pasa un poco, ¿no? (pues si vieras cómo se pasaba Moa cuando se dedicaba a rematar los asesinatos de su grupo terrorista a martillazos [1], ya ni te cuento).

Luego pasamos al análisis de la obra cultural del franquismo. Aquí, Treglown lo tiene aún más claro. La España de Franco fue un período de efervescencia cultural que dio gusto verlo, en todos los ámbitos de la cultura que podamos imaginar. Pintura, literatura, cine, … Esto era como la Florencia del XVI, pero gestionada como un cuartel desde El Pardo, donde El Caudillo, más que nada, dejaba hacer. El erial de Gregorio Morán [2] se ha convertido aquí, mágicamente, en un vergel. La mala prensa del Caudillo y su régimen habrían jugado en contra de esta maravillosa generación de españoles (¿un segundo siglo de Oro?), que escribían, pintaban, filmaban y, en suma, creaban con absoluta libertad e independencia (aunque no sin tener muy presente, me permito apuntar, el constante y silencioso apoyo que el Caudillo, en su seráfica sabiduría, siempre prestó a las artes).

Esta creatividad cultural se combina, claro está, con la condición tercermundista consustancial a España, que aquí es leída en términos muy positivos por parte del autor, como corresponde con una persona feliz de encontrarse en España a la España eterna, de boina y sacristía (¡Pero cuidado con el nivelón cultural que uno se encuentra a poco que escarbe debajo de la boina!), y que se nos comunica a través del término, omnipresente, “conmovedor”, para referirse a cualquier cosa.

Todo en España es conmovedor. Es un país como congelado en el tiempo, trágico y misterioso, y eso conmueve mucho. Te quedas conmovido al ver una exhumación de cadáveres de la Guerra Civil (pero, ojo, conmovido… ¡De tanto reírte, joder!). Conmovido al ver un pantano, o unos campesinos diciéndote lo bueno que es Franco, o la serena ecuanimidad de los curas que viven en el monasterio del Valle de los Caídos, o al disfrutar de las conmovedoras páginas de José María Gironella, para Treglown a la altura de James Joyce (no te quedes ahí, hombre: ¡De Shakespeare también, coño!).

Hay que decir que, en buena medida, tantas cosas conmovedoras provienen de una horrible traducción, en la que nos encontramos cosas como “demostraciones” en lugar de manifestaciones, “tomar en cuenta” por tener en cuenta, y un espectacular “tanques de pensamiento” referido creo que a la fundación Juan March. Y, por aquello de no poner a parir al autor en todo, hay que reconocer que es entretenido cómo se cachondea del Diccionario Biográfico de la Real Academia de la Historia, con sus perfiles hagiográficos de Franco y otro próceres reaccionarios. Así como se cachondea también de los académicos en sí, con especial atención a la recordada entrevista que en aquellos momentos le hizo El País al entonces director, Gonzalo Anes [3]. Claro que quizás Treglown no es plenamente consciente de que, en su libro, está haciendo algo muy parecido a lo que trató de hacer la Real Academia de la Historia con su Diccionario. Una reescritura de la historia que busque corregir supuestos excesos en pro de una ecuanimidad que, en la práctica, se traduce en atacar a unos y poner paños calientes a otros (a los de siempre). Al menos, la RAH tiene la excusa de que sabían perfectamente lo que estaban haciendo.

La última parte del libro pierde interés (al menos, el tipo de interés que para mí tenía la parte inicial), porque se dedica a recopilar una galería de galácticos culturales de la época franquista, incorporando también a algunos del exilio (interior o exterior). ¡Gracias, Franco, por fomentar nuestra creatividad cultural con la guerra, la represión y el exilio!

En general, los galácticos son los que deben ser (los de siempre: Cela, Benet, Semprún, Ferlosio, Berlanga, Erice, Miró, Tàpies, etc.), a menudo avalados por “el toque Muñoz Molina”. Por ejemplo, para evidenciar la calidad de El espíritu de la colmena, de Víctor Erice, película de la que Treglown asegura que “conmovió a Antonio Muñoz Molina” (“la historia que conmocionó a Spielberg”, en versión castiza). Y cuando llegamos a la actualidad, en un sorprendente añadido que se supone intenta explicar cómo se lee la memoria histórica de la Guerra Civil y del franquismo por parte de los actuales representantes de la cultura española, Treglown nos ha preparado una “sorpresa” muy especial… El heredero de todo ese crisol cultural que, a estas alturas ya nos ha quedado claro, fue el franquismo, el mejor y mayor pope cultural de España, el más famoso, más interesante, más elevado, que si no le han dado ya el Nobel (el de Literatura y el de la Paz también, coño) es porque hay mucho envidioso suelto, … Es ¡Antonio Muñoz Molina!

Antonio Muñoz Molina es uno de los pesos pesados de la vida intelectual española de hoy: crítico, columnista y prolífico novelista, así como figura cultural de ámbito mundial” (pág. 276)

El libro se cierra con un broche de oro que no decepciona al lector: Treglown propone ofrendar a los españoles un símbolo de reconciliación nacional. Pero, como ya ha quedado claro, dicha reconciliación en modo alguno ha de derivarse de reabrir viejas heridas de la Guerra Civil, con gente frívola por ahí desenterrando cadáveres para joder a la derecha española, de manera que… ¿Cómo podríamos encontrar algo que recordase a los españoles que es más lo que nos une que lo que nos separa?

Treglown tiene la solución: ¡El Valle de los Caídos! El autor nos explica que es una pena que semejante monumento esté tan desaprovechado y que cada 20N caiga en manos de “extremistas”. Que lo que habría que hacer es aprovecharlo como símbolo de unión entre los españoles, de superación de la Guerra Civil y la dictadura en pro de la cohesión nacional. No está claro cómo espera Treglown que un monumento a la dictadura y al dictador, construido merced al esfuerzo y las vidas de decenas de miles de esclavos republicanos, pueda servir para la reconciliación, pero ahí queda la idea. O quizás soy injusto y la cuestión es entender de qué clase de “reconciliación” estamos hablando, claro.

En su libro “El cura y los mandarines” (próximamente en esta su LPD amiga), Gregorio Morán cuenta la (esta sí) conmovedora historia de Max Aub y su retorno a España, y cómo todo el mundo pasaba de él, le ignoraba, y por supuesto ni se molestaba en adoptar algún gesto de reconciliación. Cómo los vencedores, explícitamente, tenían muy claro que habían ganado, que mandaban ellos, y que a lo máximo a lo que podían aspirar Aub y los que eran como él era a que les dejasen vivir (más o menos) en paz, siempre que no molestasen ni llamasen mucho la atención. No sería aventurado considerar el libro de Treglown, por su rigor, sus fundamentos y su posicionamiento respecto de la ideología, el poder, y los popes culturales, una especie de reverso tenebroso del mencionado libro de Morán.