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“Collision of Empires: The War on the Eastern Front in 1914” – Prit Buttar

Escribir sobre el frente este de la Primera Guerra Mundial [1] es un asunto desagradecido. Por un lado, porque en esa guerra el frente “molón” está en el oeste, con sus trincheras en Flandes y sus batallas en el Somme y en Verdún. También, porque está extendida la idea de que fue el frente oeste el que decidió la guerra, ya que Alemania ganó en el este, pero la guerra continuó todavía en el oeste y acabó allí con su derrota. Esto ignora cómo estaban conectados todos los escenarios de la guerra, y el hecho de que hubo guerras de un tipo u otro desde 1912 (Primera Guerra Balcánica) hasta 1922 (Guerra Greco-Turca), de modo que el Armisticio no significó el final de la violencia.

Pero el principal hándicap del frente este es que tiene que competir –en contrincantes y escenario- con la Madre de Todas las Guerras, la mayor confrontación bélica de la historia, trufada de gigantescas batallas mecanizadas, malos malísimos, odios ideológicos y masacres sin fin: la Ostfront de la Segunda Guerra Mundial [2]. ¿Podemos? ¿Podemos compararlos? Pues para eso he retomado la “Wishlist Primera Guerra Mundial”: para ver si la metadona que me receta el doctor Prit Buttar (que efectivamente fue doctor en el Ejército de su Graciosa Majestad antes de ponerse a escribir libros de historia militar) me sirve igual que la drogaina original.

 

Fui a mi narcosala de referencia y me dieron esto

 

La plantilla

Es un conocido axioma que los militares son profesionales dedicados en cuerpo y alma a ganar… la última guerra librada. Probablemente no les quede otra, porque “simular” con fuego y muertes reales lo que los avances tecnológicos pueden hacer no es una opción, así que durante los periodos de paz los militares estudian obsesivamente las tácticas, maniobras y batallas de la anterior guerra, y desarrollan unas doctrinas y planes asumiendo que la siguiente va a ser igual. Luego cuando esta estalle habrá que desecharlo todo y aprender sobre la marcha, pero eso será ya entrada la guerra, y Buttar se limita en este libro al primer año, con operaciones militares que fueron algo atípicas comparadas con el resto de la guerra, cuando los generales aún no saben que sus nuevos iPhone 6 pueden hacer mucho más que solo llamadas y mandar SMS.

La plantilla principal que utilizan todos es la Guerra Franco-Prusiana de 1870, con pequeñas actualizaciones al amparo de la Guerra Ruso-Japonesa de 1905. En Alemania, las primeras elucubraciones corren a cargo de Helmut von Moltke el Viejo, quintaesencia del general prusiano [3]. En otras palabras, había ingresado en una academia a los once añitos, había visto más guerras en sus seis décadas de carrera militar que el beta-tester del Call Of Duty, y parecía tallado del tronco de un roble viejo, de esos que tienen más nudos en la madera que una red de pesca. Y pese a su avanzada edad y a un oficio poco dado a la innovación creativa, había ganado tres guerras con insultante facilidad al frente de las tropas prusianas, y veía con mucha claridad a donde se encaminaba el futuro de la guerra, mucho mejor que todos los oficiales jovenzuelos que fueron a combatir en la Primera Guerra Mundial pensando en húsares con guantes blancos dirigiendo cargas frontales a caballo con el sable en alto. Especialmente, Moltke veía claro que las mejoras en el armamento reforzaban a la defensa en detrimento de la ofensiva, y que había que abandonar la romántica idea de cargas frontales y en cambio buscar siempre el flanco para por ahí reventar el frente (el Plan Schlieffen, en el fondo, no era más que la aplicación mastodóntica de este principio a un frente de mil kilómetros). Aunque sus innovaciones no contaron con el apoyo incondicional del establishment militar, pudo imponerlas sin demasiada oposición gracias a otra innovación germana: la creación de un Estado Mayor que unificara los esfuerzos y doctrinas de las distintas armas y ejércitos, y creara un plan único de batalla. Plan que debía explicárseles a todos los oficiales hasta niveles bastante bajos, ya que, como famosamente dijo Moltke, “ningún plan de batalla sobrevive al contacto con el enemigo”, y por lo tanto era necesario que los oficiales en cada escenario conociesen los objetivos finales y pudiesen improvisar ante imprevistos.

 

Mike Tyson nos traduce la filosofía de Moltke a lenguaje coloquial

 

Los rusos

Pero la problemática alemana, con sus objetivos y limitaciones, ya es una vieja conocida (lo que no quita que nos guste conocer más y más detalles, ¡por favor doctor Buttar, siga, siga, ya le diremos cuando tengamos suficiente!). El principal atractivo, para mí, es conocer con más detalle sus equivalentes en Rusia y Austria. En este sentido, Buttar no decepciona, y pinta una imagen de los rusos que es una orgía de incompetencias. La derrota frente a Japón en 1905 había creado profundas divisiones en el ejército ruso, sin que nadie sacase consecuencias razonadas. Muchos generales seguían creyendo en la “superioridad de la bayoneta sobre la bala”, y que la derrota era consecuencia de no haber sido lo bastante agresivos; otros seguían sosteniendo que las unidades de caballería eran la parte más importante del ejército, y cuando un renovador quiso reorganizar la artillería reduciendo la unidad básica de ocho a seis cañones para aumentar la flexibilidad, se encontró con la oposición de los oficiales superiores, que no querían admitir a oficiales de menor graduación en las unidades nuevas. Además, a pesar de su enorme población, Rusia (por una serie de razones, entre ellas el no dar entrenamiento militar a minorías problemáticas, privilegios del clero ortodoxo, y la facilidad con la que los adinerados podían sobornar a un médico para eximirles del servicio) entrenaba proporcionalmente a muchos menos hombres que su rivales, con lo cual las tropas disponibles tampoco eran tan superiores en número. Por no hablar de la calidad de las mismas, ya que una población atrasada y analfabeta solo podía aspirar a ser carne de cañón en una guerra cada vez más tecnificada. Los altos mandos -reclutados no pocos de entre los alemanes del Báltico, más leales a la persona del zar que a Rusia; la verdad es que en el lado ruso se encuentra uno casi más apellidos alemanes que en el ejército austriaco- solían estar bien formados, pero de coronel para abajo el nivel dejaba mucho que desear. En Alemania, entre el nivel educativo general y las reformas de Moltke, un sargento podía hacerse cargo temporalmente de un batallón. Los rusos flipaban con esto.

Estratégicamente los rusos tenían un problema: su frontera con sus previsibles rivales (Alemania y Austria) no era recta, sino que tenía un saliente en Polonia, rodeado por los tres lados por territorio enemigo. Situar a las tropas allí era una invitación a un ataque en pinza, así que se estudió la posibilidad de asegurar el saliente con numerosas fortalezas, y reunir a las tropas muy detrás. Por otra parte, los planes rusos contaban con que Alemania se concentraría primero en Francia, y por lo tanto no atacarían a Rusia, al estimar los alemanes una movilización lenta por parte de los rusos. Esto era cierto, pero los rusos decidieron que una movilización parcial –y por ende más rápida- podía bastar para lanzar un ataque en dirección a Berlín. Antes habría que atacar Prusia para asegurar el flanco, ataque que iría sobre dos vectores, uno a cada lado de los Lagos Masúricos (principal obstáculo geográfico), mientras los ejércitos del sur acorralaban a los austriacos. En general, los planes de guerra solían ser compromisos ineficientes entre las distintas facciones dentro del ejército, con un estado mayor de opereta, cuya creación se debía a una pataleta más que a otra cosa: como la constitución de 1905 ponía al ministro de guerra bajo control parlamentario, el Zar creó un estado mayor para poder controlar a los ejércitos directamente, dejando al ministerio solo los ascensos y la intendencia (donde la corrupción era rampante).

 

Los austro-húngaros

Para entrar en ambiente con lo que la monarquía dual representaba, permitan que les cuente un chiste de 1942, cuando Hungría le declaró la guerra a Estados Unidos. El embajador húngaro se presenta ante Roosevelt y le dice:

–          Hungría le declara la guerra a los Estados Unidos, señor Presidente.

–          Pues dígale a su presidente que…

–          No hay presidente, Hungría es un reino.

–          Bueno, pues dígale a su rey…

–          No tenemos rey. Su Excelencia el Almirante Horthy es Senescal del Reino.

–          ¿Almirante? Bueno, pues cuando lancen su flota contra nosotros…

–          Tampoco tenemos flota.

–          ¿No tienen flota?

–          No tenemos salida al mar.

–          Pero ¿acaso tienen reclamaciones territoriales contra nosotros?

–          No, solo las tenemos contra Rumanía.

–          ¿Entonces también le han declarado la guerra a Rumanía?

–          No, con Rumanía estamos aliados.

–          Pero… pero… ¿pero como llaman ustedes a esto?

–          Húngaro.

 

No es la varicela de Europa: es un mapa étnico de la Monarquía Dual. Los húngaros, en naranja.

 

Esta Hungría formaba parte de una Monarquía Dual, lógicamente el doble de esquizofrénica que Hungría sola, que se mantenía en pie de puro milagro. Buttar la llama “el otro hombre enfermo de Europa” y retrata muy bien los conflictos entre austriacos y húngaros, y como los segundos buscaban insistentemente aumentar su peso cual Cataluña [4] centroeuropea, torpedeando la pacífica convivencia que se había logrado aplastando violentamente la revuelta húngara de 1848. Militarmente, cada reino organizaba sus propias unidades de reservistas, pero el ejército permanente estaba sometido, no a una organización estatal superior (que no existía), sino a la figura de Francisco José, emperador (“Kaiser”) de Austria y rey (“König”, entonces los húngaros sí que tenían un Apostólico Rey) de Hungría, por lo que todo lo relacionado con el conjunto solía llevar la descripción k.u.k (“kaiserlich und königlich”). Los húngaros presionaban para que el ejército admitiese el húngaro como lengua co-oficial, y aunque no se salieron con la suya el alemán “oficial” quedó reducido a una lista de unas 80 órdenes básicas, con las unidades menores pudiendo organizarse en las lenguas que creyesen convenientes. La financiación del ejército permanente debía ser aprobado por los dos parlamentos de Viena y Budapest, y ante la negativa recurrente de los húngaros el emperador tuvo que amenazar a los parlamentarios húngaros con ¡introducir el sufragio universal! para que cedieran y en 1912 admitieran un aumento del gasto.

Militarmente, la planificación de los futuros escenarios corrió mayormente a cargo de un caballero llamado Francisco Javier José Conrado de Villa Hötzen (ó Franz Xaver Joseph Conrad zu Hötzendorf, si prefieren), a veces escrito incorrectamente como Conrad zu Hötzendorf o Hötzendorf a secas, incorrecto ya que “Franz” era su nombre y “Conrad” su apellido, y Buttar se refiere a él todo el rato como “Conrad”, y nos detalla su biografía y los eventos que condicionaron su pensamiento militar. Conrad fue un gran teórico (es decir: organizó y planificó todo sin tener ninguna experiencia práctica bélica, más allá de aplastar huelgas de obreros en su época de comandante militar en Trieste, asunto que le dejó una profunda desconfianza hacia los italianos) y jefe del k.u.k. estado mayor, que organizó a imitación del de Moltke, de quien era un gran admirador, aunque al contrario que el prusiano Conrad si que apoyaba una doctrina ofensiva. Buttar deja caer la teoría de que su belicismo, al contrario que el de Moltke (quien, pese a su realismo al evaluar las capacidades militares, también creía que la guerra era el “estado superior” de la humanidad, y algo a lo que aspirar para forjar hombres como Dios manda), se debía a su deseo de casarse con su amante (una mujer ya casada y con hijos), cosa que en la estrictamente católica Austria solo el prestigio de una victoria bélica podía hacer posible. Pero para lio de faldas, el de su subordinado el coronel Alfred Redl, homosexual encubierto chantajeado por los rusos (al menos al principio, luego simplemente le sobornaron generosamente), a quienes vendió los planes de ataque austriacos. Cuando le pillaron en un vodevil de contraespionaje amateur, se pegó un tiro, y Conrad tuvo que cambiar los planes de movilización – con importantes consecuencias.

“The k.u.k. austro-hungarian Way of Life: con la pasta de los rusos me compré los coches más caros de mi época, tuve un lio con un teniente ulano, y me rodé una biopic.”

 

La principal duda ante una guerra era contra quién iría dirigida: Italia, Serbia o Rusia. Conrad diseñó planes para cada escenario, con tropas fijas para cada frontera y unas unidades mayores para acudir al escenario principal. Cuando empezó la fiesta, muchas de estas fuerzas fueron dirigidas contra Serbia, para cabreo de los alemanes, que entendían que Rusia era el contrincante principal y que siempre habría tiempo de acabar con los serbios después.

 

Pre-parados, listillos, ¡Ay!

Del atentado de Sarajevo, el comienzo de la guerra el 1 de agosto de 1914, y la conexión con el frente oeste, no hay mucho, aunque Buttar aporta alguna anécdota que no conocía sobre la visita del gobierno francés a Rusia durante aquel mes de julio de 1914: resulta que mientras una banda militar tocaba la Marsellesa en honor del presidente Poincaré, en otra esquina de San Petersburgo el ejército estaba aplastando concentraciones de obreros que mostraban su espíritu revolucionario… cantando la Marsellesa. Y durante el viaje de vuelta, los franceses estuvieron largo tiempo incomunicados, merced a interferencias radiofónicas de los alemanes, cosa que intensificó la Crisis de Julio. También aporta un interesante matiz sobre el retraso de Austria-Hungría en reaccionar al asesinato del Archiduque, algo que se ha achacado a bloqueos del parlamento húngaro y que propició una escalada que no se habría dado si a los pocos días Austria hubiese lanzado su ejército sobre Serbia, dejándolo todo resuelto en una semana. Según Buttar, gran parte de los soldados estaban de permiso en sus pueblos ayudando con la cosecha, y movilizarlos habría requerido tiempo, habría alertado a todos, y sobre todo habría significado una posible pérdida de la cosecha de trigo.

Una vez se inician las hostilidades, en cambio, el libro se pone a analizar las primeras escaramuzas en Prusia Oriental casi a nivel de batallón, con lo cual uno empieza a perderse un poco, pues las unidades involucradas pronto se convierten en una sopa de letras, los escenarios son pueblos minúsculos desconocidos, y para rematar el comandante ruso lleva el muy germano nombre de Paul von Rennenkampf, el alemán el confuso nombre de Hermann von François, y de vez en cuando aparece un tal Maximilian von Prittwitz que pese a su nombre no lucha precisamente por una Polonia ancha y libre con salida al mar y que incluya a Silesia. Pero todo esto no son fallos del libro, ¡son fallos míos como lector, que no domino la materia lo suficiente!

Esencialmente, gracias a su movilización parcial los rusos avanzan más deprisa de lo previsto con dos ejércitos (Primero de Rennenkampf y Segundo de Samsonov), empujando atrás al Octavo ejército alemán de von Prittwitz, que contaba con poder contenerlos usando la ventaja de las líneas internas. Aunque la posición de Prittwitz no era tan mala como él se temía (el avance ruso no estaba coordinado, entre otras cosas porque la mitad de los soldados rusos no habían visto un reloj mecánico en su vida), un par de llamadas pesimistas a Moltke el Joven resultan en su destitución a las tres semanas de empezar el conflicto.

 

Interludio para presentación de currículos

Moltke el Joven era sobrino de Moltke el Viejo. Su nombramiento como jefe del estado mayor era un capricho –uno más- del Kaiser Guillermo II, que dijo “yo también quiero tener un Moltke”. No es que le faltaran agallas (fue el primer jefe del estado mayor en imponer que los ejercicios y maniobras debían ser “reales”, en vez de dejar ganar al bando donde estaba el Kaiser), pero no tenía ni el talento ni la vocación de su tío, y la enorme responsabilidad de ver como los planes fracasaban y como morían cientos de miles de soldados le produjo un derrumbamiento nervioso que resultó en su sustitución por Falkenhayn durante el mes de octubre. Fue durante esas tensas semanas en el frente oeste que Prittwitz le llamó tres veces en 24 horas, mostrando una inseguridad que a Moltke –que contaba con que el frente este fuese un escenario secundario al que ignorar- le puso de los nervios y que resultó en la destitución de Prittwitz el 23 de agosto. En su lugar, Moltke nombró a Paul von Hindenburg, y le asignó como segundo al mando a Erich Ludendorff (a veces incorrectamente “aristocratizado” con un “von”).

Hindenburg era un general ya retirado de 68 años, de cierto prestigio y paradigma del aristócrata prusiano, pero que no destacaba particularmente por su talento. Fue convocado seguramente porque todos los demás generales estaban metidos hasta las trancas en operaciones bélicas y no convenía retirarlos. Tras numerosos éxitos en el este, en agosto de 1916 fue nombrado jefe del estado mayor tras el fracasado intento de Falkenhayn de resolver la guerra en Verdun, y acumuló unos poderes cuasi dictatoriales durante los siguientes dos años, pasando por encima del Reichstag e incluso del Kaiser. Logró irse de rositas al final de la guerra, en plan “la culpa de la derrota la tienen los políticos por no seguir el protocolo”, y en 1925 volvió a la vida pública como presidente de la república de Weimar, puesto desde el que jugó un papel instrumental [5] en la ascensión de Hitler al poder. Ale, ya hemos hecho el Godwin.

Esta conexión es seguramente la principal razón del interés en Hindenburg… y la principal razón por la que Ludendorff es ignorado, el pobrecito, pese a ser el cerebro de la parejita y ¡tener su propia conexión con Hitler (fueron cómplices durante el golpe de estado fallido de 1923)! Minucioso y trabajador, había formado parte del estado mayor, aunque le sacaron del mismo para ser ascendido a Generalmajor pocos meses antes de la guerra. Como co-responsable de la planificación detallada del Plan Schlieffen, al principio de la guerra fue asignado a una de sus operaciones clave: la conquista del nudo ferroviario de la ciudad belga de Lieja, imprescindible para que los ejércitos alemanes pudiesen atravesar Bélgica. Caído su superior en combate, Ludendorff asumió el mando y tomó brillantemente una serie de fortalezas, en algún caso caminando a pecho descubierto hasta la puerta para golpearla con el pomo de su pistola, lo que le valió una condecoración y el apodo de “héroe de Lieja”. Moltke pensó que Ludendorff era el agresivo estratega que necesitaba el Octavo Ejército, y le puso ipso facto en un tren rumbo a Prusia Oriental, con parada en Hannover para recoger a un Hindenburg que aportaría la gravitas que al “plebeyo” Ludendorff le faltaba. Allí en el andén se vieron por primera vez ambos militares, un encuentro a la altura del primero entre Hitler y Goebbels [6].

 

El gordo, el tonto y el flaco: bajo la mirada de Ludendorff, Hindenburg le enseña al Kaiser donde puede meterse sus competencias el Reichstag.

 

Con la parejita H&L al mando en el frente este (aunque los estudiosos les conceden un mérito destacado a von François y a August von Mackensen), los alemanes reaccionaron y aprovecharon sus líneas internas para mover tropas del este hacia el sur, donde rodearon y aplastaron al Segundo Ejército de Samsonov, que se suicidó desesperado. La batalla abarcó un amplio terreno, pero estuvo centrada en el pueblo de Hohenstein, aunque los primeros comunicados de la victoria la llamaron Batalla de Allenstein. A petición de Hindenburg fue rebautizada como Batalla de Tannenberg (pueblo situado a 14 kilómetros de Hohenstein), como “revancha” de la batalla del mismo nombre de 1410, mito fundacional de Polonia, en la que el reino polaco-lituano derrotó a las fuerzas combinadas de los Caballeros de la Orden Teutona y la nobleza prusiana. Ahora ya sabemos en qué consiste la gravitas de la alta nobleza: en cultivar resentimientos durante medio milenio.

Derrotado Samsonov, el Octavo Ejército volvió a subirse al tren para volver al Este, donde Rennenkampf seguí parado, algunos dicen que deliberadamente porque odiaba a Samsonov (Buttar se inclina por la pésima logística rusa). En la Batalla de los Lagos Masúricos el Primer Ejército fue derrotado, y habría sido aplastado del todo si los alemanes no hubiesen cedido medio día en su persecución. Una audaz victoria en la que nadie había creído, especialmente Moltke el Joven, que había retirado tropas del frente oeste para mandárselas al Octavo Ejército. Al final, estas tropas no llegaron a tiempo para aplastar a Rennenkampf, y faltaron en la ofensiva final en Francia en el Marne, cuando se detuvo el avance alemán sobre Paris. ¿Ausencia decisiva? Buttar no lo cree, pero como what if se convirtió en obsesión recurrente de los militares alemanes, y en su principal reproche a Moltke el Joven, por “hacerles perder la guerra”.

 

Los austriacos se van de picnic

Imaginen por un momento que en el norte de España hubiese arraigado la Reforma Protestante, creándose un estado calvinista centrado en Castilla y León con capital en Valladolid, mientras que en el Sur, centrado en Andalucía, con capital en Sevilla y posesiones en Portugal, Marruecos y varias islas mediterráneas, tuviésemos un estado católico. Imaginen los topicazos regionales de los que ya disfrutamos, multiplicados ahora por las diferencias nacionales y religiosas, y tendrán una idea de cómo eran las relaciones entre Alemania y Austria. Austria, para los prusianos, era aquel país poco serio del lejano sur donde vivir era una fiesta y el pecado una invitación constante, que ya te absuelve el cura, que para eso cobra de los ERE igual que todo el mundo, arsa. Y para los austriacos, los alemanes eran… pues prusianos [3], es decir, alemanes como los vemos los latinos pero al cuadrado.

Todos los topicazos, además, iban a florecer con la contienda, pues a la eficiente maquinaria de guerra germana (sin duda el mejor ejército de toda la guerra) se le iba a contraponer una guerra de Gila por parte de los austriacos. Al retraso de un mes por las cosechas se le añadió una conducción de la guerra de chirigota guiada por una falta de visión estratégica sangrante: ellos se la tenían jurada a Serbia, y en Serbia se centraron en cuanto pudieron. Que Rusia fuese una amenaza mucho mayor, o que los alemanes iban a estar ocupados en el oeste – minucias, aquí de lo que se trata es de aplastar a los serbios [7]. Encima, para la movilización desplazaron al personal civil de los ferrocarriles e impusieron a militares que no supieron sacarle partido a los recursos, llegando al absurdo de que les era más fácil seguir los planes originales y concentrar ejércitos en el frente serbio – para mandarlos desde allí al frente ruso. Como consecuencia del asunto Redl, Conrad dispuso que los ejércitos de Galitzia (no la española, obviamente: “Galitzia” se refiere a una región centroeuropea, hoy repartida entre Polonia y Ucrania; era la parte de la Monarquía Dual situada al noreste de los Cárpatos, y por lo tanto el objetivo más obvio de los rusos) se desplegasen en la zona oeste en vez de en la zona este (donde los esperaban los rusos, que se encontraron con el vacío delante). En principio no había problemas con eso, ya que los ferrocarriles iban de oeste a este y las tropas solo debían desembarcar antes… pero luego corrigió de nuevo su posición, y los ejércitos tuvieron que caminar, en algunos casos más de cien kilómetros (junto a las vías del tren), camino de su destino. Este cambio en el despliegue propició que los rusos pudieran invadir sin mayor problema el este de Galitzia, mientras los austriacos empezaron invadiendo Rusia desde el oeste de Galitzia.

El resultado de las primeras batallas, ofensivas y contraofensivas fue un primer sitio de los rusos a la fortaleza de Przemyśl que duraría hasta octubre (el segundo sitio, de noviembre a marzo de 1915, finalizado con la rendición de los sitiados, significó el colapso de la capacidad ofensiva del k.u.k. ejército, que perdió el grueso de sus oficiales profesionales y quedó relegado a mero comparsa de los alemanes) y un número de bajas atroz, producto del entusiasmo de los oficiales por las cargas frontales. Conrad pudo empujar a los rusos hacia atrás, pero por desgracia para Austria, en vez de aprender la lección y parapetarse para que el enemigo se estrellara contra defensas superiores, Conrad insistió en perseguirlos, estrellándose a su vez contra las defensas rusas. Buttar teoriza si esto pudo ser consecuencia del triunfo de Romanticismo en Centroeuropa, y por tanto la alta consideración de fenómenos no cuantificables como el valor o la superioridad racial o nacional, sobre factores racionales como la potencia de fuego; la verdad es que dado el elevado nivel de la ciencia en lengua alemana en aquellos años se hace difícil de creer una explicación tan “culturalista”.

Sin embargo, las bajas rusas se podían compensar fácilmente con más carne de cañón en forma de campesinos con unas pocas semanas de instrucción, mientras los profesionales del ejército austriaco requerían de años de aprendizaje. Muchos de los caídos además solían hablar varias de las 15 lenguas reconocidas en la Monarquía Dual, mientras los nuevos ascensos no iban a ponerse a hacer un curso de esloveno [8] en mitad de una guerra, con lo cual hubo oficiales que ni siquiera podían comunicarse con sus tropas. A esto hay que sumarle el tremendo clasismo imperante, de oficiales superiores que ni se molestaban en visitar el frente (algo compartido con los rusos, pero no con los alemanes). No es de extrañar que compañías enteras de soldados de minorías se rindieran sin luchar. Pero además, los austriacos no se podían permitir más cagadas a la vista de su performance en los Balcanes.

 

Las cagadas de Oskar Potiorek en los Balcanes

Oskar Potiorek era gobernador militar de Bosnia, puesto desde donde animaba gentilmente a los serbios de Bosnia a que hablaran la lengua del Imperio, y que protagonizó una verdadera “gestión marca Ana Mato” el día del asesinato del Archiduque Fernando (pese a los rumores de conspiraciones insistió en que la visita se celebrara para mantener su prestigio personal, tras el primer ataque no desaconsejó una visita al hospital para ver a los heridos -”¿acaso creen que hay docenas de asesinos en Sarajevo?”-, no reforzó la seguridad en el trayecto porque los soldados disponibles no llevaban uniformes de gala y aquello hacía feo, y cuando el conductor no siguió la ruta indirecta acordada por no haber sido informado le obligó a parar y dar la vuelta, maniobra que permitió a Gavrilo Princip coser a tiros al Archiduque y su mujer). Sin embargo, no solo no fue destituido sino que se le encomendó el mando de los ejércitos que atacaron Serbia. Su deseo de venganza personal (Princip afirmó que las balas que dieron a la mujer del Archiduque eran para Potiorek, que también iba en el coche) pudo influir notablemente en sus decisiones, tales como involucrar fuertemente al Segundo Ejército (que solo debía pasarse a decirles “hola” a los serbios para ir corriendo al frente ruso), dejar tropas en reserva en Bosnia ante una posible revuelta de la minoría serbia que no se produjo, o hacer la vista gorda, si es que no animar abiertamente crueldades y masacres contra la población civil. Buttar cita un documento interno del ejército austriaco:

 

La guerra nos trae a un territorio enemigo habitado por gentes con un odio fanático contra nosotros, un país donde el asesinato […] es considerado permisible, incluso entre sus clases altas, que lo glorifican como un hecho heroico.

Uno no puede mostrar humanidad o gentileza con gente así. […] Por ello ordeno la mayor severidad, firmeza y atención con respecto a los nativos. No tomaremos prisioneros a nativos con armas que no lleven uniforme. Deberán ser ejecutados de inmediato.

Cualquiera que muestre clemencia será castigado con la mayor severidad.

 

Aunque era práctica común de todos los ejércitos fusilar a tropas irregulares, en el caso de Serbia, donde la pobreza y el caos hicieron que muchos soldados ni siquiera recibieran uniformes, la norma se aplicó con enorme severidad. Y aunque hubo atrocidades en todos los escenarios de la guerra, en general los austriacos en Serbia se llevan la palma, tratando a los serbios con una dureza inusitada entre pueblos europeos (en las colonias sí eran habituales estos tratos, Buttar sugiere que los austriacos veían a los serbios como inferiores, en línea con las teorías colonialistas y raciales de la época). Y por supuesto los propios serbios habían hecho de las suyas durante las Guerras Balcánicas. En fin, que todos podemos remontarnos a alguna ocasión en que fuimos injustamente tratados, por eso la Historia es como una repetición a lo grande de Puerto Urraco.

 

El humor austriaco: “Serbia debe morir”, aunque a quien matan aquí es a la ortografía.

 

En lo militar, el planteamiento de Potiorek fue de una incompetencia supina, con los austriacos teniendo que retirarse ante los serbios tras una primera incursión, y Potiorek encima apelando a su amistad con el Emperador (con éxito, aunque igual era todo un montaje y Potiorek solo un antecesor del pequeño Nicolás [9]) para que le dieran un comando independiente del AOK de Conrad, que se encontró con que no podía ni influir ni exigir tropas al frente serbio. Usando su superioridad en número empujó atrás a los serbios en su segunda incursión y conquistó Belgrado, e incluso se permitió desdeñar el ofrecimiento alemán de mandar una división (Falkenhayn quería establecer una vía de tren de Alemania a Turquía y necesitaba Belgrado). Pero cuando llegó el invierno y las lluvias hicieron imposible suministrar bien a las tropas, los serbios, con nuevo armamento, lanzaron un contraataque y los austro-húngaros se tuvieron que retirar del todo de Serbia, y eso que Potiorek había estado semanas mandando telegramas a Viena diciendo que todo iba fetén. La mitad de los soldados que había llevado a Serbia estaban muertos, heridos, enfermos o capturados. Potiorek fue obligado a dimitir y murió en 1933; entre sus posesiones más preciadas estaba el sofá donde habían atendido al Archiduque Fernando tras ser disparado. Proporcionalmente peores eran las bajas serbias, y con medio país en ruinas muchos iban a morir de hambre y frio aquel invierno. La estrategia “aguantemos hasta las primeras nevadas que para entonces los rusos habrán ganado la guerra y todo acabará” no había funcionado, aunque al menos habían evitado el plan austriaco de meter a Grecia y Rumanía en la guerra con una victoria apabullante y la promesa de repartirse Serbia entre todos.

 

La polka polaca de otoño de 1914

Durante el otoño de 1914, los alemanes aprovecharon sus victorias para avanzar adentro de Polonia, mientras los austriacos, victoriosos en el oeste de Galizia y derrotados en el este, también avanzaban. Pero para entonces los rusos habían completado su movilización y tenían nuevos ejércitos preparados, listos para avanzar como una apisonadora. Presionados por los franceses, dieron prioridad a un ataque contra Alemania, plan que los alemanes descubrieron y contra el que montaron líneas defensivas, con la idea de atar a los rusos el mayor tiempo posible para que los austriacos pudiesen aprovechar el vacío ruso en su sector.

En realidad, los rusos no estaban tan bien, y su logística y sus suministros estaban de pena. Por ejemplo, tuvieron que comprar munición en el extranjero, y sus soldados no recibieron cascos de metal en toda la guerra: tuvieron que usar sus tradicionales gorros de tela, en una guerra donde la mayoría de víctimas lo eran por artillería, y donde la forma de atacar trincheras era haciendo estallar granadas sobre ellas para regarlas con metralla. Pero las nuevas armas permitían montar líneas defensivas muy eficientes con relativamente pocos medios, de modo que las ofensivas austriacas en el sur no llevaron a nada… y las ofensivas rusas en el norte tampoco, posibilitando un contraataque alemán sobre la ciudad de Łódź que primero pudo romper el frente ruso, luego pudo suponer una derrota importante para Alemania, y finalmente solo fue una retirada brillantemente ejecutada. Para diciembre de 1914, el frente se había estabilizado en una línea de trincheras más o menos recta de norte a sur, de manera muy similar a como ocurría en Flandes. La Navidad pilló a todos exhaustos, agotados y sin apenas suministros. La guerra corta que todos habían planeado daba visos de alargarse mucho mucho tiempo.

 

El libro sabe a poco

Buttar termina dando un repaso a los principales protas y cómo acabaron sus días, más una breve instantánea del estado del frente. Y ya. Ni análisis político-social, ni un tráiler de lo que queda por venir, ni de cómo estos primeros cinco meses condicionaron los siguientes cuatro años. La verdad, después de tragarme cientos de páginas de descripciones tipo “el cuerpo XXV de Heinemann atacó por el flanco del II Ejército de Smirnov cerca de Stallupönen donde se enfrentó al III regimiento de caballería de Kolpatchyvsky, pero creó un saliente que pudo aprovechar el VIII Batallón de caballería de Putinov”, uno se espera que lo rematen con un análisis algo más profundo, ¡que me lo merezco después de chuparme todas las campañas!

Los primero capítulos con “la previa” están muy bien, pero para la parte de la propia guerra Buttar parece haberse limitado a transcribir los informes oficiales que generaban los propios ejércitos, con algún breve resumen totalmente insuficiente al final de cada capítulo. Vamos, que parece que este libro excede –todavía- mi nivel de frikismo militarista. O será que la metadona no es tan buena como el original, algo que el propio Buttar parece sentir, pues cuando la materia le pide hacer alguna referencia al futuro, habla de “otra guerra alemana en el este” y de “otro régimen alemán posterior”, no vayamos a hacer que el lector añore la Ostfront. Y con semejante complejo de inferioridad no hay manera de que esta materia brille con luz propia.