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China’s Superbank – Henry Sanderson y Michael Forsythe

Durante los últimos años, Pekín se ha convertido quizás en el destino más prestigioso para los corresponsales de grandes medios de comunicación. Al fin y al cabo, China es ya la segunda potencia mundial y además su economía es la que mejor ha capeado la crisis financiera internacional. Aplicando unas políticas expansivas que han dejado al New Deal de Roosevelt o al Plan Marshall en meros donativos de caridad, ha logrado crecimientos de dos dígitos mientras el mundo desarrollado languidecía.

Por ello, algunos de los mejores periodistas del planeta estaban deseando ser enviados allí, o al menos aquellos de entre los mejores a los que no les importaba acortar su vida unos años respirando el veneno que flota en el ambiente [1].

Al gobierno chino toda esta atención de caza-exclusivas ávidos de Pullitzer no le ha hecho, por supuesto, ninguna gracia y el gobierno de Xi Jinping (con una trayectoria de firmeza cual segundo mandato de Aznar) se está librando de ellos por la muy legítima vía de negarles visados a los que le resultan particularmente molestos. Por su parte, los reporteros se lanzan a la yugular del Partido Comunista a través de sus medios [2], muchas veces desde Hong Kong, donde quedan atascados al no poder entrar en China [3]. Esa es la razón de que recibiéramos todos cobertura tan detallada de las protestas estudiantiles en las calles de la ciudad, al menos en principio, mientras que otras similares, por ejemplo en Taipei, hayan pasado más desapercibidas.

Toda esta historia que les cuento me sirve para presentar a los autores de este libro. Sanderson y Forsythe eran dos reporteros del equipo de investigación de Bloomberg News en Pekín, corresponsalía responsable en 2012 de la demoledora serie de reportajes [4] sobre cómo se lo han llevado crudo en China los descendientes de los “Ocho Inmortales” (veteranos de la guerra civil que apoyaron a Deng Xiaoping tras la muerte de Mao). La chavalería con pedigrí reformista vive en el más abyecto lujo, mientras algunos de sus abuelos morían solos y renegando completamente de sus retoños [5] tras haber entregado su vida a la lucha revolucionaria.

Uno de los reportajes trataba íntegramente sobre cómo se había forrado la familia extendida del entonces aún promesa del partido Xi Jinping [6]. Aunque el ahora presidente no había acumulado mucha riqueza personalmente, en China se entiende que “si un hombre se vuelve poderoso incluso sus perros y gallinas ascienden a lo cielos”. Este artículo desencadenó toda una guerra con las autoridades chinas, que bloquearon la web de Bloomberg en el país mientras los autores denunciaban amenazas de muerte. En 2013, un nuevo artículo que se adentraba en la corrupción del régimen chino vio cancelada su publicación en el último momento por presiones desde Pekín, según se “filtró” al New York Times. La directora ejecutiva del equipo de investigación renunció a mediados de noviembre de 2013 [7] y Forsythe, principal autor del artículo sobre Xi Jinping, fue despedido fulminantemente sólo unos días después. En 2014 Forsythe se ha pasado al New York Times y Sanderson al Financial Times, ambos en Hong Kong .

Y ustedes se preguntarán ¿pero este hombre ha venido a reseñar un libro o a contarnos la vida de los reporteros WASP en el Imperio de en Medio? Pues sí, no se preocupen, porque el libro en realidad es ligerito. De hecho un poco decepcionante, ya que uno esperaba que entrara más al trapo de lo que ocurre con el monumental negocio de la “banca en la sombra [8]” china. Esto solo lo menciona de pasada y se centra mucho en lo que es, al fin y al cabo, su tema: el Banco de Desarrollo Chino (CDB).

Aun así no nos quedamos sin nuestra ración de milenarismo apocalíptico a costa de China. En el primer capítulo nos lo dan en vena hablando de los proyectos que el CDB ha financiado a los gobiernos locales por todo el país. El brillante modelo que ha seguido el banco le ha permitido convertirse en el mayor banco de desarrollo del mundo, con casi el doble de activos (991.000 millones de dólares en 2011) que el banco mundial (545.000 millones de dólares). Y el secreto, no lo adivinarían nunca, está en el ladrillo.

La historia quizás les suene. En China las administraciones locales se quedaron sin apenas fuentes de financiación tras las reformas de Zhu Rongji en 1994, que además les prohibieron tomar dinero prestado directamente. Así desprovistas, las pobres asambleas locales sólo tenían una forma de obtener fondos: la recalificación.

Entra nuestro estimado Chen Yuan, el genio bajo cuya dirección el CDB propone la solución perfecta: él va a financiar los proyectos de inversión locales prestando dinero a empresas públicas creadas para el desarrollo urbanístico, que luego devolverían con la venta del suelo revalorizado gracias al desarrollo urbanístico. El éxito estaba garantizado dado el gigantesco proceso de migración del campo a la ciudad que se estaba dando en China y la correspondiente subida de los precios inmobiliarios. Ya saben, bajar nunca baja.

El libro nos da algunos ejemplos de cómo funciona el modelo, empezando por el prototipo: Wuhu, ciudad donde entró el CDB justo tras la crisis asiática de 1997 y obró su milagro. La ciudad creó “Wuhu Construcciones” y con financiación del CDB la empresa se convirtió en un gigante que transformó la ciudad, multiplicó sus activos casi por diez y propició el éxito de Chery Motors. La marca de coches china tiene su sede en la ciudad y vende sus vehículos por todo el mundo desarrollado, con fábricas en África y Latinoamérica.

Otro ejemplo es el de Chonqing, donde el banco ayudó a un “vehículo financiero local”, creado a tal efecto, a comprar toda la deuda impagable de las empresas públicas quebradas de la ciudad, transferir sus sedes en el centro a las afueras y, tras convertir la ciudad en una metrópolis del siglo XXI en apenas cinco años, hacer un dineral con la venta de esas parcelas del centro de la ciudad.

Negocio redondo ¿verdad? Pues noo tan rápido. No en todas partes las tierras están en manos de las mismas empresas y personas que se van a beneficiar de la jugada maestra financiera de Chen y el CDB. De hecho, para más de 50 millones de familias campesinas desplazadas, eran el único sustento que tenían. Como en el caso del señor Li, en un lugar llamado Loudi que presentan los autores, las tierras son expropiadas por una magra compensación y su vida puesta cabeza abajo, obligados a convertirse en mano de obra barata en el mejor de los casos.

El modelo se extendió por toda China y, con las medidas de estímulo que se aprobaron para afrontar la crisis global de 2008, se doparon con chuletones vascos de los buenos. Sin embargo, la magia del ladrillo no está teniendo tampoco todo el efecto que se esperaba: En Chonqing, la retirada del capital público que prometía su alcalde en 2006 “en cuanto el mercado privado se haga lo suficientemente fuerte” no se ha producido nunca, y sus “vehículos financieros” están ahogados en más de 157.000 millones de Yuanes de deudas.

En otras ciudades se cometen auténticas barbaridades: como Yujiapu, el “Manhattan” de China en la ciudad de Tianjin. Allí están construyendo más de 15 millones de metros cuadrados de oficinas (un tercio de los que tiene Manhattan) en los que se esperaba que acudirán en tropel banqueros, expats [9] y todo el glamour de un centro financiero internacional. Sin embargo por ahora ni una empresa privada ha mostrado interés, quizás porque a día de hoy, 6 años después, es una ciudad fantasma [10] y el proyecto más endeudado de China.

Yujiapu: Futuro escenario para “REC 10”. Imagen de matthewniederhauser.com

Si la bajada de precios inmobiliarios que ya se está dando en China continúa, es posible que ninguno de todos esos grandiosos proyectos sea capaz de devolver el dinero al CDB. Pero mientras tanto, el superbanco sigue emitiendo bonos y tomando prestado en los mercados al mínimo coste que le permite tener el mismo rating crediticio que el estado chino, que supuestamente le respalda.

Este es básicamente el tema del segundo capítulo del libro, que explica cómo Chen Yuan tomó un banco quebrado (y rescatado con dinero público en los noventa) y lo convirtió en una máquina de captar fondos tanto a nivel nacional (le vende sus bonos al resto de bancos chinos) como incluso internacionalmente, donde se compró una participación en Barclays. Esta también resultó una operación ruinosa cuando las acciones del banco se hundieron en 2012 con la multa de 451 millones de dólares que le impusieron por el escándalo de la manipulación del tipo de interés interbancario LIBOR.

Mucho más de color rosa es la historia que nos cuentan en el capítulo tres, donde se narran las aventuras del banco en África y cómo ha logrado financiar grandes proyectos que están dando nuevas esperanzas a países como Etiopía o Ghana, permitiéndoles realizar infraestructuras que de otra forma no podrían ni soñar. Para ello, el Fondo Africano de Desarrollo del CDB ha sustituido ladrillo por petróleo: si tu país tiene petróleo el CDB te proporcionará toda la financiación que necesites, respaldado por los flujos de caja que producirá la extracción de petróleo, que además China se guarda el derecho de comprar en exclusiva.

Y de esta forma llegamos al capítulo que realmente nos interesa. El número cuatro nos habla de lo que nos puede esperar en España tras las elecciones de 2015. Cómo nos conducirían las políticas económicas irrealizables de Podemos al abismo financiero y la posterior venta al mejor postor, que por supuesto serán los chinos. Hablamos de la conexión venezolana del CDB.

Venezuela es el país que más préstamos ha recibido del CDB, que ascendían ya a 40.000 millones de dólares en 2011, lo cual deja en pañales los montos de la reconstrucción de Irak o el Plan Marshall. Por supuesto, la garantía de esos préstamos son los ingresos del petróleo que irá vendiendo Venezuela en los próximos años. Por ahora el país se ha comprometido a enviar 420.000 barriles diarios a Pekín, y de hecho cada vez más son empresas chinas las que explotan sus yacimientos después de que Chávez los nacionalizara en 2007 y las petroleras occidentales huyeran del país.

De hecho, los autores dedican amplio espacio a eso: explicar el historial de impagos de Venezuela, y amenazar mucho con la posibilidad de que los chinos se estrellen contra la inestabilidad política del país, como le pasó a las empresas mineras que vieron sus negocios en oro venezolano desaparecer en humo cuando Chávez nacionalizó sus activos en 2011. El libro incluso especula con que un gobierno de signo contrario al de Chávez en el futuro podría calificar los préstamos chinos como “deuda odiosa” contraída por el chavismo y negarse a pagarlos. ¡Auditoría y reestructuración de la deuda! ¡No hay duda de quién ha estado años asesorando en Venezuela!

El abrazo del oso… panda

Pero no nos engañemos, gran parte del dinero que el CDB presta en el extranjero en realidad revierte en empresas chinas. Un cuarto del dinero que Venezuela ha recibido del CDB ha ido a contratos con constructoras chinas para vivienda o ferrocarriles, e incluso a la ya mencionada Chery Auto, que en 2011 abrió fábrica en Venezuela. En esto el CDB no es tan diferente de los bancos de desarrollo occidentales.

El quinto capítulo del libro presenta el nuevo modelo de financiación que el CDB está desarrollando para lanzar el asalto a la inversión privada a través de acciones. Y nos lo presentan a través del ejemplo de la empresa de electrónica Huawei, que ya se está convirtiendo en un importante proveedor mundial de redes telefónicas, especialmente en países en desarrollo como Brasil en los que, oh sorpresa, el CDB ha proporcionado la financiación.

También las empresas de paneles solares chinas estarían, al parecer, comiéndose el mercado mundial mientras productores europeos se veían en la ruina con la crisis mundial y la sequía de crédito. En muchos casos las empresas occidentales no pueden competir con la financiación que el CDB proporciona a las empresas chinas a bajísimo coste y que les permiten ofrecer facilidades de pago a los potenciales clientes imposibles de emular por una empresa normal sujeta a los costes de financiarse en el mercado.

En resumen, el libro es un acercamiento fácil de leer a lo que se está cociendo en China y, sobre todo, el impacto de su salida al exterior, con la silueta del monumental CDB de fondo. Si acaso se puede decir que a ratos se les ve el plumero a los autores que sin venir a cuento te sueltan cosas como que “los gastos en bienestar, salud y pensiones que han hundido a Europa” o se muestran muy críticos con casos que les resultan antipáticos como el de Venezuela, mientras que pintan un cuadro bucólico sobre el desembarco de China en África.

Pero sobre todo interesa leerlo por ser revelador de cómo, de ganar el bolivarianismo chavista las elecciones en España, China no tardaría en apropiarse de nuestro petróleorecursos naturalespotencial inmobiliario bueno, de hipotecar nuestro futuro prestando cantidades ingentes de dinero a un gobierno apestado excluido de los mercados internacionales por el temor a las nacionalizaciones populistas y repudio de la deuda. No cabe duda, terminaríamos trabajando turnos de 14 horas, 364 días al año y conduciendo coches de Todo a 100 para mayor gloria de nuestros amos amarillos.